Autoestima

Aprender a gestionar la ira contribuye a mejorar la autoestima.

Emociones incomprendidas: Cómo gestionar la ira para mejorar tu autoestima

Emociones incomprendidas: Cómo gestionar la ira para mejorar tu autoestima 2560 1707 BELÉN PICADO

La rabia emerge cuando nos vemos sometidos a situaciones que nos producen frustración, nos resultan aversivas, amenazan nuestra autoestima o en las que percibimos que algo o alguien podría hacernos daño. Sin embargo y pese a ser una emoción básica (junto a la alegría, la tristeza, el miedo y el asco), no tiene muy buena fama. En ocasiones no la aceptamos como parte de nosotros o, por el contrario, dejamos que se desboque. Y es que aprender a gestionar la ira no resulta nada fácil.

Se trata de una emoción que nos acompaña desde que nacemos (el bebé expresa su rabia mediante el llanto cuando no consigue satisfacer sus necesidades) y que, a lo largo de nuestro desarrollo, vamos aprendiendo a expresar y a regular. O, al menos, así debería ser. Aristóteles ya lo decía en el siglo IV a.C.: «Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo».

Según Lorraine Bilodeau, autora de varios libros sobre este tema, la ira «protege la identidad y la dignidad de una persona, ya que es un sentimiento natural y básico que se experimenta cuando alguien se percibe tratado de maneja injusta. Siendo utilizado de forma eficiente contribuye al fortalecimiento de una adecuada autoestima, ya que al expresar lo que se siente, se piensa y se necesita se establecen límites de contacto y la persona se autoafirma».

Evolutivamente, además, ha contribuido a la supervivencia de nuestra especie gracias a los cambios físicos que se producen en el organismo. Ante una posible amenaza y en cuestión de segundos, el cuerpo entero se prepara para luchar. Las glándulas suprarrenales y la tiroides segregan adrenalina y cortisol, lo que se siente como una descarga de energía que facilita que se corra más rápido o se tenga más fuerza. A la vez, se produce un aumento de la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la tensión muscular.

Ante una posible amenaza y en cuestión de segundos, el cuerpo entero se prepara para luchar.

¿Por qué nos enfadamos?

Los motivos que llevan al enfado son muchos, pero siempre existe un factor común: la frustración. Generalmente, esta emoción aparece cuando:

  • Alguien no se comporta según nuestras expectativas.
  • Consideramos que ha habido intencionalidad ante algo que nos frustra. Imaginemos que pedimos dinero prestado a un amigo y se niega alegando que no dispone de esa suma. Si le creemos, experimentaremos frustración, pero no pasará de ahí. En cambio, si pensamos que nos miente y que tiene dinero de sobra pero no nos lo quiere prestar, la frustración se transformará en ira.
  • Sentimos que se han vulnerado nuestros derechos o los de otras personas.
  • No logramos un objetivo que nos hemos propuesto porque no contamos con los recursos necesarios o porque pensamos que alguien o algo nos lo ha impedido.
  • Consideramos que algunas de nuestras necesidades básicas no están siendo cubiertas (hambre, sed, cansancio…).
  • Necesitamos tapar otras emociones. Hay personas que no toleran la tristeza porque la ven como un signo de debilidad y a menudo, sin ni siquiera llegar a notarla, se van a la rabia de un modo más o menos automático. Algo parecido ocurre con el miedo: es mucho más fácil sentir ira que miedo. La rabia también proporciona una salida a la vergüenza: cuando experimentar vergüenza me parece inasumible, enfadarme me saca de ahí. En estos tres casos, el enfado se convierte en un mecanismo de defensa frente a emociones que no quiero o no me atrevo a mostrar.

La función adaptativa de la ira

Las principales funciones de la ira están relacionadas con la autoprotección, la regulación interna y la interacción social. La primera hace referencia tanto a la protección y defensa de la integridad propia o dignidad como a la protección de lo que valoramos como nuestro: desde nuestra familia a nuestras creencias, juicios y valores. Respecto a las funciones de regulación interna y de interacción social, la ira bien manejada nos permite establecer límites claros, afrontar conflictos con asertividad y construir relaciones sanas con quienes nos rodean.

A través de ella podemos mostrar al otro nuestro descontento cuando consideramos que no se han respetado nuestros derechos o nuestros límites. Además, al expresar lo que sentimos, pensamos y necesitamos, la rabia también contribuye a sentar las bases para una sana autoestima.

Aprender a enfadarse

En su libro La sabiduría de las emociones, Norberto Levy, establece tres fases a la hora de comunicar nuestro enfado:

  1. Descargar. Levy hace hincapié en la necesidad de liberar el excedente de energía que acumulamos cuando nos enfadamos, comparándolo con abrir la válvula en una olla a presión. Eso sí, una cosa es la acción de descarga y otra el ataque. La descarga es independiente de la presencia física del otro y su función es disminuir la tensión que produce la adrenalina acumulada en nuestro organismo. Cada uno podemos utilizar el modo que más se adecúe a nosotros, ya sea correr, hacer flexiones, gritar, bailar o, simplemente, salir a airearnos y a dar un paseo.
  2. Comunicar. Una vez que la adrenalina ha disminuido, es el momento de comunicar al otro el impacto que su acción ha producido en mí. Expongo la conducta sin juzgarla y expreso lo que siento. Sin descalificaciones, conclusiones, ni juicios acerca del otro ni del porqué de su conducta. Con esto, también estoy llevando a cabo un movimiento de descarga importante, en este caso emocional. Y, de paso, me empodero al asumir lo que siento.
    Es posible que piense que por decir cómo me siento estoy demostrando debilidad. Sin embargo, si no lo hago, el enfado tomará canales más disfuncionales. Por ejemplo, no explico a mi amiga que me ha molestado que haya llegado una hora tarde, pero me paso toda la cita quejándome de todo y criticando cualquier cosa que hace o dice.
  3. Propuesta de reparación. Después de exponer cómo me siento, formulo una propuesta para reparar esa situación y tratar de que el problema no vuelva a repetirse.

Sobre todo, conviene recordar que el enfado no es un fin en sí mismo sino un medio para resolver un problema.

el enfado no es un fin en sí mismo sino un medio para resolver un problema.

Pautas para aprender a gestionar la ira

Ya hemos dicho que la emoción de la ira nos acompaña desde que nacemos. Lo que no viene de serie y hay que aprender es a regularla. Mostrar nuestro enfado siendo respetuosos y sin herir a nadie es posible. Os doy algunas pautas para conseguirlo.

  • Entre el blanco y el negro hay muchos matices. El enfado se manifiesta con muchos niveles de intensidad, desde la irritación leve o  el fastidio hasta la furia, y conviene aprender a distinguirlos. Si tomas conciencia del momento en que estás empezando a experimentar un ligero enfado, te resultará más fácil intervenir antes de que la ira sea abrumadora.
  • Familiarízate con tus sensaciones físicas. Por lo general, la ira se acompaña de tensión muscular y en las mandíbulas, respiración entrecortada, pulso cardiaco acelerado, sensación de calor o de acumulación de energía, etc. Identificar tus propias sensaciones corporales te ayudará a regularte mejor e, incluso, a distinguir si algo o alguien te está provocando enfado antes de que la cosa vaya a más.
  • Apuesta por la creatividad. Puedes probar a canalizar y expresar tu ira con formas no verbales creativas y sanas: escribir, dibujar, pintar,  etc.
  • Muévete. El ejercicio físico puede servirte como válvula de escape para descargar ese exceso de energía generada por la parte más fisiológica de la ira.
  • Busca un modelo que imitar. Seguro que conoces a alguien que sabe mostrarse firme sin necesidad de atacar o saltar a la mínima. Fíjate en personas que tienen sus propias ideas y saben luchar por lo que quieren con flexibilidad y de manera proporcionada a la situación y conviértelas en tus referentes.
  • Reflexiona. En lugar de limitarte a dar rienda suelta a tu rabia, trata de entenderla. Puede ayudarte imaginar que estás observándote a ti mismo desde la distancia y con curiosidad. Pregúntate: ¿Por qué estás enfadado?. A veces, es fácil echar la culpa a las circunstancias o a otros por cómo nos sentimos cuando, en realidad, son nuestros propios pensamientos, percepciones y expectativas el combustible de nuestra ira.
  • Investiga. Averigua cuáles son los desencadenantes más comunes de tu rabia. Si encuentras los disparadores que te hacen saltar, serás más consciente de cuándo ocurren y más capaz de prevenir una reacción automática.
  • Entrena tu tolerancia a la frustración. Reconciliarnos con el fracaso y aceptar que a veces las cosas no salen como esperamos, ni todo el mundo piensa como nosotros, nos ayudará a no dejarnos llevar por la rabia tan fácilmente.
  • Practica la comunicación no violenta. Este tipo de comunicación favorece la empatía, el respeto y la colaboración. Además, permite resolver conflictos de forma asertiva y enseña, no solo a decir «no», sino también a aceptar el «no» de los demás.
  • Date permiso para enfadarte también con tus seres queridos. Cuando uno asocia enfadarse con pelearse y con el inicio de una escalada que va a ir directa a la ruptura del vínculo, lo más seguro es que se trague su rabia. Debajo de esta actitud hay ideas muy arraigadas, como «Si quieres a alguien no puedes estar en desacuerdo con él» o «Si expresas tu ira, dejarán de quererte». Estas creencias implican que el afecto y el enojo son excluyentes. Y es al revés. Según Levy, «una de las actitudes que más ayuda a que el enojo conduzca a un camino resolutivo es poder sentir y expresarlo con afecto».
  • Responsabilízate de tus emociones. A veces culpamos al otro de nuestro enfado sin darnos cuenta de que estamos depositando en él lo que no estamos preparados para asumir en nosotros. Si somos capaces de reconocer este mecanismo de proyección, serán menos las situaciones que nos generen malestar y los demás nos servirán de espejo para ver qué asuntos pendientes tenemos que resolver con nosotros mismos
  • Presta atención a las palabras. Cuando utilizas frases como «Me has hecho enfadar» estás dando al otro el poder sobre tu malestar (si esto fuera así, seguirías enfadado mientras el otro quisiera). Sin embargo, decir «Estoy enfadado por lo que ha ocurrido», te devuelve el poder.
  • Cuenta hasta diez. Cuando sientas que te estás enfadando mucho, cuenta despacio hasta diez (o hasta cien si hace falta), antes de decir o hacer algo que lamentes después. Date una vuelta, aléjate de la situación de manera temporal o pon en práctica alguna técnica de respiración para calmarte. Si tienes una relación, por ejemplo, podéis acordar una señal para que tu pareja no se sienta ignorada en el caso de que te retiras de la discusión durante unos minutos. Eso sí, es conveniente retomar la discusión más tarde, pero ya desde un punto más calmado.

Si te estás enfadando mucho cuenta hasta diez antes de decir o hacer algo que lamentes después.

  • Sana tu pasado. La ira puede aparecer porque ciertas situaciones del presente se interpretan o perciben desde el punto de vista del pasado. Imaginemos que me he citado con alguien para una reunión de trabajo y llega tarde porque ha encontrado atasco. Aun sabiendo que el retraso no ha sido intencional, ni para hacerme daño, yo me enfado muchísimo y anulo la reunión después de reclamar a la otra persona «su falta de seriedad». ¿Qué ha pasado ahí? Muy probablemente el enfado me ha conectado con una sensación de ser rechazada o ignorada que tiene su origen mucho más atrás. Mientras no entienda y procese lo que me ocurrió en el pasado, mantendré esas creencias y, con ellas, las reacciones desproporcionadas de ira.
  • Cuidado con los extremos. Permitirte exteriorizar tu ira no significa que la dejes suelta como un caballo desbocado. O que tengas que pelearte por todo y discutir cada vez que no estés de acuerdo con algo. Hay ocasiones en las que te tocará elegir entre tener la razón o tener paz. Ocasiones en las que te vendrá mejor no luchar, no porque no tengas la razón, sino porque no vale la pena o no te conviene.
  • Pide ayuda. Si no consigues expresar el enfado de una forma asertiva, bien porque no eres capaz de exteriorizarlo o bien porque no puedes evitar las explosiones de ira, consulta con un profesional. Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te ayudaré a gestionar tus emociones de un modo más adaptativo.

¿Y qué pasa cuando yo expreso bien mi enfado y el otro sigue contestando o reaccionando mal?

Aprender a expresar bien mi enfado no garantiza que el otro vaya a cambiar de acuerdo a mi deseo. Solo me asegura que no estoy echando más leña al fuego y que estoy creando las condiciones propicias para que el desacuerdo se resuelva.

A menudo, lo que suele ocurrir es que el cambio de actitud de uno se va contagiando al otro. Este capta esa nueva atmósfera emocional y aprende otra forma, más respetuosa y resolutiva, de expresar su propia ira. Ahora bien, también existe la posibilidad de que esto no ocurra y hay que contar con ello. En ese caso uno tiene la certeza de que ha actuado de la forma adecuada y, a partir de ahí, es más sencillo tomar la decisión que corresponda.

(Con este artículo continúo con la serie Emociones Incomprendidas, que ya he dedicado a la envidia y a la vergüenza)

Tendemos a elegir el mismo tipo de pareja.

Por qué siempre elijo el mismo tipo de pareja (y siempre sale mal)

Por qué siempre elijo el mismo tipo de pareja (y siempre sale mal) 1920 1280 BELÉN PICADO

Cuando una relación no sale como esperamos, muchos nos prometemos a nosotros mismos tener más ojo a la hora de elegir pareja la próxima vez. Sin embargo, no sabemos cómo, al poco tiempo acabamos tropezando con la misma piedra… ¿Por qué siempre elijo el mismo tipo de pareja y siempre me sale mal? ¿Realmente es mala suerte o estoy siguiendo un guion preestablecido que me lleva a repetir las mismas historias?

Hay  estudios que confirman que tendemos a enamorarnos del mismo tipo de persona una y otra vez.  A esta conclusión llegó un equipo de investigadores de la Universidad canadiense de Toronto tras observar durante nueve años la influencia de la personalidad a la hora de elegir pareja.

Según Yoobin Park, uno de los responsables de la investigación, en cada relación aprendemos estrategias para interactuar de modo óptimo con nuestra pareja: «Si la personalidad del compañero actual se parece a la del ex, transferir las habilidades que se aprendieron podría ser una manera efectiva de comenzar una nueva relación con una buena base».

Según la ciencia, tendemos a enamorarnos del mismo tipo de persona una y otra vez.

Pero… ¿qué ocurre cuando los fracasos sentimentales se repiten una y otra vez?  Hay diversos factores  que intervienen:

La interacción con nuestras figuras de apego

Muchas veces no se trata tanto de la persona que elegimos como del tipo de relación que establecemos con ella. Y aquí entran en juego nuestros padres. Y es que el tipo de interacción con las figuras de apego durante la infancia, así como la relación entre dichas figuras, predice en gran medida cómo serán las relaciones de una persona a lo largo de su vida.

Cuando hay un estilo de apego seguro los padres educan con afecto, enseñan al niño a regular sus emociones y atienden sus necesidades sin sobreproteger y con límites adecuados. A ese niño cuando sea adulto le será más fácil elegir parejas que le traten de forma similar y con quien establecer una relación sana y satisfactoria.

Sin embargo, si mis necesidades no fueron lo suficientemente cubiertas, buscaré diferentes estrategias para satisfacerlas. Aunque no sean las más adaptativas. Estas necesidades variarán en función del estilo de apego. En unos casos primará la necesidad de sentirse especial, en otros la de tener el control, sentirse protegido, etc.

Imaginad a alguien que tuvo un padre rígido e inflexible que no tomaba en cuenta sus necesidades o que, incluso, se mostraba agresivo cuando las expresaba, generándole inseguridad y miedo. Hay muchas posibilidades de que, inconscientemente, esa persona busque una pareja que la mantenga en ese estado porque eso es lo que conoce. Por muy doloroso que ese patrón fuese en su momento (y siga siéndolo), esta persona no sabría cómo relacionarse con un compañero amoroso, cercano, comprometido y que respete su individualidad, porque ella nunca tuvo eso.

Alguno de vosotros puede pensar: «Yo he hecho todo lo contrario que mis padres; ellos llevan treinta años juntos y yo soy alérgico al compromiso y encadeno una relación con otra». Pues bien, incluso en este caso el modelo de relación de tus padres ha influido en la forma de relacionarte, aunque sea para irte al otro extremo. Quizás descubras algo  interesante explorando cómo ha sido la relación entre ellos y también cómo ha sido su vínculo contigo.

Veamos otro ejemplo. Es posible que tu padre casi nunca estuviera en casa y ahora te sientes atraído por parejas que no están disponibles emocional o físicamente, aunque luego te quejes de que nunca están cuando las necesitas. O, por el contrario, tiendes a buscarlas totalmente opuestas (o eso crees). Es decir, eliges personas que están físicamente presentes sin darte cuenta de que la carencia de base sigue ahí. Me explico: has encontrado por fin a alguien que está en casa todo el tiempo, pero solo físicamente porque la verdad es que nunca está disponible emocionalmente.

En realidad, has cambiado una forma de no estar disponible por otra, pero tú piensas que esta vez es diferente porque se queda en casa contigo viendo el último estreno de Netflix. ¿Qué ha ocurrido entonces? Pues que es la misma ausencia emocional que has conocido toda tu vida y por eso no te han saltado las alarmas, ni esta ni las diez veces anteriores.

La importancia de lo transgeneracional

Del mismo modo que los secretos familiares a menudo se transmiten de generación en generación, también puede haber una repetición transgeneracional de ciertas pautas al escoger pareja. Unas veces esas pautas se seguirán  de forma voluntaria y otras de modo totalmente inconsciente.

En determinadas familias están muy arraigados ciertos ‘lemas’ que pasan de abuelos a padres y de padres a hijos. En casa de Sonia hay una creencia  de la que nunca se ha hablado abiertamente, pero que siempre ha estado muy presente: «En esta familia las que mandan son las mujeres».  Desde que era una niña, Sonia ha visto como su abuela, primero, y su madre, después, han tomado las decisiones importantes en casa.  En este caso, hay muchas probabilidades de que cuando se plantee formar su propia familia lo haga siguiendo este modelo y siendo ella quien lleve el timón. Así que a la hora de elegir pareja, se fijará en personas que cumplan un rol que le permita a ella continuar con el suyo.

Ahora bien, los roles no solo se repiten por similitud con generaciones anteriores. Si hay patrones relacionales en nuestra familia de origen que no aceptamos, también podemos asumir nuevos roles o buscar parejas que cumplan uno opuesto al de nuestros padres. De este modo, tratamos de corregir, controlar o borrar esas pautas que rechazamos.

Según Maurizio Andolfi, pionero en la terapia familiar sistémica, a menor cantidad de conflictos no resueltos en la familia de origen, más facilidad para elegir libremente compañero o compañera, ya que los lazos, las barreras y la necesidad de relacionarse con un tipo de pareja en particular serán mucho menos rígidos.

Las pautas a la hora de elegir pareja pueden transmitirse de generación en generación.

El “dating dejà vu” o «Esto ya lo he vivido antes»

El término ‘dating dejà vu’ hace referencia a esa sensación de «esto ya lo he vivido antes» que experimentas cuando te das cuenta de que llevas mucho tiempo repitiendo el mismo patrón a la hora de elegir pareja.

Esta sensación también aparece, por ejemplo, cuando quedas por primera vez con alguien y ya en el primer cuarto de hora percibes que la situación te resulta familiar. Este artículo, publicado en El País, lo refleja muy bien a través de la descripción de una primera cita: «Ahí estás. En una cafetería con una persona que has conocido en Tinder. Es atractiva e intelectual, pero también egocéntrica, como todas en las que te fijas. Te habla de los libros que ha leído en el último mes cuando, de repente, te embarga un sentimiento de familiaridad. Esta escena ya la has vivido antes. Esta historia ni siquiera ha empezado y ya sabes cómo va a acabar: como el rosario de la aurora. Pero, en vez de cortar por lo sano, habrá una segunda cita. Incluso puede que seas tú quien la sugiera».

El efecto halo y la importancia (relativa) del aspecto físico

Ni tener un ideal físico de pareja es malo ni las personas atractivas van a engañarnos solo por serlo. Esto que vaya por delante. El problema llega cuando, sin conocer bien a la otra persona, vinculamos su atractivo físico a otros rasgos como la inteligencia o la simpatía. Y no somos capaces de ver más allá. La culpa de esta ‘ceguera’ la tiene el efecto halo. Este sesgo cognitivo consiste en trasladar una cualidad particular que nos llama la atención en alguien a toda la persona, incluidas características que no conocemos. Hay estudios que han encontrado que una persona considerada atractiva también es percibida como inteligente, amable, generosa y honesta.

Es cierto que el físico forma parte de la atracción. Pero van a ser otros rasgos, como la forma de pensar o de sentir, los que realmente van a asentar la base de una pareja.

Lo explica este artículo de Cultura Inquieta: “Nuestro cerebro se comporta muy extraño cuando está cerca de una mujer o un hombre que nos encanta físicamente. Debido a esa debilidad por su apariencia comenzamos a justificar todas sus acciones, no importa si su comportamiento nos molesta o sus acciones nos hieren. Intentamos dar una explicación a todo antes que atrevernos a ver la realidad. Nos cuestionamos ¿cómo una mujer tan hermosa podría estar tan vacía por dentro? ¿cómo un hombre tan atractivo podría ser tan cruel? Nuestro cerebro no entiende ni es capaz de manejar ese desequilibrio entre el físico y los rasgos intrínsecos de alguien y, por lo tanto, los comienza a camuflar”.

Rellenar huecos

Cuando nos enamoramos, sobre todo al principio, tendemos a proyectar en el otro aquello que creemos que nos falta y le idealizamos en un intento de llenar nuestros propios vacíos emocionales. Esta sensación de carencia y de no estar completos es otro de los motivos que nos llevan a elegir un mismo tipo de pareja.

Una persona sumisa se fijará en alguien con un perfil  más dominante en un intento de encontrar esos rasgos de personalidad que siente que le faltan, como seguridad o confianza en sí misma. Quienes tienen un perfil más introvertido a menudo se decidirán por alguien con don de gentes y que sean el alma de la fiesta. Lo que ocurre en muchos casos es que llegará un momento en que esas diferencias que tanto nos gustaban al principio empezarán a sacarnos de quicio. Y aumentarán las probabilidades de ruptura.

Freud decía que en una relación siempre hay cuatro personas: la pareja, las carencias de uno y las carencias de otro.

Cuando nos enamoramos, sobre todo al principio, tendemos a proyectar en el otro aquello que creemos que nos falta.

Cambiar el patrón es posible

Tomar conciencia de que estamos repitiendo un mismo patrón al elegir pareja es el primer paso para cambiar de pautas. Pero hay más cosas que podemos hacer:

  • Identifica el patrón. Piensa en las parejas que has tenido en los últimos años e identifica tanto sus rasgos de personalidad o su forma de actuar, como las emociones que despertaban en ti. ¿Qué comportamientos están repitiéndose una y otra vez en tus relaciones? Si encuentras el patrón que alimentaba estas pautas, te resultará más fácil no repetirlo.
  • Establece tus propios criterios. Haz una lista con los valores que buscas en una pareja y también con lo que no estás dispuesto a permitir. Incluso, puedes ordenarlos en función del grado de importancia que tengan para ti. Al poner el foco en aquello que buscas estarás más atento a esas características en lugar de dejar que tu inconsciente haga el trabajo por ti.
  • Asume tu responsabilidad, pero no te culpes. Si has vuelto a tropezar con la misma piedra, toma esa experiencia como aprendizaje en lugar de utilizarla como látigo. Mira en tu interior y observa qué emociones, pensamientos, actitudes o comportamientos has repetido respecto a otras parejas. Así la próxima vez te resultará más fácil identificar y romper esos automatismos que te llevan a repetir patrón.
  • Tómate un tiempo para ti. Aprender a estar sin pareja te ayudará a conocerte mejor y a no repetir relaciones que no te hacen bien. Aprovecha para probar a relacionarte en otros ámbitos, aprender a identificar tus necesidades y también para reforzar tu autoestima. Si enlazas una relación con otra porque nadie te da lo que necesitas, pregúntate qué es lo que no te estás dando tú.
  • No te dejes embaucar por el efecto halo. Embarcarte en una relación solo porque alguien te parece la reencarnación de Apolo o de Afrodita es, como poco, arriesgado. No te apresures. Dedica tiempo a conocer si la otra persona comparte, además, tus mismos valores o tu forma de ver la vida.
  • Puedes romper la mala racha. Que te hayas equivocado otras veces no significa que estés condenado a repetir la misma historia por los siglos de los siglos. Si te cuesta pararte a analizar esos patrones, no dudes en pedir ayuda profesional. Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y estaré encantada de acompañarte en tu proceso.
Detrás de la generosidad mal entendida hay un profundo anhelo de recibir.

Dar sin límites o la generosidad mal entendida

Dar sin límites o la generosidad mal entendida 2560 2314 BELÉN PICADO

Seguro que muchos conocéis a alguien que siempre es el primero en sacar la cartera para invitaros a una ronda de cañas, que cada vez que salís juntos se ofrece a llevaros en coche, que os agasaja con regalazos el día de vuestro cumpleaños o cualquier otro día del año o que se presta voluntariamente a todo. Quizás tú mismo o tú misma seas esa persona que siempre está dispuesta a dar sin recibir nada a cambio. Es verdad que la generosidad es una de esas virtudes que nos hacen ser mejores seres humanos, pero llevada al extremo también puede hacernos mucho daño. Porque la generosidad mal entendida lleva a quien la practica a acabar sintiéndose solo, triste y eternamente insatisfecho.

Nos han educado a base de repetirnos que, para ser un buen hijo, una buena amiga, esposa, compañero o vecino tenemos que dar, dar y volver a dar; incluso cuando estamos cansados, no tenemos tiempo, dinero o ganas. Es más, cuanto mayor sea nuestro sacrificio, más ‘valor’ tendrá nuestra generosidad. Sin embargo, lo cierto es que cuando damos sin límites y sin permitirnos recibir acabamos mental, física y emocionalmente exhaustos y también vacíos. Quizás sea el momento de sustituir la expresión «Es mejor dar que recibir» por «Es mejor dar y recibir».

Dar para que me quieran

Desde muy pequeña, Marta aprendió a hacer amigos a través de regalos materiales, de dejar copiar a sus compañeros en los exámenes o de hacer los favores que hicieran falta dejando a un lado sus propias necesidades. Tenía tanto miedo de no caer bien y de quedarse sola que estaba segura de que así la aceptarían. Hasta que se dio cuenta de que su generosidad no estaba dando los frutos que ella esperaba.

La ira y el resentimiento empezaron a acumularse en su interior, pero incapaz de aceptar que ella pudiera sentir esas emociones tan ‘negativas’, trató de enterrarlas. En lugar de reflejar su enfado, a menudo se mostraba dolida y triste por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de todo lo que estaba dando. Hasta que no pudo más y estalló, echando en cara a sus amigos todos los sacrificios que había hecho y seguía haciendo por ellos y lo poco que estaba recibiendo a cambio.

Ella esperaba que así cambiarían de actitud y la valorarían más, pero consiguió lo contrario. Le reprocharon que ahora les ‘pasase la factura’ de todo lo que había hecho, ya que había sido ella quien había elegido estar siempre disponible. Los amigos de Marta se aprovecharon de su inseguridad, pero también ella tuvo parte de responsabilidad en la situación.

El generoso compulsivo está convencido de que el único modo de recibir afecto es dar sin límite.

Qué hay detrás del generoso compulsivo

Detrás de un generoso compulsivo se esconde un anhelo profundo de recibir, del que no suele ser consciente. Al no reconocer esta carencia y, además, ser incapaz de pedir lo que necesita, la persona se convence de que la única manera de recibir el amor o la aceptación de los demás es dando sin límite. Y no recibir la respuesta esperada puede llevar a pedir, incluso a exigir a los otros, que respondan como mínimo en la misma proporción a esa generosidad que muchas veces incluso resulta abrumadora. De aquí al victimismo, al resentimiento y al reproche solo hay un paso.

Además, es muy habitual que en este dar sin límites vaya incluida una necesidad casi impulsiva de ayudar a los demás en un intento desesperado por sentirse imprescindible y valorado. A este comportamiento se le conoce como síndrome del salvador.

Con su dadivosidad, la persona intenta evitar el rechazo y busca constantemente la validación que ella misma no se da y el amor que ella misma no se tiene. «Si hago todo esto por ti y no espero nada a cambio, pensarás que soy una persona maravillosa y no me rechazarás. Si nuestra relación estuviera basada en un dar por igual, podrías verme más objetivamente y reconocer lo inferior o lo imperfecto que soy».

En ocasiones, en el fondo hay cierto grado de manipulación. Esto ocurre cuando alguien es demasiado generoso y, al mismo tiempo, se queja de serlo. Expresa constantemente su desilusión y decepción porque los demás no actúan como él (o como ella) y no agradecen lo suficiente su entrega.

Por otra parte, algunas de estas personas no solo viven para dar, sino que rechazan sistemáticamente lo que les ofrecen a ellos. Por ejemplo, cuando alguien quiere invitarles a cenar, insisten siempre en pagar. Esto también ocurre con los gestos no materiales. Si les decimos «Me gusta ese abrigo», la respuesta será: «¿En serio? Pero si es muy viejo». O si les decimos: «¡Qué bien te sienta ese corte de pelo!», una respuesta probable será: «¡Qué va, si estoy horrible». De este modo, con el paso del tiempo la persona va enseñando a los que le rodean a no regalarle jamás ningún cumplido. A fin de cuentas, un cumplido es un regalo, ¿y a quién le gusta que rechacen sus regalos una vez y otra vez?

Lo malo de ser demasiado desprendido

Elizabeth Gilbert, escritora estadounidense y autora del best seller Come, Reza, Ama, escribió un artículo en el que hablaba sobre su propia tendencia al exceso de generosidad: «Mi política general de actuación siempre ha sido: ‘Si es mío, no te preocupes: ¡Puedes quedártelo!’. A lo largo de los años, he regalado en exceso mi dinero, mis posesiones, mis opiniones, mi tiempo, mi cuerpo, mis emociones; lo que sea, lo he regalado. Daba todo lo que era capaz de dar, independientemente de que los destinatarios se sintieran cómodos recibiendo».

Pero lo que consiguió Gilbert fue lo contrario de lo que buscaba: «Regalar dinero a mis amigos era muy divertido. Hasta que dejó de serlo cuando, de repente, empecé a perder a algunos. Utilicé el poder de dar imprudentemente. Me metí en sus vidas con mi gran chequera y borré años de obstáculos de la noche a la mañana, pero en el proceso también borré sin quererlo años de dignidad. A veces, al interrumpir su vida de forma tan brusca, negaba a un amigo la oportunidad de aprender sus propias lecciones vitales a su propio ritmo. Y lo que es peor, a veces mi exceso de entrega hacía que los amigos se sintieran avergonzados y desnudos».

Aunque a todos nos gusta recibir regalos llega un momento en que puede resultar verdaderamente incómodo. Puede ocurrir que no pueda permitirme corresponder al mismo nivel de los regalos que recibo y en vez de gratitud experimente culpa. O, simplemente, no me apetece sentirme continuamente en la obligación de corresponder a un gesto de generosidad que no he pedido. Y es que muchas veces el generoso compulsivo da más de lo que el otro quiere recibir.

Ser demasiado generoso puede provocar incomodidad en quien recibe.

Generosidad y egoísmo, dos caras de la misma moneda

Se nos ha hecho creer que ponerse uno mismo en primer lugar es señal de egoísmo e, incluso, de ser mala persona. Pero es justo cuando nos ponemos en primer lugar cuando podemos ser más generosos. Porque no podemos dar lo que no tenemos. Si me permito cubrir mis necesidades y procurarme mi propio bienestar, estaré mucho más capacitado para dar al otro. Solo si somos generosos con nosotros mismos, sabremos serlo con los demás.

Ser generoso no significa dar sin parar y a cualquier precio. Ser generoso implica estar para los otros, pero estando primero para uno mismo desde un sano egoísmo. Y para conseguirlo hay que trabajar en el propio crecimiento personal, aprender a distinguir la verdadera generosidad del dar para recibir afecto, para evitar el rechazo o para huir de la sensación de soledad.

Mientras Marta, nuestra chica generosa del principio del artículo, siga convencida de que la única forma de ser feliz es que los demás la acepten y la quieran, seguirá dando de forma compulsiva. Y, en consecuencia, continuará atrayendo a su vida a personas que estarán con ella por interés y no por un cariño honesto y genuino. Los generosos compulsivos suelen tener especial facilidad para atraer a personas que solo saben recibir y que salen corriendo cuando quien tanto les ha dado empieza a pedir de vuelta.

Sin embargo, las personas en quienes la capacidad de dar están equilibrada con la de recibir no se sentirán atraídas por gente en exceso desprendida (como Marta), que no les permite desarrollar su parte más generosa.

Si somos lo suficientemente egoístas como para pensar primero en nosotros y cubrir nuestras propias necesidades de amor y aceptación, nos sentiremos plenos. Así, tendremos más para dar a otros y lo haremos de una manera más despreocupada, sin el ansia de que nos devuelvan nada.

Más que emociones contrarias, egoísmo y generosidad son dos caras de una misma moneda. Solo aceptando ambos sentimientos y eliminando la etiqueta de ‘negativo’ o ‘positiva’ podremos elegir cuál poner en marcha en cada momento. Practicar la generosidad aumentará nuestro bienestar siempre y cuando hacerlo sea nuestra elección y no una obligación.

La generosidad y el egoísmo son dos caras de la misma moneda.

Aprende a pedir y a recibir

Si eres de los que das sin límite, estas pautas pueden ayudarte:

  • Sé sincero contigo mismo. Pregúntate: ¿Por qué das tanto? ¿Para qué lo haces? ¿Qué esperas ganar? ¿Están satisfechas tus necesidades emocionales? ¿Regalas desde un corazón pleno? ¿O das para conservar tus amistades y ganarte el cariño de quienes te rodean? ¿Eres de los que haces donaciones a una ONG o prefieres que los destinatarios de tu generosidad sean personas conocidas que puedan expresarte su gratitud? Recuerda que el acto de dar porque quieres, eligiendo qué, cuándo, a quién y cómo hacerlo, es totalmente diferente a dar porque lo necesitas o sientes que debes hacerlo.
  • Primero tú. La primera persona con la que debes practicar la generosidad eres tú. Una vez que hayas cubierto tus necesidades, podrás dar sin sentir que el otro es responsable de llenar tu vacío a cambio de lo que le estás ofreciendo.
  • Pon límites e incluye el «no» en tu repertorio de respuestas. El hecho de dejar de dar a manos llenas no va a convertirte en una mala persona. Posiblemente cuando empieces a poner límites, algunos de los beneficiarios de tu exceso de generosidad se molestarán y desaparecerán. No dejes que eso te haga dudar de que estás haciendo lo correcto porque las personas que realmente te aprecian y te valoran seguirán a tu lado.
  • Aprende a pedir. Una buena forma de equilibrar la balanza entre el dar y el recibir es aprender a pedir. La generosidad no solo es dar; también es dejar espacio para recibir. Colmar de regalos a alguien o invitar siempre tú a cenar causa un desequilibrio en la relación que solo podrás volver a reajustar cuando dejes que los demás hagan también algo por ti.
El efecto luz de gas o gaslighting es muy difícil de detectar.

Luz de gas o gaslighting (II): 6 claves sobre este abuso (y una curiosidad)

Luz de gas o gaslighting (II): 6 claves sobre este abuso (y una curiosidad) 1626 1080 BELÉN PICADO

En el anterior artículo sobre el efecto luz de gas me centraba en las señales para identificarlo y en cómo actuar ante él. Pero hay mucho que contar sobre esta forma de maltrato psicológico que busca hacer dudar a quien lo sufre de su propia realidad e, incluso, de su cordura. Por ello, he creído adecuado dedicarle otro post con algunos puntos que también conviene saber. Cuanto más sepamos acerca del gaslighting, más fácil será sortearlo. Por ejemplo, no está de más conocer qué características pueden hacer a una persona más vulnerable a sufrirlo, cómo identificar a un gaslighter antes de caer en sus redes o qué hace que esta forma de maltrato psicológico sea tan difícil de detectar.

Asimismo, es importante saber que no solo sufren luz de gas las mujeres ni únicamente aparece en la pareja. Incluso la política es un terreno muy propicio para el gaslighting y Donald Trump uno de sus principales ‘representantes’.

1. ¿Por qué es tan difícil de detectar?

Es importante dejar claro que una víctima en ningún caso es tonta o ingenua porque no identifique que está sufriendo luz de gas. En realidad, estamos ante una forma de maltrato psicológico que es muy difícil de detectar por varias razones:

  • Cuando se da en la pareja, la víctima atribuye el comportamiento del maltratador a que quizás esté pasando una mala racha y muy pronto todo volverá a la normalidad. Además, se convence de que alguien que la quiere tanto no puede estar maltratándola. Y así acaba justificando los reproches y autoconvenciéndose de que su pareja se porta así porque tiene miedo de perderla.
  • Al no haber huellas físicas visibles, es muy difícil apreciar los signos del abuso. Y es posible que los familiares y amigos tampoco se den cuenta de lo que ocurre y atribuyan la ansiedad de la víctima a altibajos en la relación.
  • Como la violencia física es perseguida y castigada y cada vez está peor vista por la sociedad, el maltratador recurre a la manipulación y al gaslighting como alternativa.
  • La propia naturaleza del vínculo que une a víctima y maltratador influye también en que la situación se mantenga. Quien sufre luz de gas a menudo pasa por alto las señales y justifica las conductas del otro confundiéndolas con muestras de afecto y protección.
  • Venimos de una cultura en la que a las mujeres se nos ha educado para complacer, cuidar y mantener la armonía dentro de las relaciones.
  • A menudo, el efecto luz de gas permanece enmascarado tras una aparente preocupación por parte del abusador: “Confía en mí. Yo solo quiero lo mejor para ti, todo lo hago por tu bien”.

Quien sufre luz de gas a menudo pasa por alto las señales del abuso del que está siendo víctima.

2. El gaslighting no siempre es consciente

Por lo general, es una forma de manipulación muy utilizada por personalidades narcisistas. A menudo se trata de personas encantadoras, exitosas, que saben bien cómo inspirar confianza y están acostumbradas a responder únicamente a sus propias necesidades y deseos, ignorando las de los demás.

Sin embargo, no siempre se hace luz de gas de forma consciente (aunque esto no lo justifica). Es posible que el gaslighter no tenga suficientes habilidades comunicativas o recursos para afrontar una discusión, por ejemplo, o para enfrentarse a una realidad que no controla. Así que cuando se sienta ‘amenazado’ recurrirá al único modo que conoce de conseguir lo que quiere: el gaslighting. Esto ocurre por ejemplo con personas que sufrieron este tipo de maltrato en su infancia por parte de sus figuras de apego.

En muchas ocasiones estos individuos ven normal, porque así lo aprendieron, establecer relaciones en términos de propiedad o de jerarquía entre las personas. Y también ven natural poder manipular las percepciones y juicios del otro adaptándolos a la propia visión de las cosas.

3. Diferencia entre manipulación y luz de gas

Se puede decir que la manipulación es una parte muy importante del gaslighting, pero no toda la manipulación recurre a este tipo de abuso emocional. La psicoterapeuta Stephanie Sarkis explica muy bien la diferencia: “La influencia o la manipulación se utiliza en diversos campos, particularmente el marketing y la publicidad, para que compremos cosas. Y se puede decir que los niños descubren la manipulación a una edad temprana y aprenden cómo obtener algo de uno de los padres si el otro dice «no». En este momento no es algo malo porque solo estamos aprendiendo cómo funcionan las cosas. Pero cuando la manipulación se convierte en una serie de comportamientos en los que la única intención es obtener el control sobre otra persona, entonces estás incurriendo en gaslighting. Es una forma de abuso”.

Visto así, un componente importante es la intención. Cuando una persona manipula está tratando de salirse con la suya, mientras que en el efecto luz de gas se trata, además, de controlar al otro. Por otra parte, no es algo que se haga una vez para conseguir un objetivo, sino que se trata de un patrón de comportamiento permanente, tanto dentro de una relación única como a través de múltiples relaciones.

Con el gaslighting se busca controlar y someter al otro.

4. ¿Existe un perfil de víctima?

Hay ciertos rasgos y circunstancias que pueden hacer a una persona más propensa a dar con un gaslighter, entre ellos: tener una acusada necesidad de agradar a los demás y de obtener su aprobación; poseer un alto grado de introversión; ser ‘demasiado’ empática; tener una baja autoestima; estar acostumbrada a ejercer el rol de cuidadora; ser demasiado complaciente; carecer de una adecuada capacidad asertiva; o no contar con una red de apoyo lo suficientemente fuerte.

También es común que exista un patrón de apego inseguro, es decir que durante su infancia haya sido víctimas de negligencia o de maltrato. Si en la niñez no hemos tenido un ambiente cálido, seguro y amoroso es muy posible que de adultos acabemos involucrándonos en diferentes tipos de relaciones tóxicas.

5. Algunas pistas para desenmascarar a un gaslighter antes de caer en sus redes

Hay ciertos comportamientos que este tipo de manipuladores suelen poner en marcha ya en las primeras citas y que pueden ponernos sobre aviso. Por ejemplo, no es extraño que hablen con mucho desprecio de sus exparejas o, incluso, de su familia. También es posible que a las pocas horas de haberte conocido ya estén diciéndote que eres maravillosa, que eres lo mejor que les ha pasado o ambas cosas. A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas, pero si ves que te lanza todo un arsenal de cumplidos a cuál más exagerado, sospecha. «Te dirá todo lo que quieras oír, pero no reveles demasiada información ni respondas a preguntas intrusivas. Podría utilizarlo luego en tu contra. Si piensas que es demasiado bueno para ser verdad, seguramente es que no es verdad», advierte Stephanie Sarkis en su libro Gaslighting: Reconoce a las personas manipuladores y emocionalmente abusivas y libérate.

6. No solo en las parejas, ni solo a las mujeres

Aunque lo habitual es que las víctimas sean mujeres, los hombres también pueden sufrir luz de gas por parte de sus parejas. Y en estos casos es todavía más difícil que el afectado, y sobre todo el entorno, detecten que está produciéndose un maltrato.

Este patrón de abuso también se da en otros ámbitos y no solo en la relación de pareja. Por lo que respecta a la familia, la psicoanalista Robin Stern apunta: “Es posible que tu madre menosprecie la ropa que usas, tu trabajo y tu novio y tú, en vez de reaccionar, te preguntas si tendrá razón”. O, peor aún, quizás fuiste objeto de maltrato o abusos y a fuerza de repetirte que eran imaginaciones tuyas, acabaste por creértelo. Si te das cuenta de que fuiste víctima de este tipo de manipulación por parte de tu familia y que incluso de adulto sigues siéndolo, debes marcar unos límites claros. Y no seguir luchando por obtener su aprobación porque no la necesitas. La única aprobación que debes buscar es la tuya.

En el ámbito laboral, un superior puede dedicarte numerosos elogios en público mientras que te humilla en privado y tira tu trabajo por tierra. Es habitual, por ejemplo, en casos en que los empleados son más efectivos que sus superiores y estos recurren a esta técnica para salvaguardar su posición y evitar que nadie les haga sombra. Pero no solo los jefes pueden hacerte luz de gas. También los compañeros.

El gaslighting también se da en el ámbito laboral.

7. Donald Trump, un experto gaslighter

El campo de la política no se libra tampoco del gaslighting y Donald Trump parece ser un ‘experto’. De hecho, en los últimos años se han escrito numerosos artículos en los que se le pone como ejemplo por su tendencia a hacer una declaración para, en una fecha posterior, negar indignado que él haya dicho eso. En uno de estos artículos, Trump and Other Gaslighters/Narcissists Create Crises And Then Act Like The Solved Them (Cómo Trump y otros gaslighters/narcisistas crean crisis y luego actúan como si las resolvieran), Sarkis expone cómo ciertos políticos “crean un enemigo y una crisis, luego la ‘resuelven’ y a continuación reclaman los elogios cuando la crisis (que ellos crearon) ha terminado”. Y proporciona varios ejemplos que muestran a Trump como prototipo de gaslighter en política.

Robin Stern, también relata en su libro Efecto Luz de Gas: Detectar y sobrevivir a la manipulación invisible de quienes intentan controlar tu vida, otro caso protagonizado por el presidente En 2016, el comediante y presentador estadounidense John Oliver afirmó que Donald Trump le había hecho luz de gas. ¿Cómo? Anunciando en Twitter que había rechazado una invitación para aparecer en el programa del comediante. Cuando el presentador se dispuso a aclarar que él no le había invitado, Trump complicó más la situación insistiendo en una entrevista que se lo había pedido no una, sino cuatro o cinco veces. Fue tal la seguridad que mostró, que Oliver confesó más tarde que llegó a cuestionarse su propia realidad: “Haber sido víctima de una mentira que parecía tan convincente fue una situación muy desestabilizadora. Incluso me vi obligado a asegurarme de que nadie lo había invitado accidentalmente y, por supuesto, nadie lo había hecho”.

El efecto luz de gas o gaslighting es una forma de maltrato tan sutil como devastador.

Luz de gas o gaslighting (I): Identifica si sufres este tipo de maltrato psicológico

Luz de gas o gaslighting (I): Identifica si sufres este tipo de maltrato psicológico 1280 853 BELÉN PICADO

«¡Estás mal de la cabeza!», «¡No sabes captar una broma!», «¡Te lo tomas todo a la tremenda!»… Si escuchas estas frases de forma habitual y, además, te sientes impotente, agotada y con serias dudas sobre tu salud mental es posible que estés siendo víctima de una forma de maltrato psicológico tan sutil como perverso y devastador: el efecto luz de gas o gaslighting.

El término proviene de una obra teatro del 1938, Gas Light, que años después sería llevada al cine por George Cukor y que en España se estrenó con el título de Luz que agoniza. En ella, un individuo interpretado por Charles Boyer se dedica a alterar todo el entorno en que vive con su esposa (Ingrid Bergman) hasta conseguir que ella dude de su propia percepción de la realidad y de su cordura.

A lo largo de los años, este tipo de abuso emocional se ha visto en numerosas películas y series. En El practicante (Netflix), por ejemplo, hay un momento en que el personaje que interpreta Mario Casas esconde unas pastillas y hace creer a su novia que ha sido ella quien le ha dejado sin ellas. “No puedo más, me estoy volviendo loca. Estoy segura de que dejé las pastillas ahí”, confiesa más tarde la mujer a su amiga.

Controlar, someter y anular

El efecto luz de gas es una forma de violencia cuyo objetivo es controlar, someter y anular; no solo se busca modificar el comportamiento de la víctima, sino también su identidad. Con su actitud, el abusador o gaslighter está enviando dos mensajes fundamentales a su víctima: «Tu pensamiento está distorsionado» y «Mis ideas y mi forma de ver la realidad son las correctas y verdaderas».

La persona que lo sufre cree que realmente ve cosas donde no las hay y que está volviéndose loca, así que comienza a encerrarse en sí misma, a depender cada vez más de quien está ejerciendo esta manipulación sobre ella y, en definitiva, a aislarse. Es como esa lluvia fina y constante que al principio parece que no moja, pero acaba calándote hasta los huesos.

En ocasiones, este tipo de maltrato va acompañado por violencia física o es la antesala de la misma. No es extraño que cuando te están humillando durante mucho tiempo y llegan los primeros golpes ya estás tan anulada que no eres capaz de reaccionar y pedir ayuda.

La persona que sufre luz de gas puede llegar a dudar de su propia cordura.

¿Me están haciendo luz de gas?

Es importante aclarar que, si bien en este artículo me refiero a la relación de pareja, la mayoría de situaciones que enumero a continuación pueden extrapolarse a otros ámbitos. Igualmente, aunque lo habitual es que la víctima sea la mujer, también hay hombres que sufren gaslighting. En cualquier caso, se trata de un maltrato tan sutil que no resulta fácil identificarlo. Una señal importante para detectarlo es la continuidad en el tiempo. Si las situaciones siguientes se repiten una y otra vez, es muy posible que te estén haciendo luz de gas.

  • Miente en detalles tontos. Descubres que la otra persona miente en cosas pequeñas y hasta cierto punto absurdas, pero luego habla de ello con tanto convencimiento que te hace dudar. Y no solo eso, siempre te lleva la contraria en todo, incluso en los temas más banales. Él siempre tiene razón. Al final eres tú quien acaba mintiendo para adaptarte a su realidad y evitar conflictos.
  • No se responsabiliza de sus propias conductas. Siempre te dice que el problema es tuyo e insiste en que «necesitas ayuda» o «estás loca». Es más, cualquier tipo de duda que manifiestes acerca de estas afirmaciones las convertirá en pruebas de que realmente estás «perdiendo la cabeza». Por ejemplo, puede minar tu autoconfianza comentando de forma explícita lo atractiva que es una amiga tuya, comparándote con ella e, incluso, llegando a coquetear delante de ti. Cuando tú te molestes o te quejes de su conducta te tachará de «insegura» y de tener «celos sin motivo». Y, al final, eres tú quien acaba pidiendo perdón.
  • Adopta el papel de víctima. Da la vuelta a las situaciones y se convierte en la víctima. Has quedado a cenar con tus amigas y justo antes de salir te dice que le encanta que lo pases bien, aunque seguro que se aburrirá mucho sin ti y te echará de menos. Pero te quiere tanto que no le importa. Tú dudas, él insiste en que salgas y luego pasa la noche enviándote mensajes, preguntándote qué haces, si vas a volver pronto, diciéndote que no podrá dormirse hasta que vayas a casa porque está preocupado… No solo no disfrutas de la velada, sino que te sientes culpable y, encima, cuando vuelves a verle dedicas las pocas energías que te quedan a consolarle. ¿Resultado? Vas espaciando tus salidas con los amigos («Para que no sufra o, al menos, hasta que se sienta más seguro de mí») hasta eliminarlas por completo.
  • Proyecta en ti sus carencias. El gaslighter te trasladará sus rasgos negativos o desplazará hacia ti la responsabilidad de sus comportamientos. De este modo, tú acabarás aceptando que eres egoísta, cruel o retorcida, justo las características que lo definen a él.
  • Niega haber dicho cosas que le has escuchado. Da igual que tengas pruebas o la total seguridad de que escuchaste perfectamente lo que dijo; él lo negará. Habéis hecho planes para salir el fin de semana y cuando llega el momento lo niega: «Yo nunca he dicho eso, no hemos quedado en nada ¿Por qué te inventas cosas? Cada día estás peor». Se reafirma en su postura repitiéndolo una y otra vez y tú, para no discutir, acabas claudicando. La primera vez te quedas descolocada. A partir de la tercera es posible que empieces a dudar de ti misma. Y así, cada vez le resultará más fácil que cedas. Llega un momento en que dudas no solo de tu memoria, sino de tu propia realidad.
  • Disfraza de humor lo que es una humillación. El abusador justifica sus salidas de tono o sus comentarios hirientes asegurando que «solo era una broma» y ridiculizándote por ser «una sosa» o «no tener sentido del humor». Esto ocurre en privado, pero también puede hacerlo en público. Recuerda: Si el chiste no te hace gracia, no es un chiste; si te sientes humillada, no es un chiste.
  • Te da una de cal y otra de arena. En un momento te pone por las nubes y te dice lo maravillosa que eres y lo feliz que es contigo y, en un abrir y cerrar de ojos, te culpa de todo; te tilda de exagerada y se burla de tu «exceso de sensibilidad». En psicología a esto se le llama refuerzo intermitente y es uno de los motivos por los que es tan difícil salir de una situación de maltrato. Si por regla general mi pareja me critica y, de vez en cuando y de forma totalmente aleatoria, me dice alguna cosa bonita, voy a quedarme ahí ‘enganchada’ haciendo todo lo posible para que me ‘toque premio’. Acabaré creyendo que si yo cambio la otra persona también lo hará.
  • Te dice una cosa, pero con el lenguaje no verbal expresa otra. Por ejemplo, tu pareja te pregunta por qué estás tan callada y cuando te animas a compartir tus sentimientos con la esperanza de que las cosas se arreglen entre vosotros, te pone cara de «Ya estás otra vez con lo mismo…«. Al mismo tiempo se transmiten dos mensajes, uno a través de la comunicación verbal y otro con la no verbal. Esto nos genera mucha confusión e inseguridad porque no sabemos a qué atenernos.

El gaslighter puede decirte una cosa y con el lenguaje no verbal mostrar otra muy diferente.mostratt

  • Constantemente quita validez a lo que dices. Da igual de lo que hables y del grado de conocimiento que tengas sobre ello. Siempre te menosprecia, te lo discute todo y lo pone en tela de juicio: «Tú que sabrás», «Anda, cállate que solo dices tonterías».
  • Critica a la gente que quieres. A la más mínima sospecha de que tu familia o tus amigos puedan percatarse de que lo vuestro no va bien y vea que su influencia sobre ti peligra, tu pareja va a empezar a hablar mal de ellos, a decirte que te dejas influir demasiado por tus amistades, que tu familia le mira mal o que tus amigos te critican a tus espaldas. También puede pasar lo contrario: que ante tus seres queridos se muestre solícito, comprensivo y encantador. Así será mucho más difícil que las personas cercanas se percaten de que algo va mal.
  • Pone en duda tus propios sentimientos. Estás expresando cómo te sientes y de repente te ves justificando tus emociones, tus opiniones y tus propias experiencias. Sabes que es absurdo, pero sigues tratando de demostrar que realmente estás triste o molesta por algo e intentas desesperadamente argumentar tu punto de vista. Y, en vez de recibir comprensión, te topas con respuestas como: «Es imposible que sientas eso», «Eres demasiado sensible», «Eres una exagerada» o «Vaya películas te montas».
  • Si te atreves a dejarlo, orquestará una campaña de calumnias contra ti. Cuando descubras su hipocresía y pongas tierra de por medio, es más que probable que primero se muestre arrepentido para que vuelvas con él. Y si no lo consigue pasará al ataque: tratará de hacerse la víctima, poner a tu familia o a tus amigos en tu contra y sabotearte en cualquier ámbito. También puede pasar que ponga sus ojos en otra posible víctima y te deje sin la más mínima vacilación.

Así transcurre el proceso

Al principio, cuando alguien empieza a hacerte luz de gas, es posible que te rebeles, te enfades y discutas durante horas sin llegar a ninguna conclusión. Ese enfado dejará paso, casi sin darte cuenta, primero a la sorpresa, luego a la confusión y finalmente a la resignación. Estas señales y otras similares acaban siendo tan habituales que normalizas lo que te ocurre. Asumes que malinterpretas los hechos, que quizás no los recuerdas bien o no son tan graves, que todo son exageraciones tuyas, invenciones o paranoias.

Te convences de que no estás a la altura de la persona que tienes al lado e, incluso, te sientes afortunada de que siga contigo pese a tus «múltiples fallos» y a que «no vales nada». Y como lo último que quieres es decepcionarle o enfadarle y que acabe hartándose y abandonándote, dejas de opinar, de defenderte, de intentar explicarle tu punto de vista… Y, poco a poco, dejas de ser tú misma. Paradójicamente, acabas creyendo que solo podrás encontrar la felicidad al lado de la persona que te humilla y te ignora y que solo lo tienes a él.

Escucha a tu intuición y confía en ella

Por muy camuflado que se presente, el gaslighting es maltrato. Pero no estás indefensa.

  • Haz explícitos los mensajes ambiguos que la otra persona intenta lanzarte. Por ejemplo, si te dice que no está enfadado pero sus gestos indican lo contrario, házselo ver: «Estás diciéndome que no estás enfadado, pero tus gestos y tu expresión indican lo contrario, ¿quieres hablar de algo?«.
  • No te calles. Valora tus opiniones y no dejes pasar la ocasión de exponerlas por no discutir. En cualquier tipo de relación es importante respetar el punto de vista del otro, así como sus sentimientos o sus experiencias y esto es un camino de doble dirección. Igualmente, todos tenemos derecho a manifestar dudas acerca de lo que dicen nuestros seres queridos o a estar en desacuerdo con ellos. Y eso no nos convierte en malas personas.
  • Aprende a identificar el objetivo de una conversación. Un diálogo en el que existe una reciprocidad no debería generar miedo, vergüenza o confusión. En el momento en que una conversación deja de buscar el entendimiento entre dos personas y se convierte en una lucha de poder lo mejor es dar la charla por terminada.
  • Deja de buscar su aprobación. No cedas a la tentación de intentar convencerle de tu punto de vista. Con una persona abusiva, narcisista y controladora tu opinión valdrá muy poco e intentar convencerle de que tienes razón será como predicar en el desierto. En lugar de decir «Tienes razón», prueba con: «Entiendo lo que me dices, pero no estoy de acuerdo» o «Esta es mi realidad aunque tú la veas de otro modo».
  • Valida tus sentimientos. Tus emociones no son un tema objeto de debate y nadie tiene derecho a decirte o a poner en duda qué sientes, qué piensas o quién eres. No invalides tus sentimientos por quedar bien con la otra persona y mucho menos pidas disculpas por sentir.

Nadie tiene derecho a decirte o a poner en duda qué sientes, qué piensas o quién eres.

  • Confía en tu intuición. Si sientes que hay algo raro, que algo no te cuadra, escúchate porque tú eres la persona que mejor te conoce.
  • Trabaja en tu autoestima porque es el mejor antídoto contra este tipo de manipulación. Cuanto más confíes en ti misma más difícil será que caigas en las redes de un gaslighter. Aprende a poner límites y si te sientes herida o molesta no lo dejes pasar.
  • Rodéate de una red apoyo. No pierdas el contacto con tu familia y tus amigos, apóyate en ellos siempre que lo necesites y contrasta con ellos tus percepciones.
  • Pon distancia. Si no se trata de un hecho aislado y ves que las situaciones se hacen habituales, aléjate de la persona que te está haciendo luz de gas. Tomar distancia te ayudará a tomar plena conciencia de lo que está ocurriendo.
  • Busca ayuda. Si ves que la situación te supera o que las personas que te rodean no terminan de ver el problema,  buscar ayuda profesional. Si lo deseas puedes ponerte en contacto conmigo y estaré encantada de ayudarte.
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Lectura. Efecto Luz de Gas: Detectar y sobrevivir a la manipulación invisible de quienes intentan controlar tu vida. Robin Stern es psicoanalista, investigadora y experta en inteligencia emocional. En este libro explica cómo funciona este tipo de manipulación y ayuda a detectar y a identificar si nos están haciendo  luz de gas.

(Si quieres saber más sobre el tema, te invito a leer Luz de gas o gaslighting (II): 6 claves sobre este abuso (y una curiosidad)

La proyección psicológica consiste en atribuir a otros sentimientos, pensamientos y deseos que son nuestros.

Proyección psicológica: Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio

Proyección psicológica: Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio 1920 1920 BELÉN PICADO

¿Te has parado a pensar por qué no soportas que tu compañero de trabajo sea tan arrogante mientras que otras personas no dan tanta importancia a esa característica de su personalidad? Lo que nos saca de quicio de otros está directamente relacionado con lo que nos negamos a aceptar en nosotros mismos. O con aquello que no nos permitimos mostrar. En la terapia Gestalt se conoce este mecanismo inconsciente como proyección psicológica. Consiste en atribuir a otras personas sentimientos, pensamientos, impulsos y deseos que son nuestros, pero que, al percibirlos como inconfesables e inaceptables, permanecen en nuestro subconsciente.

Una proyección sería reprochar que el otro no confíe en mí cuando yo soy desconfiado o, como dice el refrán, «Ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio». En general, la persona proyecta fuera las emociones, pensamientos o acciones de las que no se responsabiliza, pero en contrapartida pierde aspectos de sí mismo que son genuinos y auténticos. A la proyección también se la conoce como teoría o ley del espejo.

Mecanismos de defensa

Los mecanismos de defensa, entre los que se encuentra la proyección, son estrategias psicológicas inconscientes cuyo objetivo es ayudarnos a mantener el equilibrio interior. Nos ayudan a defendernos de pensamientos y sentimientos negativos que pueden generarnos dolor y angustia y amenazar nuestra autoimagen. El problema que ocasiona todo esto es que, si siempre culpamos a los demás y ‘echamos balones fuera’, los conflictos se repetirán una y otra vez sin que seamos capaces de resolverlos. Esto irá generando un malestar e insatisfacción constantes.

Si, por ejemplo, me enseñaron que hay que ser trabajador y productivo, tenderé a proyectar mi parte perezosa fuera de mí para evitar el conflicto interno. ¿Cómo? Criticando a quienes considero vagos o no cumplidores. Así, juzgando al otro consigo varias cosas:

  • Me libero de la carga interna de reconocer esa parte perezosa en mí.
  • Genero culpa en el otro y de paso yo me pongo en una situación de poder («Yo no tengo el problema; lo tienes tú»).
  • Mantengo mi autoconcepto a salvo («Yo siempre cumplo con mi trabajo»).
  • Al interpretar que son los demás quienes actúan mal, distorsiono mi propia realidad negando mis verdaderas carencias.
  • Pongo fuera lo que considero malo, indeseable, prohibido…

La proyección psicológica es un mecanismo de defensa inconsciente.

Lo que más odiamos en el otro nos dice mucho de nosotros

La proyección psicológica se produce, sobre todo, con aquello que odiamos con todas nuestras fuerzas. Lo que más detestamos en el otro es también lo que más detestamos en nosotros mismos. Volviendo a la situación anterior, es lógico que me moleste que otro no haga su trabajo si eso me afecta a mí directamente. Pero si ese modo de actuar, me afecte o no, me saca de mis casillas de un modo visceral y desproporcionado, se trata claramente de una proyección. En estos casos, la persona está atenta a cualquier señal relacionada con esa acción o actitud que aborrece para señalarla y censurarla. En ocasiones, incluso llega a imaginar dicha conducta en los demás, aunque no se haya producido.

Un ejemplo muy claro de esto último se ve en la infidelidad. A menudo, la persona que está teniendo una aventura, la ha tenido o se ha planteado tenerla, acusa a su pareja de ser infiel. Es más, muy probablemente ‘acumulará’ evidencias de ello, aunque no sea cierto. De este modo se justifica el propio engaño, con la excusa de que el otro está haciendo lo mismo.

Ahora bien, no siempre la persona en la que vemos reflejado algo que nos desagrada es con la que actuamos de ese modo. Me explico: Puede que mi jefe sea un déspota conmigo y yo me comporte de forma sumisa y cumplidora en el trabajo, y sin embargo con mis amigos actúe de forma autoritaria.

Dime de qué te quejas…

Hay muchas situaciones en el día a día que son proyecciones psicológicas e identificarlas nos ayudará a tomar conciencia de ellas:

  • Los sueños. Cuando soñamos proyectamos esas partes de nosotros que no hemos integrado o que no tenemos resueltas todavía. Los sueños nos pueden dar muchas pistas sobre lo que somos, lo que nos preocupa o qué necesitamos solucionar en cada momento. Según el paradigma de la Gestalt, detrás de gran parte de las críticas a los demás hay mecanismos psicológicos muy profundos que nos afectan incluso cuando nuestra mente ha «desconectado» del entorno inmediato del presente.
  • Quejas. Cuando me lamento de que alguien no me hace el caso que merezco, que a nadie parece importarle cómo me siento o que no respetan mis sentimientos, es posible que esté proyectando mi propia falta de autocuidado. A menudo pretendemos que los demás hagan por nosotros lo que no hacemos por nosotros mismos. De vez en cuando conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿Me hago caso y me ocupo de mí o siempre espero que me lo hagan todo los demás? ¿Me ocupo de lo que siento y hago yo o me torturo pensando en lo que hacen o dejan de hacer los demás? ¿Pienso en cómo hacerme feliz a mí mismo o más bien en qué deberían hacer otros para hacerme feliz? ¿Respeto mis sentimientos o me obligo a hacer cosas por temor al que dirán o por evitar un enfrentamiento?
  • Idealización. Consiste en poner en el otro características que creo que yo no tengo. Al principio del enamoramiento es común idealizar a la pareja en un intento de llenar los propios vacíos emocionales.

Proyección psicológica en la pareja: un camino de aprendizaje

El mecanismo de proyección también tiene un papel importante en las relaciones de pareja. Cuando conocemos a alguien y nos gusta, lo habitual es idealizarle. Luego muchas de esas cosas que nos encantaban, empiezan a molestarnos y aquí es donde entra en juego la proyección. Con un ejemplo se ve mucho mejor. Luis y Sonia llevan ya un tiempo como pareja y ella se queja de que él, en vez de pasar más tiempo con ella, prefiere dedicarlo a los videojuegos con los amigos o a ir al gimnasio. «Luis no me tiene en cuenta», se lamenta. Él, por su parte, no ve nada extraño ni reprochable en su conducta. Es más, a veces le cansa que su novia siempre esté encima de él. «Sonia depende demasiado de mí y se descuida ella misma», se queja.

El mecanismo de proyección también tiene un papel importante en las relaciones de pareja.

Lo que está ocurriendo en esta pareja es que ambos están proyectando en el otro sus propias carencias y los dos hacen lo que están reprochando al otro.

Si cada uno se aplicara sus propias quejas y cambiase el punto de vista resultaría que Sonia no pasa tiempo suficiente con ella misma, lo que pasa es que en su caso a lo que le da demasiada importancia no es al gimnasio sino a la relación con Luis. Y, además, no tiene en cuenta sus propias aficiones. Luis, por su parte, también es dependiente, aunque en su caso depende del gimnasio y de su afición a los videojuegos y les presta demasiada atención, mientras que descuida su vida emocional (con su pareja).

Si ambos son capaces de ver esto, tendrán la oportunidad de equilibrar su relación. Sonia, estando menos pendiente de su pareja y dando más espacio al cuidado de ella misma y Luis, dedicando menos horas al gimnasio y a los videojuegos y más tiempo a cultivar la parcela emocional junto a su novia.

Cuando no somos conscientes del mecanismo de proyección psicológica, lo habitual es que busquemos que la otra persona cambie. Sin embargo, si tenemos en cuenta que lo que vemos fuera es el reflejo de cómo somos por dentro, comprenderemos que somos nosotros quienes tenemos que realizar cambios en nuestro interior. Si me pongo delante de un espejo con un vestido y no me gusta cómo me veo, para ver otra imagen lo lógico será que yo me cambie de ropa. Sería una tontería empeñarme en cambiar la imagen del espejo. Pues lo mismo ocurre con las relaciones.

En realidad, la pareja nos puede brindar un enorme aprendizaje si estamos abiertos a ello. Por un lado, compartimos lo positivo; por el otro, podemos ser para la otra persona el modelo a través del que aprender a superar lo negativo. Y, de paso, en el camino descubrir facetas desconocidas para ambos.

La importancia de tomar conciencia y aceptar lo que es nuestro

El antídoto contra la proyección psicológica está en el autoconocimiento. Si estoy atento y, en lugar de juzgar al de enfrente, observo y busco qué parte de eso que me causa rechazo es mía podré darme cuenta de algo de mí mismo que no acepto, y así modificarlo. Esto nos ayuda a comprender que, dentro de una misma realidad, cada uno de nosotros vivimos una diferente. Si pedimos a diez personas que observen un cuadro con muchos elementos durante un minuto y anoten lo que perciban, cada uno seleccionará diferentes detalles. Esto ocurre porque cada persona prestará atención a aspectos relacionados con su propio sistema de creencias y con las emociones que predominan en este.

El jardín de las Delicias, El Bosco.

El Jardín de las Delicias, El Bosco.

Tomar conciencia de nuestras proyecciones nos ayuda a recuperar el control sobre lo que nos está sucediendo y a hacernos responsables de ello. Al principio nos resultará incómodo e, incluso, perturbador. Pero, si comprendemos que aquello que proyectamos en los demás dice más de nosotros mismos que del otro, acabaremos dándonos cuenta de que al cambiar nosotros también se modificará cómo vivimos las cosas. En vez de alterarnos ante alguien que nos produce rechazo, le veremos como alguien que nos está mostrando eso que tenemos que modificar, sanar o aceptar.

Volviendo al ejemplo del jefe déspota, si consigo aceptar que a veces yo también me comporto de forma autoritaria con mis amigos, podré entender cómo se sienten los demás cuando actúo así y replantearme si debo corregir mi actitud. De este modo, seré más comprensivo y empático con lo que dicen o hacen otras personas.

Otra opción es que detrás de mi animadversión hacia el talante arrogante de mi jefe se oculte el deseo inconsciente de tener un poco de su seguridad en sí mismo. En este caso, al tomar conciencia de ello, esta persona me estaría ayudando en cierto modo a darme cuenta de mi necesidad de aumentar esa cualidad.

Además, veremos que al cambiar nosotros también se modificará el modo en que percibimos a esa persona que tanto nos ‘alteraba’. No es que nuestro jefe deje de ser engreído, sino que a nosotros nos lo parecerá menos y ya no nos molestará porque ese tema ya lo tenemos resuelto.

Ejercicio para descubrir tus propias proyecciones

Escribe algunos pensamientos o juicios acerca de alguien cuyos comportamientos o actitudes te molesten. Piensa especialmente en los que más te irriten. ¿Qué es lo más odias de esas conductas o actitudes? ¿Qué te gustaría que la otra persona cambiara? Nadie va a leer lo que escribas, así que no te preocupes por ser políticamente correcto. Algunos ejemplos podrían ser: «Odio cuando Roberto se pone en plan víctima», «Elisa es una criticona» o «Me saca de quicio que María vaya a lo suyo y no respete a los demás».

Ahora, escribe esas frases nuevamente, pero en primera persona. Por ejemplo, «Odio cuando me pongo en plan víctima», «Soy un criticón (o una criticona)» o «Voy a lo mío y no respeto a los demás». Léelas en voz alta. Escúchate. Intenta buscar en qué forma, en qué grado, con quién, cuándo o dónde te comportas así o muestras esa actitud. Es importante que seas muy honesto/a contigo. Es posible que tengas ciertas actitudes de víctima con algunas personas, aunque no con otras; quizás criticas, aunque lo hagas de manera muy sutil; es posible que colabores en tu lugar de trabajo y muestres respeto a tu jefe, pero luego no actúas así cuando estás en casa con tu pareja. Párate unos minutos a reflexionar y solo considera la posibilidad de que, solo quizás, estás poniendo fuera lo que hay dentro.

De cualquier manera, si quieres iniciar un proceso terapéutico de crecimiento personal que te ayude a hacerte consciente de esas proyecciones y a trabajar con ellas, no dudes en ponerte en contacto conmigo. Me encantaría acompañarte en el camino.

«Todo lo que te molesta de otros seres es una proyección de lo que no has resuelto en ti mismo» (Buda)

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Película. Historia de un matrimonio. Scarlett Johansson y Adam Driver protagonizan esta película, nominada a los Oscar de 2020 y muy interesante desde el punto de vista psicológico. En relación al tema de las proyecciones, la historia muestra con mucha claridad cómo una pareja pasa de idealizarse mutuamente a proyectar en el otro sus propias carencias y transformar en defectos y resentimiento aquello que les enamoró. Encontraréis un análisis muy interesante en este artículo.

Procrastinación o dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

Procrastinación o el hábito de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy

Procrastinación o el hábito de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy 1280 846 BELÉN PICADO

Hay algo en común que tienen septiembre y enero: las listas de buenos propósitos. Con el inicio de un nuevo curso y el regreso al trabajo tras las vacaciones, llegan también las buenas intenciones. Una de ellas suele ser llevar las cosas al día. O, lo que es lo mismo, intentar procrastinar menos que la temporada anterior. En psicología llamamos procrastinación al hecho de postergar actividades o situaciones que deben atenderse y que resultan fastidiosas, sustituyéndolas por otras más entretenidas y también menos relevantes. Como se ha dicho toda la vida, dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

Otra característica de la procrastinación es que es algo irracional. Soy consciente de que estoy actuando en contra de lo que me conviene. Y sé que muy posiblemente me perjudicará. Pero, aun así, no puedo evitar hacerlo. Priorizo el sentirme bien en el presente frente las consecuencias negativas que me tocará asumir en el futuro (y que conozco).

Procrastinar no es lo mismo que vaguear

Es importante aclarar que procrastinar no es sinónimo de pereza o vaguería. El que es vago tiene muy poca (o ninguna) disposición para hacer las cosas y si puede librarse de hacer algo que le aburre o le resulta desagradable, no moverá un dedo. Cuando una persona procrastina sí hay intencionalidad de realizar la tarea, lo que ocurre es que intervienen diversos factores que veremos a continuación y que contribuirán a que dicha tarea se deje para otro momento.

Y otra puntualización. Procrastinar ocasionalmente no es negativo. A veces, incluso puede ser una señal de que necesitamos parar o tomarnos las cosas con más calma. La cosa se complica cuando se posterga de forma continua y recurrente y en cualquier ámbito, ya sea trabajo, estudios, relaciones o en lo personal. Y aún se complica más si al propio comportamiento de la procrastinación se suman la frustración, el malestar y la visión negativa de uno mismo al sentirse incapaz de cumplir con los compromisos que hemos adquirido.

El autoengaño también está íntimamente relacionado con la procrastinación. Es habitual pensar que todavía tenemos tiempo suficiente, que haremos mejor la tarea al día siguiente cuando estemos descansados, que bajo presión funcionamos mejor o que, en realidad, esa tarea no es tan importante.

Una mala regulación de las emociones

Cada vez son más los estudios que demuestran que la procrastinación es el resultado de una deficiente regulación de las emociones. Hay personas que no han aprendido estrategias adecuadas de afrontamiento y ante ciertas tareas se sienten incapaces de manejar sus estados de ánimo negativos. Para ellas, la procrastinación se convierte en una manera de neutralizar esas emociones desagradables.

Fisiológicamente, este peor manejo de los estados anímicos negativos está relacionado con la amígdala (región del cerebro que controla las emociones). Una investigación realizada en la Universidad alemana Ruhr de Bochum encontró que las personas con una amígdala más grande son más propensas a postergar las tareas. Según los autores del estudio, además de desempeñar una función importante en la valoración emocional de las situaciones, esta estructura cerebral también nos advierte de los efectos negativos que pueden tener nuestras acciones. Esto se traduce en que las personas con una amígdala más voluminosa podrían mostrarse más temerosas ante las consecuencias de sus actos, por lo que retrasan el inicio de los mismos.

La procrastinación está relacionada con una deficiente regulación de las emociones.

¿Qué nos lleva a procrastinar?

¿Cómo se explica que una persona aplace ciertas tareas y no otras? ¿Y que demore una misma tarea en un momento dado, pero no en otro? Las razones que nos llevan a procrastinar son varias:

  • Baja autoeficacia percibida. En ciertas tareas una persona puede considerar que sus habilidades son insuficientes o inadecuadas. Por ejemplo, si tengo que preparar un informe y estoy convencida de que me expreso fatal, voy a angustiarme y probablemente deje la tarea para más tarde. Al final, escribiré el informe con prisas y sin tiempo para repasarlo. Y el resultado me hará pensar que, efectivamente, los informes no son lo mío cuando en realidad el problema ha sido dejarlo para el último momento.
  • Tener baja tolerancia a la frustración. Volvamos al ejemplo anterior. Si escribir ese informe me genera ansiedad y no soy buena manejándome con la frustración, voy a poner el foco en evitar el malestar en vez de concentrarme en la tarea. ¿Y cómo neutralizo la ansiedad? Postergando (mientras encuentro las fuerzas me ‘trago’ cinco capítulos seguidos de la última serie que ha estrenado Netflix o me doy una vuelta por Facebook por si me han dejado algún “Me gusta” en la última foto que subí). En esta baja capacidad para soportar el malestar influye, y mucho, el tipo de educación recibida en la infancia. La sobreprotección, una excesiva exigencia o tener unas figuras de apego evitativas aumentan las posibilidades de procrastinar.
  • Impulsividad. Las personas impulsivas tienden más a dejarse llevar por las distracciones que aquellas que tienen bien entrenado el autocontrol y, además, suelen contar con una baja capacidad de planificación. Frente a la impulsividad, el autocontrol nos ayuda a hacer algo desagradable, pero que será bueno en el futuro.
  • Rigidez. Una persona muy ‘cuadriculada’ puede condicionar la realización de una tarea a que se den una serie de circunstancias que considera adecuadas y necesarias. Por ejemplo, puedo decirme que me pondré a escribir el dichoso informe cuando tenga la habitación impoluta y totalmente ordenada o que no llamaré a mi madre hasta que encuentre un hueco en el que estemos tranquilas en casa, tengamos al menos media hora para hablar y ambas estemos completamente descansadas. Como es complicado que se den todas y cada una de esas condiciones, lo más seguro es que deje el informe o la llamada en el ‘cajón de las cosas pendientes’.
  • Perfeccionismo: Puede parecer una contradicción ser perfeccionista y procrastinador, pero no lo es. Cuando una persona necesita realizar la tarea de una manera que considere perfecta según sus criterios, puede acabar aplazándola porque piense que mañana tendrá más tiempo y la desempeñará mejor.

Consecuencias de la procrastinación

Aunque no es un trastorno, si dejamos que la procrastinación se convierta en algo habitual, nuestra salud mental y física acabará viéndose afectada. Estas son algunas de las consecuencias:

  • Disminución del rendimiento laboral y académico: Cuando lo dejamos todo para el último momento, lo único que conseguimos es que las tareas se amontonen. Al tener menos tiempo, las haremos más deprisa, sin prestarles la atención necesaria y, en muchos casos, estresados.
  • Disminución de la autoestima. A medida que pasan los días y seguimos sin enfrentarnos a una actividad u obligación, la visión que tenemos de nosotros mismos es cada vez más negativa. Incluso pueden aparecer sentimientos de culpa. Empezamos a pensar que no vamos a ser capaces, que somos un desastre… y nuestro cerebro asume esos mensajes como reales. Así es muy probable que nuestros temores se confirmen y no logremos nuestro objetivo, lo que a su vez irá en detrimento de nuestra autoestima.
  • Aumento de los niveles de ansiedad y estrés. La satisfacción que provoca postergar una tarea es fugaz y el malestar que tratábamos de evitar regresará con más fuerza cuando se aproxime el momento en que tengamos que entregar una tarea, por ejemplo. Si este proceso se repite en el tiempo, corremos el riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad. Además, la ansiedad y el estrés pueden a su vez provocar otros trastornos a nivel físico, como migrañas, problemas digestivos, hipertensión, alteraciones del sueño, etc.

La procrastinación disminuye nuestro rendimiento.

Qué puedo hacer

Seamos realistas. Nuestra ritmo de vida actual no pone fácil dar esquinazo a la procrastinación. En cualquier lugar y en cualquier momento tenemos un interminable menú de distracciones y tentaciones tan amplio como ‘peligroso’. Pero, por suerte, superarla es una habilidad que podemos aprender.

El primer paso es tomar conciencia del problema. Una vez que has admitido que la procrastinación se ha convertido en tu inseparable compañera, lo siguiente es descubrir qué te lleva a procrastinar a ti en particular y en qué ámbitos lo haces. ¿Encuentras cualquier distracción cada vez que te toca comer en casa de tu familia política? ¿O solo procrastinas en el ámbito laboral cuando estás ante una tarea para la que no te sientes capacitado? Si te resulta difícil llevar a cabo este ejercicio de introspección o sientes que el problema que hay detrás te supera, no dudes en recurrir a un psicólogo. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo, estaré encantada de ayudarte).

La solución también pasa por trabajar en tu autoestima, aprender a manejar mejor las emociones y en prestar mucha atención al autocuidado. No olvidemos que la salud mental está íntimamente unida a la salud física.

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Vídeo

En la mente de un maestro procrastinador. En esta divertida charla TED, Tim Urban explica de una forma clara y entretenida cómo funciona la procrastinación y qué nos impide concentrarnos en una tarea. Según él, en nuestro cerebro conviven un tomador de decisiones racionales, un mono que solo se preocupa por la gratificación instantánea y un monstruo del pánico, que aparece cuando se acerca la fecha en que tenemos que entregar nuestra tarea.

El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites»

El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites» 1920 1280 BELÉN PICADO

Seguro que todos conocemos a alguien sumamente servicial, que asume como suyos los problemas de la gente que le rodea o que siempre está dispuesto a dejar sus intereses en segundo lugar para ocuparse de que otra persona cumpla sus objetivos. Se trata de rescatadores natos que parecen tener un radar para detectar necesidades y problemas ajenos y que tienen una necesidad casi impulsiva de ayudar. Este comportamiento se conoce como síndrome del salvador o también como síndrome del caballero blanco.

Esta actitud de ayuda unilateral suele darse más en las relaciones de pareja, pero también puede verse en otro tipo de relaciones, sobre todo entre padres e hijos. Es el caso de la madre que hace la comida a diario para su hijo porque, si no, va a comer fatal (el muchacho en cuestión tiene 40 años y hace más de diez que ya no vive en casa). Otro ejemplo es el de los hijos que no dejan que sus padres hagan nada solos “porque ya están mayores” (aunque el padre o la madre puedan manejarse por sí mismos perfectamente).

A la mayoría de nosotros nos enseñaron de niños que hay que ayudar a los demás y eso está muy bien, sobre todo a la hora de vivir en sociedad. Sin embargo, también es importante entender que ese altruismo debe basarse siempre en la reciprocidad.

El 'salvador' tiene la urgente necesidad de ocuparse de las necesidades de los demás.

¿Cómo se crea un salvador?

El rol de salvador puede aparecer en la infancia como un mecanismo para equilibrar el sistema familiar.

Es habitual que la persona proceda de un hogar en el que no se atendieron sus necesidades afectivas. Por ejemplo, pudo pasar que el niño se viera obligado a asumir responsabilidades que no le correspondían, como cuidar de alguno de los padres o de sus hermanos (parentalización). Ese niño sintió que si se preocupaba y era solícito con las necesidades de las figuras de apego su amor sería correspondido e, indirectamente, con el paso del tiempo seguirá buscando relaciones que repitan el patrón. Por un lado, tratará de satisfacer su hambre de amor proporcionando afecto a quienes siente que lo necesitan. Por otro, a la hora de relacionarse tenderá a elegir personas emocionalmente inaccesibles (como lo fueron sus figuras de referencia), con la esperanza de que, con su entrega, la otra persona acabe cambiando.

Cuando me ocupo de tus necesidades, desvío la atención de las mías

Muchas de las actitudes disfuncionales que desarrollamos nos aportan una serie de ventajas de las que no somos conscientes, pero que existen. Y el impulso de vivir rescatando a los demás es una de ellas. El síndrome del salvador permite:

  • Ponerse por encima del otro. El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad mal entendida. Aunque la persona esté convencida de que solo busca el bien del otro, lo que está haciendo inconscientemente es ponerse por encima. Así se inicia un juego en el que, el rescatador, a medida que ayuda, va engrandeciéndose a la vez que hace pequeños a quienes pretende ‘salvar’, al no dejar que estos salgan adelante por sí mismos. Al mismo tiempo, paradójicamente, su orgullo le impide reconocer sus propias necesidades y pedir ayuda cuando la necesita.
  • Sentirse valorados. Uno de los motivos por los que no es fácil que el salvador renuncie a su rol es porque se resiste a no ser imprescindible. Y tiene su lógica porque para él es el único modo que conoce de sentirse visto y de dar sentido a su vida. El problema es que, al basar su autoestima en la respuesta del otro, si este en algún momento decide prescindir de su ayuda, se sentirá frustrado, poco valorado y muchas veces perdido.
  • Evitar mirar las  propias heridas. El salvador pone toda su energía en solucionar los problemas del otro, para no tener que detenerse a observar su dolor y responsabilizarse de él. A menudo no se atreve a enfrentarse a sus carencias y conflictos internos y prefiere volcarse en los del otro.
  • Tener el control. Los salvadores son excesivamente controladores. Para sentirse seguros necesitan que todo esté controlado, tanto situaciones como personas. Y como no se fían de la capacidad de otros para resolver sus problemas, prefieren encargarse ellos mismos. «Mientras el otro necesite mi protección, lo podré controlar. Además, como he creado en él la necesidad de que le proteja y le cuide no correré el riesgo de que me abandone».

El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad malentendida.

Relaciones tóxicas

Hasta ahora hemos hablado de los salvadores, pero para que haya un salvador tiene que haber un salvado. Ambos tienen en común el no hacerse responsables de sus propias emociones, desembocando en relaciones tóxicas en las que hay una gran dependencia emocional y una acusada asimetría. Es decir, siempre se produce una desigualdad de roles.

El salvado suele tener una personalidad dependiente, con baja autoestima y poca seguridad en sí mismo. Una relación tóxica salvador-salvado es la que se establece, por ejemplo, entre el alcohólico y el familiar codependiente (Si te interesa, te invito a leer el artículo Codependencia y alcoholismo: dos caras de la misma adicción en este mismo blog).

Aunque ambos creen que el otro les dará lo que necesitan, esto nunca sucede. El salvador se dará cuenta de que no puede hacer nada por el otro, pues el vacío que intenta cubrir nunca se llena y el salvado siempre reprochará al salvador que nunca le va a dar lo que el necesita.

Con el tiempo, el resentimiento acabará adueñándose del ayudador compulsivo por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de los servicios prestados. Y como en muchos casos no se atreve a expresarlo verbalmente, acaba recurriendo al chantaje emocional, al victimismo o a la manipulación con la esperanza de obtener así el amor que cree que merece.

Lo primero, tomar conciencia

Si tu forma de ser se corresponde con las características de un salvador o una salvadora, estas pautas podrían servirte de ayuda:

  • Toma conciencia de este patrón de comportamiento. La capacidad de reflexión y la toma de conciencia es el primer paso para empezar a vivir nuestra vida en vez de dedicarnos a solucionar la de los demás. Pregúntate: ¿Desde cuándo tienes esa necesidad de sentirte indispensable? ¿Qué beneficios has obtenido? ¿Ha habido alguna etapa en tu vida en la que esta característica haya sido más evidente?
  • Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste. Es posible que las cosas no salgan como tú consideras que es lo correcto y que eso te genere cierta frustración. Pero es algo que debes aprender a sostener. El hecho de que otras personas no hagan las cosas como tú no significa que estén mal hechas. Solo que las hacen de modo diferente. Sin más. No pienses por ellas, deja que acierten (o se equivoquen). Y si alguien quiere tu ayuda, ya te la pedirá.

Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste.

  • Acostúmbrate a ocuparte de ti mismo. Ocuparse de uno mismo no es egoísta, como tampoco es un signo de generosidad querer solucionar la vida del otro. Lo único que estás haciendo es distraerte de tus propios problemas. Atrévete a mirar dentro de ti y sincérate: ¿Realmente crees que tu vida está tan resuelta que ya puedes dedicarte a arreglar la de los demás? ¿O en realidad necesitarías que te rescatasen a ti?
  • Aprende a decir “no”. Es muy posible que, si llevas tiempo ejerciendo de salvador o salvadora, la persona salvada se haya acostumbrado y no te ponga fácil renunciar a tu papel. Así que vas a tener que aprender a poner límites y mantenerte firme. Recuerda que tienes todo el derecho a pensar en ti y ponerte por delante.
  • Aprende a diferenciar empatía de simpatía. Suele considerarse al salvador como una persona empática y no es así. La empatía es la capacidad de ponernos en la piel del otro, acompañarlo y ayudarlo a solucionar sus conflictos a su manera, permitiéndole que crezca. La simpatía es la capacidad para solucionar los problemas de los demás desde nuestra propia perspectiva, es decir, desde la forma en que lo haríamos nosotros.
  • Cultiva la flexibilidad y la reciprocidad. Una relación sana siempre es flexible, unas veces apoyarás tú al otro y otras será el otro quien te ayudará a ti. Dice Bert Hellinger: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta ser tóxico”.
El personaje principal de "Valeria" sufre el síndrome del impostor.

«Soy un fraude» o el síndrome del impostor (y cómo superarlo)

«Soy un fraude» o el síndrome del impostor (y cómo superarlo) 768 513 BELÉN PICADO

Valeria es el título de una serie que acaba de estrenarse por Netflix y que relata el día a día de una escritora treintañera. Ya en el primer capítulo, la protagonista descubre que su falta de inspiración podría estar relacionada con el síndrome del impostor. “Personas que viven atormentadas de descubrir en cualquier momento que no son tan inteligentes como parece”, lee Valeria (Diana Gómez) en Internet mientras busca como recuperar el favor de las musas. Elisabeth Benavent, autora de los libros en los que se basa la serie, declaró recientemente en una entrevista que ella empezó a sufrirlo cuando sus libros comenzaron a venderse: “Pensaba: ‘Esto no puede ser, en realidad no me lo merezco; esto solo es una moda’. Soy un poco angustiosa y convivo con el síndrome del impostor todos los días. Comprendo muy bien a Valeria”.

De Victoria Abril a Michelle Obama

Os sorprendería saber cuántas personas sufren o han sufrido el síndrome del impostor. Según algunos estudios, siete de cada diez han pasado por ello alguna vez en su vida. Victoria Abril, una de nuestras actrices más internacionales, describe muy bien en qué consiste en una entrevista que le hicieron en 2017: “Hasta los 30 yo tenía el síndrome del impostor. Me levantaba pensando, ‘Dios mío, el día que España se despierte y se dé cuenta de que no soy ni guapa, ni alta, ni actriz, que no he estudiado, que lo único que hago es sobrevivir y avanzar como puedo…’. Vivía un poco angustiada en ese sentido”.

Resulta curioso que personas admiradas y que son la personificación del éxito, tengan estos pensamientos, ¿verdad?. La mismísima Michelle Obama, ex Primera Dama de Estados Unidos y una abogada de gran prestigio, ha admitido sufrirlo. Y no solo ella. También empresarias de éxito, científicas, escritoras o actrices tan conocidas como Kate Winslet, Natalie Portman y Meryl Streep. Suele afectar en mayor medida a las mujeres, aunque algunos hombres también han pasado por ello. Es el caso del pianista británico James Rhodes o el primer hombre que pisó la Luna, Neil Armstrong.

Perfeccionismo y autoexigencia en exceso

Todos podemos experimentar inseguridad ante ciertos retos o en determinadas situaciones de nuestra vida, sobre todo si son nuevas. La diferencia está en que en el síndrome del impostor esa inseguridad es intensa y permanente y general un considerable malestar emocional.

Quienes lo sufren sienten que son un fraude, que no son lo suficientemente buenos. Creen que no merecen sus logros, que lo que han conseguido ha sido por un golpe de suerte y que la gente puede darse cuenta en cualquier momento. Por lo general, viven este problema en silencio, muchas veces por temor a las burlas o a que les acusen de ‘pecar de falsa modestia’. Sin embargo, esto no es así. Estas personas se sienten verdaderamente incómodas cuando reciben el reconocimiento y la valoración de otros porque son incapaces de internalizar sus éxitos.

Otras características que suelen compartir son el perfeccionismo, la autoexigencia, la autocrítica y el miedo al fracaso. La persona llega a invertir más horas de las necesarias en prepararse para algo que ya domina o puede dar respuestas vagas y evasivas por temor a no ser capaz de hacerlo perfecto. Este exceso de autoexigencia puede desembocar en estrés, ansiedad, trastornos del sueño o depresión, entre otros problemas.

Por otra parte, conviene saber que intentar ayudar a alguien con este problema insistiendo en reconocer sus méritos o diciéndole todo lo que hace bien y lo que ha conseguido puede generarle más angustia y aumentar su sensación de ser un fraude. Esto es así porque su problema no tiene tanto que ver con la validación externa, que habitualmente sí tienen (lo que pasa es que no acaban de creérsela), como con la falta de reconocimiento interno. Esta falta es tan acusada que la persona no puede ver con objetividad sus propios logros. Por ello, parte de la solución está en que sean ellos mismos quienes aprendan a verse objetivamente, con sus virtudes y limitaciones.

El síndrome del impostor afecta más a las mujeres.

 

‘Impostores’ en todos los ámbitos de la vida

Generalmente, afecta a profesionales que se mueven en áreas donde hay mucha competencia (laborales o académicas). La psicóloga Pauline Clance, que fue la primera en utilizar el término “síndrome del impostor” en 1978, cuenta que ella misma lo sufrió en la escuela. Con el tiempo se hizo profesora y vio que a muchos de sus alumnos también les ocurría.

En el terreno laboral, quienes tienen este patrón de comportamiento pueden ver muy limitadas sus posibilidades. Por ejemplo, es posible que no presenten su candidatura a un empleo para el que están plenamente capacitados o que no soliciten un ascenso por considerar que “no lo merecen”.

Pero el síndrome del impostor también se produce en otros ámbitos, como el familiar, el social o el afectivo. En este último caso, la persona no comprende que pueda ser amada o deseada y vive atormentada por la posibilidad de que la abandonen en cualquier momento. Y esto puede llevar en ocasiones a evitar el compromiso o a implicarse de manera superficial, dando por hecho que, antes o después, su pareja la conocerá realmente y la dejará.

El alto precio de presionar a los niños por ser los mejores

Las dinámicas familiares que se establecen en la infancia tienen mucho que ver en la aparición del síndrome del impostor. En algunas familias, directa o indirectamente, se cataloga a los hijos como el torpe, el inteligente, el gracioso… Y esto influye en el modo en que el niño construye su autoconcepto, es decir, en cómo se ve a sí mismo. Esas etiquetas a menudo le acompañan hasta la edad adulta y luego es muy difícil desprenderse de ellas.

En otras ocasiones, hay una falta de refuerzo afectivo por parte de las figuras de apego que, además, presionan en exceso al niño para que sea el mejor en los estudios, el deporte, etc.  En esas familias con habituales frases del tipo “Tú puedes hacerlo mejor”, “Un notable no es suficiente”, “Tienes que esforzarte más”… El niño siente que nunca será lo suficientemente bueno para sus padres y, sin darse cuenta, irá haciendo suyas esas frases convirtiéndolas en la voz de su juez interior. Estas ideas que nos tragamos sin digerir son los introyectos y juegan un papel muy importante en el desarrollo del síndrome del impostor. Poco a poco, vamos interiorizando la exigencia de los demás hasta que ese nivel de perfeccionismo deja de ser marcado desde el exterior y somos nosotros mismos quienes nos lo exigimos.

La presión excesiva puede provocar consecuencias muy negativas.

 

Cómo superar el síndrome del impostor

  • Cuando tengas pensamientos o sentimientos que te lleven a creer que eres un impostor o una impostora, escríbelos. Una vez que los hayas anotado, somételos a una evaluación realista. ¿Qué pruebas objetivas avalan dichos pensamientos?
  • Haz una lista con los logros que vas consiguiendo y revísala cuando el perfeccionismo o los pensamientos ‘impostores’ asomen en el horizonte.
  • Repasa tus fortalezas y tus debilidades. Aceptarse y asumir que no somos perfectos es un reto tan difícil como necesario.
  • Descubre la gama de grises porque no todo en la vida es blanco o negro. Unas veces merecerás que reconozcan tus logros y otras te tocará corregir lo que no has hecho bien. No eres perfecto, pero el resto del mundo tampoco lo somos.
  • Sincérate con alguien cercano en cuya opinión confíes y cuéntale qué te ocurre. Mantener un diálogo abierto sobre lo que te angustia te ayudará a relativizar. También te vendrá bien abrirte con alguien a quien respetes o admires a nivel académico o profesional. Enseguida te darás cuenta del gran número de ‘impostores’ que hay por ahí, incluso quienes menos te lo esperas.
  • Sé amable contigo mismo. Repito: Nadie es perfecto. Así que perdónate cuando cometas errores y felicítate cuando obtengas algún logro.
  • Agradece los halagos y punto. La próxima vez que alguien te felicite o te haga un cumplido, no te justifiques ni pongas una excusa. Simplemente, sonríe y da las gracias.
  • Comparte tu experiencia. Ayuda a otras personas con menos formación o experiencia y verás cuánto puedes aportar.

Y un último apunte: Recuerda que el verdadero impostor nunca sentirá ni admitirá que es un impostor.

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Lectura

Fugas o la ansiedad de estar vivo. El pianista británico James Rhodes habla en este libro sobre el síndrome del impostor. Confiesa que cada vez que se sube a un escenario, sobre todo en el inicio de sus giras, anticipa que el público va a darse cuenta de sus fallos y va a ver que no tiene suficiente talento para estar ahí.

«He estado en las mesas y comités más poderosos que podáis imaginar. También en ONGs, fundaciones, multinacionales y cumbres del G-20. Tengo un asiento en la ONU. Os aseguro que nadie es tan brillante como aparenta.» (Michelle Obama)

La confianza ciega conlleva ciertos riesgos.

Confianza ciega: Los riesgos de confiar demasiado en los demás

Confianza ciega: Los riesgos de confiar demasiado en los demás 2560 1706 BELÉN PICADO

La confianza es necesaria. De hecho, es la base de nuestras habilidades sociales y de las relaciones que entablamos con las personas que nos rodean. Sin ella, viviríamos en una angustia permanente ante el temor de que nos engañaran. Ahora bien, confiar demasiado en los demás puede ser tan dañino como sospechar de todo y de todos.  Si eres de los que ‘practican’ la confianza ciega y siempre terminas decepcionándote, quizás sea hora de revisar en qué te basas al evaluar el grado de confiabilidad de quienes te rodean y de establecer nuevos criterios. ¿Cuánto tardas en dar por hecho que alguien es honesto? ¿En qué te basas para deducirlo? ¿Confías antes en una persona por lo que dice que por lo que hace?

Es cierto que el fallo no está en quien confía, sino en quien engaña, es desleal o manipula. Pero, como no podemos controlar el comportamiento de los demás, al menos aprendamos a seleccionar quien merece el regalo de nuestra confianza.

La confianza ciega puede ser tan perjudicial como la desconfianza total.

¿Hasta qué punto te guías por tus emociones y dejas la razón en un segundo plano?

Cuando depositamos nuestra confianza en alguien lo hacemos en dos dimensiones: la afectiva o emocional y la cognitiva. Por un lado, hacemos caso de las emociones que esa persona nos genera y, si nos lo “dice el corazón”, aceptamos que es digna de confianza. Luego, a esa dimensión emocional le añadimos pensamientos, creencias y juicios que nos ayudan a valorar, de forma más racional, si nuestro corazón va bien encaminado.

Sin embargo, la realidad es que muchas veces la influencia del plano afectivo es tan intenso, que nos limitamos a escuchar a nuestro corazón sin dar la oportunidad al cerebro a llevar a cabo su propia evaluación. Nos dejamos atrapar por las emociones hasta el punto de acabar viendo lo que queremos ver y no lo que está ocurriendo realmente.

Precisamente un estudio realizado por Maurice E. Schweitzer y Jennifer Dunn en la Universidad estadounidense de Pennsylvania  concluyó que las emociones positivas, como la felicidad, incrementan la confianza, mientras que las negativas, como la ira, la disminuyen.

A la hora de confiar en los demás, las emociones juegan un papel muy importante.

¿Cuánto tardas en dar por hecho que los demás son honestos?

Me resulta muy curioso cómo en el programa televisivo First Dates se dan casos en los que un participante, apenas unos momentos después de conocer a su cita,  ya destaca su «sinceridad». Muchas personas depositan su confianza en alguien solo unos minutos después de conocerlo. Y llegan a esta decisión observando algunos rasgos que, de forma irracional, asocian a la franqueza. Influye, por ejemplo, que la otra persona nos resulte atractiva, que se parezca a alguien que conocemos, que vista como nosotros o que coincida en alguna opinión sobre un tema en particular. Esto también ocurre a menudo en las aplicaciones de citas, donde a veces basta con intercambiar unos cuantos mensajes para concluir que quien está al otro lado de la pantalla es totalmente honesto.

Por supuesto, no se trata de desconfiar por norma, pero sí de mostrarse prudente. La confianza se cocina a fuego lento. No es fruto de un momento de iluminación, sino que va construyéndose con el tiempo. 

¿Te basta con escuchar a una persona para decidir que merece tu confianza?

Antes de lanzarte a presuponer que alguien merece tu confianza, observa si lo que dice es congruente con sus acciones. La fiabilidad se demuestra con hechos y no solo con palabras. Te dará pistas observar su conducta en diferentes ámbitos y conocer cómo establece relaciones con su entorno más cercano (amigos, familia, etc.). Por ejemplo, presta atención a cómo juzga y trata a los demás. Es habitual que quienes tienden a confiar en otros sean ellos mismos confiables. Al fin y al cabo, lo que vemos en los demás es solo una proyección de características que tienen que ver con nosotros.

Igualmente valioso te resultará ver cómo se desenvuelve esa persona cuando las cosas no salen como espera. Solemos revelar mucho de nosotros mismos cuando nos toca enfrentarnos a la frustración.

Para confiar en alguien observa que sus palabras son coherentes con sus acciones.

¿No solo tropiezas con la misma piedra varias veces, sino que te encariñas con ella?

Como decía al principio, la necesidad de creer en los demás es intrínseca a la naturaleza humana. Para no convertirnos en personas amargadas, lo mejor es partir de la base de que todo el mundo merece nuestra confianza mientras no demuestre lo contrario. Pero, ¿qué pasa cuando nos fallan?

Si un amigo me engaña, puedo perdonarle y darle otra oportunidad. Ahora bien, si después de varias decepciones sigo creyendo en él, hay algo que tengo que revisar. En este tipo de situaciones, la experiencia es nuestra mejor consejera, así que vamos a escucharla y convertir esos desengaños en aprendizajes. Tenemos derecho a protegernos y a poner límites y eso no nos convierte en malas personas.

Pasar por alto que una persona nos decepcione una y otra vez y empeñarnos en seguir confiando en ella, con la esperanza de que se convierta en el amigo o la pareja perfecta que hemos creado en nuestra imaginación, solo nos traerá amargura. Lo que hace este pensamiento mágico es encubrir unas carencias afectivas de las que, a veces, ni somos conscientes. Trabajar en nuestra propia autoestima es el primer paso para no caer en las trampas de la confianza ciega.

Así se crea la confianza

Desde el nacimiento hasta el año y medio aproximadamente, el bebé adquiere la sensación física de confianza a través de los cuidados de sus figuras de apego, sobre todo de la madre. Un niño con apego seguro que ve atendidas sus necesidades físicas y afectivas fortalecerá su capacidad de predecir y valorar hasta qué punto sus cuidadores, primero, y el resto de las personas, más tarde, son consistentes y confiables. Y no solo eso. Tendrá mayor facilidad para abrirse a los demás y le resultará más fácil explorar ambientes nuevos. 

Si los padres muestran indiferencia hacia su hijo o inconsistencia en sus cuidados (unas veces le cuidan y otras le ignoran), el crío puede desarrollar una desconfianza de base que le acompañará en las siguientes etapas de su crecimiento y en la edad adulta. O, por el contrario, confundir confianza con confianza ciega y mostrar una necesidad excesiva de creer, sin filtros, en cualquiera que le preste un poco de atención.

“Creer que los demás van a ser honestos porque yo lo soy es como pensar que un tigre no me va a comer porque soy vegetariano”

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