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octubre 2022

Los ritmos circadianos influyen en nuestra salud mental.

Qué son los ritmos circadianos y cómo influyen en nuestra salud mental

Qué son los ritmos circadianos y cómo influyen en nuestra salud mental 2121 1414 BELÉN PICADO

La vida en la Tierra está invariablemente unida al ritmo diario que marca la salida y la puesta del sol. Como todos los animales, los seres humanos seguimos patrones cíclicos de actividad, o ritmos circadianos, que se repiten cada 24 horas y dictan cuándo nos despertamos y cuándos nos dormimos, cuándo trabajamos o descansamos, incluso cuándo queremos comer y cuándo tener sexo. Aunque lo habitual es que el organismo vaya ajustándose a las variaciones que se producen a lo largo de la jornada, a veces esos ritmos se desajustan (por ejemplo, con el cambio de hora), afectando a nuestra salud física y mental. Conocer cómo funcionan y aprender a ajustarlos nos ayudará a salvaguardar nuestro bienestar.

Llamamos ritmos circadianos a los cambios físicos, mentales y de comportamiento que se producen en nuestro organismo durante las 24 horas que dura un día (el término circadiano viene del latín ‘circa’, que significa ‘alrededor de’, y ‘dies’, que significa ‘día’). Estas fluctuaciones responden, sobre todo, a variables como la luz y la oscuridad y están sincronizadas con una especie de reloj interno que todos llevamos de serie.

Los ritmos circadianos son los responsables, entre otras cosas, de que estemos más activos por el día y también de que nuestro organismo segregue más melatonina por la noche, una hormona que regula los ciclos de sueño-vigilia y que nos ayuda a dormir. Además, no son iguales en todas las personas, sino que siguen un patrón individual que influye, por ejemplo, en que unos seamos más productivos a primera hora de la mañana y otros funcionemos mejor por la tarde. O en que unos nos adaptemos al cambio horario mejor que otros.

Un reloj interno que funciona sin pilas

En nuestro cerebro hay una región llamada hipotálamo y dentro de ella se encuentra el núcleo supraquiasmático (SCN). Esta estructura es el reloj maestro que coordina y sincroniza todos los demás relojes corporales que tenemos en tejidos y órganos. Juntos regulan nuestros ritmos circadianos y, con estos, aspectos tan esenciales para la supervivencia como la sexualidad, la nutrición o el sueño.

El proceso, bastante simplificado, sería el siguiente:

Nuestra retina capta el grado de luz ambiental y envía esta información al SCN, que la interpreta y traduce. Si, por ejemplo, es de noche, nuestro reloj maestro genera la orden de aumentar la producción de melatonina y la envía a la glándula pineal, que es quien se ocupa de ello.

La melatonina, conocida también como la hormona del sueño, es un estupendo antioxidante que, además, nos ayuda a dormir. La glándula pineal estimula su producción durante la noche y deja de segregarla cuando hay luz.

Cuando nuestro reloj interno capta que es de día deja de producirse melatonina y, a la vez, se ponen en marcha otros cambios: la temperatura del cuerpo aumenta, el sistema digestivo se pone en funcionamiento de nuevo y el metabolismo celular se acelera con objeto de proporcionarnos la energía necesaria para una nueva jornada. De este modo, cuando abres los ojos y te estiras, las células y los órganos de tu cuerpo ya están trabajando y listos para empezar el día.

En nuestro cerebro está alojado un reloj biológico interno que se ocupa de sincronizar los ritmos circadianos.

¿Eres madrugador o trasnochador?

Como hemos dicho al principio, los ritmos circadianos no siguen el mismo patrón en todos. El reloj biológico de cada uno puede variar dependiendo de variables como el grado en que seamos más diurnos o nocturnos. Esta predisposición a alcanzar un mayor o menor nivel de energía dependiendo de la hora del día es lo que define nuestro cronotipo y conocerlo nos facilita el saber cómo afrontar y organizar mejor nuestras tareas.

  • Cronotipo matutino. Las personas con este cronotipo se despiertan antes, suelen irse temprano a dormir y son más productivas durante la mañana. También les cuesta más recuperarse de ciertas situaciones que implican un cambio horario. Por ejemplo, un matutino extremo que viaja a un país en el que hay cinco o seis horas de diferencia va a necesitar varios días para recuperarse del jet lag. En cuanto al género, las mujeres suelen ser más matutinas que los hombres y, en cuanto a la edad, las personas mayores lo son más que los jóvenes (el sueño disminuye a medida que vamos cumpliendo años).
  • Cronotipo vespertino. Quienes están dentro de este grupo no se van a dormir hasta bien entrada la noche, les cuesta mucho más despertarse por la mañana y rinden más a lo largo de la tarde. Por otro lado, y a diferencia de los más diurnos, suelen ser más flexibles con los desajustes horarios en los viajes. Asimismo, hay estudios que han encontrado que las personas vespertinas son más sociables e impulsivas en comparación con las matutinas, que son más reservadas, estructuradas, estables y responsables.
  • Cronotipo intermedio. Aquí se incluyen los que no son ni de madrugar mucho (aunque no les cuesta demasiado levantarse) ni tampoco de trasnochar en exceso. Este grupo constituye alrededor del 50 por ciento de la población general (el otro 50 por ciento se reparte entre matutinos y vespertinos a partes iguales, es decir 25-25).

Nuestro cronotipo, además, puede influir a la hora de desarrollar ciertos trastornos. Es el caso de las adicciones. Las investigadoras Ana Adán y Gemma Prat analizaron en un estudio cómo influye el ser vespertinos o matutinos con el consumo de diversos tipos de sustancias (habitual o esporádico). Según las conclusiones a las que llegaron, hay una mayor prevalencia de consumo de sustancias adictivas, tanto legales (nicotina y bebidas de cola) como ilegales (cannabis, éxtasis y alcohol), en los sujetos de tipo vespertino en comparación con los de tipo matutino.

Según otra investigación, llevada a cabo por científicos de varias universidades estadounidenses con datos de más de 800.000 personas, las personas matutinas tienen un riesgo un 23 por ciento más bajo de padecer depresión.

Las personas matutinas tienen menos riesgo de sufrir depresión

Factores que alteran nuestros ritmos circadianos

Algunas veces nuestros relojes internos y, con ellos nuestros ritmos circadianos, se desajustan. En muchos casos no tardan demasiado en reajustarse, por ejemplo, cuando viajamos y nos trasladamos a una zona horaria diferente o cuando se produce el cambio al horario de verano o de invierno. Ahora bien, si esta desincronización se mantiene en el tiempo pueden aparecer diversos problemas, físicos y mentales. Entre estos últimos, insomnio, trastornos alimentarios (obesidad), depresión, trastorno bipolar, trastorno afectivo estacional, etc.

El desajuste de los ritmos circadianos puede venir desde dentro (por una mutación genética, por ejemplo) y también desde fuera. Algunos de los principales factores externos que los alteran son:

  • Trabajo por turnos. Trabajar en turnos rotativos o en turnos nocturnos implica estar realizando alguna actividad cuando nuestros ritmos circadianos nos indican que es tiempo de descansar y, en consecuencia, el dormir se deja para el periodo en el que de forma natural deberíamos tener una mayor activación. Esto repercute negativamente en la salud, en forma de somnolencia excesiva en las horas en que tendríamos que estar despiertos, cansancio, estrés crónico, insomnio, irritabilidad, problemas de concentración, etc.
  • Cambiar de zona horaria. Un ejemplo claro de alteración circadiana es el jet lag que se produce cuando cambiamos rápidamente de zona horaria. El ritmo circadiano se desequilibra y hace que nos resulte más difícil adaptarnos al nuevo ciclo de luz/oscuridad. Esto provoca una alteración temporal de funciones como el sueño y la alimentación.
  • Cambio de hora. Generalmente, bastan unos días para que nos adaptemos al horario de invierno o el de verano, según el caso. Sin embargo, a unos nos cuesta más que a otros. Es el caso de las personas mayores, los bebés, individuos que son más sensibles a los ciclos de luz/oscuridad o personas con ciertos trastornos mentales (trastorno bipolar, por ejemplo). Entre los posibles efectos que puede traer el cambio de hora están la falta de concentración, alteraciones del apetito, bajo estado de ánimo, irritabilidad…
  • Uso de dispositivos electrónicos. Las pantallas de algunos dispositivos emiten un rango de luz azul que va a transmitir a nuestro reloj biológico central el mensaje de que es de día. Esto significa que cuando, por ejemplo, nos entretenemos con el móvil estando ya en la cama lo que estamos haciendo es interrumpir nuestros ritmos circadianos. Como nuestro cerebro piensa que es de día, inhibe la producción de melatonina, con los consiguientes problemas de sueño que eso implica. También afecta a la salud el hecho de pasar muchas horas en entornos con luz artificial, como ocurre en algunos espacios laborales.

La luz azul que desprenden los dispositivos electrónicos altera los ritmos circadianos.

Cómo ‘poner en hora’ nuestro reloj biológico interno

Como hemos visto, es normal que los ritmos circadianos vayan cambiando en función de múltiples factores. Lo importante es poder ir ajustándolos, de forma que los mantengamos lo más sincronizados posible. Aquí van algunas ideas:

  • Lleva una rutina fija de sueño. Despiértate y acuéstate todos los días a la misma hora y ajustándote lo máximo posible al ciclo solar.
  • Por la noche, prescinde de la luz artificial que proporcionan las pantallas de teléfonos, televisores u ordenadores; especialmente antes de dormir o en la cama. Así evitarás que se interrumpa la secreción de melatonina y, con ella, tu ciclo de sueño.
  • Por el día aumenta todo lo que puedas la exposición a la luz natural.
  • No dejes para mañana lo que puedas dormir hoy. Está muy extendida la falsa creencia de que si hoy no duermo no pasa nada porque mañana recuperaré las horas de sueño. Pero la realidad es que el sueño perdido no se recupera. El organismo necesita descansar todos los días para que nuestro reloj interno no se desajuste.
  • Si trabajas a turnos y te va a tocar pasar noches despierto, ‘entrénate’ antes para facilitar el trabajo a tu reloj biológico. Por ejemplo, en los días previos puedes comenzar por acostarte dos horas más tarde y levantarte una hora antes e ir en progresión a medida que pasan los días.
  • Si necesitas ocuparte de tareas que requieren concentración, la mañana hasta la hora de comer es el periodo del día en que se da el máximo rendimiento cognitivo. Ahora bien, esto puede variar dependiendo del cronotipo. Las personas más vespertinas se concentrarán más y rendirán mejor por la tarde.
  • Procura comer en la parte del día en que tu organismo esté en modo actividad, ya que le costará mucho más digerir los alimentos cuando, siguiendo las indicaciones del reloj biológico, entre en el modo descanso. Es decir, cuando se vaya la luz del día. Una buena norma a seguir es desayunar temprano, comer antes de las 14.00 y no retrasar la hora la cena más allá de las 21.00 en verano y de las 20.00 en invierno
  • Ojo con el teletrabajo. Es habitual que si trabajamos en casa seamos más laxos con los horarios y empecemos a retrasar la hora de sentarnos a comer porque tenemos que terminar esta o aquella tarea. Haz todo lo posible por mantener un horario fijo.
  • El ejercicio, mejor por la mañana o a primera hora de la tarde. Y aún mucho mejor si se practica al aire libre porque al entrar en contacto con la luz solar ajustaremos mejor nuestro reloj interior. En cualquier caso, no conviene que este tipo de actividades se prolongue más allá de las 18.00.
  • Para que el cambio al horario de verano o de invierno no sea tan brusco, anticípate. Será suficiente con que la semana previa al cambio de hora vayas retrasando (si es octubre) o adelantando (si estamos en marzo) tus actividades diarias (cenas, deberes, ejercicio, etc.). También puedes retrasar la hora de acostarte unos quince minutos cada día y levantarte un poco más tarde (cuando pasamos al horario de invierno) o acostarte más temprano y poner el despertador quince minutos antes cada mañana (al cambiar al horario de verano). En invierno, además, como hay menos horas de luz solar, es necesario que las aproveches todo lo que puedas. Por ejemplo, dando un paseo en las horas centrales del día. En cualquiera de los dos casos, conviene evitar las siestas, las cenas copiosas y los fármacos para dormir.
Referencias bibliográficas

Adan, A., Lachica, J., Caci, H., & Natale, V. (2010). Circadian typology and temperament and character personality dimensions. Chronobiology International, 27, pp. 181-193.

Daghlas, I., Lane, J. M., Saxena, R., & Vetter, C. (2021). Genetically Proxied Diurnal Preference, Sleep Timing, and Risk of Major Depressive Disorder. JAMA psychiatry, 78(8), pp. 903–910.

Muro, A., Gomà-i-Freixanet, M., Adan, A., & Cladellas, R. (2011). Circadian typology, age, and the alternative five-factor personality model in an adult women sample. Chronobiology international, 28(8), pp. 690–696.

Prat, G., y Adan, A. (2011). Influence of Circadian Typology on Drug Consumption, Hazardous Alcohol Use, and Hangover Symptoms. Chronobiology International, 28(3) pp. 248-257.

Tankova, I., Adan, A., y Buela-Casal, G. (1994). Circadian typology and individual differences: A review. Personality and Individual Differences, 16(5), pp. 671-684.

Desrealización: Cuando tienes la sensación de estar viviendo en un sueño

Desrealización: Cuando tienes la sensación de estar viviendo en un sueño

Desrealización: Cuando tienes la sensación de estar viviendo en un sueño 2167 1384 BELÉN PICADO

¿Alguna vez has tenido la sensación de que lo que estás viviendo no pertenece a la realidad? «Me siento como si hubiera un muro de cristal delante de mí y solo pudiera ver el mundo a través de él», describía Lola hace unas semanas en una de nuestras sesiones. Y lo hacía entre avergonzada y asustada. Le tranquilizó saber que lo que le pasaba no era tan extraño como ella creía, ni se estaba volviendo loca. Percibir que lo que nos rodea forma parte de una ‘dimensión paralela’ es algo que cualquiera puede experimentar en determinadas circunstancias. Se llama desrealización y experimentarlo no significa, ni mucho menos, que uno esté volviéndose loco.

A veces, como en el caso de Lola, es un muro de cristal lo que se interpone entre la realidad y uno mismo. Otras personas lo definen como un banco de niebla. Hay quienes explican que se sienten como si vivieran dentro de un sueño o de una película. Y siempre con la sensación de que nada de lo que les rodea es real. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) la persona que experimenta un episodio de desrealización tiene la «experiencia de sentirse separado del propio entorno y como si se tratase de un observador externo (p. ej., las personas u objetos son experimentados como irreales, oníricos, difusos, sin vida o visualmente distorsionados)».

En muchos casos se trata de una experiencia pasajera cuando se atraviesa una época de mucho estrés. En otras ocasiones, forma parte de la sintomatología de ciertos trastornos psicológicos y los episodios pueden alargarse meses o incluso años en caso de no ser tratados. Además, a menudo quien sufre estos episodios no sabe muy bien qué le está pasando. Y, como es algo que le perturba y le asusta, lo suprime. Intenta apartarlo de su mente y no se lo menciona a nadie por miedo o vergüenza. «Tengo miedo de decirlo y que la gente se aleje de mí. No quiero que me vean como un bicho raro», me decía Lola.

Por todo esto es tan importante conocer esta alteración de la percepción. Pese a lo desagradable que pueda ser, cuanto más sepamos sobre ella, menos miedo nos dará. Y mejor podremos explicar a nuestro entorno qué nos está ocurriendo.

Aunque a veces temamos que detrás de la desrealización hay un problema serio, en la mayoría de las ocasiones es resultado de la ansiedad. Y preocuparse en exceso solo aumentará todavía más el malestar.

A menudo, la desrealización es resultado de mantener un alto nivel de ansiedad.

Aclarando conceptos. Desrealización, despersonalización y brotes psicóticos no son lo mismo

Hay una alteración que está muy relacionada con la desrealización: la despersonalización. Incluso en ocasiones ambos términos se utilizan cómo sinónimos. Sin embargo, aunque muchas veces se dan de forma conjunta, no son lo mismo. La desrealización se refiere a la percepción alterada del mundo externo y a la sensación de estar desconectado del entorno. La despersonalización, por su parte, tiene que ver con la percepción alterada de uno mismo y con la experiencia, según el DSM-5, de verse como «un observador externo respecto a los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones, el cuerpo o las propias acciones».

(En este mismo blog puedes leer el artículo «Despersonalización: ¿Por qué me siento desconectado de mi cuerpo?»)

Tampoco hay que confundir tener un episodio de desrealización con sufrir un brote psicótico. En este último pueden darse delirios o alucinaciones, que no tienen nada que ver con la desrealización. Cuando tengo un delirio, estoy convencida de que algo es como yo lo veo o lo creo, aunque la evidencia me esté demostrando lo contrario. Por ejemplo, estoy segura de que mis vecinos me espían e interpreto la ropa tendida en las ventanas como un código secreto para comunicarse entre ellos. La alucinación, por su parte, es percibir algo que realmente no existe (por ejemplo, oír voces cuando nadie ha hablado). Sin embargo, en la desrealización soy consciente de lo que me pasa y sé que lo que estoy percibiendo no es real.

Respuesta emocional ‘descafeinada’ y desconexión del entorno

Estos son los síntomas más habituales que acompañan a la desrealización:

  • La realidad no se percibe en conjunto, sino como elementos aislados.
  • Percepción alterada del sentido del tiempo. A veces nos parece que va muy rápido y otras que va lentísimo. La distorsión del tiempo incluye también que sintamos como recientes hechos que pasaron hace mucho.
  • Distorsiones visuales. Vemos las cosas mucho más grandes, mucho más pequeñas, borrosas, sin colores o con texturas y formas que nada tienen que ver con la realidad («Salgo a la calle y es como si las paredes de los edificios fuesen de goma»). También puede verse la realidad plana y sin volúmenes, como si fuese bidimensional. Es posible que haya dificultades para calcular las distancias o el tamaño de los objetos o para describir su forma.
  • Alteración en la percepción de los sonidos. Suenan mucho más fuertes de lo normal o, por el contrario, parecen lejanos y apenas perceptibles.
  • Sensación de estar desconectados de lo que nos rodea, no solo del entorno físico sino también a nivel relacional.  Parece que nada de lo que pasa a nuestro alrededor va realmente con nosotros. Vemos a amigos, compañeros de trabajo o, incluso, a la familia como si estuvieran en un plano de la realidad distinto al nuestro.
  • Respuesta emocional ‘descafeinada’. La desconexión del entorno también se traduce en una respuesta emocional bastante reducida hacia personas a quienes queremos y que son importantes para nosotros. A veces, incluso es posible que los demás nos parezcan una especie de robots o máquinas.
  • Lugares familiares y conocidos los percibimos como si fuesen extraños, pero no somos capaces de explicar cómo o por qué. Por ejemplo, nuestra propia casa puede resultarnos desconocida, extraña o irreal y sentirnos en ella como si estuviéramos visitando la de cualquier otra persona. Esto también puede pasar con las personas, es decir, que alguien a quien conocemos bien de pronto nos parezca un desconocido.
  • Confusión. El hecho de sentirnos como en un sueño, rodeados de una especie de niebla, etc. aumenta la sensación de irrealidad. Y con ella la confusión y la angustia.
  • Miedo a perder el control, a volvernos locos o, incluso, a tener una lesión cerebral irreversible.
  • Aparición de preocupaciones obsesivas y pensamientos rumiativos y catastrofistas, generalmente acerca de la percepción alterada de la realidad.
  • También puede haber síntomas corporales, como sentir la cabeza pesada, hormigueos, estado de aturdimiento generalizado o sensación de que nos vamos a desmayar.

La desrealización es una alteración de la percepción.

Un mecanismo de protección de nuestro cerebro

Nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia. Partiendo de esta base, tiene sentido que cuando estemos sometidos a un alto nivel de estrés, estemos viviendo una situación que nos desborde o nuestro sistema nervioso se vea sobrepasado, la mente haga lo posible por rebajar el efecto de lo que nos está llegando. Y uno de sus mecanismos es reducir el volumen emocional y establecer una distancia de seguridad respecto a lo que nos supera.

Desde esta perspectiva, podemos ver la desrealización como uno de los mecanismos de defensa del cerebro para distanciarnos y protegernos de situaciones traumáticas o altamente estresantes, que son emocionalmente dolorosas y nos resulta difícil gestionar. Por ejemplo, ante la pérdida de un ser querido es posible que aparezca, con mayor o menor intensidad, cierta desrealización; podemos tener la sensación de que estamos en una película o incluso sentirnos emocionalmente desconectados de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Según explica Anabel Gonzalez en su libro Trastornos disociativos, «en la respuesta al trauma agudo, los componentes emocionales de la experiencia no se perciben, probablemente como defensa frente a un grado de activación emocional intolerable para el individuo». Y pone como ejemplo el caso de una víctima del 11-M: «Ve el inmenso desastre a su alrededor, lleva una cámara en la mano… de modo automático empieza a fotografiarlo todo y ve las escenas como fotografías. Se desconecta así del horror y solo visualiza imágenes que experimenta como ajenas».

¿Cuándo puede aparecer la desrealización?

Aunque resulte desagradable o inquietante, no siempre es razón para alarmarse. Algunas de las situaciones en las que es más fácil que se produzca esta alteración son:

  • Consumo de ciertas sustancias psicoactivas, como alcohol, cannabis, marihuana, ketamina o alucinógenos. También puede formar parte del síndrome de abstinencia de estas sustancias.
  • Trastornos como depresión, trastorno de pánico, esquizofrenia, trastorno límite de la personalidad (TLP) o trastorno de estrés postraumático.
  • Estar expuesto a un estrés intenso. Por ejemplo, la muerte de un ser querido.
  • Privación de sueño. Cuando hay una privación prolongada del sueño puede aparecer la percepción de que lo que estamos viviendo no es real o es como un sueño.
  • Estados de fatiga mantenidos en el tiempo.
  • Ciertas patologías neurológicas como epilepsia, migrañas o traumatismos craneales.
  • Mantener un elevado nivel de ansiedad de forma continuada. El desgaste que se produce cuando experimentamos ansiedad durante un tiempo relativamente largo contribuye a que se produzca un desequilibrio en nuestro sistema nervioso. Y nuestro cerebro, para intentar restaurar ese equilibrio, recurre a la desrealización, ayudándonos a distanciarnos de un entorno que interpreta como hostil. Pero no siempre tiene que haber una exposición continuada. La desrealización también puede aparecer ante una subida repentina y muy extrema del nivel de ansiedad, como ocurre en un ataque de pánico.
  • Vivencias traumáticas. Se estima que la desrealización aparece (con más o menos intensidad) en la mayoría de los casos de experiencias traumáticas. Cuando, por ejemplo, el trauma ha tenido lugar durante la infancia, disociarse (la desrealización es uno de los síntomas de la disociación) permite al niño o a la niña separarse de una realidad que resulta intolerable.

El trastorno de despersonalización-desrealización

Aunque la mayoría de las veces la desrealización aparece de manera puntual, también puede constituir un trastorno en sí mismo. Algunas de las características del trastorno de despersonalización-desrealización, que se incluye dentro de los trastornos disociativos, son:

  • Los síntomas no aparecen de forma pasajera y puntual (como ocurre en un ataque de pánico), sino que se dan con mayor frecuencia. Además, suelen ser más duraderos y persistentes. Tanto la duración como la intensidad son variables. Los episodios pueden durar desde horas o días a prolongarse en el tiempo y la intensidad, aumentar, disminuir o mantenerse en un nivel constante.
  • Es más frecuente en personas que han vivido experiencias traumáticas. En estos casos, la desrealización aparece como una reacción al trauma, con el propósito de tener bajo control recuerdos difíciles y traumáticos.
  • Es posible que aparezcan otros síntomas disociativos como amnesia, despersonalización y una fragmentación de la personalidad y la identidad.
  • En ocasiones, el inicio del trastorno está en la primera infancia, pero no suele haber recuerdo de haber tenido síntomas.
  • Si la primera vez la desrealización aparece de forma repentina, es fácil recordar lo que ocurrió y relacionarlo con algún hecho que funcionó como detonante (una crisis de pánico, un hecho traumático). Sin embargo, si el comienzo del trastorno es paulatino la persona no suele recordar los primeros síntomas.

La desrealización hace que la persona se sienta desconectada de su entorno.

Cuándo pedir ayuda profesional

En la mayoría de los casos los episodios de desrealización son breves y pasajeros. Como hemos dicho, se presentan como respuesta temporal a circunstancias estresantes (hablar en público), un estado de ansiedad extremo o a una vivencia traumática. Sin embargo, hay ocasiones en las que el cerebro tiene dificultades para ‘eliminar’ el cristal que ha interpuesto previamente entre la realidad y nosotros. Cuando síntomas disociativos como la desrealización o la despersonalización aparecen de forma regular y recurrente, se prolongan en el tiempo, interfieren en tu rendimiento académico, laboral y en tus relaciones personales o te perturban en exceso, ha llegado el momento de pedir ayuda profesional. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y estaré encantada de ayudarte)

En cualquier caso, hay algunas pautas que pueden ayudarte:

  • Aprende a relajarte. Hay muchas técnicas de relajación. Puedes probar varias y quedarte con la que mejor te vaya. Los ejercicios de respiración también te ayudarán.
  • Pesta atención a tu regulación emocional. Teniendo en cuenta que la desrealización es un mecanismo de defensa que aparece sobre todo cuando el estrés nos sobrepasa, lo mejor es aprender a gestionar y regular nuestros estados emocionales en este tipo de situaciones. Así no habrá razón alguna para que aparezca porque no habrá nada de lo que defenderse.
  • Sustituye el miedo por curiosidad. Lo habitual cuando se experimenta un episodio es tratar de controlar la propia percepción de lo que está ocurriendo e intentar desactivar ese estado de desrealización. Pero todo esto es contraproducente y aumenta más la angustia. Trata de aceptar lo que está pasando y, simplemente, obsérvalo desde la curiosidad sin intentar controlarlo. Aunque resulte paradójico, la recuperación de la normalidad pasa necesariamente por la renuncia a controlarla.
  • No te lo guardes para ti. Habla con tus seres queridos. Explicarles qué te está pasando y por qué te ocurre te ayudará a no sentirte «un bicho raro», como le ocurría a Lola.

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