Emociones

Identificar y abrazar nuestra vulnerabilidad nos hace más fuertes.

Aceptar y abrazar nuestra vulnerabilidad nos hace más fuertes

Aceptar y abrazar nuestra vulnerabilidad nos hace más fuertes 1920 1316 BELÉN PICADO

¿Compartirías tu momento más vergonzoso con otras personas? ¿Cómo te sientes cuando tienes que exponer un trabajo o un informe en clase o en el trabajo? Si al pensar en ello experimentas miedo, vergüenza, inseguridad o ansiedad es probable que se deba a que son situaciones en las que te sientes vulnerable. Tendemos a relacionar el término vulnerabilidad con debilidad, vergüenza, incomodidad o con la sensación de sentirnos desprotegidos. Nos sentimos así, por ejemplo, cuando compartimos con alguien un aspecto difícil de nuestra vida, cuando exponemos nuestros sentimientos sin saber qué respuesta vamos a recibir, cuando nos enfrentamos a un reto por primera vez… Estamos educados para fingir que somos fuertes y podemos con todo y tememos que nos rechacen si flaqueamos o que alguien pueda utilizar cualquier posible ‘debilidad’ en nuestra contra. Ahora lo que tenemos que aprender es que la vulnerabilidad nos hace más fuertes.

Atreverse a arriesgar

Según el diccionario de la Real Academia Española, una persona vulnerable es alguien «que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente». Así que, si nos atenemos al significado literal, todos somos vulnerables, por mucho que nos empeñemos en ocultarlo.  A todos pueden herirnos. Pero el concepto de vulnerabilidad es mucho más amplio que esta escueta y limitada definición.

Para Brené Brown, socióloga e investigadora estadounidense, ser vulnerable es «atreverse a arriesgarse». Arriesgarnos a dejar de fingir que somos los más fuertes y no nos afecta nada; a decir «te quiero» primero, sin saber cuál va a ser la respuesta de la otra persona; a involucrarnos en una relación (de cualquier tipo) que puede funcionar… o no. En resumen, ser vulnerable es atrevernos a quitarnos la máscara y mostrarnos como somos, con nuestros miedos, nuestra vergüenza y nuestras inseguridades.

Pero conseguir esto no es fácil. En su libro El poder de ser vulnerable, Brown explica que nosotros mismos creamos escudos para ‘protegernos’ de las situaciones en las que podemos sentirnos vulnerables. En primer lugar, nos protegemos de la dicha al no permitimos sentir mucha alegría por miedo a que en cualquier momento algo salga mal. Además, insistimos en alimentar el perfeccionismo como forma de evitar la vergüenza de cometer un error. Y, por si esto fuera poco, nos anestesiamos emocionalmente a través de cualquier cosa que nos libre del dolor, la incomodidad y el sufrimiento (abuso de sustancias como alcohol o drogas, comida en exceso, trabajo en exceso…).

Ser vulnerable es atreverse a arriesgarse.

Vulnerabilidad no equivale a debilidad

Cuando nos pasamos la vida ocultando nuestra propia vulnerabilidad y vemos que otras personas no son capaces o no quieren ocultar ni reprimir sus emociones es fácil sentir rechazo por ellas. En vez de apreciar que se atrevan a mostrarse como son, dejamos que nuestros miedos e inseguridades se transformen en juicios y críticas.

Para Brené Brown, vulnerabilidad es «incertidumbre, riesgo y exposición emocional»: «Despertarnos cada mañana y amar a alguien que puede que no nos corresponda, cuya seguridad no podemos garantizar, que puede seguir en nuestra vida o desaparecer de la noche a la mañana, que puede sernos fiel hasta el día de su muerte o traicionarnos mañana…, eso es vulnerabilidad. El amor es incierto. Es un riesgo increíble. Y amar a alguien da lugar a que estemos expuestos a las emociones. Sí, da miedo, y sí, estamos expuestos a que nos hagan daño, pero ¿te imaginas cómo sería la vida sin amar o ser amados?

Exponer nuestro arte, escritos, fotografías o ideas en el mundo sin ninguna garantía de que van a ser aceptadas o valoradas…, eso también es vulnerabilidad. Sumergirnos en los momentos de alegría de nuestra vida, aunque sepamos que son pasajeros, aunque el mundo nos advierta de que no cantemos muy alto para no invitar al desastre…, eso es una forma muy intensa de vulnerabilidad».

Como parte de una de sus investigaciones, Brown preguntó a los participantes «¿Qué es para ti la vulnerabilidad?» y la mayoría de las respuestas tenían que ver con asumir riesgos, afrontar la incertidumbre y exponerse a las emociones. Algunas de esas respuestas fueron: «Sacarme la máscara con la esperanza de que mi verdadero yo no sea demasiado decepcionante»; «Es muy incómodo y aterrador, pero me impulsa a sentirme humano y vivo»; «Dar el primer paso hacia lo que más temes»«Es como tener un nudo en la garganta y una losa en el pecho»; «No tragarme más las cosas»«Es como llegar al aterrador punto más alto de una montaña rusa cuando estás a punto de llegar al borde y caer al vacío; «La vulnerabilidad es como estar desnudo en el escenario y esperar el aplauso en vez de las carcajadas»; «Es estar desnudo cuando todo el mundo está vestido».

¿Os parece que en alguna de estas respuestas hay el menor atisbo de debilidad?

La vulnerabilidad no es sinónimo de debilidad, sino de fortaleza.

La vulnerabilidad como oportunidad de crecimiento y conexión

Para convertir la vulnerabilidad en fortaleza lo primero es identificar las situaciones que nos hacen sentir vulnerables, observar cómo solemos actuar (¿Qué hago cuando me siento emocionalmente expuesto/a, incómodo/a o inseguro/a?) y preguntarnos qué vale la pena hacer, aunque fracasemos. Las siguientes pautas también pueden ayudaros:

  • ¿Te sientes vulnerable? Admítelo. Imagina que tienes que dar una charla y sientes pánico cada vez que tienes que dirigirte a más de tres personas. Cuando tu mayor preocupación es evitar que se note el nerviosismo y gastas toda tu energía en intentar que nadie se dé cuenta, lo que consigues es justo lo contrario: más nervios y más inseguridad. Y aunque te pasa una y otra vez, sigues empeñándote en intentar lo mismo: que no se te note. ¿Por qué no pruebas otra cosa distinta? Reconoce ante tu audiencia que estás nervioso/a. Admitir tu vulnerabilidad no solo te ayudará a respirar más tranquilo/a y a ver que no se acaba el mundo, sino que tu público se sentirá mucho más cerca de ti y apreciará tu valor por reconocer tu temor. Cuando alguien abraza su propia vulnerabilidad le resulta mucho más fácil conectar con la vulnerabilidad del otro y acercarse a él de una forma más honesta y auténtica.
  • Acepta tus imperfecciones. Cometer errores o sentirse en ocasiones inadecuado, inseguro o temeroso es algo universal y nos sucede a todos. Sé comprensivo y compasivo contigo, no te castigues.
  • Pon tu vulnerabilidad al servicio de la conexión con el otro y hazlo de manera honesta, responsable y valiente. Antes de compartir una experiencia o ponerte en una situación que te hace sentir vulnerable, pregúntate: ¿Por qué quiero compartir esto?, ¿Qué resultado o consecuencia espero al compartirlo?, ¿Cuáles son mis intenciones?, ¿Realmente estoy intentado generar una conexión con esta persona? Según Brené Brown, las personas que aceptan su vulnerabilidad y sus imperfecciones sienten menos vergüenza y les resulta más fácil conectar con los otros. Cuando levanto un muro de aparente seguridad para que nadie pueda ver mis debilidades, puede que a corto plazo me proteja. Sin embargo, también me aislará y me alejará de los demás.
  • Escoge con cuidado a las personas con quienes permitirte ser vulnerable. Arriesgarnos a compartir nuestras experiencias o algunos de nuestros miedos no significa que nos convirtamos en un libro abierto ante cualquier interlocutor. Plantéate si esa persona te hace sentir cómodo/a, si sientes que con ella puedes ser tú mismo/a, si te apetece sinceramente que te conozca mejor o a ti te interesa conocerla mejor o si esa persona ha compartido sus experiencias contigo. La vulnerabilidad nos ayuda a crear lazos y a establecer vínculos con otras personas, pero para que funcione es necesario que haya confianza, cierta reciprocidad y también establecer límites. A veces será necesario seguir con nuestra máscara y reservar nuestra fragilidad para otra ocasión, pero nunca hay que confundir esa máscara con nuestra esencia.

Elige bien a la persona antes la que vas a mostrarte vulnerable.

  • Atrévete a aceptar y experimentar emociones que te incomodan, como el miedo, la decepción, el sufrimiento y la vergüenza. Uno de los inconvenientes de evitar sentir las emociones más desagradables es que también cerramos la puerta a las que son positivas, como el amor, la compasión, el perdón, la gratitud, la alegría o la empatía. Y es que los seres humanos no estamos diseñados para anestesiar selectivamente una emoción.
  • No tengas reparos a la hora de pedir ayuda. Buscar ayuda no quiere decir que hayas fracasado o que seas débil, sino todo lo contrario. Significa que estás cuidándote y haciendo lo necesario para estar mejor. Hay personas que piensan que nadie mejor que uno mismo para solucionar sus propios problemas, pero no siempre es así. Muchos pensamientos y conductas están dirigidos por nuestro inconsciente y necesitamos que nos echen una mano para tomar conciencia de lo que nos ocurre. Del mismo modo, cuando los problemas nos desbordan es mucho mejor tener a alguien que no esté tan vinculado emocionalmente con la situación y que sea capaz de ver eso que se nos escapa. Es un error creer que podemos afrontarlo todo nosotros solos o que podemos controlar cualquier circunstancia.

Cuando admitimos nuestra vulnerabilidad estamos abriéndonos al mundo, conectándonos emocionalmente con los demás y mostrándonos lo suficientemente flexibles como para escuchar opiniones distintas a las nuestras sin dar por hecho que esas opiniones están destinadas a atacarnos. Las personas realmente seguras de sí mismas no son las que se creen las más fuertes o las más infalibles, sino aquellas que son capaces de reconocer sus debilidades y aceptarlas sin pensar que por ello tienen menos valor.

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The Call to Courage (Sé valiente). En este documental, disponible en Netflix, Brené Brown nos desafía a ser valientes y, por tanto, a practicar la vulnerabilidad. «No puedes ser una cosa sin la otra», asegura. Según la socióloga, la valentía de una persona se mide según su capacidad para ser vulnerable. Igualmente interesante es su charla TED El poder de la vulnerabilidad (En inglés con subtítulos en español).

 

Procrastinación o dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

Procrastinación o el hábito de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy

Procrastinación o el hábito de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy 1280 846 BELÉN PICADO

Hay algo en común que tienen septiembre y enero: las listas de buenos propósitos. Con el inicio de un nuevo curso y el regreso al trabajo tras las vacaciones, llegan también las buenas intenciones. Una de ellas suele ser llevar las cosas al día. O, lo que es lo mismo, intentar procrastinar menos que la temporada anterior. En psicología llamamos procrastinación al hecho de postergar actividades o situaciones que deben atenderse y que resultan fastidiosas, sustituyéndolas por otras más entretenidas y también menos relevantes. Como se ha dicho toda la vida, dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

Otra característica de la procrastinación es que es algo irracional. Soy consciente de que estoy actuando en contra de lo que me conviene. Y sé que muy posiblemente me perjudicará. Pero, aun así, no puedo evitar hacerlo. Priorizo el sentirme bien en el presente frente las consecuencias negativas que me tocará asumir en el futuro (y que conozco).

Procrastinar no es lo mismo que vaguear

Es importante aclarar que procrastinar no es sinónimo de pereza o vaguería. El que es vago tiene muy poca (o ninguna) disposición para hacer las cosas y si puede librarse de hacer algo que le aburre o le resulta desagradable, no moverá un dedo. Cuando una persona procrastina sí hay intencionalidad de realizar la tarea, lo que ocurre es que intervienen diversos factores que veremos a continuación y que contribuirán a que dicha tarea se deje para otro momento.

Y otra puntualización. Procrastinar ocasionalmente no es negativo. A veces, incluso puede ser una señal de que necesitamos parar o tomarnos las cosas con más calma. La cosa se complica cuando se posterga de forma continua y recurrente y en cualquier ámbito, ya sea trabajo, estudios, relaciones o en lo personal. Y aún se complica más si al propio comportamiento de la procrastinación se suman la frustración, el malestar y la visión negativa de uno mismo al sentirse incapaz de cumplir con los compromisos que hemos adquirido.

El autoengaño también está íntimamente relacionado con la procrastinación. Es habitual pensar que todavía tenemos tiempo suficiente, que haremos mejor la tarea al día siguiente cuando estemos descansados, que bajo presión funcionamos mejor o que, en realidad, esa tarea no es tan importante.

Una mala regulación de las emociones

Cada vez son más los estudios que demuestran que la procrastinación es el resultado de una deficiente regulación de las emociones. Hay personas que no han aprendido estrategias adecuadas de afrontamiento y ante ciertas tareas se sienten incapaces de manejar sus estados de ánimo negativos. Para ellas, la procrastinación se convierte en una manera de neutralizar esas emociones desagradables.

Fisiológicamente, este peor manejo de los estados anímicos negativos está relacionado con la amígdala (región del cerebro que controla las emociones). Una investigación realizada en la Universidad alemana Ruhr de Bochum encontró que las personas con una amígdala más grande son más propensas a postergar las tareas. Según los autores del estudio, además de desempeñar una función importante en la valoración emocional de las situaciones, esta estructura cerebral también nos advierte de los efectos negativos que pueden tener nuestras acciones. Esto se traduce en que las personas con una amígdala más voluminosa podrían mostrarse más temerosas ante las consecuencias de sus actos, por lo que retrasan el inicio de los mismos.

La procrastinación está relacionada con una deficiente regulación de las emociones.

¿Qué nos lleva a procrastinar?

¿Cómo se explica que una persona aplace ciertas tareas y no otras? ¿Y que demore una misma tarea en un momento dado, pero no en otro? Las razones que nos llevan a procrastinar son varias:

  • Baja autoeficacia percibida. En ciertas tareas una persona puede considerar que sus habilidades son insuficientes o inadecuadas. Por ejemplo, si tengo que preparar un informe y estoy convencida de que me expreso fatal, voy a angustiarme y probablemente deje la tarea para más tarde. Al final, escribiré el informe con prisas y sin tiempo para repasarlo. Y el resultado me hará pensar que, efectivamente, los informes no son lo mío cuando en realidad el problema ha sido dejarlo para el último momento.
  • Tener baja tolerancia a la frustración. Volvamos al ejemplo anterior. Si escribir ese informe me genera ansiedad y no soy buena manejándome con la frustración, voy a poner el foco en evitar el malestar en vez de concentrarme en la tarea. ¿Y cómo neutralizo la ansiedad? Postergando (mientras encuentro las fuerzas me ‘trago’ cinco capítulos seguidos de la última serie que ha estrenado Netflix o me doy una vuelta por Facebook por si me han dejado algún “Me gusta” en la última foto que subí). En esta baja capacidad para soportar el malestar influye, y mucho, el tipo de educación recibida en la infancia. La sobreprotección, una excesiva exigencia o tener unas figuras de apego evitativas aumentan las posibilidades de procrastinar.
  • Impulsividad. Las personas impulsivas tienden más a dejarse llevar por las distracciones que aquellas que tienen bien entrenado el autocontrol y, además, suelen contar con una baja capacidad de planificación. Frente a la impulsividad, el autocontrol nos ayuda a hacer algo desagradable, pero que será bueno en el futuro.
  • Rigidez. Una persona muy ‘cuadriculada’ puede condicionar la realización de una tarea a que se den una serie de circunstancias que considera adecuadas y necesarias. Por ejemplo, puedo decirme que me pondré a escribir el dichoso informe cuando tenga la habitación impoluta y totalmente ordenada o que no llamaré a mi madre hasta que encuentre un hueco en el que estemos tranquilas en casa, tengamos al menos media hora para hablar y ambas estemos completamente descansadas. Como es complicado que se den todas y cada una de esas condiciones, lo más seguro es que deje el informe o la llamada en el ‘cajón de las cosas pendientes’.
  • Perfeccionismo: Puede parecer una contradicción ser perfeccionista y procrastinador, pero no lo es. Cuando una persona necesita realizar la tarea de una manera que considere perfecta según sus criterios, puede acabar aplazándola porque piense que mañana tendrá más tiempo y la desempeñará mejor.

Consecuencias de la procrastinación

Aunque no es un trastorno, si dejamos que la procrastinación se convierta en algo habitual, nuestra salud mental y física acabará viéndose afectada. Estas son algunas de las consecuencias:

  • Disminución del rendimiento laboral y académico: Cuando lo dejamos todo para el último momento, lo único que conseguimos es que las tareas se amontonen. Al tener menos tiempo, las haremos más deprisa, sin prestarles la atención necesaria y, en muchos casos, estresados.
  • Disminución de la autoestima. A medida que pasan los días y seguimos sin enfrentarnos a una actividad u obligación, la visión que tenemos de nosotros mismos es cada vez más negativa. Incluso pueden aparecer sentimientos de culpa. Empezamos a pensar que no vamos a ser capaces, que somos un desastre… y nuestro cerebro asume esos mensajes como reales. Así es muy probable que nuestros temores se confirmen y no logremos nuestro objetivo, lo que a su vez irá en detrimento de nuestra autoestima.
  • Aumento de los niveles de ansiedad y estrés. La satisfacción que provoca postergar una tarea es fugaz y el malestar que tratábamos de evitar regresará con más fuerza cuando se aproxime el momento en que tengamos que entregar una tarea, por ejemplo. Si este proceso se repite en el tiempo, corremos el riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad. Además, la ansiedad y el estrés pueden a su vez provocar otros trastornos a nivel físico, como migrañas, problemas digestivos, hipertensión, alteraciones del sueño, etc.

La procrastinación disminuye nuestro rendimiento.

Qué puedo hacer

Seamos realistas. Nuestra ritmo de vida actual no pone fácil dar esquinazo a la procrastinación. En cualquier lugar y en cualquier momento tenemos un interminable menú de distracciones y tentaciones tan amplio como ‘peligroso’. Pero, por suerte, superarla es una habilidad que podemos aprender.

El primer paso es tomar conciencia del problema. Una vez que has admitido que la procrastinación se ha convertido en tu inseparable compañera, lo siguiente es descubrir qué te lleva a procrastinar a ti en particular y en qué ámbitos lo haces. ¿Encuentras cualquier distracción cada vez que te toca comer en casa de tu familia política? ¿O solo procrastinas en el ámbito laboral cuando estás ante una tarea para la que no te sientes capacitado? Si te resulta difícil llevar a cabo este ejercicio de introspección o sientes que el problema que hay detrás te supera, no dudes en recurrir a un psicólogo. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo, estaré encantada de ayudarte).

La solución también pasa por trabajar en tu autoestima, aprender a manejar mejor las emociones y en prestar mucha atención al autocuidado. No olvidemos que la salud mental está íntimamente unida a la salud física.

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Vídeo

En la mente de un maestro procrastinador. En esta divertida charla TED, Tim Urban explica de una forma clara y entretenida cómo funciona la procrastinación y qué nos impide concentrarnos en una tarea. Según él, en nuestro cerebro conviven un tomador de decisiones racionales, un mono que solo se preocupa por la gratificación instantánea y un monstruo del pánico, que aparece cuando se acerca la fecha en que tenemos que entregar nuestra tarea.

Solo yo soy responsable de mis emociones y de mi vida

Solo yo soy responsable de mis emociones (y de mi vida)

Solo yo soy responsable de mis emociones (y de mi vida) 1280 853 BELÉN PICADO

Seguro que os resultan familiares frases como “Me pones de los nervios”, “Mi novio me agobia mucho con sus problemas”, “Me has decepcionado”, “Me has amargado el día”, etc. El otro día, una conversación con una de mis pacientes me recordó lo difícil que resulta, en general, aceptar la responsabilidad lo que sentimos. Y lo cierto es que, por mucho que cueste aceptarlo, nadie es responsable de mis emociones. Solo yo.

Ana (el nombre es inventado) llegó furiosa e indignada a nuestra sesión. Un mes antes había conocido a un chico a través de una aplicación de citas y entre ambos se estableció una relación “mágica y maravillosa”, en palabras de la propia Ana. Sin embargo, la euforia y la felicidad le duraron poco. De la noche a la mañana, ese chico con quien había conectado tanto y tan bien desapareció sin despedirse ni dar explicaciones. Le hizo un ghosting en toda regla. “¿Cómo puede haberme tratado así? ¡Me ha amargado la vida!”, se quejaba Ana, furiosa primero y triste después. Cuando le pregunté cuál creía que era su parte de responsabilidad en lo que había ocurrido se molestó: “¡Por supuesto que ninguna! ¡Él tiene toda la culpa de que yo esté hecha polvo!”.

El mecanismo oculto que hay detrás de actitudes como la de Ana es la tendencia a eludir nuestra parte de responsabilidad y desviarla hacia el hecho que nos provoca la molestia. Sin embargo, en lugar de buscar la causa (o la excusa) que justifique mi estado emocional, puedo preguntarme: «¿Cuál es mi parte de responsabilidad en eso de lo que me quejo?«. Es decir, poner el foco de atención en por qué me siento así conmigo mismo y no buscar respuestas en el exterior.

A menudo la causa de nuestro malestar no se encuentra tanto en la situación, como en nuestro modo de pensar y sentir, influido por prejuicios, creencias, miedos, debilidades… No me hago responsable de mis emociones y busco la causa de mi estado emocional fuera porque no estoy preparado para ser sincero conmigo mismo. Si soy capaz de reconocer este mecanismo de proyección, posiblemente serán muchas menos las situaciones que me generen malestar.

A menudo la causa de nuestro malestar no se encuentra tanto en la situación, como en nuestro modo de pensar y sentir.

No se puede aplaudir con una sola mano

Estamos acostumbrados a atribuir muchos de nuestros estados emocionales a los demás y también a cargar con la responsabilidad de cómo se siente el otro.

Hay veces que alguien cercano no se siente bien y me siento responsable de acabar con su sufrimiento. Otras, sin embargo, soy yo quien estoy mal y culpo al otro de mi malestar. Ambos tipos de situaciones me muestran cuánto me cuesta hacerme responsable de mis emociones y, en consecuencia, hacerme cargo de mi vida.  La solución de este conflicto pasa por cambiar la pregunta «¿Quién tiene la culpa?» por «¿Quién es responsable, de qué y en qué medida?».

No se puede aplaudir con una sola mano. Siempre somos en parte responsables de lo que nos quejamos y hay que tener la valentía de aceptarlo.

Volviendo al primer ejemplo que os he puesto, la responsabilidad de Ana empieza por descubrir qué tipo de relación necesita establecer con posibles parejas y de dónde viene esa forma de vincularse. Solo estando en contacto consigo misma y conociendo profundamente sus mecanismos internos, Ana empezará a sentirse atraída por personas que no acaben haciéndole daño o simplemente abandonándola.

El poder de responsabilizarme de lo que siento

Al responsabilizar al otro del enfado, la angustia o la tristeza que sentimos, estamos depositando en él lo que no estamos preparados para asumir de nuestra propia realidad personal. Solo cuando estemos preparados y aceptemos esa parte de responsabilidad, los demás nos servirán de espejo para que veamos qué asuntos pendientes tenemos que resolver con nosotros mismos.

Del mismo modo, si nos hacemos cargo de nuestras emociones no será necesario sentirnos responsables de las de los demás. Eso no quiere decir que no seamos comprensivos y empáticos con alguien que está atravesando un mal momento. Me refiero a que olvidemos la idea de intentar “arreglar” la tristeza del otro.

La toma de conciencia de la que os hablo tampoco implica que no podamos enfadarnos o que permitamos que nos traten mal. Todo lo contrario. El hecho de ser consciente de mi responsabilidad sobre lo que siento me empodera para conectar con mi malestar, poner límites y protegerme de personas o situaciones que vulneran mis derechos o me faltan al respeto.

Conectar con mi malestar me empodera porque me ayuda a identificar mis emociones.

Hazte cargo de tus emociones y de tu vida

El primer paso para hacerme responsable de mis emociones es reconociéndolas como parte de mí. Si en mi infancia aprendí que sentir tristeza, vergüenza, miedo o ira estaba mal y me acostumbré a apartar esas emociones cada vez que asomaban, es normal que de adulto ni siquiera sea consciente de que están ahí. Solo puedo ver su reflejo en las palabras o las acciones del otro.

Una vez hayas conseguido identificar tus emociones toca aceptar que no es tu papel evaluar las intenciones de los demás ni responsabilizarte de su realidad interna. Cada uno, según su grado de conciencia, hace lo que puede con las experiencias y los aprendizajes que lleva consigo. Decidir cómo vas a reaccionar ante lo que la vida te presenta (a través de los acontecimientos y de las personas) es solo responsabilidad tuya.

Presta atención a las palabras. Cuando utilizas frases como “Me has hecho enfadar” estás dando al otro el poder sobre tu malestar. Si esto fuera así, seguirías enfadado mientras el otro quisiera y, la verdad, es que no suena muy alentador. Sin embargo, decir “Estoy enfadado por lo que ha ocurrido”, te devuelve el poder. Responsabilizarte de tus emociones es esencial para establecer una comunicación empática y no violenta.

En definitiva, hacerme cargo de mi vida pasa por tomar conciencia de que las emociones que experimento al interpretar una situación de una forma determinada son solo mías. Una vez que consiga esto, no solo tendré la capacidad de regular mis emociones. También podré ser más asertivo cuando alguien trate de responsabilizarme de las suyas.

Los secretos familiares pueden ser fuente de traumas y heridas emocionales

¿Cómo afectan los secretos familiares a la salud mental y emocional?

¿Cómo afectan los secretos familiares a la salud mental y emocional? 1053 900 BELÉN PICADO

En casi todas las familias hay temas que está prohibido tocar y no son pocos los casos en los que algunos miembros ni siquiera saben por qué. Generalmente mantenemos oculto todo aquello que nos produce vergüenza, dolor o culpa y que no ha sido posible procesar psicológicamente. A menudo, trauma y secretos familiares van unidos.

Los grandes asuntos tabú que suelen ocultarse en las familias tienen que ver con el origen o el nacimiento de alguno de sus miembros (adopciones, hijos fuera del matrimonio); enfermedades mentales; muertes en determinadas circunstancias (suicidios, asesinatos, abortos, muertes a una edad temprana); secretos sexuales (incestos, abusos, infidelidades), asuntos de dinero (ruinas, escasez, pérdidas de juego, herencias); o temas relacionados con guerras o emigraciones.

Lo privado y lo secreto

Es importante aclarar la diferencia entre lo privado y lo secreto. Todos tenemos derecho a proteger nuestra intimidad y a guardar determinadas situaciones o vivencias personales solo para nosotros o compartirlo con quienes deseemos. Tampoco hacen daño ciertos secretos. Por ejemplo, el lenguaje propio que pueden inventar dos niños para que nadie más pueda entenderlos. De hecho, estas conductas ayudan al niño a crear un mundo interno propio y diferente del de los adultos.

En este artículo os hablo sobre esos secretos que conllevan un importante desgaste emocional para quien los posee e influyen negativamente en la comunicación interpersonal. Se trata de secretos que pueden repercutir en la toma de decisiones e, incluso, en la salud mental y emocional tanto de los que conocen la verdad como de los que la ignoran. El grado de participación de varias generaciones (hijos, padres, abuelos…) también determina la gravedad y trascendencia de lo que se oculta.

Hay secretos familiares que conllevan un importante malestar emocional.

¿Por qué aparecen los secretos en las familias?

Generalmente los secretos parten de una situación que, quien los guarda, considera vergonzosa y dolorosa para su entorno. Así que la información se reprime y se esconde hasta llegar a ser parte del inconsciente familiar. Es habitual que se oculten ciertos hechos o informaciones esgrimiendo motivaciones como las de proteger a otros miembros de la familia (generalmente a los hijos), no hacerles daño o no crearles un ‘trauma’. Sin embargo, de forma implícita, también se busca evitar el miedo, la culpa y/o la vergüenza que supondría desvelar una verdad que resulta inaceptable. Se pretende seguir viviendo como si no pasara nada. Como si por ocultar la basura debajo de la alfombra y no hablar de ella fuera a desaparecer. Pero la realidad es que lo evitado siempre encuentra un canal para volver.

Los secretos también pueden crearse a partir de un hecho traumático, debido a la incapacidad de quien lo sufre de hacerle frente. Esta persona reprime y niega dicho episodio. A través del silencio, busca defenderse de su propio sufrimiento y evitar daño al resto de sus seres queridos. Sin embargo, este dolor puede transmitirse a sus descendientes. Es posible que un miembro de la siguiente generación empiece a manifestar síntomas que no comprende, ni sabe de dónde vienen. En algunos casos son un efecto de ese acontecimiento significativo vivido en la familia y ocultado.

Deterioro en la comunicación y las relaciones interpersonales

Algunos efectos que tienen los secretos sobre el sistema familiar:

  • Contribuyen a arrebatar a los integrantes de la unidad familiar la posibilidad de aprender a hacerse cargo, elaborar y superar sus propias dificultades. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando la madre no cuenta a su hijo que su padre se ha suicidado, para ‘protegerle’.
  • Dificultan el establecimiento de relaciones saludables y honestas. Evitar hablar de un hecho doloroso para eludir el sufrimiento tiene efectos nocivos en la comunicación. Primero se intentará no hablar de ese evento en particular y poco a poco la evitación se irá generalizando a otros temas. De este modo, el silencio y la desconfianza se instalarán en la unidad familiar deteriorando cada vez más la comunicación y las relaciones.
  • Favorecen el aislamiento, la tristeza y, en ocasiones, la depresión al no poder procesar algo que la persona percibe, pero que no coincide con lo que su familia le está mostrando.
  • Generan jerarquías de poder y coaliciones que obstaculizan la comunicación y que a veces se convierten en herramientas de control de unos sobre los otros.
  • Originan altos niveles de ansiedad. Mantener un secreto hace que la persona esté permanentemente alerta para que no se le descubra.
  • Mantienen encadenados a los miembros de la familia, estableciendo una lealtad disfuncional y dificultando la separación necesaria para crear relaciones sanas fuera del sistema.
  • El secreto opera como una cortina de humo que, aunque no se ve, entorpece la vida familiar. Es como tener un elefante en la habitación, de cuya presencia nadie parece percatarse. Esta metáfora suele utilizarse para referirse a una verdad evidente que es ignorada o a un tema espinoso en el que todos prefieren mirar a otro lado. Sería el caso de un hijo homosexual que vive con su pareja y los padres se refieren a este como “un amigo”, sin llegar nunca a reconocer la orientación sexual de su hijo.

Los secretos de familia • Dificultan el establecimiento de relaciones saludables y honestas.

El alto precio del silencio

Cuando se niegan hechos traumáticos y se convierten en secretos, el precio que paga la familia por guardar silencio puede ser muy alto. Al no poder exteriorizarse, esas verdades ocultas intentarán reprimirse, pero acabarán manifestándose a través de miedos, obsesiones, somatizaciones, conductas disfuncionales…

Estos síntomas se repetirán generación tras generación hasta que esas verdades sean habladas, procesadas, recolocadas y comprendidas. Por ejemplo, es posible que aparezcan problemas de conducta o aprendizaje en los primeros años del colegio de niños que conviven en este tipo de familias. Y es que los niños, aunque creamos que no se enteran de nada, perciben la angustia que están experimentando los adultos cercanos a ellos. Y no solo eso. Cuando lleguen a la edad adulta, es muy probable que fracasen a la hora de crear y mantener vínculos afectivos. Porque la sensación de que se les está ocultando algo se mantendrá en algún lugar del inconsciente y contribuirá a generar desconfianza.

Además, en muchas ocasiones la verdad acaba saliendo a flote y no siempre lo hace de la mejor forma o en el momento más adecuado. Para un hijo descubrir por casualidad o por terceras personas que le han mentido sobre quién es su padre o cuál es su origen puede ser mucho más doloroso y difícil de asumir que si se lo hubieran dicho desde un principio.

Antes de divulgar un secreto…

Compartir verdades de la historia familiar, por dolorosas que sean, ayuda a fortalecer los vínculos y sentar una base de confianza, honestidad, resiliencia y aprendizaje. Pero es esencial cuidar el cómo y el cuándo. Si estás decidido a divulgar un secreto familiar, antes de lanzarte:

  • Analiza la situación. ¿Cómo afectará a la persona o personas a quienes se lo revelarás? ¿Eso que vas a decir es algo que cambiará tu relación con los demás miembros de tu familia o las relaciones entre ellos? ¿Cómo crees que responderías tú?
  • Elige bien el momento. No es buena idea hacerlo durante una celebración familiar, por ejemplo. Aunque todos estén presentes y parezca que así será más rápido y fácil, el hecho de que en estas ocasiones suela haber mucha emoción en el ambiente no te va a ayudar.
  • Actúa con responsabilidad. Piensa si estás preparado para afrontar a corto y largo plazo las consecuencias de tu revelación, ya que no son pocas las ocasiones en las que al revelar un secreto se destapan muchos otros.

Antes de divulgar un secreto familiar, analiza bien la situación.

Ejerciendo de detectives

Investigar en la cronología familiar nos va a ayudar a comprender por qué las cosas fueron cómo fueron, por qué mi madre es tan miedosa o se preocupa tanto por todo, por qué en casa no se habla del suicidio del tío o de las infidelidades del abuelo, etc. Conocer la propia historia y la historia familiar contribuye también a ampliar nuestra consciencia y ver de dónde pueden venir algunas cosas. Por ejemplo, podemos descubrir por qué somos tan vergonzosos o por qué nunca terminamos las cosas que empezamos.

Ahora bien, en caso de sospechar que en tu familia se oculta algo, antes de convertirte en detective, pregúntate si realmente quieres saber la verdad. ¿Estás preparado o preparada para manejar una información que podría cambiar tu vida y la de otros? Ten presente que, según sea el secreto, necesitarás un proceso de readaptación y reacomodación interna que puede ser difícil y doloroso.

En este proceso puede ayudarte mucho contar con la ayuda de un profesional. A veces no es posible descubrir y sacar a la luz ciertos secretos. Pero igualmente se puede trabajar en terapia con lo “no dicho”, con esos lemas familiares que nos “hemos tragado sin masticar” y también con esas emociones que llevamos dentro y no son nuestras (vergüenza, culpa, ira…). Los traumas y las heridas emocionales tienden a transmitirse, de generación en generación y a través de los lazos familiares, hasta que alguien consciente detiene el proceso. (En caso de que necesites ayuda, puedes ponerte en contacto conmigo y te atenderé lo antes posible)

“Lo que es callado en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo” (Françoise Dolto, psicoanalista francesa)

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Película

Frozen. En esta producción de la factoría Disney se muestran claramente cómo influyen ciertos secretos en generaciones posteriores. Documentándome sobre el tema, he encontrado un artículo muy interesante que os recomiendo: Frozen: Los secretos familiares y sus consecuencias.

El hambre emocional está detrás de los atracones.

Atracones y hambre emocional: Ese vacío que no se llena con comida

Atracones y hambre emocional: Ese vacío que no se llena con comida 1280 1920 BELÉN PICADO

Los atracones son una de las formas que tiene nuestro organismo para decirnos que nos está pasando algo que todavía no hemos visto. Y es que, a menudo, la comida actúa como una cortina de humo que impide ver el verdadero problema: la necesidad de llenar un vacío que no está en nuestro estómago, sino en otros ámbitos de nuestra vida. Lo que hay detrás del atracón no es hambre física, sino hambre emocional.

Teresa es la personificación de la eficacia y la organización, en su trabajo y en su vida personal. Todo el mundo recurre a ella porque siempre sabe qué hacer. Lo que nadie sabe es que una vez a la semana va al supermercado, compra patatas fritas, bollos y un sinfín de productos hipercalóricos y se mete en el coche para pasar una hora comiendo sin parar. Marta vive sola; cuando está en casa aburrida y sin saber qué hacer, ‘asalta’ la nevera y come todo lo pilla. Antonio, cada vez que discute con su pareja, va directo a la tienda de chuches que hay al lado de su casa…

Esta ingesta masiva y compulsiva en un corto espacio de tiempo suele hacerse en solitario y, con frecuencia, a la euforia inicial le sigue una sensación de malestar, culpa y sensación de falta de control. Cuando se produce al menos una vez a la semana durante tres meses podemos estar ante un Trastorno de atracones, según especifican los criterios que recoge el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5).

Aunque Teresa, Marta y Antonio creen que sus atracones se deben a la falta de control y a que no tienen “fuerza de voluntad”, lo que les ocurre responde más a un problema de regulación emocional. Lo que lleva a esta forma impulsiva de comer, en una situación en la que la persona se desconecta de su cuerpo y del momento en el que está, no se relaciona tanto con alimentarse como con la necesidad de calmarse y sentirse mejor.

Los atracones están relacionados con la necesidad de calmarse y sentirse mejor.

El papel del cerebro

Desde que nacemos, la comida es mucho más que alimento. Está asociada a momentos de placer y expresiones de afecto. Probablemente, muchos de vosotros recordaréis algún mal momento en vuestra infancia en el que alguien que os quería os consoló con un helado, con un trozo de bizcocho o con alguna comida que os hizo sentir mejor. Y es muy posible también que vuestro cerebro asociara aquel sabor al bienestar que os proporcionó en aquel momento y lo grabara en la memoria. Esa asociación es la que hace que ahora, de modo inconsciente, busquemos ese mismo consuelo en la comida cuando nos sentimos mal. De hecho, algunas investigaciones han confirmado el importante papel que juega la amígdala (región del cerebro que controla las emociones) en el procesamiento emocional de la alimentación.

Durante el atracón, el alto contenido de azúcar y grasas que aportan los alimentos que suelen ingerirse estimula la producción de serotonina (la hormona de la felicidad). Sin embargo, al rato los niveles de glucosa caen y la sensación placentera se va para dejar paso a la frustración, la ansiedad o la culpa. ¿Qué ocurre entonces? Pues que, para suavizar esa sensación tan desagradable, volvemos a sentir la tentación de recurrir a la comida nuevamente. Así, lo que podía haber sido una recompensa puntual, se convierte en un comportamiento habitual y en un círculo vicioso similar al de la adicción.

Comer para evitar el sufrimiento

Si durante nuestra infancia contamos con unas figuras de apego que nos ofrecieron una base segura y nos ayudaron a adquirir un variado repertorio de estrategias de afrontamiento, la relación entre comida y situaciones agradables, como hemos dicho, pasarían a nuestra biblioteca de recuerdos positivos. Sin embargo, si no tuvimos un vínculo de apego seguro, ni aprendimos a procesar y elaborar creencias y experiencias negativas, nuestro cerebro se vio obligado a buscar otras vías alternativas para evitar el sufrimiento. Y una de esas vías para protegerse del rechazo y la sensación de abandono es recurrir a los atracones.

Es más fácil decirnos “No puedo parar de comer” que afrontar un sentimiento (o una situación) que no sabemos cómo manejar y que sentimos tan abrumador que podría hundirnos.

En el blog sobre trastornos alimentarios Cómete el mundo, que os recomiendo, se habla de los atracones como un modo de autosabotaje: “El autosabotaje puede ser la forma que ha encontrado el cerebro de funcionar evitando el sufrimiento. Pero a largo plazo no solo mantiene el principal temor, sino que lo intensifica. Esta parte puede contener creencias negativas sobre uno mismo que llevan ancladas desde hace años: “No soy capaz de expresar un desacuerdo”, “Me siento gorda”, “No me va a querer nadie”. Cuando el cerebro recibe estos mensajes necesita hacer algo para evitar el sufrimiento. Y, cada vez que puede sentirse en peligro o sentirse mejor, vuelve a realizar las rutinas conocidas para asegurarse el resultado. Las principales emociones relacionadas con el inicio del autosabotaje podrían ser la tristeza, la rabia hacia uno mismo y la vergüenza”.

Hambre emocional y apego

El vínculo entre emoción y alimento empieza a forjarse antes de nacer. El bebé y la madre están biológicamente preparados para establecer un vínculo afectivo potente y nutritivo que garantice el correcto desarrollo del niño. Pero, además de la necesidad primaria de ser alimentado, hay otra igualmente básica para la supervivencia del niño y es la de ser querido.

Cuando comemos de forma impulsiva, no buscamos tanto llenar nuestro estómago, como satisfacer el anhelo del cariño que nos faltó en la infancia y que nos dejó un profundo vacío. Y a veces basta con un pequeño desencadenante para que aquella sensación y el recuerdo de aquel niño o aquella niña que no fueron vistos se hagan presentes. Entonces, nos abandonamos al impulso de comer de forma automática, sin pensar. Y ese acto nos anestesia y nos impide notar el sufrimiento, aunque solo sea por un rato. Cuando la comida cumple esa función, y no la de nutrirnos para la supervivencia, hablamos de hambre emocional. Por eso, cuando el hambre que necesitamos saciar es emocional, por mucho que comamos nunca nos sentiremos satisfechos.

Una chica de 27 años que sufre este trastorno lo describe así: “Para mí, el alimento es fuente de amor, seguridad y supervivencia, aunque también fuente de castigo. Me da compañía en momentos de soledad, no me juzga, no me critica. Siempre está disponible, me ayuda a escapar de emociones que no me atrevo a expresar por temor a la reacción del otro. A fin de cuentas me hace conectar con el calor y la protección que no recibí durante la niñez, protegiéndome de mis necesidades arcaicas legítimas insatisfechas”.

El trastorno de atracones también está directamente relacionado con la tendencia al perfeccionismo. Otros factores que pueden influir en la aparición de este y otros trastornos de la alimentación: haber sido víctima de abusos y/o maltrato en la infancia o de negligencia en la crianza (padres ausentes física o emocionalmente, desbordados, con incapacidad de poner límites o, por el contrario, que impusieron una educación muy estricta). En realidad, estas psicopatologías son como un iceberg, lo que vemos solo es el 10 por ciento mientras que el 90 por ciento restante permanece oculto bajo la superficie.

A través de la comida, la persona busca satisfacer el anhelo del cariño que le faltó en la infancia.

Escúchate y toma conciencia de tus necesidades

  • Conviértete en detective. Responderte a algunas preguntas puede arrojar luz sobre los verdaderos motivos que te llevan al atracón. ¿En qué momentos sucede? ¿Qué ha pasado justo antes? ¿Hay algo que te ha molestado en los últimos días? ¿Qué no has dicho? ¿Algo te ha hecho sentir vulnerable? ¿Qué te has negado?
  • Identifica qué tipo de hambre sientes. El hambre física: aparece poco a poco (ya sabéis, notar el estómago vacío, ruiditos…); comemos lo primero que tengamos a mano; somos capaces de posponer el comer y realizar otra actividad mientras esperamos; cuando hemos comido suficiente y estamos saciados podemos dejar de comer y nos sentimos bien. El hambre emocional: irrumpe de repente; somos selectivos a la hora de elegir qué vamos a comer (generalmente alimentos muy calóricos); tenemos que comer ese mismo instante y es difícil concentrarse en otra cosa; seguimos comiendo aun después de estar saciados y cuando acabamos nos sentimos fatal. Si es hambre emocional observa qué emoción hay detrás. Quizás haya enfado por una discusión con tu pareja y una conversación pueda cambiar el foco de tu atención.
  • Apúntate al Mindful Eating. Acostúmbrate a alimentarte desde la conciencia plena, centrándote única y exclusivamente en lo que estás comiendo. Además de aprender a escuchar a tu cuerpo, comer de forma consciente te permitirá saborear y disfrutar más de la comida. También te ayudará a establecer una relación más sana con los alimentos.
  • Mima a tu niño interior. Aprende a establecer vínculos sanos y rodéate de personas que te acepten como eres, con tus luces y tus sombras. Pero, sobre todo, has de empezar por escuchar, aceptar y acoger a ese niño que aún vive dentro de ti.
  • Busca ayuda. La Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares (EMDR) es muy recomendable para abordar tanto los atracones como el resto de los trastornos de la conducta alimentaria. La eficacia de esta terapia radica en que va al origen del problema. Se trabaja no solo con el síntoma que se ve, sino con el trauma oculto que está en la base. Muchas veces hay sucesos traumáticos en la vida del paciente que pueden estar directamente relacionados con el origen y el mantenimiento de los trastornos alimentarios. En caso de que necesites ayuda, puedes ponerte en contacto conmigo y te atenderé lo antes posible.
La emoción de la vergüenza cumple una importante función social.

Emociones incomprendidas: La función social de la vergüenza

Emociones incomprendidas: La función social de la vergüenza 1280 1352 BELÉN PICADO

Miedo, confusión, bloqueo, deseo de ser invisible… Son algunas de las sensaciones típicas de la vergüenza. ¿Quién no se ha dicho alguna vez “Tierra trágame” tras una metedura de pata, una caída tonta o una intervención desafortunada? Sin embargo, pese al malestar que podamos llegar a experimentar, también es importante reconocer el valor adaptativo y, especialmente, la función social de la vergüenza.

Todas las emociones son respuestas generadas por nuestro organismo para adaptarnos al entorno. En el caso de la vergüenza, cierta dosis es, incluso, una señal de salud mental. Hay patologías mentales entre cuyas características está la desinhibición de la conducta. En cuanto a los psicópatas, no experimentan vergüenza porque no han desarrollado la capacidad de empatizar ni conectar con los demás. Así que sentir un poco de vergüenza, después de todo, no está tan mal…

Mecanismo de regulación social

La vergüenza es una emoción autoconsciente. Esto significa que aparece cuando hago una valoración negativa de mí mismo al considerar que he incumplido, o podría llegar a incumplir, una norma social o personal, con el consiguiente riesgo de ser rechazado. Siento que hay algo en mí que no es aceptable y, por tanto, debo ocultarlo, bien ocultándome yo o bien mostrándome de una forma socialmente aceptable. Por lo tanto, cumple una poderosa función de regulación social. Como mamíferos que somos, estamos programados para buscar la aprobación y el apoyo del grupo. Lo que hace la vergüenza es ayudarnos a evitar la experiencia de sentir el ‘rechazo de la manada’

El propósito de esta emoción es, entonces, ayudarnos a cumplir las expectativas sociales, de forma que seamos aceptados por el grupo, favoreciendo, de paso, nuestro sentimiento de pertenencia. En su modo más funcional, la vergüenza es una forma sana de proteger nuestra imagen ante los demás y mantener nuestros vínculos sociales.

La vergüenza nos ayuda a mantener los vínculos sociales.

Por ejemplo, Manolo sale por primera vez con un grupo del que le gustaría formar parte y en un momento dado, todos proponen ir a un restaurante determinado. Él preferiría ir a otro sitio, pero por corte y como parece ser el único que piensa diferente, opta por no decir nada y sumarse al plan. En este caso, la vergüenza está funcionando como mecanismo de adaptación al grupo.

Os pongo otro ejemplo de vergüenza adaptativa. Tengo que hacer una exposición en clase, pero no me la preparo lo suficiente y el resultado es una nota baja y una llamada de atención del profesor. Eso me hace sentir cierto bochorno, no solo porque he sido sancionada socialmente, sino también porque siento que me he fallado a mí misma. Así que este sentimiento, aunque desagradable, me lleva a mejorar mis siguientes intervenciones.

¿Cuándo se convierte en desadaptativa?

Cuando es adaptativa, la vergüenza nos ayuda a corregir conductas y actitudes social o personalmente mal vistas, protege nuestra conexión con los demás y previene el aislamiento social.

Entonces, ¿cuándo se vuelve patológica? Volviendo al ejemplo de Manolo, su vergüenza puede convertirse en desadaptativa si generaliza esa forma de actuar a otros ámbitos, empieza a creer que es menos válido que los demás y la emoción le desborda hasta el punto de interferir en su día a día. A estas situaciones suelen acompañarles mensajes del tipo “No valgo nada”, “Da igual lo que diga porque no les va a interesar y se van a reír de mí”, “Sé que si lo intento voy a hacer el ridículo”, “Nunca seré tan inteligente o tan abierto o tan simpático como ellos”… Todas estas frases recogen el sentimiento de no ser digno, de no ser aceptado o de ser enjuiciado.

Cómo se desarrolla la vergüenza

Antes de los 3 ó 4 años, los niños no sienten vergüenza porque aún no han desarrollado el pensamiento social. Es a partir de esa edad, una vez que adquieren conciencia de sí mismos, cuando ya tienen la capacidad de experimentar esta emoción. Aprenderán entonces que también existe el mundo del otro, comenzarán a notar su mirada y, en consecuencia, empezarán a verse reflejados en ella.

Como explica el psicólogo Manuel Hernández, “al regañar a sus hijos, la mayoría de las veces de forma controlada, los padres les generan una sensación de vergüenza y malestar con el fin de educarlos y evitar conductas peligrosas o inapropiadas”. Cuando hay un apego seguro estas «rupturas momentáneas del vínculo de apego son sanas y permiten un aprendizaje y una autonomía del niño, que aprenderá paulatinamente a regularse por sí mismo en el ámbito social en ausencia de sus cuidadores”.

Este tipo de intercambios entre padres e hijos son necesarios para que estos adquieran autocontrol y aprendan a modular tanto su conducta como sus emociones.

Los niños empiezan a sentir vergüenza sobre los 3 ó 4 años.

Reconcíliate con tu vergüenza

La clave para gestionar y aprovechar la función adaptativa de esta emoción es aceptarla y escucharla:

  • Escucha a tu avergonzador interno. A menudo el sentimiento de vergüenza es el resultado del enfrentamiento entre dos partes de nosotros mismos: nuestro ‘yo avergonzado’ y nuestro ‘yo avergonzador’. Presta atención a este último. ¿Cómo es? ¿Qué le dice a tu ‘yo avergonzado’? ¿Le informa de que se ha equivocado de forma cuidadosa para que aprenda de sus errores? ¿O le ridiculiza y le hace sentir indigno? Si estás atento, la vergüenza puede ser una alarma infalible que te indique cuándo toca reequilibrar algo respecto a tu relación con los demás. Tú puedes enseñar a tu avergonzador interno a sustituir el modo ‘examinador’ por el modo ‘colaborador’.
  • Mírate desde fuera. Si hay algo en particular que te da vergüenza, imagina que le ocurre a otra persona. ¿La juzgarías del mismo modo en que te juzgas tú? Si no nos avergonzamos de alguien a quien le ha pasado lo que a nosotros o que se siente como nosotros, tampoco deberíamos avergonzarnos de nosotros mismos, ¿no crees?
  • Cultiva la empatía. Si admito ante alguien un hecho o un aspecto de mí que me causa pudor y recibo de ese interlocutor un “A mí también me pasa”, es muy probable que mi malestar desaparezca o, al menos, se reduzca bastante. Para Brené Brown, profesora e investigadora estadounidense, la empatía es el antídoto de la vergüenza. En su charla TED Escuchar a la vergüenza lo explicó así: “Si ponemos la vergüenza en una placa de Petri (recipiente utilizado en los laboratorios para cultivar microorganismos), se necesitan tres cosas para que la vergüenza se desarrolle de forma exponencial: secretismo, silencio y juicio. Si se pone la misma cantidad de vergüenza en una placa de Petri y se rocía con empatía, la vergüenza no puede sobrevivir”.
  • Abraza tu vulnerabilidad. En una investigación sobre los conceptos de ‘vergüenza’ y ‘conexión’, Brené Brown encontró que las personas que aceptaban su vulnerabilidad y sus imperfecciones sentían menos vergüenza y les resultaba menos esfuerzo conectar con otros. Cuando levanto un muro de aparente seguridad para que nadie pueda ver mis debilidades ni adivinar mi vergüenza puede que a corto plazo ese muro me proteja. Sin embargo, también me aislará y me alejará de los demás.
  • Exponte gradualmente. La vergüenza es algo natural que puede sentir todo el mundo. No temas experimentarla. Hazlo poco a poco. Comienza exponiéndote a las situaciones que menos vergüenza te den hasta finalizar con las que más embarazo te causen. Por ejemplo, si sueles arreglarte mucho porque crees que te rechazarán si te muestras al natural o porque tú mismo (o tú misma) te avergüenzas de alguna parte de tu aspecto físico, prueba a presentarte sin arreglar delante de una persona de confianza. Aunque al principio sientas algo de vértigo, experimentarás que esa otra cara también es aceptable para los demás.

Hablar en público puede generar mucha vergüenza.

  • Busca un entorno seguro. Cuando vamos a empezar a exponernos, es muy importante encontrar un contexto seguro y apropiado, donde nos sintamos protegidos y donde nos acepten sin juzgarnos. Todos necesitamos formar parte de un grupo que nos acoja con nuestras luces y nuestras sombras y en el que podamos ser nosotros mismos. Sin tener que ocultar aspectos claves de nuestra personalidad o aparentar lo que no somos solo para ser aceptados.
  • Pide ayuda. Si la vergüenza te limita y hace que no puedas desempeñar tus actividades del día a día con normalidad pide ayuda profesional. Un psicólogo puede proporcionarte ese entorno seguro que necesitarás para exponerte y te acompañará en la reparación de tus heridas emocionales.

(Con este artículo continúo con la serie que comencé hace algún tiempo en defensa de las emociones más incomprendidas y que en aquella ocasión dediqué a la envidia)

La música puede ayudarnos a sobrellevar mejor el confinamiento por coronavirus.

Música contra el coronavirus: más empatía y menos ansiedad

Música contra el coronavirus: más empatía y menos ansiedad 1488 1392 BELÉN PICADO

Platón decía que la música es la medicina del alma y en estas semanas esta afirmación es más cierta que nunca. Durante este tiempo de cuarentena, la música se ha convertido en un recurso de ánimo, esperanza y cohesión social. Y también en un instrumento para exteriorizar y liberar nuestras emociones. Nos ayuda, además, a rebajar los niveles de estrés y ansiedad y a mantener una actitud positiva. Así que recurrir a la música contra el coronavirus se convierte en una opción nada desdeñable.

El sonido y la música generan emociones y también las modifican. Una canción alegre puede animarnos y proporcionarnos unos minutos de felicidad y un tema triste puede inducirnos a un estado melancólico. Del mismo modo, una melodía suave y armónica nos ayudará en nuestro tiempo de estudio, de reflexión o de meditación. Y otra con un ritmo potente nos estimulará mientras practicamos ejercicio físico.

Nos acompaña desde la infancia (a veces, desde el útero materno) hasta el final de nuestros días, convirtiendo en únicos los momentos más importantes de nuestras vidas. Sus beneficios son innumerables y dan para unos cuantos artículos. Sin embargo, esta vez voy a centrarme en su capacidad para hacer más llevadero este obligado confinamiento.

La música disminuye la ansiedad y los síntomas depresivos que puede generar todlo lo que rodea al COVID-19.

La clave está en el cerebro

Todo nuestro cerebro se moviliza cuando escuchamos una canción o tocamos un instrumento. El ritmo se procesa en la zona sensorial y motriz, que es la encargada de estimular el movimiento. En la amígdala, situada en el sistema límbico que es el responsable de la regulación emocional, se procesan las emociones que experimentamos ante una melodía. Y el hipocampo se activa para recordar una canción, evocar situaciones vividas o traer a la memoria a personas con quienes nos gustaría estar.

Asimismo, la música es una poderosa fuente de placer, como se demostró en un estudio llevado a cabo en la Universidad McGill de Canadá. Según concluyeron los investigadores, puede provocar un placer semejante a saborear nuestro plato favorito, hacer el amor o sentir la caricia de la persona amada. Cuando escuchamos una canción que nos gusta se dispara la producción de dopamina. A esta sustancia se la conoce también como la hormona de la felicidad y forma parte del sistema de recompensa. Esto significa que cuando la segregamos, el cerebro interpreta la fuente de placer (en este caso una composición) como algo gratificante. Este neurotransmisor se genera incluso en los momentos previos a escuchar una melodía que nos gusta, es decir, cuando anticipamos lo que vamos a sentir.

Además de dopamina, también aumentan los niveles de otras sustancias que ayudan a sentirse mejor: serotonina, la epinefrina, la oxitocina y la prolactina.

La música es un elemento de cohesión social

En muchos lugares de España, la hora de los aplausos se ha convertido en la hora de la música. Sin ensayos, solo dejándose llevar por la emoción, un vecino toca el piano y el de más allá le acompaña con el saxo. A la vez, en otra ciudad, una cantante de ópera deleita a toda la calle con el aria O mio Bambino caro, de Puccini. Eso, sin contar con los vecinos que se unen desde sus balcones y ventanas para entonar temas conocidos por todos que, de forma unánime y espontánea, se han convertido en verdaderos himnos colectivos. Incluso hay quienes no se conocían antes de la irrupción del COVID-19 y gracias a estos “minutos musicales” entablan amistad.

Y así, entre la angustia y la incertidumbre, se cuela cierta dosis de felicidad tan necesaria como escasa en estos días. Cuando escuchamos, tocamos o cantamos juntos, se refuerza el sentido de pertenencia. Se genera un clima de colaboración y cooperación que favorece la convivencia y la empatía. Hay culturas que, incluso, la utilizan como modo de rebajar tensiones y solucionar diferencias entre sus individuos. Según el neurocientífico alemán Stefan Koelsch, al escucharla “se activan las áreas del cerebro que se encargan de la imitación y la empatía y donde están las neuronas espejo. Estas actúan reflejando las acciones y las intenciones de los demás como si fueran propias. De esta forma, podemos sentir el dolor de los otros, su alegría y su tristeza. La música nos ayuda a crear lazos sociales porque nos permite transmitir sentimientos”.

Manuel Carrasco y David Bisbal son solo algunos de los artistas que intrpretan la nueva versión de 'Resistiré'.

50 artistas se han unido para crear una nueva versión de ‘Resistiré’, para muchos el himno de la cuarentena.

El poder sanador de la música

Todos (o la mayoría) hemos comprobado hasta qué punto la música influye en nuestro estado de ánimo. De hecho, numerosos médicos la recomiendan para inducir la relajación, disminuir el dolor o aumentar el bienestar, entre otras muchas aplicaciones.

Tras analizar 400 estudios científicos, los psicólogos Daniel Levitin y Mona Lisa Chanda asociaron los beneficios de la música con la salud mental y física. Concretamente, identificaron cuatro procesos en los que puede intervenir: en el estrés, disminuyendo la ansiedad; en la inmunidad, fortaleciendo las defensas; en la afiliación social, favoreciendo los lazos afectivos y la cooperación; y en el área de recompensa, reforzando la motivación, la gratificación y el placer. Esto significa que escuchar música, cantar o tocar algún instrumento no solo nos ayudará a sobrellevar mejor la ansiedad y el estrés que nos provoca el COVID-19, sino que también fortalecerá nuestro sistema inmunitario.

Y no solo eso. La música también mejora los síntomas depresivos y ayuda en situaciones traumáticas como la que estamos viviendo. Algunas personas ya están sufriendo síntomas del estrés postraumático, como reexperimentación, hiperactivación y evitación de estímulos asociados con el trauma.

Dentro de los primeros auxilios psicológicos que se prestan en situaciones de emergencia y catástrofes, hay técnicas para liberar la tensión acumulada entre cuyas pautas está escuchar algún tema del agrado de la persona. Además, desde hace tiempo viene utilizándose la musicoterapia para tratar el estrés postraumático en veteranos de guerra. Dos personas que han salido reforzadas de situaciones traumáticas gracias a la música son Ara Malikian y James Rhodes. El primero ha contado a menudo cómo afrontó la guerra del Líbano durante su adolescencia tocando el violín. El pianista británico, por su parte, encontró en la música clásica “un mundo mágico” al que escapar para sobrevivir a una infancia marcada por los abusos sexuales.

El poder sanador de la música no está en el estilo, sino en las emociones que genera.

El estilo es lo de menos, lo que importa es la emoción

Sin duda, luchar contra el coronavirus será más llevadero acompañados por los acordes de un tema que nos lleve de regreso a un momento bonito de nuestra vida. O recurriendo a la desbordante oferta musical que nos ofrece internet. En las redes sociales y gracias a la generosidad de muchos artistas, están surgiendo numerosas iniciativas. Estas engloban desde pop hasta ópera, pasando por ritmos latinos, el rock más duro o sesiones de DJs en streaming. Sea cual sea el estilo que cada uno prefiera, lo que convierte a la música en medicina universal son las emociones que genera, además de ser un vehículo de optimismo, esperanza y solidaridad.

“Es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma literal y creo que también la de un montón de personas más. Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia. Y energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento.” (James Rhodes)

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“Música, emociones y neurociencia”. En este capítulo del programa Redes (TVE), Eduardo Punset entrevista a Stefan Koelsch (le menciono en este post). El neurocientífico habla sobre la capacidad de la música para cambiar nuestro estado de ánimo y también para influir en nuestras funciones cognitivas.

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Aprendiendo de la soledad en tiempos de coronavirus

8 claves para afrontar el aislamiento por coronavirus en casa

Pasar solo el aislamiento por coronavirus también tiene ventajas.

Aprendiendo de la soledad en tiempos de coronavirus

Aprendiendo de la soledad en tiempos de coronavirus 1920 1276 BELÉN PICADO

(Esta vez os traigo la historia de Soledad, una historia que podría ser la mía, la vuestra o la de cualquiera de los miles de personas que están pasando estos difíciles momentos solos en sus casas)

Hoy ha empezado la primavera. Hace una semana me vi obligada, como muchísimas personas, a iniciar un periodo de aislamiento que no tengo claro cuándo terminará. Hace dos, en mi empresa decidieron que era prescindible y me despidieron. Hace un mes, mi pareja me confesó que se había enamorado de otra persona, recogió sus pertenencias en un tiempo récord y se fue de casa. Dicen que al perro flaco, todo se le vuelven pulgas… o coronavirus, vete tú a saber.

Así que aquí estoy, mirando por la ventana de mi patio interior, más sola que la una y oliendo la comida de la vecina en vez de aspirar el aroma del campo. No veo flores, ni escucho pájaros dando la bienvenida a la primavera. En su lugar, saboreo el gusto, algo amargo, de la soledad. Una soledad que, potenciada por el aislamiento para frenar la expansión del COVID-19, a veces se hace especialmente pesada. Y, sin embargo, es justo esta combinación la que me está regalando un gran aprendizaje.

La soledad puede regalarnos un enriquecedor aprendizaje.

Aceptar y gestionar las emociones menos agradables

Tristeza, desesperación, ira, miedo… Mi tendencia siempre ha sido ignorar o reprimir cualquier emoción que me resulte desagradable saliendo de compras, apuntándome a cualquier plan por poco que me apeteciera… Durante este tiempo, sin embargo, me he permitido llorar, estar triste, enfadada e incluso asustada. He dado a mis emociones el espacio que merecían, las he escuchado, las he acogido y de todas ellas he recibido un regalo. La tristeza me ha facilitado la introspección y me ha ayudado a conectar conmigo misma. El enfado me ha dado fuerza para poner límites y decir “no” a quien intenta traspasarlos. El miedo me ha recordado la necesidad de tomar medidas para cuidarme y ser prudente.

Descubrir que el aburrimiento es la semilla de la creatividad

He comprobado en mis propias carnes lo acertadas que era las conclusiones de un estudio de la Universidad del Estado de Pensilvania, en Estados Unidos. En esa investigación, los psicólogos Karen Gasper y Brianna Middlewood mostraron un vídeo a los participantes y comprobaron que aquellos que estaban más aburridos obtuvieron mejores resultados en un test de creatividad que quienes se encontraban relajados o se sentían eufóricos. En mi caso, unos monigotes en una tarde de aburrimiento van camino de convertirse en un cómic con un pequeño y regordete virus como protagonista.

El sielencio tiene numerosos beneficios.

Disfrutar del silencio

Consciente de que entre los beneficios del silencio está el fortalecimiento del sistema inmune, tan necesario en la situación que vivimos, lo he practicado con premeditación y alevosía. Pero esa no es su única ventaja. El silencio, además, reduce el estrés, mejora la calidad del sueño y la memoria, permite una mayor introspección, fomenta la creatividad y ayuda a la concentración.

Un estudio llevado a cabo por investigadores alemanes concluyó que dos horas de silencio al día bastan para estimular la creación de nuevas neuronas en el hipocampo (zona del cerebro implicada en la memoria, las emociones y el aprendizaje). Así que todos los días, durante un par de horas, pongo en silencio el móvil, desconecto cualquier aparato electrónico, me olvido de estadísticas, noticias y memes… y me doy un relajante baño de silencio.

Descubrir que estar solo no es lo mismo que sentirse solo  

Pasar tanto tiempo en casa y salir cada día a las 20.00 a aplaudir al personal sanitario me está permitiendo conocer a mis vecinos. Y como estoy sola y tengo mucho tiempo libre, me entretengo charlando con algunos. La vecina del cuarto ya me ha invitado a cenar el primer día que finalice el aislamiento. “Para celebrarlo”, me ha dicho.

Además, he desempolvado mi lista de contactos y casi todos los días hablo con algún amigo que se quedó en algún punto del camino que en cierto momento compartimos. Incluso hoy he quedado con unas amigas para cenar y brindar por la primavera. Virtualmente, eso sí, que todas somos muy responsables. Ya que no podemos recurrir al contacto físico, que sería lo ideal, vamos a utilizar los medios de que disponemos para mejorar nuestro bienestar y mantenernos conectados a las personas que nos importan. La tecnología no es buena ni mala, todo depende del uso que hagamos de ella.

Se puede estar físicamente aislado sin sentirse solo, del mismo modo que podemos sentirnos solos sin estar necesariamente aislados. 

Es importante mantenernos conectado con las personas que nos importan.

De cualquier modo, pasemos el periodo de aislamiento solos o acompañados, ninguno volveremos a ser los mismos cuando esto termine. Como decía el escritor Haruki Murakami: «…Y una vez que la tormenta termine, no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro que la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa sí es segura. Cuando salgas de esa tormenta no serás la misma persona que entró en ella. De eso trata esta tormenta».

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La alexitimia consiste en la incapacidad de identificar y expresar las emociones

Alexitimia o la incapacidad de identificar y expresar las emociones

Alexitimia o la incapacidad de identificar y expresar las emociones 1920 1344 BELÉN PICADO

Es normal que desde niños aprendamos a identificar, interpretar y expresar nuestros sentimientos, pero algunas personas son incapaces de hacerlo. Cuando esta dificultad se convierte en una constante, nos encontramos ante una alteración denominada alexitimia. Según la Sociedad Española de Neurología (SEN) afecta al 10 por ciento de la población y, aunque no es exclusiva de los hombres, ellos la padecen en una proporción muy superior a la de las mujeres.

En realidad, los afectados sí experimentan emociones, lo que ocurre es que no pueden expresarlas ni son conscientes de las reacciones físicas que estas provocan. Por ejemplo, si se les contrae el estómago y sienten dolor o cierta molestia, nunca lo atribuirán a una situación de carácter emocional. Así, al no poder expresar y exteriorizar las emociones, es el cuerpo quien sufre las consecuencias. Y lo hace en forma de problemas digestivos, caída del cabello, contracturas, colon irritable, dolor crónico, psoriasis, y un largo etcétera de somatizaciones.

La alexiimia afecta más a los hombres.

Alexitimia y cerebro

Vamos a tomar como ejemplo una sensación corporal, por ejemplo en el estómago. En este órgano podemos notar desde el ‘revoltijo’ que anuncia que estamos enfadándonos a las mariposas que revolotean cuando nos enamoramos o, incluso, los sonidos típicos cuando tenemos hambre… Cuando se produce alguna de estas sensaciones la señal llega al cerebro que es el encargado de valorar si es una emoción o algo orgánico. Igualmente, nos dice si se trata de una emoción agradable o desagradable y su grado de intensidad. Una vez que ha tenido lugar esta valoración, tomaremos conciencia de la emoción correspondiente y podremos ponerle palabras.

Lo que ocurre en las personas alexitímicas es que se produce una falta de comunicación entre los dos hemisferios cerebrales. Esto impide que las señales de las regiones emocionales, predominantes en el hemisferio derecho, lleguen a las áreas del lenguaje, que están en el izquierdo. Por tanto, no solo no pueden relacionar la sensación física con el sentimiento, sino que tampoco pueden verbalizar lo que sienten. Esto significa que si presentan las respuestas físicas asociadas a las emociones (lágrimas, aumento del ritmo cardiaco, rubor…), es posible que noten que algo está cambiando en su cuerpo, pero son incapaces de relacionarlo con sus propios sentimientos.

Rígidos, sin sentido del humor y con dificultades en las relaciones interpersonales

El trastorno implica un deterioro en la capacidad de relacionarse. Además de no poder expresar sus afectos, la persona tiene dificultades para comprender lo que sienten otros, no sabe interpretar las emociones de los demás. Frases como “Te quiero” no tienen sentido emocional para un alexitímico. Tampoco son capaces de experimentar felicidad al recordar un hecho que en su día les hizo felices, ni de asociar imágenes visuales y pensamientos a un estado emocional concreto.

Otro de los rasgos que caracteriza al trastorno es la tendencia al conformismo social. Aunque se trata de personas aparentemente bien adaptadas, no tienen sentido del humor y muestran un comportamiento muy rígido y dependiente de las convenciones sociales. Por otra parte, la falta de empatía hace que, socialmente, se comporten de un modo correcto, pero les sea difícil mantener una conversación mínimamente personal o íntima.

La mayoría de los afectados han sufrido carencias afectivas en la infancia y son personas calladas, introvertidas y tendentes al aislamiento. También es común que sufran trastornos sexuales, como impotencia o ausencia de libido.

La toma de decisiones tampoco es lo suyo, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un proceso en el que la emoción juega un papel muy importante.

Ahora bien, es importante apuntar que hay diferencias entre un psicópata y un alexitímico. En el primer caso, se trata de personas que mienten, sin ética, dominantes, encantadoras y con una gran capacidad de interpretar y aprovecharse de los sentimientos de los demás. Por el contrario, el individuo con alexitimia sí tiene emociones (lo que pasa es que no las reconoce), es socialmente conformista, a menudo con una ética muy rígida, generalmente sumiso y no sabe interpretar las emociones del otro.

La rigidez y las dificultades en las relaciones intepersoales son características de la alexitimia.

Tipos de alexitimia

En algunos casos la alexitimia tiene un origen biológico, al existir un déficit neurológico que obstaculiza la comunicación entre el sistema límbico del cerebro, encargado de gestionar las emociones, y el neocórtex o cerebro racional. Puede ser hereditaria e iniciarse en la infancia, con el bloqueo temprano en el desarrollo afectivo del niño, o producirse a causa de una patología neurológica, como un ictus, esclerosis múltiple, párkinson, etc. Asimismo, a menudo aparece asociada con otros trastornos como autismo, esquizofrenia, adicciones, trastornos alimentarios, etc.

En el caso de la esclerosis múltiple, algunos investigadores creen que la alexitimia es, en muchos casos, la causante de los brotes. Esto sería debido a que la dificultad de expresión de las emociones aumenta el estrés y éste da lugar a una exacerbación de la enfermedad. En estos casos, el brote constituye un modo de expresión del cuerpo de las emociones que no ha verbalizado.

La alexitimia también puede aparecer como un mecanismo de defensa del cerebro ante situaciones muy traumáticas. Al no poder asimilar un alto nivel de sufrimiento, la mente ‘desconecta’ las vías que se encargan de procesar las emociones y las reprime. Es lo que ocurre en el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Esto se observó, por ejemplo, entre los supervivientes de los campos de concentración nazis y los de la guerra del Vietnam, según explica Francisco Alonso-Fernández en un artículo muy interesante sobre la alexitimia.

La alexitimia puede aparecer tras una experiencia altamente traumática.

Tratamiento: Educación emocional, habilidades sociales e introspección

Es importante tratar la alexitimia o, de lo contrario, podría desembocar en depresión, aislamiento social y, como he apuntado antes, en problemas psicosomáticos. A menudo, la persona que la sufre no se da cuenta del problema, por lo que se hace especialmente necesario el apoyo de alguien de su entorno (generalmente la pareja o los familiares más cercanos) para que tome conciencia y pida ayuda psicológica.

La intervención psicoterapéutica pasa, en primer lugar, por comprobar si la alexitimia que presenta la persona tiene un origen psicológico o neurobiológico y, si es el caso, tratar el trastorno al que esté asociado. Asimismo, será necesario trabajar la inteligencia emocional: entrenar la capacidad para aprender a reconocer, expresar y regular las emociones, así como trabajar en las habilidades sociales y mejorar la capacidad de introspección.

 Si te interesa

Una película

Alegría tristeza. En esta película de 2018 se muestra el día a día de Marcos (Roberto Álamo), un bombero que tras sufrir en primera persona el atentado del 11-M, tendrá que lidiar con la alexitimia. Una psicóloga será quien le ayude a recuperar sus emociones y, sobre todo, a recuperar la relación con su hija.

La confianza ciega conlleva ciertos riesgos.

Confianza ciega: Los riesgos de confiar demasiado en los demás

Confianza ciega: Los riesgos de confiar demasiado en los demás 2560 1706 BELÉN PICADO

La confianza es necesaria. De hecho, es la base de nuestras habilidades sociales y de las relaciones que entablamos con las personas que nos rodean. Sin ella, viviríamos en una angustia permanente ante el temor de que nos engañaran. Ahora bien, confiar demasiado en los demás puede ser tan dañino como sospechar de todo y de todos.  Si eres de los que ‘practican’ la confianza ciega y siempre terminas decepcionándote, quizás sea hora de revisar en qué te basas al evaluar el grado de confiabilidad de quienes te rodean y de establecer nuevos criterios. ¿Cuánto tardas en dar por hecho que alguien es honesto? ¿En qué te basas para deducirlo? ¿Confías antes en una persona por lo que dice que por lo que hace?

Es cierto que el fallo no está en quien confía, sino en quien engaña, es desleal o manipula. Pero, como no podemos controlar el comportamiento de los demás, al menos aprendamos a seleccionar quien merece el regalo de nuestra confianza.

La confianza ciega puede ser tan perjudicial como la desconfianza total.

¿Hasta qué punto te guías por tus emociones y dejas la razón en un segundo plano?

Cuando depositamos nuestra confianza en alguien lo hacemos en dos dimensiones: la afectiva o emocional y la cognitiva. Por un lado, hacemos caso de las emociones que esa persona nos genera y, si nos lo “dice el corazón”, aceptamos que es digna de confianza. Luego, a esa dimensión emocional le añadimos pensamientos, creencias y juicios que nos ayudan a valorar, de forma más racional, si nuestro corazón va bien encaminado.

Sin embargo, la realidad es que muchas veces la influencia del plano afectivo es tan intenso, que nos limitamos a escuchar a nuestro corazón sin dar la oportunidad al cerebro a llevar a cabo su propia evaluación. Nos dejamos atrapar por las emociones hasta el punto de acabar viendo lo que queremos ver y no lo que está ocurriendo realmente.

Precisamente un estudio realizado por Maurice E. Schweitzer y Jennifer Dunn en la Universidad estadounidense de Pennsylvania  concluyó que las emociones positivas, como la felicidad, incrementan la confianza, mientras que las negativas, como la ira, la disminuyen.

A la hora de confiar en los demás, las emociones juegan un papel muy importante.

¿Cuánto tardas en dar por hecho que los demás son honestos?

Me resulta muy curioso cómo en el programa televisivo First Dates se dan casos en los que un participante, apenas unos momentos después de conocer a su cita,  ya destaca su «sinceridad». Muchas personas depositan su confianza en alguien solo unos minutos después de conocerlo. Y llegan a esta decisión observando algunos rasgos que, de forma irracional, asocian a la franqueza. Influye, por ejemplo, que la otra persona nos resulte atractiva, que se parezca a alguien que conocemos, que vista como nosotros o que coincida en alguna opinión sobre un tema en particular. Esto también ocurre a menudo en las aplicaciones de citas, donde a veces basta con intercambiar unos cuantos mensajes para concluir que quien está al otro lado de la pantalla es totalmente honesto.

Por supuesto, no se trata de desconfiar por norma, pero sí de mostrarse prudente. La confianza se cocina a fuego lento. No es fruto de un momento de iluminación, sino que va construyéndose con el tiempo. 

¿Te basta con escuchar a una persona para decidir que merece tu confianza?

Antes de lanzarte a presuponer que alguien merece tu confianza, observa si lo que dice es congruente con sus acciones. La fiabilidad se demuestra con hechos y no solo con palabras. Te dará pistas observar su conducta en diferentes ámbitos y conocer cómo establece relaciones con su entorno más cercano (amigos, familia, etc.). Por ejemplo, presta atención a cómo juzga y trata a los demás. Es habitual que quienes tienden a confiar en otros sean ellos mismos confiables. Al fin y al cabo, lo que vemos en los demás es solo una proyección de características que tienen que ver con nosotros.

Igualmente valioso te resultará ver cómo se desenvuelve esa persona cuando las cosas no salen como espera. Solemos revelar mucho de nosotros mismos cuando nos toca enfrentarnos a la frustración.

Para confiar en alguien observa que sus palabras son coherentes con sus acciones.

¿No solo tropiezas con la misma piedra varias veces, sino que te encariñas con ella?

Como decía al principio, la necesidad de creer en los demás es intrínseca a la naturaleza humana. Para no convertirnos en personas amargadas, lo mejor es partir de la base de que todo el mundo merece nuestra confianza mientras no demuestre lo contrario. Pero, ¿qué pasa cuando nos fallan?

Si un amigo me engaña, puedo perdonarle y darle otra oportunidad. Ahora bien, si después de varias decepciones sigo creyendo en él, hay algo que tengo que revisar. En este tipo de situaciones, la experiencia es nuestra mejor consejera, así que vamos a escucharla y convertir esos desengaños en aprendizajes. Tenemos derecho a protegernos y a poner límites y eso no nos convierte en malas personas.

Pasar por alto que una persona nos decepcione una y otra vez y empeñarnos en seguir confiando en ella, con la esperanza de que se convierta en el amigo o la pareja perfecta que hemos creado en nuestra imaginación, solo nos traerá amargura. Lo que hace este pensamiento mágico es encubrir unas carencias afectivas de las que, a veces, ni somos conscientes. Trabajar en nuestra propia autoestima es el primer paso para no caer en las trampas de la confianza ciega.

Así se crea la confianza

Desde el nacimiento hasta el año y medio aproximadamente, el bebé adquiere la sensación física de confianza a través de los cuidados de sus figuras de apego, sobre todo de la madre. Un niño con apego seguro que ve atendidas sus necesidades físicas y afectivas fortalecerá su capacidad de predecir y valorar hasta qué punto sus cuidadores, primero, y el resto de las personas, más tarde, son consistentes y confiables. Y no solo eso. Tendrá mayor facilidad para abrirse a los demás y le resultará más fácil explorar ambientes nuevos. 

Si los padres muestran indiferencia hacia su hijo o inconsistencia en sus cuidados (unas veces le cuidan y otras le ignoran), el crío puede desarrollar una desconfianza de base que le acompañará en las siguientes etapas de su crecimiento y en la edad adulta. O, por el contrario, confundir confianza con confianza ciega y mostrar una necesidad excesiva de creer, sin filtros, en cualquiera que le preste un poco de atención.

“Creer que los demás van a ser honestos porque yo lo soy es como pensar que un tigre no me va a comer porque soy vegetariano”

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