Lenguaje

La comunicación no violenta nos ayuda a relacionarnos desde la empatía

Comunicación no violenta: Cómo expresarse y escuchar desde la empatía

Comunicación no violenta: Cómo expresarse y escuchar desde la empatía 1920 1277 BELÉN PICADO

La comunicación está en la base de nuestras relaciones interpersonales, pero desgraciadamente no siempre la utilizamos como deberíamos. Muchas veces iniciamos una conversación y, en vez de relacionarnos desde la empatía y la asertividad, acabamos juzgando, etiquetando, anticipando hechos o determinando que algo es correcto o incorrecto basándonos en una limitada y sesgada visión de la realidad.

Uno de los objetivos de la comunicación es manifestar mis necesidades sin frustrar las del otro. Para conseguirlo es necesario expresarme sin juzgar lo que está bien o mal o si algo es correcto o incorrecto. Se trata de compartir mis sentimientos y deseos, no de criticar o caer en juicios morales. Y justo este es el punto de partida desde el que Marshall Rosenberg desarrolló un método al que denominó Comunicación no violenta (CNV). Según este psicólogo estadounidense, “la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Nos ayuda a expresarnos con sinceridad y claridad, al mismo tiempo que prestamos una atención respetuosa y empática a los demás”.

La comunicación no violenta puede aplicarse en numerosos ámbitos: pareja, familia, trabajo, escuela, organizaciones e instituciones, terapia y asesoramiento psicológico, gestión y mediación de conflictos…  Para que la pongáis en práctica cuanto antes, a continuación os detallo los cuatro pasos de que consta el modelo de Rosenberg.

La comunicación no violenta busca satisfacer nuestras necesidades sin frustrar las del otro

1. Observación sin juicio: Diferenciar lo que veo de lo que pienso

En primer lugar, observamos lo que ocurre realmente en una situación dada (tanto fuera como dentro de nosotros) y exponemos los hechos. La clave está en saber expresarlo claramente, asegurándonos de que no incorporamos ningún juicio ni evaluación, es decir, enumeraremos simplemente qué cosas nos gustan y cuáles no.

Si mezclamos la evaluación con la observación, no solo reduciremos la probabilidad de que la otra persona entienda lo que pretendemos transmitirle. También lo recibirá como una crítica y, en consecuencia, se defenderá. Y otra cosa importante: cuidado con palabras como “siempre”, “nunca” o “a menudo” porque también pueden contribuir a confundir observación con evaluación. Por ejemplo, no es lo mismo decir “Nunca haces lo que quiero” (evaluación) que “Las tres últimas veces que te propuse ir al cine me dijiste que no querías” (observación).

2. Sentimientos: Identificar y expresar cómo me siento respecto a lo que observo

Una vez que observamos qué está ocurriendo es el momento de identificar cómo nos sentimos respecto a ello (dolidos, asustados, alegres, sorprendidos, irritados…). Y esto no es tan fácil porque, generalmente, se nos educa más para orientarnos hacia quienes nos rodean que para estar en contacto con nosotros mismos. De hecho, nuestro repertorio de adjetivos destinados a calificar a las personas suele ser bastante más amplio que el vocabulario del que disponemos para describir nuestros estados de ánimo. Si no te lo crees, haz la prueba: escribe una lista con veinte adjetivos que suelas aplicar a otras personas y otra con veinte estados de ánimo (y no vale buscar en Google). ¿Cuál te ha costado más?

Es posible que algunos penséis que si compartís cómo os sentís, el otro podría aprovecharse y utilizarlo contra vosotros. Sin embargo, mostrar la vulnerabilidad, lejos de entorpecer la comunicación puede beneficiarla. ¿Cómo? Os contaré una experiencia personal: la primera vez que tuve que dar una charla estaba muerta de miedo. Durante la primera parte de la conferencia, apenas acertaba a enlazar unas ideas con otras y algunos asistentes, que notaban que algo extraño ocurría, comenzaron a hablar entre ellos, lo que me ponía más nerviosa aún. Finalmente, hice algo que debería haber hecho desde principio: confesé que estaba hecha un flan. Automáticamente, todo cambió. Por un lado, la gente empatizó con mi emoción y se mostró mucho más receptiva; por otro, yo me relajé y pude disfrutar del resto de la charla.

Mostrar nuestra vulnerabilidad puede facilitar la comunicación

También debemos aprender a diferenciar entre palabras que describen lo que creemos que hacen las personas que nos rodean y las que describen sentimientos reales. Por ejemplo, imaginemos que la persona del anterior punto, la que dijo “Nunca haces lo que quiero”, llega a este paso y dice: “Me siento incomprendida”. En esta situación, con la palabra “incomprendida” está valorando el nivel de comprensión de su interlocutor, pero no está expresando un sentimiento propio. Sería más adecuado: “Me siento molesta” (o cualquier otra emoción). Otras palabras que expresan cómo interpretamos el modo de actuar de los demás son: abandonado, amenazado, atacado, ignorado, etc.

3. Necesidades: Qué necesidades hay detrás de esos sentimientos

El tercer paso es reconocer las necesidades insatisfechas que hay detrás de los sentimientos que hemos identificado. Esto tiene mucho que ver con hacernos cargo de nuestras propias emociones, ya que en realidad somos nosotros y no el otro los que las generamos. Según la CNV, las emociones son la expresión de unas necesidades, satisfechas o no satisfechas, de modo que si están satisfechas sentiremos alegría, serenidad, etc. y si no lo están notaremos enfado, asco, tristeza…

Así que tocaría hacer introspección y preguntarnos por qué una situación dada me está enfadando y cuál es la necesidad no cubierta que hay detrás. Es difícil, pero lo positivo es que todos tenemos más o menos las mismas necesidades (de pertenencia a un grupo, de afecto, de sentirnos valorados…), así que será muy probable que la otra persona nos entienda. Siguiendo con la misma situación de los dos pasos anteriores, podríamos decir algo similar a: “Las tres últimas veces que te propuse ir al cine me dijiste que no querías y me molesta porque necesitaría pasar más tiempo contigo”.

Las emociones son la expresión de necesidades satisfechas o no satisfechas

4. Petición: Realizar la petición dirigida a satisfacer la necesidad

La cuarta parte consiste en formular la petición concreta que va a satisfacer la necesidad o las necesidades identificadas en el paso anterior. Para ello, conviene tener presentes algunos consejos:

  • Ser claros y no dejar que el otro adivine nuestro pensamiento.
  • Formular las peticiones en positivo (pido lo que quiero y no lo que no quiero), de forma concisa y concreta y evitando ambigüedades que puedan confundir a nuestro interlocutor.
  • Comprobar que ha entendido el mensaje que queremos transmitirle.
  • Asegurarnos de que estamos formulando una petición y no una exigencia. Hay creencias que transforman automáticamente una petición en una exigencia (“Tienes que dejar tu cuarto ordenado”, “Merezco que me trates mejor”, “Tengo derecho a un aumento de sueldo”, etc.)
  • La petición es negociable, es decir, acepto que el otro pueda negarse. El hecho de que sigamos los cuatro pasos no nos garantiza que respondan a nuestras peticiones, pero la comunicación no violenta sí nos ayudará a empatizar con la otra persona y a aceptar una posible negativa, sin tomarnos ese “no” como algo personal.

Completados los cuatro pasos, no debemos olvidar que la comunicación no violenta es un proceso de doble dirección. Esto implica que, para que sea completo, no solo he de expresar de forma honesta y cuidadosa mis sentimientos y necesidades. También debemos recibir de forma empática los sentimientos y necesidades del otro que, a su vez, habrá seguido el mismo proceso.

Si te interesa:

Lecturas:

“Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida”. En este libro, Marshall Rosenberg expone con detalle el método del que os he hablado en este artículo. Imprescindible para aprender a comunicarse desde la asertividad y la empatía.

«El poder del lenguaje: Tomar conciencia y responsabilizarnos de nuestras palabras». Si te interesa el tema del lenguaje y la comunicación, te invito a leer este artículo de mi blog sobre el modo en el que el lenguaje puede cambiar nuestra percepción del mundo en función de las palabras que utilicemos.

 

 

El lenguaje tiene el poder de cambiar nuestra concepción del mundo

El poder del lenguaje: Tomar conciencia y responsabilizarnos de nuestras palabras

El poder del lenguaje: Tomar conciencia y responsabilizarnos de nuestras palabras 1920 1280 BELÉN PICADO

El lenguaje tiene el poder de transformar nuestra percepción del mundo. Lo que ocurre es que normalmente vamos con el piloto automático y no nos damos cuenta. Prestar más atención a las palabras que utilizamos a diario puede ayudarnos a comprender su auténtico significado y, de paso, a adquirir responsabilidad sobre lo que verdaderamente queremos decir.

Como el tema del lenguaje es tan apasionante como amplio, le dedicaré varios artículos. En esta ocasión os propongo un ejercicio sencillo que se hace en terapia Gestalt partiendo de algunas palabras que solemos utilizar casi de modo automático. Comprobaréis la diferencia entre tomar un papel pasivo ante nuestras propias palabras o tomar conciencia y elegir responsabilizarnos de ellas. La decisión siempre es nuestra. Probad a cambiar algunas de vuestras expresiones habituales y observad como os sentís.

“No puedo”/ “No quiero”

Cambia “No puedo decir lo que pienso” por “No quiero decir lo que pienso”. Mientras el “no puedo” te sitúa en un papel pasivo, con “no quiero” eres tú quien eliges negarte, bien porque no te apetece o bien porque el precio de hacerlo sería demasiado alto. Fritz Perls, el creador de la terapia Gestalt, decía: “No diga que no puede, diga que no lo hará”. En realidad, al decir “no lo haré” soy yo quien me sitúo en el origen de la decisión. También es una manera de enfrentarnos a nuestra responsabilidad.

“Necesito”/ “Quiero”

Cambiemos ahora “Necesito que vengas a verme” por “Quiero que vengas a verme”. Es cierto que muchas veces lo que creemos necesitar es muy tentador y agradable, pero lo cierto es que podríamos sobrevivir fácilmente sin ello. Cuando en vez de “necesito” digo “quiero” me sigo refiriendo a lo mismo, pero mostrando menos exigencia hacia la otra persona.

Debemos tomar conciencia y responsabilizarnos de nuestras palabras

“Tengo que” / “Quiero” / “Elijo”

Si sustituyes “Tengo que apuntarme al gimnasio” por “Quiero apuntarme al gimnasio” o “Elijo apuntarme al gimnasio” estás adquiriendo una responsabilidad contigo mismo. Tanto “elijo” como “quiero” te dan la opción de hacer una elección, lo que por supuesto incluye la posibilidad de optar por seguir haciendo lo mismo que antes.

“Tengo miedo”/ “Me gustaría”

A veces las palabras “Tengo miedo de…” esconden deseos ocultos que nuestros miedos e inseguridades nos impiden cumplir (pero la mayoría de las veces no somos conscientes de ello). ¿Qué ocurre si cambiamos “Tengo miedo de decirle a mi jefe lo que pienso” por “Me gustaría decirle a mi jefe lo que pienso? Sentir a la vez miedo y atracción hacia algo es normal; reconocerlo nos ayuda a ver qué podríamos ganar y qué podríamos perder si lo intentamos.

“Pero”/ “Y”/ “Aunque”

Cuando decimos “Hoy hace sol, pero mañana lloverá” estamos fijando nuestra atención en la parte más negativa de la frase y quitando protagonismo a que hoy hace sol. Si lo cambiamos por “Hoy hace sol y mañana lloverá” la atención está equilibrada y sería mucho mejor si cambiamos el “pero” por “aunque”, porque pasaríamos a centrar nuestra atención en la primera parte “Hoy hace sol, aunque mañana lloverá”.

Tomemos un papel activo a la hora de comunicarnos

Para terminar, os dejo con una cita del libro “El darse cuenta”, de John O. Stevens:

«Siempre que digo “Tengo que”, “No puedo”, “Necesito” o “Tengo miedo”, me hipnotizo creyéndome menos capaz de lo que realmente soy. “Tengo que” me convierte en esclavo, “No puedo” y “Tengo miedo de” me debilitan y acobardan y “Necesito” me hace desvalido e incompleto. Siempre que digo “Elijo”, afirmo que tengo el poder de elegir, aun cuando continúo eligiendo de la misma manera que antes. Y cuando digo “No quiero” afirmo mi poder de negación a la vez que tomo conciencia de mi energía. Por otra parte, cuando digo “quiero” admito que, aunque muchas cosas que deseo podrían ser agradables y cómodas, son conveniencias y no necesidades. Cuando digo “Me gustaría” me doy cuenta de que experimento atracción tanto como miedo y por tanto puedo valorar las posibles ventajas e inconvenientes de aquello que temo intentar».

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