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Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico 1500 841 BELÉN PICADO

 Hay abrazos apretados, delicados, largos, breves, formales o espontáneos. Los damos al saludar, al despedirnos, al celebrar algo importante o cuando queremos acompañar a alguien que está pasando por un momento difícil. En muchos casos surgen de forma espontánea, casi sin pensarlo, como una respuesta corporal al encuentro con el otro.

Cuando se da en un contexto de seguridad y consentimiento, un abrazo puede convertirse en una fuente importante de bienestar. Transmite cercanía, alivio, reconocimiento o pertenencia sin necesidad de palabras.

En los últimos años, la psicología y la neurociencia han empezado a prestar más atención a este gesto. Cada vez hay más investigaciones que muestran hasta qué punto el contacto físico desempeña un papel central en nuestro bienestar psicológico y cómo influye en la forma en que gestionamos el estrés, el malestar y la conexión con los demás.

Por eso, hablar de abrazos desde una perspectiva psicológica no consiste solo en decir que “son buenos”. Implica detenernos a entender qué comunican, qué funciones cumplen y cómo se viven desde el cuerpo, teniendo en cuenta el vínculo, el contexto y la historia personal de cada uno.

Qué ocurre en el cuerpo cuando el abrazo se da en un contexto seguro

Cuando un abrazo se da de forma segura y consentida, el cuerpo que lo recibe suele interpretarlo como una señal de calma. No es solo que alguien nos toque, sino que ese contacto se convierte, además, en la confirmación de que no hay peligro y de que, al menos por un momento, podemos ‘aflojarnos’.

En estas circunstancias, el organismo deja de estar en guardia. Se reduce la activación asociada al estrés y muchas personas notan cómo la respiración se vuelve más lenta, los músculos se relajan y aparece una sensación de alivio o descanso.

A nivel biológico, este tipo de contacto se ha relacionado con la liberación de oxitocina, implicada en el afecto, la empatía y la confianza, así como con la modulación de otros sistemas vinculados al estado de ánimo, como los relacionados con la dopamina y la serotonina. Ahora bien, esto no significa que un abrazo funciona como un interruptor químico capaz de tranquilizar automáticamente a cualquiera. No siempre basta con abrazar para que otro se relaje.

Lo que marca la diferencia es cómo se vive ese contacto. El mismo gesto puede resultar reconfortante para una persona y tenso para otra. Todo depende del vínculo, del momento y de si el cuerpo percibe que puede confiar. Por eso, más que hablar del efecto del abrazo, tiene sentido hablar de la experiencia del abrazo.

En esta línea, una amplia revisión de estudios publicada en Nature Human Behaviour concluyó que el contacto físico puede tener efectos positivos sobre el bienestar emocional y el estrés, pero también mostró que estos beneficios se asocian más al contacto frecuente y sostenido en el tiempo que a gestos puntuales. Es decir, un abrazo aislado no hace magia: lo que cuenta es que esa experiencia de seguridad se repita y se consolide en el vínculo.

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Historia personal y memoria corporal

Nuestra forma de vivir los abrazos se va construyendo poco a poco, a partir de experiencias corporales repetidas a lo largo de la vida. El cuerpo aprende antes que la mente y guarda memoria de cómo fue tocado, sostenido o respetado… y también de cuándo no lo fue.

Desde que nacemos, el contacto físico cumple una función clave en la organización emocional. A través de él, el sistema nervioso registra si la cercanía del otro calma o desborda. Cuando en los primeros años el contacto fue consistente, en sintonía y respetuoso, el cuerpo aprende a asociar el abrazo con alivio y seguridad. Si fue inconsistente, invasivo o estuvo ausente, esa misma cercanía puede vivirse como tensión o incomodidad. Por eso, algunas personas se ponen rígidas o se sienten incómodas al ser abrazadas, incluso sabiendo que la intención del otro es buena. No es una contradicción, sino la diferencia entre lo que la mente comprende y lo que el cuerpo ha aprendido con el tiempo.

A la historia personal se suman factores familiares y culturales. Hay entornos donde el contacto físico es habitual y otros donde se valora más la distancia corporal. Estas pautas no suelen enseñarse de forma explícita: se incorporan de manera implícita y acompañan a la persona en la vida adulta, influyendo en cómo vive la cercanía.

Funciones del abrazo

El abrazo no tiene un único significado ni cumple siempre la misma función. Su sentido depende del vínculo, del momento y de cómo es vivido por quien lo da y quien lo recibe:

  • Comunicación no verbal. Podemos transmitir mucho a alguien a través de un abrazo, incluso sin necesidad de hablar. A veces no hace falta decir nada para que el otro entienda “estoy contigo”. En otras ocasiones sí hay palabras, y el gesto lo que hace es reforzar ese mensaje. Al mismo tiempo, un abrazo también puede vivirse como un mero trámite social, dependiendo de quién lo da, quién lo recibe y en qué contexto ocurre.
  • Señal de vínculo y pertenencia. El abrazo también funciona como una forma de confirmar un vínculo. Aunque no estés explicando con palabras qué tipo de relación tenéis, el gesto deja claro que esa relación existe y es significativa. Es una manera corporal de decir “tú eres de los míos”. Por eso suele aparecer casi de forma automática en reencuentros, despedidas o celebraciones cuando hay un lazo especial. Y también por eso no abrazamos igual a todo el mundo: el abrazo marca cercanía, delimita pertenencia y señala quién está dentro del círculo de confianza.
  • Regulación emocional. Cuando una persona está desbordada emocionalmente, la cercanía de otro cuerpo puede ayudar a bajar un poco la intensidad. El abrazo no resuelve el problema que ha provocado esa desregulación, pero sí puede hacer que el malestar se lleve mejor. La emoción no desaparece, pero se vuelve más manejable y la persona deja de sentirse tan sola. 
  • Contención y acompañamiento. En momentos en los que no buscamos una respuesta, un consejo o que nos solucionen los problemas, un abrazo nos aporta contención y cubre esa necesidad de sentirnos acompañados. Aunque la situación que nos afecta siga siendo la misma, ese gesto permite transitar la emoción con algo más de calma y con menos sensación de soledad.
  • Reparación relacional. En relaciones donde hay confianza, un abrazo puede aparecer tras un conflicto como una forma de retomar la cercanía. No sustituye a las palabras, pero puede señalar corporalmente que el vínculo sigue disponible y que, pese al desacuerdo, la conexión no se ha roto. En esta línea, un estudio realizado en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), analizó qué ocurría cuando una persona que había tenido un conflicto interpersonal recibía un abrazo ese mismo día. El malestar no desaparecía de inmediato, pero en los días posteriores quienes habían recibido ese gesto mostraban una mejor recuperación emocional que quienes no lo habían recibido.
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¿Por qué a algunas personas no les gustan los abrazos?

Que a alguien no le gusten los abrazos es más habitual de lo que creemos y no está necesariamente relacionado con la frialdad o la falta de afecto. Hay distintos motivos por los que una persona puede sentirse incómoda con este gesto.

En algunos casos, el contacto no formó parte del lenguaje emocional cotidiano durante la infancia y el cuerpo no tuvo ocasión de aprender que la cercanía podía ser algo calmante o reconfortante. Al llegar la adultez, el abrazo puede vivirse como algo extraño, demasiado intenso o simplemente ajeno, no porque sea negativo, sino porque no resulta familiar.

En otras historias ocurre lo contrario: hubo contacto, pero fue invasivo o poco respetuoso con los límites. Abrazos impuestos, exigencias de cercanía emocional o gestos poco sintonizados pueden dejar una huella corporal de alerta. Desde ahí, evitar el abrazo no es un rechazo al afecto, sino una forma aprendida de protegerse.

También influyen las experiencias traumáticas. Para quienes han vivido situaciones de abuso físico o sexual, o contextos donde el cuerpo fue instrumentalizado, la proximidad corporal puede activar respuestas automáticas de peligro, incluso cuando la situación actual es segura. El cuerpo reacciona antes de que la mente pueda interpretar lo que está ocurriendo.

A esto se suman cuestiones sensoriales. Hay personas especialmente sensibles al tacto, a la presión o a la cercanía física, y para ellas un abrazo puede resultar demasiado intenso o incómodo. Esto se observa con más frecuencia en personas dentro del espectro autista, en personas altamente sensibles o en momentos de mucha sobrecarga emocional, cuando el cuerpo tolera peor los estímulos.

El momento vital también influye. Incluso quienes suelen disfrutar del contacto pueden rechazarlo en etapas de estrés, ansiedad, duelo o agotamiento emocional. Cuando el sistema nervioso está en modo alerta, la cercanía puede sentirse como una demanda más, no como alivio.

Por último, conviene tener en cuenta el contexto cultural y familiar. Cada entorno transmite, muchas veces sin decirlo, qué distancia es adecuada y cuándo. Lo que para unas personas es un gesto espontáneo de afecto, para otras puede vivirse como una invasión del espacio personal. Ninguna de estas formas es “mejor” que la otra: responden a aprendizajes distintos.

Desde esta perspectiva, que a alguien no le gusten los abrazos no indica un problema emocional ni una carencia afectiva. Habla, más bien, de una forma concreta de relacionarse con el cuerpo y con la cercanía. El cuidado, en estos casos, pasa por respetar esos límites y recordar que el afecto puede expresarse de muchas otras maneras.

Mitos sobre los abrazos que conviene desmontar

En torno a los abrazos circulan muchas ideas bienintencionadas, pero no siempre ajustadas a la experiencia real. Algunas de las más frecuentes son estas:

“Los abrazos siempre regulan”. Es cierto que, en determinados contextos, los abrazos se asocian a una mejor gestión del malestar emocional. Sin embargo, no regulan de forma automática ni universal. No es el contacto en sí lo que regula, sino cómo lo interpreta el sistema nervioso. El mismo abrazo que resulta calmante para mí, puede ser incómodo y activador para ti. Cuando no percibimos este gesto como algo seguro, puede generarnos tensión o el impulso de huir.

“En el dolor, abrazar es siempre lo mejor”. Ante el sufrimiento ajeno, muchas personas abrazan de forma impulsiva, a veces para aliviar su propia incomodidad frente al dolor del otro. Hay momentos en los que el contacto acompaña, y otros en los que una presencia atenta, sin recurrir al tacto, resulta más respetuosa.

“Si no te gustan los abrazos, algo te pasa”. Esta creencia patologiza lo que puede ser simplemente una preferencia o una respuesta corporal con sentido dentro de una historia personal concreta. No disfrutar del contacto físico no implica frialdad, carencia afectiva ni dificultad para vincularse. Puede estar relacionado con experiencias tempranas, con una mayor sensibilidad sensorial o, sencillamente, con la forma de ser.

“Hay una forma correcta de abrazar”. La idea de que existe una duración “correcta” o una manera estándar de abrazar reduce el gesto a una receta. No hay cifras mágicas ni fórmulas universales. Lo que marca la diferencia no es cuántos segundos dura ni la intensidad del contacto, sino la sintonía, el consentimiento y el contexto en el que se produce.

“Con un abrazo está todo dicho”. El abrazo puede acompañar una conversación difícil, pero no la sustituye. Cuando se utiliza como atajo para esquivar el conflicto, evitar reconocer el daño o eludir la incomodidad de poner palabras, este gesto puede resultar ambiguo o incluso invalidante. El contacto, por sí solo, no garantiza reparación.

“Abrazar siempre es una forma de cuidado”. El cuidado no está en el gesto, sino en la capacidad de leer al otro. Un abrazo puede ser profundamente cuidador cuando respeta los límites, el momento y la necesidad de quien lo recibe. Pero también puede resultar invasivo cuando se impone, no se pregunta o se ignoran las señales corporales del otro.

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

En definitiva, el abrazo puede ser una forma muy potente de conexión cuando es seguro, elegido y llega en el momento adecuado, pero pierde su valor cuando se convierte en obligación, consigna emocional o respuesta automática al malestar.

Cuidar el bienestar psicológico implica saber leer tanto el deseo de cercanía como la necesidad de distancia. No se trata de abrazar más, sino de hacerlo con conciencia y respeto, entendiendo que el verdadero cuidado no está tanto en el gesto en sí, como en la capacidad de escuchar al otro… y de escucharnos a nosotros mismos.

Referencias bibliográficas

Field, T. (2010). Touch for socioemotional and physical well-being: A review. Developmental Review, 30(4), 367–383.

Murphy, M. L., Janicki-Deverts, D., & Cohen, S. (2018). Receiving a hug is associated with the attenuation of negative mood that occurs on days with interpersonal conflict. PLOS ONE, 13(10), e0203522.

Packheiser, J., Hartmann, H., Fredriksen, K., Gazzola, V., Keysers, C., & Michon, F. (2024). The benefits of interpersonal touch: A meta-analysis. Nature Human Behaviour, 8(6), 1088–1107

Uvnäs-Moberg, K. (1998). Oxytocin may mediate the benefits of positive social interaction and emotions. Psychoneuroendocrinology, 23(8), 819–835.

Por qué vemos cada año las mismas películas navideñas

¿Por qué cada año vemos las mismas películas navideñas?

¿Por qué cada año vemos las mismas películas navideñas? 1536 1024 BELÉN PICADO

La llegada de diciembre suele activar casi de manera automática una serie de rituales que repetimos sin pensarlo demasiado: comprar lotería y turrones, montar el árbol o el belén, escuchar villancicos… y volver a ver, por enésima vez, las mismas películas navideñas de siempre. Más allá de haberse convertido en una tradición para muchos, esta costumbre conecta directamente con cómo nos sentimos en esta época: estamos más permeables a la nostalgia, percibimos con mayor intensidad la necesidad de conexión y buscamos historias amables que no exijan demasiado esfuerzo mental.

A continuación, vamos a ver algunos mecanismos psicológicos que se ponen en marcha dentro de nosotros —desde la búsqueda de familiaridad y previsibilidad hasta la función reguladora de los rituales o el efecto de los finales felices— y por qué todo ello hace que estas películas sigan funcionando año tras año.

Transporte narrativo y contagio emocional

El transporte narrativo es un mecanismo psicológico que hace que bajemos la guardia y nos dejemos llevar por la historia hasta el punto de sincronizar nuestras emociones con lo que ocurre en la pantalla.

Esto no significa que confundamos ficción y realidad. Lo que sucede es que el cerebro responde a determinadas escenas como si fueran experiencias propias. Las áreas implicadas en la empatía y el procesamiento emocional se activan de un modo muy parecido al de las situaciones reales. Por eso tendemos a conectar con lo que siente el protagonista.

Por otra parte, estas historias suelen girar en torno a necesidades universales, como la pertenencia, la seguridad o la conexión social. El hecho de que un personaje logre algo que desearíamos para nosotros no solo nos conmueve; también nos permite imaginar que esa posibilidad no está tan lejos en nuestra propia vida.

películas navideñas

«Love Actually» (2003).

El filtro amable de la nostalgia

Muchas veces volvemos a estas películas porque funcionan como un acceso directo a momentos que guardan un significado especial. Aun cuando de adultos la Navidad ya no despierte la misma ilusión, se reactivan sensaciones ligadas a una etapa en la que todo parecía más sencillo. Por eso importa tan poco la calidad técnica: aunque el guion sea simple o poco verosímil, las emociones que generan son reales.

Es habitual que, aunque esos recuerdos procedan de un pasado imperfecto, hoy los reinterpretemos desde un filtro más amable. A este efecto se le denomina sesgo de la nostalgia o retrospección idílica. Así, al ver las mismas películas que años atrás, evocamos aquellas tardes de manta y sofá en familia, las bromas que se repetían cada año o la tranquilidad de aquellos días sin colegio. Con el tiempo, esos momentos han ido adquiriendo una calidez que quizá no tenían cuando los vivimos.

La investigación respalda este efecto. Diversos estudios señalan que la nostalgia está asociada a un mayor afecto positivo y a la sensación de bienestar y que, además refuerza la percepción de continuidad personal, es decir, sentir que seguimos conectados con nuestra propia historia. Las películas navideñas encajan especialmente bien en este proceso. Su estética y estructura crean un contexto propicio para que esos recuerdos emerjan de forma casi espontánea.

El poder de los rituales compartidos

Según el psicólogo canadiense Nick Hobson, los rituales nos ayudan a regular lo que sentimos y a reforzar el vínculo con los demás. Otras investigaciones los asocian con una reducción del estrés, un mayor sentimiento de conexión y una sensación de seguridad que resulta especialmente valiosa en momentos de cambio o exigencia emocional. Cuando, además, los rituales se repiten a lo largo del tiempo van creando recuerdos comunes que refuerzan la identidad familiar o grupal.

En el caso de la Navidad, se decora la casa, se intercambian regalos, se envían felicitaciones… y se revisitan las mismas películas. Del mismo modo que colocar el árbol marca el inicio simbólico de las fiestas, sentarse a ver Solo en casa, Qué bello es vivir o Love Actually nos ayuda a entrar en una forma muy concreta de sentir y estar, como si se activara un código emocional que todos reconocemos.

Con el paso del tiempo, estos hábitos adquieren un valor compartido que refuerza el sentido de pertenencia. Así, aunque muchas cosas cambien de un año a otro, volver a las mismas historias genera una sensación de continuidad y nos recuerda que existen pequeños espacios que permanecen. Es, en definitiva, una forma sencilla de mantener vivos ciertos vínculos y de sentir que seguimos formando parte de algo común.

(En este blog puedes leer el artículo El poder de los rituales ¿Por qué nos ayudan a sentirnos mejor?)

Previsibilidad y familiaridad

Personajes gruñones que empiezan quejándose de todo y acaban reconciliándose con quienes les rodean; conflictos familiares que se resuelven justo a tiempo para reunirse en Navidad; parejas que hacen las paces bajo el muérdago. Las películas navideñas rara vez buscan sorprender: siguen un patrón reconocible que identificamos al instante.

Cuando nuestro cerebro detecta un esquema conocido (el tipo de conflicto, el tono emocional, el desenlace esperado) activa rutas de procesamiento más automatizadas, lo que reduce el esfuerzo necesario para seguir la historia.

A esto se suma un sesgo cognitivo, el efecto de mera exposición: tendemos a sentir más afinidad por aquello que ya conocemos (siempre que no lo asociemos a experiencias negativas previas). Con muchas películas navideñas ocurre precisamente eso: las hemos visto a menudo y, por lo general, en contextos agradables o tranquilos, lo que hace que volver a ellas resulte fácil y cómodo.

Y otro punto importante. No solo anticipamos la trama, sino también cómo nos hará sentir. Reconocemos enseguida la escena que nos sacará una sonrisa, el minuto exacto en el que se nos saltarán las lágrimas o el punto en el que se resolverá el conflicto. Esa previsibilidad no aburre; aporta calma, reduce la incertidumbre y explica por qué tantas personas repiten una Navidad tras otra.

A veces necesitamos finales felices

Lo habitual es que las películas navideñas terminen bien. Pero, ¿sabías que este tipo de desenlace cumple una función específica? Nuestro cerebro lleva mal la ambigüedad, así que cuando seguimos una historia pone en marcha mecanismos de anticipación y predicción para dar sentido a lo que ocurre.

En caso de que el desenlace sea claro y coherente —una reconciliación, un reencuentro, un gesto de reparación— se activa el sistema de recompensa. A lo largo de la trama queremos saber cómo se resolverá el conflicto y qué lugar ocuparán los personajes al final. Cuando esa expectativa encuentra una salida clara, experimentamos una sensación de alivio y satisfacción. No es el final feliz en sí lo que importa, sino el cierre: la percepción de que todo encaja.

Igualmente importante es la justicia poética o, lo que es lo mismo, la idea de que el relato debería concluir de un modo justo para quienes forman parte de él. No porque creamos que la vida real funciona así, sino porque una historia en la que los vínculos se recomponen y las personas encuentran su lugar tiene un efecto reparador. Es una manera simbólica de integrar y dar sentido a las emociones que hemos ido experimentando.

En ese equilibrio entre lo que sabemos que es ficción y lo que nos gustaría que fuera verdad reside gran parte del encanto de las películas navideñas.

Películas navideñas.

«Qué bello es vivir» (1946)

Cuando estas películas no encajan con nosotros

A veces este tipo de historias no sintonizan con el momento vital, el estado emocional o los gustos y preferencias de cada uno. Hay razones tan diversas como:

  • Contraste con la propia realidad personal. Para quien atraviesa un duelo, una ruptura, un conflicto familiar o un periodo especialmente difícil, puede resultar duro ver en la ficción familias unidas, parejas felices o entornos cálidos donde todo acaba bien. Lejos de consolarle, esas imágenes pueden acentuar la brecha entre lo que ocurre en pantalla y su propia situación vital.
  • Percepción de que son poco creíbles o demasiado empalagosas. Quienes prefieren narrativas más complejas, con personajes que evolucionan de una forma más realista y conflictos mejor desarrollados, pueden desconectarse de la trama ante la rapidez con la que todo se resuelve o el exceso de mensajes positivos.
  • Saturación afectiva. La Navidad ya implica un nivel elevado de estímulos. Añadir historias con una carga emocional tan marcada, aunque sea amable, puede resultar excesivo para algunos. A veces lo que se necesita es justo lo contrario: bajar el volumen interno.
  • Asociación con recuerdos difíciles. Estas películas pueden evocar vivencias agradables o, por el contrario, reactivar experiencias familiares tensas, Navidades complicadas o episodios del pasado que se prefiere no traer de nuevo al presente.
  • Preferencias personales. A algunas personas simplemente no les gusta este tipo de cine: ni el tono, ni las tramas, ni el ritmo. Y es algo totalmente legítimo. No todos los géneros conectan con todo el mundo.

Películas que vuelven cada Navidad (y por qué siguen funcionando)

Aquí tienes algunas películas que se han convertido en clásicos navideños y que, si te gusta el género, seguramente forman parte de tu propio ritual.

1. Qué bello es vivir (1946). En esencia narra el agotamiento emocional de alguien que siente que su vida ha perdido sentido. La película muestra cómo, incluso en ese punto de cansancio profundo, descubrir el impacto que uno ha tenido en otras personas puede propiciar una manera nueva y más amable de mirarse.

2. Solo en casa (1990). Más allá de la risas que provocan las peripecias de Kevin, la película activa una fantasía infantil muy reconocible: la idea de poder arreglárselas solo cuando los adultos no están. Los niños disfrutan de la aventura y los adultos, de la nostalgia de una época en la que todo parecía posible. Esta doble lectura explica por qué sigue funcionando generación tras generación.

Películas navideñas

«Solo en casa» (1990).

3. Love Actually (2003). Entrelaza varias historias en las que el amor adopta formas muy distintas: la atracción inesperada entre un primer ministro y su empleada, las dudas de un matrimonio en crisis o el profundo afecto entre un niño y su padrastro. Esa diversidad hace que casi cualquier espectador encuentre algo que le resuene. Y, al estar ambientada por completo en Navidad, verla activa de inmediato la atmósfera emocional que asociamos a estas fechas.

4. El Grinch (2000). El protagonista empieza detestando las luces, el ruido y el ambiente festivo que lo invade todo, un rechazo que tiene más que ver con sus heridas que con la celebración en sí. Su actitud cambia cuando empieza a sentirse parte de algo. Ahí reside su encanto: en recordarnos el poder transformador de los vínculos, más allá de cualquier ornamento navideño.

5. Pesadilla antes de Navidad (1993). Jack Skellington se siente atraído por la calidez y el sentido de comunidad que encuentra en la Navidad, justo lo que echa en falta en su propio mundo. Conecta especialmente bien con el imaginario navideño porque pone el foco en anhelos muy presentes en esta época: encontrar un lugar donde encajar, recuperar una ilusión que parecía perdida y sentir que siempre es posible empezar de nuevo.

6. The Holiday (2006). Reúne dos deseos muy comunes en estas fechas: alejarse del ruido cotidiano y, al mismo tiempo, sentir un poco de cercanía emocional. Al intercambiar sus casas —una en Los Ángeles y otra en un pequeño pueblo inglés— las protagonistas encuentran justo ese equilibrio: distancia para aclararse y encuentros que les devuelven la esperanza. Es un relato amable que invita a pensar que un cambio de entorno puede aliviar más de lo que pensamos.

7. Klaus (2019). Esta película muestra con sencillez cómo un gesto amable puede desencadenar otros y transformar la convivencia de un lugar. Y también ilustra hasta qué punto nuestras acciones influye en quienes nos rodean. Su mensaje encaja bien en estas fechas porque pone en valor la generosidad y el impacto de real que pueden tener los pequeños gestos.

Referencias bibliográficas

Hobson, N. M., Schroeder, J., Risen, J. L., Xygalatas, D., & Inzlicht, M. (2018). The Psychology of Rituals: An Integrative Review and Process-Based Framework. Personality and Social Psychology Review, 22(3), 260-284

Sedikides, C., Wildschut, T., Routledge, C., & Arndt, J. (2015). Nostalgia counteracts self-discontinuity and restores self-continuity. European Journal of Social Psychology, 45(4), 431–447.

Wildschut, T., Sedikides, C., Arndt, J., & Routledge, C. (2006). Nostalgia: Content, triggers, functions. Journal of Personality and Social Psychology, 91(5), 975–993.

Profecía autocumplida. Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo

Profecía autocumplida: Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo

Profecía autocumplida: Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo 1920 1280 BELÉN PICADO

“Lo veía venir”, “Sabía que saldría mal”, “Estaba claro que no podría”… Todos hemos pensado algo así alguna vez, como si realmente pudiéramos adelantarnos a lo que va a ocurrir. Pero detrás de esa sensación no hay magia ni un don especial para ver el futuro: lo que suele haber es un mecanismo psicológico conocido como profecía autocumplida. Lo que creemos sobre nosotros, sobre los demás o sobre cómo funciona el mundo influye en cómo miramos, actuamos e interpretamos lo que pasa. Y, casi sin darnos cuenta, acabamos actuando de manera que la realidad termina pareciéndose a lo que esperábamos.

Lo vemos a diario: si temo que me rechacen, me vuelvo frío y distante y el otro se aleja; si creo que mi pareja no me escucha, dejo de compartir y la relación se enfría; si pienso que mi jefe no confía en mí, trabajo con más inseguridad y me equivoco más. Lo mismo ocurre a mayor escala: prejuicios, estereotipos, etiquetas…

En todos los casos, el proceso es parecido: las expectativas guían nuestras acciones, y las acciones generan respuestas que refuerzan lo que pensábamos al inicio.

Qué es la profecía autocumplida

El sociólogo Robert K. Merton introdujo el término en 1948 para explicar cómo una creencia equivocada puede desencadenar comportamientos que terminan convirtiéndola en real. Su ejemplo más conocido es el de un banco que acaba hundiéndose porque se extiende el rumor de que va a quebrar: el miedo provoca la retirada masiva de dinero y eso, precisamente, lo hunde.

Años después, los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson demostraron que este mecanismo también actúa en el ámbito de las relaciones interpersonales. Sus estudios confirmaron que las expectativas pueden cambiar la percepción y el comportamiento, tanto de quien las tiene como de las personas sobre las que recaen. Basta una idea —positiva o negativa— para modificar la manera en que tratamos a alguien, y ese trato influye en cómo esa persona actúa.

Tipos de profecía autocumplida: Pigmalión, Golem y Galatea

Este fenómeno puede manifestarse de varias maneras, dependiendo de si las expectativas vienen de fuera (Pigmalión y Golem) o de dentro (Galatea).

1. Efecto Pigmalión: cómo la confianza ajena impulsa la propia

El nombre procede de un mito griego. Pigmalión era un escultor que talló una estatua tan bella y perfecta que acabó enamorándose de ella. Le hablaba, la cuidaba y la trataba como si estuviera viva. Ante la intensidad de ese amor, la diosa Afrodita se conmovió y dio vida a la escultura.

Esta metáfora resume la idea de que cuando tratamos a alguien como si fuera capaz, aumentan las posibilidades de que lo sea.

Rosenthal y Jacobson demostraron este principio con un experimento realizado en una escuela. Dijeron a varios profesores que ciertos alumnos tenían un “gran potencial intelectual” (en realidad habían sido elegidos al azar). Meses después, esos niños destacaron sobre el resto. Lo que ocurrió fue que los docentes, convencidos de sus capacidades, les ofrecieron más estímulo, más tiempo y más atención. Y los alumnos respondieron dando lo mejor de sí.

Esto ocurre en cualquier ámbito: un jefe que confía en su equipo aumenta su motivación; una pareja que ve fortalezas donde el otro solo ve dudas favorece su crecimiento; un terapeuta que cree en los recursos de sus pacientes refuerza su proceso de cambio.

Pigmalión y Galatea

«Pygmalion and Galatea», Jean-Léon Gérôme.

2. Efecto Golem: cuando las expectativas negativas de otros nos limitan

Es el reverso del efecto Pigmalión. Su nombre procede del Golem de la tradición judía: una figura de barro creada para servir y obedecer a su amo, pero que a veces se vuelve incontrolable por no tener criterio propio. Es una imagen que ilustra bien cómo funcionan las expectativas negativas: actúan como un molde rígido que acaba deformando la identidad del otro. Cuando miramos a alguien desde la desconfianza, el desprecio o la crítica, es más fácil que esa persona termine viéndose como la ven los demás y comportándose como se espera de ella.

Un profesor convencido de que un alumno “no da para más” le explicará y exigirá menos y lo ignorará más. Esto llevará al estudiante a desmotivarse y a bajar su rendimiento, lo que el profesor interpretará como una confirmación de su expectativa inicial. Lo mismo ocurre en el trabajo o en pareja: cuando alguien siente que el otro ya ha decidido quién es, actúa atrapado por ese papel.

3. Efecto Galatea: el poder de nuestra propia mirada

Galatea es el nombre de la estatua que Pigmalión esculpió y que cobró vida gracias a su fe y su amor. Lo que refleja este efecto es el poder de las expectativas internas. Somos nosotros quienes damos forma a lo que creemos ser capaces de hacer.

Cuando confiamos en nuestras posibilidades, nos implicamos más, afrontamos mejor los obstáculos y buscamos soluciones. En cambio, si pensamos que no valemos o que vamos a fracasar, es fácil que actuemos con miedo o ni siquiera lo intentemos.

En terapia uno de los mayores avances llega cuando la persona deja de pensar “ojalá cambie” y empieza a sentir “puedo cambiar”. La mirada del otro ayuda, pero la interna es la que sostiene el proceso.

Cómo funcionan las expectativas

Se cuenta que un grupo de ranas organizó una competición para subir a lo alto de una torre. Era una prueba muy difícil y, desde el primer salto, las que miraban desde abajo empezaron a comentar:

—No lo conseguirán.

—Está demasiado alto.

—Qué locura intentarlo.

Una a una, las competidoras fueron abandonando, agotadas o desanimadas. Todas menos una, que siguió saltando hasta llegar arriba del todo. Cuando bajó, las demás la rodearon sorprendidas y le preguntaron cómo lo había conseguido.

Entonces descubrieron que era sorda.

Este cuento resume bien cómo funcionan las expectativas. A veces abandonamos enseguida, no porque no podamos, sino porque damos demasiado peso a lo que otros esperan de nosotros o a nuestras propias dudas. Y otras, en cambio, conseguimos más de lo previsto, simplemente porque no escuchamos esas voces que nos frenan.

Nuestro cerebro busca más coherencia que verdad. Tendemos a fijarnos en lo que encaja con lo que ya creemos y a ignorar lo que lo contradice. Es el sesgo de confirmación: seleccionamos, casi sin darnos cuenta, la información que coincide con nuestra manera de ver el mundo. Por eso, cuando esperamos que algo salga mal, vemos con más claridad los indicios de fracaso y restamos valor a los signos de mejora.

A esto se suma el componente emocional. Cada expectativa activa una emoción —confianza, miedo, entusiasmo o alerta— que influye en cómo interpretamos la situación y en cómo actuamos. Si anticipamos rechazo, nos ponemos a la defensiva; si esperamos comprensión, nos mostramos más abiertos. Y estas reacciones provocan respuestas distintas en los demás, reforzando el resultado que temíamos o deseábamos.

En definitiva, las expectativas no solo predicen: ayudan a construir lo que ocurre. Por eso conviene prestar atención a los mensajes que emitimos y a los que permitimos que nos influyan.

Profecía autocumplida y expectativas

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Las primeras profecías se forman en la infancia

Desde los primeros vínculos aprendemos qué esperar del mundo y de los demás. Las miradas, los gestos y las respuestas de quienes nos cuidan nos enseñan si es seguro mostrar lo que sentimos, si seremos atendidos cuando necesitamos ayuda o si es mejor callar para no molestar. Con el tiempo, esas experiencias se convierten en creencias estables sobre nosotros mismos y sobre las relaciones.

Si en la infancia sentimos que solo recibíamos cariño cuando éramos “buenos” o no dábamos problemas, es probable que en la vida adulta busquemos aprobación o evitemos el conflicto para no decepcionar. Si crecimos con críticas, rechazo o indiferencia, tal vez aprendimos a protegernos antes de que alguien pudiera hacernos daño. En ambos casos intentamos evitar el malestar repitiendo un patrón que, sin querer, lo mantiene.

Ahí es donde el apego y la profecía autocumplida se encuentran. Las expectativas que se formaron en los primeros años —“me van a dejar”, “no soy suficiente”— pueden reactivarse cuando algo nos recuerda ese miedo inicial. Entonces respondemos desde ese guion antiguo: quien teme ser abandonado se aferra o vigila; quien teme ser invadido se aleja; quien se siente poco valioso deja pasar oportunidades o se conforma con menos de lo que desea.

Consecuencias de dejarse llevar por las profecías autocumplidas

Cuando nos dejamos arrastrar por este fenómeno, las consecuencias aparecen en muchos planos: no solo afecta a lo que conseguimos, sino también a cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos:

  • Deterioro de la autoestima. Cuando alguien escucha con frecuencia que no sirve, que siempre se equivoca o que “no es como los demás”, puede acabar creyéndoselo. Esa idea se convierte en un filtro desde el que interpreta todo: los errores parecen pruebas de incapacidad y los logros, una cuestión de suerte, una casualidad. Con el tiempo disminuye la confianza en uno mismo, aparecen las dudas y aumenta la sensación de no estar nunca a la altura.
  • Miedo al error. Cuando damos por hecho que fallaremos —“seguro que lo haré mal”, “voy a hacer el ridículo”— actuamos como si ese resultado ya estuviera decidido. Esa expectativa lleva a evitar hablar, pedir ayuda o intentar algo nuevo. Al no intentarlo, no aparece ninguna experiencia que contradiga la creencia inicial. Así, el miedo al error no solo paraliza: también crea el escenario perfecto para que la predicción se cumpla.
  • Relaciones tensas o desequilibradas. Si tratamos a alguien como incapaz o poco fiable, es probable que acabe comportándose así. Y si esperamos juicios, reproches o abandono, reaccionaremos a la defensiva, generando justo la distancia que temíamos. También ocurre al revés: cuando alguien se siente obligado a cumplir las expectativas ajenas —ser el fuerte, el complaciente, el que siempre puede con todo—, puede acabar agotado y atrapado en un rol rígido. En ambos casos, las relaciones pierden espontaneidad y bienestar.
  • Desgaste emocional y físico. Vivir anticipando el fallo, el rechazo o el fracaso mantiene el cuerpo alerta. Esto se traduce en más tensión muscular, cansancio, insomnio o dificultad para concentrarse. Con el tiempo, esta activación constante erosiona el equilibrio emocional: aparecen irritabilidad, agotamiento o la sensación de estar “en modo supervivencia”, sin espacio para el disfrute o la calma.
  • Refuerzo de estereotipos. Las profecías autocumplidas también operan en lo social, cuando un grupo es visto a través de prejuicios o etiquetas. Si se da por hecho que ciertos colectivos son menos capaces, responsables o válidos, esa creencia acaba condicionando las oportunidades reales de las personas. El resultado es un círculo vicioso: las expectativas negativas limitan el acceso a recursos y apoyo, y esas limitaciones se interpretan después como confirmación del estereotipo.

Cómo romper el círculo

A continuación, te dejo algunas pautas que pueden ayudar a reducir el efecto de las profecías autocumplidas:

  • Toma conciencia del guion que se repite. Observa qué pensamientos o actitudes aparecen una y otra vez: “no valgo para esto”, “nadie me entiende”, “no puedo evitarlo”. Detectar ese patrón te ayudará a diferenciar entre lo que eres y lo que haces o lo que piensas. No es que “seas así”, sino que has aprendido a reaccionar de esa forma. Y lo aprendido puede cambiarse.
  • Cambia tu respuesta habitual. No siempre podemos controlar lo que pensamos, pero sí elegir cómo respondemos. Por ejemplo, si tiendes a aislarte cuando temes el rechazo, prueba a sostener un poco más el contacto. Si sueles pensar que tu esfuerzo no servirá, inténtalo igualmente, aunque solo sea un paso pequeño para comprobar qué pasa. Romper el círculo consiste en hacer algo distinto justo cuando todo en ti empuja a repetir lo de siempre.
  • Cuestiona la interpretación que das a los hechos. Antes de dar por cierto algo, pregúntate si tienes pruebas o si solo es una suposición. Puedes contrastarlo, preguntar o, al menos, reconocer que quizá lo ves así porque temes que sea cierto. Este pequeño paso frena la inercia de la profecía y te permite actuar desde lo que realmente está ocurriendo, no desde lo que imaginas.
  • Busca explicaciones alternativas. Cuando te descubras dando por cierta una interpretación, imagina al menos dos o tres opciones más, aunque te parezcan poco probables. Si alguien no te saluda y piensas que es porque le caes mal, añade otras hipótesis. Por ejemplo, quizá no te haya visto o iba ensimismado en sus cosas. Así ayudas a tu mente a no quedarse con una sola versión de la historia. Este simple gesto debilita la profecía y amplía la perspectiva.

  • Revisa tus expectativas hacia los demás. Observa qué idea tienes del otro. Si das por hecho que no va a cambiar o que volverá a fallar, tu trato reflejará esa desconfianza y terminará generando justo lo que temes. Prueba a mirar con curiosidad, dejando espacio para que el otro te sorprenda. Así el vínculo se apoya en lo que pasa, no en lo que anticipas.
  • Reformula tu lenguaje interno. El modo en que te hablas puede mantener viva la profecía sin que lo notes. No es lo mismo decir “soy un desastre” que “esta vez me he equivocado”. La primera frase nos encierra en una etiqueta; la segunda reconoce un error concreto y deja espacio para hacerlo distinto la próxima vez. Cambiar “soy” por “estoy”, “siempre” por “a veces”, o añadir un “todavía” parece algo mínimo, pero cambia la forma en que te ves y actúas.
  • Busca miradas nutritivas. Las personas que nos rodean influyen en cómo nos vemos. Elige vínculos donde haya respeto, confianza y apoyo, no críticas ni juicios constantes. Estar cerca de quien ve tus capacidades, incluso cuando tú dudas de ellas, reforzará esa parte de ti que quiere avanzar.
  • Pide ayuda. Si notas que tus profecías se repiten una y otra vez y están relacionadas con heridas antiguas —rechazo, abandono o sensación de no ser suficiente—, busca acompañamiento profesional. La terapia puede ayudarte a revisar esas experiencias, comprender su origen y construir una manera más amable y realista de mirarte. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo. Estaré encantada de acompañarte en tu proceso)
Referencias bibliográficas

Bowlby, J. (1989). Una base segura: Aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Barcelona: Paidós.

Merton, R. K. (1948). The self-fulfilling prophecy. The Antioch Review, 8(2), 193–210.

Rodríguez Pérez, H., & Ortega Ochoa, L. (2024). Exploración de la profecía autocumplida en la pareja: papel de la autoestima en estilos de afrontamientos agresivos y sumisos. MLS Psychology Research, 7(2), 33–46.

Rosenthal, R. y Jacobson, L. (1971). Pigmalión en la escuela: Expectativas del maestro y desarrollo intelectual de los alumnos. Madrid: Marova.

Szumski, G., & Karwowski, M. (2019). Exploring the Pygmalion effect: The role of teacher expectations, feedback, and self-fulfilling prophecy in education. Educational Psychology Review, 31(4), 1–30.

Cine y emociones: Por qué algunas películas nos remueven tanto

Cine y emociones: ¿Por qué algunas películas nos remueven tanto?

Cine y emociones: ¿Por qué algunas películas nos remueven tanto? 1536 1024 BELÉN PICADO

¿Cuántas veces te has emocionado hasta las lágrimas en una sala de cine o en el sofá de casa? ¿Por qué algo que sabemos que es ficción puede afectarnos tanto? ¿Qué ocurre en nuestro interior cuando nos sumergimos en una historia que no es la nuestra y, sin embargo, la sentimos como si lo fuera? La conexión entre cine y emociones es algo realmente poderoso. Hay películas que dejan huella, y no solo por un final sorprendente, la fotografía o las interpretaciones. A veces basta una escena, una mirada, una frase o una melodía para que sintamos que la historia también nos pertenece.

El cine nos permite contactar con emociones que evitamos o no sabemos cómo expresar. Es lo que ocurre, por ejemplo, con El hijo de la novia (2001), de Juan José Campanella. A través de una historia sencilla y profundamente humana, invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, los vínculos familiares, la culpa, el amor y las segundas oportunidades. O con Past Lives (2023), que explora con delicadeza el peso de las decisiones vitales y los caminos no tomados. No hace falta identificarse con cada personaje para que algo nos toque por dentro: basta con conectar con la emoción que subyace en cada escena.

Pero ¿qué es exactamente lo que nos conmueve? ¿Por qué algunas películas nos remueven tanto mientras otras apenas nos afectan? Veamos qué mecanismos psicológicos y emocionales explican ese impacto.

Supresión de incredulidad: cuando elegimos creer en lo imposible

Una película no es la vida, pero a veces se le parece. Desde tiempos remotos, narrar historias ha sido una forma de compartir vivencias, transmitir valores y dar sentido a lo que vivimos. El cine, con su combinación de imagen, sonido, lenguaje y emoción, activa múltiples capas de nuestro procesamiento cognitivo y afectivo. Por eso, cuando una historia nos atrapa, no solo la entendemos: la sentimos.

Pero para que eso ocurra, necesitamos «creer» en ella, al menos durante un rato. Aquí entra en juego la llamada supresión de la incredulidad, un proceso por el cual, aunque sepamos que lo que vemos no es real, decidimos implicarnos como si lo fuera. Es una especie de autoengaño funcional que no surge de la ingenuidad, sino de una disposición emocional consciente: elegimos dejarnos llevar para vivir esa historia desde dentro.

Esto lo vemos en La forma del agua (2017), de Guillermo del Toro. Aunque su premisa —una historia de amor entre una mujer y una criatura anfibia— podría parecer inverosímil, la película consigue que conectemos con sus personajes porque no nos pide que creamos en monstruos, sino en emociones. Bajo esa fábula fantástica, hay una historia sobre la soledad, la diferencia y el derecho a ser amado. Y si aceptamos su propuesta simbólica, podemos sentir que ese amor improbable encierra una verdad tan legítima como cualquier historia realista.

Cine y emociones: La forma del agua

La forma del agua

En la infancia este mecanismo apenas es necesario porque la línea entre realidad y ficción aún es difusa y sumergirse en mundos imaginarios ocurre de forma natural. En la edad adulta, en cambio, requiere una pequeña renuncia al juicio racional. Y es precisamente ahí donde empieza la magia: cuando bajamos las defensas, la historia empieza a tocarnos de verdad.

El poder de la empatía en el cine

Aunque la supresión de la incredulidad es necesaria para entrar en una historia, no siempre basta para que nos conmueva. Podemos ver una película impecable en lo técnico y no sentir nada. Lo que realmente despierta la emoción es la empatía: la capacidad de ponernos en el lugar del otro y resonar con su mundo interno.

Numerosos estudios han demostrado que al ver una película nuestro cerebro no solo observa: también siente. Se activan regiones relacionadas con la empatía, la comprensión emocional y la capacidad de imaginar lo que piensan o sienten otras personas (lo que en psicología se conoce como teoría de la mente). Una investigación realizada en 2004 por Uri Hasson y su equipo  mostró que, al ver la misma película, distintos espectadores activaban áreas cerebrales similares, como si compartieran la experiencia emocional. Más recientemente, en 2021, otro investigador, Emanuele Castano, encontró que ciertas historias —especialmente en las que hay personajes complejos o moralmente ambiguos— pueden aumentar nuestra sensibilidad hacia los estados mentales ajenos. En otras palabras: cuando la historia está bien contada y los personajes resultan creíbles, nuestro cerebro reacciona como si estuviéramos viviendo lo que ocurre en pantalla.

En este proceso intervienen también las neuronas espejo, que permiten simular internamente las emociones que observamos. Por eso, cuando lloramos con una escena, aunque sepamos que es ficción, nuestro cerebro está procesando ese dolor como si fuera propio. No se trata solo de un contagio emocional: es una verdadera resonancia interna.

Un ejemplo es 20.000 especies de abejas (2023). La película retrata con ternura el proceso de una niña trans en un entorno familiar lleno de amor, pero también de dudas y miedos. Aunque nuestra experiencia no se parezca a la suya, resulta fácil empatizar con su necesidad de ser reconocida tal como es. Porque, en el fondo, todos sabemos lo que se siente al desear ser vistos y aceptados.

Un matiz importante: no hace falta que un personaje caiga bien para que logremos empatizar con él. A veces conectamos con figuras ambiguas si su mundo interno nos resulta comprensible. En Anatomía de una caída (2023) la protagonista, acusada de asesinato, genera emociones contradictorias. No es amable ni busca gustar, pero su vulnerabilidad, sus contradicciones y el vínculo con el hijo activan algo en nosotros que va más allá del juicio: entendemos aunque no aprobemos.

Identificarnos con los personajes para conocernos mejor

Empatizar es sentir con el otro. Identificarse es ir un paso más allá: es reconocerse en él. No se trata solo de comprender su mundo, sino de vernos reflejados, aunque sea parcialmente, en su historia o en sus dilemas.

Esta capacidad de identificación comienza en la infancia a través del juego simbólico. Al jugar a ser otros, ensayamos emociones, exploramos distintos roles y probamos formas diversas de relacionarnos con los demás. En la vida adulta, el cine retoma ese juego y nos permite habitar otros mundos, tomar decisiones distintas, experimentar vidas ajenas… sin necesidad de vivirlas directamente.

Nos identificamos con algunos personajes por lo que representan para nosotros. A veces porque nos recuerdan a quienes fuimos. En otras ocasiones, porque encarnan lo que somos ahora mismo. Y también porque simbolizan algo que desearíamos llegar a ser. Así, sin darnos cuenta, proyectamos en ellos partes nuestras que tal vez no habíamos reconocido del todo.

Es lo que ocurre con El señor de los anillos (2001) o La guerra de las galaxias (1977). Aunque transcurren en universos fantásticos, activan emociones universales: el miedo, la lealtad, la lucha entre el bien y el mal, el deseo de pertenencia o la necesidad de encontrar un propósito. Al identificarnos con personajes como Frodo, Luke o Leia, no solo seguimos su aventura: también reflexionamos sobre nuestras decisiones, cuestionamos nuestras dudas y reconocemos nuestras sombras.

Cuando decimos “yo habría hecho lo mismo” o “yo nunca habría actuado así”, estamos trazando un mapa de nuestros valores, nuestros miedos o nuestros límites. Sin necesidad de verbalizarlo, el cine se convierte en una herramienta de autoconocimiento.

Reactivación emocional:  lo que el cine despierta en nosotros

Una película puede emocionarnos no solo por lo que cuenta, sino por lo que despierta en nosotros. A veces, sin darnos cuenta, una historia activa recuerdos, vivencias o heridas que estaban latentes.

Cuando vemos a un personaje enfrentarse a una pérdida, a un conflicto o a una decisión dolorosa, es posible que conectemos con algo propio. Tal vez una experiencia pasada, una emoción olvidada o un deseo no expresado.

Close (2022) es un ejemplo de esto. La historia de amistad entre dos adolescentes puede conectarnos de lleno con experiencias personales de pérdida, soledad o desconexión emocional, especialmente si en la infancia o adolescencia vivimos vínculos intensos que no supimos cómo gestionar.

Cine y emociones: Close

Close

En ese sentido, el cine tiene una enorme capacidad para poner imágenes y palabras a lo que no siempre sabemos expresar. En ocasiones, lloramos por el personaje, sí… pero también por lo que fuimos, por lo que perdimos o por lo que nos sigue doliendo.

¿Por qué algunas películas nos remueven más que otras?

El hecho de que no todas las películas nos afecten por igual depende en parte de quiénes somos cuando nos sentamos a verlas: de nuestra historia personal, de las heridas que arrastramos o del momento vital que estamos atravesando en ese momento.

Una película sobre el duelo no conmueve igual a quien acaba de perder a un ser querido que a quien no ha vivido esa experiencia. Del mismo modo, una historia sobre la maternidad puede activar emociones complejas en quien arrastra un vínculo difícil con su propia madre o en quien anhela ser madre y no ha podido.

Pero no solo influye qué se cuenta, sino también cómo se cuenta. A menudo, lo que impacta no es el relato en sí, sino cómo se representa. Es lo que consigue The Father (2020). Aunque muchas películas han tratado el tema de la demencia, pocas lo han hecho desde la vivencia subjetiva de la persona que la sufre.

La forma en que está construida la película —la narrativa, los cambios sutiles en el espacio  los diálogos confusos— no solo retrata una enfermedad: nos introduce de lleno en la experiencia. No empatizamos con lo que le pasa al protagonista; lo sentimos con él. Y es esa mirada desde dentro la que convierte el dolor en algo profundamente cercano, incluso para quienes nunca lo han vivido. La confusión, la angustia, el desconcierto que transmite Anthony Hopkins están diseñados para que no solo comprendamos, sino que sintamos lo que ocurre.

Y hay otro factor: el momento. Algunas historias pasan sin pena ni gloria en una etapa de nuestra vida y, años después, nos desarman. Porque no es la película la que cambia, sino nosotros.

Amplificadores emocionales: la música y otros elementos sensoriales

El cine no se limita a contarnos historias: nos las hace experimentar con los sentidos. Y entre todos los elementos que contribuyen a ello, la música destaca como una de las herramientas más potentes para amplificar la emoción. Una melodía triste puede aumentar el dolor de una pérdida; una pieza minimalista, reforzar la intimidad de un encuentro; una composición épica, elevar una escena hasta lo sublime.

Cinema Paradiso, La lista de Schindler, Memorias de África… Algunas bandas sonoras quedan grabadas en quien las escucha para siempre. Basta una nota para que vuelvan la escena, el personaje o la emoción que experimentamos en aquel momento.

Pero no solo la música actúa como catalizador emocional. También lo hacen la iluminación, el ritmo narrativo, el uso del silencio, el color o el encuadre. Todo en el cine está cuidadosamente orquestado para generar un estado emocional determinado. En El pianista (2002), por ejemplo, la sobriedad visual y sonora refuerza la sensación de aislamiento. En Amélie (2001), la música alegre y la estética de cuento transforman lo cotidiano en algo poético.

Cuando el cine nos cambia (aunque sea un poco)

Hay películas que entretienen, otras que emocionan… y luego están esas que te transforman. No porque contengan una gran lección ni porque pretendan dar respuestas, sino porque conectan contigo de forma sutil pero profunda. Y porque, cuando terminan, sientes que algo dentro de ti ha cambiado, aunque no sepas del todo qué.

Son relatos que te recuerdan que aún hay belleza, bondad y ternura en el mundo. Y que tú también puedes formar parte de ello. Historias que te hacen querer ser mejor persona porque muestran, sin artificios, la fuerza de la amabilidad o la coherencia entre lo que uno es y lo que hace.

Según escribo estas líneas, me viene a la mente Perfect Days (2023), una película sencilla, sin grandes giros dramáticos, pero con una sensibilidad tan honesta que uno no puede evitar preguntarse si no estaría bien vivir con un poco más de calma, de atención, de gratitud.

Cine y emociones: Perfect Days

Perfect Days

Ese tipo de cine no predica ni sermonea. Invita. Y esa invitación, cuando cala, puede ser más poderosa que cualquier consejo o moraleja.

Referencias bibliográficas

Castano, E. (2021). Art films foster theory of mind. Humanities and Social Sciences Communications, 8(1), 1–10.

Hasson, U., Nir, Y., Levy, I., Fuhrmann, G., & Malach, R. (2004). Intersubject synchronization of cortical activity during natural vision. Science, 303(5664), 1634–1640

Películas que menciono en este artículo

20.000 especies de abejas (2023), dir. Estíbaliz Urresola Solaguren. Protagonizada por Sofía Otero, Patricia López Arnaiz y Ane Gabarain.

Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2001), dir. Jean-Pierre Jeunet. Protagonizada por Audrey Tautou y Mathieu Kassovitz.

Anatomía de una caída (Anatomie d’une chute, 2023), dir. Justine Triet. Protagonizada por Sandra Hüller, Milo Machado Graner y Swann Arlaud.

Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), dir. Giuseppe Tornatore. Protagonizada por Philippe Noiret, Salvatore Cascio y Marco Leonardi.

Close (2022), dir. Lukas Dhont. Protagonizada por Eden Dambrine, Gustav De Waele y Émilie Dequenne.

El hijo de la novia (2001), dir. Juan José Campanella. Protagonizada por Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro.

El pianista (The Pianist, 2002), dir. Roman Polanski. Protagonizada por Adrien Brody y Thomas Kretschmann.

El señor de los anillos: La comunidad del anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring, 2001), dir. Peter Jackson. Protagonizada por Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen y Sean Astin.

La forma del agua (The Shape of Water, 2017), dir. Guillermo del Toro. Protagonizada por Sally Hawkins, Doug Jones y Richard Jenkins.

La guerra de las galaxias (Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977), dir. George Lucas. Protagonizada por Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford.

La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), dir. Steven Spielberg. Protagonizada por Liam Neeson, Ben Kingsley y Ralph Fiennes.

Memorias de África (Out of Africa, 1985), dir. Sydney Pollack. Protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford.

Past Lives (2023), dir. Celine Song. Protagonizada por Greta Lee, Teo Yoo y John Magaro.

Perfect Days (2023), dir. Wim Wenders. Protagonizada por Kōji Yakusho y Tokio Emoto.

The Father (2020), dir. Florian Zeller. Protagonizada por Anthony Hopkins, Olivia Colman y Rufus Sewell.

 

Mitos sobre la amistad que complican nuestras emociones

20 mitos sobre la amistad que complican nuestras relaciones

20 mitos sobre la amistad que complican nuestras relaciones 1920 1280 BELÉN PICADO

La amistad es uno de los vínculos más fuertes y significativos que establecemos a lo largo de la vida. A diferencia de la familia, que nos viene impuesta, elegimos libremente a nuestros amigos, esas personas que nos brindan compañía, apoyo y un profundo sentido de pertenencia. Sin embargo, igual que ocurre con otros tipos de relación, también han ido creándose numerosos mitos sobre la amistad que impiden aceptarla tal como es: compleja, diversa y cambiante.

Idealizar la amistad suele llevar a forzar relaciones, a exigir demasiado o a frustrarnos cuando no se cumplen nuestras expectativas. Por eso conviene revisar qué creencias, por muy extendidas que estén, no ayudan a tener una visión realista de este lazo tan importante. Aquí os dejo algunas de las más frecuentes.

1. “Los amigos son para siempre”

A veces, sí. A veces, no. Una de las creencias más habituales sobre la amistad es que debe durar toda la vida. Pero la realidad es que las personas cambian, sus prioridades también, y no todas las amistades logran adaptarse a esos cambios. Algunas se transforman, se enfrían o se diluyen sin que necesariamente tenga que haber algún conflicto, y eso no las hace menos reales ni valiosas.

Idealizar la duración puede generar culpa o sensación de fracaso cuando una amistad termina. Sin embargo, hay relaciones que, aunque sean temporales, dejan una huella muy profunda. Aceptar que las amistades pueden tener distintos ciclos —y que no todas serán eternas— nos permite vivirlas desde el presente y valorarlas por lo que son y no por cuánto van a durar.

2. “Un amigo de verdad siempre estará disponible”

Por muy reconfortante que suene, nadie puede estar siempre a nuestro lado. Las personas atraviesan crisis, se agotan, necesitan espacio o simplemente no pueden sostener todas sus relaciones con la misma intensidad en todo momento. Y eso no le quita valor al afecto.

Pedir una presencia constante y disponibilidad incondicional es una forma de exigir sin tener en cuenta los límites del otro. La amistad sana no se basa en estar “siempre”, sino en respetar los ritmos, comprender las ausencias y mantener el vínculo sin necesidad de invadir.

3. “Los verdaderos amigos lo comparten todo, no tienen secretos”

La intimidad y la confianza no implican contarlo todo ni mostrar una transparencia total, sino poder elegir con libertad qué compartir y qué no.

Todos necesitamos espacios propios. Hay vivencias que preferimos procesar a solas, emociones que aún no sabemos nombrar o cosas que simplemente no deseamos contar. Eso no implica falta de conexión. Una amistad sana no requiere explicaciones constantes ni confesiones forzadas. Al contrario, debería ser un espacio donde se respetan los silencios, se acoge sin presionar y se permite que cada uno marque sus propios límites.

4. “La amistad debe ser desinteresada”

Toda relación significativa implica algún tipo de reciprocidad. Es cierto que lo natural es ofrecer apoyo, escucha y validación a las personas que son importantes para nosotros, pero también necesitamos recibirlo. Negar esta realidad suele conducir a extremos poco saludables, como tolerar vínculos desequilibrados donde solo una parte cuida o exigir entrega total sin ofrecer lo mismo a cambio. La amistad no se basa en el sacrificio, sino en el compromiso mutuo y el cuidado compartido.

No se trata de ver quién hace más por el otro, sino de que ambas personas sientan que hay un equilibrio emocional, un interés real por mantener la relación. Dar sin esperar nunca nada puede sonar generoso, pero a menudo solo lleva al desgaste.

Mitos sobre la amistad

5. “Los amigos siempre se perdonan”

El afecto no lo justifica todo. Aunque a la mayoría se nos ha enseñado que si queremos a alguien debemos perdonar siempre, lo cierto es que el perdón es una elección, no una obligación.

Igual que hay errores que se pueden asumir y reparar, otros dañan la confianza de una forma profunda e irreparable. Perdonar puede ser liberador, pero también puede convertirse en una forma de invalidar nuestro malestar o de mantener lazos que ya no son seguros.

A veces, aunque haya cariño, lo más sano es tomar distancia. Porque querer no siempre basta. La amistad implica responsabilidad afectiva, es decir, reconocer nuestros errores, reparar el daño que hayamos podido causar y respetar los límites del otro. El perdón, si llega, debe surgir de forma consciente, no por presión ni por miedo a perder la relación.

(En este blog puedes leer el artículo Perdonar no es olvidar ni justificar (Qué es y qué no es el perdón))

6. “Todos necesitamos un/a mejor amigo/a”

Desde la infancia se nos anima a elegir a “nuestro/a mejor amigo/a”, como si una sola persona tuviera la capacidad y el deber de ser nuestra principal fuente de apoyo y de confidencias. Sin embargo, a medida que nos hacemos adultos, las relaciones suelen ir ampliándose y diversificando y esa idea acaba quedándose obsoleta.

No todas las amistades cumplen la misma función, ni tienen por qué hacerlo. A veces, aferrarse a la idea de una única figura central puede generar comparaciones, celos o dinámicas excluyentes que empobrecen los vínculos.

La amistad no entiende de jerarquías ni de competiciones por un puesto privilegiado. Tener más de un/a amigo/a íntimo/a no resta valor a los demás: al contrario, multiplica nuestras fuentes de conexión, apoyo y complicidad.

7. “Un buen amigo te entiende sin palabras”

La intuición no sustituye a la comunicación. Este mito, heredado en parte del amor romántico, sugiere que una amistad verdadera debería funcionar casi por telepatía: si te quiere de verdad, sabrá lo que te pasa, entenderá tus silencios y adivinará cómo ayudarte. Pero eso rara vez ocurre así.

Ni siquiera quienes mejor nos conocen pueden leer siempre nuestras emociones o necesidades. Cada persona tiene su forma de expresar el malestar, su ritmo para abrirse, su manera de interpretar lo que sucede. Además, de este modo desplazamos la responsabilidad de la relación en la otra persona y eso tampoco es justo. La intimidad real no se basa en adivinar, sino en poder hablar sin miedo: decir “esto me dolió” o “no lo entendí”.

8. “Los amigos de verdad te lo dicen todo a la cara”

Esta creencia parte de una visión distorsionada de la honestidad, como si callar o suavizar algo fuese sinónimo de falsedad. Pero decir todo lo que se piensa sin filtro y sin considerar el impacto que tendrá, no es autenticidad: es falta de cuidado y, a veces, simple crueldad. Hay que tener cuidado para no confundir sinceridad con sincericidio.

La sinceridad no está reñida con la empatía. Se puede hablar con claridad sin herir, guardar silencio por respeto o posponer una conversación difícil hasta que haya un momento y un clima adecuados.

Frases como “yo soy así” o “te lo digo porque soy tu amiga” suelen encubrir juicios innecesarios o una mala gestión emocional. Decir la verdad con responsabilidad implica hacerse cargo no solo de lo que se dice, sino también del cómo y el para qué.

9. “Los verdaderos amigos nunca discuten”

Este mito se cuela también en frases como “nadie ni nada podrá interponerse entre nosotros”. Pero asociar la ausencia de conflictos con una amistad auténtica es un error: toda relación cercana implica diferencias, malentendidos o momentos de fricción.

Evitar cualquier roce por miedo a perder la conexión no es una forma de cuidarlo, sino de silenciar aspectos importantes. Poder hablar de lo que nos molesta, expresar necesidades o marcar límites no debilita la amistad. Al contrario: la hace más honesta y fuerte.

Las amistades más sólidas no son las que evitan el conflicto, sino las que lo afrontan con respeto y saben escucharse incluso cuando hay desacuerdos.

10. “Perder una amistad no duele tanto como romper con tu pareja”

No siempre es así. A veces, duelen incluso más. Las rupturas amorosas suelen estar socialmente reconocidas: hablamos de ellas, las nombramos, buscamos apoyo. En cambio, cuando se rompe una amistad, muchas veces falta todo eso. Se vive en silencio, sin despedidas claras, sin palabras que ayuden a entender lo que pasó. Y eso puede hacer el dolor aún más confuso y difícil de elaborar.

Aunque a veces se minimice o no se reconozca, perder a un/a amigo/a con quien compartíamos historia, intimidad y apoyo emocional puede dejar una herida muy profunda.

Llorar por la ruptura de una amistad y reconocer ese duelo ayuda a procesar la pérdida con menos culpa y más compasión.

11. “Para ser amigos hay que parecerse y pensar igual”

No necesariamente. La afinidad reconforta, pero la diferencia enriquece. Tener amistades con quienes compartes gustos, valores o formas de pensar puede ser agradable, pero limitarte solo a quienes se parecen a ti empobrece tu mundo relacional.

Las diferencias no son un obstáculo si hay respeto, curiosidad y disposición para escucharse. De hecho, pueden convertirse en una fuente de aprendizaje mutuo. Lo importante no es coincidir en todo, sino poder comprenderse incluso cuando se discrepa.

Mitos sobre la amistad

12. “Cuantos más amigos tengas, mejor”

En la amistad, como en muchas otras cosas, importa más la calidad que la cantidad. Las redes sociales han contribuido a reforzar la idea de que tener muchos amigos es señal de éxito o valía personal. Pero acumular contactos no garantiza vínculos sólidos ni sentirse realmente acompañado.

Las relaciones significativas requieren tiempo, presencia y cuidado, y no es posible ofrecer eso a decenas de personas a la vez. Tener menos amistades, pero más auténticas y basadas en la confianza y el apoyo mutuo, aporta mucho más que una red amplia pero superficial.

13. “Los amigos de verdad son los íntimos”

No todas las amistades tienen que ser profundas para ser valiosas. Más allá de los vínculos íntimos, existen relaciones cotidianas que también aportan bienestar: personas con las que compartimos pequeños momentos, gestos amables o rutinas agradables sin grandes confidencias.

El vecino que saluda cada mañana o esa persona con la que cruzas unas palabras en el tren… Son lazos menos intensos, pero no por ello menos significativos. Refuerzan el sentido de pertenencia, nos hacen sentir acompañados y aportan calidez a la vida diaria.

Una conversación sencilla en el momento justo puede reconfortar más que horas de charla sin verdadera conexión. Por eso, no conviene subestimar el valor de estas relaciones.

14. “Cuando una amistad se rompe, no hay marcha atrás”

No todas las rupturas son definitivas. En ocasiones, con el tiempo y la distancia, dos personas pueden reencontrarse y reconstruir el vínculo desde un lugar más consciente y maduro. Pero para que eso ocurra no basta con tirar de nostalgia ni con fingir que no ha pasado nada: hace falta hablar, revisar lo que ocurrió, asumir responsabilidades, pedir perdón si es necesario… y estar dispuestas a cambiar lo que no funcionó.

Como cualquier relación, la amistad puede pasar por diferentes crisis. Y no todas tienen que acabar en ruptura definitiva. Algunas se transforman y se adaptan. Eso sí: no siempre es posible ni saludable. A veces el daño ha sido demasiado grande o las condiciones han cambiado tanto que retomar el vínculo ya no tiene sentido.

15. “Si una amistad se rompe es porque algo he hecho mal”

El final de una amistad no es sinónimo de fracaso. Aun así, muchas veces lo vivimos como tal: pensamos que hemos elegido mal, que no supimos cuidar la relación o que hicimos algo que lo estropeó. Pero no todas las relaciones están hechas para durar, y eso no las invalida.

Las amistades, como los ciclos vitales, tienen principio y fin. Algunas acompañan durante años, otras solo en etapas concretas. Hay vínculos que nos marcan profundamente, aunque no perduren. Reconocer eso es parte de una mirada más realista y compasiva.

Cerrar una amistad puede doler, pero también puede ser una forma de ser coherente. No todo lo que empieza bien está destinado a continuar, y eso no significa que hayamos fallado. Significa que estamos aprendiendo a soltar lo que ya no encaja, y a valorar lo vivido sin exigirle permanencia.

(En este blog puedes leer el artículo Duelo por una amistad rota: Por qué duele tanto y cómo afrontarlo)

16. “Entre un hombre y una mujer no puede haber simplemente amistad”

Todavía hay quien cree que entre un hombre y una mujer siempre hay una tensión sexual de fondo, como si fuera imposible que exista una amistad sin deseo o atracción. Esta idea, además de equivocada, es muy limitante.

Reducir cualquier vínculo entre personas de distinto sexo a una posible relación romántica refuerza estereotipos, genera desconfianza y dificulta la construcción de relaciones igualitarias. Las personas pueden compartir intimidad emocional, apoyo y complicidad sin que haya nada más.

Reconocer que es posible una amistad genuina entre hombres y mujeres no solo amplía nuestras opciones relacionales, también nos libera de prejuicios y abre la puerta a vínculos más sanos, respetuosos y diversos.

Mitos sobre la amistad

Imagen de pikisuperstar para Freepik

17. “Un buen amigo nunca te decepcionará”

Incluso en las mejores amistades se cometen errores. Nadie puede estar siempre a la altura de nuestras expectativas, por mucho que nos quiera. A veces nos equivocamos, no entendemos bien al otro o no respondemos como le gustaría. Y eso no quita valor a la relación: simplemente nos recuerda que somos humanos.

Esperar que todo sea perfecto es una trampa que complica las relaciones. Más importante que evitar cualquier fallo es saber cómo afrontarlo: hablarlo, intentar repararlo y seguir apostando por el cuidado mutuo, incluso en los momentos difíciles.

18. “La auténtica amistad surge de manera natural”

La idea de que las amistades “auténticas” fluyen sin esfuerzo alimenta expectativas poco realistas. Claro que puede haber afinidad desde el primer momento, pero las relaciones que perduran suelen necesitar tiempo, constancia y cuidado.

No todo lo que no fluye al instante está condenado al fracaso. Hay amistades que se forjan poco a poco o que se fortalecen tras atravesar momentos incómodos o desacuerdos.

Si esperamos que todo sea fácil desde el principio, corremos el riesgo de alejarnos de vínculos que solo necesitaban un poco más de atención. La química puede acercarnos, pero es el compromiso mutuo lo que mantiene viva la amistad.

19. “Las amistades de toda la vida son las mejores”

Tener amistades de toda la vida puede ser valioso, pero eso no significa que sean mejores. No todas las relaciones largas son sanas o significativas: algunas se mantienen por inercia, por miedo a cerrar una etapa o por lealtades que cuesta poner en duda.

Idealizar la duración puede hacernos sostener vínculos que ya no se corresponden con quienes somos ahora. En cambio, permitirnos crear nuevas amistades en la adultez puede abrirnos a relaciones más conscientes, libres y recíprocas.

20. “Una amistad verdadera se mantiene sola”

Ninguna relación significativa se cuida sola. Aun existiendo mucho cariño, si no se cultiva, es muy probable que se enfríe y acabe diluyéndose con el tiempo.

No hace falta estar todo el día pendiente ni que todo sea recíproco al milímetro, pero sí conviene tener ciertos gestos: mandar un mensaje, preguntar cómo va todo, tener un detalle de vez en cuando.

Pensar que una amistad real no necesita atención o confiar solo en que “si es de verdad, seguirá” puede sonar bonito, pero también es una forma de evitar la responsabilidad que conlleva mantener viva una relación.

¿Te comunicas de modo pasivo-agresivo? Así puedes cambiarlo y mejorar tus relaciones

¿Te comunicas de modo pasivo-agresivo? Así puedes cambiarlo y mejorar tus relaciones 1500 844 BELÉN PICADO

Casi todos, en algún momento, hemos sido pasivo-agresivos. Decimos «sí» cuando en realidad queremos decir «no», evitamos hablar de lo que nos molesta o respondemos con un seco «nada» cuando nos preguntan qué nos sucede. Optamos por disfrazar nuestro enfado en lugar de expresarlo abiertamente, creyendo que al callar o disimular evitamos el conflicto. Sin embargo, la realidad es que la emoción no desaparece, solo que encuentra una vía más sutil —y muchas veces más dañina— para manifestarse. Y el comportamiento pasivo-agresivo es precisamente eso: una forma indirecta de expresar frustración, ira o resentimiento.

Aunque puede parecer inofensivo en un principio, con el tiempo esta conducta deteriora las relaciones, genera confusión y alimenta el malestar, tanto en quien la ejerce como en quien la recibe. Lo complicado es que, al tratarse de un patrón de comportamiento encubierto, no siempre es fácil de identificar, y mucho menos de corregir.

(Te invito a leer, en este blog, el artículo «Comportamiento pasivo-agresivo: Cómo identificarlo (en ti también)«)

A continuación, te cuento qué puedes hacer si crees, o has notado, que podrías estar actuando de manera pasivo-agresiva. Con un poco de conciencia y práctica, verás que es posible transformar la forma en que te comunicas y mejorar tus relaciones.

Identifica y reconoce tu comportamiento y tus emociones

El primer paso para cambiar cualquier patrón de conducta es tomar conciencia de él. La pasivo-agresividad suele manifestarse de manera automática, como una forma de manejar el malestar sin enfrentar directamente el conflicto. Para romper con este hábito, es fundamental identificar cuándo y cómo te comportas así y, sobre todo, las emociones que están detrás de tu actitud. Este tipo de comportamiento suele encubrir sentimientos con los que no nos sentimos del todo cómodos, como la ira, la frustración o el resentimiento. Sin embargo, como habrás notado, ignorar una emoción solo hace que se vuelva más intensa y difícil de gestionar.

Algunas señales de que podrías estar acumulando enfado:

  • En situaciones que te molestan, en lugar de expresar tu desacuerdo, recurres al sarcasmo o a la ironía.
  • Sientes irritación o resentimiento con frecuencia, aunque no siempre identificas una razón clara.
  • Saboteas, postergas o incluso olvidas tareas y compromisos en vez de decir abiertamente que no quieres hacer algo.
  • Te sientes culpable por enfadarte y evitas reconocerlo y expresarlo.
  • Te cuesta decir «no» y, en su lugar, buscas formas indirectas de resistirte a las peticiones de los demás.

Además, la pasivo-agresividad no siempre es un reflejo del enojo reprimido; en muchos casos, encubre emociones como miedo, tristeza o inseguridad, que pueden estar relacionadas con el temor al rechazo, la confrontación o el juicio de los demás. En estas situaciones, en lugar de expresar el malestar abiertamente, se recurre a actitudes evasivas o indirectas como mecanismo de protección. Reconocer estas emociones ocultas ayuda a comprender mejor el propio comportamiento y a gestionarlo de manera más saludable.

Cambiar el comportamiento pasivo-agresivo para mejorar las relaciones

Reconcíliate con tu ira

Uno de los mitos más comunes sobre la ira es la creencia de que reconocerla nos llevará inevitablemente a explotar o a dañar a los demás, por lo que lo mejor sería evitarla o ignorarla. Sin embargo, ni es una emoción negativa ni desaparece simplemente por reprimirla. Al contrario, es una señal interna que nos informa de que algo no está bien, como una necesidad no satisfecha, una injusticia percibida o un límite que ha sido sobrepasado. Por ello, es fundamental reconocerla y entender su mensaje.

Cuando notes que algo te irrita, en lugar de reprimirlo o reaccionar con pasivo-agresividad, haz una pausa y reflexiona:

  • ¿Qué es exactamente lo que te está molestando?
  • ¿Cuál es la necesidad insatisfecha detrás de ese malestar?
  • ¿Estás evitando enfrentar un conflicto por miedo al rechazo o a la confrontación?

Permítete sentir la emoción sin juzgarla ni actuar impulsivamente. Puedes escribir en un diario sobre lo que te molesta, practicar la respiración profunda para calmarte antes de reaccionar o verbalizar lo que sientes en un entorno seguro. Aceptar tu ira y gestionarla de forma consciente es clave para dejar atrás la pasivo-agresividad y construir una comunicación más clara y honesta.

(En este blog puedes leer el artículo «Emociones incomprendidas: Cómo gestionar la ira para mejorar tu autoestima«)

Escucha tu cuerpo

Cuerpo y emociones están estrechamente conectados. Si prestas atención, notarás que cuando alguien traspasa tus límites o cuando una situación te genera malestar, tu cuerpo responde de inmediato con sensaciones físicas como opresión en el pecho, un nudo en la garganta o el estómago o rigidez muscular. Sin embargo, quienes tienen un patrón pasivo-agresivo suelen ignorar estas señales, justificando sus reacciones o minimizando su malestar físico.

Sintonizarte con las señales de tu cuerpo te ayudará a reconocer lo que realmente sientes antes de que se manifieste en forma de pasivo-agresividad. Algunas estrategias útiles:

  • Escaneo corporal. Cierra los ojos y recorre mentalmente tu cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, identificando zonas de tensión o incomodidad. Pregúntate: ¿Qué emoción puede estar relacionada con esta sensación?
  • Atención a los cambios físicos. Observa si ciertos eventos o personas generan reacciones como un aumento en la frecuencia cardíaca, respiración entrecortada o rigidez en el cuello.
  • Mindfulness. Practicar la atención plena te ayuda a ser consciente de tus emociones sin juzgarlas ni reprimirlas. Notar cómo tu cuerpo reacciona ante diferentes situaciones te permitirá reconocer y gestionar tus emociones antes de que se transformen en actitudes pasivo-agresivas.

A medida que aprendas a escuchar a tu cuerpo con mayor atención, descubrirás que te proporciona información valiosa sobre lo que necesitas. Si notas una reacción física ante ciertas personas o situaciones, tu cuerpo te está enviando una señal de que algo no está bien. Escúchalo: puede ser el momento de establecer un límite o expresar tu malestar de forma asertiva.

Explora el origen de este comportamiento

El comportamiento pasivo-agresivo no surge de la nada. En la mayoría de los casos, es una estrategia de afrontamiento aprendida en la infancia o en experiencias pasadas, especialmente en entornos donde expresar ciertas emociones de manera directa no era permitido o era castigado.

Si creciste en un hogar donde uno o ambos progenitores utilizaban la agresión pasiva, es posible que ahora te cueste reconocer que esta forma de comunicación no es la única ni la más saludable. O tal vez aprendiste que expresar ira o frustración traía consecuencias negativas, como rechazo, desaprobación o castigo, lo que te llevó a buscar maneras indirectas de manifestar tu descontento.

Asimismo, si pasaste mucho tiempo intentando agradar a tus padres, cumpliendo expectativas inalcanzables o buscando su aprobación sin éxito, es probable que este patrón se haya trasladado a tus relaciones actuales. Esto puede generar frustración cuando no obtienes el reconocimiento que esperas, reforzando la pasivo-agresividad como mecanismo para gestionar esa insatisfacción.

La clave para romper este ciclo es cuestionar las creencias aprendidas y reflexionar sobre su impacto en tu vida actual:

  • ¿Dónde aprendiste que expresar tus emociones no era seguro o aceptable?
  • ¿Cómo se manejaban los conflictos en tu hogar?
  • ¿Intentas complacer a los demás en exceso y te frustras cuando no recibes lo mismo a cambio?
  • ¿Reprimes tus sentimientos por miedo al rechazo o al juicio de los demás?

Explorar el origen de tu comportamiento pasivo-agresivo no significa culpar a tu pasado, sino entenderlo para poder cambiar.

Establece límites sanos

Los límites son las fronteras que establecemos en nuestras relaciones para proteger nuestro bienestar emocional, físico y mental. Nos ayudan a definir qué estamos dispuestos a aceptar y qué no, permitiéndonos mantener interacciones más equilibradas y respetuosas.

Sin embargo, para alguien con tendencia a la pasivo-agresividad poner límites puede ser sumamente difícil. Es posible que sus fronteras sean difusas o inexistentes, lo que le dificulta diferenciar entre sus propias necesidades y las de los demás. También puede existir el miedo a que, si pone un límite, la otra persona se aleje o reaccione negativamente. Como resultado, se evita la confrontación y se expresa el descontento de manera indirecta.

Cómo empezar a poner límites sin culpa:

  • Identifica qué te incomoda. Muchas veces, la pasivo-agresividad surge cuando accedemos a cosas que realmente no queremos hacer.
  • Define lo que estás dispuesto a aceptar y lo que no. Reflexiona sobre tus necesidades y establece reglas claras para ti mismo.
  • Exprésate con claridad. En lugar de ignorar tu malestar o reaccionar con evasivas, comunica tu límite de forma directa. Por ejemplo, si un amigo insiste en pedirte favores constantemente, en lugar de acceder con resentimiento, puedes decir: «Hoy no puedo ayudarte, pero espero que encuentres una solución».
  • Sé consistente. Un límite solo funciona si lo sostienes en el tiempo. No temas reafirmarlo si la otra persona no lo respeta de inmediato.
  • Recuerda que poner límites no significa ser egoísta. Decir «no» cuando es necesario y priorizar tu bienestar no es egoísmo, sino un acto de respeto hacia ti mismo.

Cuando comienzas a establecer límites, notarás que disminuyen la ansiedad y el resentimiento, y que la comunicación se vuelve más clara. Además, cuanto más definidos estén, mejor te sentirás contigo mismo y más saludables serán tus relaciones.

Poner límites sanos ayuda a dejar atrás el comportamiento pasivo-agresivo

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Practica la asertividad

La pasivo-agresividad es lo opuesto a la asertividad. Mientras que la primera se basa en la evasión, la falta de claridad y la expresión indirecta del malestar, la comunicación asertiva implica expresar lo que sientes, piensas y necesitas de manera clara, directa y respetuosa. No se trata de imponer tu voluntad, sino de comunicarte con honestidad, sin agresividad ni sumisión.

Cómo desarrollar la comunicación asertiva:

  • Exprésate abiertamente en lugar de esperar que los demás adivinen lo que necesitas. Por ejemplo, en vez de suspirar o poner mala cara cuando alguien no hace lo que esperabas, di con claridad: «Me gustaría que lo hiciéramos de esta manera».
  • Habla en primera persona. Comunica cómo te sientes sin culpar ni atacar. Es más efectivo decir «Me siento frustrada cuando llegas tarde porque valoro mucho nuestro tiempo juntos» que «Siempre llegas tarde y eso me irrita mucho».
  • Olvídate del sarcasmo y las indirectas. Evita responder con frases como «No te preocupes, ya lo hago yo… como siempre» y prueba con expresiones más directas: «Me gustaría que compartiéramos esta tarea para que no recaiga solo en mí».
  • Practica la escucha activa. La asertividad también implica saber escuchar. Presta atención a los sentimientos y necesidades de los demás y demuestra interés en su perspectiva.
  • Aprende a decir «no» sin culpa. No siempre es posible complacer a los demás sin descuidarte. A veces, es necesario priorizarte. Es válido decir: «Ahora mismo no puedo ayudarte con esto».

El objetivo de la comunicación asertiva no es ganar una discusión o tener la razón, sino construir acuerdos donde ambas partes se sientan escuchadas y respetadas. Además, la asertividad ayuda a que los demás comprendan exactamente qué necesitas o esperas, reduce la frustración y los malentendidos, y fomenta vínculos más equilibrados y satisfactorios.

Reformula los conflictos

Para muchas personas con un patrón pasivo-agresivo, el conflicto es una fuente de ansiedad, ya que lo perciben como una amenaza a la armonía en sus relaciones o, peor aún, como un riesgo de perderlas. Como resultado, evitan la confrontación a toda costa, lo que solo conduce a la acumulación de resentimiento.

Al igual que la ira, el conflicto tiene una inmerecida mala fama. Crecer en un entorno donde los desacuerdos se evitaban o, por el contrario, se resolvían de manera agresiva puede hacer que lo veamos como algo negativo o peligroso. Sin embargo, cuando aprendemos a reformular el conflicto como una oportunidad de crecimiento en lugar de como una amenaza, nuestra forma de afrontarlo cambia por completo. Antes de dar por hecho que un desacuerdo llevará inevitablemente a una discusión destructiva, pregúntate qué puedes aprender de la situación y de la otra persona o cómo podéis llegar a una solución beneficiosa para ambos.

Cómo transformar los conflictos:

  • Normaliza las diferencias. Es imposible estar siempre de acuerdo en todo. Un conflicto no significa que una relación esté en peligro, sino que puede ser una oportunidad para dialogar y encontrar soluciones de manera constructiva.
  • Exprésate con asertividad. En lugar de acumular malestar y expresarlo de modo pasivo-agresivo, verbaliza tu punto de vista con claridad y respeto, tal como mencioné en el anterior apartado.
  • Practica la empatía. No se trata solo de dar a conocer tu posición, sino también de comprender la perspectiva de la otra persona. Haz preguntas abiertas y muestra interés genuino por sus sentimientos.
  • Evita las excusas y ponerte a la defensiva. Si has cometido un error, reconócelo sin justificarte. Eso sí, recuerda que una disculpa sincera no solo consiste en decir «Lo siento», sino en demostrar con hechos que te importa cómo se siente la otra persona y que estás dispuesto a mejorar.
  • Sustituye la evitación por el afrontamiento. En vez de huir del conflicto o responder con sarcasmo y resentimiento, céntrate en encontrar soluciones. Puedes probar con «¿Cómo podemos resolver esto de una manera que funcione para ambos?».

Si se gestiona bien, el conflicto no es una amenaza, sino una oportunidad para mejorar la comunicación, reforzar la confianza y fortalecer nuestras relaciones.

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Busca apoyo profesional si es necesario

Cambiar un patrón de comportamiento arraigado como el pasivo-agresivo no siempre es fácil y en ocasiones es necesario buscar apoyo profesional. A veces, el simple hecho de reconocer que actuamos de este modo no es suficiente para cambiarlo.

Un/a psicólogo/a te ayudará a…

  • Comprender el origen de tu conducta pasivo-agresiva y a explorar cómo las experiencias que viviste moldearon tu forma de interactuar con los demás.
  • Identificar los desencadenantes. Es posible que ciertos eventos o personas activen tu tendencia a la pasivo-agresividad sin que seas plenamente consciente.
  • Aprender nuevas formas de comunicación y adquirir recursos para expresar tus necesidades y emociones de forma clara y asertiva, sin necesidad de recurrir a la manipulación o la evasión.
  • Canalizar sentimientos como la ira y el resentimiento de una manera más adaptativa.
  • Sanar tus heridas del pasado. Si tu comportamiento pasivo-agresivo tiene raíces en tu infancia, la terapia te ayudará a comprender y procesar esas experiencias para que dejen de condicionar tu presente.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Red Neuronal por Defecto (RND)

Por qué soñar despierto te ayuda a conocerte mejor (la Red Neuronal por Defecto)

Por qué soñar despierto te ayuda a conocerte mejor (la Red Neuronal por Defecto) 1900 950 BELÉN PICADO

Estar en las nubes, pensar en las musarañas, estar en Babia… hay muchos nombres para ese estado en el que nuestro cerebro se dedica a soñar despierto. Y aunque parezca que en esos momentos se ha desconectado, nada más lejos de la realidad. Permanece activo y sigue trabajando, aunque de otra manera. Es entonces cuando aprovecha para organizar recuerdos, planificar el futuro, ayudarnos a reflexionar sobre nosotros mismos e incluso favorece que seamos más creativos. De todas estas tareas se ocupa una parte esencial en nuestro funcionamiento diario: la Red Neuronal por Defecto (RND).

La mente humana es un entramado complejo y fascinante, compuesto por redes neuronales que orquestan nuestras experiencias, pensamientos y emociones. Y una de estas redes es la RND, que se activa cuando estamos en estado de reposo mental, es decir, cuando no estamos centrados en tareas externas o estímulos específicos, y se desactiva cuando llevamos a cabo una actividad que requiera nuestra atención. Todo esto implica que nuestro cerebro nunca descansa, al contrario de lo que se creía hasta hace muy poco.

Qué ocurre en el cerebro mientras soñamos despiertos

Cuando dejamos nuestra mente divagar se pone en marcha la Red Neuronal por Defecto, formada por un conjunto de áreas que, pese a estar distribuidas en diferentes partes del cerebro, trabajan de manera coordinada. Las más importantes son:

  • Corteza prefrontal medial (CPFM). Situada en el lóbulo frontal, justo detrás de la frente. Se activa cuando reflexionamos sobre nosotros mismos y cuando nos imaginamos qué están pensando los demás. También facilita la integración de la información emocional y el procesamiento cognitivo durante la toma de decisiones, facilitando que estas sean más reflexivas y menos reactivas.
  • Corteza cingulada posterior (CCP) y precúneo. Estas áreas se encuentran en la parte media y posterior del cerebro. Entran en funcionamiento cuando nos acordamos de algo o reflexionamos sobre nuestra propia identidad. Asimismo, juegan un papel importante en la planificación futura y en la empatía, al imaginar lo que otros piensan o sienten.
  • Hipocampo y lóbulo temporal medial. Localizadas en la parte interna del lóbulo temporal, cerca de las sienes, estas zonas son fundamentales en la memoria. Se activan cuando recuperamos recuerdos y experiencias pasadas, haciendo posible que se integren en nuestro sentido del yo. Como las anteriores, también participan en la planificación del futuro, ya que el hipocampo reutiliza fragmentos de recuerdos para anticipar posibles situaciones.
  • Lóbulos parietales inferiores. Ubicados en la parte inferior de los lados del cerebro, justo por encima de las orejas. Están involucrados en la percepción interna y en la organización de los pensamientos. Nos permiten categorizar nuestras experiencias y reflexionar sobre ellas de manera coherente, facilitando la autorreflexión y el procesamiento de la información que recibimos a través de nuestros sentidos.

Red Neuronal por Defecto (RND)

 

Qué funciones cumple la RND en nuestra vida diaria

Mientras tú estás en las nubes, tu Red Neuronal por Defecto aprovecha para encargarse de algunas funciones clave en tu día a día:

Favorece la introspección y el autoconocimiento

Cuando la RND está activa, nos permite reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras emociones y las experiencias pasadas que han moldeado nuestra vida. Este proceso de autoconciencia es fundamental para comprender quiénes somos y cómo nos vemos en relación con los demás. Es la manera en que nuestro cerebro organiza y da sentido a nuestras vivencias, ayudándonos a entender por qué hemos vivido ciertas cosas, quiénes somos a partir de eso y cómo podemos seguir creciendo.

Asimismo, esta red facilita la creación de una narrativa interna coherente, es decir, la historia que (nos) contamos sobre nosotros mismos. Al integrar nuestras experiencias pasadas de forma organizada, es más fácil construir una identidad sólida y estable a lo largo de tiempo.

Facilita que aprendamos de nuestros recuerdos para planificar mejor el futuro

Una de las funciones más importantes es ayudarnos a recuperar nuestros recuerdos y aprender de ellos. No se trata solo de revivir momentos del pasado, sino de organizarlos de manera que resulten útiles en el presente y se integren de forma adaptativa en nuestra propia historia. Esto es clave para afrontar nuevas situaciones basándonos en el conocimiento adquirido y las lecciones aprendidas a lo largo del tiempo.

Pero la RND no solo nos lleva al pasado. También nos da la posibilidad de imaginar el futuro. Cuando divago o me dedico a soñar despierto, puedo simular diferentes escenarios hipotéticas, lo que me facilita una planificación más precisa (evalúo opciones, anticipo posibles obstáculos y establezco metas más realistas). Así tomaré mejores decisiones y estaré más preparado de cara a futuros desafíos.

Fomenta la mentalización y la empatía

Algunas de las áreas cerebrales que forman parte de esta red entran en funcionamiento cuando intentamos imaginar qué pueden estar pensando o sintiendo los demás. Este proceso, llamado mentalización o teoría de la mente, nos permite atribuir estados mentales a los otros (creencias, emociones, intenciones…).

Gracias a esta habilidad podemos ponernos en el lugar de otras personas, comprender sus puntos de vista y anticipar sus reacciones, algo necesario para la empatía y las interacciones sociales. De este modo, al entender mejor los pensamientos y emociones ajenos, será más fácil ajustar nuestra respuesta, fortaleciendo nuestras relaciones y creando vínculos más saludables.

Estimula la creatividad y facilita la resolución de problemas

El estado de reposo mental es un terreno muy fértil para la creatividad, ya que facilita que la mente conecte ideas que normalmente no estarían relacionadas, dando lugar a nuevas asociaciones. Por otra parte, mientras la RND está activa es más fácil  imaginar cómo abordar situaciones desde diferentes perspectivas, llegando a soluciones originales que quizás no habríamos considerado en momentos de concentración intensa.

El mismo proceso también beneficia la resolución de problemas. Cuando no estamos enfocados en una tarea específica, el cerebro sigue explorando y evaluando distintas alternativas, y esta libertad mental facilita la aparición de soluciones innovadoras. Es otras palabras, nos ayuda a resolver problemas de forma más creativa y eficaz.

Por qué soñar despierto te ayuda a conocerte mejor (la Red Neuronal por Defecto)

Cuando la RND no funciona adecuadamente

Si la Red Neuronal por Defecto no tiene un desempeño adecuado, puede contribuir al desarrollo de ciertos trastornos y dificultar algunos procesos mentales.

Depresión

En personas con trastornos depresivos, la RND a menudo se vuelve hiperactiva, facilitando la rumiación (ciclo de pensamientos negativos sobre uno mismo y el pasado). Además, la imposibilidad de desconectar de estos pensamientos contribuye a mantener el estado de ánimo bajo. En lugar de favorecer una autorreflexión útil, este estado de ensimismamiento agrava la autocrítica, la negatividad y la desesperanza.

Ansiedad

La hiperactividad de la RND en los trastornos de ansiedad provoca un enfoque excesivo en preocupaciones futuras. El cerebro queda atrapado en un ciclo de anticipación de escenarios catastróficos, lo que intensifica la sensación de angustia. Además, a las personas con ansiedad les cuesta muchísimo liberarse de estos pensamientos intrusivos, lo que les impide enfocarse en el presente o en tareas concretas.

Trastorno del espectro autista (TEA)

Se ha detectado en personas con TEA una disminución en la conectividad dentro de la RND, lo que podría explicar las dificultades en la interacción social y la empatía. Una disfunción que parece estar vinculada a la habilidad para interpretar las intenciones y emociones de los demás. Además, algunas investigaciones sugieren que la red por defecto podría no desactivarse adecuadamente durante la realización de tareas, provocando interferencias cognitivas que dificultan la concentración.

Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH)

La Red Neuronal por Defecto no se apaga correctamente cuando es necesario enfocarse en tareas específicas, lo que genera una mayor tendencia a la distracción. Igualmente, hay un desequilibrio en la interacción con otras redes cerebrales, como la red ejecutiva central, encargada del control cognitivo y la toma de decisiones. El resultado es que se complica mucho la posibilidad de regular el comportamiento y mantener la concentración en actividades concretas.

Esquizofrenia

En personas con esquizofrenia, la RND muestra un patrón alterado de conectividad, manteniéndose activa incluso durante tareas cognitivas. Esta alteración podría estar asociada con las alucinaciones (la hiperactividad de la RND lleva a que percepciones sensoriales internas se perciban como experiencias externas) y los delirios (la incapacidad para desactivar la red por defecto dificulta la diferenciación entre pensamientos o creencias personales y la realidad objetiva).

Alzhéimer

Se ha observado una disminución en la actividad de la Red Neuronal por Defecto en personas con alzhéimer, lo que afecta no solo a la memoria autobiográfica, sino también a la capacidad de reflexionar sobre el pasado y conectar los recuerdos con la identidad personal. Esta disfunción agrava tanto la desorientación  espacial como temporal y dificulta la realización de tareas cotidianas, acelerando el deterioro cognitivo y afectando significativamente la calidad de vida.

Trastorno por estrés postraumático (TEPT) y trauma

Las experiencias traumáticas, especialmente durante la infancia, pueden alterar significativamente el funcionamiento de la Red Neuronal por Defecto. Una forma en que esto ocurre es a través de la desregulación de la red, favoreciendo la aparición de pensamientos intrusivos. Al quedar atrapada en un bucle de rumiaciones relacionadas con el trauma, la mente comienza a generar flashbacks, de modo que uno siente que está reviviendo el evento traumático una y otra vez. Esto impide que los recuerdos puedan ser procesados.

La disociación es otro mecanismo común en el TEPT. En un intento de evitar el dolor asociado a los recuerdos traumáticos, puede experimentarse una disminución en la actividad de la RND, lo que lleva a la desconexión de uno mismo, incluidos pensamientos, sensaciones y emociones. Es una respuesta automática del cerebro para protegerse del sufrimiento emocional. Para mantener ese estado, la persona afectada puede procurar estar lo más atareada posible, tener mil cosas que hacer y no detenerse ni un minuto, evitando cualquier pausa que permita la activación de la RND y, con ello, el procesamiento del trauma. Esto, a largo plazo, impide que el trauma se procese e integre de forma adecuada.

De mente vagabunda a mente peregrina

En una entrevista, la neurocientífica Nazareth Castellanos menciona que «casi la mitad del tiempo nuestro cerebro es un vagabundo», refiriéndose a las palabras del escritor Pablo d’Ors, quien compara la mente con un vagabundo sin rumbo y sugiere que deberíamos convertirla en una peregrina con un itinerario claro. Según un estudio de la Universidad de Harvard, aproximadamente el 47% del tiempo que pasamos despiertos, nuestra mente está en piloto automático (con la RND activada), cuando lo óptimo sería estar así solo un 25-30% del tiempo.

Esto no significa que debamos eliminar los periodos de distracción, necesarios para que la Red Neuronal por Defecto cumpla su cometido. Sin embargo, permanecer demasiado tiempo en ‘modo RND’ tampoco es una buena idea. La clave está en encontrar un equilibrio que permita a la mente pasar de vagabunda a peregrina. ¿Cómo? Aquí tenéis algunas pautas:

  • Practica mindfulness y/o meditación. Tanto el mindfulness como la meditación han demostrado ser eficaces para regular la actividad de la Red Neuronal por Defecto. Al dirigir conscientemente la atención al momento presente, contribuimos a reducir la actividad excesiva de la RND, disminuyendo la rumiación y los pensamientos negativos. Gracias a una mayor consciencia y control sobre nuestra atención, podemos gestionar mejor pensamientos y emociones.
La meditación ayuda a regular la Red Neuronal por Defecto

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  • Mantén una adecuada higiene de sueño. El sueño es crucial en la regulación de la RND porque permite que sus funciones se restauren y evita su sobrecarga. Por el contrario, una mala higiene del sueño debilita la conectividad funcional de la red, afectando la capacidad del cerebro para funcionar correctamente tanto en reposo como durante tareas cognitivas.
  • Haz pausas conscientes. Asegúrate de que tu mente descansa a lo largo del día. Planificar momentos destinados a reflexionar o soñar despierto hará que la mente divague de manera productiva. Por ejemplo, puedes detenerte unos minutos para respirar profundamente o prestar atención a las sensaciones corporales, dejando que la mente descanse de estímulos externos.
  • Estimula tu creatividad. Actividades como la escritura, la pintura o la música permiten aprovechar la activación saludable de la RND. Al involucrar tanto la reflexión interna como la creatividad, tareas como estas ayudan a organizar pensamientos de manera constructiva y fomentan la flexibilidad mental.
  • Aprende algo nuevo. El aprendizaje estimula áreas del cerebro que interactúan con la RND. Aprender un nuevo idioma, adquirir una nueva habilidad o empezar a tocar un instrumento musical, por ejemplo, fortalece las conexiones cerebrales y mejora la plasticidad cerebral.
  • Disfruta de la naturaleza. Cuando te enfocas en estímulos naturales como escuchar el sonido del viento o contemplar un paisaje, equilibras la actividad de la RND y permites que tu mente se centre en el presente, favoreciendo la atención plena.
  • Controla el consumo de tecnología. El uso excesivo de la tecnología sobreestimula el cerebro y dificulta que la mente descanse. Reducir el tiempo que pasamos frente a las pantallas, especialmente antes de dormir o en momentos de descanso, contribuye a regular la Red Neuronal por Defecto, disminuyendo el riesgo de rumiación mental y favoreciendo la introspección.
  • Pide ayuda profesional. En terapia aprenderás a identificar patrones de pensamiento disfuncional y a reemplazarlos por otros más adaptativos, mejorando tu capacidad para modular la actividad de la RND. En casos de trauma, la terapia EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) permite procesar los recuerdos traumáticos en un entorno seguro, ayudando a reducir la hiperactividad de la RND y facilitando la integración adaptativa de esos recuerdos.
    (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)
Referencias

Killingsworth, M.A., Gilbert, D.T. (2010). A Wandering Mind Is an Unhappy Mind. Science, 330, 932.

Li, W., Mai, X., & Liu, C. (2014). The default mode network and social understanding of others: what do brain connectivity studies tell us. Frontiers in Human Neuroscience, 8, 74.

Raichle, M.E. (2010). La red neuronal (por defecto). Investigación y Ciencia, 404, 20-26.

Tran The, J., Ansermet, J. P., Magistretti, P. J., & Ansermet, F. (2022). Hyperactivity of the default mode network in schizophrenia and free energy: A dialogue between Freudian theory of psychosis and neuroscience. Frontiers in Human Neuroscience, 16, 956831.

Ecoísmo o la cara opuesta del narcisismo: Existir sin que se note

Ecoísmo o la cara opuesta del narcisismo: Existir sin que se note

Ecoísmo o la cara opuesta del narcisismo: Existir sin que se note 1920 1272 BELÉN PICADO

¿Tienes tanto miedo a convertirte en alguien arrogante que te machacas si se te escapa una sonrisa de orgullo por algún logro conseguido? ¿Sientes que si pides ayuda te convertirás en una carga para el otro? ¿Eres incapaz de anteponer tus necesidades a los deseos de los demás, sean cuales sean las circunstancias, porque te sentirías la peor persona del mundo? A veces, el miedo vernos o a ser vistos como narcisistas acaba llevándonos al extremo opuesto. Y desde ahí nos esforzaremos en hacer todo lo posible por no sobresalir y por mantenernos siempre en un perfil cuanto más bajo mejor.  A esta forma de pensar y funcionar se le denomina ecoísmo.

Conviene aclarar que el ecoísmo no es un trastorno, sino un rasgo de personalidad, como puede serlo la introversión o la extraversión. A veces también funciona como una estrategia de supervivencia a la que se ha aprendido a recurrir, hasta interiorizarla y convertirla en automática. Si quiero estar a salvo y sentirme querida y aceptada, tengo que asegurarme de pedir lo menos posible, dar todo lo que pueda y no destacar demasiado.

Ecoísmo y narcisismo

Ambos términos vienen del mismo mito griego. En la historia que cuenta cómo Narciso se enamoró de su propio reflejo aparece también otro personaje llamado Eco, una ninfa del bosque a quien la diosa Hera privó de su voz, condenándola a poder repetir únicamente las últimas palabras que escuchara de otros. Esta limitación fue especialmente dolorosa cuando la joven se enamoró de Narciso y se vio incapaz de expresar su amor con palabras propias. Después de que él la rechazase sin piedad (como suele ocurrir en las relaciones con un narcisista), una destrozada Eco se ocultó en una cueva donde su cuerpo físico acabó desvaneciéndose, quedando solo su voz.

A partir de este relato, el psicólogo estadounidense Craig Malkin desarrolló el concepto de ecoísmo, relacionándolo con esas personas que han perdido su propia voz y solo existen para hacerse eco de la de los demás.

En realidad, ecoísmo y narcisismo son los dos extremos de un continuo en el que la sana autoestima se situaría en la zona media, el Narciso grandioso y carente de empatía se encontraría en un polo, y la Eco desvalida y sin voz, en el otro. Y si bien nadie quiere convertirse en un narcisista arrogante y egocéntrico, tampoco es buena idea irse al lado contrario, donde seremos incapaces de ver nuestras propias necesidades, y mucho menos de atenderlas.

(En este blog puedes leer el artículo «El narcisismo sano también existe (y es esencial para tu autoestima)»)

Eco y Narciso, John William Waterhouse

Eco y Narciso, de John William Waterhouse

Cómo he llegado hasta aquí (la respuesta está en la infancia)

Las personas con tendencia al ecoísmo han crecido, por lo general, en entornos donde sus propias necesidades emocionales eran minimizadas e ignoradas. Os pongo varios ejemplos:

  • Cuando era niña, Sara creía que su madre lo sabía todo y era perfecta. A medida que fue creciendo, aprendió que, para obtener la atención y la aprobación de su madre, tenía que reforzar la creencia de esta en su propia perfección. Porque si Sara intentaba hacer valer sus propias necesidades, solo recibía frialdad y desprecio. Y es que un progenitor extremadamente narcisista puede exigir toda la atención de su hijo, sin dejarle espacio para ‘recrearse’ en sí mismo.
  • Francisco tenía un padre que disfrutaba insultando y criticando a los demás y tratándole a él de flojo y torpe. Deseoso de ver feliz y complacer a su progenitor, Francisco se desvivía por satisfacer cada una de sus peticiones. De adulto, repitió este patrón con amigos y parejas. Tener unos padres acostumbrados a imponer su voluntad dificultan que el niño se permita escuchar sus propios pensamientos y deseos.
  • El padre de Lucía siempre estaba de mal humor y montaba en cólera cada vez que no se hacía exactamente lo que él quería (un plato mal colocado bastaba para estallar). Así que ella aprendió que no debía molestar si no quería tener problemas. Llegó un momento en que ya no solo tenía miedo de decir lo que quería o pensaba, sino que ni siquiera era capaz de verlo.
  • En casa de Rafaela estaba muy mal visto tener aspiraciones. Consideraban que «Soñar a lo grande» era propio de personas «arrogantes» y tener el atrevimiento de requerir algún tipo de atención especial lo veían como el colmo del egoísmo. Rafaela aprendió a conformarse, a ponerse siempre en último lugar y a dar por hecho que tener amor propio y un saludable orgullo era algo vergonzoso.

Algunos progenitores muy controladoras y con un estilo autoritario de crianza, suelen creer, erróneamente, que criticar a un hijo o minimizar sus logros evita que «se le suba a la cabeza» o que se vuelva egocéntrico y orgulloso. El resultado es que ese niño, al aprender que será castigado o tratado de forma hostil si sobresale, se esforzará por pasar desapercibido escondiendo cualquier habilidad que tenga, tal vez incluso a sí mismo.

Igualmente ocurre con frecuencia que estos niños, ansiosos por obtener la atención y el amor de sus figuras de apego, acabarán haciendo todo lo posible por llenar el vacío de estas y sucumbiendo a la parentalización o inversión de roles.

Las personas con un alto grado de ecoísmo han crecido a menudo en entornos donde no se han cubierto sus necesidades emocionales.

¿Tienes una personalidad ecoísta?

Las personas con un alto grado de ecoísmo suelen presentar una serie de características, entre ellas:

1. Mayor sensibilidad emocional, de cara a los demás y a sí mismos

Por una parte, son especialistas en percibir los estados emocionales de los demás y lo hacen de forma especialmente intensa. Tal vez por haber tenido que esforzarse mucho para sintonizar con las necesidades de sus padres en la infancia. Por otro lado, esta sensibilidad se extrapola a su actitud ante cualquier crítica o humillación que reciban. Una mirada de reproche o una mala palabra pueden bastar para que se sientan avergonzados e inadecuados y sufran profundamente. Culpa, vergüenza, rabia, tristeza… son solo algunas de las emociones que pueden experimentar en estos casos. Así que, para no atravesar por todo eso, lo que hacen es pasar inadvertidos («Si paso desapercibido será más difícil que me humilles, me avergüences o me hagas daño»).

Esta sensibilidad, además, está directamente relacionada con un alto grado de empatía. Obviamente, ser empático está muy bien, pero serlo en extremo, que es lo que suele ocurrirles a estas personas, puede convertirse en una carga demasiado pesada. Especialmente, si se priorizan las emociones y necesidades de los demás, ignorando o minimizando las propias.  Y todo para evitar conflictos o desagradar a otros.

2. Dificultad para reconocer y expresar las propias necesidades y deseos

El resultado de haberse pasado la vida enfocándose en lo que desean o necesitan los demás, hará que la persona con un alto grado de ecoísmo ni siquiera sea capaz de reconocer lo que necesita o desea ella misma. Y si llega a identificarlo, le resultará muy difícil expresarlo por miedo a ser una carga o causar molestias. Al final, el precio a pagar por ese silencio será mucha frustración, resentimiento o vacío emocional, ya que esas necesidades emocionales seguirán existiendo aunque sin ser satisfechas.

A su vez, esa incapacidad para expresar las propias necesidades lleva también a no pedir ayuda ante el temor de que hacerlo sea visto como un signo de debilidad o pueda desatar conflictos o críticas. Como resultado, uno prefiere enfrentar sus problemas en silencio, lo que muy probablemente le conducirá al aislamiento y la soledad.

3. Hipervigilancia sobre el impacto que puede tenerse sobre los demás

Hay un estado de alerta constante y un exceso de preocupación por cómo las propias palabras, acciones, o incluso su presencia, podrían afectar a los demás. Se anticipa y analiza en exceso las posibles reacciones de los otros, con el fin de evitar causar incomodidad, conflicto, o cualquier forma de descontento. La mera idea de haber «cargado» a alguien con sus problemas puede sumirles en una espiral de vergüenza y automachaque.

Esta hipervigilancia es, en parte, una estrategia de protección desarrollada a partir de experiencias pasadas en las que las reacciones negativas de otras personas resultaron dolorosas o amenazantes. Como resultado, los ecoístas adaptarán su comportamiento constantemente para minimizar cualquier impacto negativo percibido en los demás. El resultado: la autoanulación y el agotamiento emocional.

4. Baja autoestima

El hecho de no sentirse especiales, minimizar los propios logros o ignorar las propias necesidades o deseos creyendo no merecer el mismo nivel de consideración que quienes están a su alrededor conduce a una autopercepción negativa y esta a su vez, refuerza la conducta de mantenerse en un segundo plano en las relaciones interpersonales.

Además, este sentimiento de insuficiencia, de no sentirse válido ni digno, dificulta mucho que puedan reconocer su propio valor, poner límites, confiar en sus propias capacidades o, simplemente, dar su opinión sobre cualquier tema.

5. Miedo a ser especial y a destacar

Existe una profunda aversión a sobresalir, incluso cuando se tiene la capacidad o los méritos para hacerlo. Se trata de un miedo arraigado en la creencia de que destacar podría atraer críticas, envidias, o generar expectativas imposibles de cumplir. Para evitar estos riesgos, el ecoísta tiende a restar importancia a sus talentos, habilidades y logros, prefiriendo mantenerse en un segundo plano. Un mecanismo de evitación que no solo impide que reciba el reconocimiento que merece, sino que también le lleva a limitar su crecimiento personal y profesional y a dejar escapar oportunidades que podrían ser muy importantes para él.

(En este blog puedes leer el artículo «Síndrome de Solomon: Callar para encajar (o por qué tenemos miedo a destacar«)

Otro motivo por el que huyen de llamar la atención o sentirse especiales, es el miedo a ser vistos como vanidosos, arrogantes o narcisistas. Hasta el punto de llegar a adoptar una actitud de extrema modestia. Este rasgo, aunque suela verse como una virtud, en realidad refleja un profundo temor a ser vistos como diferentes o a ser juzgados negativamente por sobresalir. De hecho, es posible que se sientan tan incómodos ante un elogio o una muestra de admiración que acaben rechazándola de forma vehemente. Y es que tampoco saben qué hacer con ello. Como si dijeran: «¡No te atrevas a tratarme como si fuera especial!».

Ecoísmo o la cara opuesta del narcisismo: Existir sin que se note

6. Tendencia a acercarse y relacionarse con narcisistas

Es muy habitual y tiene todo el sentido que ecoístas y narcisistas se sientan atraídos entre sí y conecten tan bien entre ellos. Y es que ambos favorecen que se cree una relación en la que las necesidades de ambas partes parecen verse satisfechas (al menos en apariencia).

¿Cómo? El narcisista tiene la oportunidad de monopolizar toda la atención sin que haya ningún desafío o amenaza a su ego mientras que el ecoísta puede ocultarse a la sombra del narcisista para satisfacer su tendencia a rechazar la atención y poner los deseos del otro en primer lugar. Para alguien con un alto grado de ecoísmo supone un alivio desviar la atención de sí mismo y sus necesidades. De este modo, pone todo su empeño en cumplir con su rol de cuidador. Justo lo que busca el narcisista, que disfruta de sentirse admirado, ser el centro de atención y tener sus necesidades cubiertas constantemente.

El resultado es que el ecoísta acaba viéndose atrapado en relaciones tóxicas, donde sus propias necesidades y deseos son ignorados o subordinados a los del narcisista. Y perpetuando así un ciclo de autoanulación y dependencia emocional. Y, para empeorar las cosas, cuando el narcisista comience a mostrar comportamientos abusivos, su pareja, su amigo o su familiar ecoísta se culpará creyendo erróneamente que su sensibilidad o sus ‘altas’ expectativas son la causa del maltrato («Esperaba demasiado», «Estoy siendo demasiado intensa», «No debería haberle molestado con mis cosas», etc.).

7. Priorizan sus relaciones sobre sí mismos

Estas personas tienden a poner las necesidades y deseos de los demás por encima de los suyos propios. Este comportamiento surge de un profundo temor a causar conflicto, a no ser amados o a ser percibidos como egoístas. Como resultado, a menudo sacrifican sus propios intereses y bienestar para mantener la armonía en sus relaciones y asegurar que todos a su alrededor estén contentos.

Este patrón de conducta acaba llevando a la autoanulación. En relaciones desequilibradas, especialmente con personas narcisistas, los ecoístas se vuelven extremadamente complacientes. No dudarán en adaptar su comportamiento para satisfacer a la otra persona, incluso a costa de su propia salud emocional y mental. A largo plazo, esta tendencia a priorizar a los demás puede generar resentimiento, agotamiento emocional y una profunda insatisfacción personal. Se sacrifica tanto por mantener sus relaciones que es fácil que se acabe perdiendo a sí mismo.

8. Dificultad para regular ciertas emociones

En su temor a entrar en conflicto o a herir a los demás, tienden a interiorizar emociones como la ira y la frustración. Sin embargo, el hecho de no exteriorizar el enfado no significa que no esté. Al final, la incapacidad de expresarlo de manera adecuada lleva a una acumulación de emociones rechazadas que antes o después se manifestarán. Y lo harán en forma de ansiedad, depresión, problemas digestivos, trastornos del sueño, etc.

Además, mientras no seamos capaces de poner límites, seguiremos quedándonos en relaciones que no nos hacen ningún bien.

Recuperar la voz perdida

Por mucho que nos hayan hecho creer lo contrario, expresar nuestras emociones (incluso las más difíciles), deseos y necesidades, así como reconocer nuestra valía y nuestros logros o establecer límites en nuestras relaciones no es negativo ni egoísta, sino algo natural y necesario para una adecuada salud mental y emocional.

Si te identificas con lo expuesto en este artículo, quizás sea la oportunidad dar el primer paso y pedir ayuda. Iniciar un proceso de terapia te dará la oportunidad de aprender que, para sentirte aceptado, no necesitas renunciar a lo que deseas y necesitas.  Y también tendrás la posibilidad de explorar y expresar los sentimientos que hasta ahora no te atrevías a compartir. En definitiva, dispondrás de un espacio seguro, donde sanar y recuperar esa voz que durante tanto tiempo ha permanecido silenciada.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Referencia

Malkin, C. (2021). Replantear el narcisismo: Claves para reconocer y tratar con narcisistas. Barcelona: Eleftheria.

10 lecciones que podemos aprender de los fracasos

10 lecciones que podemos aprender de los fracasos

10 lecciones que podemos aprender de los fracasos 1500 1001 BELÉN PICADO

¿Quién no ha sentido el sabor amargo del fracaso? ¿Quién no ha caído en el mismo error no una, sino varias veces? Todos hemos fallado o nos hemos sentido vencidos en algún momento de la vida, pero también hemos acertado y logrado éxitos que nos han hecho sentir orgullosos. En realidad, éxito y fracaso son dos caras de la misma moneda y ninguno por sí mismo nos define como personas. Fracasar o equivocarnos no nos convierte en peores seres humanos, de mismo modo que conseguir lo que nos proponemos no nos hace mejores. Sin embargo, aprender de los fracasos e interiorizar las lecciones que estos nos dejan, sí puede convertirnos en personas más resilientes, empáticas y con mayor tolerancia a la frustración.

Lo importante no es tropezarse, sino prestar atención a lo que puede enseñarnos ese tropiezo. Porque debajo del envoltorio del fracaso están algunas de las mayores lecciones que la vida puede traernos.

Aunque a menudo percibimos el fracaso como una debilidad, lo cierto es que el éxito rara vez llega sin ir precedido o acompañado de decepciones y frustraciones. Seguro que os suenan los nombres de J. K. Rowling, Thomas Edison, Walt Disney y un largo etcétera. Sin las adversidades a las que tuvieron que hacer frente y sin esos fracasos que les llevaron a reflexionar sobre sus fallos, posiblemente ninguno habría llegado hasta donde llegó.

Aprender, aprender y aprender

Una de las formas que tenemos de aprender es por ensayo y error. Cuando intentamos hacer algo, unas veces acertamos y otras no. Así de sencillo. Así que equivocarse o fallar es parte del proceso. Nunca habríamos conseguido andar si antes no nos hubiésemos caído unas cuantas veces y, después de algún que otro lloro, no nos hubiésemos levantado para volverlo a intentar hasta aprender no solo a caminar, sino también a correr.

Es más, cuanto antes fracasemos más aprenderemos. Según las conclusiones de un experimento realizado en la universidad estadounidense Johns Hopkins, cada vez que cometemos un error se crean conexiones neuronales en nuestro cerebro que nos ayudan a aprender más rápido. Según las conclusiones a las que llegaron los autores de esta investigación, cuando hacemos cosas nuevas se activan dos circuitos. Mientras uno incorpora las nuevas habilidades, el otro procesa las equivocaciones, detectando los fallos entre lo deseado y lo que realmente sucede y memorizándolos para utilizarlos en un futuro. Y es este último circuito el que, curiosamente, nos permite aprender más rápido.

Por poco que nos gusten, los fracasos son parte inseparable del aprendizaje y, si queremos avanzar, no debemos intentar escapar de ellos. Como dice la psiquiatra Anabel Gonzalez en su libro Lo bueno de tener un mal día, «solo podemos aspirar a cometer errores cada vez de mejor calidad». Y nos invita a preguntarnos: «¿Qué aprendimos de ese error? ¿Ha mejorado desde entonces nuestro modo de hacer las cosas? ¿Nos relacionamos mejor con los demás? ¿Estamos mejor con nosotros mismos?».

Anabel advierte, además, del riesgo que supone no mirar frente a frente a nuestros errores y fracasos: «Si no los tomamos como maestros, puede que no aprendamos nada, o que hayamos aprendido la lección al revés. Por ejemplo, si confiamos en una persona y esta acaba traicionando nuestra confianza, la lección es que es importante dar un tiempo a la gente para ver cómo responde antes de confiar plenamente y que debemos ajustar nuestras expectativas. Sin embargo, la misma situación puede llevarnos a no permitirnos nunca más confiar en nadie, a no compartir nuestra intimidad y, con ello, a perdernos una de las cosas que hacen que la vida valga la pena».

Todos podemos aprender de los fracasos.

Foto de Brett Jordan en Unsplash

Qué nos aportan los fracasos

Una vez asumido que no podemos luchar contra el fracaso porque es una parte inherente de la vida y antes o después llamará a nuestra puerta, veamos qué aprendizajes podemos extraer:

1. Resiliencia

Cometer fallos nos ayuda a crecer frente a la adversidad. Cuando no solo nos sobreponemos a los tropiezos que vamos teniendo en la vida, sino que somos capaces de utilizarlos como combustible para salir reforzados y seguir adelante, nuestra resiliencia se fortalece. El fracaso nos confronta con la realidad de que no siempre obtendremos lo que queremos. Nos desafía a encontrar la fuerza interior para recuperarnos, adaptarnos y continuar, incluso cuando las cosas no salen como esperábamos. Cuanto más fracasamos, más resilientes nos volvemos.

Antes de crear su imperio, Walt Disney fue despedido de un periódico por «falta de imaginación» y luego tuvo varios negocios que fracasaron. A pesar de esos múltiples rechazos y de otras dificultades financieras, perseveró y finalmente fundó The Walt Disney Company, que se convirtió en una de las mayores empresas de entretenimiento del mundo.

2. Autoconocimiento

Experimentar el fracaso nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. Nos permite identificar nuestras fortalezas y debilidades, así como analizar nuestras decisiones y comportamientos. Y al comprender mejor quiénes somos y qué nos impulsa o qué es importante para nosotros, en el caso de que fallemos o nos equivoquemos será más fácil tomar decisiones conscientes en cuanto al camino a seguir.

Ante un fracaso amoroso puedo apresurarme a buscar otra pareja, decidir quedarme sola eternamente porque siempre me pasa lo mismo… O puedo aprovechar este revés sentimental para conocerme mejor, ver si hay un patrón que repito a la hora de vincularme y reflexionar sobre mis actitudes, comportamientos o estilos de comunicación… De este modo, estaré mucho más preparada para afrontar futuras relaciones.

3. Creatividad

El fracaso estimula la creatividad al obligarnos a buscar soluciones alternativas y pensar de maneras diferentes e innovadoras para superar los obstáculos. La necesidad de encontrar una salida o una solución para un problema nos impulsa a explorar nuevas ideas, enfoques y perspectivas que de otra manera ni siquiera habríamos considerado.

Por ejemplo, son muchos los artistas que, tras un descalabro amoroso o profesional, han canalizado su malestar a través del arte. En 2011, tras una relación amorosa fallida, Adele canalizó su dolor y sufrimiento en su álbum 21, donde se incluyen algunos de sus mayores éxitos, como Rolling in the Deep y Someone Like You.

4. Empatía

Cuando vivimos el fracaso en primera persona, desarrollamos una mayor empatía y podemos llegar a comprender las dificultades y desafíos que enfrentan los demás en sus propias vidas. Nos hacemos más receptivos a las necesidades y sentimientos de otros, lo que, a su vez, contribuye a fortalecer nuestras relaciones y nuestra capacidad para brindar apoyo emocional.

Alguien que ha experimentado uno o varios reveses en su carrera profesional llega a comprender mejor el impacto emocional que esta circunstancia puede tener en otras personas que afrontan circunstancias similares e, incluso, puede utilizar su propia experiencia para ofrecerles apoyo y orientación.

5. Constancia

Una de las mayores enseñanzas que nos dejan los fracasos es la importancia de ser constantes y de mantener la determinación a la hora de ir a por lo que queremos. A lo largo de la vida, vamos dándonos cuenta (o así debería ser) de que el camino hacia nuestros objetivos, lejos de ser lineal, está salpicado de obstáculos y contratiempos. Y es en los momentos en los que las cosas se ponen difíciles cuando la constancia se vuelve esencial para poder seguir adelante.

Un ejemplo de constancia es Thomas Alva Edison, inventor de la bombilla eléctrica. Pese a sus innumerables intentos fallidos, se negó a rendirse y siguió intentándolo una y otra vez hasta lograr su objetivo. Una vez le preguntaron cómo se sentía después de haber fracasado en más de mil intentos y él respondió: «¡No son mil fracasos! ¡He descubierto mil formas de cómo no debe hacerse una bombilla!».

Thomas Alva Edison

Thomas Alva Edison.

6. Humildad

El fracaso nos recuerda que nadie es intocable ni está por encima de los demás. «No os inquietéis por vuestros apuros en matemáticas, que los míos son mucho peores», decía Albert Einstein. Más allá de este toque de humor, el físico nos viene a recordar cómo la humildad es un motor para el saber.

En su libro Las virtudes del fracaso, Charles Pépin recurre al deporte del yudo para proponernos una metáfora preciosa sobre la relación entre fracaso y humildad:

«En el cuerpo a cuerpo, cada contrincante puede tirar al otro al suelo en todo momento. Por eso, los jóvenes yudocas primero aprenden a caer. Es decir, a caer bien: sin crisparse, rodando con flexibilidad y fluidez, acompañando la caída de una especie de asentimiento. Esta bonita manera de irse al suelo simboliza a la perfección la humildad: el adversario le ha puesto una zancadilla que funciona y que lo echa por tierra, a esa «tierra» que es el tatami. Y el judoca lo acepta. Mejor aún: lo utiliza. Porque cada vez que cae aprende un poco más sobre el adversario. Caer es descubrir la eficacia de una de sus llaves. Como ha funcionado esta vez, el yudoca sabe que tendrá ahora que pararla. Cuando el yudoca se levanta está provisto de un conocimiento nuevo. La humildad es inseparable de cualquier aprendizaje».

7. Cambio de perspectiva

«No obtener lo que uno quiere, a veces es un golpe de suerte maravilloso», decía el Dalai Lama. Y es que, a menudo, lo que queremos y lo que necesitamos son dos cosas totalmente distintas. Cuando fracasamos o algo no sale como queremos, nos peleamos con la realidad en vez de asumir que, por mucho que nos empeñemos en cambiarla, la realidad es la que es.

En vez de lamentarnos, podemos preguntarnos si eso que no hemos conseguido era tan importante. Detrás de cada fracaso hay todo un mundo de posibilidades. Solo hay que prestar atención y estar abiertos a lo que pueda venir.

8. Reinventarse

El fracaso puede ser también la ocasión perfecta para reinventarse, para tomar otros caminos que de otra forma no habríamos contemplado.

Antes de empezar a escribir sus libros sobre Harry Potter, J. K. Rowling pasó por un doble fracaso, sentimental y profesional. Abandonada por su marido y despedida de su trabajo, se encontró sin un sueldo y con una hija muy pequeña a su cargo. Hasta ese momento, el trabajo y la familia la habían llevado a silenciar su vocación de escritora. Sin embargo, fue al tocar fondo cuando pudo cambiar su idea sobre el fracaso y empezar a verlo como la oportunidad de dar un giro a su vida.

Y justo el fracaso fue el tema principal del discurso que la escritora dio en 2008 a los alumnos recién graduados de la Universidad de Harvard. Durante su intervención y después de relatar su propia experiencia, Rowling recordó a los estudiantes que los fracasos son tan inevitables como reveladores si somos capaces de mirarlos cara a cara: «Es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que seas tan prudente que no se pueda decir que hayas vivido, y en ese caso fracasas por omisión. Fallar me enseñó cosas sobre mí que no podría haber aprendido de otra manera. Descubrí que tenía una voluntad fuerte, y más disciplina de la que había sospechado. También descubrí que tenía amigos cuyo valor estaba muy por encima del precio de los rubíes».

9. Flexibilidad

A veces no hay nada mejor que algo no salga como queríamos para aprender la importancia de ser flexibles. Y es que tropezar con circunstancias imprevistas nos permite encontrar el modo de ajustamos y adaptarnos a nuevas situaciones.

Teniendo en cuenta que el hecho de que nuestras expectativas no se cumplan y nuestros planes no salgan como esperábamos es mucho más habitual de lo que nos gustaría, se hace más que necesario aprender flexibilidad. Porque es esa capacidad de adaptación la que nos va a permitir ‘surfear’ la incertidumbre, nos va a ayudar a aprovechar al máximo nuestras habilidades y recursos y nos va a descubrir oportunidades allí donde otros solo ven fracasos.

Imagen de Rochak Shukla en Freepik

10. Aprender a soltar

Muchas veces, por muy preparados que estemos, por muy expertos que seamos o por mucho empeño que pongamos, fracasaremos. Y quizás lo intentemos y volvamos a fallar. Y nos tocará comprender y aceptar que en la vida pasan cosas que no controlamos y que no todo sucede según nuestros deseos.

Aprender a soltar también es una de las grandes lecciones que nos deja el fracaso. Además, hacer una pausa mientras vivamos estas situaciones desfavorables nos permitirá analizar y reflexionar sobre lo que ha ocurrido. Si somos capaces de mantener la calma y existe una alternativa será más fácil encontrarla y, si no hay ninguna posibilidad de alcanzar nuestro objetivo, al menos sacaremos un aprendizaje de ello y reforzaremos nuestra capacidad de afrontamiento.

(En este blog puedes leer el artículo «La frustración nos enseña que unas veces se gana… y otras se aprende«)

«Muchos de los fracasos de la vida los experimentan personas que no se dieron cuenta de lo cerca que estaban del éxito cuando se rindieron». (Thomas Alva Edison)

Referencias

Gonzalez, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta.

Herzfeld, D. J., Vaswani, P. A., Marko, M. K., & Shadmehr, R. (2014). A memory of errors in sensorimotor learning. Science, 345(6202), 1349–1353

Pépin, C. (2017). Las virtudes del fracaso. Barcelona: Ariel

Cómo saber cuándo confiar en la intuición (y cuándo no)

Cómo saber cuándo podemos confiar en la intuición (y cuándo no)

Cómo saber cuándo podemos confiar en la intuición (y cuándo no) 1500 1000 BELÉN PICADO

Aún recuerdo la primera vez que me planteé la posibilidad de tener mi propia casa. Llevaba unas semanas buscando sin mucho convencimiento y un día respondí a un anuncio en un portal inmobiliario. Agendé cita con los propietarios y me presenté esa misma tarde. Nada más entrar, reconocí la sensación. No podía explicar por qué, pero sentía que había encontrado mi hogar. Da igual si se trata de comprar una casa, de aceptar o rechazar una oferta de trabajo o de confiar o desconfiar de alguien… A la hora de tomar decisiones, a menudo las corazonadas nos hablan más alto que nuestra mente racional. Pero, ¿cómo saber cuándo y hasta qué punto podemos confiar en la intuición?

Si bien no existe una definición única, cuando hablamos de intuición generalmente nos referimos a la capacidad para percibir, reconocer y comprender algo de forma clara e inmediata y sin que medie un razonamiento consciente evidente. Se alimenta de nuestras experiencias previas, de nuestros conocimientos y de la capacidad de nuestro cerebro para establecer ciertos patrones a partir de toda esa información almacenada.

Por ejemplo, cuanto más hayamos jugado al ajedrez y mejor hayamos interiorizados posiciones y jugadas, más rápido anticiparemos los movimientos de nuestro oponente y más efectivas serán nuestras intuiciones. Precisamente en relación con esto, el neurocientífico argentino Mariano Sigman y su equipo llevaron a cabo un estudio muy interesante sobre la capacidad intuitiva de los maestros de ajedrez.

Los resultados de la investigación mostraron que estos expertos tenían una capacidad excepcional para reconocer patrones y posiciones en el tablero de manera rápida y precisa. A través de años de práctica, habían desarrollado una intuición sumamente sofisticada que les permitía evaluar situaciones complejas y tomar decisiones efectivas en fracciones de segundo. Además, a través del uso de técnicas de neuroimagen mientras los participantes estaban jugando, los investigadores encontraron que su actividad cerebral durante la toma de decisiones intuitivas mostraba una mayor actividad en regiones cerebrales asociadas con el reconocimiento de patrones y la memoria de trabajo, en comparación con los jugadores menos experimentados.

Desarrollar la capacidad de confiar en la intuición es clave para los expertos en ajedrez.

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Intuición no es lo mismo que instinto

Aunque a menudo los términos ‘intuición’ e ‘instinto’ se utilizan como sinónimos, no tienen el mismo significado. El instinto es una conducta innata que tienen tanto seres humanos como animales, y que, evolutivamente, está dirigida a la supervivencia. La intuición, por su parte, es propia de nuestra especie y la vamos construyendo a partir del aprendizaje y de la acumulación de experiencias. Asimismo, el primero nos empuja a la acción y la segunda a tomar una decisión.

Podemos verlo con un ejemplo. Imagina que estás jugando al tenis y la pelota viene con mucha fuerza. El instinto hará que te apartes para evitar que impacte en tu cara. Sin embargo, si al observar el movimiento de brazo de tu oponente te colocas en un lugar determinado de la pista porque, gracias a tu experiencia y tus años de entrenamiento, anticipas por dónde va a venir la pelota, eso es intuición.

Para qué nos sirve la intuición

Entre otras funciones, ese sexto sentido que todos tenemos…

  • Ayuda a tomar decisiones rápidas y automáticas.
  • Facilita la resolución problemas.
  • Permite aprovechar mejor el potencial del cerebro.
  • Favorece la creatividad.
  • Fomenta la empatía.
  • Puede alertarnos de un peligro.
  • Ayuda a ser más eficaz en nuestras acciones.

Características

A grandes rasgos, la intuición se caracteriza por:

  • Ocurre a nivel subconsciente. Nuestro cerebro procesa constantemente grandes cantidades de información de manera automática y no consciente, utilizando experiencias pasadas, conocimientos almacenados y patrones aprendidos para formar juicios instantáneos sobre una situación dada.
  • Se basa en el reconocimiento de patrones previamente aprendidos. Desde una edad temprana, aprendemos a crear patrones con lo que percibimos en nuestro entorno. Desde algo tan simple como reconocer rostros familiares hasta situaciones más complejas como las dinámicas sociales. Todos esos patrones van almacenándose en nuestra mente y se utilizan como base para tomar decisiones rápidas y eficientes en el futuro. Cuando tenemos una corazonada, lo que realmente está sucediendo es que nuestro cerebro está reconociendo un patrón familiar en una situación dada. basándose en nuestras experiencias pasadas.
  • Las emociones juegan un papel esencial en el proceso intuitivo. Nuestra respuesta emocional a una situación influye en gran medida en nuestras impresiones intuitivas y en cómo interpretamos la información disponible. Cuando nos encontramos ante una decisión o en una situación desconocida, nuestras emociones nos proporcionarán valiosas pistas sobre la respuesta o la acción más adecuada. Por ejemplo, si experimentamos cierta inquietud en un entorno desconocido, nuestra intuición puede interpretar esta respuesta emocional como una señal de peligro potencial, lo que nos llevará a ser más prudentes.
  • Se nutre de la experiencia acumulada y el conocimiento previo. A lo largo de nuestras vidas, vamos acumulando un repertorio de experiencias que van conformando nuestras impresiones intuitivas y nos ayudan a tomar decisiones rápidas y efectivas en situaciones similares en el futuro.
  • Es un proceso muy rápido. Las decisiones intuitivas se formulan en fracciones de segundo, sin requerir un proceso de razonamiento consciente. Este proceso tan rápido es el resultado de una automatización de ciertos procesos mentales a través de la práctica y la experiencia.
La intuición es un proceso muy rápido y ocurre a nivel inconsciente.

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Intuición y marcadores somáticos: La importancia de prestar atención al cuerpo

Cuando tenemos que tomar decisiones complejas o nos enfrentamos a situaciones inciertas, nuestro cerebro no solo procesa la información racional que recibe, sino que también genera respuestas emocionales y físicas. Para referirse a estas sensaciones físicas o emocionales que experimentamos en respuesta a diferentes estímulos y que influyen en nuestras decisiones y juicios, el neurocientífico Antonio Damasio desarrolló el concepto de «marcadores somáticos». Estos marcadores, que pueden aparecer, por ejemplo, en forma de cambios en el ritmo cardíaco, sudoración, sensaciones viscerales o diferentes emociones, nos proporcionarán información sobre la situación y nos ayudarán a evaluar distintas opciones de respuesta.

Imagina que has tenido una experiencia previa negativa asociada con cierta situación o persona. Es muy posible que tu cerebro genere una respuesta emocional negativa o un marcador somático que se reactivará cuando te encuentres en una situación similar en el futuro. Esta respuesta emocional actuará entonces como una señal intuitiva que te advertirá sobre posibles peligros o te guiará hacia una decisión más cauta de una forma rápida y efectiva.

La idea detrás del concepto de marcador somático es que estas sensaciones físicas y emocionales pueden proporcionar información muy valiosa, incluso antes de ser conscientes de ello. Por lo tanto, también podemos entender la intuición como la capacidad para percibir y procesar estos marcadores somáticos, permitiéndonos tomar decisiones adaptativas en situaciones complejas o inciertas.

Enemigos de la intuición: Cuando nuestro sexto sentido se equivoca

Aunque nuestras intuiciones son de gran ayuda a la hora de tomar decisiones, no siempre es así. También pueden llevarnos por el camino equivocado y debemos tenerlo en cuenta. Estos son algunos de los factores que suponen un obstáculo para nuestro sexto sentido:

  • Prejuicios. Los prejuicios pueden llevarnos a caer en sesgos cognitivos que obstaculicen nuestra percepción de una situación, dando lugar a falsas intuiciones y a decisiones equivocadas. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo si el entrevistador tiene interiorizados ciertos estereotipos negativos hacia personas de cierta nacionalidad, esos prejuicios pueden distorsionar su intuición y afectar negativamente su capacidad para evaluar objetivamente al candidato.
  • Fatiga mental. Estar mentalmente agotados puede disminuir nuestra capacidad para procesar e integrar información de manera efectiva, lo que nos puede afectar negativamente a la hora de tomar decisiones intuitivas.
  • Falta de experiencia. Como hemos dicho, la intuición se basa en la experiencia acumulada y en la información almacenada en la memoria subconsciente. Si carecemos de experiencia relevante en una determinada situación o ámbito, no tendremos una base sólida sobre la que basar nuestras intuiciones.
  • Sobrecarga de información: Cuando estamos expuestos a una gran cantidad de información, resulta difícil para nuestra intuición filtrar lo relevante de lo irrelevante. La sobrecarga de información puede saturar nuestros sistemas cognitivos y dificultar la toma de decisiones.
  • Estilo de apego inseguro. Un niño o una niña que crece en un entorno donde no se presta atención a sus necesidades emocionales, donde se le obliga a obedecer ciegamente a los adultos o es víctima de cualquier forma de maltrato o abuso, tenderá a ignorar o minimizar sus propias sensaciones internas en favor de lo que cree que los demás esperan de él o de ella, lo que socavará su conexión con su intuición.
La falta de experiencia o la sobrecarga de información son enemigos de la intuición.

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Entonces, ¿cuándo podemos confiar en la intuición?

Pues dependerá mucho de la situación. Si nos vemos ante algo que ya hemos vivido antes, y tenemos la experiencia de que las señales que percibimos en otras ocasiones fueron acertadas, la intuición puede sernos útil. Si, por el contrario, se trata de una situación nueva y con la que no tenemos tanta experiencia, confiar únicamente en una corazonada no será la mejor idea.

Según Daniel Kahneman, psicólogo y autor de Pensar rápido, pensar despacio, para poder confiar en nuestra intuición deben darse tres condiciones:

  • Regularidad. Kahneman sugiere que la intuición es más fiable en situaciones donde existe cierto grado de regularidad o consistencia en los resultados. Por ejemplo, en relaciones interpersonales, donde hay un patrón de comportamiento establecido y conocido, la intuición puede ser útil para predecir las respuestas y reacciones de la otra persona.
  • Experiencia y práctica: Cuanta más experiencia tenga una persona y más haya practicado en un área específica, más acertada será su intuición. Un experto en un campo determinado puede confiar en su intuición para tomar decisiones rápidas y precisas basadas en su conocimiento profundo y su experiencia acumulada a lo largo del tiempo.
  • Feedback inmediato que permita evaluar la precisión de las decisiones intuitivas. Cuando las personas reciben retroalimentación inmediata sobre si su intuición fue acertada o no, esto les permite ajustar y mejorar su capacidad para tomar decisiones intuitivas en el futuro. Este feedback también ayuda a mantener la confianza en la intuición y a evitar sesgos cognitivos o errores de juicio.

Damasio, por su parte, opina que «la calidad de la intuición de cada uno depende de lo bien que hayamos razonado con anterioridad, lo bien que hayamos clasificado los acontecimientos de nuestra experiencia pasada en relación con las emociones que los precedieron y sucedieron, así como de lo bien que hayamos reflexionado sobre los éxitos y fracasos de nuestras intuiciones anteriores».

En cualquier caso, el indudable valor de la intuición en ningún caso debe restar importancia al pensamiento analítico. De hecho, ambas modalidades de procesamiento se complementan y se enriquecen mutuamente. Así, las soluciones o ideas que nos proporciona la intuición deberían ser evaluadas y refinadas mediante un proceso de reflexión más deliberado y analítico.

(Por cierto, si os preguntáis qué ocurrió con mi búsqueda de casa, después de mi corazonada, me di una vuelta por el barrio, pregunté a algunos vecinos, hablé con algunos comerciantes, comprobé la disponibilidad de servicios en la zona e, incluso, visité algún que otro piso más. Finalmente, opté por hacer caso de mi intuición y a día de hoy sigo pensando que acerté de pleno)

“Una intuición afortunada nunca es tan solo cuestión de suerte. Siempre hay algo de talento en ello” (Jane Austen)

Referencias bibliográficas

Damasio, A. (2011). El error de Descartes: La razón, la emoción y el cerebro humano. Barcelona: Destino

García Méndez, I. (2011). Piensa, intuye y acertarás: Aprende a desarrollar tu instinto. Barcelona: Gestión 2000

Gladwell, M. (2017). Inteligencia intuitiva: ¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?. Madrid: Taurus.

Hogarth, R. M. (2002). Educar la intuición: El desarrollo del sexto sentido. Barcelona: Paidós.

Kahneman, D. (2011). Pensar rápido, pensar despacio. Madrid: Debate

Sigman, M., Etchemendy, P., Slezak, D. F., & Cecchi, G. A. (2010). Response time distributions in rapid chess: a large-scale decision making experiment. Frontiers in neuroscience, 4, 60

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