Cáncer

Cáncer de mama: Tu feminidad está dentro de ti, no en tus senos

Cáncer de mama: Tu feminidad está dentro de ti, no en tus senos 1280 853 BELÉN PICADO

Recibir un diagnóstico de cáncer de mama es uno de los momentos más angustiosos que pueda experimentar una mujer y también el inicio de un proceso largo, complicado y doloroso que, si no se maneja adecuadamente, traerá aparejados otros problemas, como ansiedad o depresión. Una característica específica de este tipo de cáncer es que afecta a un órgano que tiene una relación muy estrecha con la sexualidad, la feminidad y la propia identidad de la mujer, lo que hace que el daño o la pérdida de una o de ambas mamas tenga importantes secuelas psicológicas. Dependiendo de la gravedad del tumor, la personalidad de quien lo sufre, sus recursos personales y la disponibilidad y percepción de apoyo de su entorno, la mujer experimentará alteraciones más o menos significativas en su calidad de vida.

Perder un pecho conlleva mucho más que una mutilación física. Mientras que algunas mujeres atraviesan su duelo y siguen adelante con su proceso tras haber aceptado lo que les ha tocado vivir, otras ven tambalear su propia esencia: se siente menos mujeres, menos atractivas, menos personas… Y es que el cáncer de mama afecta a su autoestima global, amenazando no solo el concepto que tienen de sí mismas sino también los vínculos que las unen a personas significativas para ellas. Y todo ello sin olvidar la gran conmoción que supone padecer una enfermedad que, potencialmente, es una amenaza para la vida.

Muchas mujeres sienten que lo primero que las define como tales son sus senos y su extirpación equivale a la pérdida de la misma feminidad.

Impacto físico, emocional y social

Al no ser el cáncer algo puntual sino un proceso que se extiende a lo largo del tiempo, la mujer tiene que enfrentarse a numerosas situaciones estresantes. Estas situaciones van desde los primeros síntomas y el miedo a que el diagnóstico se confirme hasta la disminución de la calidad de vida que conlleva el tratamiento, pasando por el malestar añadido que conlleva la incapacidad para la comunicación y la falta de empatía de algunos médicos.

El impacto de la enfermedad afecta a distintos ámbitos:

  • En lo somático, y debido a los diversos tratamientos, la mujer ve alterada su función reproductora y su simetría corporal, lo que le lleva a mantener un estado de alerta continuo acerca de su aspecto. También le afecta la caída temporal del cabello y la fatiga debido a la quimioterapia, así como las consecuencias de una menopausia prematura provocada (sofocos, irritabilidad, cambios de humor, ausencia de deseo, sequedad vaginal…).
  • Emocionalmente, el cáncer genera ansiedad, tristeza y depresión, ira, temor y preocupación ante la posibilidad de una recaída o, incluso, de morir. En la montaña rusa de emociones, es habitual que la mujer que se somete a una mastectomía tenga la sensación de «haber perdido una parte de ella misma». También puede producirse una pérdida de la confianza en sí misma y en el propio cuerpo e incluso aparecer sentimientos de culpa.
  • Socialmente, las relaciones personales, y especialmente las de pareja, pueden verse muy afectadas, sobre todo debido a la falta de comunicación. En ocasiones surgen sentimientos de vergüenza por padecer una enfermedad oncológica; en otras, esa vergüenza se siente por la ausencia de la mama; o por los cambios sufridos en el aspecto físico (cicatrices, cambios en el volumen).

Un proceso largo y complejo

El momento del diagnóstico es uno de los momentos de mayor tensión y más difícil emocionalmente. Las primeras reacciones de shock, confusión, negación e incredulidad pronto dejan paso a la incertidumbre, la tristeza, la rabia o el desamparo. En realidad, estas emociones son una reacción adaptativa normal, que ayudan a asimilar el diagnóstico, afrontar la situación, tomar conciencia de las propias necesidades, movilizar energía para el afrontamiento y comunicar a otros esas necesidades.

Incluso aunque el tratamiento haya concluido con éxito, las pacientes seguirán sintiéndose vulnerables ante el temor a una recaída y más cuando tienen que acudir a las revisiones.

La intensidad, la frecuencia o la duración de la respuesta emocional dependen en gran parte del grado de vulnerabilidad personal. En esta vulnerabilidad, a su vez, influyen varios factores: el deterioro de la condición física, la edad (a menor edad mayor malestar), una historia familiar o personal de morbilidad psiquiátrica, baja capacidad de afrontamiento ante problemas previos a la patología, experiencia previa indirecta con la enfermedad, escaso grado de asimilación de la información médica proporcionada, insatisfacción con el apoyo familiar, sanitario y social recibido; y menor percepción de control sobre los acontecimientos.

Vida afectiva y sexual: comunicación y mucho, mucho cariño

En la mayoría de los casos, la pareja suele estar dispuesta a ayudar. Es posible que, al principio, se encuentre un poco desorientado, reaccione de manera inesperada porque no sabe cómo actuar o, incluso, tenga miedo a tratar ciertos temas. La comunicación es esencial siempre, pero en esta situación lo es mucho más. Por ejemplo, puedes creer que tu pareja siente rechazo hacia la cicatriz que ha dejado la cirugía, cuando en realidad lo que le ocurre es que teme hacerte daño y no sabe cómo decírtelo. Una comunicación abierta, clara y cuidadosa evitará este y otros malentendidos.

La vida sexual es una de las esferas que va a verse seriamente afectada por la quimioterapia, el tratamiento hormonal o el propio estado de ánimo. De hecho, muchas mujeres con cáncer de mama rechazan el contacto físico. Sin embargo, el sexo no debe convertirse en otra preocupación añadida; sino en un tema más que abordar cuándo y cómo tú y tu pareja consideréis oportuno. Y si lo creéis conveniente, siempre podéis recurrir a la ayuda de un profesional.

Si bien es cierto que la preocupación por el cáncer y su tratamiento suele disminuir el interés por el sexo, es importante recordar que la intimidad va mucho más allá. Ver una película juntos, disfrutar de una cena romántica o de una sesión de abrazos, caricias y masajes suaves pueden ayudar a que la mujer se sienta amada y cuidada… Al fin y al cabo, el cerebro es el principal órgano sexual.

La comunicación es esencial en la pareja.

«Nunca voy a encontrar pareja»

El temor al rechazo cuando queremos encontrar pareja es normal, pero en el caso de una mujer que tiene o ha tenido cáncer de mama ese miedo puede suponer tal angustia que incluso renuncie a la posibilidad de iniciar una relación sentimental. No nos vamos a engañar. Es posible que haya hombres (y mujeres) que salgan corriendo. Pero posiblemente sean los mismos que huirían por miedo al compromiso o después de confesarles que tienes cuatro hijos o que cuidas de tus padres dependientes.

Conocer a un posible candidato o candidata a convertirse en tu pareja no va a ser mucho más difícil que encontrarla sin haber pasado por un cáncer. Hay un estudio en el que se comparó la disposición de 324 personas a tener una cita con gente con y sin historia de cáncer. Se concluyó que el interés por quedar con alguien que ha tenido esta enfermedad es el mismo que hacerlo con alguien que no la ha tenido.

«Entonces, ¿por dónde empiezo a buscar?», te preguntarás. Pues por los mismos sitios que antes de tener la enfermedad: aplicaciones de citas, cursos de baile, grupos de solteros, reuniones organizadas por amigos… Ahora bien, antes de iniciar la búsqueda de otra persona es esencial que pongas el foco en ti. ¿Cómo está tu autoestima? Asegúrate de que también está recuperada. Antes de buscar a alguien que nos acepte y nos quiera tenemos que aceptarnos y querernos nosotras, con cicatrices o sin ellas, con pechos o sin ellos.

Cuidarse y reordenar prioridades

Ya desde que la mujer experimenta los primeros síntomas del cáncer de mama, empieza una auténtica carrera de resistencia que requerirá de todas sus energías, físicas, emocionales y mentales. La realidad es la que es, pero aun así hay cosas que puedes hacer:

  • Llora, grita, enfádate. Reaccionar ante el diagnóstico con incredulidad, miedo, ira o tristeza es totalmente normal. Es una forma adaptativa de adaptarse y encajar la noticia, así que no dudes en darte permiso para dar rienda suelta a tus emociones.
  • Miradas curiosas, preguntas indiscretas… Te tocará hacer frente a preguntas que te hagan sentir incómoda o a las que, simplemente, no te apetece responder. Ten siempre presente que tú decides. Tienes todo el derecho a dar la información que quieras y a quien quieras y a comunicar tus emociones y pensamientos a quien elijas y cuando elijas.
  • Participa de manera activa en el proceso médico y no tengas miedo a preguntar. Pedir a tu oncólogo la información que te interesa e intervenir en la toma de decisiones te ayudará a mantener la sensación de control y eso favorecerá tu recuperación. Y si crees que te vas a poner nerviosa, pide a alguien de confianza que te acompañe (si es necesario que tome notas). Cuatro oídos escuchan más que dos.
  • Reconstrucción mamaria, sí: reconstrucción mamaria, no. Tú, y solo tú, tienes la última palabra. Haz lo que sientas que es mejor para ti. Infórmate, sopesa cada opción y elige sin presiones. Decidas ‘sacar pecho’ o lucir cicatriz, lo realmente importante es que aceptes y ames tu cuerpo tal y como es. Todos los cuerpos son únicos y maravillosamente perfectos en su imperfección.
  • Mantén una comunicación fluida con tus seres queridos. Ellos también necesitarán un periodo de tiempo para aceptar la situación y agradecerán que compartas con ellos tus decisiones. Seguro que os haréis mucho bien mutuamente. Y del mismo modo que habrá momentos en que necesites apoyo y compañía, también habrá ratos en los que prefieras estar sola. Tómate la libertad de pedir en cada momento lo que necesites. En cuanto a los más pequeños de la casa, habla con ellos desde el principio, adaptando el lenguaje y la información a su edad.
  • Déjate ayudar. Probablemente durante una larga temporada no podrás hacer muchas cosas que antes sí podías; acéptalo y no te agobies. Pide ayuda cuando la necesites. Contar con una red de apoyo socio-familiar te facilitará el proceso.
  • El autocuidado es muy, muy importante. Aliméntate adecuadamente, presta mucha atención a los horarios de sueño y, siempre que sea posible, practica algún tipo de ejercicio físico de manera moderada.
  • Recurre a grupos de ayuda mutua. Compartir dudas o temores e intercambiar experiencias con mujeres que estén pasando o hayan pasado por lo mismo que tú te ayudará a recuperar tu autoestima y, de paso, no te sentirás sola.
  • Reordena tus prioridades. Este puede ser un momento para reflexionar sobre las cosas que realmente te importan. Muchas mujeres describen que el cáncer ha supuesto un cambio de prioridades en su vida y en cuanto a las relaciones interpersonales.
  • Presta atención a la enfermedad, pero no dejes que se convierta en el centro de tu vida. Sigue adelante con tus proyectos vitales y con cualquier actividad que te resulte gratificante en la medida en que tu estado físico te lo permita.
  • Busca ayuda psicológica. Entre los objetivos del acompañamiento terapéutico en el cáncer de mama están: reducir los síntomas de ansiedad, depresión y otras reacciones emocionales negativas; favorecer la sensación de control sobre la propia vida; desarrollar estrategias de afrontamiento efectivas; facilitar la comunicación con la pareja y la expresión de sentimientos; ayudar a manejar los miedos relacionados con la enfermedad (recaída, muerte, abandono, desfiguración, etc.); favorecer la expresión de emociones y sentimientos; potenciar la autoestima; y favorecer aceptación de la nueva imagen corporal. Si crees que necesitas este tipo de apoyo, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en todo tu proceso.

Reordena tus prioridades y reflexiona sobre lo que verdaderamente te importa.

Y, sobre todo, recuerda que por perder un pecho, o los dos, no eres menos mujer, menos femenina o menos sensual. Tu feminidad está dentro de ti, no en tus senos. La feminidad de una mujer está en su mirada, en su forma de caminar, en su sensibilidad, en esa risa que tiene encandilados a todos los que la conocen, en su energía, en sus palabras, en su carácter  o en cualquiera de las señas que la hacen única.

(Siempre escribo mis artículos tratando de ser tan rigurosa como accesible, pero este tiene además un significado especial para mí. Para todas las que estáis pasando o habéis pasado por un cáncer de mama, para las que no consiguieron superarlo y, sobre todo, para ti, Rosa. No estás sola)

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Cortometraje. La vuelta a la tortilla. Dirigido por Paco León 2013, este cortometraje refleja un tema que a preocupa a muchas mujeres: volver a enamorarse después de un cáncer de mama. Enfrentarse a sus propios miedos e inseguridades tiene premio para la protagonista, que recibe una bellísima declaración de amor: «A mí siempre me gustaron las rubias con el pelo largo, pero desde que te conocí me he dado cuenta de que me gustan castañas de media melena. Y anoche me di cuenta de que las que realmente me gustan son las calvas con peluca».

Película. Ma ma. Julio Medem dirigió esta película en 2015. Narra la vida de Marga (Penélope Cruz), una maestra en paro a quien diagnostican cáncer de mama. Al principio no sabrá cómo actuar ni de qué manera la enfermedad cambiará su vida, pero poco a poco sacará toda su energía vital para adaptarse a su nueva situación.

Lectura. En este mismo blog tienes otros artículos relacionados con el tema del cáncer:

Acompañar y apoyar a un familiar que tiene cáncer

Sobrevivir al cáncer, ¿y ahora qué?

Apoyar y acompañar a un familiar que tiene cáncer es un camino duro pero enriquecedor.

Acompañar y apoyar a un familiar que tiene cáncer

Acompañar y apoyar a un familiar que tiene cáncer 1280 853 BELÉN PICADO

El impacto emocional que conlleva un diagnóstico de cáncer no solo afecta al enfermo, sino también a todo el sistema familiar. Convivir con la enfermedad supone, en el propio enfermo y en las personas más allegadas, un nuevo planteamiento de vida, una reevaluación de las prioridades previamente establecidas, aprender a tolerar la incertidumbre y adaptarse a vivir en el ‘aquí y ahora’. Cuando el oncólogo confirma las peores sospechas, muchos familiares confiesan sentirse perdidos, desorientados y sin tener muy claro cómo ayudar. Acompañar y apoyar a un familiar que tiene cáncer es un proceso duro, pero también puede ser enormemente enriquecedor.

La participación de la familia o la pareja en el proceso es tan importante que, según sea el apoyo y el soporte ofrecido, incluso puede predecirse cómo será la adaptación del enfermo, la aceptación del tratamiento y las complicaciones que puedan ir surgiendo. Si tu pareja o alguien de tu familia está atravesando por este proceso, espero que este artículo te ayude.

El cambio de roles, difícil pero necesario

Tras el impacto inicial del diagnóstico, una alteración frecuente en la rutina familiar es el cambio de roles. Por ejemplo, en una familia donde la mujer es quien suele encargarse de las tareas domésticas, y es ella quien padece cáncer, su pareja o hijos tendrán que empezar a hacerse cargo de las mismas. Esto puede dar lugar, por un lado, a un sentimiento de culpabilidad por parte de la mujer que siempre ha asumido tales funciones y que ahora no puede. Y, por otro, podrían surgir discusiones entre quienes asumen tal responsabilidad por sentirlo como una obligación o por tener la sensación de no estar haciéndolo como se espera de ellos. Lo anterior podría generar discrepancias y resentimientos que será necesario ‘poner sobre la mesa’.

La flexibilidad es esencial. Hablad entre vosotros y encontrad un punto medio y siempre contando con el o la paciente. La persona con cáncer también puede tomar sus propias decisiones, incluida la de pedir ayuda o delegar ciertas tareas. Necesita seguir sintiendo que está al mando de su propia vida.

Cuidado con el optimismo excesivo

Lo normal es que el diagnóstico de cáncer a un ser querido nos genere un profundo malestar emocional. Y no ayuda que, delante de él, ocultemos nuestros sentimientos detrás de un excesivo optimismo y comentarios del estilo “hay que ser positivo” o “si eres fuerte, lo conseguirás”. En realidad, cuando pronunciamos estas frases a menudo no lo hacemos solo por animar, sino también por evitar nuestra propia angustia.

Al querer ser tan ‘positivos’ lo que hacemos, sin darnos cuenta, es lo contrario de lo que pretendemos. El enfermo puede sentirse incomprendido y, a la vez, culpable por no enfrentarse al cáncer como se supone que “debería”.

Es normal que tanto el enfermo como la familia sintáis tristeza, miedo, angustia, impotencia o ira y está bien exteriorizarlo. Solo cuando estos sentimientos se desborden, obstaculicen el proceso o impidan realizar las actividades del día a día será necesario buscar ayuda profesional.

Aprender a vivir con la incertidumbre

Habrá días en que la persona con cáncer se encuentre positiva y animada y otros enfadada, triste o sin ganas de nada. Es parte del proceso y todos os tendréis que habituar a ello. En ello jugará un papel muy importante el estilo de afrontamiento de cada uno ante situaciones nuevas o que suponen una adecuación de sus propias estrategias.

Informarte sobre la enfermedad también te resultará útil. Te dará pistas sobre cómo actuar en cada momento y te proporcionará seguridad y una mayor sensación de control. Al conocer de antemano el proceso, como ciertos cambios físicos y de ánimo, estarás mejor preparado y sabrás qué hacer cuando se presenten.

Ante todo, comunicación

Está bien que preguntes a tu familiar enfermo cómo se siente, cómo está sobrellevando la situación o qué necesita, pero no siempre es necesario que el cáncer sea el tema principal de la conversación. Para él es fundamental poder expresar sus sentimientos, pero, igualmente, la familia debe respetar su deseo de no hablar si no se siente preparado para ello o si, simplemente, no le apetece y prefiere charlar de algo más intrascendente. Asimismo, no presupongas que por estar enfermo no tendrá ánimos de apuntarse a una actividad determinada. Inclúyele en tus planes y deja que se él o ella quien decida.

En la comunicación también son importantes los silencios. Hablar por hablar, solamente para evitar silencios incómodos, puede resultar más molesto todavía. Permanecer unos minutos sin decir nada puede ayudar a ordenar lo que estamos pensando y a expresar mejor lo que sentimos. Una mirada, una sonrisa o una caricia puede comunicar mucho más que una palabra. Y, a veces, coger la mano, sin necesidad de hablar, es el mejor consuelo.

Cuando el cáncer irrumpe en la familia o en la pareja, la comunicación es esencial.

Apoyo en su justa medida

El apoyo es fundamental para el enfermo, pero siempre teniendo en cuenta ciertos factores. Un exceso de apoyo puede generar situaciones de dependencia, paternalismo e incluso de anulación de la persona enferma. Esta puede sentirlo como una fuente de estrés si no está en disposición de aceptarlo o si se siente en deuda por la ayuda recibida. En muchos casos es funcional y sano para el paciente dejarle un espacio de independencia, en especial en la toma de decisiones.

También hay que adaptar el grado de apoyo en función del estadio de la enfermedad. Dependiendo del estado de salud y de la autonomía que pueda sobrellevar el paciente, sus necesidades variarán.

El origen del apoyo es igualmente importante. Según de quién provenga, la persona enferma puede aceptarlo y percibirlo de diferente manera. Así que hay que prestar especial atención en evitar que un miembro de la familia sea quien “decida” qué tipo y quién debe prestar ese apoyo. En los casos en los que el paciente lo estime (y se encuentre en condiciones para ello) se debe respetar su decisión de dejarse ayudar por quien él (o ella) decida.

Tu sufrimiento no es secundario

Tú también eres la prioridad y eso no lo puedes olvidar. Nadie está preparado para una situación así y no tienes el deber de poder con todo, ni de hacerlo todo perfecto. Tampoco es necesario que tengas la palabra adecuada para cada momento, porque habrá muchas ocasiones en las que el enfermo solo necesite que le escuches.

Date permiso para sentir rabia, tristeza o miedo porque es normal que te sientas así. Y si necesitas ayuda de las personas de tu entorno, pídela o acéptala si te la ofrecen. Aprende a delegar. Pide que te acompañen o que te den tu espacio, si eso es lo que quieres. Hay cierta tendencia a olvidarse de las propias necesidades y volcarse en las de la persona enferma y esto es un billete seguro a la depresión. Para cuidar, primero tienes que cuidarte. Buscar ratos libres y actividades que te distraigan; te ayudarán a tomar un poco de aire y cargar las pilas.

Puede venirte bien contar con alguien, un amigo de confianza o un psicólogo, a quien poder expresar abiertamente tus sentimientos sin sentirte culpable. Tienes derecho a flaquear e, incluso, a venirte abajo en ciertos momentos y cuando eso ocurra te vendrá bien tener a alguien en quien apoyarte. Otra opción es acudir a grupos de apoyo o asociaciones de familiares donde podrás compartir tus experiencias con otras personas en tu misma situación. (Si necesitas ayuda, no dudes en ponerte en contacto conmigo y te ayudaré a sobrellevar la situación)

Aprender de la enfermedad

En medio de la angustia, el miedo o la tristeza también surgirán extraordinarias enseñanzas. Acompañar a tu ser querido puede ayudarte a descubrir de qué eres capaz, a relativizar las cosas, a vivir el presente y a disfrutar de cada minuto. A menudo, el cáncer cambia las prioridades: cosas que antes nos parecían esenciales dejan de ser tan necesarias y otras a las que no dábamos tanta importancia adquieren un significado especial, como pasar más tiempo con nuestros seres queridos.

Además, un diagnóstico de cáncer puede servir para adoptar un estilo de vida más saludable que implique a toda la familia: alimentación más adecuada, práctica de ejercicio, dejar el tabaco…

Ahora bien, este aprendizaje debe ser conjunto. Según explica la oncóloga Laura Vidal en su libro Queremos estar contigo: Consejos útiles para los familiares y los amigos de los enfermos de cáncer, “los enfermos necesitan tener el apoyo incondicional de los suyos, sentirse acompañados, saber que no están solos frente a la adversidad y, sobre todo, sentirse queridos. Para ellos, contar con los familiares y amigos es una condición indispensable para hacer frente a la enfermedad. Pero no podemos olvidar que la red social la forman personas que también padecen, sienten y, en definitiva, viven el cáncer desde la primera fila”.

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Sobrevivir al cáncer, ¿y ahora qué?. Desde el momento del diagnóstico, sobrevivir al cáncer se convierte en el principal propósito del enfermo y de su familia. Sin embargo, cuando llega el ansiado momento, y por fin se supera la enfermedad, junto a la alegría y el alivio surgen otro cúmulo de emociones con las que no se contaban y que no siempre se saben manejar. Si es tu caso o el de un ser querido, te invito a leer este artículo en este mismo blog.

A veces retomar la rutina después de sobrevivir al cáncer no es fácil

Sobrevivir al cáncer, ¿y ahora qué?

Sobrevivir al cáncer, ¿y ahora qué? 1920 1280 BELÉN PICADO

Desde el momento del diagnóstico, sobrevivir al cáncer se convierte en el principal propósito de quien lo padece. Por suerte, la ciencia en el campo oncológico ha avanzado mucho y la tasa de supervivencia es cada vez mayor. Sin embargo, cuando llega el ansiado momento, y por fin se supera la enfermedad, junto a la alegría y el alivio surgen otro cúmulo de emociones con las que no se contaban y que no siempre se saben manejar.

Según el Informe sobre las necesidades de los supervivientes de cáncer elaborado por el Grupo Español de Pacientes con Cáncer (GEPAC), para seis de cada diez personas que han pasado por un cáncer el miedo a la recaída es el mayor problema a nivel emocional y más de la mitad declaran sufrir angustia, ansiedad y preocupación. Y es que volver a la normalidad después de una experiencia traumática como un cáncer lleva su tiempo. No solo se trata de recuperarse físicamente, sino también mental y emocionalmente.

Miedo a que el cáncer vuelva

El temor a la recidiva es uno de los principales temores del superviviente. No hay que sentirse culpable por ello ni ignorar ese sentimiento con la esperanza de que desaparezca. Suele disminuir con el tiempo, aunque hay ciertos eventos que pueden revivirlo, como el aniversario del diagnóstico o el momento de acudir a una revisión. Asumir, aceptar e, incluso, expresar estos temores ayudará a mitigarlos. Además, adoptar hábitos saludables (llevar una alimentación sana, hacer deporte y dormir lo suficiente) contribuirá a aumentar la sensación de control sobre la propia vida.

Por otra parte, en muchas ocasiones el personal sanitario no informa al paciente, una vez ha finalizado su tratamiento, de las secuelas que puede tener y de cuánto pueden tardar en desaparecer, si es que desaparecen. Así, cuando el cansancio, por ejemplo, persiste, la persona se asusta, piensa que quizás no esté tan bien como había pensado y un sinfín de cosas más. Esta angustia, sin duda, se reduciría si se informara adecuadamente de qué pueden esperar los supervivientes.

La recaída no es el único temor tras sobrevivir al cáncer. Durante el tratamiento oncológico, el enfermo se ha sentido cuidado y protegido. Pero una vez que el oncólogo da por superada la enfermedad, esa sensación de protección deja paso a un profundo sentimiento de vulnerabilidad, desvalimiento y soledad que se une a los síntomas físicos que aún perduran.

El superviviente ha de enfrentarse ahora a una vida sin el tratamiento que le controlaba la enfermedad y con visitas mucho menos frecuentes al hospital, así como con una disminución del contacto con los profesionales sanitarios, lo que le genera una gran inseguridad.

Los profesionales sanitarios deben informar al superviviente de un cáncer de las posibles secuelas.

Reincorporarse al ámbito laboral y social

La reincorporación laboral es muy positiva en el sentido de que ayuda a normalizar la vida del superviviente, contribuye a aumentar su autoestima y favorece su reinserción social. No obstante, a veces volver al trabajo no resulta fácil. Tanto en el entorno laboral como en el de las relaciones sociales, hay personas que desconocen las consecuencias de sufrir un cáncer y creen, equivocadamente, que uno ya puede reintegrarse totalmente a sus actividades diarias al poco de dejar el tratamiento.

Ante estas actitudes, el superviviente de cáncer siente que no se le permite compartir su posible malestar físico y emocional y experimenta profundos sentimientos de aislamiento, soledad, incomprensión e, incluso, culpa por no poder acelerar su total recuperación. Es cierto que muchas personas se reincorporan al mundo laboral y recuperan su vida social sin grandes problemas, pero otras han de adaptarse a secuelas físicas y psicológicas del tratamiento.

Respecto a las relaciones sociales, con el paso del tiempo algunos supervivientes perciben una reducción del apoyo social. El temor de muchas personas a ofender al afectado con preguntas o comentarios acerca de su estado o la simple sensación de “no sé qué decirle” pueden conducir a ausencias prolongadas que suelen interpretarse por el expaciente como falta de interés y apoyo.

Un duelo postergado

Son numerosos los expacientes que ven cómo sus niveles de ansiedad se incrementan y aparecen también síntomas depresivos cuando todo ha terminado. Muchos informan de que no han llorado durante toda la enfermedad y desde que han finalizado el tratamiento no dejan de hacerlo. En realidad, el proceso es como una carrera de fondo: mientras uno está corriendo no se puede parar a pensar en cómo se siente; solo lo puede hacer una vez ha llegado a la meta. En el caso de los enfermos de cáncer, cuando están recibiendo tratamiento, toda su energía y su atención están concentradas en los aspectos médicos de la enfermedad: en sobrevivir, en gestionar las toxicidades, en aprender los nombres de los tratamientos, etc.

Es cuando ya están en casa, tranquilos, cuando realmente son conscientes de lo que les ha ocurrido. Es entonces cuando hacen el duelo por la enfermedad, lo que también conlleva un desgaste físico y emocional. Y no solo por la enfermedad en sí, sino también por tareas vitales postergadas y que quizás nunca se puedan realizar (la maternidad, por ejemplo), por la salud que se perdió y que no volverá a ser como antes, por los amigos que a veces se pierden por el camino, por la pérdida de ciertos roles (el de cuidador, el laboral…). El cáncer implica muchos duelos, que conllevan sentimientos de rabia, impotencia y también culpa.

El cáncer implica hacer muchos duelos.

El papel de la familia

Para la familia también es un proceso complejo. Con frecuencia los familiares están tan deseosos de ver a la persona recuperada que a veces no ven las secuelas psicológicas y emocionales que ha podido dejar la enfermedad. Asumen que sobrevivir al cáncer supone volver a la normalidad nada más terminar con el tratamiento y presionan mucho para que así sea. Sin embargo, la realidad es que el superviviente no puede porque se cansa, tiene dolores, etc.

En estos casos, un psicólogo puede ayudar a la familia a tener expectativas realistas de lo que la persona puede y no puede hacer. El objetivo es no presionarle exigiendo de él una reinserción total nada más acabar los tratamientos y dándole el tiempo necesario para recuperarse.

En el ámbito de la pareja, cuando se han producido alteraciones en la imagen corporal, el temor al rechazo por parte del superviviente puede sumarse al temor de su pareja a hacerle daño físico o a no saber como comportarse y dar lugar a un distanciamiento y a acentuar la angustia. Ante esta situación, el terapeuta puede ayudar a crear espacios de confianza donde ambos miembros de la pareja puedan expresar sus miedos abiertamente. (Si estás en alguna de las situaciones que se exponen en este artículo no dudes en ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en el proceso)

La comprensión de la pareja y de la familia es muy importante

Crecer con el cáncer

Afortunadamente, no todos son aspectos negativos. También hay pacientes que después de sobrevivir al cáncer han aprendido de la enfermedad. Han empezado a valorar más las cosas importantes de la vida y a disfrutarla más ahora que se han visto enfrentados a la posibilidad de morir. Aprenden a poner las cosas en perspectiva y dan más importancia a las relaciones personales y a otros valores que antes tenían olvidados. Aprenden a cuidarse como no lo habían hecho nunca y a priorizar lo que realmente merece la pena. Muchos, además, empiezan a realizar actividades que no se habían permitido. Este conjunto de cambios vitales positivos recibe el nombre de crecimiento postraumático. Es frecuente en mujeres con cáncer de mama, aunque también se ha observado en personas que han sufrido otras patologías médicas graves.

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