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enero 2020

La envidia también tiene un lado positivo

Emociones incomprendidas: El lado positivo de la envidia

Emociones incomprendidas: El lado positivo de la envidia 1536 2048 BELÉN PICADO

Todas las emociones, incluso las más desagradables, tienen un valor adaptativo y son necesarias para nuestro crecimiento como personas. Y lo peor que podemos hacer es rechazarlas, amordazarlas y no permitirnos expresarlas. Precisamente para aprender a interpretar los mensajes que nos dan, inicio con este post una serie de artículos en defensa de las emociones más incomprendidas. De ellas, la envidia es una de las que peor fama tienen. Pero, ¿puede haber un lado positivo de la envidia?

La envidia es una de las emociones más denostadas socialmente. De hecho, cuando la experimentamos no solo se la ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos. Pero, por mucho que nos empeñemos en asegurar que nosotros no somos envidiosos, lo cierto es que nadie se libra. La envidia es una emoción universal que nos afecta a todos en algún momento de nuestra vida. Solo se diferencia de unos a otros en su intensidad y frecuencia.

La envidia nos habla de deseos insatisfechos

Norberto Levy, en su libro La sabiduría de las emociones la compara con un “rayo que irrumpe y deja al descubierto una necesidad o un deseo profundo insatisfecho, que ha sido anestesiado, en la mayoría de los casos, por la cantidad de frustración que produce”.

Para que la envidia asome suelen darse tres circunstancias:

  • Alguien ha conseguido algo que yo no tengo, pero que anhelo.
  • Creo que no tengo ni tendré los recursos necesarios para obtener aquello que deseo.
  • Además, no cuento con un número suficiente de deseos satisfechos y disfrutados, como para equilibrar el malestar que me producen los no realizados.

La envidia nos habla de deseos insatisfechos

Ahora imaginad esta conversación entre dos amigas:

-Elena: ¡Qué alegría verte! Llevas un mes desaparecida…

-Sonia: ¡Pues la verdad es que estoy contentísima! Conocí a un chico justo hace un mes en una fiesta y estoy encantada. Fíjate, que la semana que viene nos vamos de viaje juntos… 

-Elena: ¿Hace dos meses que te separaste y has iniciado una relación nueva? ¿No vas demasiado deprisa? Mira que estas relaciones que empiezan de forma tan intensa acaban muy fácilmente…

Cuando anhelo algo y no lo tengo, no estoy todo el tiempo pensando en ello… hasta que aparece alguien que sí lo ha conseguido. En el momento en que Elena se entera de la nueva relación de Sonia, se conecta con su carencia: ella también querría tener una pareja. Y junto a este deseo no satisfecho es posible que asomen otros que tampoco han sido realizados. Si son muchos y significativos, la percepción de carencia será más intensa y dolorosa.

Si, además, Elena no tiene conciencia de sus propios deseos no satisfechos, el dolor se convertirá en enfado hacia Sonia. Por ejemplo, puede creer que su amiga le ha hecho partícipe de su felicidad para fastidiarla y defenderse con comentarios hirientes o descalificaciones.

Por tanto, un modo de no quedarnos enganchados al impulso de dañar al otro por tener lo que nosotros ansiamos, es tomar conciencia de eso que nos falta.

Carencia e inferioridad

Al principio del artículo os decía que todas las emociones, por desagradables e incómodas que nos parezcan, cumplen una función adaptativa. En el caso de la envidia, sirve como señal para identificar un deseo insatisfecho. En lugar de rechazar esa punzada de malestar, será mucho más útil tomar conciencia de ello, permitirnos sentirlo y preguntarnos: ¿Qué deseo insatisfecho puedo descubrir a partir de ese malestar que siento? Y será así como empecemos a vislumbrar el lado positivo de la envidia.

En el ejemplo de Sonia y Elena, si esta toma conciencia de su carencia conseguirá experimentar con mayor claridad la doble reacción que el logro de Sonia genera en ella. Por un lado, podrá alegrarse sinceramente por su amiga y, a la vez, permitirse sentir tristeza al recordar su anhelo no realizado de tener una pareja.

Uno de los impedimentos para que se dé esta toma de conciencia es la confusión entre los conceptos de carencia e inferioridad. Hay personas que viven el hecho de no tener lo que el otro ha logrado como una prueba de su inferioridad (con el consiguiente sentimiento de humillación), en vez de verlo como el reconocimiento doloroso de un estado transitorio de carencia. Solo cuando consigamos deshacer esta confusión podremos atrevernos a dar salida a ese malestar que, de mantenerlo aprisionado, nos generará más sufrimiento.

Cuando no somos capaces de integrar la alegría por lo que tiene el otro y el pesar por no haberlo conseguido yo es posible que nos empeñemos en amordazar esa parte que nos recuerda lo que nos falta, a la vez que nos sentimos culpables por pensar y sentir algo “que no deberíamos”. Sin embargo, el dolor seguirá ahí y, como el río que busca su cauce llevándose por delante cualquier obstáculo que haya en su camino, acabará manifestándose. Unas veces lo hará en forma de emociones dolorosas (tristeza por no tener lo que tiene el otro, ira hacia quien tiene más suerte o culpa por sentir envidia); otras, a través de quejas continuas y adoptando el rol de víctima; y otras, obsesionándonos con la persona objeto de nuestra envidia.

Para aprender de la envidia es necesario ser capaces de reconocer la alegría por el logro del otro a la vez que el dolor por nuestra carencia.

Encontrar el lado positivo de la envidia para crecer como personas

Es inevitable que en la vida pasemos por situaciones en las que experimentemos envidia y, con ella, cierto grado de malestar. ¿Cómo podemos aprovechar estos momentos para crecer como personas?

  • Cuando sientas ese malestar identifica el deseo no satisfecho con el que has contactado. Una vez que lo hayas descubierto, estarás en mejores condiciones de comprender y legitimar tu dolor. Habrás contactado con el lado positivo de la envidia.
  • Pregúntate por qué no has logrado realizar ese deseo en particular. La respuesta que te des te hará ver lo importante que es tu propia autovaloración. Volviendo al ejemplo de Elena, ella puede pensar: “No estoy enamorada, tal vez porque aún no ha llegado mi momento, pero estoy preparada”. O, por lo contrario, puede decirse: “No estoy enamorada porque ningún hombre que merezca la pena se va a interesar en mí. Mejor me olvido de estos absurdos deseos…”. En ambos casos, la carencia es la misma. La diferencia está en la actitud. Creer que se tienen los recursos necesarios para alcanzar un logro, ayudará a la persona a disminuir y hacer más soportable el dolor. En cambio, cuando la autoevaluación es descalificadora, esa actitud multiplica hasta el infinito la aflicción ante el desequilibrio.

A más envidia, menos autoestima.

  • Si concluyes que no has conseguido lo que deseas porque “no sirves”, el problema ya no está en la envidia sino en esa creencia. Así que agradece a la envidia que te haya conducido hasta aquí y deja que pase a un segundo plano. Ahora te toca explorar esos deseos insatisfechos y revisar los recursos psicológicos con que cuentas para alcanzarlos.
  • Trabaja en tu propia autoestima, ya que es inversamente proporcional a la envidia. A más envidia menos autoestima y peor capacidad de gestión emocional. Cuando no nos sentimos bien con nosotros mismos, tendemos a compararnos con los demás y en esa comparación siempre salimos perdiendo.
  • Transforma la envidia en admiración. Si bien en ambos casos reconozco que la otra persona posee algo que yo valoro y quisiera tener, la diferencia estriba en que en la envidia me obsesiono con lo que me falta (y no veo más allá), mientras que en la admiración el desequilibrio no me genera dolor porque la persona admirada funciona como un elemento de motivación para que yo también pueda conseguir lo que deseo.

Si te interesa

Un libro

La sabiduría de las emociones. Este post se basa en la visión que Norberto Levy plasma en este libro sobre el valor adaptativo de las emociones consideradas conflictivas. Según explica el psiquiatra argentino en la introducción, “del mismo modo que las luces del tablero de mandos del automóvil se encienden e indican que ha subido la temperatura o queda poco combustible, cada emoción es una luz de tonalidad específica que se enciende e indica que existe un problema a resolver”.

Afrontar la discapacidad de un hijo conlleva un duelo duro, pero necesario

Afrontar el nacimiento de un hijo con discapacidad: Un duelo necesario

Afrontar el nacimiento de un hijo con discapacidad: Un duelo necesario 1920 1280 BELÉN PICADO

Miedo, incertidumbre, culpa e, incluso, enfado son emociones habituales cuando los padres reciben el diagnóstico de discapacidad de un hijo. Se trata de una de las peores situaciones por las que pueden pasar unos padres y genera emociones dolorosas e intensas que ponen a prueba su fortaleza, como individuos y como pareja. Para asumir la nueva realidad y encontrar una nueva ilusión sobre el terreno baldío que han dejado las expectativas incumplidas es necesario pasar por un duelo, que llevará desde la negación de la situación a la aceptación. Afrontar la discapacidad de un hijo y el correspondiente duelo es un proceso duro, pero necesario.

Desde el momento en que surge la idea de tener un hijo, es normal imaginarse cómo será, a quién se parecerá, qué actividades se harán con él… y cuando preguntan a los futuros padres si prefieren niño o niña, la respuesta suele ser: “Da igual, lo importante es que venga sano”. Sin embargo, a veces las expectativas no se cumplen. Y hay que asumir la ‘muerte’ de ese bebé deseado y fantaseado para recibir al niño real. Un niño diferente, con unas necesidades específicas, pero también con otras comunes a todos los bebés del mundo: alimento, descanso, apoyo y, sobre todo, mucho amor.

El niño con discapacidad tiene limitaciones, pero también capacidades que hay que apoyar

Transitar el duelo: de la negación a la aceptación

Según la psiquiatra estadounidense Elisabeth Kübler-Ross, cuando muere un ser querido las personas atravesamos cinco etapas de duelo. Pero este modelo también puede aplicarse a otros tipos de pérdidas: una ruptura sentimental, la pérdida de un empleo, el diagnóstico de una enfermedad grave, etc. A la hora de afrontar la discapacidad de un hijo, los padres deben enfrentarse a la pérdida del bebé soñado para recibir y aceptar al bebé real. Este difícil camino no solo les ayudará a descubrirse a sí mismos, con sus debilidades y sus fortalezas; también les transformará a ellos y a su entorno más cercano.

  • Negación. Se trata de un mecanismo de defensa que surge tras el diagnóstico. Ayuda a amortiguar el sufrimiento ante una noticia tan dura y también a aplazar parte de ese dolor. En esta fase, es posible que los padres vayan de médico en médico con la esperanza de que alguno les diga que su hijo “se va a curar”.
  • Ira. Los sentimientos de ira y culpa se entremezclan en esta fase. La negación da paso a un sentimiento de enfado contra todo y contra todos, especialmente con quienes más cerca están (pareja, familia, amigos con hijos sanos) e, incluso, con el propio hijo con discapacidad. No es extraño que, en medio de la desesperación, se desee la muerte del bebé o se fantasee con el deseo de que no hubiera nacido. A estos deseos de muerte les sigue una fuerte sensación de culpa que puede llevar a la madre a no soportar separarse del niño o a sobreprotegerle en exceso.
  • Negociación. Los padres empiezan a asumir la nueva situación, aunque aún siguen buscando respuestas, esperando un “milagro” que no llega o anhelando volver al momento en que el niño todavía no había nacido. De algún modo intentan crear una realidad paralela en su imaginación que les proporciona cierta sensación de control.
  • Depresión. A medida que se va comprendiendo la nueva situación y va asumiéndose que el diagnóstico no va a cambiar, se adueña de los padres una profunda sensación de tristeza, vacío e incluso fatiga física. En esta etapa, la validación de esas emociones y la comprensión de las personas cercanas es esencial. Solo transitando y teniendo la posibilidad de manifestar ese dolor será posible llegar a la aceptación.
  • Aceptación. Por fin, se afronta la realidad y es posible traspasar el dolor para abrirse a nuevas posibilidades. Se comprende que el niño tiene limitaciones, pero también capacidades que pueden fomentarse. Esto no significa que sea un momento feliz, pero sí dará paso a una cierta sensación de paz.

Es importante puntualizar que no siempre aparecen todas las etapas, en el mismo orden o con la misma intensidad. También es normal que, una vez se ha llegado a la aceptación, en ciertos momentos de cambio se regrese a alguna de las fases anteriores. Sin embargo, la actitud será ya mucho más positiva que antes del diagnóstico.

Para afrontar la discapacidad de un hijo es necesario atravesar el camino del duelo, adaptarse a la nueva realidad familiar y recuperar la estabilidad emocional. En este trayecto y en el establecimiento del vínculo con el hijo con discapacidad jugará un papel importante la propia historia de apego de los padres y sus experiencias como hijos.

Los padres de un niño con discapacidad pasan por varias etapas de duelo hasta llegar a la aceptación

Cómo afrontar la discapacidad de un hijo

  • Centrarse más en el presente. Preguntarse una y otra vez qué ocurrirá a largo plazo o quién cuidará de nuestro hijo en el futuro solo aumentará la angustia. Poniendo la atención en pequeños pasos y marcándonos objetivos a corto plazo conseguiremos, por un lado, reducir la frustración y la incertidumbre y, por otro, empezar a construir el futuro de nuestro hijo.
  • Contactar con asociaciones o personas que estén en la misma situación. Además de compartir experiencias, esto ayudará a adoptar una nueva perspectiva y comprobar que tener un hijo con una discapacidad no tiene por qué ser una tragedia.
  • Informarse sobre la condición específica de nuestro hijo (características, tratamientos, evolución, recursos sanitarios…) disminuirá la incertidumbre y aumentará la sensación de control.
  • Centrarse en las rutinas diarias comunes a los demás bebés también contribuirá a afrontar la discapacidad de un hijo. Alimentarlo, dormirlo, salir a pasear… ayudará a suavizar la ansiedad y a normalizar la situación. Igualmente beneficioso es recuperar cuanto antes, y en la medida de lo posible, la rutina familiar (atender a los otros hijos, volver al trabajo…) a la vez que se incorporan nuevas actividades (visitas a los especialistas, rehabilitación…).
  • Reconocer al niño más allá de sus limitaciones y poner el foco en lo que puede hacer, por poco que sea: una sonrisa, un pequeño avance… Acceder a recursos de Atención Temprana, por ejemplo, ayudará a potenciar al máximo dichas capacidades.
  • Practicar el autocuidado. Para hacer felices a los demás, tenemos que ser felices nosotros. Es muy importante buscar espacios para uno mismo que permitan cargar las pilas y renovar energías. Y eso conlleva muchas veces aprender a delegar. Cuidar de un hijo con discapacidad es una carrera de fondo, así que es necesario dosificar las energías.
  • Cuidar la pareja y la unidad familiar. Cuando hay un miembro en la familia con una discapacidad hay cierta tendencia a que todo gire en torno a él y esto no es saludable a largo plazo. Es importante intentar cuidar las relaciones tanto en la pareja como con los demás miembros de la familia, amigos, etc. En el caso de que haya otros hijos, es importante hablar con ellos y explicarles la situación. Por pequeños que sean, la dinámica familiar cambia necesariamente y ellos lo notan.
  • Buscar ayuda psicológica para hacer frente a las nuevas condiciones a las que tendrán que enfrentarse, no solo los padres sino todo el núcleo familiar.

Es importante reconocer al hijo con discapacidad más allá de sus limitaciones y poner el foco en lo que puede hacer.

“Bienvenidos a Holanda”, carta de la madre de un niño con síndrome de Down

Emily Perl Kingsley, madre de un niño con síndrome de Down, explica muy bien el impacto que supone tener un hijo discapacitado en esta carta:

«Me piden con frecuencia que describa la experiencia de criar a un niño con una incapacidad para tratar de ayudar a personas que no han compartido esta experiencia única a entender y a imaginar cómo se siente. Es así…

Cuando vas a tener un bebé es como si planificaras un viaje de vacaciones fabuloso a Italia. Uno compra un gran número de guías turísticas y hace planes maravillosos. El Coliseo, el David de Miguel Ángel, las góndolas en Venecia. Aprendes frases útiles en italiano. Todo es muy emocionante.

Después de meses de anhelantes expectativas, el día de partir finalmente llega. Preparas tus maletas y sales de viaje. Varias horas después, el avión aterriza. La azafata entra y dice: «Bienvenidos a Holanda».

«¡¿Holanda?!» exclamas. «“¿Cómo que Holanda? ¡Yo pagué para ir a Italia! Se supone que debo estar en Italia. Toda mi vida he soñado con ir a Italia»».

Pero ha habido un cambio en el plan de vuelo. Han aterrizado en Holanda y allí debes permanecer. Lo importante es que no te han llevado a un lugar horroroso, repugnante, sucio, lleno de pestilencia, carestía y enfermedad. Por lo tanto, debes salir y comprar otras nuevas guías turísticas. Y tienes que aprender un nuevo idioma. Te encontrarás con un nuevo grupo de personas que nunca imaginaste conocer.

Es solo un lugar diferente. Es más calmado que Italia, menos ostentoso que Italia. Pero después de estar allí durante un tiempo,  respiras profundo y miras a tu alrededor. Y empiezas a notar que Holanda tiene molinos de viento. Que Holanda tiene tulipanes. Y que, incluso, tiene pinturas de Rembrandt.

Pero todos los que tú conoces están ocupados yendo y viniendo de Italia… Y todos hacen alarde de lo maravilloso que lo pasaron allá. Y hasta el fin de tu vida, te dirás: «Sí, allí era donde debería haber ido. Eso fue lo que programé». Y ese dolor nunca, nunca, nunca se irá… Porque la pérdida de ese sueño es incomparable.

Pero si te pasas la vida lamentando el hecho de que no llegaste a ir a Italia, no podrás estar libre para gozar las cosas tan especiales, tan hermosas… de Holanda”.

Si te interesa:

Un documental

La historia de Jan. Durante seis años, Bernardo Moll grabó a su hijo, con síndrome de Down. El resultado es un emotivo documental que relata una historia de lucha y superación.

Un libro

Lejos del árbol: Historias de padres e hijos que aprendieron a quererse, de Andrew Solomon. A través de las historias de familias que se enfrentan a distintos tipos de discapacidad, el autor explica qué significa para los padres querer a hijos diferentes.

 

La terapia EMDR ayuda a procesar eventos traumáticos

EMDR (II): Preguntas frecuentes sobre la Terapia de Desensibilización y Reprocesamientos por Movimientos Oculares

EMDR (II): Preguntas frecuentes sobre la Terapia de Desensibilización y Reprocesamientos por Movimientos Oculares 1920 1021 BELÉN PICADO

(En el anterior artículo sobre la terapia EMDR me centraba en el marco teórico que la sustenta. En este responderé a las preguntas más habituales que suelo recibir acerca del funcionamiento de este enfoque).

“Un hombre salía todos los domingos a pasear por la orilla de un río. Mientras caminaba, se dio cuenta de que había gente en el agua que se estaba ahogando, así que se tiró al río para salvarlos. Continuó salvando vidas hasta que un día se cansó y lo dejó de hacer. Cuando le preguntaron “¿Adónde vas? ¿Quién salvará a estas personas que se ahogan?” el hombre respondió: “Voy al ver quién los está tirando desde el puente”. Desde que leí este cuento en el libro La Revolución EMDR. Cambie su vida procesando sus recuerdos de uno en uno, de Tal Croitoru, lo utilizo para comenzar a explicar a mis pacientes en qué consiste EMDR.

Como aclara Croitoru, este abordaje terapéutico trabaja directamente con el origen del problema: “Los terapeutas EMDR no dan herramientas, sino que eliminan los ‘disparadores’ que arrojan a las personas desde el puente”.

La terapia EMDR es una terapia que recurre a la estimulación de los dos hemisferios laterales

¿Cómo se trabaja en las sesiones?

La terapia EMDR sigue un procedimiento estandarizado de ocho fases:

  • Fase 1. Historia clínica y recopilación de datos. Se recoge información sobre la historia del paciente y se acuerdan los objetivos terapéuticos. También se recopilan los recuerdos relacionados con el trastorno actual. Asimismo, es fundamental identificar los estímulos desencadenantes actuales que generan la perturbación y las capacidades que debe aprender el paciente para poder llevar a cabo conductas adaptativas en el futuro.
  • Fase 2. Preparación. Se explica en qué consiste el enfoque EMDR y se resuelven dudas. También se comprueba la capacidad de acceso del paciente a los recuerdos traumáticos, grado de tolerancia a las emociones y habilidades para manejar el estrés. Luego se le entrena en habilidades de afrontamiento y técnicas de relajación a las que pueda recurrir en caso de experimentar cualquier perturbación durante la sesión o fuera de ella. Una vez que está preparado, ya puede comenzarse a trabajar con los recuerdos traumáticos seleccionados como dianas previamente (el procesamiento de cada recuerdo abarca de la fase 3 a la 8).
  • Fase 3. Evaluación. Elegido el hecho traumático, el paciente seleccionará una imagen, identificará las creencias y emociones negativas que le generan y calificará el grado de perturbación de 0 a 10. Luego seleccionará una creencia positiva que le gustaría experimentar respecto a ese mismo hecho traumático y calificará la validez de dicha cognición positiva de 1 a 7.
  • Fase 4. Desensibilización. Durante esta etapa se realizan los sets de estimulación bilateral (movimientos oculares, estímulos auditivos o tapping) y el paciente los seguirá teniendo en cuenta la imagen, los pensamientos y las sensaciones asociados con el evento traumático. Después de cada set, dará un feedback sobre lo que vaya experimentando y las series se repetirán hasta que la perturbación sea 0.
  • Fase 5. Instalación. El objetivo de esta fase es verificar la validez de la cognición positiva original y fortalecerla para que sustituya la creencia negativa asociada al trauma. Los sets de estimulación bilateral se repetirán hasta que la validez de la creencia positiva sea 7.
  • Fase 6. Escaneo corporal. Instalada la creencia positiva, se pide al paciente que vuelva al recuerdo original asociado a esa creencia positiva y explore su cuerpo mentalmente. Si hubiese cualquier manifestación física residual del recuerdo, se reprocesará hasta que desaparezca.
  • Fase 7. Cierre. Al final de cada sesión, y aunque no se haya completado el reprocesamiento, es necesario restablecer la estabilidad emocional del paciente con técnicas de relajación.
  • Fase 8. Reevaluación. Al principio de cada nueva sesión se repasarán los resultados de la anterior para evaluar si se han mantenido los efectos del tratamiento. Dependiendo de los resultados obtenidos, el terapeuta decidirá continuar trabajando con el target original o empezar con uno nuevo.

¿Para qué sirve?

Donde más se utiliza EMDR es en el trastorno de estrés postraumático y otras patologías relacionadas con el trauma. Cuando la gente escucha el término “trauma”, piensa en grandes catástrofes, accidentes o hechos muy violentos en los que está en peligro la integridad física, pero no siempre es así. Pequeñas humillaciones repetidas en el tiempo que provocan una profunda sensación de vergüenza o haber carecido en la infancia de los cuidados de las figuras de apego, pueden llegar a ser igualmente invalidantes.

Según Francine Shapiro, “trauma es cualquier hecho que ha tenido un efecto negativo duradero en la persona. Todos conocemos gente que ha perdido el trabajo, a sus seres queridos e incluso posesiones y como resultado, han sufrido intensamente. Cuando se pierde la paz del espíritu o si nunca se ha tenido, puede haber serias consecuencias físicas y psicológicas, sea cual fuere la causa”.

La terapia EMDR también se utiliza con buenos resultados en depresión, ansiedad, duelos, adicciones, fobias, trastornos alimentarios y, en general, con dificultades emocionales causadas por experiencias difíciles en la vida.

La terapia EMDR ayuda al cerebro a procesar los recuerdos traumáticos

¿Es realmente eficaz?

EMDR cuenta con numerosos estudios científicos que confirman su eficacia. Está avalada en el tratamiento del trauma por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Asociación Americana de Psicología (APA) y el Departamento de Salud y Asistencia Social del Reino Unido, entre otros organismos internacionales. También existen investigaciones que apoyan su efectividad en otros campos (psicooncología) y patologías (depresión, adicciones, fobias, trastorno mental grave…).

Si quieres acceder a algunos de estos estudios, puedes hacerlo a través de la Asociación EMDR España.

¿La terapia EMDR es también para niños?

Esta terapia puede aplicarse a todas las edades. En el caso de los más pequeños, lo que se hace es adaptar el protocolo a la edad y al desarrollo evolutivo del niño. Además, EMDR se combina con otros elementos terapéuticos como el juego, el dibujo o terapia familiar con los padres.

¿Cuántas sesiones son necesarias?

Algunos habréis oído que los efectos de la terapia EMDR son más rápidos que los de otros abordajes. En casos de trauma único o aislado (trauma simple), como haber sufrido un accidente de coche, bastarían cuatro o cinco sesiones. Pero si hay múltiples traumas desde la infancia (trauma complejo), puede ser necesario un año o más. ¿Por qué? Porque en el caso de la persona que llega a consulta muy traumatizada no se puede recurrir a la estimulación bilateral inmediatamente. Antes hay que estabilizarla y proporcionarle recursos y herramientas para que le resulte más fácil y menos doloroso afrontar el recuerdo.

El número de sesiones en terapia EMDR depende del tipo de trauma

¿En qué corriente psicológica se sitúa EMDR?

Uno de los motivos por los que utilizo EMDR es porque se trata de un enfoque integrativo que se compatibiliza con otros modelos. En función de las necesidades del paciente y del momento de la terapia, puede combinarse con abordajes terapéuticos, como mindfulness, terapia Gestalt, hipnosis o terapia cognitivo-conductual, entre otros.

Si te interesa:

Un libro

“Supera tu pasado. Tomar el control de la vida con el EMDR”, de Francine Shapiro. La creadora de la terapia EMDR ofrece información teórica y práctica sobre el modelo. Por un lado, explica cómo nuestro cerebro procesa la información emocional y como se bloquea ese procesamiento. Y, por otro, ofrece ejercicios sencillos y prácticos para identificar pensamientos y creencias disfuncionales y conseguir un cambio real.

La terapia EMDR es una terapia que recurre a la estimulación de los dos hemisferios laterales

EMDR (I): Bases de la Terapia de Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares

EMDR (I): Bases de la Terapia de Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares 1620 1080 BELÉN PICADO

(La terapia EMDR es un enfoque relativamente moderno y todavía desconocido para muchos. Por ello, voy a dedicarle dos posts para tratar de solventar algunas de las dudas que me consultáis).

EMDR es el acrónimo en inglés de Eye Movement Desensitization and Reprocessing (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares). Se trata de una terapia que recurre a la estimulación de los dos hemisferios cerebrales. Su objetivo: desensibilizar una situación traumática almacenada de modo disfuncional en la memoria e integrarla dentro de los recuerdos de una forma adaptativa.

Para llevar a cabo dicha estimulación se recurre generalmente a movimientos oculares (el paciente sigue con los ojos los movimientos de los dedos del terapeuta). No obstante, también puede hacerse con estímulos auditivos (sonidos alternos en un oído y otro) y tapping (golpecitos con los dedos en las rodillas del paciente o en las manos).

Enn EMDR el reprocesamiento se realiza habitualmente a través de movimientos oculares

El descubrimiento casual de Francine Shapiro

En 1987, la psicóloga estadounidense Francine Shapiro hizo un descubrimiento casual mientras paseaba por un parque. Cuando movía los ojos de un lado a otro y en dirección horizontal disminuían las emociones negativas asociadas a sus propios recuerdos dolorosos.

Entonces, empezó a estudiar el fenómeno. Primero con la colaboración de amigos y conocidos y luego aplicándolo en pacientes, concretamente en víctimas de abuso sexual y veteranos de la guerra del Vietnam. Enseguida confirmó que su método disminuía los síntomas de trastorno por estrés postraumático en estas personas. Dicho método consistía en pedir al paciente que pensara en una idea o recuerdo molesto mientras seguía con los ojos el movimiento de los dedos del terapeuta.

Redes de memoria

Todos hemos pasado por momentos complicados y no siempre es necesario acudir al psicólogo para volver a sentirnos bien. A menudo, basta con acordarnos de cómo superamos otras situaciones similares o hablar con alguien de confianza. Sin embargo, algunas experiencias dolorosas nos afectan mucho emocionalmente. Tanto, que no somos capaces de hablar de ellas sin angustiarnos. Incluso, revivimos el recuerdo una y otra vez como si estuviese sucediendo en este momento. Otras veces la experiencia fue tan traumática que quedó oculta en algún lugar de la mente. Hasta que un día, de repente, ante un hecho aparentemente insignificante se disparan aquellos recuerdos, emociones y sensaciones físicas y reaccionamos involuntariamente como si estuviéramos ante una amenaza vital.

Según la teoría del Procesamiento Adaptativo de la Información formulada por Shapiro, las personas contamos con un sistema de procesamiento innato. Este va asimilando las experiencias que vivimos y las deposita en redes de memoria interconectadas. Esa información se almacena en forma de sensaciones (imágenes, sonidos, olores, tacto, gusto), pensamientos (en el momento del suceso), emociones y creencias, que luego nos servirán como base para futuras percepciones, actitudes y conductas a lo largo de nuestra vida.

Los problemas aparecen cuando la nueva información se procesa inadecuadamente y queda almacenada de modo disfuncional en una red de memoria que no está conectada con el resto. Cuando ocurre esto, los recuerdos del suceso pueden activarse posteriormente de manera automática en forma de pensamientos desagradables, pesadillas recurrentes, miedo sin causa aparente… Incluso pueden llegar a condicionar nuestra conducta. Es como si el sistema de alarma de nuestra casa estuviese estropeado y saltase continuamente y sin motivo.

Los hechos vividos durante el día se van acoplando en redes de memoria interconectadas

La amígdala y las emociones

Además de saber cómo actúan las redes de memoria, para comprender cómo funciona la terapia EMDR debemos conocer tres zonas del cerebro: la amígdala, el hipocampo y el córtex prefrontal. Concretamente tres relacionadas con las emociones, la memoria y el aprendizaje y el procesamiento de la información. La amígdala es un sistema de alerta temprana que genera la emoción antes de que la corteza cerebral reciba el mensaje de que algo sucede. El hipocampo contextualiza la situación y ayuda a transferir la información inicial a la zona prefrontal de la corteza cerebral, donde se procesa. Normalmente, cuando vivimos un hecho con un componente emocional la información llega a la amígdala, de aquí al hipocampo y a continuación viaja al córtex prefrontal donde es procesado.

Si la experiencia es muy traumática se produce una excesiva estimulación de la amígdala y la información queda atrapada sin que pueda pasar a una red neuronal. En esta situación, el hipocampo no puede consolidar adecuadamente los recuerdos ni el contexto. Ni tampoco transferirlos a la corteza para que sean elaborados.

Vamos a verlo con un ejemplo: Imagina que estás sentado en el salón de tu casa viendo tu serie favorita y empieza a oler a humo. Tu amígdala es la primera en dar el aviso de “peligro” en el cerebro y, automáticamente, te activas, te alteras y tu primer impulso es huir. Pero esa información enseguida pasa por el hipocampo y llega hasta la corteza prefrontal. Entonces recuerdas que tus vecinos te comentaron que iban a hacer una barbacoa en su jardín. Te tranquilizas y sigues con tu serie. Esto es lo que ocurriría en circunstancias normales.

Ahora bien, ¿qué podría ocurrir si hubieses sido víctima de un incendio y ese recuerdo hubiera quedado atascado en la amígdala sin ser elaborado? Probablemente, ante el olor a humo habrían emergido las emociones del pasado. No como un recuerdo, sino como si estuvieses reviviendo el hecho, con el consiguiente sufrimiento que esta situación generaría.

La terapia EMDR ayuda a procesar recuerdos traumáticos

Cómo funciona la terapia EMDR

Este abordaje allana el camino para que el recuerdo traumático ‘atascado’ (en nuestro ejemplo, el incendio) y almacenado disfuncionalmente en la amígdala, se desplace a la corteza y pueda conectarse a una red neuronal. Una vez esa memoria se conecta a redes más grandes con información adaptativa, la información se reelabora y la experiencia traumática se integra. El recuerdo no desaparecerá, pero la persona podrá acceder a él sin que le perturbe ni le genere sensaciones negativas. Además, al facilitarse la modificación de emociones y creencias negativas, también cambiarán las actitudes y los comportamientos. La terapia EMDR activa el sistema innato de procesamiento de la información del cerebro, es decir, la capacidad de autocuración que tiene nuestra mente.

¿Y por qué la estimulación bilateral? Todo lo que la mente recoge en estado de vigilia, el cerebro lo procesa mientras dormimos. Durante la fase REM, que es cuando estamos soñando, se archiva en la memoria lo más relevante de la jornada. Entonces, se asimila aquello que no hemos podido elaborar del todo durante el día. Lo que hace la terapia EMDR es reproducir los movimientos oculares rápidos de la fase REM y provocar el reset que el cerebro hace de manera natural por la noche.

Si quieres saber más sobre la terapia EMDR, te invito a leer EMDR (II): Preguntas frecuentes sobre la Terapia de Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares.

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