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septiembre 2019

La prosopagnosia consiste en la incapacidad para recoocer rostros

Prosopagnosia o la incapacidad de reconocer una cara conocida

Prosopagnosia o la incapacidad de reconocer una cara conocida 1920 1440 BELÉN PICADO

Hace unos días mi amigo Antonio se cruzó con una chica que le habían presentado recientemente y no dudó en saludarla. Ella se detuvo, le miró, se disculpó por no reconocerle y siguió su camino. Sorprendido porque solo unos días antes habían estado charlando durante horas, mi amigo se lo comentó a la persona que los había presentado. Esta le sacó de dudas: aquella chica padecía prosopagnosia.

La prosopagnosia es un extraño trastorno neurológico, conocido también como ceguera facial, que padece el 2 por ciento de la población. Lo que les ocurre a estas personas es que, pese a poder distinguir por separado las partes que componen un rostro (nariz, ojos, boca…), no son capaces de mantener esos elementos unidos y relacionados para identificar de quién se trata.

Entre los afectados, se encuentran personas tan conocidas como el famoso neurólogo Oliver Sacks, la primatóloga Jane Goodall, la princesa Victoria de Suecia o Brad Pitt. El actor reconoció sufrir prosopagnosia en una entrevista publicada en 2013 en la revista Esquire, donde aseguró que en más de una ocasión le habían llegado a tomar por “un maleducado”.

Tipos de prosopagnosia

Este trastorno no afecta en el mismo grado a todos los que lo padecen. Algunos prosopagnósicos, por ejemplo, pueden memorizar un determinado número de caras, mientras que otros apenas si identifican algunos rostros de sus familiares más cercanos. En los casos más graves, el paciente ni siquiera es capaz de reconocerse en el espejo.

Hay dos tipos de prosopagnosia, la adquirida y la congénita o del desarrollo. La mayoría de los casos documentados pertenecen a la primera. Suele estar causada por una lesión cerebral provocada por un accidente cerebrovascular, un tumor cerebral, un traumatismo craneoencefálico o una infección que afecte a determinadas partes del sistema nervioso central. Probablemente, el motivo por el que estos casos se conocen es porque se trata de personas que reconocían los rostros y algún accidente les impidió seguir haciéndolo. Por tanto, la incapacidad fue notoria para ellos.

Sin embargo, según los investigadores la prosopagnosia del desarrollo es mucho más frecuente. En este caso, los afectados no han podido reconocer bien las caras durante la mayor parte de sus vidas y en ocasiones no se dan cuenta de que padecen este desorden hasta que se les hace alguna prueba.

Una investigación realizada en el Instituto de Genética Humana en Münster, Alemania, concluyó que la enfermedad, además, tiene un alto componente genético. Tras examinar a 689 estudiantes, los científicos diagnosticaron el desorden a 17. En posteriores entrevistas con las familias de 14 de estos jóvenes, todos tenían, al menos, un pariente cercano con el mismo problema. Analizando estos resultados, pudieron establecer que esta condición se transmite por un gen dominante, lo que significa que si un padre lo tiene, sus hijos tiene un 50 por ciento de probabilidades de heredarla.

Algunas personas que sufren prosopagnosia no se reconocen al mirarse en el espejo

Un fichero fotográfico en el cerebro

En nuestro cerebro hay células especializadas en identificar rasgos de las caras que vemos y localizarlos rápidamente en la base de datos mental de las personas que conocemos. El cerebro cuenta con un sistema de almacenamiento, parecido a un álbum fotográfico, donde podemos guardar hasta 10.000 caras diferentes a lo largo de la vida. Según algunos estudios, cualquiera puede reconocer a gente que conoció hace diez años e identificar al 90 por ciento de los compañeros del colegio de hace 35 años.

El proceso tiene lugar en tres etapas: primero, percibimos a través del sentido de la vista los rasgos físicos de esa cara. Con esa imagen en la mente, el cerebro determina si esos rasgos son conocidos o no. En caso de que lo sean, el siguiente paso es identificar el rostro con el nombre que le corresponde.

Sin embargo, hay quienes son incapaces de reconocer rostros, incluido el de sus seres queridos y el suyo propio, pese a un funcionamiento intelectual y una capacidad visual intactos. Lo que hacen entonces es aprender a arreglárselas con esta situación. Desarrollan estrategias para distinguir a las personas basándose en pistas (corte de pelo, voz, forma de andar, silueta corporal, etc.). Además, evitan lugares donde podrían toparse con alguien a quien conocen o fingen caminar por la calle absortos en sus pensamientos para no pasar por maleducados. Y como se convierten en auténticos expertos a la hora de ocultar su condición, no resulta fácil identificarlos.

Además de entrenar las habilidades mencionadas, es posible trabajar con el reconocimiento de caras. Para ello se utilizan fotografías de familiares o amigos cercanos: emparejando imágenes idénticas, asociando caras y nombres, identificando expresiones faciales, etc. En la universidad estadounidense de Bethel, la profesora de psicología Sherryse Corrow acaba de poner en marcha un programa de entrenamiento computarizado para mejorar el reconocimiento facial en personas afectadas.

Las personas con prosopagnosia pueden entrenar el reconocimiento facial

Otros trastornos similares

Alexia pura: Los afectados por este trastorno no pueden leer normalmente, ni siquiera lo que ellos han escrito. Esto ocurre pese a una capacidad visual normal y pese a tener habilidad para entender lo que le dicen y escribir. Leen las palabras letra a letra, deletreando cada palabra antes de identificarla.

Zooagnosia: Dificultad para reconocer animales de la misma o de distinta especie.

Simultagnosia: El paciente fija la atención en un solo detalle de la escena que hay ante él y es incapaz de apreciar los demás objetos.

Metamorfopsia: Visión distorsionada de los rostros y dificultad para discriminar características faciales y gestos. Sin embargo, la capacidad para el reconocimiento de la identidad de las personas permanece intacta.

Acromatopsia: Incapacidad para percibir los colores de los objetos. Normalmente todo se ve en blanco y negro, pero en algunos casos el afectado puede distinguir los colores primarios.

Agnosia de movimiento: En este caso, la persona no puede percibir el movimiento de los objetos de manera continua. Por ejemplo, no vería un coche circulando, sino un vehículo detenido en una esquina; luego lo vería parado junto a él y, acto seguido, detenido en otra esquina. Estaría ante una secuencia interrumpida, sin continuidad

Si te interesa

Lectura: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En este libro, el neurólogo Oliver Sacks recoge varios casos curiosos con los que se encontró durante su carrera. Uno de ellos, justo el que da nombre al libro, es el de un músico que sufría prosopagnosia y no era capaz de reconocer los rostros de las personas con las que se encontraba a diario, entre ellos el de su esposa.

 

El contacto físico es esencial en el alzhéimer

Caricias y mucho amor: el contacto físico es esencial en el alzhéimer

Caricias y mucho amor: el contacto físico es esencial en el alzhéimer 1920 1280 BELÉN PICADO

El tacto es el primer sentido en desarrollarse en el ser humano y también el último en dejar de funcionar. Llevo ya un tiempo realizando diversas tareas de estimulación cognitiva con personas con alzhéimer y cada día soy más consciente de la relación entre alzhéimer y contacto físico. Cuando están agitados no hay nada como una caricia o cogerles con suavidad la mano para que «regresen» conmigo y continúen con la tarea. Son gestos que les transmiten seguridad y, en ocasiones, resultan incluso más efectivos que las palabras. Y es que, tan importante como la estimulación cognitiva es la estimulación afectiva.

La importancia del tacto en la comunicación emocional

Del mismo modo que durante los primeros meses de vida el lazo de unión entre el bebé y su madre son las caricias, los besos o la sonrisa, estos gestos vuelven a convertirse en la principal vía de comunicación entre la persona con deterioro cognitivo y sus cuidadores, sobre todo cuando el lenguaje verbal empieza a deteriorarse. Hay una relación muy estrecha entre alzhéimer y contacto físico: puede que el enfermo ya no recuerde su nombre, pero sí entiende el significado de una caricia, incluso en fases muy avanzadas. La entiende y la agradece.

Prueba de la importancia del tacto en la comunicación emocional es un estudio que el psicólogo Matthew Hertenstein dirigió hace unos años en la Universidad estadounidense de DePauw. La investigación consistía en pedir a un grupo de voluntarios que expresaran e identificaran, solo a través del tacto, ocho emociones distintas (ira, miedo, felicidad, tristeza, amor, gratitud, simpatía y desagrado). El 78 por ciento de los participantes, que no se conocían entre sí, adivinaron con exactitud la emoción que se les transmitió.

El enfermo de alzhéimer necesita el contacto físico

Beneficios del contacto físico

El contacto humano es una necesidad tan importante a lo largo de la vida como el agua o la comida. Sin embargo, en la vejez adquiere más importancia, especialmente si la persona ha empezado a perder su capacidad de comunicarse verbalmente. Sujetar la mano del enfermo, tocar su hombro o acariciarle la cara calmará su temor y le dará seguridad. Quizás una de las pocas excepciones sea cuando experimenta un acceso de agresividad, momento en el que es mejor no tocarle y menos de forma inesperada, o si vemos que el contacto físico les molesta. En el resto de los casos, alzhéimer y contacto físico deben ir de la mano. Y es que gestos como una caricia, un masaje suave o un abrazo tienen muchos beneficios, entre ellos:

  • Contribuyen al equilibrio emocional, reduciendo la ansiedad y la agresividad. Un suave masaje en las manos (sobre todo en palmas y dedos) o en los pies ayuda a disminuir los episodios de agitación.
  • Disminuyen la producción de cortisol, la hormona del estrés. Cada vez que tocamos de forma cordial y respetuosa a otra persona, multitud de receptores que hay en su piel envían una señal al cerebro, que inhibe la producción de cortisol. Este gesto, a su vez, ayuda a reforzar el sistema inmunológico.
  • Mejoran el insomnio. El efecto tranquilizante del contacto ayuda a conciliar mejor el sueño.
  • Aumentan los niveles de serotonina y dopamina, hormonas que juegan un papel importante en la sensación del bienestar. Igualmente, un abrazo o una caricia también hacen que se libere una mayor cantidad de oxitocina, relacionada con el afecto, la empatía y la confianza. El aumento de estas hormonas se produce porque el contacto estimula el sistema nervioso parasimpático, responsable de poner en marcha los mecanismos de relajación.
  • Reducen la percepción del dolor. Un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores estadounidenses e israelíes demostró que basta dar la mano a una persona que está sufriendo para que su percepción del dolor disminuya. Y no solo eso. También se sincronizan la respiración, la frecuencia cardiaca y las ondas cerebrales de las personas que están en contacto.
  • Favorecen tanto a quien lo recibe como a quien lo da. Por un lado, se refuerza la conexión y el vínculo entre enfermo y cuidador. Por otro, la reducción en los niveles de estrés y ansiedad se produce también en ambos.

El contacto físico contribuye al equilibrio emocional

En un interesante reportaje publicado en El País, José Manuel Martínez-Lage, profesor honorario de neurología de la Universidad de Navarra, nos recuerda: “los enfermos de alzhéimer conservan una vida afectiva mucho más rica de lo que aparentan porque mantienen estructuras cerebrales implicadas en la vida emocional, que tardan más en dañarse”.

Por todo ello, no escatiméis en abrazos, besos y caricias. El cariño y la ternura SIEMPRE es la mejor terapia.

Si te interesa

Una sonrisa, una caricia, un beso es el título de un cortometraje lleno de sensibilidad. En él, su director, Jordi Albert, relata la evolución del alzhéimer a través de la experiencia con su madre.

 

 

 

La culpa es una emoción habitual en el proceso de duelo

El sentimiento de culpa puede dificultar el proceso de duelo

El sentimiento de culpa puede dificultar el proceso de duelo 1920 1280 BELÉN PICADO

Ante la muerte de un ser querido es normal que aparezcan sentimientos de tristeza, vacío, miedo, dolor, angustia, enfado, culpa… Elaborar estas emociones es una de las tareas necesarias para llegar a aceptar la pérdida y aprender a vivir sin la persona fallecida. Sin embargo, puede ocurrir que alguna de estas emociones se quede ‘enquistada’ en nuestro interior, bloqueando nuestra capacidad de pasar página y seguir adelante. En esta ocasión vamos a centrarnos sobre la culpa en el duelo, que suele aparecer una vez que el enfado empieza a difuminarse. Si bien es una de las reacciones más normales en el proceso, cuando es desproporcionada en relación al tiempo que se mantiene, la intensidad que presenta y la conducta respecto al difunto en vida de este, puede dar lugar a un duelo patológico.

Culpable por lo que hice, por lo que no hice, por seguir viviendo

Algunas veces podemos tener la sensación de que no hicimos todo lo que podíamos para evitar la muerte. Otras, sin embargo, nos sentimos culpables por algo que hicimos (discusiones, asuntos pendientes…). Suelen ser hechos habituales en el día a día, pero los magnificamos tras la pérdida al pensar que ya nunca podremos saldar esa deuda.

También es posible que sintamos que nuestras emociones tras el fallecimiento no son todo lo negativas que “deberían”. Esta «anestesia», que también puede provocar sentimientos de culpa en el duelo, es una respuesta normal. Nuestro organismo, ante un shock emocional muy intenso, puede llegar a bloquearse e inhibir cualquier respuesta. En pocas palabras, bloquea las emociones como defensa a un dolor desbordante.

Asimismo, puede ocurrir que cuando ya comenzamos a asimilar la realidad y va disipándose el fantasma de la culpa, esta vuelva en forma de autorreproche por volver a disfrutar, por retomar actividades que antes nos resultaban agradables, en definitiva, por seguir viviendo. No queremos romper el hilo que nos une con el fallecido…

La persona en duelo puede sentirse culpable incluso por seguir viviendo

La importancia de la educación recibida en la infancia

La culpa está directamente relacionada con la escala de valores de cada uno, que a la vez es producto de la educación recibida. Por ejemplo, el sentimiento puede ser especialmente desestabilizante cuando se ha crecido en un entorno hostil, con figuras de apego muy exigentes y estrictas. La persona tenderá a sentirse culpable por todo lo que ocurra a su alrededor y eso se extenderá también a las situaciones de duelo.

En el otro extremo, y no menos problemático, estarían quienes han crecido en familias que no les han enseñado a hacerse responsables de sus errores. Familias en las que ha primado el lema “La culpa la tienen los demás”. La culpa está ahí, aunque no se sea consciente de ello y puede adoptar la forma de comportamientos agresivos, consumo de sustancias con objeto de evadirse, etc.

¿Qué función tiene la culpa en el duelo?

Todas las emociones, por desagradables que nos parezcan, cumplen una función. La culpa surge cuando sentimos o creemos que hemos traspasado ciertas normas éticas, personales o sociales, y su principal función es hacernos conscientes de ello para llevar a cabo una posible reparación. En el caso concreto de la culpa en el duelo, su cometido es:

  1. Mantener el vínculo. En el caso de una pérdida, pensar en lo que ocurrió, en lo que se pudo hacer y no se hizo, etc. nos ayuda de algún modo a seguir unidos al fallecido y, de paso, a distraer la mente y el corazón para eludir la tristeza.
  2. Aportar una falsa sensación de control. Pensar que hay un culpable nos proporciona una falsa percepción de control sobre la muerte: si hubiéramos actuado de otro modo el desenlace habría sido distinto. Esto es muy común, por ejemplo, cuando se produce un suicidio en la familia. Sus miembros comienzan a evocar los hechos inmediatamente anteriores a la muerte en busca de algo que hubieran podido cambiar o de posibles señales que no percibieron.
  3. Reajuste adaptativo. El propio dolor que causa el sentimiento de culpabilidad y el castigo emocional que supone, contribuye a la expiación de la culpa y a reconectar con nuestra parte bondadosa. De este modo, recomponemos los valores que hemos ‘vulnerado’.

La culpa cumple una función adaptativa en el duelo

Cómo transitar el camino al perdón

  • Asume que los seres humanos no podemos predecir el futuro ni tenemos poder sobre la vida y la muerte. Cuando perdemos a alguien que nos importa creamos el relato que justifica nuestra culpa con la información que poseemos en el presente, pero que no teníamos en el momento de su muerte. Recuerda que las decisiones que tomamos o las conversaciones que establecemos se van construyendo con la información que tenemos en cada instante.
  • Admite tus límites. Es muy difícil ver sufrir a la persona que queremos, pero nuestro amor, por grande que sea, no tiene la capacidad de aliviar su dolor o de curarle.
  • Si estabas cuidando de un familiar enfermo y muere justo cuando tú no estabas con él, recuerda que el final no es el instante en que la persona exhala su último suspiro, sino todo el proceso en el que le estás acompañando.
  • En el anterior caso, también conviene establecer la diferencia entre culpa e impotencia, ya que a veces esta adopta el disfraz de la primera. Esto pasa, sobre todo, en enfermedades crónicas, como el alzhéimer. Pregúntate: ¿Estás experimentando culpa? ¿O es impotencia debido a que, pese a tus cuidados a lo largo del tiempo, esa entrega no dio los frutos esperados y la enfermedad siguió su curso?
  • En el caso de que la culpa en el duelo sea real, de forma parcial o en su totalidad, transfórmala en responsabilidad. Emprende acciones concretas de reparación, reales o simbólicas, que ayuden a corregir, en lo posible, los errores cometidos. Si te responsabilizas en vez de sentirte culpable, podrás hacerte cargo de ellos sin llegar a desvalorizarte como persona. Y recuerda que lo más importante de todo es que te perdones a ti mismo.
  • Escribe una carta a tu ser querido y cuéntale todo lo que no pudiste decirle antes de morir.
  • Habla de cómo te sientes con alguien de confianza. Puede resultar liberador y, de paso, es posible que la otra persona te ayude a reconstruir los hechos y a hacerte ver cosas que olvidaste y que pueden ayudarte a diluir la culpa.

Hablar con alguien puede ayudar a mitigar el sentimiento de culpa

  • Cuida tu autoestima. Cuanto menor autoestima se tiene, mayor sentimiento de culpa se alberga y viceversa.
  • Haz un testamento vital para comunicar tu voluntad, por si algún día sufres un deterioro irreversible de tu salud. Así evitarás que tu familia deba tomar decisiones delicadas por ti.
  • Haz saber a tus seres queridos que les quieres con hechos, pero también con palabras.
  • Si conoces a alguien que esté en un proceso de duelo evita frases como “A él no le gustaría que sufrieras” o “Si no pasas página, no le dejarás descansar en paz”. Estas afirmaciones solo contribuirán a que la persona se sienta culpable por estar triste o por no superar el dolor lo suficientemente rápido.
  • Si, pese a todo, la culpa no disminuye, se mantiene en el tiempo y cada vez es más intensa, conviene buscar ayuda profesional. Podríamos estar ante un duelo complicado o un trastorno depresivo.

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