Duelo

El síndrome de la silla vacía nos afecta especialmente en Navidad.

Afrontar el duelo en Navidad o el síndrome de la silla vacía

Afrontar el duelo en Navidad o el síndrome de la silla vacía 1254 836 BELÉN PICADO

La Navidad es la época del año más deseada para unos… y también la más temida para otros. Y no es que, por sí misma, provoque tristeza o ansiedad. Es el significado que le demos cada uno y a qué situaciones la asociemos. Si estas fechas son el momento en que por fin puedo reunirme con mi familia después de muchos meses, posiblemente estaré deseando que lleguen. Pero la situación es muy diferente para otras muchas personas, entre ellas aquellas que han perdido a alguien y tendrán una silla vacía en su mesa. Y, precisamente en este artículo, vamos a hablar del síndrome de la silla vacía y de cómo afrontar el duelo en Navidad.

Pero, ¿qué es exactamente el síndrome de la silla vacía? Llamamos así al conjunto de sentimientos (tristeza, desasosiego, vacío, angustia, inquietud, etc.) que se experimentan ante la falta de un ser querido y que se sienten de una manera más intensa en fechas señaladas como estas. Este sentimiento es aún mayor si la pérdida ha sido reciente o si nos enfrentamos a las primeras navidades sin esa persona.

En particular, el dolor se agudizará en determinados momentos y con ciertos detalles, como el instante de sentarnos a la mesa, el de intercambiar los regalos, el de brindar, cuando escuchamos ese temido «Cómo lo llevas» o, simplemente, cuando alguien nombra a la persona fallecida. A medida que se acercan estos días, solo pensar en enfrentarse a esa temida silla vacía ya genera malestar. Y es que a la ausencia se unen el propio dolor y ver cómo el resto del mundo disfruta de unas fiestas que para nosotros ya nunca volverán a ser igual.

También es posible que sintamos que retrocedemos en nuestro proceso de duelo, cuando ya estábamos empezando a ‘levantar cabeza’. Sin embargo, son etapas que tenemos que pasar. Es normal estar tristes, sin fuerzas e, incluso, enfadados porque no entendemos cómo los demás pueden seguir con su vida mientras nosotros estamos rotos por dentro. Pero también es una oportunidad para ventilar estas emociones, al mismo tiempo que para honrar la memoria de nuestro ser querido e, incluso para unir más a la familia y a los amigos.

En Navidad es cuando más sentimos la ausencia de los seres queridos que ya no están.

Algunas creencias erróneas sobre el duelo y la Navidad

Recordar a mi ser querido y hablar de él aumentará mi sufrimiento

En realidad, evitar hablar de la persona fallecida solo aumentará la intensidad del dolor y sentiremos mucho más su ausencia que si nos permitimos nombrarla o recordarla. Igualmente dañino es que, para evitar desbordarnos nosotros, prohibamos a otros expresar su propia tristeza. Es importante comprender que es en estos días cuando más necesitamos acompañarnos y compartir nuestro dolor. Además, hablar de quien ya no está nos ayudará a liberar emociones, favorecerá la conexión emocional y hará que nos sintamos comprendido y apoyados.

Si empiezo a llorar, me desbordaré y amargaré a los demás

Permitirnos llorar tampoco aumentará el sufrimiento. Al fin y al cabo, esas lágrimas son una muestra natural y espontánea del amor que aún profesamos a nuestro ser querido, de cuánto nos importaba y de cómo le echamos de menos. En cuanto al miedo a desbordarnos, es más probable que nos ocurra si llevamos mucho tiempo conteniendo las lágrimas. Y si esto llega a ocurrir, no va a pasar nada. Tenemos todo el derecho del mundo y será totalmente normal y comprensible. Tampoco pasa nada porque nuestros hijos o los niños de la familia nos vean. Si nos permitimos llorar delante de ellos, aprenderán que mostrar emociones no es algo malo y que cuando uno está triste, lo normal es que llore.

Y si en tu caso lo que temes es amargar al resto, recuerda que todos están sintiendo, si no lo mismo, algo muy parecido a lo que estás experimentando tú. Y quizás tampoco se atrevan a expresarse para no molestarte a ti o a los demás. Lo habitual en estas ocasiones especiales, es que la familia se ponga la máscara social de «todo está bien» o «ya lo tenemos superado» cuando no es así. Es como tener un elefante en la habitación, de cuya presencia nadie parece percatarse (esta metáfora suele utilizarse para referirse a una verdad evidente que es ignorada o a un tema espinoso en el que todos prefieren mirar a otro lado).

No tengas miedo de ser el primero en hablar o en expresar tus emociones. No solo te liberarás tú, sino que ayudarás que los otros también lo hagan. Es probable que al principio cueste y duela, pero a todos os beneficiará emocionalmente.

Si me lo paso bien estaré traicionando su memoria

Muchas personas en duelo creen que si dejan de experimentar dolor por un rato o si disfrutan de la cena de Nochebuena, por ejemplo, están faltando al respeto a la persona que han perdido. O es posible que sientan que están mostrando de cara al exterior que el fallecido no era tan importante para ellas. Y esto no es así. No es necesario quedarse enganchado al dolor y a la culpa para recordar a quien ya no está. Si no sabes si celebrar o no, puede resultarte de ayuda pensar en lo que la persona que falta habría querido.

Lo mejor es celebrar la Navidad como siempre, como si nada hubiera pasado

Vivir la Navidad como si nada hubiera pasado es un modo de protegernos, de hacer como si nada hubiese ocurrido. Pero no es una estrategia adaptativa porque la realidad es que sí hay algo importante que ha ocurrido. Y es que esa persona ya no está. Ni estará. Y tragarte tu dolor para que nadie te vea sufrir no hará que te duela menos.

En algunas familias hay una especie de acuerdo tácito, no explícito, de celebrar las fechas señaladas como siempre, evitando hablar o expresar cualquier emoción que no sea una alegría y una felicidad «de cartón piedra». Esta estrategia de afrontamiento, totalmente desadaptativa, solo obstaculiza el proceso de duelo y empeora las cosas. Porque los sentimientos siguen ahí dentro y encontrarán el modo de salir y no precisamente de un modo adecuado. Al final la tensión, fruto de los esfuerzos por mantener el tipo se traducirá, como mínimo, en agotamiento, irritabilidad y mucha ansiedad.

Irme lejos o suprimir cualquier celebración me ayudará a superar antes la pérdida

También puede ocurrir lo contrario. Que la tristeza y el dolor (o la culpa) te dejen sin ganas de celebraciones. Que solo tengas ganas de meterte en la cama y no salir hasta después de Reyes. En estas circunstancias, puede resultar muy tentador cancelar cualquier celebración o reunión relacionada con las Navidades. O irse de viaje, cuanto más lejos mejor y donde nada ni nadie te recuerde lo sucedido. Y si así lo decides es una opción natural y humana. Pero recuerda que tu dolor y tus recuerdos no se van a quedar aquí, te acompañarán allá donde vayas. Y antes o después tendrás que enfrentarte a fechas señaladas que te recordarán la ausencia de tu ser querido. Puedes posponer esos momentos, pero no evitarlos eternamente. Y, al final, el dolor será mayor si no lo afrontas. Porque cada vez será más difícil romper ese hábito de evitación.

Permítete llorar si es lo que necesitas.

Construir una nueva Navidad es posible

Está claro que la vida no volverá a ser la misma. Pero está en nuestras manos construir una Navidad diferente, en la que podamos abrir un espacio a nuevas costumbres, a la vez que mantenemos otras que nos ayuden a recordar desde el amor y la gratitud y no desde el sufrimiento.

  • Convoca una reunión familiar previa. Haz una reunión, incluyendo a los niños, antes de que lleguen las fiestas para que todos podáis poner en común vuestras necesidades. Hablad sobre qué cosas van a resultaros más difíciles de sobrellevar a cada uno, que necesitáis, qué temores tenéis, qué costumbres deseáis mantener y cuáles queréis cambiar. Escuchaos mutuamente y estableced una estrategia común de colaboración para que todos os sintáis lo más cómodos posible. Veréis que este encuentro previo ya supondrá un importante cambio en vuestra manera de comunicaros y luego las celebraciones fluirán de un modo mucho más natural. Si eres tú quien está en duelo, es importante que tus allegados sepan con claridad qué esperas de ellos y cómo necesitas que te acompañen.
  • Incluye a tu ser querido en tus rituales. Los rituales ayudan a regular las emociones y a procesar el dolor. Busca algún modo de tener presente a la persona ausente en los momentos más señalados, tanto si los pasas en familia como si los vives en privado. Puedes poner alguna foto suya o algún objeto que le perteneciera en algún lugar destacado, hacer un brindis en su honor, dedicarle unas palabras de recuerdo y agradecimiento o, si todos los presentes lo preferís, guardar unos instantes de silencio. Otra idea es mantener una vela encendida durante las reuniones o, incluso, durante todas las fechas navideñas. Recordar lo que le gustaba, compartir anécdotas, ver fotografías… os ayudará a mantener presente el recuerdo, pese a la ausencia.
    Y si hay algo especial que hacíais con él o con ella en estas fechas, no dejéis de hacerlo. Aunque no pueda acompañaros, es otro modo de rendirle homenaje. Además de conservar ciertas costumbres, también pueden introducirse nuevos rituales.
  • No es momento de hacerse el/la fuerte, pide ayuda. Si este año no tienes fuerzas para organizar la cena de Nochebuena o para ocuparte de gestiones de las que te habías encargado hasta ahora, pide a alguien que te eche una mano o delega esos quehaceres. Apóyate en los tuyos y no te obligues a hacer aquello para lo que no te sientes capaz.
  • Permítete llorar, si es lo que necesitas. Escúchate y presta atención a tus necesidades. Permitirte expresar libremente tus emociones y compartirlas con otros miembros de la familia no solo te liberará y te aliviará, sino que facilitará la conexión entre vosotros. Y si en algún momento te sientes demasiado abrumado o abrumada por la tristeza, siempre tienes la opción de buscar un sitio para llorar con tranquilidad. Puedes avisar a alguien de tu confianza para que te dejen hasta que te puedas incorporarte de nuevo a la reunión, o, por el contrario, para que te acompañen y no te dejen solo.
  • No te automediques. No son pocas las personas que aumentan por su cuenta el consumo de antidepresivos y ansiolíticos en estas fechas en un intento de suprimir el sufrimiento. Recuerda que así solo anestesiarás el dolor, pero no desaparecerá. No hay pastilla mágica que elimine la tristeza por una pérdida.
  • Pide ayuda profesional. No tienes que pasar por esto en soledad. Si sientes que la tristeza y la angustia te desbordan, no dudes en contactar con un profesional. Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te ayudaré en lo que necesites.
  • No te olvides de los niños. En cualquier decisión que toméis en la familia, es necesario contar con los niños, incorporarlos en reuniones y rituales y no apartarlos con la excusa de ‘protegerlos’. Al fin y al cabo, se trata de unas fechas muy pensadas para ellos y suprimir las celebraciones puede afectarles mucho. Ellos, a su manera, también están viviendo el duelo y necesitan expresar sus emociones y sentir el calor familiar. Si ven que los adultos comparten sus sentimientos sin temor, los normalizarán y reaccionarán de la misma manera.
  • Vive el aquí y ahora. Por muy duro que resulte pensarlo, es posible que el año que viene haya más sillas vacías en nuestra mesa o que, incluso, seamos nosotros los que faltemos. Así que aprovechemos el momento presente para disfrutar de lo que tenemos hoy y de la presencia de los que quedan.

Construir una nueva Navidad es posible.

Termino con un fragmento del libro Una cadira buida (Una silla vacía), en el que su autora, Emi Armengol, habla sobre las primeras Navidades que pasó sin su hijo:

«Me costó mucho pasar las primeras Navidades sin ti, hijo. Cuando llegaban estas fechas me sentía inmensamente triste. Pero con el tiempo y muchos esfuerzos este vacío y este dolor han dejado paso a una inmensa estimación, una añoranza intensa, una sensación de presencia dentro de mí. Hoy, día de Navidad, te pienso especialmente y en todos los días de Navidad que te sobreviva será así. Es la tercera Navidad sin ti. Hoy alzo los ojos y recuerdo el escenario en el que tú también estabas. Repaso momentos pasados y siento tu voz que pregunta: ¿Quién viene a comer hoy?. Escucho tu risa cuando abrías un regalo especial y yo abría vuestros regalos. Poco a poco, tomo conciencia de un sentimiento dentro de mí: nadie podrá quitarme el trozo de historia que hemos compartido. Ahora me siento preparada para afrontar la Navidad y el resto de días que me queden».

En el duelo por suicidio se acumulan las preguntas sin respuesta.

Muerte por suicidio (II): Cómo afrontar el duelo por suicidio y seguir adelante

Muerte por suicidio (II): Cómo afrontar el duelo por suicidio y seguir adelante 1920 1280 BELÉN PICADO

Si en el anterior artículo hablamos de las emociones más habituales que aparecen ante una muerte por suicidio y que marcan la diferencia con otros duelos, en esta ocasión vamos a ver algunas pautas que pueden ayudarnos a transitar el complicado proceso del duelo por suicidio.

Lo primero es tratar de aceptar la realidad y no obsesionarnos mientras intentamos comprender lo que ha pasado desde nuestros propios esquemas mentales. No es muy buena idea ir una y otra vez al pasado para analizar, a posteriori, cada detalle del suceso con los conocimientos que quizás tengamos ahora y pero no cuando ocurrió todo. No hay que olvidar que en muchos casos es posible que la persona que decide quitarse la vida oculte información sobre su estado y no acepte ayuda o no sepa cómo pedirla. Simplemente, aceptemos nuestras emociones y seamos lo más compasivos que podamos con nosotros mismos.

Preguntas sin respuesta y emociones desbordadas

Las primeras semanas después de la pérdida, el dolor, a veces, es tan intenso que apenas deja concentrarse, retener la más mínima información e, incluso, se hace difícil respirar. Sin embargo, esto no significa que estés perdiendo la razón. Se trata de una reacción normal ante una experiencia extremadamente difícil y angustiante.

Tampoco estás volviéndote loco o loca cuando te sientes invadido por la rabia, la culpa o la confusión. Son respuestas habituales en el duelo por suicidio. Si sientes rabia contra la persona que se ha quitado la vida, contra el mundo, contra Dios o contra ti mismo, toma conciencia de ello y exprésala. No pasa nada porque exteriorices el enfado. Lo mismo sirve para la culpa y otros sentimientos que es mejor dejar ir.

Y si te sientes culpable por aquello que hiciste o, tal vez, por lo que dejaste de hacer, transita el camino del perdón. Y en el caso de que la culpa sea real, de forma parcial o en su totalidad, transfórmala en responsabilidad. Emprende acciones concretas de reparación, reales o simbólicas, que ayuden a corregir en lo posible los errores cometidos. Si te responsabilizas en vez de sentirte culpable, podrás hacerte cargo de ellos sin llegar a desvalorizarte como persona. Pero, sobre todo, recuerda que lo más importante es que te perdones a ti mismo.

En caso de que sientas que son otros quienes te culpan, plantéate la posibilidad de que, quizás, ese pensamiento sea una proyección. A menudo, gran parte de lo que pensamos que los demás dicen de nosotros no es más que un reflejo de lo que, en lo más profundo, sentimos o pensamos sobre nosotros mismos.

En cualquier caso, recuerda que la decisión no fue tuya. Nadie es la única influencia en la vida de otra persona.

Asimismo, es normal que al principio te preguntes una y otra vez «¿Por qué?» intentando encontrar una respuesta. Posiblemente lo harás hasta que aceptes la realidad y ya no lo necesites o, al menos, hasta que te sientas satisfecho con las respuestas parciales que hayas podido encontrar.

Vigila los flashbacks

El impacto de un suceso así, tanto si se presencia o simplemente con imaginarlo, puede llegar a ser muy intenso. Tanto, que es posible reexperimentar dicho evento a través de flashbacks. Es habitual tenerlos en las primeras semanas y a través de distintos sentidos (algo que veamos, un sonido, un olor o a través del tacto, por ejemplo). Pero si continúan después de los dos primeros meses, podríamos estar ante un trastorno por estrés postraumático. Si es tu caso, no dudes en buscar ayuda profesional.

Tú decides con quién, cómo cuándo hablar

Cada persona tiene todo el derecho a decidir si contar, o no, la realidad de lo ocurrido; a quién decírselo o a quién no; y qué parte desea compartir y cuál guardarse. Si no queremos compartirlo, estamos en nuestro derecho, pero es importante que seamos conscientes del porqué. ¿Es por miedo a que nos juzguen? ¿Por vergüenza? ¿Es porque aún no estamos preparados? Ahora bien, si decidimos contarlo, tenemos que estar preparados para la posibilidad de escuchar algún comentario inapropiado y también para que dicho comentario nos desestabilice. De igual forma, podemos responder, o no, sin sentirnos obligados.

Reivindica la vida y no te centres en el modo de morir

Quienes toman la decisión de acabar con su vida, también fueron personas con virtudes, valores y fortalezas. Quizás tu ser querido era una persona generosa, leal, divertida, inteligente, sensible… Y puedes seguir recordándolo en esas facetas. Es muy triste que al final de la vida de una persona la gente solo se quede con la forma en que murió y olvide todo aquello que lo hacía un ser especial. Justamente esto ocurre a menudo con el suicidio, que el recuerdo que queda se reduce al modo de morir. En vez de borrar parte de su vida, recuérdala e, incluso, celébrala.

  • Reúne a familiares y/o amigos e intercambiad anécdotas y experiencias que hayáis compartido. O realizad algún ritual que os ayude a sobrellevar mejor la pérdida, pero sin olvidar todo lo que os unía a esa persona.
  • Puedes escribir una carta a tu ser querido manifestándole todo aquello que no le pudiste decir en vida y expresando tus pensamientos y tus sentimientos. Será como vuestra despedida y te ayudará a solucionar asuntos pendientes. También puedes escribir un diario. Elaborar una narrativa completa de lo que pasó y conectar las palabras con esos sentimientos intensos que estás experimentando te ayudará a dar cierto significado a lo que ocurrió y a lo que este hecho produjo en ti.
  • Otra opción es crear tu propio libro de recuerdos sobre la persona fallecida. En él puedes incluir historias sobre los acontecimientos familiares, fotografías o dibujos realizados por diferentes miembros de la familia, incluidos los niños, y cualquier cosa que se te ocurra. Esta actividad puede ayudarte a recordar viejas historias y finalmente a elaborar el duelo con una imagen más realista de tu ser querido.
  • Es importante reservar un tiempo cada día, si es posible a la misma hora y en el mismo sitio, de modo que puedas llorar, recordar a la persona muerta, rezar, meditar…

Es necesario poner palabras al dolor

El silencio enquista el dolor. Ante una muerte tan desgarradora como lo es la muerte por suicidio, muchos no sabemos cómo comportarnos o qué decir y optamos por alejarnos de la familia del fallecido. O tratamos de cambiar de tema cada vez que sale en una conversación porque tenemos la equivocadísima idea de que así estamos ayudando a los supervivientes. Así hasta que el nombre del fallecido deja pronunciarse. En realidad, de este modo solo se está dificultando más el proceso de recuperación porque el no poder hablar de lo sucedido aumenta la sensación de aislamiento e incomprensión.

El dolor necesita expresarse en palabras, así que, si quieres ayudar a alguien que haya perdido a alguien a causa de un suicidio, escúchale. Permítele expresarse como necesite y no tengas miedo a pronunciar el nombre del fallecido. Es posible que la persona llore, pero piensa que es mucho más doloroso que nadie hable de ello. Además, las lágrimas son sanadoras.

Y si eres tú quien ha perdido a alguien no te encierres en ti mismo y comparte tus pensamientos con quien sepa escucharte y con quien puedas expresar tus sentimientos con libertad.

Contacta con algún grupo de ayuda mutua

Cuando se ha producido una muerte por suicidio no es fácil para los supervivientes encontrar a alguien con quien poder hablar y compartir su dolor. Si, en general, los grupos de ayuda mutua suelen ser de gran apoyo, en estas circunstancias tienen un especial valor terapéutico.

En estos encuentros, además de tener la oportunidad de expresar tu dolor en un ambiente de respeto y comprensión, te resultará muy beneficioso el poder compartirlo con otros que han pasado por algo similar. Por otra parte, el hecho de que, cuando te sientes sumido en la más profunda desesperación, puedas ver cómo algunas de esas personas han logrado mitigar esa angustia, aunque aún persista la tristeza, te será de gran ayuda y te proporcionará algo de esperanza.

Prepárate para las recaídas

Si llevas un tiempo tranquilo y, de pronto, las emociones regresan como un tsunami, puede ser que, simplemente, estés experimentando un vestigio de dolor, pequeños ‘retazos’ que aún quedan. Al fin y al cabo, despedirte y aceptar lo ocurrido no significa que borres de tu vida los recuerdos de tu relación con ese ser querido.

Es normal sentir de vez en cuando punzadas de dolor y tristeza, especialmente en fechas significativas. Lo que ya no lo es tanto, es seguir ocupándonos en exceso del recuerdo de la persona y su suicidio y que esto interfiera en nuestra propia vida transcurrido un lapso ‘razonable’ de tiempo. Este lapso prudente, y siempre teniendo en cuenta que cada caso es diferente, suele ser de uno a dos años, con avances a lo largo del camino… Y también con recaídas.

Cómo explicárselo a los niños

Si ya es difícil para un adulto aceptar que un ser querido se haya quitado la vida, mucho más para un niño. Es lógico que sintamos la tentación de protegerle no diciéndole nada o edulcorando la realidad. Sin embargo, lo más seguro es que acabe enterándose de una forma u otra, así que siempre será mejor que seamos nosotros quien se lo digamos. El niño que pasa por una situación de este tipo necesita saber para integrar la experiencia en su vida y así poder superarla. Mentir no solo no suele dar buenos resultados, sino que nos ganaremos su desconfianza.

En el artículo Cómo ayudar a un niño a afrontar la muerte de un ser querido os doy varias pautas, pero cuando es un suicidio hay particularidades a tener en cuenta. Por ejemplo, el modo de contárselo. Lo mejor es utilizar un lenguaje sencillo y, sobre todo, adaptado a su edad y nivel madurativo. Si el familiar fallecido padecía depresión, se le puede decir algo así como «A mamá le le dio una especie de ataque al corazón, pero en el cerebro (o un paro cardíaco en el cerebro)» o que tenía una «enfermedad especial del pensamiento y de los sentimientos».

También pueden aprovecharse situaciones de la vida cotidiana para ayudar al niño a entender las diferencias entre la muerte natural y el suicidio. La muerte natural ocurre cuando partes de nuestro cuerpo se enferman, no funcionan y no podemos conseguir que mejoren; esto puede ocurrir a cualquier edad, pero sucede con más frecuencia en la vejez. Es algo normal y nos pasará a todos, es parte de la vida. El suicidio ocurre cuando una persona enferma de los sentimientos se quita la vida.

En el caso de los más pequeños se puede buscar alguna metáfora para explicar el suicidio. Alma Serra ha encontrado una que me parece muy acertada y la ha reflejado en un cuento: Delfín. Una Historia de Principio a FIN. En su blog, esta psicóloga especialista en duelo explica cómo hay personas que pueden llegar a tener el «Síndrome del delfín»:

«Se sienten atrapadas, como cuando los delfines entran en un acuario y no pueden salir. Dan vueltas y más vueltas. Hay veces que ven el mar lejos pero no pueden llegar a él. Otras veces solo lo pueden oler. Recuerdan cuando eran felices con sus amigos, familiares… y un día, casi sin darse cuenta, se sienten atrapados sin saber qué hacer para salir.

La gente los ve alegres en sus peceras gigantes mientras se mueven y saltan para buscar la salida, pero ellos están tristones, confusos, no saben con quién tienen que hablar o a quién pedir ayuda y, poco a poco, a veces sin que nadie se dé cuenta, se van haciendo daño para no seguir viviendo esa pesadilla. Los delfines son uno de los pocos animales que deciden si quieren morir antes de ser muy viejecitos y así, dejar de pensar en lo felices que eran cuando estaban en el mar. Así, cuando hay personas que se sienten igual, se dice que tienen el ‘Síndrome del delfín’, porque no saben cómo expresar lo que sienten y hay veces que se pueden llegar a hacer daño o morir por cumplir el mismo sueño que el delfín, ver su propio mar».

Recupera tu vida

Tras el suicidio de un ser querido nada vuelve a ser igual, pero es posible seguir adelante.

Está claro que tras un evento traumático de este calibre nada volverá a ser igual, pero eso no significa que no puedas superarlo. Aunque al principio te parezca imposible, saldrás adelante. Algunas personas que han pasado por este proceso comentan que uno nunca olvida algo así, pero sí se puede aprender a vivir con ello. Aprender a convivir con el dolor es necesario. No puedes esperar a que el dolor desaparezca para volver a vivir porque se enquistará y cronificará.

En este camino a la ‘normalización’ te tocará trabajar la paciencia contigo mismo y también con aquellos que tal vez no entiendan lo que ha ocurrido. Eso sí, no dejes que nadie te diga qué o cómo debes sentirte.

Centrarte en el presente también te ayudará. Aprende a enfocarte en el ‘aquí y ahora’ y retoma lo antes posible las rutinas y las tareas del día a día. Planifica actividades agradables, aunque las vivas con menos intensidad. Es importante retomarlas y facilitar momentos para desconectar y estar tranquilo.

Y si ves que el duelo se alarga demasiado o las emociones se desbordan y te impiden seguir con tu día a día, no dudes en pedir ayuda profesional.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Te puede interesar

A continuación, os facilito algunas webs en las que podéis encontrar información y recursos:

Os invito también a leer, en este mismo blog, el artículo Prevenir el suicidio es posible y todos podemos ayudar

Cuando hay una muerte por suicidio, los supervivientes pasan por el enfado, la culpa, la vergüenza y el miedo.

Muerte por suicidio (I): Un duelo con mucho enfado, culpa, vergüenza y miedo

Muerte por suicidio (I): Un duelo con mucho enfado, culpa, vergüenza y miedo 1920 1280 BELÉN PICADO

¿Cómo no nos hemos dado cuenta? ¿Cómo ha sido capaz de hacernos esto? ¿Por qué lo ha hecho? ¿En qué nos hemos equivocado? Estas y mil preguntas más nos hacemos al enteramos de que alguien querido ha decidido quitarse la vida. Al principio, no nos lo creemos porque eso ‘siempre’ les ocurre a otros, no a nosotros. Pero, por desgracia, es mucho más habitual de lo que pensamos. Cada día hay una media de 10 suicidios en nuestro país. Uno cada dos horas y media. Y, según el Instituto Nacional de Estadística, es ya la principal causa de muerte no natural. Padres, hijos, hermanos, amigos… se convierten en supervivientes de un trauma que conlleva una gran carga de culpa, miedo, incomprensión y vergüenza. El duelo en la muerte por suicidio es, sin duda, uno de los más difíciles de atravesar.

Intentaremos buscar una justificación racional, interpretar cualquier conversación o detalle, encontrar una respuesta… Reconstruiremos obsesivamente lo ocurrido los días o las semanas previas en busca de una pista que nos ayude a entender. Pero lo cierto es que es muy difícil llegar a una conclusión convincente y acertada sobre los motivos que han llevado a alguien a terminar con su vida.

Un tema tabú rodeado de mitos

Aunque, por suerte, las actitudes hacia el suicidio están cambiando, aún existe mucho desconocimiento e incomprensión hacia este tema. Todavía es un tema tabú del que cuesta hablar, no solo a los supervivientes, que ocultan el motivo de la muerte de su ser querido por miedo al estigma y al juicio de su entorno. También a las personas que conforman este entorno y a menudo no saben cómo actuar ni qué decir en esta situación. Y, al final, este silencio acaba dificultando enormemente el proceso de duelo.

Además, el tabú se ve reforzado por mitos que es necesario desterrar. Por ejemplo, dar por hecho que todos los que acaban con su vida sufren una enfermedad mental. Es cierto que hay suicidios que son la manifestación extrema de un trastorno mental (depresión, trastorno bipolar, etc.), pero no es así en todos los casos. También hay personas que toman esta decisión después de estar sufriendo durante mucho tiempo un profundo dolor emocional o por una acumulación de situaciones que no saben cómo gestionar. O, incluso, es posible que las cosas se les vayan de las manos sin siquiera saberlo. A veces el vacío, la soledad y la desesperanza es tal, que se sienten atrapados y acaban eligiendo la muerte como vía de escape.

Otro mito en la muerte por suicidio es pensar que se trata de un acto de cobardía… o de valentía. La persona que pone fin a su vida por propia voluntad no es ni cobarde ni valiente. Es alguien que ya no tiene esperanza, que sufre enormemente y que ha encontrado en el suicidio la única forma para dejar de sufrir. Asimismo, hay quienes prefieren llegar a este extremo antes que sufrir las penalidades y el deterioro de una enfermedad mortal. Tratan así de evitar el dolor propio y el de sus familias por verlos morir lentamente. En el caso de personas ancianas, para algunas es preferible la muerte al deterioro físico, al aislamiento y la soledad que supone haber vivido más años que la familia y los amigos.

En general, la muerte por suicidio no se debe a una sola causa, sino a un cúmulo de factores. Lo que sí puede haber es un último desencadenante y a menudo este ‘disparador’ es lo que lleva a muchos supervivientes a pensar que esa ha sido la única causa y que podrían haberlo evitado. En cualquier caso, es el resultado de una decisión personal.

El suicidio sigue siendo un tema tabú rodeado de mitos.

Del enfado a la vergüenza, pasando por la culpa y el miedo

La muerte por suicidio es súbita, violenta y tan inesperada que nos provoca un intenso torbellino emocional, en el que se mezclan muchas emociones contradictorias. Confusión por no comprender qué llevó a la persona a tomar tan drástica decisión. Enfado porque «nos ha dejado pese a lo importante que era para nosotros» y nos sentimos abandonados. Culpa por no habernos percatado de cómo se sentía. Vergüenza por la posible imagen que tendrá de nosotros el entorno… Transitar el proceso de duelo en estos casos es como caminar en un túnel oscuro sin saber si volveremos a ver la luz. Pero es necesario atravesarlo para evitar que derive en un duelo patológico.

1. Enfado, traición y abandono: ¿Por qué me ha hecho esto?

Tras el shock y la incredulidad, es frecuente que nos invada una ira intensa. Un enfado que puede ir dirigido hacia uno mismo, por no haber sabido o no haber podido evitar el suicidio; hacia los profesionales, por no haber sido capaces de impedir que el familiar hiciese realidad su decisión; y también hacia el suicida, por haberse dado por vencido y haber rechazado la ayuda que se le prestó o que se le hubiera podido prestar.

«¿Cómo pudo hacerme esto?», «Si se hubiera parado a pensar en mí, no se habría quitado al vida», «No le importó el dolor que iba a causarnos», «Fue una egoísta»… Son algunos de los pensamientos que pasan por la mente de los supervivientes generando un intenso enfado y, a la vez, una baja autoestima. Porque perder a alguien por suicidio también puede hacer que el superviviente, de algún modo, se sienta rechazado («No confió en mí ni en mi capacidad para ayudarle», «No me quería lo suficiente»).

A esta rabia se une además un profundo sentimiento de traición y abandono, especialmente cuando se trata de alguien con pareja e hijos. Es posible que estos no puedan entender cómo su padre o su madre fue capaz de abandonarlos, de quitarse la vida sin pensar en ellos. Y para el/la cónyuge es una traición, pues siente que su pareja pensó más en sí misma y no le importó dejarle sola o solo al cargo de una familia.

2. Culpa: ¿Por qué no lo evité?

Es inevitable preguntarnos una y otra vez «¿Y si me hubiera dado cuenta antes?»«¿Y si no hubiéramos discutido?«,  «¿Y si me hubiera quedado ese día de casa?«… Un número interminable de «Y si…» para los que no hay respuesta.

La culpa aparece en la mayoría de los procesos de duelo, pero en el caso de la muerte por suicidio esta emoción suele ser especialmente intensa y desgarradora. Y también uno de los factores que más pueden entorpecer el proceso.

Bajo esta vivencia de culpa muchas veces se esconde una falsa percepción de control sobre la muerte (si hubiéramos actuado de otro modo el desenlace habría sido distinto) y cierta ilusión de omnipotencia, de dar por hecho que habríamos podido solucionar todos los problemas de nuestro ser querido.

La culpabilidad pesa como una enorme losa sobre los allegados. Es un sentimiento íntimamente ligado a la sensación de fracaso por no haber sido capaces de evitar la muerte. Por no haber podido detectar las señales que anunciaban lo que ocurriría… Otras veces, esta culpa está motivada por no haber actuado a tiempo, pese a saber cómo se sentía o a conocer sus intenciones.  Pero, aun en el caso de que la persona hubiese dado señales o hubiese verbalizado sus deseos de morir, no es tan sencillo evitar una muerte buscada. A veces, necesitamos «no creer» lo que nos están diciendo. Es como si, negando una realidad demasiado dolorosa, pudiéramos protegernos de ella. Porque es una realidad que no sabemos manejar. Porque nosotros también somos frágiles e imperfectos y no siempre sabemos qué hacer ni cómo reaccionar ante el dolor, el sufrimiento y la desesperanza de otro.

Este sentimiento puede ser especialmente difícil de manejar cuando la muerte se ha producido en el contexto de un conflicto entre el fallecido y el superviviente.

Puede que percibamos la culpa como algo tan real e insoportable que incluso sintamos la necesidad de castigarnos nosotros mismos a través de conductas autodestructivas que pueden ir desde el consumo de alcohol o drogas hasta las autolesiones o, incluso, la ideación suicida (recreando la idea de que merecemos la muerte por lo que no hicimos, a la vez que acariciamos la fantasía del reencuentro con el fallecido).

La culpa también puede manifestarse proyectándola en otros y culpándoles de la muerte. Esta conducta a menudo obedece a un intento de tener el control y de hallar significado a una situación difícil de entender.

En cualquier caso, como mencionan Elizabeth Kübler-Ross y David Kessler en su libro Sobre duelo y dolor: «Antes de poder superar el dolor primero debes superar la culpa. Debes llegar al punto en el que entiendas completamente que no eres responsable del suicidio de nadie. Entonces, de forma gradual podrás perdonarte a ti mismo y a tu ser querido. Deberás encontrar un lugar dentro de ti para estar triste y apenado y para construir una nueva relación con tu ser querido sin insistir en cómo murió ni definir su vida según su muerte».

(Si quieres saber más sobre el peso de la culpa en este tipo de situaciones, te invito a leer en este mismo blog: El sentimiento de culpa puede dificultar el proceso de duelo)

La culpa es uno de las emociones que se vive en un duelo por suicidio.

Vergüenza: ¿Qué pensarán de mí los vecinos, amigos y familiares?

Muchas familias viven la muerte por suicidio como un verdadero estigma que les llena de vergüenza y que no es fácil sobrellevar. Sienten la necesidad de ocultar una realidad terriblemente dolorosa y enmascaran el verdadero motivo de la muerte de su ser querido, contribuyendo así al estigma del que quieren huir. Se trata de una forma de protegerse y, al mismo tiempo, un intento de cubrir con un manto de silencio algo más doloroso de lo que uno está dispuesto o preparado para soportar.

Esta presión emocional añadida no solo afecta a la relación de la familia con el entorno. También afecta a las relaciones interpersonales dentro de la propia unidad familiar. Se crea así una ‘historia paralela’ respecto a lo que realmente ocurrió y, si alguien se atreve a llamar a esa muerte por su nombre, provocará el enfado y el rechazo de los demás, que necesitan verla como un fallecimiento accidental o natural. Una de las consecuencias que produce esta actitud es que al negar la realidad (no se ha suicidado) tampoco se siente la necesidad de pedir ayuda.

La vergüenza también puede estar provocada por el entorno exterior. En muchas ocasiones no se permite a la familia hablar de su pérdida, aunque lo desee; y los supervivientes acaban sintiéndose juzgados, a veces incluso por otros parientes. Y es que muchos de quienes no han vivido algo así de cerca no saben qué decir ni cómo tratar a los allegados.

Juan Carlos Pérez Jiménez, autor del libro La mirada del suicida. El enigma y el estigma, habla en una entrevista sobre cómo vivió este sentimiento de vergüenza tras el suicidio de su padre:

«Vivimos una experiencia imposible de digerir en la que se mezclaban sentimientos como el profundo dolor, la rabia, el reproche o la incomprensión.  Pero de todos estos sentimientos había uno contra el que me rebelaba, la vergüenza. Advertía el estigma social y el silencio que se genera en torno a una muerte por suicidio y sobrevolaban los tópicos sobre su naturaleza hereditaria y su carácter de maldición de sangre, que hacen más difícil aún el duelo de una pérdida de este tipo. (…) No existe un discurso que ayude en el proceso de duelo y lo más frecuente es que se silencie, si se puede, la causa de la muerte. Incluso entre las propias familias se produce muchas veces un bloqueo en la comunicación que impide abordar la cuestión, con lo cual resulta más difícil todavía cerrar las heridas».

Miedo: ¿Mi familia está maldita?

El miedo es una respuesta totalmente normal después de una muerte por suicidio. Está presente en la mayoría de los familiares y tiene que ver con la sensación de vulnerabilidad. Con el hecho de sentirse en riesgo de repetir la conducta o de sufrir un trastorno mental que empuje a ella. Este sentimiento se refuerza más cuando cada uno entra en contacto con sus propios pensamientos e impulsos autodestructivos. En el caso de los hijos es posible que tengan la percepción de estar predestinados o ‘condenados’ a repetir la conducta del suicida.

Cuando suceden varios suicidios en una misma familia puede haber mucha ansiedad relacionada con el miedo a que el suicidio sea hereditario. Los estudios demuestran que, aunque tiene cierto componente genético, este es solo es uno de muchos factores que pueden aumentar el riesgo personal. Ni siquiera cuando este riesgo es mayor es posible predecir quién va a materializar, o no, sus ideas suicidas. También puede heredarse una predisposición a padecer un trastorno mental, por ejemplo, la depresión. Pero dependerá de múltiples factores ambientales que dicha enfermedad llegue a desarrollarse y, aunque fuera así, no tendría necesariamente que culminar en suicidio.

(Si necesitas pautas para transitar este proceso, te invito a leer, en este mismo blog, Muerte por suicidio (II): Cómo afrontar el duelo por suicidio y seguir adelante)

Cómo identificar un duelo complicado (y la serie «Katla» puede ayudar)

Cómo identificar un duelo complicado (y la serie «Katla» puede ayudar) 1920 1280 BELÉN PICADO

Existe un dolor para el que nadie está preparado: la muerte de un ser querido. Y, aunque se trata de una experiencia universal, cada uno lo afrontamos de forma diferente. En cualquier caso, transitar este camino es necesario para poder seguir adelante sin esa persona que ya no está. En la mayoría de los casos el proceso avanza de forma natural hasta llegar a la aceptación de la pérdida. Sin embargo, hay circunstancias que lo obstaculizan y lo bloquean hasta desembocar en un duelo patológico (también llamado duelo complicado, duelo inconcluso o duelo no resuelto). Como el tema es muy amplio, en este artículo me centro en las características y en los tipos que hay. Y, para terminar, os hablo de Katla, serie de Netflix que, precisamente, tiene en los duelos inconclusos su tema principal.

El psiquiatra Mardi Horowitz define el duelo complicado como «la intensificación del duelo a un nivel en que la persona está desbordada, recurre a conductas desadaptativas o permanece inacabablemente en este estado sin avanzar en el proceso del duelo hacia su resolución».

En su libro Aprender de la pérdida: Una guía para afrontar el duelo, Robert A. Niemeyer explica  que podemos quedar atascados de muchas maneras: «El duelo puede estar aparentemente ausente, cronificarse o representar una amenaza para nuestra vida». Esto es más probable «en pérdidas traumáticas o cuando se trata de una muerte ‘fuera de tiempo’ o que no está ‘sincronizada’ con el ciclo vital familiar. Es el caso de la muerte de un niño, que priva a sus padres y hermanos no solo de su presencia, sino también del futuro que esperaban que tuviera».

Características del duelo complicado

  • Duración. Cada persona lleva un ritmo diferente a la hora de procesar una pérdida significativa, pero se estima que, por término medio, ese tiempo suele oscilar desde varios meses hasta dos años, aproximadamente.
  • Negación y anestesia emocional. La persona no acepta ni comprende esa pérdida y eso la lleva a una especie de anestesia emocional que le impide llorar o expresar sentimientos de dolor, tristeza y rabia. Además, no puede abrirse a quienes le rodean, le es imposible hablar del fallecido…  Casi todo parece resultarle indiferente. Y es muy posible que si le preguntamos cómo está, nos responda con un escueto “bien” y cambie de tema. Lo que está ocurriendo, en realidad, es que su mente ha puesto en marcha ciertos mecanismos de defensa para protegerse de un dolor demasiado intenso que no puede afrontar.
  • Somatización. La negación de lo ocurrido o la anestesia emocional no impide que el cuerpo refleje las emociones y el estrés que conllevan un proceso de duelo. El cuerpo grita lo que la boca y la mente callan. El duelo no resuelto se manifiesta casi siempre en forma de somatizaciones: insomnio, alteraciones digestivas, dolor muscular, problemas de piel, cefaleas… No es extraño que la persona acuda constantemente al médico, sin ser consciente de que el origen de su malestar físico está en el malestar emocional que no está afrontando.
  • Hipersensibilidad. Es normal que cuando perdemos a alguien importante, su recuerdo nos provoque emociones intensas y difíciles de gestionar, pero poco a poco esa sensibilidad va disminuyendo y vamos acostumbrándonos a una nueva realidad en la que el dolor deja paso a la nostalgia. En el caso del duelo complicado, esa hipersensibilidad se mantiene en el tiempo. Cualquier imprevisto o pequeño problema se vive de manera desproporcionada. El doliente siente que no pueden tomar decisiones ni reflexionar con calma y que todo se le hace ‘un mundo’. Esa sensibilidad extrema no se manifiesta solo cuando se habla de la pérdida, sino en diferentes ámbitos de la vida. Cualquier pequeño contratiempo puede suponer un desafío insuperable.
  • Culpabilización. La culpa es una reacción habitual, pero cuando es desproporcionada en relación al tiempo que se mantiene y a la intensidad, puede dar lugar a un duelo patológico. En realidad, las circunstancias por las que la persona se culpa suelen ser hechos habituales en el día a día. Lo que ocurre es que los magnifica tras la pérdida al pensar que ya nunca podrá saldar esa ‘deuda’.  Incluso es posible que sienta que sus emociones tras el fallecimiento no son todo lo negativas que ‘deberían’. Asimismoo  puede ocurrir que cuando ya comienza a asimilar la realidad, la culpa vuelva en forma de autorreproche por retomar actividades agradables, en definitiva, por seguir viviendo.

Quedarse atrapado en la culpa es una de las características del duelo complicado.

  • Desesperanza. La falta de ilusión por el futuro y la desesperanza pueden adueñarse del doliente, sobre todo si su existencia giraba en torno a la persona fallecida. O si esta era su principal fuente de sostén emocional, social y/o económico. Ante la falta del ser querido, la vida deja de tener sentido y la persona se limita a sobrevivir con el ‘piloto automático’, a dejarse llevar y a sumergirse en una cotidianeidad que para ella ya no tiene sentido.
  • Problemas relacionales. Quien se queda atascado en la rabia y en la negación de la pérdida tiene serias dificultades para mantener una buena relación con el entorno. Además de no encontrar motivación para cuidar sus relaciones, a menudo le falta la paciencia y no es capaz de disfrutar de la familia, la pareja, los amigos e incluso de los hijos.
  • Trastornos mentales. El duelo no resuelto puede favorecer que empeoren trastornos mentales previos o el desarrollo de nuevas psicopatologías, como el trastorno depresivo, ideación suicida, diversas adicciones o trastornos de la conducta alimentaria.
  • Disociación. Los mecanismos de defensa, como la evitación, permiten al doliente minimizar su sufrimiento, pero a costa de alterar la capacidad de contactar consigo misma y con los demás. Alba Payás explica en su libro Las tareas del duelo cómo esta progresiva fragmentación interior hace que la persona no pueda integrar la experiencia de la pérdida y dotarla de significado:
    «La persona se disocia de ese mundo interno y externo que la conecta con recuerdos relacionados con la muerte del ser querido. Pero a la vez se separa también de otras posibles experiencias placenteras relacionadas con la vida y con los que quedan. Esto explica por qué la mayoría de las personas que desarrollan un duelo complicado acaban experimentando la sensación de aislamiento: el sistema defensivo se retroalimenta, fijándose y distorsionando la realidad cada vez más, inhibiendo la espontaneidad, limitando la flexibilidad y alterando la capacidad de relacionarse de una manera sana con uno mismo y con el mundo. El precio de no sentir el dolor del duelo es también cerrarse a la posibilidad de experimentar los cambios necesarios para poder volver a vivir la vida con plenitud».

(Si después de leer este apartado, te sientes identificado o identificada con varias de estas características puedes ponerte en contacto conmigo y te ayudaré a transitar tu duelo)

Tipos de duelo complicado

  • Duelo crónico. Síntomas que al principio son normales, e incluso adaptativos, se prolongan en el tiempo sin que la persona llegue a aceptar la pérdida. Es habitual en personas con un estilo de apego inseguro ansioso (o ambivalente) y en situaciones en que existía una acusada relación de dependencia (económica o afectiva). Para evitar el desamparo, el doliente permanece aferrado al vínculo con el fallecido. Le resulta muy difícil realizar tareas cotidianas del día a día por sí solo y revive de manera reiterada y acentuada pensamientos o sentimientos dolorosos asociados a la pérdida.
    También se produce cuando la relación en vida ha sido difícil y ambigua, alternando periodos de enfado con otros de paz y tranquilidad. En este caso, es posible que la persona se vea inmersa en un duelo crónico en el que pasará continuamente del alivio al autorreproche, al resentimiento o a la culpa.
  • Duelo retrasado (inhibido, suprimido o pospuesto). La persona se focaliza en recuperarse y en retomar su vida normal lo antes posible, sin darse el tiempo suficiente para asumir la pérdida. Pasa el tiempo, cree que lo tiene totalmente superado y, de repente, un día sufre otra pérdida o, incluso, vive una experiencia que le conecta con aquel dolor que disoció y ‘enterró’. Entonces, sin poder explicarse por qué, aparecen síntomas totalmente desproporcionados con respecto a lo que le está ocurriendo en el presente. El duelo pospuesto se asocia a personalidades con estilos de apego inseguro evitativo.
  • Duelo intensificado o exagerado. El doliente se siente desbordado por el dolor. Experimenta los síntomas del duelo con una intensidad tan alta que, para evadirse, recurre a conductas desadaptativas. Abusa del alcohol o las drogas, se centra obsesivamente en el trabajo, en salir o en cualquier conducta que le permita sobrellevar la angustia, etc. Todo esto puede llevar a desarrollar trastornos como ansiedad, depresión, adicciones, fobias…

El duelo complicado puede llevar a desarrollar trastornos como ansiedad o depresión.

 

  • Duelo enmascarado. La persona experimenta síntomas o lleva a cabo conductas que le causan dificultades, pero sin darse cuenta de que están relacionadas con la pérdida. Por ejemplo, puede experimentar síntomas físicos similares a los del fallecido antes de morir, somatizaciones (dolores de cabeza, problemas digestivos, molestias musculares); desarrollar problemas psicopatológicos (ansiedad, trastornos alimentarios); o tener conductas desadaptativas, (depresión inexplicable, abandono de obligaciones, hiperactividad).
  • Duelo desautorizado, silente o prohibido. Son duelos que, pese a conllevar un gran dolor, no están socialmente aceptados y no reciben comprensión por parte del entorno. Es el caso de una pareja homosexual no reconocida públicamente en la que muere uno de sus miembros. O cuando se trata de una relación de amantes. Asimismo, el duelo silente puede darse en la muerte por suicidio, por enfermedades como el sida o por una sobredosis, por ejemplo. En estos casos, familia y amigos pueden experimentar cierta vergüenza y/o culpa y evitar hablar de su pérdida.  El aborto, a veces, también se trata con silencio y secretismo. Si no se ha llegado a comunicar el embarazo, es posible que se oculte todo el proceso para evitar dar explicaciones. Sin embargo, esto hace que no se pueda elaborar el duelo por el hijo perdido.
  • Duelo traumático. Si la muerte es inesperada o traumática (suicidios, homicidios, pérdidas múltiples), el duelo puede verse obstaculizado por un sufrimiento anormalmente intenso. Y también por síntomas propios del trastorno de estrés postraumático: pesadillas, flashbacks o recuerdos intrusivos recurrentes. Todo esto dificulta el proceso, agravando o prolongando la sensación de incredulidad, rabia y enfado e impidiendo la aceptación de la muerte. A esto se añade, a menudo, la presencia de otros trastornos, como ansiedad, trastornos del sueño, depresión, etc.
  • Duelo suspendido o congelado. Cuando no hay un cuerpo que acompañe la certeza de la muerte, como ocurre con los desaparecidos, transitar el camino del duelo es especialmente complicado. En ocasiones, incluso, el proceso puede llegar a prolongarse indefinidamente. Por un lado, el doliente se aferra a cualquier señal que pueda interpretar como una posibilidad de que su ser querido no haya muerto. Por otro, asumir su pérdida definitiva le genera un intenso sentimiento de culpa.

«Katla», una serie sobre duelos no resueltos

La muerte y el duelo siempre han sido temas muy recurrentes en el cine y la televisión. Y este es el caso de la serie islandesa Katla, historia dirigida por Baltasar Kormákur que gira en torno al duelo complicado y la culpa. De hecho, si la habéis visto, seguro que podéis identificar en los personajes algunas de las características y los tipos de duelo patológico que he enumerado más arriba.

En Katla, la mayoría de los protagonistas permanecen encadenados al pasado y a personas que ya no están. Bien porque han muerto o bien porque han experimentado un drástico cambio en su propia identidad. En cualquier caso, dichos personajes no son capaces de completar el duelo correspondiente. (A partir de aquí encontraréis algún spoiler)

Van a ser unos seres a los que llaman «suplantadores» (versiones de familiares fallecidos e, incluso, dobles de personas que siguen vivas) los que irán apareciendo para ayudar a los humanos a afrontar sus duelos inconclusos. Y, de paso, deshacer el nudo que aprisiona su vida y les impide seguir adelante. Es el caso, por ejemplo, de Grima. Siendo niña presenció, junto a su hermana Asa, el suicidio de su madre. Ya adultas, Asa desaparece y, desde ese momento, su hermana se sume en una profunda depresión incapaz de asumir su pérdida. Muy posiblemente el duelo por su hermana está sacando a la luz otro duelo no resuelto, el del suicidio de su madre.

Al duelo no resuelto de Grima por el suicidio de su madre se suma la incapacidad para aceptar la muerte de su herman.

Grima primero recibirá la visita de la suplantadora de Asa, que le ayudará a aceptar la muerte de su hermana. Y luego será su propio doble quien le mostrará que es posible seguir adelante y vivir en paz con sus muertos.

La serie también muestra otras historias. Como la de un matrimonio destrozado y al borde del divorcio que no es capaz de superar la muerte de su hijo.

El proceso para desbloquear un duelo inconcluso pasa por contactar, comprender y aceptar el dolor que se ha quedado atascado dentro de nosotros. Haciendo un paralelismo con los «suplantadores» de Katla, es como si una parte de nosotros tuviese que surgir de lo más profundo de nuestro mundo interno y hacerse notar para que tomemos conciencia de que tenemos un asunto pendiente que resolver, un trauma que sanar. Y solo contactando con esa parte y escuchando lo que nos quiere decir podremos finalizar el proceso y seguir adelante con nuestra vida.

(Si queréis profundizar en la relación entre la serie Katla y los duelos inconclusos, os recomiendo leer este post de Jaume Cardona en el blog Cine y psicología)

Los rituales tienen numerosos beneficios psicológicos.

El poder de los rituales ¿Por qué nos ayudan a sentirnos mejor?

El poder de los rituales ¿Por qué nos ayudan a sentirnos mejor? 1920 1920 BELÉN PICADO

Los rituales han estado presentes en la vida del ser humano desde la Antigüedad, tanto a nivel social como de forma individual. Desde soplar las velas en los cumpleaños a la celebración de bodas o funerales, pasando por las fiestas de los pueblos o ciertas ceremonias relacionadas con la Naturaleza. Cuanto más importante y significativo sea el momento, más elaborado será el rito. Y, aunque es habitual que se les dote de connotaciones mágicas o religiosas, lo cierto es que el poder de los rituales va mucho mas allá. Por sí mismos, nos proporcionan importantes beneficios psicológicos.

Según Nick Hobson, psicólogo canadiense que ha estudiado durante muchos años los mecanismos psicológicos de los rituales, estas conductas nos ayudan a modular nuestras emociones, contribuyen a enfocarnos en nuestras metas y regulan la conexión con otras personas.

De su importancia en las relaciones sociales, también habla el filósofo coreano Byung-Chul Han en su libro La desaparición de los rituales. Para él, estos comportamientos simbólicos transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad. «Los ritos transforman el ‘estar en el mundo’ en un ‘estar en casa’. Hacen del mundo un lugar fiable», afirma.

Justo en estos días en que se celebra el Carnaval (con las limitaciones que implica la COVID-19) muchos siguen el ritual de disfrazarse. Se trata de una fiesta que cumple desde sus orígenes una importante función de conexión social. Aunque ahora su componente es sobre todo lúdico, en la Edad Media suponía una válvula de escape. Un oasis de permisividad frente a la represión y la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma. Al relajarse por unos días las reglas sociales, sexuales y jerárquicas, las personas podían permitirse dejar la vergüenza a un lado. Podían desinhibirse y dar rienda suelta a su lado más carnal y hedonista.

El ritual de disfrazarse es propio del Carnaval.

Hábito, ritual, superstición o síntoma de un TOC

El hábito es un comportamiento que repetimos de forma automática. Tiene un importante componente práctico y, por lo general, no poseen un significado simbólico. Podemos cambiar ciertos elementos cada vez que y no influyen en nuestro estado emocional.   

Los rituales también son repetitivos, pero más rígidos que los hábitos en su estructura y ejecución. Se componen de secuencias particulares de acciones con un significado simbólico, aunque no necesariamente tienen que ser prácticos. Además, al contrario que los hábitos, requieren una intención y tienen un componente emocional muy intenso. Pueden transformar nuestro estado de ánimo y de desempeño de forma instantánea y no solo cuando se repiten con la suficiente regularidad.

La superstición es la creencia de que un objeto, una persona o una conducta nos va a traer suerte, sin que haya ningún tipo de relación entre una cosa y la otra. Al contrario que los rituales, son totalmente irracionales y en la mayoría de ocasiones perjudican la concentración, el rendimiento. Se trata de un modo ilusorio de defendernos de aquello que escapa a nuestro control.

También hay que diferenciar los rituales de los que os hablo en este artículo de los que se presentan en el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). En estos casos, no solo no ayudan sino que interfieren negativamente en la vida cotidiana. Se trata de estrategias relacionadas con  ideas obsesivas irracionales que escapan al control de quien las tiene. La persona sabe que esos rituales no tienen sentido, pero no puede evitar realizarlos.

Os pongo un ejemplo. Un hábito sería aplicarme crema hidratante en el rostro todas las noches antes de irme a la cama porque pienso que será bueno para mi piel. Esta rutina se convertirá en ritual si, además, uso exactamente la misma crema que utilizaba mi madre y lo hago siempre frotándome las mejillas con suavidad y mirándome en el espejo mientras siento cómo esos minutos me conectan con ella. Superstición sería pensar que ponerme crema hará que al día siguiente todo me salga bien. Y si me aplico el producto de una forma compulsiva, porque temo que si no lo hago un determinado número de veces ocurrirá algo muy malo, ya formaría parte de un trastorno obsesivo-compulsivo.

Los rituales ayudan a regular las emociones y a procesar el dolor

Cuando hemos sufrido una pérdida, los rituales nos permiten poner un cierre de un modo significativo para nosotros. Los que practicamos tras el fallecimiento de un ser querido, por ejemplo, sirven para aliviar el dolor emocional y ayudarnos en el proceso del duelo. Son reconfortantes y nos ayudan a expresar sentimientos que de otro modo no sabríamos exteriorizar. Pueden generar una sensación de cierre o, por el contrario, contribuir a mantener viva una parte importante de nuestro pasado.

Especialmente necesarios son los rituales en tiempos de coronavirus, en los que a la pérdida de un ser querido se une el drama de no poder realizar un adecuado proceso de despedida. Eventos como los funerales dan la oportunidad al doliente de hacer más real la pérdida, procesarla y compartir el dolor.

Aunque este tipo de ritos varían mucho según la cultura a la que pertenezcamos, hay un mecanismo psicológico subyacente a todos ellos: la recuperación de la sensación de control sobre nuestras vidas.

Los rituales también alejan el miedo a lo desconocido. A los niños, por ejemplo, les encantan y los están realizando continuamente, tanto en el juego como en su vida familiar. Por la noche, antes de irse a dormir, piden una y otra vez que les leas el mismo cuento, aunque lo conozcan de memoria. La repetición, una de las características de lo ritual, les da seguridad y les reconforta.

Igualmente, al tener un importante componente emocional, los rituales contribuyen a que recordemos mejor determinados momentos. Y es que para nuestro cerebro es mucho más fácil recordar eventos que nos han generado alguna emoción.

Los rituales ayudan a regular las emociones.

Más percepción de control y menos ansiedad

El ritual nos ayuda a lidiar con la incertidumbre, a poner orden en nuestras vidas y a tener la percepción de control sobre situaciones que nos sobrepasan. Agrega estructura y estabilidad a un mundo que de otro modo sería impredecible

A la hora de lidiar con la ansiedad, estas secuencias de acciones tienen el mismo efecto que realizar ciertos ejercicios de relajación. En un estudio realizado en la Universidad de Harvard se propuso a un grupo de participantes llevar a cabo una actividad que les generase estrés, como cantar en público. A la mitad de ellos se les pidió realizar un ritual previo y a la otra mitad realizar la tarea directamente. Finalizada la investigación, sus responsables encontraron que el primer grupo presentó un ritmo cardiaco más controlado que el segundo.

Las acciones sencillas, estructuradas y repetitivas de los rituales actúan como auténticos calmantes. Ante una vida llena de incertidumbre y a menudo bastante estresante y caótica, saber exactamente qué hacer y cómo hacerlo transmite una agradable sensación de estructura, control y estabilidad.

El simple acto de incluir en nuestra rutina algo reiterativo que confiere orden y sensación de control, ya es beneficioso para nuestro cerebro. No podemos olvidar que la propia ansiedad se alimenta de la incertidumbre y puede llegar a arrebatarnos el dominio sobre nosotros mismos. Justo reducir este malestar es el objetivo de muchos artistas y deportistas que tienen sus propios rituales antes de salir a actuar o de competir.

Rituales que refuerzan los vínculos y la cohesión social

¿Recordáis con cuánta rapidez se instauró durante el primer confinamiento el ritual de salir a aplaudir cada tarde? Los rituales colectivos en los que se hace algo de manera coordinada conllevan una recompensa en forma de conexión y pertenencia.

Hacer regalos, por ejemplo, es un intercambio social y comunicativo inherente a todas las culturas; permite transmitir un mensaje a la otra persona sin necesidad de palabras. En muchas sociedades, la entrega ritual de obsequios desempeña un papel fundamental en el mantenimiento de los vínculos sociales al crear redes de relaciones recíprocas. Asimismo, y dejando a un lado las connotaciones religiosas, el cumplir con ciertos ritos (bodas, graduaciones, funerales, etc.) tiene mucho que ver con nuestra identidad colectiva.

Aunque no ocurre de forma consciente, mantener ciertas costumbres a lo largo del tiempo, como que la familia se reúna a comer un día específico de la semana o que los habitantes de un pueblo participen en las fiestas anuales, tiene un poderoso efecto. De algún modo, es la reconfirmación de que todas esas personas reunidas forman parte de un grupo con un unos valores, una cultura y unas raíces comunes.

El sociólogo francés Émile Durkheim investigó la fuerza emocional de los grupos y llegó a la conclusión de que cuanto mayor es el nivel de los rituales del grupo, más fuerte es este. Cuando una comunidad de cualquier tamaño promulga repetidamente rituales simbólicos o pequeñas ceremonias caseras, sus miembros experimentan un mayor grado de fuerza emocional, esperanza y resiliencia.

Participar en rituales colectivos, además, genera un fuerte sentimiento de pertenencia. Es el caso de los denominados ritos de paso. Estos, además de marcar las transiciones vitales y ayudar a asimilar esas etapas de cambio,  refuerzan el sentimiento de pertenencia a un grupo. Algunos ejemplos los tenemos en las fiestas de los 15 años, las ceremonias de graduación, las bodas o los bautizos (si le despojamos del significado religioso no son otra cosa que la presentación del recién nacido en sociedad). Incluso pasar por primera vez las vacaciones con la familia política puede considerar un rito de paso para convertirse en un verdadero miembro del clan.

Las bodas son rituales de paso.

Mayor concentración y rendimiento

Muchos de los rituales o conductas que seguimos tienen la función de preparar al cerebro y predisponerlo para la tarea que va a abordar. Si antes de hacer un examen me acostumbro a cerrar los ojos unos instantes, hacer tres respiraciones profundas y decirme una frase que me motive, simplemente al entrar en el aula se generarán una serie de pensamientos y sensaciones que me ayudarán a tranquilizarme y a concentrarme mejor.

Del mismo modo, también podemos crear nuestros propios rituales para desconectar, algo que ahora con el teletrabajo se hace especialmente difícil. Cuando termines de trabajar, cierra el portátil poniendo tu atención en cómo bajas la pantalla. A continuación, realiza una respiración profunda antes de levantarte de la silla. Repetido todos los días, este simple acto te ayudará a pasar de un estado mental a otro y a dejar el tiempo del trabajo atrás para entrar en el tiempo personal o familiar.

Concentración y un mayor rendimiento es lo que buscan los deportistas de elite cuando llevando a cabo ciertos rituales antes de una competición. Rafa Nadal, por ejemplo, alinea las botellas de agua en el banquillo durante el descanso entre juegos. «Si no hago lo de las botellas, estoy sentado y a lo mejor me distraigo pensando en otras cosas. Cuando hago las mismas cosas siempre, estoy centrado en lo que tengo que hacer y la cabeza está siempre despierta para pensar puramente en el tenis», explicó el tenista en una entrevista.

Puede interesarte

Muerte por coronavirus: Rituales simbólicos de despedida para facilitar el duelo. En este artículo, publicado en este mismo blog, comparto varias ideas que pueden ayudar a honrar y a despedirse de ese ser querido que ha fallecido durante la pandemia y del que no su familia no ha podido despedirse como hubiera deseado.

Duelo migratorio: el precio de emigrar buscando una nueva vida.

Duelo migratorio: El precio de emigrar buscando una nueva vida

Duelo migratorio: El precio de emigrar buscando una nueva vida 1024 600 BELÉN PICADO

Nostalgia, morriña, añoranza, gorrión o saudade son algunas de las palabras que suelen utilizarse para describir el sentimiento de pérdida que invade a quien deja atrás su país en busca de una nueva vida. A menudo no se le presta la suficiente atención pero, como en el caso de otras pérdidas, se necesita un periodo de adaptación para elaborar lo ocurrido y acomodarse a la nueva realidad. Igual que pasamos un duelo cuando muere un ser querido o ante una ruptura amorosa, es necesario que transitemos este proceso emocional y cognitivo cuando emigramos. Es el duelo migratorio.

Emigrar siempre es difícil e implica numerosos cambios, muchos de ellos inesperados pues nunca se sabe con certeza qué deparará el nuevo lugar al que se va. Los procesos migratorios exponen a quienes los viven a cambios muy drásticos y ponen a prueba su capacidad de adaptación.

Si bien lo habitual es que este duelo se supere tarde o temprano, no hay que subestimarlo ni evitarlo. Es necesario conectar con las emociones, permitirse vivir ciertos momentos de angustia y tristeza y transitar este camino para elaborar las múltiples pérdidas que supone dejar atrás el que fue nuestro hogar.

Pero no solo quien se marcha atravesará este proceso. Los familiares y amigos que se quedan en el lugar de origen también viven su propio duelo, porque pierden la presencia de un ser querido, aunque sigan en contacto con él a través de todos los medios que actualmente hay disponibles. El duelo de quienes se quedan será más o menos llevadero en función de las circunstancias en que se dé la separación, de la relación que se tenía con el emigrante, del rol que ocupaba en la familia, de si la separación es o no definitiva, de la situación económica en la que se quede la familia, etc.

Los familiares y amigos que se quedan en el lugar de origen también viven su propio duelo.

La madre del emigrante, de Ramón Muriedas Mazorra.

Un duelo múltiple, recurrente y transgeneracional

Pese a tener numerosas similitudes con otros tipos de duelos, el duelo migratorio posee características que lo hacen diferente y que enumera Joseba Achotegui, psiquiatra especializado en migración.

  • Es múltiple. Muy posiblemente ninguna experiencia, ni siquiera la muerte de un ser querido, supone tantos cambios. Quien emigra puede pasar, como mínimo, por siete duelos diferentes, ya que deja atrás: la familia y los amigos; la lengua; la cultura, con sus costumbres, religión y valores; la tierra (paisaje, colores, olores); el estatus social (papeles, trabajo, vivienda, posibilidades de ascenso social), el contacto con su grupo de pertenencia; y la seguridad física (viajes peligrosos, riesgo de expulsión, indefensión).
  • Es parcial. En la migración, el objeto de la pérdida (el país de origen con todo lo que representa) no se pierde de forma definitiva. Es más, se puede seguir en contacto con los familiares e incluso volver temporalmente o de forma definitiva.
  • Es recurrente. El sentimiento de nostalgia y el vínculo con el país de origen van a reavivarse cada vez que la persona tenga contacto con su país, bien porque vaya de vacaciones, reciba la visita o la llamada telefónica de un compatriota o incluso cuando escucha música de su tierra. Y esto ocurre porque esos vínculos siguen activos toda la vida, unas veces de modo más consciente y otras de modo más inconsciente.
  • Es transgeneracional. Si los inmigrantes no llegan a ser ciudadanos de pleno derecho en el país de acogida, el duelo también lo sufrirán sus hijos y nietos. El que lleguen a integrarse dependerá de la actitud de los padres frente al país que les acoge, de la actitud que tengan los hijos frente al mismo; y también depende de que el país al que llegan sepa o no acogerlos. Muchos hijos de inmigrantes no se sienten ni del país en el que viven ahora, pese a haber nacido ahí, ni del país que dejaron sus padres.
  • Va acompañado de sentimientos de ambivalencia. El emigrante siente amor hacia su país de origen y al mismo tiempo experimenta mucha rabia porque ese mismo país no le supo dar las oportunidades o la seguridad necesarias para poder quedarse. Por otro lado, en su papel de inmigrante, siente cariño por la tierra que le está acogiendo y dando una nueva oportunidad para salir adelante, y a la vez ira por el esfuerzo que supone este cambio y porque en ocasiones no se le acepta como un igual.

Síntomas del duelo migratorio

El duelo migratorio puede vivirse de muchas formas según las condiciones en que se realice la migración, la propia personalidad del emigrante, el momento del ciclo vital en que se encuentre, la realidad con la que se tope en el país de destino, el motivo que le llevó a tomar la decisión, etc.  En cualquier caso, suelen aparecer:

  • Nostalgia y tristeza al recordar la pérdida de todo lo que se ha dejado en el país de origen, que puede ir acompañada de una profunda sensación de soledad.
  • Preocupación por un futuro incierto.
  • Temor a la pérdida de identidad. Si el choque cultural es muy acusado o los habitantes del lugar de destino muestran rechazo, la sensación de no pertenecer al nuevo país de residencia podría llevar al recién llegado a aislarse y desarrollar cierto rechazo a integrarse a la vez que se refugiará cada vez más en sus compatriotas.
  • Sentimientos de culpa o arrepentimiento ante la sensación de haber ‘abandonado’ a la familia.
  • Dificultad de disfrutar del momento presente y de acoger las nuevas experiencias con talante positivo.

Junto a estas emociones, es común que aparezcan otros problemas como ansiedad, síntomas depresivos, irritabilidad, alteraciones del sueño, dolores de cabeza de tipo tensional asociados a las preocupaciones, fatiga, etc.

Lo normal es que estos síntomas vayan desapareciendo con el tiempo. Una correcta elaboración del duelo migratorio implicará asimilar lo nuevo y sentirse parte del país de acogida, pero sin olvidar ni rechazar el lugar de origen.

El duelo migratorio puede vivirse de muchas formas según las condiciones en que se realice la migración.

Cuando las dificultades bloquean la capacidad de afrontamiento

En circunstancias normales, el modo de enfrentarse al duelo migratorio depende más de las propias estrategias y recursos para hacer frente a los cambios, que de tener una determinada edad, nacionalidad o estatus social y económico.

Sin embargo, existen ciertos factores que dificultan la adaptación y generan un estrés añadido, con el consiguiente riesgo de que el duelo migratorio simple, que es el habitual, pase a convertirse en duelo extremo. Entre esos factores están: la soledad por la separación de los seres queridos, amenazas constantes de detención y expulsión, sentimientos de vulnerabilidad ante la carencia de derechos en el país de destino, enfrentarse a una lucha diaria por sobrevivir (falta de alimentos, de un techo bajo el que dormir o imposibilidad de encontrar trabajo).

Cuando el inmigrante sufre una situación de crisis permanente, aparece el denominado síndrome de Ulises o síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, un cuadro de estrés ante situaciones de duelo migratorio extremo que no pueden ser elaboradas. (Por la importancia que tiene en sí mismo, en otra ocasión dedicaré un artículo a este problema).

Cuidado con las expectativas

En muchas ocasiones la persona idealiza el lugar de destino y solo tiene en mente la posibilidad de llegar a un lugar con una mayor calidad de vida y grandes oportunidades profesionales. Sin embargo, pocas veces se piensa en la implicación a nivel emocional y personal que puede producir ese cambio. Para que el ‘aterrizaje’ no sea tan brusco, ahí van unas cuantas ideas:

  • Infórmate. Antes de tomar la decisión, procura estar totalmente informado del peligro del trayecto si es el caso, de cómo es la vida dónde quieres asentarte, de la cultura, de las leyes laborales, de tus derechos y de la posibilidad de contar con una red de apoyo social. Y, sobre todo, ten en cuenta que emigrar implica pérdidas y vas a tener que pasar por una serie de duelos. Saberlo de antemano, te ayudará mucho en el proceso. Igualmente, sopesa los beneficios que te traerá abandonar tu hogar, pero también a lo que tendrás que renunciar.
  • Comparte tu decisión con la familia. Si ya lo tienes claro, haz partícipes a tus seres queridos de tu decisión. Permitir que todos los miembros de la familia participen contribuirá a que ese cambio de vida sea visto como un desafío apasionante. Todos se sentirán involucrados y comprometidos y el dolor de tu partida se suavizará.
  • Acepta tus emociones. Los sentimientos de tristeza, miedo o ansiedad forman parte del proceso normal de adaptación. No los evites.
  • Cuidado con las expectativas. Idealizar el lugar que se convertirá en nuestro hogar puede llevar a que el choque con la realidad sea mayor, entre otras cosas, por las dificultades que entraña adaptarse a otro país, a otra cultura y, a veces, a otro idioma. Todos queremos tener éxito cuando nos lanzamos en busca de un objetivo, pero hay circunstancias que no dependen de nosotros y que pueden dificultar el proceso. Igualmente desaconsejable es idealizar lo que dejaste atrás y creer que si vuelves todo estará mejor que cuando te marchaste.
  • No te encierres. La socialización es fundamental en la primera etapa de asentamiento. Una vez que hayas llegado a tu destino, busca amistades nuevas que puedan ayudarte a encontrar empleo o, simplemente, a sentirte más acompañado. Contactar con personas de tu mismo país puede hacerte más fácil la adaptación, porque ya pasaron por algo similar y pueden darte consejos prácticos y útiles. Igualmente beneficioso será relacionarte con habitantes originarios de allí donde llegues. Tener diferentes perspectivas te ayudará a adaptarte.

Sentirse acompañado ayuda, y mucho, a superar el dolor de haber dejado atrás el hogar.

  • Mantén una actitud positiva. Que los momentos de nostalgia no te hagan olvidar los aspectos positivos de tu decisión. En la mayoría de los casos, emigrar es más una solución que un problema. Puede ser una experiencia muy enriquecedora y repleta de aprendizajes. Y cuando tus fuerzas flaqueen, recuerda por qué tomaste la decisión.
  • No olvides tus raíces. Adaptarte a tu nuevo hogar no implica renunciar a tus raíces y a tu propia identidad. Cuando reniegas de tu país, tu cultura y tu gente también están dejando de ser tú y dejando a un lado tus valores y principios. Si bien es cierto que resulta necesario establecer cierta distancia para poder integrar los nuevos aspectos que brinda el país de acogida, no hay que desapegarse por completo de lo que ha conformado tu visión de la vida y del mundo. Además, es muy importante hablar a los hijos de su país de origen, de su historia, sus costumbres, tradiciones, paisajes, etc. Tus raíces también son parte de su identidad y deberían estar orgullosos de ellas.
  • Convierte el hecho de ser extranjero o extranjera en una ventaja. Seguro que hay muchas cosas que puedes ofrecer y sabes hacer y que los locales del país al que llegas no conocen. Convierte lo que en un principio puede ser un impedimento en una oportunidad.
  • Conserva tus aficiones en la medida de lo posible. Cuando todo tu entorno es nuevo, poner un poco de continuidad en tu vida te ayudará a mantenerte conectado con lo que te resulta familiar. ¿Te apasiona el senderismo? Hazte miembro de un grupo. ¿Te gusta jugar fútbol? Busca un equipo. Tener algo en común, además, te ayudará a la hora de establecer nuevas amistades.
  • Haz un altar de recuerdos. Elige un lugar especial (una mesa, una pared, una estantería…) y coloca fotos u objetos especiales que te conecten con tu tierra. Con el tiempo podrás añadir también algún objeto o alguna imagen del que es ahora tu nuevo hogar. Eso te servirá para integrar tus experiencias pasadas con tu presente.
  • Acepta que todo cambia, incluso los que se quedaron. En el caso de que decidas volver a tu tierra, asume que ya no serás la misma persona que cuando se marchó. Y lo mismo ocurrirá con tus seres queridos. Si regresas esperando reencontrar todo tal como lo dejaste, la decepción será inevitable.
  • Busca ayuda profesional si la necesitas. Si pasado un tiempo prudencial, el malestar por lo que has dejado atrás se prolonga es conveniente buscar ayuda profesional. Evitarás que la situación se agrave y tu duelo se complique. (Si lo necesitas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en el proceso)
La serie This is us muestra cómo puede afectar la muerte de un padre a sus hijos adolescentes.

Lo que nos enseña la serie ‘This is us’ sobre la pérdida y el duelo adolescente

Lo que nos enseña la serie ‘This is us’ sobre la pérdida y el duelo adolescente 1200 900 BELÉN PICADO

Uno de los motivos por los que la serie This is us (o Así somos como se ha titulado en España) ha cosechado tanto éxito en los países donde se ha emitido es porque refleja dinámicas y situaciones familiares con las que muchos podernos sentirnos identificados. Pero, si hay un tema alrededor del que gira la trama de esta producción estadounidense, que relata la vida de una familia a lo largo del tiempo, es la pérdida. De hecho, ya desde el principio asistimos a la desgarradora muerte de uno de los trillizos de Jack (Milo Ventimiglia) y Rebeca Pearson (Mandy Moore). No obstante, es la muerte de Jack la que marcará la vida de todos los que le rodeaban y, en especial, la de sus hijos, Kevin (Justin Hartley), Kate (Chrissy Metz) y Randall (Sterling K. Brown).

La muerte de un padre es uno de los golpes más fuertes que podemos sufrir en la vida. Pero si esa pérdida ocurre cuando eres adolescente y, además, se produce de un modo repentino y traumático, las consecuencias pueden prolongarse hasta mucho tiempo después.

La serie This is us relata la vida de la familia Pearson.

¿Qué ocurre cuando eres adolescente y pierdes a tu padre?

Además de enfrentarse a su propio dolor, el adolescente a menudo tendrá que afrontar numerosas transformaciones en el seno familiar. Entre ellas, que el progenitor superviviente inicie una nueva relación sentimental; que se produzca un cambio en la situación económica familiar; o convivir con el proceso de luto del resto de los hermanos. Y, además, le tocará vivir todo esto junto a los cambios, dificultades y conflictos propios de esta etapa de la vida.

Una sana elaboración del duelo pasa por ayudar al adolescente a dar rienda suelta al dolor hasta que la herida cicatrice. Pero no siempre ocurre así. Entre otras cosas, porque muchas veces el progenitor superviviente no es capaz de gestionar su propio sufrimiento.

En la serie This is us, pese a que Jack vive lidiando con sus propios demonios (que se irán mostrando a lo largo de los capítulos), lo que ve su familia es el modelo perfecto de hombre, marido y padre. Un padre extremadamente sensible que ama sin condiciones a sus hijos y que, precisamente, por ese halo de perfección dejará un hueco muy difícil de llenar.

A través de él, vemos cómo hay personas que dejan una profunda huella en quienes le rodeaban, haciéndose presentes tras su muerte a través de los recuerdos y del ejemplo que fueron en vida. Tanto es así, que, pese a que cuando empieza la historia Jack lleva casi veinte años muerto, todos parecen seguir viviendo a su sombra, sobre todo los Tres Grandes, como llamaba él a sus hijos. ¿Qué supuso la muerte de Jack Pearson para cada uno de sus hijos adolescentes y cómo influyó en el resto de su vida?

La ansiedad de Randall

El más sensible de los hermanos Pearson ha vivido toda la vida con el temor de decepcionar a la familia que lo adoptó y con la necesidad de agradar. Y ha sido justo esa inseguridad la que ha hecho que quiera demostrar siempre que es absolutamente perfecto para todo.

Randall ve en Jack el ejemplo de cómo ser un buen padre y un buen hombre. Hasta el punto de aplicar en su propia vida los valores que aprendió de él. El problema es que ese trabajo incluye no solo alcanzar la perfección de Jack, sino superarla a toda costa. Ese excesivo perfeccionismo, que ya mostraba en su infancia, desembocará en ansiedad y ataques de pánico.

Randall ve en Jack el ejemplo de cómo ser un buen padre y un buen hombre.

Kate o cómo anestesiar la culpa a través de la comida

Kate siempre pensó que nunca sería lo suficientemente buena para Rebeca, mientras que en Jack veía a alguien que la aceptaba como era. Así que la relación con él era mucho más estrecha. Este vínculo tan especial con su padre ya sería suficiente para que sufriera su muerte muy intensamente. Pero, además de un inmenso dolor, Kate tiene un profundo sentimiento de culpa (a lo largo de la primera temporada se revela el motivo) y ambos elementos unidos actuarán como disparador de su trastorno de la alimentación.

Aunque desde la niñez ha tenido problemas de sobrepeso, será a raíz de la muerte de Jack que su hija empezará comer compulsivamente, sin control, castigándose y tratando de anestesiar su profundo dolor. Sintiéndose indigna de cualquier atisbo de amor o de compasión.

Kevin y el alcohol como refugio

Tras un hecho traumático como la muerte de un ser querido, hay personas que se hunden y otras a las que ‘aparentemente’ no les afecta. No es que no sientan, sino que el dolor es tan fuerte que se disocian. Es decir, su cerebro ‘crea’ una especie de compartimentos donde almacena de forma aislada esos hechos o emociones cuyo sufrimiento no pueden tolerar. Esto es lo que le ocurre a Kevin: detrás del actor guapo y famoso que ven todos se oculta un adolescente roto e incapaz de llenar el vacío que le ha dejado la ausencia de su padre. De hecho, ni siquiera es capaz de hablar de la muerte de Jack. Si no se habla de ello, no existe.

El no hablar del padre o la madre muerto es un mecanismo que suele aparecer tras la etapa inicial de shock y sirve para proteger al joven del dolor. Lo normal es que, poco a poco, esta incapacidad de hablar del progenitor fallecido remita, pero si el duelo no se elabora adecuadamente el mecanismo puede prolongarse durante meses, años o incluso décadas.

Como en el caso de Kate, Kevin también siente mucha culpa. Pero la de él es una culpa diferente. Su imagen de Jack es la de un héroe, un padre extremadamente cariñoso y dedicado que siempre se ha sacrificado para dar todo a su familia. Esto ha creado para Kevin un modelo inalcanzable. Él cree que nunca podrá convertirse en el hombre que fue su padre.

Y, por otra parte, el día que Jack falleció, Kevin estaba distanciado de él y no estaba en casa. Cuando se enteró de la muerte de su padre, se culpó por no haber estado allí para ayudar a su familia. Y, del mismo modo que su hermana trató de anestesiar el dolor y la culpa a través de la comida, su gemelo lo hizo a través del alcohol.

Cada uno necesitamos un tiempo para aceptar la pérdida

En el primer capítulo, tras la muerte del trillizo de los Pearson, el viejo doctor K da a Jack las claves para sobrellevar su pena. Claves que luego tendrán que aprender por sí mismos Randall, Kevin y Kate, y que, desde luego, nos vienen bien a todos. En su conversación con Jack, el médico toca algunos temas centrales relacionados con el duelo: la necesidad de reconocer la pérdida, sentarse con ella, aprender a hablar sobre ella y encontrar el propio camino para seguir adelante.

No se trata de olvidar o de «avanzar sin mirar atrás». Se trata de buscar en la propia vida aspectos positivos que sobrevivieron al trauma y reconstruirnos desde allí. Como el viejo médico le dijo a Jack: «Quiero pensar que, tal vez, algún día seas un viejo como yo aburriendo a un joven y explicándole cómo cogiste el limón más amargo que puede ofrecerte la vida y lo convertiste en una limonada”.

Y tan importante como buscar dentro de nosotros recursos que nos ayuden a seguir adelante es comprender que cada uno necesitamos un tiempo y un ritmo para aceptar la pérdida. Y esto es especialmente importante en los adolescentes. Cuando se produce una muerte en la familia el dolor es compartido, pero a la vez cada integrante lo experimenta de distinta manera. Cada uno se enfrenta a la pérdida como sabe y como puede. Esto lo aprendieron primero Jack y Rebeca y luego tuvieron que aprenderlo sus hijos.

En definitiva, lo que nos enseña esta historia es que no existe un limón tan amargo que no nos permita hacer una limonada. Quedémonos con eso.

Los rituales de despedida facilitan el duelo cuando hay una muerte por coronavirus.

Muerte por coronavirus: Rituales simbólicos de despedida para facilitar el duelo

Muerte por coronavirus: Rituales simbólicos de despedida para facilitar el duelo 1620 1080 BELÉN PICADO

Una de las experiencias más duras por las que todos pasamos antes o después es la pérdida de un ser querido. Y ese dolor se hace incluso más difícil de sostener si se trata de una muerte por coronavirus. En estos casos, a la pérdida se une, además, el drama que supone no poder llevar a cabo un adecuado proceso de despedida. La obligación de mantener una determinada distancia física y la situación de aislamiento en la que nos encontramos, entre otros factores, aumentan considerablemente el riesgo de que un proceso natural y sanador domo el duelo se complique.

Un duelo sin abrazos y sin poder llorar juntos

En la situación que vivimos debido al COVID-19 son varias las circunstancias que dificultan el duelo:

  • No poder acompañar al familiar, ni durante su estancia en el hospital ni en el periodo que transcurre desde su fallecimiento hasta su entierro o cremación. Esto hace que la despedida y el acompañamiento, que tanto facilitan el proceso de duelo, no se vean realizados adecuadamente.
  • El sentimiento de culpabilidad, que se refleja en frases como «No hice lo suficiente», «Tendría que haber llamado antes al médico», «No estuve a su lado en sus últimos momentos», «Yo se lo contagié»… (En el articulo Cómo el sentimiento de culpa puede dificultar el proceso de duelo te cuento más sobre este sentimiento)
  • La ausencia durante todo el proceso de familiares y amigos, que no pueden desplazarse ni acercarse a quienes han sufrido la pérdida para sostenerles. En momentos así es muy duro no poder recibir un abrazo, un beso o cualquier gesto físico de consuelo.
  • La sensación de irrealidad e incredulidad que puede acompañar a la noticia de la muerte cuando hace solo dos semanas, antes de comenzar el aislamiento, gozaba de buena salud. Esta sensación, además, puede verse reforzada al no haber visto a la persona una vez fallecida.

Así, cuando se produce una muerte por coronavirus los familiares se ven privados de la contención emocional que supone el contacto directo, la presencia cercana y los cálidos abrazos que, en este periodo de obligada distancia social, tanto hemos aprendido a valorar.

No poder recibir un abrazo durante el funeral por un ser querido es especialmente doloroso.

El duelo, de Julio Romero de Torres.

La importancia de despedirse

Los rituales de despedida, como los funerales, dan la oportunidad al doliente de hacer más real la pérdida y también cumplen una función social al permitir compartir el dolor. Es como si la mente necesitara ver y participar de esta experiencia para marcar el inicio del duelo y no aferrarse a una fantasía de continuidad, a la sensación de que esa persona pueda volver en cualquier momento.

Para Alan Wolfelt, terapeuta especialista en duelo, “las ceremonias funerarias nos ayudan a aceptar la realidad de la muerte y a testimoniar la vida del difunto, fomentan la expresión del dolor de manera coherente con los valores culturales, dan apoyo moral a los afectados, permiten afirmar las propias creencias sobre la vida y la muerte y aportan continuidad y esperanza a la vida”.

Realizar algún ritual de despedida, aunque sea de forma simbólica, te ayudará a procesar mejor la pérdida de tu ser querido y a estar en paz contigo mismo. Y recuerda que esa despedida no implica olvidar; es un acto de profunda aceptación de lo que ha ocurrido.

Rituales de despedida desde casa

A continuación, te ofrezco varias ideas que pueden ayudarte a honrar a tu ser querido y a despedirte de él. Sin embargo, lo realmente importante es que, hagas lo que hagas, tenga un verdadero y profundo significado para ti y los tuyos.

  • Si te han comunicado la posibilidad de un desenlace fatal inminente, escribe una carta o algún mensaje que alguien pueda leer al paciente, graba un audio o pide que le pongan su canción favorita, aun cuando esté sedado. También puedes despedirte en silencio, conectándote con él en la distancia y diciéndole aquello que le habrías dicho si estuvieras junto a él físicamente.
  • Reúnete por videoconferencia con las personas más allegadas al difunto y, si sentís la necesidad, hablad de las circunstancias de la muerte (quizás alguno de vosotros haya llegado a hablar con los profesionales que estuvieron junto a él en sus últimos instantes). El relato te ayudará no solo a descargar emociones, sino también a ordenar y estructurar tus pensamientos y, en consecuencia, a normalizar la situación.
  • Celebra y honra la vida de tu ser querido. Con el círculo más íntimo, reuniros online y expresad lo que significó para cada uno de vosotros. Recordad alguna anécdota que compartisteis, mostrar vuestra gratitud por aquel favor que os hizo… O, simplemente, encended una vela y compartid unos momentos de silencio. Cualquier cosa que se os ocurra estará bien y, aunque no haya contacto físico, siempre podréis abrazaros con la mirada y las palabras.
  • Exprésate a través de la escritura. Te aliviará y te ayudará a poner en orden tus ideas y emociones. Escribe una carta de despedida a la persona que has perdido y dile aquello que te habría gustado compartir con él y no pudiste. Si te encuentras bloqueado y no sabes qué poner, puedes referirte a “Lo que echo de menos de ti…”, “Mi primer recuerdo contigo…”, “Los mejores momentos que pasé contigo…”, “Lo que más me gustaba de ti…”“Me acuerdo de ti con (libro, película, canción)…”“Lo que más me gustaba hacer contigo…”, “Cuando pienso en ti…”, “Para mantener vivo tu recuerdo voy a…”.
  • Caja de tesoros. Prepara una caja y busca objetos que te recuerden a la persona fallecida. Puedes reunir una foto en la que aparecéis juntos, un libro que te regaló y te hizo especial ilusión, un poema o una canción, la carta que le has escrito o el dibujo que le has hecho.
  • Una alternativa a la caja puede ser la creación de un álbum de fotos, un mural o un collage.  O un libro de memorias en el que todos colaboréis, incluidos los niños, para recordar vuestra relación con el fallecido con fotos, escritos o lo que se os ocurra.

Realizar algún ritual de despedida ayuda a aceptar mejor la pérdida de un ser querido.

  • Aprovecha las redes sociales. Compartir el dolor también es importante a la hora de elaborar el duelo. Recurre a Facebook, Instagram o Twitter para recordar a ese ser querido y despedirte virtualmente de él con una frase, una imagen, una canción, etc.
  • Invita a los más pequeños de la casa a participar. Se les puede proponer que hagan un dibujo o que escriban una carta al familiar fallecido (en otro artículo del blog os cuento más detalladamente cómo ayudar a los niños a elaborar el duelo ante la muerte de un ser querido).
  • La bolsa del recuerdo. Otra opción es guardar en una bolsa esa carta que has escrito junto a un objeto personal que tuviera un significado especial para tu familiar (una foto, su reloj…). Si hay niños en casa pueden elegir un juguete que les recuerde a él y hacer un dibujo que también añadirán a la bolsa. Cuando la funeraria se ponga en contacto con vosotros pedidles que lo depositen sobre el féretro, ya que así no tendrán que manipular nada.
  • Cuando esta situación pase, organiza una ceremonia especial de despedida con aquellas personas que necesitas tener a tu lado.

Aunque estas pautas te ayudarán a transitar mejor el proceso de duelo, a veces es necesaria la ayuda profesional. Sobre todo, en situaciones tan excepcionales como la que estamos viviendo. En caso de que necesites ese tipo de apoyo, no dudes en ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en el proceso.

Puede interesarte

Encontrarás más recursos e información relacionada con el COVID-19 en otros artículos de este blog:

Trastorno por estrés postraumático y COVID-19: Más vale prevenir…

Hipocondría y coronavirus: Pautas para sobrevivir a la cuarentena

Música contra el coronavirus: Más empatía y menos ansiedad

Aprendiendo de la soledad en tiempos de coronavirus

8 claves para afrontar el aislamiento por coronavirus en casa

Afrontar la discapacidad de un hijo conlleva un duelo duro, pero necesario

Afrontar el nacimiento de un hijo con discapacidad: Un duelo necesario

Afrontar el nacimiento de un hijo con discapacidad: Un duelo necesario 1920 1280 BELÉN PICADO

Miedo, incertidumbre, culpa e, incluso, enfado son emociones habituales cuando los padres reciben el diagnóstico de discapacidad de un hijo. Se trata de una de las peores situaciones por las que pueden pasar unos padres y genera emociones dolorosas e intensas que ponen a prueba su fortaleza, como individuos y como pareja. Para asumir la nueva realidad y encontrar una nueva ilusión sobre el terreno baldío que han dejado las expectativas incumplidas es necesario pasar por un duelo, que llevará desde la negación de la situación a la aceptación. Afrontar la discapacidad de un hijo y el correspondiente duelo es un proceso duro, pero necesario.

Desde el momento en que surge la idea de tener un hijo, es normal imaginarse cómo será, a quién se parecerá, qué actividades se harán con él… y cuando preguntan a los futuros padres si prefieren niño o niña, la respuesta suele ser: “Da igual, lo importante es que venga sano”. Sin embargo, a veces las expectativas no se cumplen. Y hay que asumir la ‘muerte’ de ese bebé deseado y fantaseado para recibir al niño real. Un niño diferente, con unas necesidades específicas, pero también con otras comunes a todos los bebés del mundo: alimento, descanso, apoyo y, sobre todo, mucho amor.

El niño con discapacidad tiene limitaciones, pero también capacidades que hay que apoyar

Transitar el duelo: de la negación a la aceptación

Según la psiquiatra estadounidense Elisabeth Kübler-Ross, cuando muere un ser querido las personas atravesamos cinco etapas de duelo. Pero este modelo también puede aplicarse a otros tipos de pérdidas: una ruptura sentimental, la pérdida de un empleo, el diagnóstico de una enfermedad grave, etc. A la hora de afrontar la discapacidad de un hijo, los padres deben enfrentarse a la pérdida del bebé soñado para recibir y aceptar al bebé real. Este difícil camino no solo les ayudará a descubrirse a sí mismos, con sus debilidades y sus fortalezas; también les transformará a ellos y a su entorno más cercano.

  • Negación. Se trata de un mecanismo de defensa que surge tras el diagnóstico. Ayuda a amortiguar el sufrimiento ante una noticia tan dura y también a aplazar parte de ese dolor. En esta fase, es posible que los padres vayan de médico en médico con la esperanza de que alguno les diga que su hijo “se va a curar”.
  • Ira. Los sentimientos de ira y culpa se entremezclan en esta fase. La negación da paso a un sentimiento de enfado contra todo y contra todos, especialmente con quienes más cerca están (pareja, familia, amigos con hijos sanos) e, incluso, con el propio hijo con discapacidad. No es extraño que, en medio de la desesperación, se desee la muerte del bebé o se fantasee con el deseo de que no hubiera nacido. A estos deseos de muerte les sigue una fuerte sensación de culpa que puede llevar a la madre a no soportar separarse del niño o a sobreprotegerle en exceso.
  • Negociación. Los padres empiezan a asumir la nueva situación, aunque aún siguen buscando respuestas, esperando un “milagro” que no llega o anhelando volver al momento en que el niño todavía no había nacido. De algún modo intentan crear una realidad paralela en su imaginación que les proporciona cierta sensación de control.
  • Depresión. A medida que se va comprendiendo la nueva situación y va asumiéndose que el diagnóstico no va a cambiar, se adueña de los padres una profunda sensación de tristeza, vacío e incluso fatiga física. En esta etapa, la validación de esas emociones y la comprensión de las personas cercanas es esencial. Solo transitando y teniendo la posibilidad de manifestar ese dolor será posible llegar a la aceptación.
  • Aceptación. Por fin, se afronta la realidad y es posible traspasar el dolor para abrirse a nuevas posibilidades. Se comprende que el niño tiene limitaciones, pero también capacidades que pueden fomentarse. Esto no significa que sea un momento feliz, pero sí dará paso a una cierta sensación de paz.

Es importante puntualizar que no siempre aparecen todas las etapas, en el mismo orden o con la misma intensidad. También es normal que, una vez se ha llegado a la aceptación, en ciertos momentos de cambio se regrese a alguna de las fases anteriores. Sin embargo, la actitud será ya mucho más positiva que antes del diagnóstico.

Para afrontar la discapacidad de un hijo es necesario atravesar el camino del duelo, adaptarse a la nueva realidad familiar y recuperar la estabilidad emocional. En este trayecto y en el establecimiento del vínculo con el hijo con discapacidad jugará un papel importante la propia historia de apego de los padres y sus experiencias como hijos.

Los padres de un niño con discapacidad pasan por varias etapas de duelo hasta llegar a la aceptación

Cómo afrontar la discapacidad de un hijo

  • Centrarse más en el presente. Preguntarse una y otra vez qué ocurrirá a largo plazo o quién cuidará de nuestro hijo en el futuro solo aumentará la angustia. Poniendo la atención en pequeños pasos y marcándonos objetivos a corto plazo conseguiremos, por un lado, reducir la frustración y la incertidumbre y, por otro, empezar a construir el futuro de nuestro hijo.
  • Contactar con asociaciones o personas que estén en la misma situación. Además de compartir experiencias, esto ayudará a adoptar una nueva perspectiva y comprobar que tener un hijo con una discapacidad no tiene por qué ser una tragedia.
  • Informarse sobre la condición específica de nuestro hijo (características, tratamientos, evolución, recursos sanitarios…) disminuirá la incertidumbre y aumentará la sensación de control.
  • Centrarse en las rutinas diarias comunes a los demás bebés también contribuirá a afrontar la discapacidad de un hijo. Alimentarlo, dormirlo, salir a pasear… ayudará a suavizar la ansiedad y a normalizar la situación. Igualmente beneficioso es recuperar cuanto antes, y en la medida de lo posible, la rutina familiar (atender a los otros hijos, volver al trabajo…) a la vez que se incorporan nuevas actividades (visitas a los especialistas, rehabilitación…).
  • Reconocer al niño más allá de sus limitaciones y poner el foco en lo que puede hacer, por poco que sea: una sonrisa, un pequeño avance… Acceder a recursos de Atención Temprana, por ejemplo, ayudará a potenciar al máximo dichas capacidades.
  • Practicar el autocuidado. Para hacer felices a los demás, tenemos que ser felices nosotros. Es muy importante buscar espacios para uno mismo que permitan cargar las pilas y renovar energías. Y eso conlleva muchas veces aprender a delegar. Cuidar de un hijo con discapacidad es una carrera de fondo, así que es necesario dosificar las energías.
  • Cuidar la pareja y la unidad familiar. Cuando hay un miembro en la familia con una discapacidad hay cierta tendencia a que todo gire en torno a él y esto no es saludable a largo plazo. Es importante intentar cuidar las relaciones tanto en la pareja como con los demás miembros de la familia, amigos, etc. En el caso de que haya otros hijos, es importante hablar con ellos y explicarles la situación. Por pequeños que sean, la dinámica familiar cambia necesariamente y ellos lo notan.
  • Buscar ayuda psicológica para hacer frente a las nuevas condiciones a las que tendrán que enfrentarse, no solo los padres sino todo el núcleo familiar.

Es importante reconocer al hijo con discapacidad más allá de sus limitaciones y poner el foco en lo que puede hacer.

“Bienvenidos a Holanda”, carta de la madre de un niño con síndrome de Down

Emily Perl Kingsley, madre de un niño con síndrome de Down, explica muy bien el impacto que supone tener un hijo discapacitado en esta carta:

«Me piden con frecuencia que describa la experiencia de criar a un niño con una incapacidad para tratar de ayudar a personas que no han compartido esta experiencia única a entender y a imaginar cómo se siente. Es así…

Cuando vas a tener un bebé es como si planificaras un viaje de vacaciones fabuloso a Italia. Uno compra un gran número de guías turísticas y hace planes maravillosos. El Coliseo, el David de Miguel Ángel, las góndolas en Venecia. Aprendes frases útiles en italiano. Todo es muy emocionante.

Después de meses de anhelantes expectativas, el día de partir finalmente llega. Preparas tus maletas y sales de viaje. Varias horas después, el avión aterriza. La azafata entra y dice: «Bienvenidos a Holanda».

«¡¿Holanda?!» exclamas. «“¿Cómo que Holanda? ¡Yo pagué para ir a Italia! Se supone que debo estar en Italia. Toda mi vida he soñado con ir a Italia»».

Pero ha habido un cambio en el plan de vuelo. Han aterrizado en Holanda y allí debes permanecer. Lo importante es que no te han llevado a un lugar horroroso, repugnante, sucio, lleno de pestilencia, carestía y enfermedad. Por lo tanto, debes salir y comprar otras nuevas guías turísticas. Y tienes que aprender un nuevo idioma. Te encontrarás con un nuevo grupo de personas que nunca imaginaste conocer.

Es solo un lugar diferente. Es más calmado que Italia, menos ostentoso que Italia. Pero después de estar allí durante un tiempo,  respiras profundo y miras a tu alrededor. Y empiezas a notar que Holanda tiene molinos de viento. Que Holanda tiene tulipanes. Y que, incluso, tiene pinturas de Rembrandt.

Pero todos los que tú conoces están ocupados yendo y viniendo de Italia… Y todos hacen alarde de lo maravilloso que lo pasaron allá. Y hasta el fin de tu vida, te dirás: «Sí, allí era donde debería haber ido. Eso fue lo que programé». Y ese dolor nunca, nunca, nunca se irá… Porque la pérdida de ese sueño es incomparable.

Pero si te pasas la vida lamentando el hecho de que no llegaste a ir a Italia, no podrás estar libre para gozar las cosas tan especiales, tan hermosas… de Holanda”.

Si te interesa:

Un documental

La historia de Jan. Durante seis años, Bernardo Moll grabó a su hijo, con síndrome de Down. El resultado es un emotivo documental que relata una historia de lucha y superación.

Un libro

Lejos del árbol: Historias de padres e hijos que aprendieron a quererse, de Andrew Solomon. A través de las historias de familias que se enfrentan a distintos tipos de discapacidad, el autor explica qué significa para los padres querer a hijos diferentes.

 

Cambiar la perspectiva para perder el miedo a la muerte

¿Miedo a la muerte? Cambia la perspectiva y recibe cada día como un regalo

¿Miedo a la muerte? Cambia la perspectiva y recibe cada día como un regalo 1920 1280 BELÉN PICADO

El miedo a la muerte es algo intrínseco al ser humano. En él confluyen el temor ancestral a lo desconocido, a no saber cómo será ese momento, al dolor, a dejar a nuestros seres queridos, a la soledad completa del momento previo y, sobre todo, a dejar de existir. Desde el punto de vista de nuestro instinto de supervivencia, cierto grado de preocupación puede considerarse normal e incluso necesario. Si no fuéramos conscientes de nuestra propia finitud, podríamos llevar a cabo conductas que pondrían en peligro nuestra integridad física. El problema surge cuando esa preocupación se convierte en obsesión y ocupa nuestros pensamientos la mayor parte del día (si quieres saber más acerca de las preocupaciones patológicas, incluida la referente a la muerte, puedes leer mi artículo Comerse la cabeza: Cuando la preocupación se vuelve patológica).

En parte, este temor se ha agudizado por el cambio que se ha producido en el concepto. Hasta mediados del siglo XX, por ejemplo, era habitual que se velara a los difuntos en casa. La muerte no se veía como algo amenazador o extraño, sino como una parte natural del ciclo de la vida. Ahora, sin embargo, no solo la hemos sacado de casa para llevarla a hospitales y tanatorios; también evitamos nombrarla (no sea que la llamemos sin querer). Se nos ha olvidado que vida y muerte están unidas hasta el punto de que una no existe sin la otra. Teniendo en cuenta esto es paradójico que se multipliquen los libros, cursos y charlas relacionados con la inteligencia emocional y con darle un nuevo sentido a la existencia y en ninguna se hable de la necesidad de encontrar un sentido a su final.

La muerte forma parte de la vida

Hemos desarrollado tantas estrategias para alejarnos e intentar evitar lo inevitable  que no estamos preparados para enfrentarnos a ella y la sola idea de pensar en nuestro propio final o en el de un ser querido se nos hace insoportable. Es un tema tabú y hablar de ello, el colmo del mal gusto. «El olvido de la muerte es la deserción de la vida misma», decía Unamuno.

Para perder el miedo a la muerte es importante cambiar la perspectiva. En vez de negarla, tomemos conciencia del tiempo limitado que nos queda porque solo así valoraremos realmente cada día de nuestra vida y lo recibiremos como un regalo. El problema que tiene cerrar los ojos para no ver algo que no nos gusta es que tampoco vemos todo lo bonito que nos rodea.

1. Presta a cada problema la atención que merece

Pregúntate hasta qué punto eso que tanto te preocupa es realmente importante. Asumiendo que tu tiempo (y el de todos) es limitado, te darás cuenta de que muchos de tus problemas no son tan graves y el temor al fracaso o al que dirán dejarán de quitarte el sueño.

2. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

Y esto sirve para todos los ámbitos de tu vida. El ayer ya se fue y mañana no sabes qué ocurrirá, así que céntrate en el presente que es lo único real. ¿Tienes un deseo? ¿Te gustaría conseguir algo? Bien, pues decide, concreta y trabaja en ello, pero no te duermas en los laureles pensando que “total, aún queda tiempo”. No tienes toda la eternidad

3. Celebra la vida con las personas que te importan

Expresa lo que sientes a tus seres queridos. Como no sabes cuánto tiempo os queda para estar juntos, diles todos los “te quiero”, “te extraño” o “quiero verte” que tengas reservados para una ocasión especial. Busca cada día momentos para celebrar la vida con las personas que te importan. Y si ha habido algún malentendido entre vosotros, hablad sobre ello sea cual sea la decisión que toméis. Cuantos menos asuntos pendientes, mejor.

4. Vive con conciencia y gratitud

Anota al final del día al menos un momento que haya merecido la pena vivir, un instante de esos que, al recordarlos, te dibujan una sonrisa y da gracias por ello.

“No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito”, declaró el neurólogo Oliver Sacks tras saber que padecía un cáncer en fase terminal.

Vive con conciencia y gratitud

5. Colecciona momentos

La satisfacción que te generará comprar un móvil de última generación durará exactamente lo que tarde en salir el siguiente modelo y el día que venga a buscarte la Parca no podrás llevarlo contigo. Sin embargo, las experiencias que vivas no solo te acompañarán hasta el final, sino que su valor irá incrementándose con el paso del tiempo. Colecciona instantes en vez de cosas materiales.

6. ¿Cómo quieres que sea tu vida a partir de hoy?

¿Cómo te gustaría ser recordado cuando ya no estés? Reflexionar sobre ello te ayudará a visualizar cómo quieres que sea tu vida a partir de hoy.

¿Qué harías hoy si fuese el último día de tu vida? Si mañana ya no estuvieras aquí, ¿con quién te gustaría compartir tus últimos momentos? ¿A quién le escribirías una carta de despedida y qué le dirías en ella? ¿Qué asunto pendiente solucionarías?

“Durante los últimos 33 años de mi vida, he mirado al espejo cada mañana y me he preguntado: ‘¿Si hoy fuera el último día de mi vida, me gustaría hacer lo que voy a hacer hoy?’. Si la respuesta es no demasiados días seguidos, sé que algo tengo que cambiar (…). Recordar que pronto habré fallecido, es la herramienta más importante que jamás he encontrado para tomar las grandes decisiones de mi vida” (Steve Jobs, durante el discurso que dio en la Universidad de Stanford en 2005).

7. Cosas que hacer antes de morir

Haz una lista con todo aquello que te gustaría hacer antes de morir y ponte manos a la obra. Es triste, pero a veces es necesario sufrir alguna experiencia que nos ponga al borde de la muerte o experimentar la pérdida de alguien cercano para que seamos conscientes de la fugacidad de la vida. Esto es lo que le pasó a Candy Chang, una artista plástica que tras perder a una persona muy querida para ella convirtió la fachada de una casa abandonada de Nueva Orleans en un mural. En él escribió una larga lista de frases que comenzaban con «Antes de morir quiero…» para que la gente las completara. El experimento urbano ha recorrido numerosos países, entre ellos España.

¿Qué te gustaría hacer antes de morir?

En caso de que, a pesar de poner en práctica lo anterior, el miedo siga generándote una ansiedad persistente, anormal e injustificada (tanatofobia) y te sientas incapaz de seguir normalmente con tu vida cotidiana, pide ayuda profesional. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo, estaré encantada de ayudarte).

Si te interesa

Una película:

“Coco”. En la cultura mexicana, a diferencia de lo que ocurre en la nuestra, la vida y la muerte están unidas de forma indisoluble. Y esta es la base sobre la que se asienta esta maravillosa película de dibujos animados, producida por Pixar y dirigida por Lee Unkrich en 2017. Aporta una visión de la muerte llena de color, humor e imaginación.

Un cuento:

“El pato y la muerte”, de Wolf Erlbruch. Un día, el pato se percata de alguien le sigue. “¿Quién eres? ¿Por qué me sigues tan cerca y sin hacer ruido?”, pregunta. Y la muerte le contesta: “Me alegro de que por fin me hayas visto. Soy la muerte”. El pato se asusta: “¿Ya vienes a buscarme?». «He estado cerca de ti desde el día que naciste…, por si acaso…”. En este cuento, el autor presenta a la muerte con sencillez e incluso con amabilidad, pero sin fantasías ni sentimentalismos. Un libro para hablar sobre el tema con los niños y también para ayudar a cambiar la visión de los adultos.

POLÍTICA DE PRIVACIDAD

De conformidad con lo dispuesto en el Reglamento General (UE) Sobre Protección de Datos, mediante la aceptación de la presente Política de Privacidad prestas tu consentimiento informado, expreso, libre e inequívoco para que los datos personales que proporciones a través de la página web https://www.belenpicadopsicologia.com (en adelante SITIO WEB) sean incluidos en un fichero de “USUARIOS WEB Y SUSCRIPTORES” así como “CLIENTES Y/O PROVEEDORES”

Belén Picado García como titular y gestora del sitio web que visitas, expone en este apartado la Política de Privacidad en el uso, y sobre la información de carácter personal que el usuario puede facilitar cuando visite o navegue por esta página web.

En el tratamiento de datos de carácter personal, Belén Picado Psicología garantiza el cumplimiento del nuevo Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea (RGPD). Por lo que informa a todos los usuarios, que los datos remitidos o suministrados a través de la presente serán debidamente tratados, garantizando los términos del RGPD. La responsable del tratamiento de los datos es Belén Picado García.

Belén Picado García se reserva el derecho de modificar la presente Política de Protección de Datos en cualquier momento, con el fin de adaptarla a novedades legislativas o cambios en sus actividades, siendo vigente la que en cada momento se encuentre publicada en esta web.

¿QUÉ SON LOS DATOS PERSONALES?

Una pequeña aproximación es importante, por ello, debes saber que sería cualquier información relativa a una persona que facilita cuando visita este sitio web, en este caso nombre, teléfono y email, y si adquiere algún producto necesitando factura, solicitaremos domicilio completo, nombre, apellidos y DNI o CIF.

Adicionalmente, cuando visitas nuestro sitio web, determinada información se almacena automáticamente por motivos técnicos como la dirección IP asignada por tu proveedor de acceso a Internet.

CALIDAD Y FINALIDAD

Al hacer clic en el botón “Enviar” (o equivalente) incorporado en nuestros formularios, el usuario declara que la información y los datos que en ellos ha facilitado son exactos y veraces. Para que la información facilitada esté siempre actualizada y no contenga errores, el Usuario deberá comunicar, a la mayor brevedad posible, las modificaciones de sus datos de carácter personal que se vayan produciendo, así como las rectificaciones de datos erróneos en caso de que detecte alguno. El Usuario garantiza que los datos aportados son verdaderos, exactos, completos y actualizados, siendo responsable de cualquier daño o perjuicio, directo o indirecto, que pudiera ocasionarse como consecuencia del incumplimiento de tal obligación. En función del formulario y/o correo electrónico al que accedas, o remitas, la información que nos facilites se utilizará para las finalidades descritas a continuación, por lo que aceptas expresamente y de forma libre e inequívoca su tratamiento con acuerdo a las siguientes finalidades:

  1. Las que particularmente se indiquen en cada una de las páginas donde aparezca el formulario de registro electrónico.
  2. Con carácter general, para atender tus solicitudes, consultas, comentarios, encargos o cualquier tipo de petición que sea realizada por el usuario a través de cualquiera de las formas de contacto que ponemos a disposición de nuestros usuarios, seguidores o lectores.
  3. Para informarte sobre consultas, peticiones, actividades, productos, novedades y/o servicios; vía e-mail, fax, Whatsapp, Skype, teléfono proporcionado, comunidades sociales (Redes Sociales), y de igual forma para enviarle comunicaciones comerciales a través de cualesquier otro medio electrónico o físico. Estas comunicaciones, siempre serán relacionadas con nuestros tema, servicios, novedades o promociones, así como aquellas que considerar de su interés y que puedan ofrecer colaboradores, empresas o partners con los que mantengamos acuerdos de promoción comercial. De ser así, garantizamos que estos terceros nunca tendrán acceso a sus datos personales. Siendo en todo caso estas comunicaciones realizadas por parte de este sitio web, y siempre sobre productos y servicios relacionados con nuestro sector.
  4. Elaborar perfiles de mercado con fines publicitarios o estadísticos.
  5. Esa misma información podrá ofrecérsele o remitírsele al hacerse seguidor de los perfiles de este sitio web en las redes sociales que se enlazan, por lo que al hacerte seguidor de cualquiera de los dos consientes expresamente el tratamiento de tus datos personales dentro del entorno de estas redes sociales, en cumplimiento de las presentes, así como de las condiciones particulares y políticas de privacidad de las mismas. Si desean dejar de recibir dicha información o que esos datos sean cancelados, puedes darte de baja como seguidor de nuestros perfiles en estas redes. Además, los seguidores en redes sociales podrán ejercer los derechos que la Ley les confiere, si bien, puesto que dichas plataformas pertenecen a terceros, las respuestas a los ejercicios de derechos por parte de este sitio web quedarán limitadas por las funcionalidades que permita la red social de que se trate, por lo que recomendamos que antes de seguir nuestros perfiles en redes sociales revises las condiciones de uso y políticas de privacidad de las mismas.

BAJA EN SUSCRIPCIÓN A NEWSLETTER Y ENVÍO DE COMUNICACIONES COMERCIALES

En relación a la baja en la suscripción de los emails enviados, le informamos que podrá en cualquier momento revocar el consentimiento prestado para el envío de comunicaciones comerciales, o para causar baja en nuestros servicios de suscripción, tan solo enviando un correo electrónico indicando su solicitud a: belen@belenpicadopsicologia.com indicando: BAJA SUSCRIPCIÓN.

DATOS DE TERCEROS

En el supuesto de que nos facilites datos de carácter personal de terceras personas, en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 5.4. LOPD, declaras haber informado a dichas personas con carácter previo, del contenido de los datos facilitados, de la procedencia de los mismos, de la existencia y finalidad del fichero donde se contienen sus datos, de los destinatarios de dicha información, de la posibilidad de ejercitar los derechos de acceso, rectificación, cancelación u oposición, así como de los datos identificativos de este sitio web. En este sentido, es de su exclusiva responsabilidad informar de tal circunstancia a los terceros cuyos datos nos va a ceder, no asumiendo a este sitio web ninguna responsabilidad por el incumplimiento de este precepto por parte del usuario.

EJERCICIO DE DERECHOS

El titular de los datos podrá ejercer sus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición dirigiéndose a la dirección de email: belen@belenpicadopsicologia.com. Dicha solicitud deberá contener los siguientes datos: nombre y apellidos, domicilio a efecto de notificaciones, fotocopia del DNI I o Pasaporte.

MEDIDAS DE SEGURIDAD

Este sitio web ha adoptado todas las medidas técnicas y de organización necesaria para garantizar la seguridad e integridad de los datos de carácter personal que trate, así como para evitar su pérdida, alteración y/o acceso por parte de terceros no autorizados. No obstante lo anterior, el usuario reconoce y acepta que las medidas de seguridad en Internet no son inexpugnables.

CAMBIOS Y ACTUALIZACIONES DE ESTA POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Ocasionalmente esta política de privacidad puede ser actualizada. Si lo hacemos, actualizaremos la “fecha efectiva” presente al principio de esta página de política de privacidad. Si realizamos una actualización de esta política de privacidad que sea menos restrictiva en nuestro uso o que implique un tratamiento diferente de los datos previamente recolectados, te notificaremos previamente a la modificación y te pediremos de nuevo tu consentimiento en la página https://www.belenpicadopsicologia.com o contactando contigo utilizando la dirección de email que nos proporcionaste. Te animamos a que revises periódicamente esta política de privacidad con el fin de estar informado acerca del uso que damos a los datos recopilados. Si continúas utilizando esta página web entendemos que das tu consentimiento a esta política de privacidad y a cualquier actualización de la misma.

 

 
Nuestro sitio web utiliza cookies, principalmente de servicios de terceros. Defina sus preferencias de privacidad y / o acepte nuestro uso de cookies.