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julio 2020

Es posible prepararse psicológicamente ante un segundo confinamiento por coronavirus.

6 pautas para prepararse en caso de un segundo confinamiento

6 pautas para prepararse en caso de un segundo confinamiento 1280 853 BELÉN PICADO

Los rebrotes en diferentes puntos de España han hecho saltar las alarmas y han agravado el temor de muchos a un segundo confinamiento por coronavirus. En realidad, desde que comenzó la desescalada la mayoría contemplamos esa posibilidad, la diferencia está en cómo cada uno se enfrenta a esa amenaza. Hay personas a quienes el sentirse vulnerables les genera pánico y otras a las que el miedo les ayuda a ser prudentes, sin bloquearse.

La incertidumbre es uno de los elementos que más afectan a nuestra salud mental. No saber si habrá otra cuarentena supone para muchos estar bajo una especie de ‘espada de Damocles’ con la que es muy difícil convivir. Pero es necesario asumir cierto grado de riesgo como parte de la vida y aceptar que no podemos controlarlo todo.

Debido al primer confinamiento, han aumentado los casos de ansiedad y depresión y el sentir que no se tiene el control sobre la propia vida puede hacer que se incrementen más. El modo en que se vivió el primer encierro sería uno de los factores que más influirían a la hora de enfrentarse a uno nuevo. Es muy posible que quienes contaron con estrategias adaptativas y recursos de afrontamiento en el primero también lleven mejor el segundo. Por el contrario, en caso de carecer de herramientas suficientes, sufrir alguna psicopatología o haber perdido a alguien, una segunda ola de coronavirus podría generar más miedo y desesperanza y agravar los síntomas previos.

Sin embargo, también es cierto que los seres humanos tenemos una enorme capacidad de adaptación de la que muchas veces no somos totalmente conscientes. Y está en nuestras manos decidir cómo gestionar nuestra actitud hacia la realidad que nos toca vivir. Así que, asumiendo que un segundo confinamiento es una posibilidad nada desdeñable, veamos qué puede hacer cada uno de nosotros.

Nuestra capacidad de resiliencia nos ayudará a prepararnos para un segundo confinamiento por coronavirus.

1. Recuerda lo que te enseñó el primer confinamiento

Generalmente, nuestra mente se queda más con lo negativo y, para qué vamos a engañarnos, la pandemia nos ha dejado tocados mental y emocionalmente. Pero podemos extraer enseñanzas valiosas de lo vivido. Ver la pandemia también como una fuente de aprendizaje y una oportunidad de poner a prueba nuestras fortalezas personales reducirá el miedo a un posible repunte.

Rescatar recursos y habilidades que nos fueron útiles en momentos difíciles e incorporarlos a nuestra ‘caja de herramientas’ nos ayudará a enfrentar con un ánimo más positivo futuros desafíos. Recientemente hice este ejercicio con una paciente y, aunque al principio le costó encontrar algo positivo, evocó cómo le benefició tener la posibilidad de parar un poco y retomar el contacto consigo misma y también lo bien que sentó a sus hijos tenerla solo para ellos. Otro paciente, que tiene a la mayor parte de su familia fuera de España, me comentó que hasta la llegada del coronavirus solo recurría al teléfono porque no acababa de acostumbrarse a las videollamadas y que, desde marzo, se comunica a través de Skype con sus seres queridos al menos una vez por semana.

Podemos mantener todas estas nuevas rutinas que establecimos durante el primer confinamiento y echar mano de ellas si es necesario volver a quedarnos en casa. Aprendamos de la experiencia por si hay que incorporarla a situaciones futuras (por ejemplo, ya sabemos que hay papel higiénico para todos así que no hace falta dejar los supermercados sin existencias).

2. Practica el autocuidado

Cuidarnos física, mental y emocionalmente es indispensable. Llevar una buena alimentación, mantener una adecuada higiene del sueño, hacer deporte, apoyarse en los seres queridos y mantener con ellos una comunicación fluida, buscar aficiones que nos hagan sentir bien…

Especialmente en esta época en la que muchos estamos de vacaciones, aprovecha para disfrutar de tu tiempo de ocio. Si tienes posibilidad de salir de tu ciudad, recarga pilas en la montaña, el mar o cualquier rincón donde puedas estar en contacto con la naturaleza. Si toca quedarse en casa, no renuncies a disfrutar. Conviértete en turista en tu propia ciudad y déjate sorprender, explora lugares que no conoces en los alrededores, organiza una tarde de cine y tertulia en casa…

Las emociones también hay que cuidarlas. Y mucho. Tenemos derecho tanto a quejarnos como a tener miedo. No debemos negar estas emociones sino aprender de ellas porque pueden ser una valiosa fuente de información que nos permitirá saber más sobre nuestro estado de ánimo y, por consiguiente, sobre nuestra salud mental.

Ahora que puedes, trata de mantenerte en contacto con la naturaleza.

3. Disfruta el presente

En lo que llega el futuro, podemos ir disfrutando del presente. La posibilidad de que las autoridades decreten un nuevo confinamiento en los próximos meses existe, pero aún no ha llegado. A menudo, cuando nos anticipamos a las circunstancias nos vienen imágenes catastróficas de un hipotético futuro y en la mayoría de las ocasiones esos desastres no llegan a ocurrir.

Si quieres comprobar esto, te propongo un ejercicio. Apunta por la mañana tus preocupaciones y los resultados temidos de cada una, puntuando de 1 a 5 lo negativos que serían en caso de que ocurriera lo que temes. Por la noche, anota los resultados reales, si han sido mejores o peores de lo esperado y en qué grado has sabido afrontar los efectos negativos si se han producido. Comprobarás que solo ocurren una mínima parte de los hechos temidos, que normalmente no son tan malos y que la mayoría se afrontan mejor de lo esperado.

Vive el ‘aquí y ahora’. Cuanto más enfoques la atención en lo que estás haciendo (comer, darte una ducha, regar una planta…), menos energía pondrás en pensar en otros temas. No podemos estar, de forma consciente y plena, en dos actividades a la vez.

4. Entrena tu tolerancia a la incertidumbre

El locus de control es un concepto muy utilizado en psicología para conocer el grado de control que las personas creen tener sobre lo que ocurre en sus vidas. Además, está muy relacionado con el nivel de tolerancia a la incertidumbre.

Tenemos locus de control interno cuando percibimos que lo que nos pasa es, en gran parte, consecuencia de nuestras propias acciones. Por consiguiente, valoramos positivamente el esfuerzo y la responsabilidad personal y esto, a su vez, hace que nos manejemos mejor con la incertidumbre.

¿Y cuando una persona tiene locus de control externo? Cuando percibe que todo lo que ocurre es resultado del azar, el destino, la suerte o el poder y decisiones de otros. Para los sujetos con este rasgo de personalidad, los eventos no tienen relación con el propio desempeño, por lo que no pueden ser controlados a través de su propio esfuerzo.

Reforzar la sensación de que hay cosas que sí controlamos y sí dependen de nosotros nos ayudará a ser responsables y prudentes, a tener un mejor autoconcepto y a mejorar nuestra tolerancia a la incertidumbre. Además, funcionará como un factor de regulación del estrés. Así, ante el temor de una segunda ola, una persona con locus de control interno tomará las medidas que estén en su mano para estar preparado y en las mejores condiciones. Sin embargo, alguien con locus de control externo simplemente no haría nada porque pensaría «Total, haga lo que haga dará igual porque la situación no depende de mí».

Puedes reforzar tu locus de control interno, por ejemplo, teniendo presentes tus fortalezas personales y repasando qué habilidades de afrontamiento te ayudaron durante la primera crisis del coronavirus.

El locus de control interno está relacionado con una mayor tolerancia a la incertidumbre.

5. Aprende técnicas de relajación

Cuando enseño alguna técnica de relajación en consulta siempre aconsejo que se practique a diario y, al principio, en momentos en los que la persona está tranquila. Aunque suene contradictorio no lo es. Si empiezo a practicar, por ejemplo, la respiración diafragmática cuando estoy empezando a sufrir una crisis de ansiedad lo más probable es que en vez de relajarme me ponga más nerviosa todavía. Sin embargo, si la practico todos los días cinco o diez minutos cuando estoy tranquilamente en casa acabaré automatizándola y cuando la necesite me saldrá sola.

Prueba diferentes técnicas, quédate con las que mejor se adapten a ti y practica hasta convertirlas en un hábito. En el caso de la respiración diafragmática, es ideal para reducir el estrés porque reduce la hiperventilación. También puede ser un buen momento para iniciarse en la práctica del mindfulness, ya que nuestro cerebro es experto en anticipar y esta técnica nos ayuda a estar en el presente. La imaginación guiada, que consiste en visualizar imágenes que nos hacen sentir bien, y la relajación muscular progresiva de Jacobson son otras opciones. Si te toca repetir cuarentena tendrás una herramienta más para sobrellevarla (y si no, será igualmente útil).

6. Busca ayuda profesional

Si, pese a poner en práctica estas u otras estrategias, observas que pasas la mayor parte del día con angustia, la ansiedad obstaculiza tus actividades diarias, no consigues concentrarte en nada o no disfrutas ni siquiera con actividades que antes te resultaban agradables, no dudes en buscar ayuda profesional. En caso de que haya que volver a confinarse, mejor que lo hagas en las mejores condiciones emocionales y mentales. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y estaré encantada de ayudarte)

Si se os ocurren otras ideas para estar mejor preparados en caso de un segundo confinamiento por coronavirus estaré encantada de leeros.

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El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites»

El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites» 1920 1280 BELÉN PICADO

Seguro que todos conocemos a alguien sumamente servicial, que asume como suyos los problemas de la gente que le rodea o que siempre está dispuesto a dejar sus intereses en segundo lugar para ocuparse de que otra persona cumpla sus objetivos. Se trata de rescatadores natos que parecen tener un radar para detectar necesidades y problemas ajenos y que tienen una necesidad casi impulsiva de ayudar. Este comportamiento se conoce como síndrome del salvador o también como síndrome del caballero blanco.

Esta actitud de ayuda unilateral suele darse más en las relaciones de pareja, pero también puede verse en otro tipo de relaciones, sobre todo entre padres e hijos. Es el caso de la madre que hace la comida a diario para su hijo porque, si no, va a comer fatal (el muchacho en cuestión tiene 40 años y hace más de diez que ya no vive en casa). Otro ejemplo es el de los hijos que no dejan que sus padres hagan nada solos “porque ya están mayores” (aunque el padre o la madre puedan manejarse por sí mismos perfectamente).

A la mayoría de nosotros nos enseñaron de niños que hay que ayudar a los demás y eso está muy bien, sobre todo a la hora de vivir en sociedad. Sin embargo, también es importante entender que ese altruismo debe basarse siempre en la reciprocidad.

El 'salvador' tiene la urgente necesidad de ocuparse de las necesidades de los demás.

¿Cómo se crea un salvador?

El rol de salvador puede aparecer en la infancia como un mecanismo para equilibrar el sistema familiar. Es habitual que la persona proceda de un hogar en el que no se atendieron sus necesidades afectivas. Por ejemplo, pudo pasar que el niño se viera obligado a asumir responsabilidades que no le correspondían, como cuidar de alguno de los padres o de sus hermanos. Ese niño sintió que si se preocupaba y era solícito con las necesidades de las figuras de apego su amor sería correspondido e, indirectamente, con el paso del tiempo seguirá buscando relaciones que repitan el patrón. Por un lado, tratará de satisfacer su hambre de amor proporcionando afecto a quienes siente que lo necesitan. Por otro, a la hora de relacionarse tenderá a elegir personas emocionalmente inaccesibles (como lo fueron sus figuras de referencia), con la esperanza de que, con su entrega, la otra persona acabe cambiando.

Cuando me ocupo de tus necesidades, desvío la atención de las mías

Muchas de las actitudes disfuncionales que desarrollamos nos aportan una serie de ventajas de las que no somos conscientes, pero que existen. Y el impulso de vivir rescatando a los demás es una de ellas. El síndrome del salvador permite:

  • Ponerse por encima del otro. El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad mal entendida. Aunque la persona esté convencida de que solo busca el bien del otro, lo que está haciendo inconscientemente es ponerse por encima. Así se inicia un juego en el que, el rescatador, a medida que ayuda, va engrandeciéndose a la vez que hace pequeños a quienes pretende ‘salvar’, al no dejar que estos salgan adelante por sí mismos. Al mismo tiempo, paradójicamente, su orgullo le impide reconocer sus propias necesidades y pedir ayuda cuando la necesita.
  • Sentirse valorados. Uno de los motivos por los que no es fácil que el salvador renuncie a su rol es porque se resiste a no ser imprescindible. Y tiene su lógica porque para él es el único modo que conoce de sentirse visto y de dar sentido a su vida. El problema es que, al basar su autoestima en la respuesta del otro, si este en algún momento decide prescindir de su ayuda, se sentirá frustrado, poco valorado y muchas veces perdido.
  • Evitar mirar las  propias heridas. El salvador pone toda su energía en solucionar los problemas del otro, para no tener que detenerse a observar su dolor y responsabilizarse de él. A menudo no se atreve a enfrentarse a sus carencias y conflictos internos y prefiere volcarse en los del otro.
  • Tener el control. Los salvadores son excesivamente controladores. Para sentirse seguros necesitan que todo esté controlado, tanto situaciones como personas. Y como no se fían de la capacidad de otros para resolver sus problemas, prefieren encargarse ellos mismos. «Mientras el otro necesite mi protección, lo podré controlar. Además, como he creado en él la necesidad de que le proteja y le cuide no correré el riesgo de que me abandone».

El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad malentendida.

Relaciones tóxicas

Hasta ahora hemos hablado de los salvadores, pero para que haya un salvador tiene que haber un salvado. Ambos tienen en común el no hacerse responsables de sus propias emociones, desembocando en relaciones tóxicas en las que hay una gran dependencia emocional y una acusada asimetría. Es decir, siempre se produce una desigualdad de roles.

El salvado suele tener una personalidad dependiente, con baja autoestima y poca seguridad en sí mismo. Una relación tóxica salvador-salvado es la que se establece, por ejemplo, entre el alcohólico y el familiar codependiente (Si te interesa, te invito a leer el artículo Codependencia y alcoholismo: dos caras de la misma adicción en este mismo blog).

Aunque ambos creen que el otro les dará lo que necesitan, esto nunca sucede. El salvador se dará cuenta de que no puede hacer nada por el otro, pues el vacío que intenta cubrir nunca se llena y el salvado siempre reprochará al salvador que nunca le va a dar lo que el necesita.

Con el tiempo, el resentimiento acabará adueñándose del ayudador compulsivo por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de los servicios prestados. Y como en muchos casos no se atreve a expresarlo verbalmente, acaba recurriendo al chantaje emocional, al victimismo o a la manipulación con la esperanza de obtener así el amor que cree que merece.

Lo primero, tomar conciencia

Si tu forma de ser se corresponde con las características de un salvador o una salvadora, estas pautas podrían servirte de ayuda:

  • Toma conciencia de este patrón de comportamiento. La capacidad de reflexión y la toma de conciencia es el primer paso para empezar a vivir nuestra vida en vez de dedicarnos a solucionar la de los demás. Pregúntate: ¿Desde cuándo tienes esa necesidad de sentirte indispensable? ¿Qué beneficios has obtenido? ¿Ha habido alguna etapa en tu vida en la que esta característica haya sido más evidente?
  • Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste. Es posible que las cosas no salgan como tú consideras que es lo correcto y que eso te genere cierta frustración. Pero es algo que debes aprender a sostener. El hecho de que otras personas no hagan las cosas como tú no significa que estén mal hechas. Solo que las hacen de modo diferente. Sin más. No pienses por ellas, deja que acierten (o se equivoquen). Y si alguien quiere tu ayuda, ya te la pedirá.

Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste.

  • Acostúmbrate a ocuparte de ti mismo. Ocuparse de uno mismo no es egoísta, como tampoco es un signo de generosidad querer solucionar la vida del otro. Lo único que estás haciendo es distraerte de tus propios problemas. Atrévete a mirar dentro de ti y sincérate: ¿Realmente crees que tu vida está tan resuelta que ya puedes dedicarte a arreglar la de los demás? ¿O en realidad necesitarías que te rescatasen a ti?
  • Aprende a decir “no”. Es muy posible que, si llevas tiempo ejerciendo de salvador o salvadora, la persona salvada se haya acostumbrado y no te ponga fácil renunciar a tu papel. Así que vas a tener que aprender a poner límites y mantenerte firme. Recuerda que tienes todo el derecho a pensar en ti y ponerte por delante.
  • Aprende a diferenciar empatía de simpatía. Suele considerarse al salvador como una persona empática y no es así. La empatía es la capacidad de ponernos en la piel del otro, acompañarlo y ayudarlo a solucionar sus conflictos a su manera, permitiéndole que crezca. La simpatía es la capacidad para solucionar los problemas de los demás desde nuestra propia perspectiva, es decir, desde la forma en que lo haríamos nosotros.
  • Cultiva la flexibilidad y la reciprocidad. Una relación sana siempre es flexible, unas veces apoyarás tú al otro y otras será el otro quien te ayudará a ti. Dice Bert Hellinger: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta ser tóxico”.
La escritura como herramienta terapéutica y de autoconocmiento.

La escritura como herramienta terapéutica y de autoconocimiento

La escritura como herramienta terapéutica y de autoconocimiento 1280 1003 BELÉN PICADO

Seguro que muchos de vosotros en algún momento y sin que nadie os dijera que estabais haciendo algo terapéutico, habéis sentido la necesidad de volcar vuestros sentimientos en un papel. A través de la palabra escrita expresamos lo que sentimos, canalizamos nuestras emociones y ordenamos nuestros pensamientos. Por eso, muchos psicólogos utilizamos la escritura como herramienta terapéutica durante la sesión y también como tarea para casa.

Llevar un diario, registrar nuestros sueños, escribir poemas, relatos o cartas de amor… Incluso la simple escritura automática nos ayuda a saber más de nosotros mismos, a cambiar patrones de pensamientos, a transformar lo negativo en positivo y a canalizar nuestra creatividad e imaginación.

Atrapando pensamientos y emociones

Si cuando hacemos meditación tenemos que dejar pasar nuestros pensamientos sin quedarnos enganchados a ellos, en la escritura se trata de atraparlos y reflejarlos en el papel. Es un modo de traer a la consciencia y observar eso que estaba en un segundo plano y de lo que no nos habíamos percatado, de dejar que se haga figura lo que estaba en el fondo. Escribir nos obliga a sentarnos con nosotros mismos, a aislarnos del mundo para saber cómo estamos hoy, cómo nos sentimos ahora.

Según James Pennebaker, psicólogo estadounidense y experto en escritura terapéutica, «escribir cambia la forma en la que la gente piensa y organiza su mundo interno. Exige detenerse sobre la experiencia y reevaluar sus circunstancias, hasta que se alcanza una nueva representación en el cerebro. Es un proceso que implica reinscribir las emociones en un nuevo formato».

Al escribir se canalizan las emociones y se ordenan los pensamientos.

La escritura como herramienta en el proceso de terapia

Por lo general, cuando comienzo un nuevo proceso terapéutico animo a mis pacientes a hacerse con un cuaderno nuevo para tomar notas durante las sesiones y escribir entre sesión y sesión. Por supuesto, el objetivo no es convertirse en escritor profesional sino tener la oportunidad de expresar y liberar lo que uno lleva dentro.

Lo hago por varias razones. Por un lado, funciona como recordatorio de sensaciones, ideas o hechos que tienen lugar en el día a día. Por otro, a veces, durante la semana, el paciente vive un incidente difícil y cuando lo lleva a sesión encuentra dificultades para revivir la emoción que sintió en aquel momento. Si lo deja sobre el papel, no solo quedarán plasmadas sus emociones. Además, es muy probable que al leer lo escrito en la consulta las reviva. Otro motivo es que después de trabajar sobre un tema durante la sesión, pueden surgir en los días posteriores nuevas asociaciones relacionadas con lo hablado en la consulta.

La palabra escrita también ayuda al paciente a darse cuenta de su mejoría. Cuando estamos enfermos y el síntoma desaparece, es habitual que en poco tiempo ya no recordemos lo mal que lo pasamos. Así que dejar por escrito lo que se siente puede ayudar a tomar conciencia del progreso.

Otras ventajas de recurrir a la escritura como herramienta terapéutica:

  • Aumenta el compromiso del paciente con su propio proceso de curación, lo mantiene conectado con él mismo y su proceso entre una sesión y otra.
  • Al tener una participación activa, el paciente es protagonista de su propia recuperación.
  • Facilita la expresión de sentimientos y emociones.
  • El paciente contará con una nueva herramienta para encarar los conflictos cuando el proceso terapéutico se interrumpa o acabe.

Escribir puede ayudar al paciente a darse cuenta de su mejoría.

De las cartas a la escritura automática

Las formas en las que se puede recurrir  a la escritura como herramienta terapéutica y de autoconocimiento son varias. Algunas de ellas son:

  • Cartas. La carta es un instrumento muy eficaz para contactar con los sentimientos que nos generan personas ante las que experimentamos una dualidad de emociones y también para cerrar asuntos pendientes. Una posibilidad es escribir una carta a alguien con quien estás enfadado y con quien no puedes hablar porque ha muerto, no quieres volver a verle o, simplemente, no te atreves a llamarle. Por escrito puedes contarle todo lo que deseas sin necesidad de hacerle llegar esa carta. Puedes expresar tu enfado, decir lo que realmente piensas de esa persona, pedirle perdón o despedirte. También puede pedirse al paciente que se escriba una carta a sí mismo, a un síntoma, a una sensación…
  • Diario. Cuando escribimos un diario estamos respondiendo a la pregunta ¿Quién soy yo?. Además, si lo escribimos de forma sistemática, estamos favoreciendo que aumente nuestra conciencia reflexiva. Escribir en forma de diario es como hablar con uno mismo en silencio. Se permanece en una especie de presente continuo y, al releerlo, las vivencias pasadas se experimentan como si estuvieran ocurriendo «aquí y ahora». Freud, por ejemplo, llevaba un diario de sueños en el que incluía también las circunstancias de su vida en la que estos habían tenido lugar, con los pensamientos, sentimientos y vivencias que en ellas habían surgido.
  • Autoinformes y registros. Ayudan a tomar conciencia sobre el propio proceso personal, a mejorar la autobservación y la capacidad de reflexión y a detenerse en situaciones que en el momento en que ocurrieron pasaron inadvertidas. A los psicólogos nos resultan muy valiosos para conocer mejor a la persona y su interpretación de la realidad según sus expectativas,  valores…
  • Autobiografía. A veces reprimimos y ‘olvidamos’ ciertos episodios de nuestra vida que pueden reaparecer al escribir nuestra autobiografía. También puede servirnos para traer al presente hechos que, sin ser traumáticos, pueden ayudarnos a comprender nuestras actitudes y comportamientos presentes.
  • Escritura automática. Técnica que consiste en escribir lo primero que pase por la cabeza. Sin borrar, sin tachar, sin pararse a pensar. El propósito es dejar fluir las ideas libremente, sin juicios y sin el filtro de la lógica. Así, mediante una asociación libre de ideas, es posible hacer que afloren ideas que permanecían en el inconsciente.

Escribir un diario aumenta nuestra conciencia reflexiva.

Quiénes se benefician más

La escritura como herramienta terapéutica es especialmente beneficiosa para determinados tipos de personas. Es el caso de quienes tienden a tener olvidos selectivos o completos sobre vivencias relacionadas con conflictos. O aquellos que están muy conectados con el mundo exterior y poco con su mundo interior (cuando llega la sesión les cuesta recordar algo de lo que no fueron suficientemente conscientes cuando sucedió). Lo mismo ocurre con las personas que recuerdan los sueños nada más despertar, pero los olvidan enseguida.

Asimismo, la escritura puede ayudar mucho a pacientes con dificultades para expresar verbalmente lo que les ocurre, sienten, piensan o necesitan. Para ellos, escribir es una forma de exteriorizar aquello que les afecta sin presión y sin sentir vergüenza. En personas introvertidas escribir sobre sus sentimientos o pensamientos les ayuda, no solo a expresarlos, sino también a ordenarlos en su cabeza.

También hay veces en que la persona, pese a tener las habilidades necesarias, no se siente segura o capaz de realizar tareas que conlleven escribir o esta actividad le genera ansiedad. En este caso, sería necesario reforzar otros aspectos como la autoeficacia, la autoestima o el autoconcepto.

La serie This is us muestra cómo puede afectar la muerte de un padre a sus hijos adolescentes.

Lo que nos enseña la serie ‘This is us’ sobre la pérdida y el duelo adolescente

Lo que nos enseña la serie ‘This is us’ sobre la pérdida y el duelo adolescente 1200 900 BELÉN PICADO

Uno de los motivos por los que la serie This is us (o Así somos como se ha titulado en España) ha cosechado tanto éxito en los países donde se ha emitido es porque refleja dinámicas y situaciones familiares con las que muchos podernos sentirnos identificados. Pero, si hay un tema alrededor del que gira la trama de esta producción estadounidense, que relata la vida de una familia a lo largo del tiempo, es la pérdida. De hecho, ya desde el principio asistimos a la desgarradora muerte de uno de los trillizos de Jack (Milo Ventimiglia) y Rebeca Pearson (Mandy Moore). No obstante, es la muerte de Jack la que marcará la vida de todos los que le rodeaban y, en especial, la de sus hijos, Kevin (Justin Hartley), Kate (Chrissy Metz) y Randall (Sterling K. Brown).

La muerte de un padre es uno de los golpes más fuertes que podemos sufrir en la vida. Pero si esa pérdida ocurre cuando eres adolescente y, además, se produce de un modo repentino y traumático, las consecuencias pueden prolongarse hasta mucho tiempo después.

La serie This is us relata la vida de la familia Pearson.

¿Qué ocurre cuando eres adolescente y pierdes a tu padre?

Además de enfrentarse a su propio dolor, el adolescente a menudo tendrá que afrontar numerosas transformaciones en el seno familiar. Entre ellas, que el progenitor superviviente inicie una nueva relación sentimental; que se produzca un cambio en la situación económica familiar; o convivir con el proceso de luto del resto de los hermanos. Y, además, le tocará vivir todo esto junto a los cambios, dificultades y conflictos propios de esta etapa de la vida.

Una sana elaboración del duelo pasa por ayudar al adolescente a dar rienda suelta al dolor hasta que la herida cicatrice. Pero no siempre ocurre así. Entre otras cosas, porque muchas veces el progenitor superviviente no es capaz de gestionar su propio sufrimiento.

En la serie This is us, pese a que Jack vive lidiando con sus propios demonios (que se irán mostrando a lo largo de los capítulos), lo que ve su familia es el modelo perfecto de hombre, marido y padre. Un padre extremadamente sensible que ama sin condiciones a sus hijos y que, precisamente, por ese halo de perfección dejará un hueco muy difícil de llenar.

A través de él, vemos cómo hay personas que dejan una profunda huella en quienes le rodeaban, haciéndose presentes tras su muerte a través de los recuerdos y del ejemplo que fueron en vida. Tanto es así, que, pese a que cuando empieza la historia Jack lleva casi veinte años muerto, todos parecen seguir viviendo a su sombra, sobre todo los Tres Grandes, como llamaba él a sus hijos. ¿Qué supuso la muerte de Jack Pearson para cada uno de sus hijos adolescentes y cómo influyó en el resto de su vida?

La ansiedad de Randall

El más sensible de los hermanos Pearson ha vivido toda la vida con el temor de decepcionar a la familia que lo adoptó y con la necesidad de agradar. Y ha sido justo esa inseguridad la que ha hecho que quiera demostrar siempre que es absolutamente perfecto para todo.

Randall ve en Jack el ejemplo de cómo ser un buen padre y un buen hombre. Hasta el punto de aplicar en su propia vida los valores que aprendió de él. El problema es que ese trabajo incluye no solo alcanzar la perfección de Jack, sino superarla a toda costa. Ese excesivo perfeccionismo, que ya mostraba en su infancia, desembocará en ansiedad y ataques de pánico.

Randall ve en Jack el ejemplo de cómo ser un buen padre y un buen hombre.

Kate o cómo anestesiar la culpa a través de la comida

Kate siempre pensó que nunca sería lo suficientemente buena para Rebeca, mientras que en Jack veía a alguien que la aceptaba como era. Así que la relación con él era mucho más estrecha. Este vínculo tan especial con su padre ya sería suficiente para que sufriera su muerte muy intensamente. Pero, además de un inmenso dolor, Kate tiene un profundo sentimiento de culpa (a lo largo de la primera temporada se revela el motivo) y ambos elementos unidos actuarán como disparador de su trastorno de la alimentación.

Aunque desde la niñez ha tenido problemas de sobrepeso, será a raíz de la muerte de Jack que su hija empezará comer compulsivamente, sin control, castigándose y tratando de anestesiar su profundo dolor. Sintiéndose indigna de cualquier atisbo de amor o de compasión.

Kevin y el alcohol como refugio

Tras un hecho traumático como la muerte de un ser querido, hay personas que se hunden y otras a las que ‘aparentemente’ no les afecta. No es que no sientan, sino que el dolor es tan fuerte que se disocian. Es decir, su cerebro ‘crea’ una especie de compartimentos donde almacena de forma aislada esos hechos o emociones cuyo sufrimiento no pueden tolerar. Esto es lo que le ocurre a Kevin: detrás del actor guapo y famoso que ven todos se oculta un adolescente roto e incapaz de llenar el vacío que le ha dejado la ausencia de su padre. De hecho, ni siquiera es capaz de hablar de la muerte de Jack. Si no se habla de ello, no existe.

El no hablar del padre o la madre muerto es un mecanismo que suele aparecer tras la etapa inicial de shock y sirve para proteger al joven del dolor. Lo normal es que, poco a poco, esta incapacidad de hablar del progenitor fallecido remita, pero si el duelo no se elabora adecuadamente el mecanismo puede prolongarse durante meses, años o incluso décadas.

Como en el caso de Kate, Kevin también siente mucha culpa. Pero la de él es una culpa diferente. Su imagen de Jack es la de un héroe, un padre extremadamente cariñoso y dedicado que siempre se ha sacrificado para dar todo a su familia. Esto ha creado para Kevin un modelo inalcanzable. Él cree que nunca podrá convertirse en el hombre que fue su padre.

Y, por otra parte, el día que Jack falleció, Kevin estaba distanciado de él y no estaba en casa. Cuando se enteró de la muerte de su padre, se culpó por no haber estado allí para ayudar a su familia. Y, del mismo modo que su hermana trató de anestesiar el dolor y la culpa a través de la comida, su gemelo lo hizo a través del alcohol.

Cada uno necesitamos un tiempo para aceptar la pérdida

En el primer capítulo, tras la muerte del trillizo de los Pearson, el viejo doctor K da a Jack las claves para sobrellevar su pena. Claves que luego tendrán que aprender por sí mismos Randall, Kevin y Kate, y que, desde luego, nos vienen bien a todos. En su conversación con Jack, el médico toca algunos temas centrales relacionados con el duelo: la necesidad de reconocer la pérdida, sentarse con ella, aprender a hablar sobre ella y encontrar el propio camino para seguir adelante.

No se trata de olvidar o de «avanzar sin mirar atrás». Se trata de buscar en la propia vida aspectos positivos que sobrevivieron al trauma y reconstruirnos desde allí. Como el viejo médico le dijo a Jack: «Quiero pensar que, tal vez, algún día seas un viejo como yo aburriendo a un joven y explicándole cómo cogiste el limón más amargo que puede ofrecerte la vida y lo convertiste en una limonada”.

Y tan importante como buscar dentro de nosotros recursos que nos ayuden a seguir adelante es comprender que cada uno necesitamos un tiempo y un ritmo para aceptar la pérdida. Y esto es especialmente importante en los adolescentes. Cuando se produce una muerte en la familia el dolor es compartido, pero a la vez cada integrante lo experimenta de distinta manera. Cada uno se enfrenta a la pérdida como sabe y como puede. Esto lo aprendieron primero Jack y Rebeca y luego tuvieron que aprenderlo sus hijos.

En definitiva, lo que nos enseña esta historia es que no existe un limón tan amargo que no nos permita hacer una limonada. Quedémonos con eso.

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