Mente

La mentalización es esencial para desarrollar la empatía y mejorar la regulación emocional

Qué es la mentalización y por qué es esencial en la empatía y la regulación emocional

Qué es la mentalización y por qué es esencial en la empatía y la regulación emocional 2121 1414 BELÉN PICADO

Llamamos mentalización o función reflexiva a la capacidad de adivinar, suponer o interpretar los pensamientos, actitudes, sentimientos, valores, motivaciones o intenciones que subyacen a la conducta de otras personas y a la nuestra propia. No es algo innato. Se trata de un proceso que aprendemos gracias a nuestras figuras de apego y que nos ayuda a tomar conciencia de nuestra propia experiencia interna. Y, de paso, a diferenciarla de la de los demás. En pocas palabras, la mentalización permite comprendernos y comprender a los otros, basándonos en lo que pasa en nuestro interior.

Para entenderlo mejor, os voy a contar un chiste que, seguro, muchos conocéis:

«A un hombre se le pincha la rueda del coche en plena noche mientras circula por una carretera solitaria. Al mirar en el maletero  se da cuenta de que no tiene gato para levantar el coche, así que asume que no le queda más remedio que buscar ayuda. Antes de lo que espera, divisa la luz de una casa a lo lejos y se dirige hacia allí.

Al principio, tiene plena confianza en que le ayudarán. Sin embargo, a medida que se acerca, empieza a pensar que el dueño podría no estar de humor para atenderle… o que, quizá, no tiene gato… o que puede tener gato, pero no querer dejárselo. ¿Y si está dormido y se enfada al ser despertado en mitad de la noche? Lo más seguro es que incluso le insulte… Mientras sigue avanzando, el hombre empieza a enfadarse y a recrear en su cabeza la discusión hipotética que tendría con el dueño de la casa y lo que le respondería en caso de que, efectivamente, le abriera la puerta de mala gana…

Cuando por fin llega a su destino llama al timbre y le abre la puerta una mujer de rostro afable, que le pregunta afablemente:

– Buenas noches ¿Qué desea?

A lo que nuestro hombre contesta:

– ¿Sabe lo que le digo? ¡Que se meta el gato donde le quepa!»

En este caso, al protagonista de nuestro chiste le ha fallado su capacidad de mentalización. No ha sido capaz de diferenciar su propia experiencia interna de la experiencia interna de la señora y le ha atribuido sus propios pensamientos.

¿Qué habría necesitado para una buena mentalización?

  • Diferenciar los propios pensamientos de la realidad.
  • Capacidad para comprender la mente propia.
  • Habilidad para comprender la mente ajena.
  • Regulación atencional, emocional y conductual.

Una buena mentalización permite diferenciar los propios pensamientos de los pensamientos de los demás.

Facilita la comunicación, favorece la empatía y protege nuestra autoestima

A continuación os describo algunas de las funciones que tiene la mentalización, es decir, para qué sirve:

  • Nos permite entender mejor a los demás. Cuando somos capaces de atribuir ciertos estados mentales a los otros (creencias, sentimientos, intenciones…) es más fácil entender su comportamiento (aun en el caso de que nos hayan perjudicado de alguna manera) y no vivir con tanto malestar ciertas conductas que nos incomodan. Por ejemplo, si soy capaz de captar que mi pareja no tuvo intención de herirme cuando dijo tal o cual cosa, ya que desconocía mi sensibilidad hacia ese tema, no me enfadaré tanto como si pienso que solo lo ha dicho para fastidiarme.
  • Favorece la autorregulación emocional. Si puedo identificar mis propios pensamientos y sentimientos ante una determinada situación, me resultará más fácil autorregularme, anticipar cómo puede impactar mi actitud o conducta sobre los demás y decidir cuál podría ser la posible respuesta. Imaginemos que voy a una comida familiar y alguien dice o hace algo que me molesta. Si no tengo una adecuada capacidad de mentalización, es probable que salte y me enfrente a esa persona sin pararme a pensar en las consecuencias (que todos acabemos discutiendo y la reunión acabe como ‘el rosario de la aurora’). Sin embargo, si soy consciente de mi enfado, de qué lo provoca y soy capaz de autorregularme y evaluar las posibles consecuencias o reacciones, puedo decidir respecto a la expresión de dicha emoción. Por ejemplo, puedo esperar a estar a solas con esa persona y expresarle mi incomodidad.
  • Facilita la comunicación. Si queremos tener un diálogo fluido y eficaz, es necesario tener información sobre el estado mental de nuestro interlocutor. Una buena capacidad de mentalización nos ayuda a adaptarnos a diferentes entornos sociales. Interpretar correctamente los deseos, ideas y pensamientos de otras personas, nos permitirá comunicarnos mejor.
  • Nos ayuda a ser más flexibles. Una correcta función reflexiva nos permite entender que nuestro modo de ver la realidad es solo uno más entre muchos posibles. Además, ayuda a alejarse de posiciones radicales y a mantener una duda razonable sobre nuestras propias convicciones.
  • Permite diferenciar los pensamientos de la realidad. Hasta los 3 años el niño vive sus pensamientos como la verdadera realidad (modo de equivalencia psíquica). Esto significa que pensar que hay un monstruo bajo su cama le produce el mismo temor que si realmente lo hubiese. Si hemos tenido una buena mentalización y hemos aprendido que los pensamientos se relacionan con la realidad, pero no son lo mismo, el impacto de ciertas ideas angustiosas se amortiguará al verlas como lo que son, simples pensamientos.
  • Protege nuestra autoestima. Imaginemos el caso de un empleado que sufre un trato hostil por parte de su jefe. Si el trabajador no ha adquirido una adecuada función reflexiva es fácil que relacione esa hostilidad con su manera de ser («No soy lo suficientemente bueno», «Soy un desastre»). Si, por el contrario, es capaz de atribuir ese comportamiento a estados mentales que tienen que ver con su superior y no con él, la situación le creará malestar, pero su autoestima y su autoconcepto no se resentirán.
  • Favorece el desarrollo de la empatía. Por un lado, facilita la empatía automática gracias a las neuronas espejo. Estas se activan al percibir el estado emocional de otra persona y nos permiten ‘conectar’ con dicha emoción. Pero la empatía también puede ser deliberada. Esto ocurre cuando, de forma voluntaria, somos capaces de dejar a un lado nuestra propia perspectiva, ponernos en el lugar del otro e imaginar cómo se siente o cuáles son sus razones para haber actuado de una determinada manera.

Mentalización y apego

La capacidad de desarrollar una buena mentalización, es decir, un buen control y comprensión sobre nuestros pensamientos, emociones y representaciones mentales está relacionado con el estilo de apego.

Si tuvimos en nuestra infancia un apego seguro y nuestros cuidadores mostraron una adecuada capacidad de mentalización, nuestro funcionamiento reflexivo será mucho mejor. Cuando los progenitores proporcionan un entorno afectuoso en el que se validan las emociones del niño, se cubren sus necesidades y se le ayuda a poner nombre a sus sentimientos, deseos y pensamientos, el pequeño desarrollará, poco a poco, una adecuada coherencia entre actos y pensamientos, conductas y emociones.

Si, por el contrario, las figuras de apego no proporcionan este entorno, no se desarrollará una adecuada mentalización. El niño no será capaz de identificar la emoción que está experimentando, ni tampoco de reflexionar sobre ella y gestionarla. Y, si no es capaz de hacer esto consigo mismo, tampoco podrá hacerlo con los demás.

La mentalización no es algo innato; es un proceso que aprendemos gracias a nuestras figuras de apego.

Cómo aparece la mentalización

El bebé es capaz de percibir determinadas sensaciones corporales que acompañan a sus emociones, pero no asociarlas a la emoción correspondiente. Por ejemplo, experimenta malestar ante un evento atemorizador, pero no comprende que está asustado. Ni tampoco cuenta con la habilidad de asociar ese miedo con la persona o el suceso que se lo han provocado.

Además de miedo, el bebé puede experimentar otras emociones básicas como alegría, enfado, tristeza, asco o sorpresa sin ser consciente de que las está sintiendo. Precisamente son las figuras de apego, a quienes corresponde poner nombre y verbalizar lo que le está ocurriendo al niño: «Estás triste porque has perdido la pelota».

El bebé empieza a hacerse consciente de sus propios estados emocionales a través de la reacción de su cuidador, que le hace de espejo con expresiones faciales y verbales acordes a la expresión emocional del niño. Seguro que os habéis fijado en que es habitual que los adultos, y en particular los padres, muestren unas respuestas afectivas muy acentuadas cuando se dirigen al bebé. Se trata de una conducta intuitiva, espontánea y propia de muchas culturas que se conoce como «reflejo del afecto». Cuando el niño aprende que esos gestos tan marcados de sus cuidadores son la representación de sus propias expresiones emocionales, poco a poco irá siendo capaz primero de mostrarlas de forma intencional y luego de ir regulándolas.

Hasta los 3 años el niño funciona de un modo prementalizado. Considera que sus ideas son réplicas directas y exactas de la realidad, no representaciones, y, por tanto, que hay una única forma de verla. A partir de los 4 ó 5 años ya empieza a aumentar su capacidad para mentalizar: diferencia la realidad de la representación que tiene de ella y también empieza a ser capaz de comprender que sus representaciones de la realidad son diferentes de las que tienen otras personas.

Pero para que todo este proceso sea posible es necesario que los cuidadores sean capaces de mentalizar. Es decir, de regularse emocionalmente ellos mismos y también al niño. Si esto no ocurre, el niño tendrá que buscar por sí mismo estrategias de regulación que le ayuden sentir que puede controlar su entorno.

Un proceso esencial en nuestro desarrollo como personas

Hay un experimento, conocido como el experimento de la cara inexpresiva o still face, que refleja muy bien la importancia de la mentalización (podéis verlo aquí). El vídeo muestra cómo interactúan una madre y su bebé. En la primera parte ambos están conectados, el niño  ve reflejadas sus emociones en la cara de la madre, se ríe con ella, la busca y ella responde. En un momento dado,  la madre deja de responder a cualquier intento del bebé por llamar su atención y se muestra totalmente inexpresiva. El niño sonríe, agita sus brazos, intenta llamar su atención… Pero todo es en vano y acaba desesperándose hasta que la madre vuelve a mostrarse expresiva y en pocos segundos logra calmar a su hijo.

Cuando esta ausencia de respuesta es puntual, no tendrá consecuencias significativas para el niño. Pero si se trata de algo habitual, ese pequeño tendrá grandes dificultades para identificar y gestionar sus propios sentimientos.  Y, por tanto, también le resultará muy complicado adivinar las intenciones o estados internos de los demás y actuar en consecuencia. Esto repercutirá negativamente en sus relaciones interpersonales y en su propio desarrollo emocional.

Por ejemplo, puede ocurrir que, en ciertas situaciones, una persona ya adulta ‘vuelva’ al funcionar de un modo prementalizado, percibiendo la realidad de manera idéntica a cómo se presenta en sus pensamientos. Imaginemos el caso de Teresa. Se siente atraída por un compañero del trabajo. Él siempre se muestra amable con ella, aunque no ha mostrado que quiera ir más allá de una mera amistad. Teresa, sin embargo, no es capaz de verlo y está convencida de que él siente lo mismo porque así lo vive en su imaginación. Le llama, le ‘fríe’ a whatsapps, habla a sus amigos de su ‘maravillosa’ historia de amor e, incluso, se ha presentado en casa del chico más de una vez. Él acaba agobiándose y la amenaza con denunciarla por acoso. Ella no entiende nada y se sume en una depresión al sentirse abandonada.

Un inadecuado desarrollo del proceso de mentalización puede dar lugar a diferentes problemas: dificultad en las relaciones interpersonales, inestabilidad emocional, impulsividad, somatizaciones, diversos trastornos (estrés, ansiedad, depresión…), conductas autodestructivas y/o violentas, etc. Asimismo, los problemas de mentalización están en la base del trastorno límite de la personalidad (TLP) y también se encuentran entre las características de la alexitimia.

Una buena mentalización facilita la comunicación.

Algunas pautas para mentalizar mejor

Hay ciertas pautas que pueden ayudarnos a mejorar nuestra función reflexiva:

  • Hablar con uno mismo en voz alta. Al contrario de lo que muchos piensan, pensar en voz alta favorece la mentalización y la capacidad reflexiva y permite elaborar mejor los propios pensamientos. Entre otras cosas, puede ayudarnos a comprender mejor una situación, a mantener la calma en determinados momentos o a organizar nuestras ideas y emociones.
  • Siempre hay otras alternativas. Imaginemos que me cruzo en la calle con un vecino, no me saluda y doy por hecho que le caigo mal. Así, el malestar será mayor que si entiendo que mi suposición es una posibilidad, pero no necesariamente la acertada. También es posible que vaya ensimismado y ni me haya visto. O, incluso, que se haya dejado en casa las gafas y no me haya reconocido. Cuando penséis que alguien ha hecho algo solo para fastidiaros, os invito a buscar, al menos, otras tres alternativas (por absurdas que os parezcan). Veréis como vuestro estado emocional y mental cambia.
  • Dar rienda suelta a la imaginación. Hay un estudio muy interesante que demuestra la correlación positiva entre creatividad y mentalización, así que si reforzamos la primera, ayudaremos también a desarrollar la segunda. En dicho estudio se explica que, además de favorecer la flexibilidad cognitiva, ambos procesos permiten crear múltiples representaciones de una misma realidad. Y también crear diferentes perspectivas individuales «al ir más allá de lo físico y aparente para imaginar múltiples realidades posibles, ya sea en el arte o en el plano relacional».
  • Contar cuentos a nuestros hijos. Los cuentos contienen múltiples referencias a términos cognitivos y emocionales, deseos, valores, etc. Un estudio sobre la lectura compartida de cuentos demostró que cuando los adultos leen libros a los niños, su lenguaje ‘mentalizante’ tiende a ser más complejo y rico que con otro tipo de actividades, como jugar, comer o vestirse. Rafael Guerrero, en su libro Educación emocional y apego, explica cómo, mientras estamos contando una historia, o leyéndola, «el niño está constantemente infiriendo lo que los personajes del cuento sienten, notan, piensan y hacen».
  • Abrir un espacio a la autorreflexión. Guerrero hace también hincapié en la importancia de dedicar un tiempo, aunque sea breve, a pensar sobre la emoción que estamos sintiendo, las ideas o pensamientos asociados, las sensaciones y las acciones. «El proceso de mentalización supone pensar sobre la emoción que estoy sintiendo o sobre la emoción que está experimentando otra persona. Si dedicamos un tiempo a reflexionar sobre lo que los demás sienten y piensan, seremos capaces de actuar de mejor manera, disfrutaremos de las relaciones sociales y evitaremos conflictos. Si en un primer momento reflexionamos sobre lo que sentimos, dónde lo notamos en el cuerpo, los pensamientos que tenemos y la manera de actuar, nos va a resultar más fácil entender lo que los demás experimentan en situaciones parecidas a las nuestras».

 

El efecto Forer explica por qué creemos en el Tarot y los horóscopos.

El efecto Forer o por qué creemos en los horóscopos y el tarot

El efecto Forer o por qué creemos en los horóscopos y el tarot 1920 1280 BELÉN PICADO

¿Habéis completado alguno de los tests de personalidad que aparecen en revistas y diversas webs y os habéis sentido totalmente identificados al leer los resultados? O quizás habéis sentido que ciertos horóscopos parecen hechos justo para vosotros. Incluso es posible que alguien os haya hablado de un o una tarotista que es infalible y acierta en todas sus predicciones… Si vuestra respuesta es afirmativa, es altamente probable que hayáis caído bajo el influjo del efecto Forer.

Este sesgo cognitivo, conocido también como falacia de validación personal, falacia de validación subjetiva o efecto Barnum, se produce cuando aceptamos generalizaciones que podrían resultar válidas para cualquier persona, como si fueran descripciones fiables y detalladas de nuestra personalidad. En realidad, se trata de descripciones repletas de vaguedades lo suficientemente genéricas como para aplicarse a una amplia gama de personas. Este fenómeno no solo afecta a los test on-line, a los horóscopos o las diferentes técnicas de adivinación. También está presente en otros ámbitos como las redes sociales, la publicidad e, incluso, la política.

¿Por qué se le llama efecto Forer?

El nombre de este sesgo cognitivo se debe a Bertram R. Forer. En 1948 este psicólogo estadounidense llevó a cabo un experimento con un grupo de estudiantes universitarios. Primero, les entregó un test de personalidad  para que lo completaran. Una vez que terminaron, dio a cada uno el resultado de su cuestionario y les pidió que lo puntuasen según lo acertado que fuese en una escala de 0 (muy pobre) a 5 (excelente). La media de las puntuaciones fue 4,26. Es decir, cada estudiante creía que «su descripción» se ajustaba mucho a la realidad.

Lo que no sabía ninguno es que todos habían recibido el mismo análisis (se les reveló una vez que evaluaron el texto). De hecho, dicho análisis era el resultado de una recopilación que Forer había realizado de frases extraídas de diferentes horóscopos. Esta es la traducción del texto que les entregó:

«Tienes necesidad de ser aceptado por los demás y buscas que te admiren; sin embargo, tiendes a ser muy crítico contigo mismo. Aunque tienes algunas debilidades en tu personalidad, generalmente logras compensarlas. Tienes una capacidad increíble que no has convertido en tu ventaja. Disciplinado y autocontrolado en el exterior, tiendes a preocuparte y ser inseguro en tu interior. A veces tienes grandes dudas sobre si has tomado la decisión correcta o si has hecho lo adecuado. Prefieres cierta cantidad de cambio y variedad y te sientes insatisfecho cuando te acorralan las restricciones y limitaciones. También te enorgulleces de ser un pensador independiente, no aceptas lo que digan los demás sin pruebas satisfactorias. Pero has descubierto que es poco sabio ser muy franco y revelarte a ti mismo ante los otros. A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que en otras ocasiones eres introvertido y reservado».

Si os fijáis, el texto en realidad serviría para describir prácticamente a cualquier persona.

Este estudio se ha repetido en varias ocasiones y con resultados muy similares. Curiosamente, se trata de un efecto universal porque dichas investigaciones se han realizado en diferentes culturas y lugares geográficos.

Os pongo otro ejemplo. A continuación, transcribo las predicciones de la semana del 30 de agosto al 5 de septiembre para mi signo, que he encontrado en la web de una conocida tarotista:

«Pierdes demasiadas energías pensando en inconvenientes y problemas. Afortunadamente, el Cuarto Menguante de la Luna se va a llevar las decepciones y los sinsabores para que no te quedes anclado al pasado. Los buenos aspectos de Venus, el planeta del amor, favorecen tu vida sentimental, y vas a comenzar a notar más estabilidad y serenidad en tus relaciones afectivas».

Teniendo en cuenta que desconocéis cuál es mi signo, ¿alguno de vosotros os sentís identificado con lo que se dice? Seguro que sí.

Los horóscopos están repletos de vaguedades que favorecen el efecto Forer.

¿Por qué es tan fácil dejarse llevar por el efecto Forer?

  • Descripciones llenas de vaguedades. La ambigüedad es una de las principales características de este tipo de descripciones, lo suficientemente vagas como para que alguien, al leerlas, pueda aplicárselas a sí mismo. A esta ambigüedad ayudan diferentes factores, por ejemplo, abusar de expresiones como «a veces» o «quizás»: «A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que en otras ocasiones eres introvertido y reservado». Esta frase, incluida en el texto de Forer, se puede aplicar a casi todo el mundo, pero cada persona la leerá interpretándola para sí misma. Además, al igual que esta frase, la mayoría presenta dos opciones, así que es fácil que estemos de acuerdo con alguna de ellas. Y si hay imprecisiones o ‘huecos’ en lo que nos dicen, ya nos encargamos nosotros de completarlos. De este modo, convertiremos una explicación vaga e inconsistente en una descripción sorprendentemente exacta.
  • No nos llevamos bien con la incertidumbre. Muchas personas recurren al horóscopo, al tarot o a otras modalidades adivinatorias cuando están atravesando una crisis o una etapa de inestabilidad. Buscan ‘certezas’ que mitiguen su incertidumbre y les dé cierta percepción de control sobre sus vidas. Y cuando encuentran una información con varias interpretaciones atenderán con mayor probabilidad a la que confirma su creencia y descartarán las demás. Caemos así en otro sesgo cognitivo, el sesgo de confirmación, que consiste en la tendencia a focalizar nuestra atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar o dar menos importancia a la que las contradice.  Aunque solo sea por un breve lapso de tiempo, es muy tentador tener la sensación de que podemos saber lo que nos va a pasar (e, incluso, evitarlo o cambiarlo).
  • Preferimos lo positivo. En las predicciones siempre hay un equilibrio entre aspectos positivos y negativos, pero se remarcan más las cualidades o experiencias positivas, algo que a nuestro ego le encanta. Y es que tendemos a aceptar afirmaciones sobre nosotros en función del deseo que tengamos de que sean ciertas. En realidad, si las estimamos positivas o suficientemente halagadoras, lo de menos es que sean más o menos exactas. A menudo, nos identificamos más con lo que deseamos ser que con lo que verdaderamente somos. En el caso de las personas con baja autoestima, sin embargo, hay una mayor tendencia a fijarse en las descripciones negativas.
  • Nos gusta ser protagonistas. El hecho de que tanto las descripciones como las predicciones estén redactadas en segunda persona consigue que tengamos la sensación de que se trata de algo personalizado ‘solamente’ para nosotros.
  • Tanta gente no puede estar equivocada. Hay otro sesgo cognitivo muy asociado al Efecto Forer, el sesgo de disponibilidad. Según este ‘atajo mental’ estimamos que algo es más probable que ocurra por el hecho de ser más común o habitual. Si preguntas a 100 personas si creen que la alineación de los planetas influye en su día día y 80 te dicen que sí, es probable que te plantees que podrían tener razón.
  • El peso de la autoridad. Si, además de todo esto, quien nos ofrece la descripción o hace la predicción tiene cierta autoridad para nosotros, el Efecto Forer tendrá aún más peso. A esto contribuye el hecho de que el ‘don’ de la adivinación solo está reservado a unos pocos. Y, por supuesto, también atribuimos una mayor notoriedad a quien hace la predicción cuando aparece en los medios de comunicación. «Si sale en la tele, significa que debe de ser muy bueno».
  • Tenemos memoria selectiva. Nuestro cerebro necesita seleccionar las experiencias que vamos a recordar y en el caso de las predicciones, va a recordar los aciertos y coincidencias y a desechar los errores. Por eso, solemos quedarnos con la información que se adecúa a nosotros y olvidarnos el resto.

El efecto Forer en las redes sociales, la publicidad y la política

El mundo de las predicciones (horóscopos, tarot, quiromancia, etc.) no es el único ámbito que se beneficia del efecto Forer. Las redes sociales también aprovechan este fenómeno. Quién no ha visto en Facebook alguno de esos supuestos tests de personalidad que te invitan a averiguar qué país representa mejor tu personalidad o cómo eres según las letras de tu apellido.

Otro campo que saca mucho partido de este sesgo cognitivo es la publicidad. Los departamentos de marketing de muchas empresas crean continuamente mensajes que buscan conectar con las aspiraciones, los deseos o valores de su «cliente ideal» o de su «público objetivo», pero que en realidad solo están diciendo lo que el usuario quiere escuchar. Y, al final, todos recibimos el mismo correo y con las mismas sugerencias ‘pensadas solo’ para cada uno de nosotros («Esta oferta está hecha exclusivamente para ti»).

Otro entorno donde es común el efecto Forer es en la política, especialmente en época de elecciones. Los políticos buscan conseguir el apoyo de los ciudadanos dirigiéndose a ellos con adjetivos positivos, mensajes genéricos y propuestas vagas que responden a los deseos de la mayoría.

No caigas en la trampa y entrena tu pensamiento crítico

¿Y qué hacemos para evitar caer en este sesgo cognitivo? En primer lugar, leer e informarse sobre él. Si sabemos lo que es y aprendemos a reconocerlo, será mucho más difícil que «nos la den con queso». Antes de hacer un test de personalidad, en una revista o en internet, recuerda que la información que encontrarás será muy relativa y limitada, pues hay muchos factores que influyen en nuestro carácter.

Y, muy importante, desarrollemos nuestro pensamiento crítico para no creer todo lo que nos dicen. Asimismo, es importante entrenar nuestra tolerancia a la incertidumbre, aceptar que no podemos controlarlo todo y, mucho menos, el futuro.

Si te apetece echar un vistazo a tu horóscopo o acudir a que te echen las cartas por entretenimiento, adelante. Pero no lo utilices como un método para tomar decisiones o controlar lo que va a pasar porque solo acabarás convirtiéndolo en una obsesión.

Y «Si hay algo que te inquieta, te atormenta, te perturba…», como remarca en su publicidad la famosa tarotista de cuya web saqué la predicción de mi horóscopo, por favor, mejor acude a un psicólogo.

(Por cierto, soy Acuario)

La proyección psicológica consiste en atribuir a otros sentimientos, pensamientos y deseos que son nuestros.

Proyección psicológica: Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio

Proyección psicológica: Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio 1920 1920 BELÉN PICADO

¿Te has parado a pensar por qué no soportas que tu compañero de trabajo sea tan arrogante mientras que otras personas no dan tanta importancia a esa característica de su personalidad? Lo que nos saca de quicio de otros está directamente relacionado con lo que nos negamos a aceptar en nosotros mismos. O con aquello que no nos permitimos mostrar. En la terapia Gestalt se conoce este mecanismo inconsciente como proyección psicológica. Consiste en atribuir a otras personas sentimientos, pensamientos, impulsos y deseos que son nuestros, pero que, al percibirlos como inconfesables e inaceptables, permanecen en nuestro subconsciente.

Una proyección sería reprochar que el otro no confíe en mí cuando yo soy desconfiado o, como dice el refrán, «Ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio». En general, la persona proyecta fuera las emociones, pensamientos o acciones de las que no se responsabiliza, pero en contrapartida pierde aspectos de sí mismo que son genuinos y auténticos. A la proyección también se la conoce como teoría o ley del espejo.

Mecanismos de defensa

Los mecanismos de defensa, entre los que se encuentra la proyección, son estrategias psicológicas inconscientes cuyo objetivo es ayudarnos a mantener el equilibrio interior. Nos ayudan a defendernos de pensamientos y sentimientos negativos que pueden generarnos dolor y angustia y amenazar nuestra autoimagen. El problema que ocasiona todo esto es que, si siempre culpamos a los demás y ‘echamos balones fuera’, los conflictos se repetirán una y otra vez sin que seamos capaces de resolverlos. Esto irá generando un malestar e insatisfacción constantes.

Si, por ejemplo, me enseñaron que hay que ser trabajador y productivo, tenderé a proyectar mi parte perezosa fuera de mí para evitar el conflicto interno. ¿Cómo? Criticando a quienes considero vagos o no cumplidores. Así, juzgando al otro consigo varias cosas:

  • Me libero de la carga interna de reconocer esa parte perezosa en mí.
  • Genero culpa en el otro y de paso yo me pongo en una situación de poder («Yo no tengo el problema; lo tienes tú»).
  • Mantengo mi autoconcepto a salvo («Yo siempre cumplo con mi trabajo»).
  • Al interpretar que son los demás quienes actúan mal, distorsiono mi propia realidad negando mis verdaderas carencias.
  • Pongo fuera lo que considero malo, indeseable, prohibido…

La proyección psicológica es un mecanismo de defensa inconsciente.

Lo que más odiamos en el otro nos dice mucho de nosotros

La proyección psicológica se produce, sobre todo, con aquello que odiamos con todas nuestras fuerzas. Lo que más detestamos en el otro es también lo que más detestamos en nosotros mismos. Volviendo a la situación anterior, es lógico que me moleste que otro no haga su trabajo si eso me afecta a mí directamente. Pero si ese modo de actuar, me afecte o no, me saca de mis casillas de un modo visceral y desproporcionado, se trata claramente de una proyección. En estos casos, la persona está atenta a cualquier señal relacionada con esa acción o actitud que aborrece para señalarla y censurarla. En ocasiones, incluso llega a imaginar dicha conducta en los demás, aunque no se haya producido.

Un ejemplo muy claro de esto último se ve en la infidelidad. A menudo, la persona que está teniendo una aventura, la ha tenido o se ha planteado tenerla, acusa a su pareja de ser infiel. Es más, muy probablemente ‘acumulará’ evidencias de ello, aunque no sea cierto. De este modo se justifica el propio engaño, con la excusa de que el otro está haciendo lo mismo.

Ahora bien, no siempre la persona en la que vemos reflejado algo que nos desagrada es con la que actuamos de ese modo. Me explico: Puede que mi jefe sea un déspota conmigo y yo me comporte de forma sumisa y cumplidora en el trabajo, y sin embargo con mis amigos actúe de forma autoritaria.

Dime de qué te quejas…

Hay muchas situaciones en el día a día que son proyecciones psicológicas e identificarlas nos ayudará a tomar conciencia de ellas:

  • Los sueños. Cuando soñamos proyectamos esas partes de nosotros que no hemos integrado o que no tenemos resueltas todavía. Los sueños nos pueden dar muchas pistas sobre lo que somos, lo que nos preocupa o qué necesitamos solucionar en cada momento. Según el paradigma de la Gestalt, detrás de gran parte de las críticas a los demás hay mecanismos psicológicos muy profundos que nos afectan incluso cuando nuestra mente ha «desconectado» del entorno inmediato del presente.
  • Quejas. Cuando me lamento de que alguien no me hace el caso que merezco, que a nadie parece importarle cómo me siento o que no respetan mis sentimientos, es posible que esté proyectando mi propia falta de autocuidado. A menudo pretendemos que los demás hagan por nosotros lo que no hacemos por nosotros mismos. De vez en cuando conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿Me hago caso y me ocupo de mí o siempre espero que me lo hagan todo los demás? ¿Me ocupo de lo que siento y hago yo o me torturo pensando en lo que hacen o dejan de hacer los demás? ¿Pienso en cómo hacerme feliz a mí mismo o más bien en qué deberían hacer otros para hacerme feliz? ¿Respeto mis sentimientos o me obligo a hacer cosas por temor al que dirán o por evitar un enfrentamiento?
  • Idealización. Consiste en poner en el otro características que creo que yo no tengo. Al principio del enamoramiento es común idealizar a la pareja en un intento de llenar los propios vacíos emocionales.

Proyección psicológica en la pareja: un camino de aprendizaje

El mecanismo de proyección también tiene un papel importante en las relaciones de pareja. Cuando conocemos a alguien y nos gusta, lo habitual es idealizarle. Luego muchas de esas cosas que nos encantaban, empiezan a molestarnos y aquí es donde entra en juego la proyección. Con un ejemplo se ve mucho mejor. Luis y Sonia llevan ya un tiempo como pareja y ella se queja de que él, en vez de pasar más tiempo con ella, prefiere dedicarlo a los videojuegos con los amigos o a ir al gimnasio. «Luis no me tiene en cuenta», se lamenta. Él, por su parte, no ve nada extraño ni reprochable en su conducta. Es más, a veces le cansa que su novia siempre esté encima de él. «Sonia depende demasiado de mí y se descuida ella misma», se queja.

El mecanismo de proyección también tiene un papel importante en las relaciones de pareja.

Lo que está ocurriendo en esta pareja es que ambos están proyectando en el otro sus propias carencias y los dos hacen lo que están reprochando al otro.

Si cada uno se aplicara sus propias quejas y cambiase el punto de vista resultaría que Sonia no pasa tiempo suficiente con ella misma, lo que pasa es que en su caso a lo que le da demasiada importancia no es al gimnasio sino a la relación con Luis. Y, además, no tiene en cuenta sus propias aficiones. Luis, por su parte, también es dependiente, aunque en su caso depende del gimnasio y de su afición a los videojuegos y les presta demasiada atención, mientras que descuida su vida emocional (con su pareja).

Si ambos son capaces de ver esto, tendrán la oportunidad de equilibrar su relación. Sonia, estando menos pendiente de su pareja y dando más espacio al cuidado de ella misma y Luis, dedicando menos horas al gimnasio y a los videojuegos y más tiempo a cultivar la parcela emocional junto a su novia.

Cuando no somos conscientes del mecanismo de proyección psicológica, lo habitual es que busquemos que la otra persona cambie. Sin embargo, si tenemos en cuenta que lo que vemos fuera es el reflejo de cómo somos por dentro, comprenderemos que somos nosotros quienes tenemos que realizar cambios en nuestro interior. Si me pongo delante de un espejo con un vestido y no me gusta cómo me veo, para ver otra imagen lo lógico será que yo me cambie de ropa. Sería una tontería empeñarme en cambiar la imagen del espejo. Pues lo mismo ocurre con las relaciones.

En realidad, la pareja nos puede brindar un enorme aprendizaje si estamos abiertos a ello. Por un lado, compartimos lo positivo; por el otro, podemos ser para la otra persona el modelo a través del que aprender a superar lo negativo. Y, de paso, en el camino descubrir facetas desconocidas para ambos.

La importancia de tomar conciencia y aceptar lo que es nuestro

El antídoto contra la proyección psicológica está en el autoconocimiento. Si estoy atento y, en lugar de juzgar al de enfrente, observo y busco qué parte de eso que me causa rechazo es mía podré darme cuenta de algo de mí mismo que no acepto, y así modificarlo. Esto nos ayuda a comprender que, dentro de una misma realidad, cada uno de nosotros vivimos una diferente. Si pedimos a diez personas que observen un cuadro con muchos elementos durante un minuto y anoten lo que perciban, cada uno seleccionará diferentes detalles. Esto ocurre porque cada persona prestará atención a aspectos relacionados con su propio sistema de creencias y con las emociones que predominan en este.

El jardín de las Delicias, El Bosco.

El Jardín de las Delicias, El Bosco.

Tomar conciencia de nuestras proyecciones nos ayuda a recuperar el control sobre lo que nos está sucediendo y a hacernos responsables de ello. Al principio nos resultará incómodo e, incluso, perturbador. Pero, si comprendemos que aquello que proyectamos en los demás dice más de nosotros mismos que del otro, acabaremos dándonos cuenta de que al cambiar nosotros también se modificará cómo vivimos las cosas. En vez de alterarnos ante alguien que nos produce rechazo, le veremos como alguien que nos está mostrando eso que tenemos que modificar, sanar o aceptar.

Volviendo al ejemplo del jefe déspota, si consigo aceptar que a veces yo también me comporto de forma autoritaria con mis amigos, podré entender cómo se sienten los demás cuando actúo así y replantearme si debo corregir mi actitud. De este modo, seré más comprensivo y empático con lo que dicen o hacen otras personas.

Otra opción es que detrás de mi animadversión hacia el talante arrogante de mi jefe se oculte el deseo inconsciente de tener un poco de su seguridad en sí mismo. En este caso, al tomar conciencia de ello, esta persona me estaría ayudando en cierto modo a darme cuenta de mi necesidad de aumentar esa cualidad.

Además, veremos que al cambiar nosotros también se modificará el modo en que percibimos a esa persona que tanto nos ‘alteraba’. No es que nuestro jefe deje de ser engreído, sino que a nosotros nos lo parecerá menos y ya no nos molestará porque ese tema ya lo tenemos resuelto.

Ejercicio para descubrir tus propias proyecciones

Escribe algunos pensamientos o juicios acerca de alguien cuyos comportamientos o actitudes te molesten. Piensa especialmente en los que más te irriten. ¿Qué es lo más odias de esas conductas o actitudes? ¿Qué te gustaría que la otra persona cambiara? Nadie va a leer lo que escribas, así que no te preocupes por ser políticamente correcto. Algunos ejemplos podrían ser: «Odio cuando Roberto se pone en plan víctima», «Elisa es una criticona» o «Me saca de quicio que María vaya a lo suyo y no respete a los demás».

Ahora, escribe esas frases nuevamente, pero en primera persona. Por ejemplo, «Odio cuando me pongo en plan víctima», «Soy un criticón (o una criticona)» o «Voy a lo mío y no respeto a los demás». Léelas en voz alta. Escúchate. Intenta buscar en qué forma, en qué grado, con quién, cuándo o dónde te comportas así o muestras esa actitud. Es importante que seas muy honesto/a contigo. Es posible que tengas ciertas actitudes de víctima con algunas personas, aunque no con otras; quizás criticas, aunque lo hagas de manera muy sutil; es posible que colabores en tu lugar de trabajo y muestres respeto a tu jefe, pero luego no actúas así cuando estás en casa con tu pareja. Párate unos minutos a reflexionar y solo considera la posibilidad de que, solo quizás, estás poniendo fuera lo que hay dentro.

De cualquier manera, si quieres iniciar un proceso terapéutico de crecimiento personal que te ayude a hacerte consciente de esas proyecciones y a trabajar con ellas, no dudes en ponerte en contacto conmigo. Me encantaría acompañarte en el camino.

«Todo lo que te molesta de otros seres es una proyección de lo que no has resuelto en ti mismo» (Buda)

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Película. Historia de un matrimonio. Scarlett Johansson y Adam Driver protagonizan esta película, nominada a los Oscar de 2020 y muy interesante desde el punto de vista psicológico. En relación al tema de las proyecciones, la historia muestra con mucha claridad cómo una pareja pasa de idealizarse mutuamente a proyectar en el otro sus propias carencias y transformar en defectos y resentimiento aquello que les enamoró. Encontraréis un análisis muy interesante en este artículo.

Los sesgos cognitivos pueden llevar a una persona a incumplir las medidas contra el coronavirus.

¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus?

¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus? 2560 1707 BELÉN PICADO

Desde que se decretó el estado de alarma debido a la COVID-19, la mayor parte de la población ha cumplido con el confinamiento, primero, y con las normas establecidas para la desescalada, después. Sin embargo, también se han producido casos en los que se han ignorado las medidas preventivas para evitar el contagio. Aglomeraciones, situaciones en las que no se respeta la distancia de seguridad, personas sin mascarilla, etc. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus?

Desconexión moral

¿Por qué personas que son responsables en otros ámbitos transgreden determinadas normas? El psicólogo canadiense Albert Bandura desarrolló el concepto de «desconexión moral» para explicar algunos mecanismos que utilizamos con objeto de desconectarnos moralmente de determinadas situaciones. O dicho de otro modo, para hacer cosas que no están bien sin sentirnos mal. Esto nos ayuda a justificar hechos que pueden ser perjudiciales para los demás y así no dañar nuestra autoimagen.

Bandura describe ocho mecanismos de desconexión moral para justificar nuestra conducta cuando esta va en contra de nuestros principios éticos y morales:

  • Justificación moral. Si me convenzo a mí mismo de que lo que voy a hacer sirve a una ‘causa mayor’, será mucho más fácil llevarlo a cabo, aun cuando sea una conducta moralmente reprochable. En el caso de los llamados ‘policías de balcón’, no se sienten mal al increpar e incluso insultar a otras personas que ven en la calle. Justifican su actitud, asumiendo que están contribuyendo a combatir el coronavirus aunque, en realidad, no conocen los verdaderos motivos de las personas a las que increpan.
  • Etiquetado eufemístico. Hay acciones que cambian mucho dependiendo de qué palabras utilicemos para referirnos a ellas.
  • Comparación ventajosa. Realizar comparaciones entre el propio comportamiento y otro considerado mucho peor. Si exagero la inmoralidad de algo que ha hecho otra persona, mi conducta no parecerá tan grave (aunque también sea reprochable).
  • Desplazamiento de la responsabilidad. Consiste en atribuir toda la responsabilidad de los propios actos, o gran parte de ella, a otras personas o situaciones. Una muestra de este mecanismo sería echar la culpa de la situación en la que estamos a las autoridades, aunque yo salga a la calle sin mascarilla y sin respetar la distancia de seguridad.

La difusión de responsabilidad puede llevarnos a incumplir medidas como mantener la distancia de seguridad.

  • Difusión de la responsabilidad. Es parecido al anterior, pero en este caso en vez de echar toda la culpa a otro o a otros, se asume una pequeña parte de responsabilidad a la vez que también se extiende por todos los miembros del grupo o de la sociedad. Así se elude la responsabilidad personal. «Sí, es verdad que no me he puesto la mascarilla, pero hay mucha gente que no se la pone».
  • Distorsión de las consecuencias. Los daños causados por una conducta se ignoran, malinterpretan o minimizan, evitando así activar nuestra propia autocensura. «Tampoco va a pasar nada porque nos demos un abrazo para saludarnos. La gente exagera».
  • Deshumanización. Se ignoran los atributos y características que otorgan ‘humanidad’ a una persona, lo que disminuye el nivel de empatía hacia ella. Esto facilita que se reduzca, e incluso se elimine, la sensación de malestar si nos portamos mal con ella o le hacemos daño. Durante la pandemia este mecanismo ha estado detrás de actitudes racistas, como la paliza que dos hombres propinaron a un joven estadounidense de ascendencia china el pasado marzo.
  • Atribución de la culpa. Mecanismo relacionado con el desplazamiento de responsabilidad y la deshumanización. Se basa en hacer de la víctima la principal responsable de que se haya cometido un acto dañino contra ella.

Sesgos cognitivos

Ante situaciones que generan miedo y ansiedad, como las que estamos viviendo a causa de la COVID-19, nuestra mente tiende a dejar la lógica de lado y actuar de forma más impulsiva. La culpa la tienen los sesgos cognitivos, unos resortes que el cerebro activa de forma automática y que llevan a hacer juicios inexactos e interpretaciones irracionales.

  • Sesgo de confirmación. Tendemos a focalizar la atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar, desvalorizar o dar menos importancia a la que las contradice. Este atajo, además, hace que en momentos de crisis como al actual las posturas se extremen. Si creo que el Gobierno está tomando decisiones equivocadas respecto a la gestión de la pandemia, daré más credibilidad a los medios y las opiniones que confirman lo que pienso, lo que confirmará aún más mis creencias.
  • Efecto anclaje. Dar mucha importancia a la primera información que se recibe y tomarla como punto de partida (ancla), descartando otras, a la hora de tomar una decisión definitiva. Al principio de la pandemia se equiparó el coronavirus con una gripe. Esto funcionó como ancla y desde entonces se ha tendido a tomar como referencia la gripe, e incluso el número de muertos que esta produce al año, para compararla con la COVID-19. De este modo, muchas personas minimizan la gravedad y restan importancia a no seguir las normas.
  • Sesgo de optimismo. Creencia errónea que nos lleva a pensar que nosotros tenemos menos posibilidades de sufrir desgracias que otros. En el caso del coronavirus, este sesgo me hará creer que tengo menos posibilidades de enfermar y, si enfermo, los síntomas serán leves. Por tanto, es muy posible que no haga caso de recomendaciones como mantener la distancia de seguridad.
  • Sesgo de la ilusión de control. Este sesgo hace referencia a la tendencia natural del cerebro a creer que puede controlar o, al menos, influir en casi cualquier evento, incluso en los que son totalmente aleatorios. Tomamos ciertas medidas, aunque no sean efectivas o no estén recomendadas, porque eso nos hace sentir que tenemos cierto control y, de paso, reducimos la ansiedad que nos produce la incertidumbre (¿Os acordáis de la compra compulsiva de papel higiénico al principio de la pandemia?).

Hay coductas que, pese a no ser efectivas, aumentan nuestra sensación de control sobre la situación.

  • Sesgo de suma cero. Tendencia a pensar que la ganancia de uno se produce necesariamente a costa de la pérdida de otro y viceversa. El que tú dispongas de medidas de protección y otros no, no significa necesariamente que tú no vayas a contagiarte y ellos sí. Todos podemos perder (y todos podemos ganar si somos responsables).
  • Efecto Bandwagon o efecto de arrastre. Hacer o creer cosas porque muchas otras personas también las hagan o las crean. El acopio de papel higiénico también se correspondería con este sesgo.
  • Sesgo de endogrupo o favoritismo endogrupal. Se trata de la tendencia a favorecer o valorar de manera más positiva comportamientos, actitudes o preferencias de los miembros del grupo propio, aunque implique perjudicar a quienes están fuera de ese grupo. Este sesgo es especialmente peligroso porque puede desembocar en racismo y exclusión.

La libertad es inseparable de la responsabilidad

La responsabilidad y los valores morales se van interiorizando desde la niñez. Según Lawrence Kohlberg, psicólogo estadounidense, el desarrollo moral se va asentando a medida que la persona va creciendo y aprendiendo.

Hasta los 9 años, el niño solo juzga los hechos según cómo le afecten a él. Al principio, solo piensa en las consecuencias inmediatas y obedece para evitar el castigo. Poco a poco, empieza a evitar hacer trampas en los juegos, por ejemplo, aunque solo para que no se las hagan a él. A medida que llega la adolescencia, ya se empieza a pensar en el bien compartido. Sin embargo, todavía no se actúa por propia convicción, sino para ser aceptado en el grupo. En esta fase, además, hay una orientación a la autoridad. Lo bueno y lo malo viene de una serie de normas que se perciben como algo separado a los individuos.

El desarrollo moral se completa cuando la persona adquiere principios morales propios y actúa según los mismos. Es el momento en que tomamos conciencia de que más allá de las normas impuestas en la sociedad o de nuestro propio interés, está el interés común, el altruismo y la solidaridad.

Está bien que queramos libertad, pero no debemos olvidar que la libertad es inseparable de la responsabilidad (o debería serlo). Y ser responsable conlleva preocuparnos por cómo afectan nuestras acciones a los demás. Debemos actuar de la forma adecuada más allá de que así lo dicten las normas, de que otros lo vean o de que nos feliciten por ello.

«La libertad significa responsabilidad. Por eso, la mayoría de hombres le tienen tanto miedo» (George Bernard Shaw)

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Nuestra decisión de voto no es tan reflexiva como creemos

Tu mente te miente: Así influyen las emociones y los sesgos cognitivos en tu decisión de voto

Tu mente te miente: Así influyen las emociones y los sesgos cognitivos en tu decisión de voto 4000 2667 BELÉN PICADO

La mayoría consideramos el acto de votar no solo un derecho, sino también un acto reflexivo y deliberado que refleja nuestros valores e ideas políticas. Pues bien, no es tan simple. En la toma de decisiones, incluida la de elegir a uno u otro candidato, influyen otras variables que distan mucho de ser reflexivas. Ni la experiencia del candidato, ni el programa político ni su capacidad de liderazgo… Lo que inclina la balanza hacia uno u otro son las emociones, eso sí, aderezadas con unos cuantos sesgos cognitivos.

Las emociones mandan

Según Drew Westen, autor del libro El cerebro político: El papel de la emoción en decidir el destino de la nación, las emociones que más influyen en los votantes a la hora de depositar su papeleta en la urna son el odio, la esperanza y el miedo, especialmente esta última.

El miedo ha sido nuestro salvavidas evolutivo porque nos ayuda a reaccionar ante las amenazas que como especie hemos ido encontrando. Y ese es el resorte que salta en un lugar del cerebro llamado amígdala cuando un candidato alude en su discurso a los principales temores que tenemos los seres humanos. Estos miedos son a que amenacen nuestra integridad física, a que esté en riesgo el acceso a los recursos para subsistir y a que se ponga en peligro el modo de vida al que estamos acostumbrados. Si se relacionan estos miedos subconscientes con preocupaciones actuales (paro, delincuencia…) y se incluye alguna alusión a la inmigración, por ejemplo, el sistema de alerta salta.

Esa celeridad con que se pone en marcha el circuito del miedo es una ventaja evolutiva, pero se convierte en problema si se activa cuando no lo necesitamos. En este caso, perdemos la capacidad de analizar circunstancias en las que no hace falta tanta rapidez y sí una reflexión objetiva. Así que, a la hora de votar, menos amígdala y más reflexión.

Las emociones tienen la última palabra a la hora de votar

El poder de los sesgos cognitivos

A lo largo de nuestra vida manejamos tanta información que nuestro cerebro necesita atajos para no eternizarse procesando los datos que recibimos. Esos atajos nos ayudan a pensar y a tomar decisiones de modo más rápido, pero también aumentan el riesgo de hacer interpretaciones erróneas. ¿Y cómo podemos evitar que nos influyan? Conociendo qué son y cuáles son sus características. Si sabemos cuándo nos pueden afectar los sesgos cognitivos también podremos neutralizarlos o, al menos, conseguir que nos afecten lo mínimo posible.

  • Sesgo de confirmación. Tendemos a focalizar nuestra atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar, desvalorizar o dar menos importancia a la que las contradice. Esto explicaría por qué damos más credibilidad a un medio de comunicación que está en la línea de nuestra forma de pensar. Otro ejemplo: Si hay corrupción en nuestro partido político nuestro cerebro buscará la manera de quitarle importancia, pero si los corruptos son los del partido rival, aunque sea de forma puntual, encontraremos el modo de magnificar el delito.
  • Correlación ilusoria. Consiste en considerar que dos hechos están relacionados aunque no tengamos ninguna prueba que lo demuestre. Este sesgo, que está en la base de los prejuicios, es el que nos lleva a sobreestimar la proporción de comportamientos negativos en grupos relativamente pequeños. Vamos a ver un ejemplo: Según una encuesta internacional  (International Social Survey Programme), el 50,3 por ciento de los españoles creen que los inmigrantes “hacen que aumente el índice de criminalidad».  Sin embargo, según los últimos datos disponibles, pertenecientes a 2017 y elaborados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), los delitos cometidos por extranjeros son un 23,1 por ciento, es decir, ni un cuarto de todos los que se cometen en España. Esto significa que los españoles cometen tres de cada cuatro.
  • Efecto Forer o Barnum. Este sesgo se da cuando aceptamos generalizaciones que podrían resultar válidas para cualquier persona, como si fueran descripciones fiables y detalladas de nuestra personalidad. Además de ser muy utilizado por videntes y en horóscopos, también es un recurso muy habitual en los discursos de los políticos. Estos buscan conseguir el apoyo de los ciudadanos dirigiéndose a ellos con adjetivos positivos, mensajes genéricos y propuestas vagas que responden a los deseos de la mayoría.

El efecto Barnum es un recurso muy utilizado por los políticos

  • Efecto anclaje. Dar mucha importancia a la primera información que se recibe y tomarla como punto de partida (ancla), descartando otras, a la hora de tomar una decisión definitiva. El problema es que el ancla tiene una influencia desproporcionada y el ajuste a la información posterior tiende a ser muy insuficiente. Es habitual que los políticos recurran a menudo a cifras que parecen haber contrastado, pero no siempre es así. A veces, si se sabe que un dato será más alto, se anuncia una previsión más baja y el resultado final en comparación parecerá mejor.
  • Efecto halo. Consiste en trasladar una cualidad particular que nos llama la atención en alguien a toda la persona, incluidas características que no conocemos. Numerosos estudios han encontrado que una persona considerada atractiva también suele ser percibida como inteligente, amable, generosa y honesta. Una de estas investigaciones, realizada por Rolfe Daus Peterson y Carl L. Palmer en 2015, concluyó que las personas que nos resultan físicamente atractivas suelen parecernos también más capaces y persuasivas, por lo que tendemos a seguir sus consejos.  Estudios aparte, solo hay que ver al séquito de asesores de imagen que acompañan a los principales líderes políticos… Respecto al efecto halo, uno de los sesgos cognitivos más habituales, os recomiendo el artículo ¿Por qué preferimos a los políticos atractivos? publicado por El País.
  • Sesgo de autojustificación. Si te equivocas en una decisión tienes dos opciones: asumirlo o buscar una justificación para no admitir el error y evitar posibles remordimientos. Esto último sería el sesgo de autojustificación y tenemos un ejemplo muy claro en las explicaciones de José María Aznar tras avalar ante la opinión pública la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar la Invasión de aquel país en 2003. Años después, justificaría su decisión explicando que la tomó «por convicción atlantista, porque convenía estratégicamente a España y por un elemental sentido de la reciprocidad política: no se puede pedir ayuda a un amigo y luego, cuando ese mismo amigo te la reclama, negársela».
  • Efecto Statu quo. Representa el temor a perder lo que se tiene, a ir a peor o, como dice el refrán, “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. A menudo, los partidos que están en el gobierno elaboran su estrategia en base a este sesgo cognitivo. Este efecto también explica por qué las formaciones políticas que defienden cambios radicales no terminan de convencer.
  • Efecto Bandwagon o efecto de arrastre. Creer que algo es cierto porque la mayoría también lo piensa. Este sesgo les viene muy bien a los políticos para imponer sus programas. En el caso de las encuestas electorales, muchos deducen que el político que las encabeza es el mejor, aun sin haber leído sus propuestas. Lo mismo ocurre en el caso de los candidatos que los medios de comunicación proclaman ganadores antes de las votaciones.

El efecto de arrastre consiste en creer algo solo porque la mayoría lo cree

  • Sesgo de coste irrecuperable. Tendencia a sobrevalorar aquello en lo que hemos invertido más tiempo y esfuerzo. En política esto se traduciría en una mayor reticencia a cambiar el sentido de nuestro voto cuando llevamos muchos años votando lo mismo.

Ser conscientes del poder de nuestras emociones y de las trampas que nos juega la mente nos ayudará a no dejarnos llevar por ellas. Comprueba en qué sesgos cognitivos sueles caer y recopila toda la información posible sobre las propuestas de los distintos partidos. También te vendrá bien escuchar a personas que piensan diferente, con atención y sin juzgar. Si consideramos el mayor número de opiniones sobre un tema, tanto a favor como en contra de nuestras creencias, podremos crearnos nuestro propio juicio.

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