Secretos de familia

Qué es y cómo nos afecta el conflicto de lealtades en la familia

Qué es y cómo nos afecta el conflicto de lealtades en la familia

Qué es y cómo nos afecta el conflicto de lealtades en la familia 2000 1641 BELÉN PICADO

El conflicto de lealtades es bastante habitual en contextos donde las relaciones interpersonales son especialmente complejas, como en familias con vínculos tóxicos, entornos laborales con dinámicas de poder complicadas o situaciones de amistad conflictivas. Si nos centramos en las relaciones familiares, donde este fenómeno es más frecuente, podríamos definirlo como el estado de tensión o estrés que una persona experimenta cuando se siente atrapada entre sus necesidades individuales y las expectativas de su sistema familiar, cuando debe elegir entre diferentes miembros de dicho sistema, etc. Este tipo de conflicto, además, puede resultar especialmente doloroso cuando esa lealtad está profundamente enraizada en una historia familiar que ha ido tejiéndose de generación en generación.

En cuanto a las formas en que suele adoptar, no siempre son fáciles de identificar. Puede aparecer de una forma clara, como cuando nos vemos obligados a elegir bando durante una crisis familiar o cuando nos presionan para que ejerzamos de mediadores. Pero también hay modos mucho más sutiles. Si mis padres nunca fueron felices o recuerdo a mi madre siempre deprimida, es posible que viva como una deslealtad o como una traición buscar mi propia felicidad. Por eso, muchas personas se sienten culpables por estar bien sin saber explicarse por qué les ocurre.

Lealtad familiar mal entendida

La lealtad en el marco de la familia ayuda a que el sistema se mantenga en el tiempo. De hecho, cierto grado de adaptación a las leyes familiares contribuye a nuestro bienestar psicológico. Ahora bien, cuando se exige la adhesión ‘incondicional’ de la persona al sistema, se está obstaculizando su proceso de diferenciación, con los consiguientes problemas que esto tiene para su salud mental y emocional.

(En este blog puedes leer el artículo «Qué es la diferenciación y cómo influye para establecer relaciones sanas»)

Como explican Susan Forward y Craig Buck en su libro Padres que odian, obedecemos ciegamente las reglas familiares porque desobedecerlas equivaldría a una traición: «Todos tenemos estas lealtades que nos atan al sistema familiar, a nuestros padres y a sus creencias. Nos mueven a obedecer las reglas de la familia. Y si estas reglas son razonables, pueden proporcionar una estructura ética y moral a la evolución de un niño. Pero también hay familias donde las reglas se basan en deformaciones del rol de la familia y en percepciones grotescas o delirantes de la realidad. Obedecer ciegamente estas reglas conduce a comportamientos destructivos y contraproducentes».

Conflicto de lealtades en la familia

Cómo nos afecta psicológicamente el conflicto de lealtad

La presión emocional y la tensión que se sufre cuando uno se encuentra atrapado en un conflicto de lealtades puede tener un enorme impacto en nuestro bienestar:

  • Ansiedad al sentirnos divididos y constantemente preocupados por decepcionar a unos o a otros, por tomar la decisión ‘correcta’ o por temer las posibles consecuencias de nuestra elección.
  • Depresión. La angustia al encontrarse en una tesitura a la que no se encuentra salida ni solución puede desembocar en una depresión si dicha situación se prolonga mucho en el tiempo.
  • Culpa por no poder cumplir plenamente con las expectativas de todas las partes involucradas. Este sentimiento suele ir acompañado de vergüenza, especialmente si sentimos que estamos defraudando, lastimando o traicionando a alguien cercano.
  • Dificultades en la toma de decisiones al sentir que cualquier opción que elijamos supone sacrificar una lealtad para favorecer otra.
  • Baja autoestima. Esforzarnos continuamente por satisfacer demandas que suelen proceder de partes opuestas y vernos en el dilema de elegir entre personas que nos importan irá erosionando la confianza en nosotros mismos y nuestra autoestima. Independientemente de la opción que acabemos eligiendo.
  • Aislamiento social. Quienes se encuentran en medio de un conflicto de lealtades pueden llegar a sentirse muy solos. Además del miedo a que les juzguen o no les comprendan, sienten que no tienen a nadie con quien hablar sobre sus sentimientos y preocupaciones sin ‘traicionar’ a los suyos.
  • Patrones disfuncionales de comportamiento. A veces, para poder manejar este conflicto interno, se acaban desarrollando modos de conducta sumamente desadaptativos, como la evitación, el resentimiento o la sumisión.
  • Somatizaciones. El estrés emocional asociado con el conflicto de lealtades puede manifestarse en síntomas físicos, como dolores de cabeza, problemas gastrointestinales, tensión muscular o trastornos del sueño, entre otros.
  • Confusión identitaria. A veces, la situación llega a ser tan dolorosa que acaba afectando a nuestro sentido de la identidad y a nuestro sentimiento de pertenencia dentro del sistema.
  • Dudas respecto a los propios valores. Es fácil que empecemos preguntándonos si estamos tomando la decisión correcta y, al final, acabemos cuestionando no solo nuestra conducta sino también nuestra propia ética e integridad.
  • Dificultades en las relaciones: El conflicto de lealtades puede generar muchos malentendidos, distanciamiento entre los diferentes miembros del sistema y, además, obstaculizar la creación y mantenimiento de otros vínculos (crear una familia propia, por ejemplo).

Por qué se produce

Algunas de los factores que intervienen en el origen de esta dolorosa situación:

1. Roles y expectativas familiares

Muchos sistemas familiares tienen roles muy definidos, de modo que cada miembro tiene un papel específico que le ha sido asignado consciente o inconscientemente. Lo que ocurre es que, a menudo, estos roles van acompañados de expectativas y responsabilidades muy difíciles de sostener. En este entorno, el conflicto de lealtades surge cuando la persona siente que debe cumplir con el papel que le han adjudicado, pero a la vez también quiere satisfacer sus propios deseos y necesidades.

Imaginad una familia en la que al hijo mayor le han adjudicado el rol de protector o cuidador, lo que implica que se espera que cuide de sus hermanos menores y medie en los conflictos familiares. Es posible que este joven quiera seguir sus propios intereses, como mudarse a otra ciudad para estudiar o trabajar. Pero, por un lado, siente una presión muy intensa para cumplir con las expectativas familiares y, por otro, experimenta un fuerte sentimiento de culpa por no poder equilibrar sus deseos personales con el papel que le han dado y que se siente obligado a cumplir.

2. Lealtades invisibles

Este concepto lo introdujo Ivan Boszormenyi-Nagy, uno de los pioneros de la terapia familiar sistémica. Las lealtades invisibles son vínculos afectivos y obligaciones hacia nuestra familia de origen que suelen surgir de mensajes y normas que se han ido internalizando a lo largo del tiempo y transmitiendo a través de generaciones. Son «invisibles» porque, al ser implícitas y no habladas, no siempre son evidentes o conscientes para la persona. Sin embargo, tienen un impacto significativo en cómo nos comportamos, tomamos decisiones y nos relacionamos.

Un adulto que ha crecido en una familia donde se valora el trabajo por encima de todo puede sentirse empujado a seguir el mismo camino, incluso si esto repercute negativamente en su salud o en sus relaciones. En este caso experimentará un conflicto de lealtades entre su deseo de ser un padre presente y su compromiso no consciente de repetir el patrón familiar de trabajo excesivo.

3. Triangulación

La triangulación se produce cuando una persona que está en conflicto con otra involucra a un tercero para conseguir mayor respaldo o disminuir su propio malestar. Ocurre, por ejemplo, cuando, durante un proceso de divorcio, cada uno de los miembros de la pareja trata de poner a sus hijos de su lado. Estos se ven entonces en medio de un conflicto de lealtades. Se sienten forzados a tomar partido o a equilibrar sus lealtades entre ambos progenitores, lo que puede generarles desde ansiedad y sentimientos de culpa a una gran confusión acerca del rol que deben cumplir en el sistema familiar.

(En este blog puedes leer el artículo “Triangulación narcisista, una técnica de manipulación tan sutil como cruel”)

El conflicto de lealtades es habitual en los procesos de divorcio.

Imagen de Freepik

4. Doble vinculación

La doble vinculación o doble vínculo ocurre cuando un individuo recibe mensajes contradictorios de diferentes miembros del sistema familiar, provocando una situación en la que cualquier decisión que se tome parece ser incorrecta. Se crea así una paradoja insostenible y sin una opción clara de resolución. El resultado: confusión, bloqueo en la toma de decisiones, tensiones en la familia y conflictos profundos, especialmente en términos de lealtades.

Además, en la medida en que mi relación con quien está emitiendo este mensaje contradictorio sea importante para mí, complicará aún más mi capacidad para manejar el conflicto de lealtad que se me está presentando.

Este podría ser el caso de Pablo, un adolescente a quien su padre le recuerda cada día que debe ser independiente y aprender a seguir su propio camino, mientras que su madre insiste en controlar todas sus actividades y cada una de sus decisiones. En estas circunstancias, el muchacho siente que cualquier cosa que haga será percibida como incorrecta por uno de los padres. Esto le provoca una gran confusión y mucha ansiedad, al no puede cumplir con las expectativas de ambos padres simultáneamente.

(En este blog puedes leer los artículos «Doble vínculo (I): La trampa emocional de los mensajes contradictorios» y «Doble vínculo (II): Cómo evitar sufrirlo y generarlo«)

5. Secretos familiares

Muchas lealtades patológicas se acogen a la ley del silencio para encubrir secretos familiares y traumas transgeneracionales (un hijo ilegítimo, una infidelidad de la bisabuela, un aborto clandestino, una tía que estaba «loca», etc.). Y bajo esta norma no escrita, los secretos y traumas van pasando a los descendientes. A menudo sin que estos sepan lo que pasó, pero sintiendo el peso y la presión de lo no dicho. El problema es que también van transmitiéndose el dolor y las secuelas emocionales de aquello de lo que no se habla y que llegado un momento ni siquiera se conoce.

Forward y Buck, explican cómo ciertos secretos pueden generar en sus miembros conflictos de lealtades difíciles de gestionar, sobre todo en los más pequeños. Y ponen el ejemplo de una familia que trata de mantener oculto el alcoholismo del padre:

«El niño debe estar siempre en guardia. Vive en el temor constante de que, por accidente, traicione a su familia y la ponga en evidencia. A fin de evitarlo, es frecuente que estos niños eviten hacer amigos y se conviertan en seres aislados y solitarios. Esta soledad los va hundiendo cada vez más en el pantano familiar. Y los lleva a cultivar un enorme y deformado sentido de la lealtad hacia las únicas personas que comparten su secreto: sus compañeros en la conspiración familiar. Una intensa y totalmente acrítica lealtad hacia sus padres llega a convertirse en su segunda naturaleza. Cuando llegan a la edad adulta, esa lealtad ciega sigue siendo en su vida un elemento destructivo, que los controla».

(En este blog puedes leer el artículo «¿Cómo afectan los secretos familiares a la salud mental y emocional?«)

6. Necesidad de pertenencia y de vinculación

Tanto biológica como psicológicamente, desde que nacemos necesitamos estar dentro de un grupo. No estarlo supone desprotección,  aislamiento o, incluso, la muerte. En este aspecto, la necesidad de pertenencia está indisolublemente ligada al concepto de lealtad familiar. Para mantenernos dentro del grupo tenemos que asegurar nuestra lealtad al sistema y esto es sano en la medida en la que nos ayuda a fortalecer nuestro sentido de pertenencia y nuestra seguridad. Sin embargo, puede convertirse en una dinámica muy tóxica cuando estas lealtades o mandatos son tan intransigentes y rígidos que entran en conflicto con nuestras necesidades individuales.

Esta necesidad de vinculación es lo que hace, por ejemplo, que muchas víctimas de un abuso sexual infantil opten por guarden silencio. En este caso, el conflicto de lealtades se produce cuando el agresor es un adulto del que el niño depende para su seguridad y protección. Si revela el abuso, traiciona y hace daño al adulto, pero ocultándolo aumentará su propia culpabilidad y vulnerabilidad.

7. Idealización del sistema familiar

A menudo el conflicto de lealtades va asociado a una idealización del sistema familiar. De manera consciente, la persona puede pensar que su familia «es perfecta». Sin embargo, a nivel inconsciente, es posible que sienta una gran confusión emocional y marcados conflictos internos relacionados con su lealtad al sistema. No son pocas las ocasiones en las que un hijo experimenta tal ansiedad y angustia a la hora de buscar su propio camino que opta por postergar o renunciar a sus sueños por temor a decepcionar a sus padres y a poner en peligro la «unión» familiar. O que los padres vean a las parejas de sus hijos como el enemigo y, de forma directa o indirecta, les presionen para que elijan. Es lo que ocurre en las familias aglutinadas.

(En este blog puedes leer el artículo «Familias aglutinadas: Cuando la lealtad familiar se vuelve tóxica«)

8. Patrones transgeneracionales

Las lealtades y los modelos de comportamiento van instalándose en la historia familiar  generación tras generación. A lo largo del tiempo va creándose una ‘herencia’ emocional y psicológica que influirá en las decisiones y comportamientos de los individuos dentro de la familia, aun cuando estos no se den cuenta de ello. Por ejemplo, conductas que se aprendieron en la familia de origen tienden a replicarse en generaciones posteriores, en las nuevas familias que van creándose. Esto puede incluir patrones de comunicación, formas de resolver conflictos, estilos de crianza, etc.

Igualmente se transmiten las creencias y valores familiares que, a menudo de manera implícita, dictan lo que se considera aceptable o inaceptable.

"Mis abuelos, mis padres y yo", Frida Kahlo

«Mis abuelos, mis padres y yo», Frida Kahlo

9. Necesidades parentales no satisfechas

La lealtad hacia la familia a menudo está vinculada a carencias, heridas y necesidades no satisfechas de los padres. Una baja autoestima o el miedo a quedarse solas lleva a algunas madres, por ejemplo, a aferrarse a sus hijos como a una tabla de salvación. O a hacer todo lo posible por mantenerlos cerca, aunque esto suponga recurrir a toda suerte de manipulaciones y enredos. Y esos hijos se sentirán obligados a cubrir las necesidades no satisfechas de sus progenitoras, incluso si va en contra de sus necesidades personales.

Porque si ‘traiciono’ a mamá o a papá lo que posiblemente se despertaría sería, por un lado, el sentimiento de culpa y, por otro, el miedo a perderlos o a que ocurra algo malo por no haber cedido a sus demandas.

Comunicación abierta, límites y ayuda profesional

Si te encuentras en un conflicto de lealtades, en primer lugar es importante que des a tus emociones la importancia que tienen. Ser leal a tu familia y a tus orígenes no implica que tengas que perder tu libertad o abandonar tus sueños.  Y mucho menos que no prestes atención a tus necesidades. En un conflicto de lealtades nunca hay una única solución correcta. Lo importante es tratar de ser fieles a nosotros mismos, así que pregúntate: «¿Qué necesito yo?».

Fomentar una comunicación abierta y honesta también te ayudará a aliviar la tensión. Si aprendemos a expresar nuestros sentimientos y preocupaciones contribuiremos a aclarar posibles malentendidos y también será más fácil encontrar soluciones que sean aceptables para todos.

Igualmente esencial es aprender a poner límites claros. Esto no significa que estemos rechazando al otro, sino que nos estamos cuidando. Debemos saber cuándo decir «no» y ser capaces de priorizar nuestras propias necesidades y bienestar.

Y si se te hace demasiado difícil sobrellevar la situación, no dudes en pedir ayuda profesional. A veces es necesario iniciar un proceso terapéutico donde aprender a navegar por esos sentimientos contradictorios que tanto malestar provocan y donde alcanzar una adecuada diferenciación que nos ayude a tomar nuestras propias decisiones sin sentir que estamos comprometiendo el amor que sentimos por nuestra familia. En terapia, además, desarrollarás nuevas estrategias para afrontar conflictos y situaciones problemáticas.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Referencias bibliográficas

Boszormenyi-Nagy, I. & Spark, G. (1973). Las lealtades invisibles. Buenos Aires: Amorrortu.

Forward, S., & Buck, C. (1990). Padres que odian. Barcelona: Paidós.

Moreno, A. (Ed.). (2014). Manual de Terapia Sistémica: Principios y herramientas de intervención. Bilbao: Desclée de Brouwer

Defiende tu derecho a ser diferente.

Oveja negra o chivo expiatorio (II): El derecho a ser diferente

Oveja negra o chivo expiatorio (II): El derecho a ser diferente 1280 984 BELÉN PICADO

En el anterior artículo sobre la figura de la oveja negra dentro de la familia me centraba en cómo una persona llegaba a convertirse en chivo expiatorio y también en la función que cumplía este rol en dicho sistema. En esta ocasión veremos que, aunque no es fácil ser el espejo en el que se reflejan las carencias de nuestro grupo familiar, tenemos que defender nuestro derecho a ser diferentes. Sentir que no encajamos no significa que estemos equivocados o que haya algo malo dentro de nosotros. Simplemente, significa que somos distintos y únicos. Nada más.

Lo primero es confirmar si somos el chivo expiatorio de nuestro sistema familiar. Porque el grado de daño depende en gran parte de lo conscientes que seamos de este rol. Os pongo el ejemplo de Elena, una adolescente de 15 años, cuya madre siempre había favorecido a su hija mayor. La madre no solo comparaba a Elena constantemente con su hermana, sino que la culpaba de cualquier conflicto que tuvieran o de cualquier cosa que pasara en casa. Además, la humillaba a la mínima ocasión. Al principio, Elena ‘aceptó’ esa culpa y creyó cada palabra que le dedicaba su madre. Interiorizó tanto que no era lo suficientemente buena en nada que acabó asumiendo que había algo mal en ella y actuando como se esperaba que lo hiciese. Solo cuando tomó conciencia de lo que ocurría pudo desprenderse de una mochila que no le pertenecía.

Es muy importante tomar conciencia porque, al tratarse de un comportamiento aprendido, con el tiempo podríamos llegar a perpetuar este rol en la familia que formemos, más allá de nuestra familia de origen.

Sentir que no encajamos no significa que haya algo malo dentro de nosotros.

Cómo saber si hay un chivo expiatorio en la familia

Responder a estas preguntas pueden ayudarte a saber si existe una oveja negra en tu familia. O quizás lo seas tú.

  • ¿Alguno de los integrantes de la familia se muestra de forma habitual enfadado, resentido o herido sin un motivo aparente?
  • ¿Las conversaciones familiares se centran casi siempre en las conductas o actitudes de esa persona, sobre todo cuando no está presente?
  • ¿Es habitual que no se la invite a celebraciones y reuniones o que se la mantenga al margen de todo lo relacionado con el grupo familiar (a veces, incluso, de manera no intencionada)?
  • ¿A menudo esa persona se ha visto en medio de situaciones conflictivas, ha pasado por repetidos periodos de ansiedad o depresión o ha tenido relaciones ‘problemáticas’ dentro y fuera de la familia?

Así puede afectar ser la oveja negra

Sufrir el rechazo de los demás puede acabar pasando factura a nuestra salud mental y emocional, especialmente si proviene de la propia familia:

  • Baja autoestima. Si durante años te han repetido hasta la saciedad que todo lo haces mal, que eres «torpe», «un antisocial»«una marimandona», hay muchas probabilidades de que termines asumiendo que eres inferior. Sobre todo, cuando quienes te lo han dicho son tus figuras de apego. Te sentirás inseguro, inútil e incompetente.
  • Culpa. Cuando la mayor parte de tu vida te han responsabilizado de los problemas de las personas de tu alrededor, es lógico que te lo acabes creyendo. El niño que crece como chivo expiatorio de la familia, al final se culpa por cómo lo han tratado. Incluso buscará razones que justifiquen ese maltrato y se percibirá a sí mismo como merecedor de todos los reproches y castigos. Como si fuese realmente malo, inútil e incapaz de hacer nada que pueda ser aceptado.
  • Agresividad. En el otro extremo están las ovejas negras que desarrollan la capacidad de contrarrestar los ataques de sus padres. Exteriorizan su agresividad, como una respuesta natural a las descargas paternas. Cuando un niño siente que toda la ‘basura emocional’ de la familia cae sobre él necesita aprender a defenderse.
  • Problemas a la hora de establecer relaciones. El hecho de tener una mala percepción de ti mismo te llevará a sentir que no mereces recibir amor. Y acabarás saboteando tus relaciones, como un modo inconsciente de confirmar a través del otro la visión que tienes de ti mismo.
  • Desregulación emocional. Al no aprender a gestionar las emociones de un modo sano, es probable que llegues a la edad adulta sin saber regular emociones como el enfado. Esto se puede traducirse en autoagresiones o en explosiones de ira descontrolada.
  • Dependencia. Otro modo de actuar muy habitual es ‘desvivirte’ por demostrar tu valía y ganarte el amor y la aceptación de quienes tanto daño te hicieron, aun siendo consciente de esto último. Y todo esto, a menudo, en detrimento de tus propias aspiraciones e intereses.
  • ‘Hambre de amor’. También es posible que busques fuera del hogar esa validación que nunca tuviste  con el peligro que conlleva. Porque esa ansia de aceptación y de pertenencia puede convertirte en el blanco perfecto de personas y grupos que solo buscan aprovecharse y abusar de tu ‘hambre de amor’. Esto ocurre en ciertas relaciones sentimentales tóxicas en las que un miembro narcisista seduce al chivo expiatorio con toda la falsa validación que este tanto ha anhelado. De este modo, aunque el maltrato llegue poco después, al chivo expiatorio le resultará muy difícil abandonar la relación.
  • Falta de arraigo. Todos necesitamos pertenecer a un grupo que nos sirva de refugio, una red de apoyo que nos cobije cuando lo necesitemos. Esta función la cumple la familia, que nos brinda un hogar al que recurrir. Así que, cuando nos sentimos rechazados por ellos, la sensación de vacío es inevitable, debido la falta de cimientos que nos sostengan o apoyen. Esa falta de pertenencia, ese desarraigo, hará muy difícil que la oveja negra establezca relaciones duraderas.

Ser el chivo expiatorio en la familia puede pasar factura a nuestra salud mental y emocional.

Actuar y pensar de forma distinta a lo que se espera de uno requiere mucho valor

Si te identificas como oveja negra has de saber que no tienes por qué aceptar una situación en la que todos parecen sentirse cómodos, excepto tú. No se trata de iniciar una guerra, sino de defender tu derecho a ser como quieres y a vivir la vida que desees para ti. Y, a veces, defender este derecho pasa por poner distancia, unas veces física, otras psicológica y otras ambas.

  • Tienes derecho a ser tú mismo. Recuerda que la realidad puede interpretarse desde muchos puntos de vista y que en el mundo hay múltiples valores, juicios y opiniones. Y tu forma de ver la vida es tan válida como la de quien la ve de otro modo. No tienes la obligación de ser como tus padres o hermanos, ni siquiera de compartir sus opiniones. Tomar conciencia de que no tenemos que cumplir las expectativas de nadie, ni pensar como quienes nos rodean, es una importante señal de madurez.
  • Sincérate. Antes de tomar una medida más drástica, expresa en el círculo en el que te sientes la oveja negra cuáles son tus sentimientos acerca de esta situación, cómo te afectan sus comentarios y su forma de juzgarte. En algunos casos, la familia o el sistema reaccionará y podrá retomarse la relación desde otro punto mucho más maduro. En otros, será necesario alejarse.
  • Exponer, sí; imponer, no. Aceptar que puedes tener tus propias opiniones y valores, aunque no coincidan con los de tu familia no justifica que trates de imponer tu forma de ver las cosas. Aunque es posible que el diálogo sea complicado, si quieres respeto y ser escuchado es necesario que tú mismo muestres una actitud conciliadora. Ser uno mismo no está reñido con tolerar otras opiniones u otras formas de ser. Practica la escucha activa. Empatiza e intenta entender sus puntos de vista. Quién sabe, quizás te lleves una sorpresa. Recuerda que, al final, el aprendizaje tanto para ti como oveja negra como para tu familia es el mismo: aceptar la diversidad. Y si todo esto no es posible, entonces sí, quizás te toque pasar página.
  • Pasar página. Cuando hemos pasado muchos años soportando los juicios negativos de otros y nos damos cuenta, por fin, de que no hay nada defectuoso en nosotros puede pasar que crezca el resentimiento hacia quienes nos hicieron sentir tan mal durante tanto tiempo. Sobre todo, si nuestros intentos por dialogar no son bien recibidos. El enfado ante esto es una reacción normal, pero si realmente queremos liberarnos de esa influencia es necesario pasar página y no quedarnos enganchados en el rencor. Entrar en una lucha sin cuartel para ver quién es el más fuerte o quién tiene la razón solo contribuirá a aumentar tu malestar. No tienes que demostrar nada. Aléjate de un comportamiento que es tóxico y dañino para ti
  • Aléjate de quienes te desprecian o no te valoran. A la mayoría nos han enseñado a conformarnos con la familia que nos ha tocado y nos han insistido en la obligación de quererlos como son. Y esto ha generado mucho malestar e, incluso, ha sido el origen de traumas en la edad adulta. Es importante romper esa creencia y comprender que tenemos que alejar de nosotros a las personas que nos hacen mal, aunque sean nuestra familia.
  • Trabaja en tu autoestima. Todos los seres humanos somo únicos e irremplazables y, como tales, debemos buscar nuestra propia esencia y nuestro propio camino. Pensar de otro modo o actuar de manera distinta a los demás puede hacernos diferentes, pero nunca malos o torpes. Si, pese a tus intentos, te resulta difícil manejar esta situación y sientes que necesitas ayuda no dudes en consultar con un profesional. Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y estaré encantada de acompañarte en tu proceso.

Actuar y pensar de forma distinta a lo que se espera de uno requiere mucho valor.

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Amama. Esta evocadora y poética película de 2015, ambientada en un caserío del País Vasco y dirigida por Asier Altuna, refleja muy bien la figura de la oveja negra en el sistema familiar. Aunque la tradición de la región donde transcurre la historia manda que el caserío familiar no se divida y lo herede el primogénito, será este el primero que se marche de casa, seguido por el segundo hermano. Amaia (Iraia Elias), la más pequeña y la predestinada por la abuela a ser la oveja negra de la familia, es precisamente quien se queda en el hogar. Respondona y con carácter, pero también la más sensible, se rebelará contra el mutismo de su padre, la sumisión de su madre y el silencio de su abuela.

Oveja negra o chivo expiatorio, su función dentro del sistema familiar

Oveja negra o chivo expiatorio (I): Su función dentro del sistema familiar

Oveja negra o chivo expiatorio (I): Su función dentro del sistema familiar 2000 2000 BELÉN PICADO

Ser el rarito, el distinto, el bicho raro, la voz discordante, el bala perdida, el descarriado… Hay muchos adjetivos para denominar a quien cumple el rol de oveja negra o chivo expiatorio. Y en la mayoría de los casos estas personas se ven obligadas a convivir, sin elegirlo, con la permanente sensación de no encajar, de que hay algo defectuoso en ellos. Pero nada más lejos de la realidad. Además de dejar al descubierto los puntos más débiles del grupo que lo ha elegido como tal, con su forma diferente de ver y entender la vida, las ovejas negras incluso pueden aportar nuevos valores y nuevas perspectivas.

Considero el tema lo suficientemente importante como para dedicarle dos artículos. En este veremos en qué condiciones y situaciones (dentro del ámbito familiar) aparece la oveja negra o chivo expiatorio. En el segundo, os contaré cómo puede afectar este rol a quien le es asignado y cómo gestionarlo.

Paciente identificado o designado

En psicología también se conoce a la figura de la oveja negra como paciente identificado o designado. Este a menudo carga con todos los problemas de un grupo, familiar o social. Paciente identificado es el adolescente a quien sus padres llevan a consulta porque sus problemas de conducta afectan seriamente a la convivencia familiar. Sin embargo, cuando se les propone a ellos asistir a algunas sesiones se niegan argumentando que el problema lo tiene el chico y no ellos. Es muy probable que, sin saberlo, ese chaval en realidad esté manteniendo unida a su familia, al distraer la atención de otros problemas más profundos.

Otro ejemplo más que lamentable de chivo expiatorio es el de la persona que ha sufrido un abuso sexual por parte de alguien de la familia y, bien inmediatamente o años después, desvela su secreto. Entonces, el clan no solo desconfía de la veracidad de la historia, sino que, además, trata a la víctima de loca, paranoica, mentirosa… Y todo para mantener un falso equilibrio en el sistema. Otros perfiles muy socorridos para ponerles esta etiqueta son los de quienes sufren algún tipo de trastorno mental o tienen comportamientos alejados de lo socialmente aceptado.

A menudo, se elige para este rol a personas que, sencillamente, son diferentes y cuya manera de pensar difiere del resto de su círculo social o familiar en lo que se refiere a ideas políticas, orientación sexual, carácter, aspecto físico, etc.

A menudo se elige como chivo expiatorio a personas que, simplemente, son diferentes.

La familia como sistema

Las familias son sistemas en los que cada miembro tiene su rol. En este entorno, influidos tanto por la educación como por la herencia familiar, vamos aprendiendo normas de conducta, hábitos, valores y formas de comunicación que sentarán la base de nuestro modo de relacionarnos en el mundo adulto. Así, lo saludable es que la familia evolucione al ritmo en que se desarrollan sus integrantes.

Aunque a veces pueda parecerlo, las interacciones que se dan dentro de la familia no son aleatorias ni casuales. Para Salvador Minuchin, creador de la terapia familiar estructural, cada familia sigue dos tipos de leyes. Por un lado, estarían las leyes más generales, que rigen las interrelaciones en la pareja y definen las jerarquías entre padres e hijos. Y por otro, existen leyes específicas de cada familia, que pueden remontarse incluso a generaciones anteriores. Todas estas leyes se construyen a partir de tres conceptos: roles, reglas y mitos:

  • Los roles son las expectativas y normas que la familia tiene respecto a la posición y conducta de sus miembros. En las familias funcionales son flexibles y van adaptándose e intercambiándose en función de las necesidades. Por ejemplo, aunque el rol cuidador lo tenga la madre, en determinadas circunstancias ese papel lo puede adoptar otro miembro.
    En las familias disfuncionales, sin embargo, los roles no evolucionan, lo que impide a sus integrantes adaptarse a nuevas circunstancias que vayan surgiendo. Es más, hay veces en que la asignación de un rol es tan rígida que la persona termina por integrarla en su personalidad. Justo esto es lo que ocurre cuando se ponen ciertas etiquetas como «el torpe» o «la oveja negra».
  • Las reglas tienen la finalidad de establecer y limitar la conducta de los miembros de la familia para mantener la estabilidad del sistema. Algunas reglas se establecen explícitamente, por ejemplo, dictar las normas de convivencia o el reparto de tareas cuando empieza a constituirse una familia nueva. Sin embargo, la mayoría son implícitas y se sobreentienden sin necesidad de hablar de ellas («Los trapos sucios se lavan en casa»).
    Si bien es cierto que para que un sistema familiar funcione y sobreviva necesita reglas que permitan organizarse y proporcionar una guía de conducta, también es esencial que se garantice cierta flexibilidad, que permita adaptarse a los cambios.
  • Los mitos son creencias compartidas por todos los miembros respecto a los roles y las reglas. Representan la imagen que la familia quiere dar de sí misma y a la vez cumplen la función de encubrir realidades y mantener a salvo secretos (a veces de generación en generación) que producen vergüenza o culpa y resultan difíciles de aceptar. Se convierten en un problema cuando están tan arraigados que acaban convirtiéndose en dogmas que ni siquiera está permitido cuestionarse.
    Entre estos mitos se encuentran los mitos de disculpa y reparación, que incluyen las alianzas entre los miembros de una familia. Por ejemplo, a la hora de depositar sobre una o más personas la responsabilidad de las desgracias o los problemas familiares. De este modo, a quien ejerce el rol del chivo expiatorio se le culpa de todo lo que no funciona bien en el sistema y así los demás integrantes del clan se liberan de toda culpa.

Hijo chivo expiatorio y padres narcisistas

Cuando se asigna a un niño el papel de chivo expiatorio en una familia, automáticamente los demás miembros se quitan de encima toda responsabilidad por sus propios comportamientos. Y también por cualquier problema que aparezca en el núcleo familiar. Para un padre o una madre narcisista es un modo de desviar la atención y de dar sentido a las desgracias que ocurran sin renunciar al papel de progenitor perfecto. Y esto, no solo de cara a los demás, sino también de cara a sí mismo. El adulto no es capaz de aceptar ciertos rasgos propios y los proyecta en uno de sus hijos.

(En este blog puedes leer el artículo Madres narcisistas, sobreprotectoras, ausentes… 25 pistas para identificarlas)

¿Y qué niño tiene más posibilidades de recibir este rol? Puede ser el que menos cosas en común tenga con sus padres en cuanto a personalidad, temperamento o intereses; el más brillante o con más posibilidades de ‘eclipsar’ a uno o ambos progenitores; el que tiene más tendencia a la depresión o la ansiedad (si los padres no saben cómo enfrentar esta situación pueden asustarse y ‘darle de lado’); o el más invisible (el niño recibe el mensaje de que sus sentimientos no importan e interioriza que no es válido, así que acaba autosaboteándose a sí mismo).

El psicólogo Iñaki Piñuel explica en esta entrevista que la unidad de ciertas familias tóxicas, a las que él denomina «familias zero», suele construirse «sobre la destrucción, marginación o estigmatización de uno de los hijos, que cumple un papel de ‘integrador negativo’ o ‘chivo expiatorio». Según Piñuel, «la víctima atrae como un pararrayos la animadversión del grupo familiar, quedando huérfana psicológicamente y proyectando esa herida emocional de por vida en problemas repetitivos. Estas familias no reconocen a sus chivos expiatorios como víctimas inocentes y justifican sus procesos de victimización encubiertos, acusándolos falsamente de merecer lo que les hicieron. Esas racionalizaciones aseguran la unidad de las ‘familias zero’, a costa de la destrucción de la autoestima y la resiliencia de estos ‘niños perdidos’, que quedan inermes frente a depredadores en la vida adulta».

Un rol tan necesario como incómodo

Como otros grupos sociales, las familias están evolucionando continuamente, bien porque llegan nuevos miembros, por la influencia de las relaciones con otras personas o grupos externos, etc. Pero a veces el sistema se vuelve rígido, se resiste a seguir evolucionando o se cierra a cualquier contacto con el exterior. Es entonces cuando el papel de la oveja negra o chivo expiatorio se hace necesario. Al cuestionar las normas o actuar de forma diferente, crea cierta perturbación que obliga al sistema a movilizarse para restaurar el equilibrio y seguir evolucionando. Por un lado, pone en evidencia los puntos débiles del grupo y por otro lo enriquece al aportar nuevos valores y perspectivas.

Sin embargo, que sea un rol necesario no impide que sea incómodo y desagradable. Sobre todo, cuando la familia se resiste a tomar conciencia de su propia rigidez y proyecta sus carencias en el miembro elegido como chivo expiatorio.

La oveja negra cumple un rol necesario en el sistema familiar.

Las ovejas negras según Bert Hellinger

Bert Hellinger, creador de las constelaciones familiares, escribió un texto muy inspirador dirigido a todas esas personas que se sienten diferentes dentro de sus sistemas familiares:

«Las llamadas Ovejas Negras de la familia son en realidad buscadores natos de caminos de liberación para el árbol genealógico. Aquellos miembros del árbol que no se adaptan a las normas o tradiciones del sistema familiar. Aquellos que desde pequeños buscaban constantemente revolucionar las creencias, yendo en contravía de los caminos marcados por las tradiciones familiares. Aquellos criticados, juzgados e incluso rechazados. Esos, por lo general, son los llamados a liberar el árbol de historias repetitivas que frustran a generaciones enteras.

Las Ovejas Negras, las que no se adaptan, las que gritan rebeldía, cumplen un papel básico dentro de cada sistema familiar. Ellas reparan, desintoxican y crean una nueva y florecida rama en el árbol genealógico. Gracias a estos miembros, nuestros árboles renuevan sus raíces. Su rebeldía es tierra fértil, su locura es agua que nutre, su terquedad es nuevo aire, su apasionamiento es fuego que vuelve a encender el corazón de los ancestros.

Incontables deseos reprimidos, sueños no realizados, talentos frustrados de nuestros ancestros se manifiestan en la rebeldía de dichas ovejas negras buscando realizarse. El árbol genealógico, por inercia, querrá seguir manteniendo el curso castrador y tóxico de su tronco, lo cual hace de la tarea de nuestras ovejas una labor difícil y conflictiva.

Sin embargo, ¿quién traería nuevas flores a nuestro árbol sino fuera por ellas? ¿Quién crearía nuevas ramas? Sin ellas, los sueños no realizados de quienes sostienen el árbol generaciones atrás morirían enterrados bajo sus propias raíces.

Que nadie te haga dudar, cuida tu ‘rareza’ como la flor más preciada de tu árbol. Eres el sueño realizado de todos tus ancestros».

(Si quieres saber más te invito a leer en este mismo blog Oveja negra o chivo expiatorio (II): El derecho a ser diferente)

Los secretos familiares pueden ser fuente de traumas y heridas emocionales

¿Cómo afectan los secretos familiares a la salud mental y emocional?

¿Cómo afectan los secretos familiares a la salud mental y emocional? 1053 900 BELÉN PICADO

En casi todas las familias hay temas que está prohibido tocar y no son pocos los casos en los que algunos miembros ni siquiera saben por qué. Generalmente mantenemos oculto todo aquello que nos produce vergüenza, dolor o culpa y que no ha sido posible procesar psicológicamente. A menudo, trauma y secretos familiares van unidos.

Los grandes asuntos tabú que suelen ocultarse en las familias tienen que ver con el origen o el nacimiento de alguno de sus miembros (adopciones, hijos fuera del matrimonio); enfermedades mentales; muertes en determinadas circunstancias (suicidios, asesinatos, abortos, muertes a una edad temprana); secretos sexuales (incestos, abusos, infidelidades), asuntos de dinero (ruinas, escasez, pérdidas de juego, herencias); o temas relacionados con guerras o emigraciones.

Lo privado y lo secreto

Es importante aclarar la diferencia entre lo privado y lo secreto. Todos tenemos derecho a proteger nuestra intimidad y a guardar determinadas situaciones o vivencias personales solo para nosotros o compartirlo con quienes deseemos. Tampoco hacen daño ciertos secretos. Por ejemplo, el lenguaje propio que pueden inventar dos niños para que nadie más pueda entenderlos. De hecho, estas conductas ayudan al niño a crear un mundo interno propio y diferente del de los adultos.

En este artículo os hablo sobre esos secretos que conllevan un importante desgaste emocional para quien los posee e influyen negativamente en la comunicación interpersonal. Se trata de secretos que pueden repercutir en la toma de decisiones e, incluso, en la salud mental y emocional tanto de los que conocen la verdad como de los que la ignoran. El grado de participación de varias generaciones (hijos, padres, abuelos…) también determina la gravedad y trascendencia de lo que se oculta.

Hay secretos familiares que conllevan un importante malestar emocional.

¿Por qué aparecen los secretos en las familias?

Generalmente los secretos parten de una situación que, quien los guarda, considera vergonzosa y dolorosa para su entorno. Así que la información se reprime y se esconde hasta llegar a ser parte del inconsciente familiar. Es habitual que se oculten ciertos hechos o informaciones esgrimiendo motivaciones como las de proteger a otros miembros de la familia (generalmente a los hijos), no hacerles daño o no crearles un ‘trauma’. Sin embargo, de forma implícita, también se busca evitar el miedo, la culpa y/o la vergüenza que supondría desvelar una verdad que resulta inaceptable. Se pretende seguir viviendo como si no pasara nada. Como si por ocultar la basura debajo de la alfombra y no hablar de ella fuera a desaparecer. Pero la realidad es que lo evitado siempre encuentra un canal para volver.

Los secretos también pueden crearse a partir de un hecho traumático, debido a la incapacidad de quien lo sufre de hacerle frente. Esta persona reprime y niega dicho episodio. A través del silencio, busca defenderse de su propio sufrimiento y evitar daño al resto de sus seres queridos. Sin embargo, este dolor puede transmitirse a sus descendientes. Es posible que un miembro de la siguiente generación empiece a manifestar síntomas que no comprende, ni sabe de dónde vienen. En algunos casos son un efecto de ese acontecimiento significativo vivido en la familia y ocultado.

Deterioro en la comunicación y las relaciones interpersonales

Algunos efectos que tienen los secretos sobre el sistema familiar:

  • Contribuyen a arrebatar a los integrantes de la unidad familiar la posibilidad de aprender a hacerse cargo, elaborar y superar sus propias dificultades. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando la madre no cuenta a su hijo que su padre se ha suicidado, para ‘protegerle’.
  • Dificultan el establecimiento de relaciones saludables y honestas. Evitar hablar de un hecho doloroso para eludir el sufrimiento tiene efectos nocivos en la comunicación. Primero se intentará no hablar de ese evento en particular y poco a poco la evitación se irá generalizando a otros temas. De este modo, el silencio y la desconfianza se instalarán en la unidad familiar deteriorando cada vez más la comunicación y las relaciones.
  • Favorecen el aislamiento, la tristeza y, en ocasiones, la depresión al no poder procesar algo que la persona percibe, pero que no coincide con lo que su familia le está mostrando.
  • Generan jerarquías de poder y coaliciones que obstaculizan la comunicación y que a veces se convierten en herramientas de control de unos sobre los otros.
  • Originan altos niveles de ansiedad. Mantener un secreto hace que la persona esté permanentemente alerta para que no se le descubra.
  • Mantienen encadenados a los miembros de la familia, estableciendo una lealtad disfuncional (conflicto de lealtades) y dificultando la separación necesaria para crear relaciones sanas fuera del sistema.
  • El secreto opera como una cortina de humo que, aunque no se ve, entorpece la vida familiar. Es como tener un elefante en la habitación, de cuya presencia nadie parece percatarse. Esta metáfora suele utilizarse para referirse a una verdad evidente que es ignorada o a un tema espinoso en el que todos prefieren mirar a otro lado. Sería el caso de un hijo homosexual que vive con su pareja y los padres se refieren a este como “un amigo”, sin llegar nunca a reconocer la orientación sexual de su hijo.

Los secretos de familia • Dificultan el establecimiento de relaciones saludables y honestas.

El alto precio del silencio

Cuando se niegan hechos traumáticos y se convierten en secretos, el precio que paga la familia por guardar silencio puede ser muy alto. Al no poder exteriorizarse, esas verdades ocultas intentarán reprimirse, pero acabarán manifestándose a través de miedos, obsesiones, somatizaciones, conductas disfuncionales…

Estos síntomas se repetirán generación tras generación hasta que esas verdades sean habladas, procesadas, recolocadas y comprendidas. Por ejemplo, es posible que aparezcan problemas de conducta o aprendizaje en los primeros años del colegio de niños que conviven en este tipo de familias. Y es que los niños, aunque creamos que no se enteran de nada, perciben la angustia que están experimentando los adultos cercanos a ellos. Y no solo eso. Cuando lleguen a la edad adulta, es muy probable que fracasen a la hora de crear y mantener vínculos afectivos. Porque la sensación de que se les está ocultando algo se mantendrá en algún lugar del inconsciente y contribuirá a generar desconfianza.

Además, en muchas ocasiones la verdad acaba saliendo a flote y no siempre lo hace de la mejor forma o en el momento más adecuado. Para un hijo descubrir por casualidad o por terceras personas que le han mentido sobre quién es su padre o cuál es su origen puede ser mucho más doloroso y difícil de asumir que si se lo hubieran dicho desde un principio.

Antes de divulgar un secreto…

Compartir verdades de la historia familiar, por dolorosas que sean, ayuda a fortalecer los vínculos y sentar una base de confianza, honestidad, resiliencia y aprendizaje. Pero es esencial cuidar el cómo y el cuándo. Si estás decidido a divulgar un secreto familiar, antes de lanzarte:

  • Analiza la situación. ¿Cómo afectará a la persona o personas a quienes se lo revelarás? ¿Eso que vas a decir es algo que cambiará tu relación con los demás miembros de tu familia o las relaciones entre ellos? ¿Cómo crees que responderías tú?
  • Elige bien el momento. No es buena idea hacerlo durante una celebración familiar, por ejemplo. Aunque todos estén presentes y parezca que así será más rápido y fácil, el hecho de que en estas ocasiones suela haber mucha emoción en el ambiente no te va a ayudar.
  • Actúa con responsabilidad. Piensa si estás preparado para afrontar a corto y largo plazo las consecuencias de tu revelación, ya que no son pocas las ocasiones en las que al revelar un secreto se destapan muchos otros.

Antes de divulgar un secreto familiar, analiza bien la situación.

Ejerciendo de detectives

Investigar en la cronología familiar nos va a ayudar a comprender por qué las cosas fueron cómo fueron, por qué mi madre es tan miedosa o se preocupa tanto por todo, por qué en casa no se habla del suicidio del tío o de las infidelidades del abuelo, etc. Conocer la propia historia y la historia familiar contribuye también a ampliar nuestra consciencia y ver de dónde pueden venir algunas cosas. Por ejemplo, podemos descubrir por qué somos tan vergonzosos o por qué nunca terminamos las cosas que empezamos.

Ahora bien, en caso de sospechar que en tu familia se oculta algo, antes de convertirte en detective, pregúntate si realmente quieres saber la verdad. ¿Estás preparado o preparada para manejar una información que podría cambiar tu vida y la de otros? Ten presente que, según sea el secreto, necesitarás un proceso de readaptación y reacomodación interna que puede ser difícil y doloroso.

En este proceso puede ayudarte mucho contar con la ayuda de un profesional. A veces no es posible descubrir y sacar a la luz ciertos secretos. Pero igualmente se puede trabajar en terapia con lo “no dicho”, con esos lemas familiares que nos “hemos tragado sin masticar” y también con esas emociones que llevamos dentro y no son nuestras (vergüenza, culpa, ira…). Los traumas y las heridas emocionales tienden a transmitirse, de generación en generación y a través de los lazos familiares, hasta que alguien consciente detiene el proceso. (En caso de que necesites ayuda, puedes ponerte en contacto conmigo y te atenderé lo antes posible)

“Lo que es callado en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo” (Françoise Dolto, psicoanalista francesa)

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Película

Frozen. En esta producción de la factoría Disney se muestran claramente cómo influyen ciertos secretos en generaciones posteriores. Documentándome sobre el tema, he encontrado un artículo muy interesante que os recomiendo: Frozen: Los secretos familiares y sus consecuencias.

La codependencia es la otra cara del alcoholismo

Codependencia y alcoholismo, dos caras de la misma adicción

Codependencia y alcoholismo, dos caras de la misma adicción 2337 3528 BELÉN PICADO

El alcoholismo no solo afecta a la persona que bebe. Se calcula que por cada enfermo alcohólico hay al menos cinco personas en su entorno que sufren, directa o indirectamente, las consecuencias de la enfermedad. Uno de estos problemas es la codependencia y afecta a las personas próximas al adicto, especialmente a los familiares más cercanos. No obstante, también pueden sufrirla los amigos o, incluso, algunos compañeros del trabajo.

Alcoholismo y codependencia son dos caras de una misma moneda: generalmente cuando un integrante de una familia presenta una conducta adictiva hay otro que desarrolla codependencia. La persona codependiente, llamada también co-alcohólica o coadicta, cuida, controla, corrige y trata de salvar al alcohólico. Se involucra de forma obsesiva en sus conflictos, sufriendo y frustrándose ante sus recaídas y adoptando conductas igualmente perjudiciales. Vive convencida de que, sin su ayuda, el alcohólico sufrirá y no saldrá de la adicción. Pero, en realidad, ella misma es la que está cayendo al abismo junto al enfermo.

La persona codependiente suele proceder de un hogar disfuncional donde no se atendieron sus necesidades afectivas. En esta situación, sintió que si se preocupaba y era solícita con las necesidades de las figuras de apego su amor sería correspondido. Así que, indirectamente, busca parejas que repitan este patrón. Por un lado, trata de satisfacer su hambre de amor proporcionando afecto a personas que siente que lo necesitan (el alcohólico). Por otro, al igual que lo fueron las figuras de referencia, la pareja elegida tiende a ser emocionalmente inaccesible, situación que espera cambiar con su entrega.

La persona codependiente pierde el control de su vida

¿Qué características tiene una persona codependiente?

En las parejas, debido en parte a condicionamientos sociales y culturales, este rol suele asumirlo la mujer, que se involucra en los problemas del alcohólico hasta olvidarse de sí misma. Vive por y para él en un intento desesperado por controlar la situación y “salvarlo”. Sin embargo, consigue justo lo contrario ya que pierde el control de su propia vida. Las características más habituales que presenta la persona sumida en la codependencia son las siguientes:

  • Se obsesiona con tener el control sobre el alcohólico y sobre los demás miembros de la familia de manera compulsiva. Busca una sensación de seguridad que nunca encuentra y se hace la ilusión de tener controlada una situación realmente ingobernable. También recurre a la manipulación para conseguir lo que ella cree que necesita el alcohólico. Esta obsesión por el control a veces se acompaña de comportamientos compulsivos: perfeccionismo, orden y limpieza, trastornos de la alimentación, etc.
  • Se hace responsable del bienestar de su pareja y continuamente busca excusas para justificar y encubrir su consumo frente a la familia y al resto de la gente. En esta conducta influye el concepto de “lealtad” aprendido en la familia de origen para mantener a salvo los secretos familiares.
  • Experimenta sentimientos contradictorios hacia la pareja alcohólica. Por un lado, lo juzga con dureza y lo culpa de todos sus males y, por otro, se culpa a sí misma y dedica todas sus energías a sobreprotegerlo.
  • Presenta baja autoestima y es excesivamente autocrítica consigo misma y con los demás.
  • Tiene una gran dificultad para poner límites. La persona codependiente no sabe dónde acaba ella y donde empieza el otro: “Si tú estás bien, yo estoy bien. Si tú estás mal, yo estoy mal”. Se acomoda tanto a las necesidades, deseos y sentimientos del otro que no es capaz de reconocer los propios.
  • Miedo al abandono y la soledad, que ya experimentó en su infancia, y al rechazo que puede recibir si abandona a la pareja enferma.

Los hijos también desarrollan codependencia

La codependencia también se refleja en el comportamiento de los hijos. Tanto los chicos como las chicas pueden adoptar alguno de estos roles:

  • El héroe. Por lo general es el hijo mayor. Adopta el papel de padre/madre ante sus hermanos y, en ocasiones, también ejerce de cuidador del progenitor alcohólico y de apoyo del no adicto para que la familia no se desintegre (parentalización). Su función es compensar las carencias y ofrecer una estabilidad. Pero es una ilusión: este rol contribuye a la negación del problema al dar la falsa sensación de que el sistema familiar funciona bien.
  • El independiente. A menudo se corresponde con el segundo de los hermanos. Es el que pasa desapercibido, suele estar solo y recurre a la imaginación para evadirse de los conflictos familiares. Aprende a ser autosuficiente porque sabe que sus figuras de apego no se ocuparán de sus necesidades. Desarrolla una gran capacidad para distanciarse de la familia, física y mentalmente, y es habitual que se vaya pronto de casa.
  • El problemático. Es el cabeza de turco, el conflictivo, el que se mete en líos y frecuenta “malas compañías”. De forma inconsciente, al provocar continuamente problemas y poner el foco sobre su mal comportamiento, desvía la atención del verdadero problema familiar.
  • El conciliador. Intenta mediar siempre en los problemas familiares y trata de mantener buenas relaciones con todos. Tiene buen comportamiento para dar motivos de orgullo a sus padres y aliviar la situación.
  • La mascota. Suele ser el menor. Desarrolla una gran capacidad de hacer amigos y caer bien a los demás y procura aliviar el dolor recurriendo constantemente al humor.

Estos roles no son rígidos, una misma persona puede adoptar dos o más. Lo que todos los hijos tienen en común es la desconexión de las propias necesidades y emociones. Enfocan sus esfuerzos en adaptarse a la situación caótica de la familia y sobrevivir a las carencias afectivas. Cuando se hagan adultos, tenderán a buscar parejas en las que, inconscientemente, repetirán el patrón que aprendieron de niños. Este círculo se repetirá hasta que alguien lo rompa e inicie un nuevo modelo familiar.

La codependencia también se refleja en los hijos de alcohólicos

Terapia y grupos de apoyo para liberarse de la codependencia

El camino para reconstruir la identidad dañada del codependiente es largo y complejo y es necesaria la ayuda profesional. La terapia va enfocada a fomentar la autoestima, mejorar habilidades relacionales y recuperar la independencia. También será necesario procesar traumas no resueltos e integrar emocionalmente el dolor por las pérdidas cuyo duelo aún está pendiente. La persona codependiente, cuya existencia solo ha tenido sentido a través del otro, tendrá que dirigir su mirada hacia su propio interior, el lugar que ha evitado toda su vida.

Romper las cadenas de la codependencia

En paralelo al proceso terapéutico es muy importante acudir a alguna de las asociaciones que se han creado para ayudar a alcohólicos y familiares. Estos grupos de autoayuda ofrecen el apoyo, el consuelo, la comprensión y la contención emocional de otras personas que han pasado por una situación similar.

Puede interesarte:

Si necesitas información sobre grupos de apoyo, puedes contactar con FACOMA, Federación de Alcohólicos de la Comunidad de Madrid   CAARFE, Confederación de Alcohólicos, Adictos en Rehabilitación y familiares de España.

Te recomiendo también el blog Al otro lado de la adicción, escrito por alguien que ha sufrido la codependencia en primera persona.

 

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