Relaciones

Triángulo del amor de Sternberg

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones (II)

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones (II) 1536 1024 BELÉN PICADO

Entender el amor a partir del triángulo del amor de Sternberg —intimidad, pasión y compromiso— nos permite poner nombre a lo que sentimos y reconocer las distintas formas que puede adoptar un vínculo. Sin embargo, en la vida real las relaciones no permanecen estáticas: cambian, se mueven y atraviesan etapas que a veces generan dudas, distancia o malestar.

Si en el artículo anterior nos detuvimos en los componentes del triángulo y en cómo su combinación da lugar a distintos tipos de amor, en este nos centraremos en entender qué ocurre cuando el equilibrio entre esos elementos empieza a resentirse, cómo influyen el paso del tiempo, las circunstancias vitales y la historia personal de cada miembro de la pareja, y qué puede ayudarnos a revisar y cuidar la salud de la relación.

Factores que alteran la armonía

El desequilibrio entre los distintos vértices del triángulo no suele producirse de forma brusca, sino que se va gestando con el tiempo, poco a poco y sin que la pareja sea plenamente consciente.

Cuando la intimidad se debilita

En muchos casos, el primer vértice que se resiente es la intimidad. El cansancio, las preocupaciones cotidianas o la falta de tiempo compartido hacen que se hable menos de lo importante, que se escuche con menos presencia y que la conexión emocional se vaya debilitando. Cuando la intimidad disminuye, la relación puede seguir funcionando, pero se vuelve más superficial o mecánica.

La pasión frente a la rutina y el estrés

La pasión, por su parte, es especialmente sensible a la rutina y al estrés prolongado. No se trata solo de deseo sexual, sino de esa energía que impulsa a buscar al otro, a sentir ilusión y a mantener viva la atracción. Etapas vitales exigentes —crianza, problemas laborales o una sobrecarga emocional sostenida— suelen relegarla a un segundo plano. El problema no es que la pasión fluctúe (algo normal), sino que se asuma su pérdida como irreversible o se deje de cuidarla por completo.

El declive silencioso del compromiso

El compromiso también puede tambalearse, aunque a veces lo haga de manera menos visible. En algunas relaciones se mantiene por inercia, por sentido del deber o por miedo al cambio, mientras la intimidad y la pasión se han ido erosionando. En otras ocurre lo contrario: uno desea reforzar el proyecto común y el otro empieza a cuestionarlo, dando lugar a un desequilibrio que genera inseguridad y tensiones en la relación.

Prioridades diferentes

Otro factor habitual es que cada miembro de la pareja otorgue un peso distinto a los vértices del triángulo. Para una persona, el compromiso puede ser la principal prueba de amor mientras que para la otra, lo esencial es sentirse emocionalmente conectada o deseada. Cuando estas diferencias no se ponen sobre la mesa, es fácil vivir como desamor algo que en realidad tiene que ver con prioridades distintas, necesidades no expresadas o expectativas que no se han revisado.

Imagen de pch.vector para Freepik.

La influencia de la historia de apego

La forma en que aprendimos a vincularnos en la infancia influye en cómo vivimos, ya de adultos, la intimidad, la pasión y el compromiso dentro de la pareja. Los estilos de apego ayudan a entender por qué algunos aspectos del triángulo del amor nos resultan más fáciles de sostener que otros.

Cuando predomina un estilo de apego seguro, suele existir una mayor capacidad para tolerar los cambios propios del vínculo. La cercanía, el deseo o el compromiso pueden variar sin vivirse necesariamente como una amenaza.

En las personas con un estilo de apego inseguro preocupado (también denominado ansioso o ambivalente), la intimidad ocupa un lugar central, pero va acompañada de miedo a la pérdida y de dudas persistentes sobre el compromiso, lo que puede dar lugar a relaciones intensas, aunque inestables.

Por el contrario, quienes presentan un estilo de apego inseguro evitativo o distanciante tienden a sentirse más cómodos con la autonomía o con acuerdos estables, pero pueden tener dificultades para sostener la intimidad o el deseo cuando la relación empieza a exigir una mayor implicación emocional.

En el caso del estilo de apego desorganizado, la vivencia del vínculo suele oscilar entre el acercamiento y la retirada, lo que dificulta mantener un equilibrio estable entre los distintos vértices del triángulo.

El peso del contexto cultural y social

La forma en que entendemos el amor está muy influida por la época, la cultura y las ideas con las que hemos crecido. Durante mucho tiempo, en modelos de pareja más tradicionales, el compromiso fue el eje principal del vínculo. Prevalecían la estabilidad, el seguir juntos a largo plazo y la idea de “aguantar”, incluso cuando la intimidad o la pasión tenían poco espacio, o directamente estaban ausentes.

Hoy, sin embargo, muchas personas ponen el acento en otros aspectos. Se da más importancia a la conexión emocional, a la comunicación y a sentirse bien dentro de la relación. Para muchas parejas, si no hay intimidad o si la pasión desaparece por completo, el vínculo empieza a perder sentido, aunque el compromiso siga presente. Este cambio ayuda a entender por qué relaciones que antes se aceptaban como normales ahora generan insatisfacción o malestar: no siempre es que falte amor, sino que han cambiado las expectativas sobre cómo se espera vivirlo.

Exigencias y expectativas

La cultura del rendimiento y la inmediatez en la que vivimos nos ha acostumbrado a que todo funcione rápido, de forma eficiente y sin demasiadas interrupciones, y a interpretar cualquier pausa, cambio o descenso de intensidad como un problema que hay que corregir. Esa misma lógica es la que, sin darnos cuenta, trasladamos muchas veces a la pareja.

Esperamos que el vínculo responda siempre al mismo nivel y que cubra muchas funciones a la vez: compañía, apoyo emocional, deseo y proyecto vital. Cuando alguno de los vértices del triángulo —intimidad, pasión o compromiso— fluctúa o pierde fuerza, puede aparecer la sensación de que “algo va mal” o de que la relación se ha roto. Sin embargo, estos movimientos a menudo forman parte de la evolución natural del vínculo y no indican necesariamente que el amor se haya terminado.

Imagen de ArtPhoto_studio para Freepik.

Algunas ideas para mantener equilibrado el triángulo

Cuidar una relación no es algo que suceda por sí solo. Requiere atención, dedicación y pequeños gestos cotidianos que ayuden a sostener los tres vértices del triángulo de Sternberg. Estas ideas pueden servir como guía para revisarlos y fortalecerlos.

Fomenta la intimidad. Es importante cuidar la conexión emocional y crear espacios de seguridad donde ambos podáis mostraros tal como sois.

  • Escucha de verdad. Dedica tiempo a entender lo que tu pareja siente o piensa, sin interrumpir ni juzgar.
  • Compartid tiempo de calidad. No necesitáis grandes planes; basta con una conversación sin prisas, un paseo o una cena tranquila pare reforzar vuestra conexión.
  • Expresa el afecto de forma explícita. Decir «te quiero», abrazar a tu pareja, o tener pequeños gestos de cuidado contribuye a consolidar el vínculo y a intensificar la sensación de cercanía.

Mantén viva la pasión. Nunca es tarde para reactivar el deseo; la clave está en no darlo por sentado y en introducir pequeños cambios que ayuden a salir de la rutina:

  • Introducid algo de novedad. Hacer cosas diferentes juntos —incluidas citas solo para vosotros— reactiva la curiosidad y la atracción. La pasión se alimenta, en buena parte, de lo nuevo y de romper con lo previsible.
  • Cuidad el contacto físico. No se trata solo de sexo: las caricias, tomarse de la mano o los besos espontáneos mantienen viva la conexión corporal y el deseo en el día a día.
  • Recuperad el juego y el coqueteo. Miradas cómplices, mensajes sugerentes o bromas que solo vosotros entendéis os ayudarán a mantener viva la chispa.

Reforzad vuestro compromiso. El compromiso también se expresa en acciones cotidianas y en cómo se cuida la relación día a día:

  • Hablad de vuestro futuro. Compartir planes, desde algo cercano como un viaje hasta proyectos a más largo plazo, ayuda a construir un proyecto común.
  • Abordad los conflictos con respeto. Las diferencias son inevitables; lo importante es evitar los ataques personales y buscar soluciones que tengan en cuenta a ambos.
  • Sed coherentes y reafirmad vuestra elección. Cumplir los acuerdos, ser fiables en lo cotidiano y recordar por qué estáis juntos refuerza la confianza, especialmente en los momentos difíciles.

Abordad las diferencias de expectativas. No tenéis que pensar igual o estar de acuerdo en todo, sino poder hablar de ello y llegar a un consenso en lo principal:

  • Hablad con claridad. Evita dar por hecho lo que tu pareja necesita; pregúntalo y expresa también qué esperas tú.
  • Buscad acuerdos. Negociar, en lugar de imponer, ayuda a que ambos os sintáis escuchados y tenidos en cuenta.
  • Cultivad la flexibilidad. Ceder en algunos momentos no significa perder, sino cuidar el vínculo y prevenir conflictos mayores.

Adaptaros a los cambios y creced juntos. Las relaciones evolucionan con el tiempo, y eso es parte del camino. Lo importante es poder acompañar esas transformaciones sin vivirlas como una amenaza:

  • Aceptad que cada momento tiene su propio ritmo. Es normal que la pasión fluctúe o que el compromiso cobre más peso en determinados periodos.
  • Preparaos para afrontar los distintos momentos vitales. Desde la llegada de hijos hasta los cambios laborales o el envejecimiento, todo influye en la pareja. Afrontar estas transiciones como un equipo reduce el desgaste que suelen generar.
  • Revisad cómo estáis de vez en cuando. Hablar de cómo os sentís y de qué necesitáis en cada etapa os permitirá prevenir distanciamientos y reajustar el vínculo antes de que el malestar se acumule.

Imagen de Freepik.

Ejercicio para hacer en pareja

Este ejercicio, basado en el modelo de Sternberg, puede ayudarte a reflexionar sobre el momento actual de tu relación y a detectar posibles desajustes entre lo que sientes, lo que deseas y lo que crees que está viviendo tu pareja. Lo ideal es que cada uno lo haga por separado y, después, lo comentéis juntos.

Dibuja tres triángulos y escribe en cada vértice uno de los componentes del amor: intimidad, pasión y compromiso (si lo necesitas, puedes consultar la primera parte del artículo).

Tu triángulo real

Puntúa de 0 a 10 cómo sientes actualmente cada uno de esos elementos en vuestra relación.

Tu triángulo ideal

Puntúa de 0 a 10 qué nivel te gustaría que tuviera cada componente.

El triángulo de tu pareja (según tú)

Puntúa de 0 a 10 cómo crees que tu pareja vive actualmente la intimidad, la pasión y el compromiso; es decir, cómo piensas que ella o él ha valorado su propio triángulo real.

Una vez lo hayáis completado los dos, observad los resultados con calma.

Si tu triángulo real muestra puntuaciones bajas o muy desequilibradas, puede estar señalando aspectos que necesitan atención. Si hay mucha distancia entre el real y el ideal, quizá exista un desajuste entre tus expectativas y la realidad. Y si la valoración que has hecho sobre tu pareja es muy distinta de la que ella o él ha hecho sobre sí misma/o, puede que estéis percibiendo la relación de forma diferente y merezca la pena hablarlo.

Más que buscar conclusiones cerradas, el objetivo es abrir un espacio de diálogo y entender mejor qué necesita vuestro vínculo en este momento.

Referencias bibliográficas

Sternberg, R. J. (1986). A triangular theory of love. Psychological Review, 93(2), 119–135

Sternberg, R. J. (1989). El triángulo del amor: intimidad, pasión y compromiso. Barcelona: Paidós.

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones (I)

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones (I) 1024 1024 BELÉN PICADO

El amor es una de las experiencias humanas más complejas y difíciles de definir. A lo largo del tiempo ha sido objeto de interés para poetas, filósofos, artistas y científicos. De una forma u otra, todos intentamos entender qué hay detrás de este sentimiento: por qué nos enamoramos o qué hace que algunas relaciones funcionen y otras no. En 1986, el psicólogo estadounidense Robert J. Sternberg formuló la teoría triangular, también conocida como el triángulo del amor: uno de los modelos más reconocidos para analizar las distintas formas que puede adoptar el amor en las relaciones.

Los tres elementos del amor

Sternberg propuso que el amor está compuesto por tres elementos fundamentales: la intimidad, la pasión y el compromiso. Cada uno aporta algo único, y la combinación entre ellos da lugar a diferentes tipos de amor. En su modelo, estos componentes se representan como los vértices de un triángulo, con la intimidad en la parte superior y la pasión y el compromiso en la base. A continuación, vamos a ver con más detalle en qué consiste cada uno.

Intimidad

La intimidad hace referencia a la cercanía emocional que se construye entre dos personas. Implica confianza, afecto, complicidad y un vínculo profundo que nos permite mostrarnos tal como somos, sin miedos ni máscaras.

A diferencia de la pasión, que puede surgir de forma intensa e inmediata, la conexión emocional necesita tiempo, experiencias compartidas y una comunicación sincera. Requiere paciencia, atención mutua y un interés genuino por conocer al otro y hacerle sentir seguro y valorado. Con el paso del tiempo, este elemento se convierte en un pilar central de cualquier relación sólida. Permite afrontar los momentos difíciles, apoyarse y sentirse acompañado en el camino.

Para Sternberg la intimidad está relacionada con “ser muy buen amigo de alguien, ser capaz de comunicarse con confianza, preocuparse por la otra persona, sentirse emocionalmente unido o cerca de ella”. Según él es “complicado” que exista un amor real sin este componente.

Pasión

Es el elemento que aporta la intensidad y el deseo, esa fuerza que nos atrae hacia otra persona y que despierta el interés físico y emocional y, en muchos casos, es el inicio de lo que luego puede ser un proyecto en común.

Pero no se trata solo de atracción sexual. También es la energía que nos impulsa a compartir tiempo, a buscar la cercanía, a imaginar un futuro juntos. Es lo que da vida a la relación, lo que la vuelve vibrante y excitante, y puede manifestarse tanto en grandes gestos como en pequeños detalles cotidianos.

Ahora bien, la pasión es tan poderosa como volátil. Suele ser más intensa en los comienzos, cuando todo es nuevo, pero tiende a fluctuar y puede apagarse si no se alimenta.

Sobre este componente Sternberg aclara que “no tiene por qué ir acompañado de una connotación sexual”. Y explica que puedes sentir pasión por tus hijos, tus padres, tus amigos… “Es sentir un ‘guau’ cuando compartes tu tiempo con esa persona, es el no poder imaginarte tu vida sin esa persona o saber que la vida sin ella sería un desastre”, matiza.

Compromiso

Este elemento aporta estabilidad y sentido de permanencia. Comprometerse supone una decisión consciente de cuidar la unión, sostenerla a lo largo del tiempo y atravesar juntos los altibajos que la vida pueda traer.

Asumir este pacto no es solo decir “te quiero”, sino demostrarlo, hacerse responsable y tener la voluntad de proteger el amor. Implica respeto, lealtad, constancia y una mirada compartida hacia el futuro.

Según Sternberg, permite que el lazo afectivo se mantenga incluso cuando atraviesa momentos difíciles: “Cuando la otra persona está enferma, cuando las cosas se complican o tú mismo pasas por una etapa complicada”. Lo esencial, dice, es que “a pesar de todo, te comprometes a que funcione”.

El triángulo del amor de Sternberg o cómo comprender y cuidar nuestras relaciones

Triángulo del amor de Sternberg.

Los distintos tipos de amor

En su teoría triangular, Sternberg explica que según cómo se combinen los tres componentes del amor, se pueden dar diferentes clases de relaciones. Algunas se sostienen en un solo vértice, otras sobre dos, y la más completa logra integrar los tres. Vamos a ver qué combinaciones pueden surgir:

Cariño (solo intimidad)

Esta forma de amar aparece cuando hay cercanía emocional, confianza, afecto y complicidad, pero sin atracción física ni compromiso. Es típica en las amistades profundas, donde ambas personas pueden mostrarse tal como son, compartir sus pensamientos y apoyarse mutuamente.

Aunque no haya deseo sexual ni un proyecto de vida conjunto, el cariño es una forma de amor muy valiosa, que aporta seguridad, aceptación y compañía. Muchas veces, acaba formando parte de una red de apoyo emocional más sólida y duradera que algunas relaciones de pareja.

Encaprichamiento (solo pasión)

Se caracteriza por una atracción intensa y repentina, lo que habitualmente llamamos “flechazo”. Es algo visceral, impulsivo, y suele vivirse con una mezcla de emoción y urgencia. Sin embargo, al no haber intimidad ni compromiso, también falta profundidad y estabilidad.

Puede tratarse de una aventura breve, una relación basada solo en la química o un romance que se apaga tan rápido como comenzó. En algunos casos, el encaprichamiento se idealiza y se confunde con algo más profundo, lo que puede llevar a frustraciones si no evoluciona hacia un vínculo más equilibrado.

En contextos como las redes sociales o las aplicaciones de citas, este patrón es bastante frecuente: mucho deseo, poca cercanía emocional y aún menos proyecto en común.

Amor vacío (solo compromiso)

Aquí la unión se mantiene por la voluntad de seguir juntos, pero no hay intimidad ni deseo. Puede darse por motivos prácticos (hijos, economía, dependencia mutua) o por determinadas creencias sobre el deber y la estabilidad.

Aunque puede parecer insatisfactorio desde fuera, hay quienes lo valoran porque aporta seguridad, estructura o compañía. En ocasiones, es una etapa por la que se pasa, especialmente tras una crisis, y que puede dar paso a una reconstrucción más plena.

Sin embargo, si se cronifica sin espacio para reconectar emocional y físicamente, puede derivar en relaciones vacías, marcadas por el distanciamiento y la resignación.

El matrimonio Arnolfini, pintura de Jan van Eyck, símbolo del compromiso en la pareja

«El matrimonio Arnolfini», Jan van Eyck.

Amor romántico (intimidad + pasión)

Hay tanto deseo como cercanía afectiva, pero falta compromiso a largo plazo. Es frecuente en las primeras fases, cuando la química y la complicidad están muy presentes, pero aún no se ha tomado la decisión de construir un futuro conjunto.

Suele vivirse como algo muy intenso y satisfactorio, con ilusión y entusiasmo, pero también con cierta fragilidad, ya que la falta de compromiso puede generar inseguridad o inestabilidad con el tiempo.

Asimismo, es común en relaciones que, por circunstancias externas, no pueden consolidarse: amores de verano, a distancia o virtuales donde hay atracción y cercanía emocional, pero sin un plan común que lo sostenga.

Amor sociable o de compañía (intimidad + compromiso)

En esta combinación, se da una fuerte conexión emocional y el compromiso de seguir juntos, pero sin la presencia activa de la pasión.

Es común en parejas de larga duración, donde la atracción física ha disminuido con los años, pero se mantiene el afecto, la lealtad, el respeto mutuo y un proyecto compartido (como la crianza de hijos o una vida en común).

Amar así no implica renunciar a la sexualidad, pero sí que el deseo deja de ocupar un lugar central y que el principal sostén será la convivencia, el compañerismo y el querer cuidarse uno al otro.

También puede darse entre personas que han sido pareja y, aunque ya no lo sean en términos románticos, conservan un lazo fuerte (como sucede en algunas amistades posrománticas o entre ex bien avenidos).

Amor fatuo (pasión + compromiso)

Se da cuando una relación se construye rápidamente a partir de la atracción y una decisión impulsiva de estar juntos, pero sin haberse desarrollado una verdadera intimidad.

Aunque esta combinación de pasión y compromiso pueda parecer muy intensa en sus inicios e incluso llevar a decisiones drásticas (como irse a vivir juntos o casarse enseguida), si no se construye la intimidad, acabará siendo insostenible.

Suele darse en uniones que nacen de la necesidad de llenar vacíos emocionales, de evitar la soledad o de la idealización del otro, sin haber tenido tiempo para conocerse realmente. La falta de confianza, comunicación sincera y afinidad profunda termina por desgastar, dejando a menudo una sensación de vacío o decepción.

Amor consumado (intimidad + pasión + compromiso)

Es la forma más completa de amor, donde confluyen los tres ingredientes del triángulo. Hay deseo y atracción física, cercanía emocional, y una determinación firme de proyectar un futuro en común.

Es el tipo de amor que muchas personas desean construir en sus relaciones de pareja, porque aporta satisfacción, estabilidad, conexión y crecimiento compartido. Sin embargo, Sternberg insiste en que alcanzar este estado no significa haberlo conseguido todo. El amor consumado no es un destino, sino un proceso en el que se debe trabajar día a día.

A lo largo del tiempo, cualquiera de los componentes puede debilitarse. Por eso, es tan importante trabajar en la atención, el esfuerzo, el diálogo, la ternura y la adaptación mutua. Si la pasión disminuye, puede transformarse en un amor de compañía. Si falla la intimidad o el compromiso, es posible que se produzca distancia o inseguridad.

Pareja caminando de la mano, símbolo de intimidad, pasión y compromiso en la relación

Imagen de Freepik

El no amor (ausencia de los tres componentes)

Cuando no hay ni intimidad, ni pasión, ni compromiso, hablamos de “no amor”. Es el caso de personas que están juntas por obligación, conveniencia, o simplemente porque comparten un contexto (trabajo, vecindario, familia extensa…).

No hay un lazo emocional, ni deseo de compartir tiempo ni un proyecto conjunto. Estas interacciones pueden ser funcionales y respetuosas, pero no forman parte del universo del amor afectivo o romántico.

¿Para qué nos sirve, en la práctica, conocer esta teoría?

Más allá de la curiosidad o del interés teórico, conocer el triángulo del amor de Sternberg puede ayudarnos a entender mejor cómo nos vinculamos, a poner nombre a lo que sentimos y a tomar decisiones más conscientes.

A menudo, cuando algo no funciona en nuestra pareja, sentimos que “falta algo”, pero no sabemos exactamente qué. Esta teoría nos da un marco claro para identificar qué está presente, qué puede estar ausente y qué necesitamos cultivar si queremos que la unión permanezca.

Por ejemplo, es posible que haya mucha pasión, pero poca intimidad. ¿Sientes que hay deseo, pero no puedes hablar con libertad o mostrarte tal como eres? ¿Te cuesta confiar o abrirte? Entonces quizás ese vértice necesita más atención.

O quizás el compromiso se mantiene, pero la chispa se ha perdido. ¿Estáis juntos por costumbre o responsabilidad, pero ya no hay ilusión, complicidad, ni deseo? Reconocerlo no significa que el final está escrito, sino que quizá toca revisar y reactivar lo que se ha ido apagando.

Igualmente puede ayudarte a comprender cómo han sido tus patrones afectivos. ¿Has tendido a lanzarte rápido sin conoceros bien (pasión + compromiso sin intimidad)? ¿Has estado con alguien solo por lealtad o por no hacer daño, aunque ya no te sintieras conectado?

También nos recuerda algo importante: el amor no es un estado fijo, sino un proceso dinámico. Los tres componentes pueden fluctuar con el tiempo y las circunstancias. No pasa nada si una etapa está más centrada en el compromiso o si la pasión disminuye temporalmente. Lo importante es que exista a voluntad compartida de cuidar, revisar y hacer crecer el vínculo.

Entender esta teoría, por tanto, no implica reducir el amor a una fórmula rígida, sino contar con una brújula emocional que nos oriente.

Como veis, el triángulo del amor nos ofrece un marco útil para entender nuestros vínculos, no como algo fijo, sino como una realidad viva que se va transformando con el tiempo. En la segunda parte del artículo abordaremos qué ocurre cuando esos cambios generan dificultades, qué factores influyen en ello y de qué manera la relación puede revisarse y reajustarse. (Podéis acceder desde aquí)

Referencias bibliográficas

Nogueira, R. (1 de junio de 2023). Estos son los ingredientes del amor verdadero, según el gurú de las relaciones Robert Sternberg. El Español.

Sternberg, R. J. (1986). A triangular theory of love. Psychological Review, 93(2), 119–135

Sternberg, R. J. (1989). El triángulo del amor: intimidad, pasión y compromiso. Barcelona: Paidós.

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico 1500 841 BELÉN PICADO

 Hay abrazos apretados, delicados, largos, breves, formales o espontáneos. Los damos al saludar, al despedirnos, al celebrar algo importante o cuando queremos acompañar a alguien que está pasando por un momento difícil. En muchos casos surgen de forma espontánea, casi sin pensarlo, como una respuesta corporal al encuentro con el otro.

Cuando se da en un contexto de seguridad y consentimiento, un abrazo puede convertirse en una fuente importante de bienestar. Transmite cercanía, alivio, reconocimiento o pertenencia sin necesidad de palabras.

En los últimos años, la psicología y la neurociencia han empezado a prestar más atención a este gesto. Cada vez hay más investigaciones que muestran hasta qué punto el contacto físico desempeña un papel central en nuestro bienestar psicológico y cómo influye en la forma en que gestionamos el estrés, el malestar y la conexión con los demás.

Por eso, hablar de abrazos desde una perspectiva psicológica no consiste solo en decir que “son buenos”. Implica detenernos a entender qué comunican, qué funciones cumplen y cómo se viven desde el cuerpo, teniendo en cuenta el vínculo, el contexto y la historia personal de cada uno.

Qué ocurre en el cuerpo cuando el abrazo se da en un contexto seguro

Cuando un abrazo se da de forma segura y consentida, el cuerpo que lo recibe suele interpretarlo como una señal de calma. No es solo que alguien nos toque, sino que ese contacto se convierte, además, en la confirmación de que no hay peligro y de que, al menos por un momento, podemos ‘aflojarnos’.

En estas circunstancias, el organismo deja de estar en guardia. Se reduce la activación asociada al estrés y muchas personas notan cómo la respiración se vuelve más lenta, los músculos se relajan y aparece una sensación de alivio o descanso.

A nivel biológico, este tipo de contacto se ha relacionado con la liberación de oxitocina, implicada en el afecto, la empatía y la confianza, así como con la modulación de otros sistemas vinculados al estado de ánimo, como los relacionados con la dopamina y la serotonina. Ahora bien, esto no significa que un abrazo funciona como un interruptor químico capaz de tranquilizar automáticamente a cualquiera. No siempre basta con abrazar para que otro se relaje.

Lo que marca la diferencia es cómo se vive ese contacto. El mismo gesto puede resultar reconfortante para una persona y tenso para otra. Todo depende del vínculo, del momento y de si el cuerpo percibe que puede confiar. Por eso, más que hablar del efecto del abrazo, tiene sentido hablar de la experiencia del abrazo.

En esta línea, una amplia revisión de estudios publicada en Nature Human Behaviour concluyó que el contacto físico puede tener efectos positivos sobre el bienestar emocional y el estrés, pero también mostró que estos beneficios se asocian más al contacto frecuente y sostenido en el tiempo que a gestos puntuales. Es decir, un abrazo aislado no hace magia: lo que cuenta es que esa experiencia de seguridad se repita y se consolide en el vínculo.

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Imagen de Freepik

Historia personal y memoria corporal

Nuestra forma de vivir los abrazos se va construyendo poco a poco, a partir de experiencias corporales repetidas a lo largo de la vida. El cuerpo aprende antes que la mente y guarda memoria de cómo fue tocado, sostenido o respetado… y también de cuándo no lo fue.

Desde que nacemos, el contacto físico cumple una función clave en la organización emocional. A través de él, el sistema nervioso registra si la cercanía del otro calma o desborda. Cuando en los primeros años el contacto fue consistente, en sintonía y respetuoso, el cuerpo aprende a asociar el abrazo con alivio y seguridad. Si fue inconsistente, invasivo o estuvo ausente, esa misma cercanía puede vivirse como tensión o incomodidad. Por eso, algunas personas se ponen rígidas o se sienten incómodas al ser abrazadas, incluso sabiendo que la intención del otro es buena. No es una contradicción, sino la diferencia entre lo que la mente comprende y lo que el cuerpo ha aprendido con el tiempo.

A la historia personal se suman factores familiares y culturales. Hay entornos donde el contacto físico es habitual y otros donde se valora más la distancia corporal. Estas pautas no suelen enseñarse de forma explícita: se incorporan de manera implícita y acompañan a la persona en la vida adulta, influyendo en cómo vive la cercanía.

Funciones del abrazo

El abrazo no tiene un único significado ni cumple siempre la misma función. Su sentido depende del vínculo, del momento y de cómo es vivido por quien lo da y quien lo recibe:

  • Comunicación no verbal. Podemos transmitir mucho a alguien a través de un abrazo, incluso sin necesidad de hablar. A veces no hace falta decir nada para que el otro entienda “estoy contigo”. En otras ocasiones sí hay palabras, y el gesto lo que hace es reforzar ese mensaje. Al mismo tiempo, un abrazo también puede vivirse como un mero trámite social, dependiendo de quién lo da, quién lo recibe y en qué contexto ocurre.
  • Señal de vínculo y pertenencia. El abrazo también funciona como una forma de confirmar un vínculo. Aunque no estés explicando con palabras qué tipo de relación tenéis, el gesto deja claro que esa relación existe y es significativa. Es una manera corporal de decir “tú eres de los míos”. Por eso suele aparecer casi de forma automática en reencuentros, despedidas o celebraciones cuando hay un lazo especial. Y también por eso no abrazamos igual a todo el mundo: el abrazo marca cercanía, delimita pertenencia y señala quién está dentro del círculo de confianza.
  • Regulación emocional. Cuando una persona está desbordada emocionalmente, la cercanía de otro cuerpo puede ayudar a bajar un poco la intensidad. El abrazo no resuelve el problema que ha provocado esa desregulación, pero sí puede hacer que el malestar se lleve mejor. La emoción no desaparece, pero se vuelve más manejable y la persona deja de sentirse tan sola. 
  • Contención y acompañamiento. En momentos en los que no buscamos una respuesta, un consejo o que nos solucionen los problemas, un abrazo nos aporta contención y cubre esa necesidad de sentirnos acompañados. Aunque la situación que nos afecta siga siendo la misma, ese gesto permite transitar la emoción con algo más de calma y con menos sensación de soledad.
  • Reparación relacional. En relaciones donde hay confianza, un abrazo puede aparecer tras un conflicto como una forma de retomar la cercanía. No sustituye a las palabras, pero puede señalar corporalmente que el vínculo sigue disponible y que, pese al desacuerdo, la conexión no se ha roto. En esta línea, un estudio realizado en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), analizó qué ocurría cuando una persona que había tenido un conflicto interpersonal recibía un abrazo ese mismo día. El malestar no desaparecía de inmediato, pero en los días posteriores quienes habían recibido ese gesto mostraban una mejor recuperación emocional que quienes no lo habían recibido.
Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Imagen de katemangostar para Freepik

¿Por qué a algunas personas no les gustan los abrazos?

Que a alguien no le gusten los abrazos es más habitual de lo que creemos y no está necesariamente relacionado con la frialdad o la falta de afecto. Hay distintos motivos por los que una persona puede sentirse incómoda con este gesto.

En algunos casos, el contacto no formó parte del lenguaje emocional cotidiano durante la infancia y el cuerpo no tuvo ocasión de aprender que la cercanía podía ser algo calmante o reconfortante. Al llegar la adultez, el abrazo puede vivirse como algo extraño, demasiado intenso o simplemente ajeno, no porque sea negativo, sino porque no resulta familiar.

En otras historias ocurre lo contrario: hubo contacto, pero fue invasivo o poco respetuoso con los límites. Abrazos impuestos, exigencias de cercanía emocional o gestos poco sintonizados pueden dejar una huella corporal de alerta. Desde ahí, evitar el abrazo no es un rechazo al afecto, sino una forma aprendida de protegerse.

También influyen las experiencias traumáticas. Para quienes han vivido situaciones de abuso físico o sexual, o contextos donde el cuerpo fue instrumentalizado, la proximidad corporal puede activar respuestas automáticas de peligro, incluso cuando la situación actual es segura. El cuerpo reacciona antes de que la mente pueda interpretar lo que está ocurriendo.

A esto se suman cuestiones sensoriales. Hay personas especialmente sensibles al tacto, a la presión o a la cercanía física, y para ellas un abrazo puede resultar demasiado intenso o incómodo. Esto se observa con más frecuencia en personas dentro del espectro autista, en personas altamente sensibles o en momentos de mucha sobrecarga emocional, cuando el cuerpo tolera peor los estímulos.

El momento vital también influye. Incluso quienes suelen disfrutar del contacto pueden rechazarlo en etapas de estrés, ansiedad, duelo o agotamiento emocional. Cuando el sistema nervioso está en modo alerta, la cercanía puede sentirse como una demanda más, no como alivio.

Por último, conviene tener en cuenta el contexto cultural y familiar. Cada entorno transmite, muchas veces sin decirlo, qué distancia es adecuada y cuándo. Lo que para unas personas es un gesto espontáneo de afecto, para otras puede vivirse como una invasión del espacio personal. Ninguna de estas formas es “mejor” que la otra: responden a aprendizajes distintos.

Desde esta perspectiva, que a alguien no le gusten los abrazos no indica un problema emocional ni una carencia afectiva. Habla, más bien, de una forma concreta de relacionarse con el cuerpo y con la cercanía. El cuidado, en estos casos, pasa por respetar esos límites y recordar que el afecto puede expresarse de muchas otras maneras.

Mitos sobre los abrazos que conviene desmontar

En torno a los abrazos circulan muchas ideas bienintencionadas, pero no siempre ajustadas a la experiencia real. Algunas de las más frecuentes son estas:

“Los abrazos siempre regulan”. Es cierto que, en determinados contextos, los abrazos se asocian a una mejor gestión del malestar emocional. Sin embargo, no regulan de forma automática ni universal. No es el contacto en sí lo que regula, sino cómo lo interpreta el sistema nervioso. El mismo abrazo que resulta calmante para mí, puede ser incómodo y activador para ti. Cuando no percibimos este gesto como algo seguro, puede generarnos tensión o el impulso de huir.

“En el dolor, abrazar es siempre lo mejor”. Ante el sufrimiento ajeno, muchas personas abrazan de forma impulsiva, a veces para aliviar su propia incomodidad frente al dolor del otro. Hay momentos en los que el contacto acompaña, y otros en los que una presencia atenta, sin recurrir al tacto, resulta más respetuosa.

“Si no te gustan los abrazos, algo te pasa”. Esta creencia patologiza lo que puede ser simplemente una preferencia o una respuesta corporal con sentido dentro de una historia personal concreta. No disfrutar del contacto físico no implica frialdad, carencia afectiva ni dificultad para vincularse. Puede estar relacionado con experiencias tempranas, con una mayor sensibilidad sensorial o, sencillamente, con la forma de ser.

“Hay una forma correcta de abrazar”. La idea de que existe una duración “correcta” o una manera estándar de abrazar reduce el gesto a una receta. No hay cifras mágicas ni fórmulas universales. Lo que marca la diferencia no es cuántos segundos dura ni la intensidad del contacto, sino la sintonía, el consentimiento y el contexto en el que se produce.

“Con un abrazo está todo dicho”. El abrazo puede acompañar una conversación difícil, pero no la sustituye. Cuando se utiliza como atajo para esquivar el conflicto, evitar reconocer el daño o eludir la incomodidad de poner palabras, este gesto puede resultar ambiguo o incluso invalidante. El contacto, por sí solo, no garantiza reparación.

“Abrazar siempre es una forma de cuidado”. El cuidado no está en el gesto, sino en la capacidad de leer al otro. Un abrazo puede ser profundamente cuidador cuando respeta los límites, el momento y la necesidad de quien lo recibe. Pero también puede resultar invasivo cuando se impone, no se pregunta o se ignoran las señales corporales del otro.

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

En definitiva, el abrazo puede ser una forma muy potente de conexión cuando es seguro, elegido y llega en el momento adecuado, pero pierde su valor cuando se convierte en obligación, consigna emocional o respuesta automática al malestar.

Cuidar el bienestar psicológico implica saber leer tanto el deseo de cercanía como la necesidad de distancia. No se trata de abrazar más, sino de hacerlo con conciencia y respeto, entendiendo que el verdadero cuidado no está tanto en el gesto en sí, como en la capacidad de escuchar al otro… y de escucharnos a nosotros mismos.

Referencias bibliográficas

Field, T. (2010). Touch for socioemotional and physical well-being: A review. Developmental Review, 30(4), 367–383.

Murphy, M. L., Janicki-Deverts, D., & Cohen, S. (2018). Receiving a hug is associated with the attenuation of negative mood that occurs on days with interpersonal conflict. PLOS ONE, 13(10), e0203522.

Packheiser, J., Hartmann, H., Fredriksen, K., Gazzola, V., Keysers, C., & Michon, F. (2024). The benefits of interpersonal touch: A meta-analysis. Nature Human Behaviour, 8(6), 1088–1107

Uvnäs-Moberg, K. (1998). Oxytocin may mediate the benefits of positive social interaction and emotions. Psychoneuroendocrinology, 23(8), 819–835.

Profecía autocumplida. Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo

Profecía autocumplida: Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo

Profecía autocumplida: Por qué aquello que tanto temes acaba sucediendo 1920 1280 BELÉN PICADO

“Lo veía venir”, “Sabía que saldría mal”, “Estaba claro que no podría”… Todos hemos pensado algo así alguna vez, como si realmente pudiéramos adelantarnos a lo que va a ocurrir. Pero detrás de esa sensación no hay magia ni un don especial para ver el futuro: lo que suele haber es un mecanismo psicológico conocido como profecía autocumplida. Lo que creemos sobre nosotros, sobre los demás o sobre cómo funciona el mundo influye en cómo miramos, actuamos e interpretamos lo que pasa. Y, casi sin darnos cuenta, acabamos actuando de manera que la realidad termina pareciéndose a lo que esperábamos.

Lo vemos a diario: si temo que me rechacen, me vuelvo frío y distante y el otro se aleja; si creo que mi pareja no me escucha, dejo de compartir y la relación se enfría; si pienso que mi jefe no confía en mí, trabajo con más inseguridad y me equivoco más. Lo mismo ocurre a mayor escala: prejuicios, estereotipos, etiquetas…

En todos los casos, el proceso es parecido: las expectativas guían nuestras acciones, y las acciones generan respuestas que refuerzan lo que pensábamos al inicio.

Qué es la profecía autocumplida

El sociólogo Robert K. Merton introdujo el término en 1948 para explicar cómo una creencia equivocada puede desencadenar comportamientos que terminan convirtiéndola en real. Su ejemplo más conocido es el de un banco que acaba hundiéndose porque se extiende el rumor de que va a quebrar: el miedo provoca la retirada masiva de dinero y eso, precisamente, lo hunde.

Años después, los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson demostraron que este mecanismo también actúa en el ámbito de las relaciones interpersonales. Sus estudios confirmaron que las expectativas pueden cambiar la percepción y el comportamiento, tanto de quien las tiene como de las personas sobre las que recaen. Basta una idea —positiva o negativa— para modificar la manera en que tratamos a alguien, y ese trato influye en cómo esa persona actúa.

Tipos de profecía autocumplida: Pigmalión, Golem y Galatea

Este fenómeno puede manifestarse de varias maneras, dependiendo de si las expectativas vienen de fuera (Pigmalión y Golem) o de dentro (Galatea).

1. Efecto Pigmalión: cómo la confianza ajena impulsa la propia

El nombre procede de un mito griego. Pigmalión era un escultor que talló una estatua tan bella y perfecta que acabó enamorándose de ella. Le hablaba, la cuidaba y la trataba como si estuviera viva. Ante la intensidad de ese amor, la diosa Afrodita se conmovió y dio vida a la escultura.

Esta metáfora resume la idea de que cuando tratamos a alguien como si fuera capaz, aumentan las posibilidades de que lo sea.

Rosenthal y Jacobson demostraron este principio con un experimento realizado en una escuela. Dijeron a varios profesores que ciertos alumnos tenían un “gran potencial intelectual” (en realidad habían sido elegidos al azar). Meses después, esos niños destacaron sobre el resto. Lo que ocurrió fue que los docentes, convencidos de sus capacidades, les ofrecieron más estímulo, más tiempo y más atención. Y los alumnos respondieron dando lo mejor de sí.

Esto ocurre en cualquier ámbito: un jefe que confía en su equipo aumenta su motivación; una pareja que ve fortalezas donde el otro solo ve dudas favorece su crecimiento; un terapeuta que cree en los recursos de sus pacientes refuerza su proceso de cambio.

Pigmalión y Galatea

«Pygmalion and Galatea», Jean-Léon Gérôme.

2. Efecto Golem: cuando las expectativas negativas de otros nos limitan

Es el reverso del efecto Pigmalión. Su nombre procede del Golem de la tradición judía: una figura de barro creada para servir y obedecer a su amo, pero que a veces se vuelve incontrolable por no tener criterio propio. Es una imagen que ilustra bien cómo funcionan las expectativas negativas: actúan como un molde rígido que acaba deformando la identidad del otro. Cuando miramos a alguien desde la desconfianza, el desprecio o la crítica, es más fácil que esa persona termine viéndose como la ven los demás y comportándose como se espera de ella.

Un profesor convencido de que un alumno “no da para más” le explicará y exigirá menos y lo ignorará más. Esto llevará al estudiante a desmotivarse y a bajar su rendimiento, lo que el profesor interpretará como una confirmación de su expectativa inicial. Lo mismo ocurre en el trabajo o en pareja: cuando alguien siente que el otro ya ha decidido quién es, actúa atrapado por ese papel.

3. Efecto Galatea: el poder de nuestra propia mirada

Galatea es el nombre de la estatua que Pigmalión esculpió y que cobró vida gracias a su fe y su amor. Lo que refleja este efecto es el poder de las expectativas internas. Somos nosotros quienes damos forma a lo que creemos ser capaces de hacer.

Cuando confiamos en nuestras posibilidades, nos implicamos más, afrontamos mejor los obstáculos y buscamos soluciones. En cambio, si pensamos que no valemos o que vamos a fracasar, es fácil que actuemos con miedo o ni siquiera lo intentemos.

En terapia uno de los mayores avances llega cuando la persona deja de pensar “ojalá cambie” y empieza a sentir “puedo cambiar”. La mirada del otro ayuda, pero la interna es la que sostiene el proceso.

Cómo funcionan las expectativas

Se cuenta que un grupo de ranas organizó una competición para subir a lo alto de una torre. Era una prueba muy difícil y, desde el primer salto, las que miraban desde abajo empezaron a comentar:

—No lo conseguirán.

—Está demasiado alto.

—Qué locura intentarlo.

Una a una, las competidoras fueron abandonando, agotadas o desanimadas. Todas menos una, que siguió saltando hasta llegar arriba del todo. Cuando bajó, las demás la rodearon sorprendidas y le preguntaron cómo lo había conseguido.

Entonces descubrieron que era sorda.

Este cuento resume bien cómo funcionan las expectativas. A veces abandonamos enseguida, no porque no podamos, sino porque damos demasiado peso a lo que otros esperan de nosotros o a nuestras propias dudas. Y otras, en cambio, conseguimos más de lo previsto, simplemente porque no escuchamos esas voces que nos frenan.

Nuestro cerebro busca más coherencia que verdad. Tendemos a fijarnos en lo que encaja con lo que ya creemos y a ignorar lo que lo contradice. Es el sesgo de confirmación: seleccionamos, casi sin darnos cuenta, la información que coincide con nuestra manera de ver el mundo. Por eso, cuando esperamos que algo salga mal, vemos con más claridad los indicios de fracaso y restamos valor a los signos de mejora.

A esto se suma el componente emocional. Cada expectativa activa una emoción —confianza, miedo, entusiasmo o alerta— que influye en cómo interpretamos la situación y en cómo actuamos. Si anticipamos rechazo, nos ponemos a la defensiva; si esperamos comprensión, nos mostramos más abiertos. Y estas reacciones provocan respuestas distintas en los demás, reforzando el resultado que temíamos o deseábamos.

En definitiva, las expectativas no solo predicen: ayudan a construir lo que ocurre. Por eso conviene prestar atención a los mensajes que emitimos y a los que permitimos que nos influyan.

Profecía autocumplida y expectativas

Imagen de cookie_studio en Freepik.

Las primeras profecías se forman en la infancia

Desde los primeros vínculos aprendemos qué esperar del mundo y de los demás. Las miradas, los gestos y las respuestas de quienes nos cuidan nos enseñan si es seguro mostrar lo que sentimos, si seremos atendidos cuando necesitamos ayuda o si es mejor callar para no molestar. Con el tiempo, esas experiencias se convierten en creencias estables sobre nosotros mismos y sobre las relaciones.

Si en la infancia sentimos que solo recibíamos cariño cuando éramos “buenos” o no dábamos problemas, es probable que en la vida adulta busquemos aprobación o evitemos el conflicto para no decepcionar. Si crecimos con críticas, rechazo o indiferencia, tal vez aprendimos a protegernos antes de que alguien pudiera hacernos daño. En ambos casos intentamos evitar el malestar repitiendo un patrón que, sin querer, lo mantiene.

Ahí es donde el apego y la profecía autocumplida se encuentran. Las expectativas que se formaron en los primeros años —“me van a dejar”, “no soy suficiente”— pueden reactivarse cuando algo nos recuerda ese miedo inicial. Entonces respondemos desde ese guion antiguo: quien teme ser abandonado se aferra o vigila; quien teme ser invadido se aleja; quien se siente poco valioso deja pasar oportunidades o se conforma con menos de lo que desea.

Consecuencias de dejarse llevar por las profecías autocumplidas

Cuando nos dejamos arrastrar por este fenómeno, las consecuencias aparecen en muchos planos: no solo afecta a lo que conseguimos, sino también a cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos:

  • Deterioro de la autoestima. Cuando alguien escucha con frecuencia que no sirve, que siempre se equivoca o que “no es como los demás”, puede acabar creyéndoselo. Esa idea se convierte en un filtro desde el que interpreta todo: los errores parecen pruebas de incapacidad y los logros, una cuestión de suerte, una casualidad. Con el tiempo disminuye la confianza en uno mismo, aparecen las dudas y aumenta la sensación de no estar nunca a la altura.
  • Miedo al error. Cuando damos por hecho que fallaremos —“seguro que lo haré mal”, “voy a hacer el ridículo”— actuamos como si ese resultado ya estuviera decidido. Esa expectativa lleva a evitar hablar, pedir ayuda o intentar algo nuevo. Al no intentarlo, no aparece ninguna experiencia que contradiga la creencia inicial. Así, el miedo al error no solo paraliza: también crea el escenario perfecto para que la predicción se cumpla.
  • Relaciones tensas o desequilibradas. Si tratamos a alguien como incapaz o poco fiable, es probable que acabe comportándose así. Y si esperamos juicios, reproches o abandono, reaccionaremos a la defensiva, generando justo la distancia que temíamos. También ocurre al revés: cuando alguien se siente obligado a cumplir las expectativas ajenas —ser el fuerte, el complaciente, el que siempre puede con todo—, puede acabar agotado y atrapado en un rol rígido. En ambos casos, las relaciones pierden espontaneidad y bienestar.
  • Desgaste emocional y físico. Vivir anticipando el fallo, el rechazo o el fracaso mantiene el cuerpo alerta. Esto se traduce en más tensión muscular, cansancio, insomnio o dificultad para concentrarse. Con el tiempo, esta activación constante erosiona el equilibrio emocional: aparecen irritabilidad, agotamiento o la sensación de estar “en modo supervivencia”, sin espacio para el disfrute o la calma.
  • Refuerzo de estereotipos. Las profecías autocumplidas también operan en lo social, cuando un grupo es visto a través de prejuicios o etiquetas. Si se da por hecho que ciertos colectivos son menos capaces, responsables o válidos, esa creencia acaba condicionando las oportunidades reales de las personas. El resultado es un círculo vicioso: las expectativas negativas limitan el acceso a recursos y apoyo, y esas limitaciones se interpretan después como confirmación del estereotipo.

Cómo romper el círculo

A continuación, te dejo algunas pautas que pueden ayudar a reducir el efecto de las profecías autocumplidas:

  • Toma conciencia del guion que se repite. Observa qué pensamientos o actitudes aparecen una y otra vez: “no valgo para esto”, “nadie me entiende”, “no puedo evitarlo”. Detectar ese patrón te ayudará a diferenciar entre lo que eres y lo que haces o lo que piensas. No es que “seas así”, sino que has aprendido a reaccionar de esa forma. Y lo aprendido puede cambiarse.
  • Cambia tu respuesta habitual. No siempre podemos controlar lo que pensamos, pero sí elegir cómo respondemos. Por ejemplo, si tiendes a aislarte cuando temes el rechazo, prueba a sostener un poco más el contacto. Si sueles pensar que tu esfuerzo no servirá, inténtalo igualmente, aunque solo sea un paso pequeño para comprobar qué pasa. Romper el círculo consiste en hacer algo distinto justo cuando todo en ti empuja a repetir lo de siempre.
  • Cuestiona la interpretación que das a los hechos. Antes de dar por cierto algo, pregúntate si tienes pruebas o si solo es una suposición. Puedes contrastarlo, preguntar o, al menos, reconocer que quizá lo ves así porque temes que sea cierto. Este pequeño paso frena la inercia de la profecía y te permite actuar desde lo que realmente está ocurriendo, no desde lo que imaginas.
  • Busca explicaciones alternativas. Cuando te descubras dando por cierta una interpretación, imagina al menos dos o tres opciones más, aunque te parezcan poco probables. Si alguien no te saluda y piensas que es porque le caes mal, añade otras hipótesis. Por ejemplo, quizá no te haya visto o iba ensimismado en sus cosas. Así ayudas a tu mente a no quedarse con una sola versión de la historia. Este simple gesto debilita la profecía y amplía la perspectiva.

  • Revisa tus expectativas hacia los demás. Observa qué idea tienes del otro. Si das por hecho que no va a cambiar o que volverá a fallar, tu trato reflejará esa desconfianza y terminará generando justo lo que temes. Prueba a mirar con curiosidad, dejando espacio para que el otro te sorprenda. Así el vínculo se apoya en lo que pasa, no en lo que anticipas.
  • Reformula tu lenguaje interno. El modo en que te hablas puede mantener viva la profecía sin que lo notes. No es lo mismo decir “soy un desastre” que “esta vez me he equivocado”. La primera frase nos encierra en una etiqueta; la segunda reconoce un error concreto y deja espacio para hacerlo distinto la próxima vez. Cambiar “soy” por “estoy”, “siempre” por “a veces”, o añadir un “todavía” parece algo mínimo, pero cambia la forma en que te ves y actúas.
  • Busca miradas nutritivas. Las personas que nos rodean influyen en cómo nos vemos. Elige vínculos donde haya respeto, confianza y apoyo, no críticas ni juicios constantes. Estar cerca de quien ve tus capacidades, incluso cuando tú dudas de ellas, reforzará esa parte de ti que quiere avanzar.
  • Pide ayuda. Si notas que tus profecías se repiten una y otra vez y están relacionadas con heridas antiguas —rechazo, abandono o sensación de no ser suficiente—, busca acompañamiento profesional. La terapia puede ayudarte a revisar esas experiencias, comprender su origen y construir una manera más amable y realista de mirarte. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo. Estaré encantada de acompañarte en tu proceso)
Referencias bibliográficas

Bowlby, J. (1989). Una base segura: Aplicaciones clínicas de la teoría del apego. Barcelona: Paidós.

Merton, R. K. (1948). The self-fulfilling prophecy. The Antioch Review, 8(2), 193–210.

Rodríguez Pérez, H., & Ortega Ochoa, L. (2024). Exploración de la profecía autocumplida en la pareja: papel de la autoestima en estilos de afrontamientos agresivos y sumisos. MLS Psychology Research, 7(2), 33–46.

Rosenthal, R. y Jacobson, L. (1971). Pigmalión en la escuela: Expectativas del maestro y desarrollo intelectual de los alumnos. Madrid: Marova.

Szumski, G., & Karwowski, M. (2019). Exploring the Pygmalion effect: The role of teacher expectations, feedback, and self-fulfilling prophecy in education. Educational Psychology Review, 31(4), 1–30.

Duelo por una amistad rota. Por qué duele tanto y cómo afrontarlo

Duelo por una amistad rota: Por qué duele tanto y cómo afrontarlo

Duelo por una amistad rota: Por qué duele tanto y cómo afrontarlo 1920 1920 BELÉN PICADO

El duelo por una amistad es una experiencia que puede resultar profundamente dolorosa. Al fin y al cabo, la amistad es una de las formas más íntimas de conexión humana: nos acompaña desde la infancia, nos sostiene en la adolescencia y, en la vida adulta, se convierte a menudo en un auténtico pilar emocional. Por eso, cuando se rompe, no siempre estamos preparados para el impacto que puede tener.

En parte, esto se debe a la idealización que envuelve este tipo de vínculo. Desde pequeños, interiorizamos la creencia—a través de canciones, libros o películas— de que la verdadera amistad es para siempre. Aprendemos a confiar en una lealtad incondicional y una conexión eterna que, en la práctica, no siempre se corresponde con la realidad. Así que, cuando una relación que creíamos inquebrantable se rompe, no solo perdemos a la persona: también se tambalea nuestra idea de lo que la amistad debería ser.

¿Por qué la amistad es tan importante?

La amistad nace de la elección mutua. No responde a una obligación, un contrato ni a un mandato social: surge de la afinidad, la confianza y el deseo compartido de estar. Eso la hace especialmente valiosa. Es una conexión construida desde la libertad y sostenida por una lealtad que se ofrece libremente, no por imposición.

Contar con una red sólida de amistades se asocia con una mejor salud mental, menor estrés, mayor autoestima y una genuina sensación de pertenencia. Pero no todas cumplen el mismo papel; cada una ocupa un lugar particular en nuestra vida emocional:

  • Están las que nacen en la infancia, marcadas por el juego, la complicidad y el descubrimiento del mundo.
  • Las que surgen en etapas clave como el instituto, la universidad o el trabajo.
  • Las que aparecen en contextos de crisis o cambio, y nos acompañan en procesos de transformación personal.
  • Las intermitentes pero incondicionales: con las que podemos pasar meses sin hablar, pero retomamos como si el tiempo no hubiese pasado.
  • Las de la vida adulta, más difíciles de forjar, pero también más conscientes y profundas.
  • Y también las casuales: personas con las que coincidimos en lo cotidiano —en el gimnasio, en el parque, en una clase— y con quienes compartimos charlas informales, saludos cordiales o pequeñas rutinas compartidas. Aunque no haya intimidad, estos vínculos aportan calidez, conexión y sentido de comunidad. A menudo subestimamos su valor, pero también alimentan nuestro bienestar emocional.

Por todo esto, la amistad no es un vínculo menor. No es un “plan B” si no hay pareja. Para muchos es el lazo más profundo, duradero y transformador que han vivido. Y también, una de las pérdidas más difíciles de elaborar cuando se rompe.

amistad

Fotografía de Maurice Branger (dominio público).

¿Por qué duele tanto perder a un amigo o a una amiga?

Cuando acaba una amistad, perdemos también todo lo que esa relación implicaba: rutinas compartidas, códigos afectivos, una forma de intimidad y, a veces, una manera de ser que solo desplegábamos junto a esa persona. Hay amigos que nos hacen sentir vistos, comprendidos o acompañados de una forma que no se repite en ningún otro vínculo. Su ausencia puede hacer tambalear una parte de nuestro mundo emocional, e incluso de nuestra identidad.

El malestar que deja una amistad rota puede igualar —e incluso superar— al de una separación amorosa. Pero, a diferencia de otros duelos, rara vez encuentra un espacio donde expresarse o ser comprendido sin que uno sienta que está exagerando. Al dolor de la pérdida se une la falta de reconocimiento social.

En muchos casos, lo más desconcertante no es la pérdida en sí, sino la ambigüedad que la acompaña: no saber exactamente qué pasó, por qué ocurrió o si podríamos haber hecho algo diferente. Esta falta de cierre convierte el duelo en una experiencia confusa, porque la mente busca explicaciones que quizá no existen o que nunca llegarán.

A esto se suma que la ruptura no afecta solo al vínculo directo. En ocasiones, arrastra consigo todo un entramado: amistades comunes, espacios compartidos, rutinas cotidianas, etc. Si esa amiga o ese amigo era una figura de apoyo constante —alguien con quien hablabas casi a diario, con quien compartías alegrías, miedos o decisiones importantes—, su ausencia deja una grieta difícil de cerrar.

También entra en juego el peso de las expectativas. Hay quienes mantienen una imagen idealizada de la amistad como un vínculo eterno, incondicional y a prueba de todo. Y cuando esa imagen se rompe, no solo aparece la tristeza por la pérdida, sino también una sensación de fracaso, como si se hubiera hecho algo mal. Esa mezcla de culpa, frustración y autoexigencia enreda aún más el proceso de el duelo.

(En este blog puedes leer el artículo 20 mitos sobre la amistad que complican nuestras relaciones)

Causas que pueden llevar al final de una amistad

Aunque a veces lo parezca, las amistades casi nunca acaban de un día para otro. Detrás suele haber una cadena de pequeños gestos, desencuentros o silencios que han ido desgastando el vínculo. Entender qué ha pasado no siempre consuela, pero puede ayudarnos a mirar el proceso con más realismo y compasión.

  • Desgaste natural. A lo largo de la vida cambian las personas, las prioridades y las circunstancias. A veces, sin necesidad de un conflicto, dejamos de compartir tiempo, intereses o espacios. La sintonía se va perdiendo poco a poco y la amistad se apaga. Es una desconexión que duele, pero que no siempre da lugar a reproches.
  • Pérdida de confianza. La amistad se basa en la confianza, y cuando esta se quiebra —por una traición, una mentira, una burla o una ausencia en un momento clave—, el vínculo comienza a deteriorarse. Aunque persista el afecto, si la relación deja de sentirse como un espacio seguro, es difícil que vuelva a ser la misma. A veces, simplemente no logra repararse.
  • Desequilibrio en la relación. Una parte cuida, escucha y está presente. La otra, no tanto. Cuando una amistad se vuelve desigual, puede mantenerse por inercia, por costumbre o por miedo a perderla, pero la conexión se va debilitando. Si la sensación predominante es de esfuerzo unilateral, llega un momento en que ya no compensa seguir.
  • Conflictos no resueltos. Malentendidos que se quedan en el aire, cosas que duelen y no se dicen, conversaciones que se posponen eternamente… Lo que no se habla se acumula y, con el tiempo, enfría la relación. Aparecen la desconfianza, la distancia o los silencios incómodos. Y si ninguna de las dos partes da el paso para abordarlo, ese desgaste puede volverse irreversible.
  • Diferencia de expectativas. A menudo esperamos que la otra persona siempre esté disponible o a la altura de lo que imaginamos. Pero las amistades reales son imperfectas. Si nuestras ideas sobre lo que “debería” ser un/a amigo/a no coinciden con lo que el otro puede —o quiere— ofrecer, surgen frustraciones difíciles de gestionar. También puede haber diferencias en el grado de intimidad que se desea: una parte busca más cercanía, mientras que la otra prefiere una vínculo más liviano. Ambas formas son válidas, pero si no hay acuerdo, la relación se debilitará.
  • Factores externos. Cambios vitales como una mudanza, la maternidad, una nueva pareja o una sobrecarga laboral pueden alterar la dinámica de una amistad. En ocasiones, también influyen terceras personas o situaciones de crisis. Si no hay una comunicación clara que permita reajustar el vínculo, la relación se resiente o se enfría.
  • Ruptura unilateral y sin explicación. A veces la otra persona se aleja de golpe; otras, lo hace de forma progresiva. También puede desaparecer sin más. En todos los casos hay algo en común: no ofrece explicaciones. Sea como sea, quien se queda puede vivirlo como un abandono o un rechazo difícil de digerir. Este tipo de final suele ser especialmente doloroso, porque impide cerrar la historia y deja muchas preguntas sin respuesta.
Almas en pena de Inisherin

Brendan Gleeson y Colin Farrell en Almas en pena de Inisherin (Martin McDonagh, 2022).

Cómo afrontar el duelo por una amistad rota

El duelo por una amistad rota requiere tiempo, cuidado y una disposición honesta para atravesar el dolor sin negarlo, pero también sin aferrarse a él. Aunque cada persona lo vive a su manera, hay ciertas actitudes que pueden facilitar el proceso.

  • Date permiso para sentir. El primer paso es validar lo que sientes, sea lo que sea: tristeza, enfado, decepción, alivio, culpa, confusión… Todas son reacciones legítimas ante una pérdida. No hay emociones correctas o incorrectas. Incluso es normal sentir varias a la vez o de forma contradictoria. Estar mal no significa que exageres ni que la relación fue perfecta o desastrosa: simplemente quiere decir que te importaba.
  • Identifica lo que duele y por qué. A veces no duele solo la pérdida en sí, sino lo que esa amistad representaba: una etapa vital, un lugar de pertenencia, una versión de ti que solo aparecía con esa persona. Tomarte un tiempo para reflexionar —ya sea escribiendo, hablando con alguien o en silencio— puede ayudarte a comprender qué parte de ti se ve más afectada por esta ruptura.
  • Evita tanto idealizar como demonizar. Es fácil caer en los extremos: colocar a la otra persona en un pedestal y culparte por haberlo estropeado todo, o verla como alguien tóxico que nunca fue un buen amigo. Ambas visiones simplifican la realidad y dificultan el cierre emocional. Casi todas las amistades tienen luces y sombras, momentos de conexión profunda y también errores. Reconocer esos matices ayuda a despedirse desde un lugar más realista y maduro.
  • Regula el contacto. Si la relación se ha roto y, aun así, tenéis que seguir en contacto (por conocidos comunes, espacios compartidos…), puede ser útil tomar algo de distancia. No se trata de evitar encontraros para siempre, sino de darte un respiro sin abrir la herida una y otra vez. Puedes silenciar sus perfiles en las redes sociales, pedir que no te hablen de esa persona o alejarte temporalmente de contextos que te remuevan más de lo que puedes sostener.
  • Practica el autocuidado. El dolor también pasa factura al cuerpo. En primer lugar, conviene prestar atención a las necesidades básicas: alimentarte bien, descansar, moverte o darte un respiro. No hace falta seguir una rutina estricta, pero sí tener pequeños gestos que te ayuden a reconectar contigo. A veces basta con salir a caminar, cocinar algo que te guste o darte una ducha larga y tranquila.
  • Busca apoyo. Hablar con alguien de confianza puede aliviarte, darte perspectiva y ayudarte a ordenar lo que sientes. No tienes que entrar en todos los detalles ni justificar lo que te pasa: basta con sentir que te escuchan sin juicio. Si no tienes ese espacio en tu entorno, escribir también puede ser muy reparador. Y si el malestar persiste o interfiere con tu vida diaria, pedir ayuda profesional es una buena opción. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo. Estaré encantada de acompañarte en tu proceso)
  • Revisita la relación desde otro lugar. A veces el duelo por una amistad rota deja aprendizajes que solo se comprenden con el tiempo. Sin forzarlo, puedes preguntarte qué te enseñó esa relación y qué descubriste sobre ti, sobre tus límites, tus necesidades o tu forma de vincularte. Intenta mirar vuestra historia con más perspectiva, desde la honestidad y la responsabilidad. ¿Qué te aportó? ¿Qué preferiste no ver? ¿Qué papel jugaste tú en lo que funcionó y en lo que no? ¿Qué situaciones no supiste manejar? ¿Qué te gustaría cuidar o hacer de forma distinta la próxima vez?
Puede interesarte

Para ver

Frances Ha (Noah Baumbach, 2012). Protagonizada por Greta Gerwig, esta película muestra con delicadeza cómo, en plena transición hacia la vida adulta, dos amigas van tomando caminos distintos. No hay una ruptura dramática, pero sí una pérdida que deja un vacío difícil de llenar.

Almas en pena de Inisherin (Martin McDonagh, 2022). Brendan Gleeson y Colin Farrell interpretan a dos amigos cuya relación se rompe cuando uno de ellos decide, sin dar explicaciones, cortar el contacto. La historia aborda el desconcierto ante una separación inesperada, el dolor del rechazo y la dificultad de avanzar cuando una amistad se desmorona sin un cierre claro.

Girls (Lena Dunham, 2012–2017). A lo largo de varias temporadas, asistimos a la transformación de la amistad entre las protagonistas.  Lena Dunham, Allison Williams, Jemima Kirke y Zosia Mamet interpretan a un grupo de amigas que se quieren, pero también se hieren, se alejan y acaban perdiéndose poco a poco.

Para leer

Amiga mía, de Raquel Congosto (2025). Esta novela aborda el duelo por una amistad que se rompe sin grandes explicaciones ni una despedida clara. La narradora, seis años después, sigue viviendo en el piso que compartió con su amiga, tratando de dar sentido a lo que pasó.

Por qué mentimos. Proteger, conectar, controlar… y otras funciones de la mentira

¿Por qué mentimos? Proteger, conectar, controlar… y otras funciones de la mentira

¿Por qué mentimos? Proteger, conectar, controlar… y otras funciones de la mentira 1366 768 BELÉN PICADO

Todos hemos mentido alguna vez. Puede ser una mentira pequeña e inofensiva: cuando alguien nos llama mientras estamos tirados en el sofá y soltamos, casi sin pensar, “me pillaste en medio de algo, te llamo luego”. O una exageración contada en una cena para resultar más interesantes. O incluso una negación automática ante una pregunta incómoda, aunque sepamos que la respuesta real es otra. Entonces, ¿por qué mentimos? De entrada, podríamos decir: por egoísmo, por miedo, por interés… Pero los motivos son más complejos.

No es solo una impresión: algunos estudios estiman que la mayoría de las personas mienten una o dos veces al día, y que en torno al 60% de los adultos dice al menos una mentira en una conversación de diez minutos. No lo solemos percibir así porque muchos de esos engaños son pequeños, sociales o automáticos, pero existen y forman parte de nuestra vida cotidiana.

La mentira a lo largo de la historia

La mentira acompaña a las sociedades humanas desde sus orígenes y, según la época, se ha mirado con ojos distintos. Hubo un tiempo en que la prioridad era preservar el orden: el Código de Hammurabi (hacia el año 1750 a.C.) incluía artículos que castigaban el falso testimonio con penas muy severas (en causas graves, incluso con la muerte).

En Grecia entró en juego la filosofía. Platón admitía la posibilidad de una “mentira noble” si servía al bien común —por ejemplo, para mantener la cohesión de la polis—; eso sí, reservada a los gobernantes. Aristóteles, por su parte, defendió la veracidad como virtud práctica y advirtió del desgaste que el engaño produce en el carácter. No toda falsedad se valoraba igual, pero la preocupación por sus efectos sobre la comunidad estaba muy presente.

Con el cristianismo el foco se puso en lo moral. Para San Agustín, mentir era pecado en cualquier caso, incluso si parecía evitar un mal mayor. Tomás de Aquino, sin embargo, introdujo algunos matices distinguiendo entre mentiras dañinas, piadosas y jocosas, sin absolver del todo ninguna, porque todas se alejaban de la verdad como bien.

Ya en el Renacimiento, Maquiavelo desplazó el debate a la eficacia política: si el poder exige cierto engaño, el gobernante debe saber usarlo. Durante la Ilustración, en el siglo XVIII, Kant defendió desde la ética del deber que mentir está mal, aunque parezca traer buenos resultados, porque quiebra la confianza que sostiene la vida en común.

En los siglos XIX y XX, el interés en la mentira dejó de ser principalmente moral y pasó a centrarse en cómo opera en la mente y en la vida social. La psicología describió mecanismos de defensa que distorsionan la realidad para proteger la identidad, y la investigación cognitiva mostró que mentir exige más control y memoria que decir la verdad. Desde ahí, la mentira empezó a verse menos como “maldad” y más como un modo de regular emociones y salvaguardar la propia imagen, aunque ese esfuerzo tenga un coste.

En el siglo XX, además, se vio con claridad que la propaganda y las medias verdades (información sesgada) podían moldear la opinión pública, y eso abrió debates sobre responsabilidad, límites éticos y uso del lenguaje.

En resumen: la mentira ha sido crimen, pecado, estrategia o recurso psicológico según el momento histórico. Entenderlo así ayuda a pasar del juicio rápido a intentar comprender su función en nuestra vida.

Alegoría de la mentira, Salvator Rosa

«Alegoría de la mentira», Salvator Rosa (1615–1673).

¿Para qué mentimos? La función psicológica de la mentira

La mentira no surge porque sí. Tiene una función psicológica, consciente o inconsciente, que explica por qué la utilizamos incluso cuando no parece haber un motivo claro (no son compartimentos estancos; en una misma mentira pueden convivir varias funciones).

  • Para protegernos. Una de las razones más frecuentes es la autoprotección. Mentimos para evitar un conflicto, escapar del juicio o esquivar un castigo. Cuando alguien dice “no, no fui yo” aunque lo haya sido, en realidad  intenta defender su imagen y no poner en riesgo su lugar en el grupo. Esta función está muy vinculada al miedo: al rechazo, a la crítica, a quedar en evidencia. El “no” automático ante una pregunta incómoda suele ser más un reflejo de defensa que una decisión calculada.
  • Conectar con los demás. Otras veces, la mentira busca generar vínculo. Puede aparecer al exagerar una anécdota para resultar más interesante o al colocarse en el papel de víctima para despertar compasión. Aquí, la mentira actúa como un atajo: la persona siente que solo si adorna o dramatiza será vista y atendida. Detrás suele haber necesidad de reconocimiento. No es tanto un intento de engañar como de hacerse visible.
  • Mantener el control. Mentir es una forma de controlar la narrativa: decidir qué sabe el otro, cómo me percibe y qué imagen proyecto. Ocultar un error en el trabajo no solo evita un juicio inmediato, además busca sostener la identidad de persona competente. Este control da una sensación de seguridad: si manejo la información, siento también que manejo la relación.
  • Reducir la ansiedad. En muchas ocasiones la mentira funciona como calmante inmediato. El clásico “no, no pasó nada” cuando sí pasó, evita afrontar algo que, en ese momento, resulta insoportable. Alivia al principio, pero luego complica las cosas: retrasa conversaciones necesarias y aumenta la tensión.
  • Obtener beneficios. Hay mentiras instrumentales orientadas a conseguir algo que de otro modo no estaría a nuestro alcance: dinero, poder, prestigio o estatus. Ejemplos habituales son inflar el currículum, adornar logros o exagerar contactos para ganar ventaja.  Son frecuentes en lo laboral y lo político y, cuando se descubren, generan mucha desconfianza, ya que ponen en cuestión la credibilidad no solo de la persona, sino del sistema en el que se desenvuelve.
  • Proteger a otros. A veces ocultamos o suavizamos la verdad con intención de cuidar: amortiguamos un diagnóstico, tapamos un error menor de un amigo para evitarle un disgusto… Sin embargo, aunque la intención sea buena, plantea un dilema: ¿cuidamos de verdad cuando impedimos que alguien se enfrente a la realidad, o estamos quitándole la oportunidad de manejarla con sus propios recursos y a su ritmo?
  • Sostener una identidad. Algunas mentiras no van dirigidas a los demás, sino que prolongan lo que uno se cuenta a sí mismo. Aparecen cuando necesitamos que nuestra historia encaje —“mi vida ha sido así, yo soy así”— aunque no coincida del todo con lo que ocurrió. Inventamos logros, escondemos fracasos o reescribimos episodios dolorosos para hacerlos más llevaderos. A fuerza de repetir ese relato,  cada vez es más difícil distinguir entre lo vivido y lo contado, y la identidad, en lugar de sostenerse, acaba debilitándose.
  • Jugar o entretener. Existen mentiras en clave de broma o juego, como exagerar una anécdota para arrancar una risa o añadir un detalle absurdo que todos saben que es no es cierto. Aunque la intención es lúdica y en principio no buscan dañar, pueden generar malentendidos si no se comparte el mismo código y alguien se se siente herido.
  • Manipular conscientemente. Aquí entramos en un terreno más oscuro: el engaño calculado para influir, dominar o explotar a otros. Aparece en dinámicas de abuso emocional (tergiversar hechos para confundir o controlar) y en contextos políticos o empresariales. Estas mentiras generan un daño profundo porque atacan la confianza y la autonomía del otro.
  • Mantener la armonía social. Hay culturas en las que se prioriza no incomodar frente a decir lo que se piensa. En Japón se habla de tatemae (lo que se dice para mantener la armonía) y honne (lo que realmente se siente). Un “sí” que en realidad significa “prefiero no hacerlo” puede sonar hipócrita desde fuera, pero allí se interpreta como cortesía. En Occidente también pasa: cumplidos sociales o un “me alegro mucho por ti” cuando por dentro hay celos. Si bien estas «mentiras de cortesía» facilitan la convivencia si se abusa de ellas generarán falta de claridad y desconfianza.
  • Cuidar la privacidad y marcar límites. A veces se miente porque faltan recursos para poner un límite claro. En lugar de decir “prefiero no hablar de eso”, uno se inventa una excusa que cierre la conversación. La función aquí es proteger la intimidad, pero si se vuelve hábito se difumina la frontera entre reserva y engaño y se acaban complicando las relaciones en las que esa información concierne a la otra persona.
  • Lealtad y alianza de grupo. En nombre de la lealtad (familia, pareja, amistades o equipo de trabajo) pueden surgir pactos de silencio y medias verdades para “proteger a los nuestros”, aunque choquen con acuerdos previos o normas compartidas. Aquí la función de la mentira es preservar la cohesión y evitar grietas internas. Sin embargo, a la larga puede minar la confianza y llevar a peores decisiones por falta de información suficiente y veraz.

Detrás de estas funciones suele haber emociones como el miedo al rechazo, la vergüenza o la sensación de no ser suficiente. La paradoja es que lo que se busca con la mentira —protección, vínculo, control— acaba resquebrajándose: uno se protege y aparece la culpa; se exagera para conectar y surge la distancia; se cuida la imagen para tener control y se pierde la confianza del otro…

Por qué mentimos

Imagen de rawpixel.com en Freepik

Lo que aprendimos en la infancia

La manera en que nos relacionamos con la mentira está ligada muchas veces a cómo nos criaron.

Cuando un niño descubre que decir la verdad trae gritos, castigos o la retirada del cariño, aprende rápido a ocultar o a retocar los hechos como forma de autoprotección. El “no he sido yo” se vuelve una respuesta automática, más conectada con el miedo que con la maldad.

En otros casos, la mentira nace de la necesidad de atención. Si el niño percibe que solo recibe cuidado cuando está enfermo, triste o en apuros, puede exagerar o inventar para asegurarse la mirada del otro. De adulto, esa misma lógica puede llevarle a colocarse en el papel de víctima o a adornar historias para despertar interés y obtener aceptación.

En entornos impredecibles, muchos niños aprenden a enviar mensajes confusos o a cambiar de versión para evitar problemas y ganar algo de control.

Entender todo esto ayuda a ver muchas mentiras adultas como estrategias aprendidas en contextos donde la verdad no era segura. No son tanto un defecto moral como una adaptación que en su momento tuvo sentido. El reto hoy es revisar si aún nos protege o si nos aleja de nosotros y de los demás.

Referencias bibliográficas

Aristóteles. (2008). Ética a Nicómaco (J. L. Calvo Martínez, Trad.). Alianza Editorial.

Feldman, R. S., Forrest, J. A., & Happ, B. R. (2002). Self-Presentation and Verbal Deception: Do Self-Presenters Lie More? Journal of Basic and Applied Social Psychology, 24(2), 163–170.

Kant, I., & Constant, B. (2021). ¿Hay derecho a mentir? (2.ª ed.). Madrid: Tecnos.

Platón. (2011). La República (M. Fernández-Galiano & J. M. Pabón, Trads.). Alianza Editorial.

Spence, S. A., Hunter, M. D., Farrow, T. F. D., Green, R. D., Leung, D. H., Hughes, C. J., & Ganesan, V. (2004). A cognitive neurobiological account of deception: Evidence from functional neuroimaging. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 359(1451), 1755–1762.

Suchotzki, K., Verschuere, B., Van Bockstaele, B., Ben-Shakhar, G., & Crombez, G. (2017). Lying takes time: A meta-analysis on reaction time measures of deception. Psychological Bulletin, 143(4), 428–453.

Mitos sobre la amistad que complican nuestras emociones

20 mitos sobre la amistad que complican nuestras relaciones

20 mitos sobre la amistad que complican nuestras relaciones 1920 1280 BELÉN PICADO

La amistad es uno de los vínculos más fuertes y significativos que establecemos a lo largo de la vida. A diferencia de la familia, que nos viene impuesta, elegimos libremente a nuestros amigos, esas personas que nos brindan compañía, apoyo y un profundo sentido de pertenencia. Sin embargo, igual que ocurre con otros tipos de relación, también han ido creándose numerosos mitos sobre la amistad que impiden aceptarla tal como es: compleja, diversa y cambiante.

Idealizar la amistad suele llevar a forzar relaciones, a exigir demasiado o a frustrarnos cuando no se cumplen nuestras expectativas. Por eso conviene revisar qué creencias, por muy extendidas que estén, no ayudan a tener una visión realista de este lazo tan importante. Aquí os dejo algunas de las más frecuentes.

1. “Los amigos son para siempre”

A veces, sí. A veces, no. Una de las creencias más habituales sobre la amistad es que debe durar toda la vida. Pero la realidad es que las personas cambian, sus prioridades también, y no todas las amistades logran adaptarse a esos cambios. Algunas se transforman, se enfrían o se diluyen sin que necesariamente tenga que haber algún conflicto, y eso no las hace menos reales ni valiosas.

Idealizar la duración puede generar culpa o sensación de fracaso cuando una amistad termina. Sin embargo, hay relaciones que, aunque sean temporales, dejan una huella muy profunda. Aceptar que las amistades pueden tener distintos ciclos —y que no todas serán eternas— nos permite vivirlas desde el presente y valorarlas por lo que son y no por cuánto van a durar.

2. “Un amigo de verdad siempre estará disponible”

Por muy reconfortante que suene, nadie puede estar siempre a nuestro lado. Las personas atraviesan crisis, se agotan, necesitan espacio o simplemente no pueden sostener todas sus relaciones con la misma intensidad en todo momento. Y eso no le quita valor al afecto.

Pedir una presencia constante y disponibilidad incondicional es una forma de exigir sin tener en cuenta los límites del otro. La amistad sana no se basa en estar “siempre”, sino en respetar los ritmos, comprender las ausencias y mantener el vínculo sin necesidad de invadir.

3. “Los verdaderos amigos lo comparten todo, no tienen secretos”

La intimidad y la confianza no implican contarlo todo ni mostrar una transparencia total, sino poder elegir con libertad qué compartir y qué no.

Todos necesitamos espacios propios. Hay vivencias que preferimos procesar a solas, emociones que aún no sabemos nombrar o cosas que simplemente no deseamos contar. Eso no implica falta de conexión. Una amistad sana no requiere explicaciones constantes ni confesiones forzadas. Al contrario, debería ser un espacio donde se respetan los silencios, se acoge sin presionar y se permite que cada uno marque sus propios límites.

4. “La amistad debe ser desinteresada”

Toda relación significativa implica algún tipo de reciprocidad. Es cierto que lo natural es ofrecer apoyo, escucha y validación a las personas que son importantes para nosotros, pero también necesitamos recibirlo. Negar esta realidad suele conducir a extremos poco saludables, como tolerar vínculos desequilibrados donde solo una parte cuida o exigir entrega total sin ofrecer lo mismo a cambio. La amistad no se basa en el sacrificio, sino en el compromiso mutuo y el cuidado compartido.

No se trata de ver quién hace más por el otro, sino de que ambas personas sientan que hay un equilibrio emocional, un interés real por mantener la relación. Dar sin esperar nunca nada puede sonar generoso, pero a menudo solo lleva al desgaste.

Mitos sobre la amistad

5. “Los amigos siempre se perdonan”

El afecto no lo justifica todo. Aunque a la mayoría se nos ha enseñado que si queremos a alguien debemos perdonar siempre, lo cierto es que el perdón es una elección, no una obligación.

Igual que hay errores que se pueden asumir y reparar, otros dañan la confianza de una forma profunda e irreparable. Perdonar puede ser liberador, pero también puede convertirse en una forma de invalidar nuestro malestar o de mantener lazos que ya no son seguros.

A veces, aunque haya cariño, lo más sano es tomar distancia. Porque querer no siempre basta. La amistad implica responsabilidad afectiva, es decir, reconocer nuestros errores, reparar el daño que hayamos podido causar y respetar los límites del otro. El perdón, si llega, debe surgir de forma consciente, no por presión ni por miedo a perder la relación.

(En este blog puedes leer el artículo Perdonar no es olvidar ni justificar (Qué es y qué no es el perdón))

6. “Todos necesitamos un/a mejor amigo/a”

Desde la infancia se nos anima a elegir a “nuestro/a mejor amigo/a”, como si una sola persona tuviera la capacidad y el deber de ser nuestra principal fuente de apoyo y de confidencias. Sin embargo, a medida que nos hacemos adultos, las relaciones suelen ir ampliándose y diversificando y esa idea acaba quedándose obsoleta.

No todas las amistades cumplen la misma función, ni tienen por qué hacerlo. A veces, aferrarse a la idea de una única figura central puede generar comparaciones, celos o dinámicas excluyentes que empobrecen los vínculos.

La amistad no entiende de jerarquías ni de competiciones por un puesto privilegiado. Tener más de un/a amigo/a íntimo/a no resta valor a los demás: al contrario, multiplica nuestras fuentes de conexión, apoyo y complicidad.

7. “Un buen amigo te entiende sin palabras”

La intuición no sustituye a la comunicación. Este mito, heredado en parte del amor romántico, sugiere que una amistad verdadera debería funcionar casi por telepatía: si te quiere de verdad, sabrá lo que te pasa, entenderá tus silencios y adivinará cómo ayudarte. Pero eso rara vez ocurre así.

Ni siquiera quienes mejor nos conocen pueden leer siempre nuestras emociones o necesidades. Cada persona tiene su forma de expresar el malestar, su ritmo para abrirse, su manera de interpretar lo que sucede. Además, de este modo desplazamos la responsabilidad de la relación en la otra persona y eso tampoco es justo. La intimidad real no se basa en adivinar, sino en poder hablar sin miedo: decir “esto me dolió” o “no lo entendí”.

8. “Los amigos de verdad te lo dicen todo a la cara”

Esta creencia parte de una visión distorsionada de la honestidad, como si callar o suavizar algo fuese sinónimo de falsedad. Pero decir todo lo que se piensa sin filtro y sin considerar el impacto que tendrá, no es autenticidad: es falta de cuidado y, a veces, simple crueldad. Hay que tener cuidado para no confundir sinceridad con sincericidio.

La sinceridad no está reñida con la empatía. Se puede hablar con claridad sin herir, guardar silencio por respeto o posponer una conversación difícil hasta que haya un momento y un clima adecuados.

Frases como “yo soy así” o “te lo digo porque soy tu amiga” suelen encubrir juicios innecesarios o una mala gestión emocional. Decir la verdad con responsabilidad implica hacerse cargo no solo de lo que se dice, sino también del cómo y el para qué.

9. “Los verdaderos amigos nunca discuten”

Este mito se cuela también en frases como “nadie ni nada podrá interponerse entre nosotros”. Pero asociar la ausencia de conflictos con una amistad auténtica es un error: toda relación cercana implica diferencias, malentendidos o momentos de fricción.

Evitar cualquier roce por miedo a perder la conexión no es una forma de cuidarlo, sino de silenciar aspectos importantes. Poder hablar de lo que nos molesta, expresar necesidades o marcar límites no debilita la amistad. Al contrario: la hace más honesta y fuerte.

Las amistades más sólidas no son las que evitan el conflicto, sino las que lo afrontan con respeto y saben escucharse incluso cuando hay desacuerdos.

10. “Perder una amistad no duele tanto como romper con tu pareja”

No siempre es así. A veces, duelen incluso más. Las rupturas amorosas suelen estar socialmente reconocidas: hablamos de ellas, las nombramos, buscamos apoyo. En cambio, cuando se rompe una amistad, muchas veces falta todo eso. Se vive en silencio, sin despedidas claras, sin palabras que ayuden a entender lo que pasó. Y eso puede hacer el dolor aún más confuso y difícil de elaborar.

Aunque a veces se minimice o no se reconozca, perder a un/a amigo/a con quien compartíamos historia, intimidad y apoyo emocional puede dejar una herida muy profunda.

Llorar por la ruptura de una amistad y reconocer ese duelo ayuda a procesar la pérdida con menos culpa y más compasión.

11. “Para ser amigos hay que parecerse y pensar igual”

No necesariamente. La afinidad reconforta, pero la diferencia enriquece. Tener amistades con quienes compartes gustos, valores o formas de pensar puede ser agradable, pero limitarte solo a quienes se parecen a ti empobrece tu mundo relacional.

Las diferencias no son un obstáculo si hay respeto, curiosidad y disposición para escucharse. De hecho, pueden convertirse en una fuente de aprendizaje mutuo. Lo importante no es coincidir en todo, sino poder comprenderse incluso cuando se discrepa.

Mitos sobre la amistad

12. “Cuantos más amigos tengas, mejor”

En la amistad, como en muchas otras cosas, importa más la calidad que la cantidad. Las redes sociales han contribuido a reforzar la idea de que tener muchos amigos es señal de éxito o valía personal. Pero acumular contactos no garantiza vínculos sólidos ni sentirse realmente acompañado.

Las relaciones significativas requieren tiempo, presencia y cuidado, y no es posible ofrecer eso a decenas de personas a la vez. Tener menos amistades, pero más auténticas y basadas en la confianza y el apoyo mutuo, aporta mucho más que una red amplia pero superficial.

13. “Los amigos de verdad son los íntimos”

No todas las amistades tienen que ser profundas para ser valiosas. Más allá de los vínculos íntimos, existen relaciones cotidianas que también aportan bienestar: personas con las que compartimos pequeños momentos, gestos amables o rutinas agradables sin grandes confidencias.

El vecino que saluda cada mañana o esa persona con la que cruzas unas palabras en el tren… Son lazos menos intensos, pero no por ello menos significativos. Refuerzan el sentido de pertenencia, nos hacen sentir acompañados y aportan calidez a la vida diaria.

Una conversación sencilla en el momento justo puede reconfortar más que horas de charla sin verdadera conexión. Por eso, no conviene subestimar el valor de estas relaciones.

14. “Cuando una amistad se rompe, no hay marcha atrás”

No todas las rupturas son definitivas. En ocasiones, con el tiempo y la distancia, dos personas pueden reencontrarse y reconstruir el vínculo desde un lugar más consciente y maduro. Pero para que eso ocurra no basta con tirar de nostalgia ni con fingir que no ha pasado nada: hace falta hablar, revisar lo que ocurrió, asumir responsabilidades, pedir perdón si es necesario… y estar dispuestas a cambiar lo que no funcionó.

Como cualquier relación, la amistad puede pasar por diferentes crisis. Y no todas tienen que acabar en ruptura definitiva. Algunas se transforman y se adaptan. Eso sí: no siempre es posible ni saludable. A veces el daño ha sido demasiado grande o las condiciones han cambiado tanto que retomar el vínculo ya no tiene sentido.

15. “Si una amistad se rompe es porque algo he hecho mal”

El final de una amistad no es sinónimo de fracaso. Aun así, muchas veces lo vivimos como tal: pensamos que hemos elegido mal, que no supimos cuidar la relación o que hicimos algo que lo estropeó. Pero no todas las relaciones están hechas para durar, y eso no las invalida.

Las amistades, como los ciclos vitales, tienen principio y fin. Algunas acompañan durante años, otras solo en etapas concretas. Hay vínculos que nos marcan profundamente, aunque no perduren. Reconocer eso es parte de una mirada más realista y compasiva.

Cerrar una amistad puede doler, pero también puede ser una forma de ser coherente. No todo lo que empieza bien está destinado a continuar, y eso no significa que hayamos fallado. Significa que estamos aprendiendo a soltar lo que ya no encaja, y a valorar lo vivido sin exigirle permanencia.

(En este blog puedes leer el artículo Duelo por una amistad rota: Por qué duele tanto y cómo afrontarlo)

16. “Entre un hombre y una mujer no puede haber simplemente amistad”

Todavía hay quien cree que entre un hombre y una mujer siempre hay una tensión sexual de fondo, como si fuera imposible que exista una amistad sin deseo o atracción. Esta idea, además de equivocada, es muy limitante.

Reducir cualquier vínculo entre personas de distinto sexo a una posible relación romántica refuerza estereotipos, genera desconfianza y dificulta la construcción de relaciones igualitarias. Las personas pueden compartir intimidad emocional, apoyo y complicidad sin que haya nada más.

Reconocer que es posible una amistad genuina entre hombres y mujeres no solo amplía nuestras opciones relacionales, también nos libera de prejuicios y abre la puerta a vínculos más sanos, respetuosos y diversos.

Mitos sobre la amistad

Imagen de pikisuperstar para Freepik

17. “Un buen amigo nunca te decepcionará”

Incluso en las mejores amistades se cometen errores. Nadie puede estar siempre a la altura de nuestras expectativas, por mucho que nos quiera. A veces nos equivocamos, no entendemos bien al otro o no respondemos como le gustaría. Y eso no quita valor a la relación: simplemente nos recuerda que somos humanos.

Esperar que todo sea perfecto es una trampa que complica las relaciones. Más importante que evitar cualquier fallo es saber cómo afrontarlo: hablarlo, intentar repararlo y seguir apostando por el cuidado mutuo, incluso en los momentos difíciles.

18. “La auténtica amistad surge de manera natural”

La idea de que las amistades “auténticas” fluyen sin esfuerzo alimenta expectativas poco realistas. Claro que puede haber afinidad desde el primer momento, pero las relaciones que perduran suelen necesitar tiempo, constancia y cuidado.

No todo lo que no fluye al instante está condenado al fracaso. Hay amistades que se forjan poco a poco o que se fortalecen tras atravesar momentos incómodos o desacuerdos.

Si esperamos que todo sea fácil desde el principio, corremos el riesgo de alejarnos de vínculos que solo necesitaban un poco más de atención. La química puede acercarnos, pero es el compromiso mutuo lo que mantiene viva la amistad.

19. “Las amistades de toda la vida son las mejores”

Tener amistades de toda la vida puede ser valioso, pero eso no significa que sean mejores. No todas las relaciones largas son sanas o significativas: algunas se mantienen por inercia, por miedo a cerrar una etapa o por lealtades que cuesta poner en duda.

Idealizar la duración puede hacernos sostener vínculos que ya no se corresponden con quienes somos ahora. En cambio, permitirnos crear nuevas amistades en la adultez puede abrirnos a relaciones más conscientes, libres y recíprocas.

20. “Una amistad verdadera se mantiene sola”

Ninguna relación significativa se cuida sola. Aun existiendo mucho cariño, si no se cultiva, es muy probable que se enfríe y acabe diluyéndose con el tiempo.

No hace falta estar todo el día pendiente ni que todo sea recíproco al milímetro, pero sí conviene tener ciertos gestos: mandar un mensaje, preguntar cómo va todo, tener un detalle de vez en cuando.

Pensar que una amistad real no necesita atención o confiar solo en que “si es de verdad, seguirá” puede sonar bonito, pero también es una forma de evitar la responsabilidad que conlleva mantener viva una relación.

Baja tolerancia al afecto positivo

Baja tolerancia al afecto positivo: cuando recibir amor, elogios o cuidados genera malestar

Baja tolerancia al afecto positivo: cuando recibir amor, elogios o cuidados genera malestar 1500 1000 BELÉN PICADO

Recibir un halago, disfrutar de un logro, conectar con alguien de forma genuina o dejarse cuidar. A primera vista, podríamos pensar que estas experiencias son deseables para cualquiera. Sin embargo, no siempre es así. A algunas personas estas situaciones, lejos de resultarles placenteras, les generan incomodidad, alerta o rechazo. Por paradójico que parezca, experimentan lo positivo como una amenaza emocional. Dudan de las intenciones detrás de un regalo o de un cumplido, desconfían de los gestos de cariño y, en algunos casos, evitan cualquier circunstancia que implique cercanía o intimidad. Este fenómeno se conoce como baja tolerancia al afecto positivo.

Las personas a las que les ocurre esto tienen una notable dificultad para disfrutar de momentos que a los demás nos generan bienestar. Además, les cuesta mucho aceptar y sostener emociones agradables como la alegría, el amor, el orgullo o la gratitud, sin que estas activen dentro de ellas respuestas de malestar, desconfianza o la necesidad de retirarse.

Antes de continuar te propongo que leas con calma las siguientes afirmaciones:

«Los elogios me hacen sentir incómodo/a»

«No me fío de la gente que me dice cosas positivas sobre mí»

«Me creo más fácilmente una crítica que un cumplido»

«Me siento más cómodo/a ayudando a los demás que recibiendo ayuda»

«Cuando me hacen un cumplido enseguida cambio de tema, hago una broma o lo descarto directamente».

«Si alguien me muestra aprecio, enseguida sospecho que intenta manipularme o sacar algo de mí».

«Cuando me ocurre algo bueno, me cuesta disfrutarlo; siento que no lo merezco o temo que pase algo malo justo después».

Si te has sentido identificado/a con alguna de estas expresiones, es probable que hayas experimentado esa barrera invisible que impide habitar lo positivo con naturalidad.

Baja tolerancia al afecto positivo

¿Qué es la tolerancia al afecto positivo?

Tener tolerancia al afecto positivo implica mucho más que «saber disfrutar»: supone ser capaz de permanecer en el placer, el disfrute o la seguridad sin que surjan emociones negativas que interfieran en esas experiencias. Dicho de otro modo: es poder sentirse bien sin necesidad de desconfiar de ese bienestar, minimizarlo o sabotearlo.

Cuando esta capacidad está reducida o bloqueada –es decir, cuando existe baja tolerancia al afecto positivo– ocurre justamente lo contrario. En lugar de generar calma o alegría, lo agradable despierta inquietud o temor. Es importante subrayar que este fenómeno no implica que la persona sea «negativa» o «pesimista», sino que su sistema emocional, como forma de autoprotección, ha aprendido a desconfiar del bienestar.

Desarrollar una buena tolerancia al afecto positivo es fundamental, no solo para mantener una autoestima sana o establecer vínculos afectivos estables, sino también como parte esencial del autocuidado emocional.

¿Por qué cuesta tolerar lo positivo?

Hay varias razones que nos llevan a temer las emociones positivas, entre ellas:

1. Heridas del pasado y asociaciones dolorosas

Nuestra memoria emocional funciona por asociación implícita. Si el afecto positivo (ser reconocido, recibir amor, sentirse visto…) ha estado vinculado en el pasado a momentos dolorosos o inseguros, tanto nuestro cuerpo como nuestra mente aprenderán a anticipar el daño cuando estos estímulos se presenten de nuevo. Precisamente esta es una de las bases del condicionamiento traumático.

Por ejemplo, si durante mi infancia era habitual que a momentos de felicidad les siguieran castigos duros o situaciones dolorosas, es muy posible que haya aprendido a asociar la alegría con el peligro, desarrollando con el tiempo un patrón de hipervigilancia ante este tipo de emociones. A nivel relacional, pueden darse situaciones similares en casos en los que las figuras de apego fueron impredecibles, es decir, amorosos en algunos momentos y violentos o ausentes en otros. El resultado es una mezcla emocional ambivalente en la que lo cálido se tiñe de amenaza.

Esto también explica por qué muchas personas sienten que «lo bueno no dura» o que cuando las cosas van bien, algo malo está a punto de suceder. La memoria emocional suele ser más automática y determinante que el razonamiento lógico.

2. Autocrítica y baja autoestima

Las personas con un alto nivel de autocrítica suelen presentar un sistema de amenaza sobreactivado y un sistema de calma escasamente desarrollado. Esta configuración interna no solo condiciona su forma de afrontar los errores o las dificultades, sino también su capacidad para recibir reconocimiento y disfrutar de lo positivo.

Aceptar un cumplido, sentirse orgulloso de un logro, permitirse ser amado… Todo ello implica, en cierta medida reconocerse como alguien valioso. Pero cuando la autocrítica domina el diálogo interno, emerge una voz que desacredita la experiencia: «No es para tanto», «No lo mereces», «Pronto se darán cuenta de que no eres tan capaz». Ese miedo a no estar a la altura puede llevar a rechazar o sabotear algo aunque se desee profundamente.

En algunos casos, esta mirada crítica se manifiesta a través del sarcasmo, la ironía o un rígido perfeccionismo que nunca permite sentirse lo bastante válido. En otros, adopta formas más sutiles, como una falsa modestia o una humildad impostada que, en realidad, encubren inseguridad y temor al juicio. Pero, sea cual sea su forma, la autocrítica actúa como un freno emocional ante el afecto positivo, generando vergüenza, incomodidad o malestar justo en aquellos momentos donde debería haber satisfacción, conexión o alegría.

3. Identidad construida en torno al sufrimiento

Hay personas que han construido su identidad en torno al sacrificio, la lucha o el dolor. Son quienes siempre están para los demás, quienes se muestran fuertes, autosuficientes, quienes «no necesitan» a nadie. Esa forma de estar en el mundo ha sido su modo de ser vistas, de sentirse valiosas.

Sin embargo, ese posicionamiento también tiene un coste emocional muy alto. Cuando el relato personal se ha sostenido sobre el esfuerzo constante y el cuidado a los otros, el afecto positivo puede vivirse como una amenaza y también como una traición a la narrativa vital, a la historia que uno se ha contado. Aparecen entonces pensamientos como: «Si yo soy quien cuida, ¿cómo voy a dejar que me cuiden?» o «Si siempre he sido fuerte, ¿cómo voy a reconocer que algo me conmueve?».

Este fenómeno es especialmente frecuente en casos de trauma complejo, en personas que fueron parentalizadas en la infancia o en quienes han vivido un abandono emocional prolongado. También es común en quienes han ejercido durante años el rol de cuidador/a. En estas situaciones, la idea de bienestar no encaja con la imagen internalizada de uno mismo, y abrirse a lo positivo genera disonancia, como si la persona ya no supiera quién es sin el sufrimiento como brújula.

4. Temor a la vulnerabilidad

Exponerse, dejar caer las defensas y mostrarse al otro sin máscaras es sumamente difícil para quienes han aprendido que el mundo no es seguro o que la intimidad acaba en dolor y viven ese gesto de apertura como un riesgo en vez de verlo como una oportunidad.

En estos casos, abrirse emocionalmente activa también el temor a ser herido, traicionado, invadido o abandonado. Por eso hay quienes prefieren mantener cierta distancia emocional: no porque no sientan, sino porque temen lo que podría pasar si los demás descubren esa parte sensible.

(En este blog puedes leer el artículo «Aceptar y abrazar nuestra vulnerabilidad nos hace más fuertes«)

Mostrarse vulnerable es muy difícil para las personas con baja tolerancia al afecto positivo

Imagen de Kampus en Freepik

5. Modelos culturales o religiosos restrictivos

En ciertos contextos culturales y religiosos, el placer ha sido tradicionalmente asociado al pecado, la frivolidad o la debilidad moral. Expresiones como «La vida es un valle de lágrimas», «Primero el deber, luego el placer», «Para ganarse el cielo hay que sufrir», siguen ejerciendo un importante impacto psicológico, incluso cuando esas ideas ya no forman parte del pensamiento consciente.

Más allá de las doctrinas explícitas, persisten también mandatos morales implícitos que dictan que lo bueno solo es legítimo si viene precedido de esfuerzo, sacrificio o sufrimiento. Bajo esta lógica, el disfrute no se vive como un derecho, sino como algo que hay que ganarse. El placer, entonces, solo parece estar justificado si se ha «pagado un precio» antes. Cualquier forma de bienestar espontáneo o percibido como «inmerecido» suele despertar culpa, desconfianza o la sensación de estar quebrantando una norma no escrita.

Esta forma de moral no siempre se transmite con palabras. A menudo se incorpora a través del ejemplo familiar o ambiental: madres que nunca se permitieron descansar, padres que se mostraban duros y contenidos, entornos donde la alegría se consideraba una seña de superficialidad o donde la creatividad era vista como algo poco serio. Así, el mensaje se interioriza sin necesidad de ser dicho: hay que ganarse el derecho a estar bien.

Cómo se manifiesta en el día a día

La baja tolerancia al afecto positivo no se expresa únicamente en contextos traumáticos o experiencias extremas. De hecho, muchas de sus manifestaciones aparecen en situaciones cotidianas. Estas son algunas de las más comunes:

  • Elogios neutralizados. Frases como «No es para tanto», «Tuvo más mérito otra persona» o «Solo ha sido cuestión de suerte» funcionan como intentos automáticos de desviar la atención y reducir la carga emocional que implica el reconocimiento.
  • Distanciamiento emocional. Aparece la necesidad inmediata de tomar distancia, cambiar de tema, minimizar lo dicho o evitar el contacto cuando alguien se acerca con muestras de estima o admiración.
  • Boicot emocional. Justo después de un momento de alegría o ternura, surge un pensamiento negativo, una preocupación injustificada o la anticipación de algo catastrófico.
  • Dificultad para disfrutar sin ser productivo. El descanso se vive con malestar, el juego se interpreta como pérdida de tiempo y el placer como un lujo que uno no se puede permitir o como algo reprochable.
  • Las críticas se asumen con rapidez como verdades absolutas, mientras que los elogios suelen ponerse en duda, relativizarse o descartarse con facilidad.
  • Sospecha ante las muestras de aprecio. Cuando alguien expresa afecto, admiración o reconocimiento, se activa una especie de alarma interna que lleva a interpretar ese gesto como manipulación, interés oculto o falta de criterio por parte del otro.
  • Tendencia a cuidar sin aceptar ser cuidado. Se está más cómodo dando que recibiendo, ayudando que dejándose ayudar. La reciprocidad emocional genera incomodidad, vergüenza o incluso culpa.
  • Bromas o sarcasmos ante un elogio. Responder con humor, ironía o desviar la conversación cuando alguien expresa algo positivo es una forma de defensa emocional.
  • Dificultad para confiar en los buenos momentos. Persiste la sensación de que lo bueno no puede durar, de que «algo va a estropearse» o de que se está viviendo una calma falsa antes de la tormenta.

Así afecta la baja tolerancia al afecto positivo a las relaciones

Al vincularnos con otros –pareja, amigos, familia, compañeros de trabajo– es cuando más se activan nuestras defensas frente al reconocimiento o la cercanía emocional.

Hay personas que anhelan tener un vínculo amoroso estable y afectuoso, pero cuando finalmente aparece alguien disponible emocionalmente y comprometido, surge la incomodidad o el rechazo. Es posible que, en teoría, todo parezca ideal: el otro es atento, confiable, generoso… Sin embargo, a medida que la intimidad crece, se activa una ‘alarma interna’ avisando de un posible peligro. A menudo, sin saber muy bien por qué, la persona empieza a alejarse, a desconfiar o a sabotear el vínculo.

Esta reacción no suele tener que ver con la pareja en sí, sino con la historia emocional de quien la experimenta. Si en el pasado el vínculo emocional estuvo ligado al daño, al abandono o a la inseguridad, es comprensible que ahora un cariño genuino despierte sospechas. Para quienes están acostumbrados a relaciones caóticas o dolorosas, un vínculo sano puede parecer «demasiado bueno para ser verdad» o percibirse como aburrido o poco estimulante. Y así entran en un ciclo de autosabotaje: eligen parejas evasivas, se alejan de personas emocionalmente disponibles y van acumulando cada vez más insatisfacción.

(En este blog puedes leer el artículo: «Autosabotaje en el amor: Así boicoteas tu relación de pareja«)

La baja tolerancia al afecto positivo también deja huella en otros tipos de relaciones, como las amistades o las que se dan en el entorno laboral. En el primer caso, suele provocar una creciente distancia emocional, incluso con amigos muy cercanos. La dificultad para aceptar ayuda, recibir muestras de afecto o mostrarse vulnerable genera tensiones invisibles que, con el tiempo, hacen que el vínculo se resienta y se enfríe.

En el ámbito profesional, esta dificultad suele manifestarse como incomodidad ante el reconocimiento. La persona minimiza sus logros, rechaza elogios o desconfía de las palabras amables. Esto puede deteriorar la confianza mutua y proyectar una imagen de frialdad o autosuficiencia.

La baja tolerancia al afecto positivo contribuye a deteriorar las relaciones.

¿Cómo puede ayudar la terapia?

Aprender a reconciliarse con los afectos positivos y a acoger lo que nos hace bien no significa obligarse a estar alegre en todo momento ni sentirse cómodo de inmediato ante lo que resulta agradable. Más bien, implica ir construyendo un espacio interno en el que las emociones placenteras puedan ser vividas con naturalidad, sin activar mecanismos de defensa.

La terapia acompaña este proceso revisando cómo se vivió el vínculo de apego en las etapas tempranas de la vida, trabajando la autocrítica desde una mirada más compasiva, ampliando poco a poco la capacidad de recibir y facilitando el contacto gradual con momentos agradables, permitiendo habitarlos sin necesidad de justificarse, rechazarlo o salir huyendo.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Referencias bibliográficas

Gilbert, P., McEwan, K., Gibbons, L., Chotai, S., Duarte, J., & Matos, M. (2012). Fears of compassion and happiness in relation to alexithymia, mindfulness, and self-criticism. Psychology and psychotherapy, 85(4), 374–390.

Gonzalez, A., Mosquera, D., Knipe, J., Leeds, A. & Santed, M. A. (2017). Escala de autocuidado.

Ogden, P., & Minton, K. (2009). El trauma y el cuerpo: Un modelo sensoriomotriz de psicoterapia. Bilbao: Desclée De Brouwer.

¿Te comunicas de modo pasivo-agresivo? Así puedes cambiarlo y mejorar tus relaciones

¿Te comunicas de modo pasivo-agresivo? Así puedes cambiarlo y mejorar tus relaciones 1500 844 BELÉN PICADO

Casi todos, en algún momento, hemos sido pasivo-agresivos. Decimos «sí» cuando en realidad queremos decir «no», evitamos hablar de lo que nos molesta o respondemos con un seco «nada» cuando nos preguntan qué nos sucede. Optamos por disfrazar nuestro enfado en lugar de expresarlo abiertamente, creyendo que al callar o disimular evitamos el conflicto. Sin embargo, la realidad es que la emoción no desaparece, solo que encuentra una vía más sutil —y muchas veces más dañina— para manifestarse. Y el comportamiento pasivo-agresivo es precisamente eso: una forma indirecta de expresar frustración, ira o resentimiento.

Aunque puede parecer inofensivo en un principio, con el tiempo esta conducta deteriora las relaciones, genera confusión y alimenta el malestar, tanto en quien la ejerce como en quien la recibe. Lo complicado es que, al tratarse de un patrón de comportamiento encubierto, no siempre es fácil de identificar, y mucho menos de corregir.

(Te invito a leer, en este blog, el artículo «Comportamiento pasivo-agresivo: Cómo identificarlo (en ti también)«)

A continuación, te cuento qué puedes hacer si crees, o has notado, que podrías estar actuando de manera pasivo-agresiva. Con un poco de conciencia y práctica, verás que es posible transformar la forma en que te comunicas y mejorar tus relaciones.

Identifica y reconoce tu comportamiento y tus emociones

El primer paso para cambiar cualquier patrón de conducta es tomar conciencia de él. La pasivo-agresividad suele manifestarse de manera automática, como una forma de manejar el malestar sin enfrentar directamente el conflicto. Para romper con este hábito, es fundamental identificar cuándo y cómo te comportas así y, sobre todo, las emociones que están detrás de tu actitud. Este tipo de comportamiento suele encubrir sentimientos con los que no nos sentimos del todo cómodos, como la ira, la frustración o el resentimiento. Sin embargo, como habrás notado, ignorar una emoción solo hace que se vuelva más intensa y difícil de gestionar.

Algunas señales de que podrías estar acumulando enfado:

  • En situaciones que te molestan, en lugar de expresar tu desacuerdo, recurres al sarcasmo o a la ironía.
  • Sientes irritación o resentimiento con frecuencia, aunque no siempre identificas una razón clara.
  • Saboteas, postergas o incluso olvidas tareas y compromisos en vez de decir abiertamente que no quieres hacer algo.
  • Te sientes culpable por enfadarte y evitas reconocerlo y expresarlo.
  • Te cuesta decir «no» y, en su lugar, buscas formas indirectas de resistirte a las peticiones de los demás.

Además, la pasivo-agresividad no siempre es un reflejo del enojo reprimido; en muchos casos, encubre emociones como miedo, tristeza o inseguridad, que pueden estar relacionadas con el temor al rechazo, la confrontación o el juicio de los demás. En estas situaciones, en lugar de expresar el malestar abiertamente, se recurre a actitudes evasivas o indirectas como mecanismo de protección. Reconocer estas emociones ocultas ayuda a comprender mejor el propio comportamiento y a gestionarlo de manera más saludable.

Cambiar el comportamiento pasivo-agresivo para mejorar las relaciones

Reconcíliate con tu ira

Uno de los mitos más comunes sobre la ira es la creencia de que reconocerla nos llevará inevitablemente a explotar o a dañar a los demás, por lo que lo mejor sería evitarla o ignorarla. Sin embargo, ni es una emoción negativa ni desaparece simplemente por reprimirla. Al contrario, es una señal interna que nos informa de que algo no está bien, como una necesidad no satisfecha, una injusticia percibida o un límite que ha sido sobrepasado. Por ello, es fundamental reconocerla y entender su mensaje.

Cuando notes que algo te irrita, en lugar de reprimirlo o reaccionar con pasivo-agresividad, haz una pausa y reflexiona:

  • ¿Qué es exactamente lo que te está molestando?
  • ¿Cuál es la necesidad insatisfecha detrás de ese malestar?
  • ¿Estás evitando enfrentar un conflicto por miedo al rechazo o a la confrontación?

Permítete sentir la emoción sin juzgarla ni actuar impulsivamente. Puedes escribir en un diario sobre lo que te molesta, practicar la respiración profunda para calmarte antes de reaccionar o verbalizar lo que sientes en un entorno seguro. Aceptar tu ira y gestionarla de forma consciente es clave para dejar atrás la pasivo-agresividad y construir una comunicación más clara y honesta.

(En este blog puedes leer el artículo «Emociones incomprendidas: Cómo gestionar la ira para mejorar tu autoestima«)

Escucha tu cuerpo

Cuerpo y emociones están estrechamente conectados. Si prestas atención, notarás que cuando alguien traspasa tus límites o cuando una situación te genera malestar, tu cuerpo responde de inmediato con sensaciones físicas como opresión en el pecho, un nudo en la garganta o el estómago o rigidez muscular. Sin embargo, quienes tienen un patrón pasivo-agresivo suelen ignorar estas señales, justificando sus reacciones o minimizando su malestar físico.

Sintonizarte con las señales de tu cuerpo te ayudará a reconocer lo que realmente sientes antes de que se manifieste en forma de pasivo-agresividad. Algunas estrategias útiles:

  • Escaneo corporal. Cierra los ojos y recorre mentalmente tu cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, identificando zonas de tensión o incomodidad. Pregúntate: ¿Qué emoción puede estar relacionada con esta sensación?
  • Atención a los cambios físicos. Observa si ciertos eventos o personas generan reacciones como un aumento en la frecuencia cardíaca, respiración entrecortada o rigidez en el cuello.
  • Mindfulness. Practicar la atención plena te ayuda a ser consciente de tus emociones sin juzgarlas ni reprimirlas. Notar cómo tu cuerpo reacciona ante diferentes situaciones te permitirá reconocer y gestionar tus emociones antes de que se transformen en actitudes pasivo-agresivas.

A medida que aprendas a escuchar a tu cuerpo con mayor atención, descubrirás que te proporciona información valiosa sobre lo que necesitas. Si notas una reacción física ante ciertas personas o situaciones, tu cuerpo te está enviando una señal de que algo no está bien. Escúchalo: puede ser el momento de establecer un límite o expresar tu malestar de forma asertiva.

Explora el origen de este comportamiento

El comportamiento pasivo-agresivo no surge de la nada. En la mayoría de los casos, es una estrategia de afrontamiento aprendida en la infancia o en experiencias pasadas, especialmente en entornos donde expresar ciertas emociones de manera directa no era permitido o era castigado.

Si creciste en un hogar donde uno o ambos progenitores utilizaban la agresión pasiva, es posible que ahora te cueste reconocer que esta forma de comunicación no es la única ni la más saludable. O tal vez aprendiste que expresar ira o frustración traía consecuencias negativas, como rechazo, desaprobación o castigo, lo que te llevó a buscar maneras indirectas de manifestar tu descontento.

Asimismo, si pasaste mucho tiempo intentando agradar a tus padres, cumpliendo expectativas inalcanzables o buscando su aprobación sin éxito, es probable que este patrón se haya trasladado a tus relaciones actuales. Esto puede generar frustración cuando no obtienes el reconocimiento que esperas, reforzando la pasivo-agresividad como mecanismo para gestionar esa insatisfacción.

La clave para romper este ciclo es cuestionar las creencias aprendidas y reflexionar sobre su impacto en tu vida actual:

  • ¿Dónde aprendiste que expresar tus emociones no era seguro o aceptable?
  • ¿Cómo se manejaban los conflictos en tu hogar?
  • ¿Intentas complacer a los demás en exceso y te frustras cuando no recibes lo mismo a cambio?
  • ¿Reprimes tus sentimientos por miedo al rechazo o al juicio de los demás?

Explorar el origen de tu comportamiento pasivo-agresivo no significa culpar a tu pasado, sino entenderlo para poder cambiar.

Establece límites sanos

Los límites son las fronteras que establecemos en nuestras relaciones para proteger nuestro bienestar emocional, físico y mental. Nos ayudan a definir qué estamos dispuestos a aceptar y qué no, permitiéndonos mantener interacciones más equilibradas y respetuosas.

Sin embargo, para alguien con tendencia a la pasivo-agresividad poner límites puede ser sumamente difícil. Es posible que sus fronteras sean difusas o inexistentes, lo que le dificulta diferenciar entre sus propias necesidades y las de los demás. También puede existir el miedo a que, si pone un límite, la otra persona se aleje o reaccione negativamente. Como resultado, se evita la confrontación y se expresa el descontento de manera indirecta.

Cómo empezar a poner límites sin culpa:

  • Identifica qué te incomoda. Muchas veces, la pasivo-agresividad surge cuando accedemos a cosas que realmente no queremos hacer.
  • Define lo que estás dispuesto a aceptar y lo que no. Reflexiona sobre tus necesidades y establece reglas claras para ti mismo.
  • Exprésate con claridad. En lugar de ignorar tu malestar o reaccionar con evasivas, comunica tu límite de forma directa. Por ejemplo, si un amigo insiste en pedirte favores constantemente, en lugar de acceder con resentimiento, puedes decir: «Hoy no puedo ayudarte, pero espero que encuentres una solución».
  • Sé consistente. Un límite solo funciona si lo sostienes en el tiempo. No temas reafirmarlo si la otra persona no lo respeta de inmediato.
  • Recuerda que poner límites no significa ser egoísta. Decir «no» cuando es necesario y priorizar tu bienestar no es egoísmo, sino un acto de respeto hacia ti mismo.

Cuando comienzas a establecer límites, notarás que disminuyen la ansiedad y el resentimiento, y que la comunicación se vuelve más clara. Además, cuanto más definidos estén, mejor te sentirás contigo mismo y más saludables serán tus relaciones.

Poner límites sanos ayuda a dejar atrás el comportamiento pasivo-agresivo

Imagen de KamranAydinov en Freepik.

Practica la asertividad

La pasivo-agresividad es lo opuesto a la asertividad. Mientras que la primera se basa en la evasión, la falta de claridad y la expresión indirecta del malestar, la comunicación asertiva implica expresar lo que sientes, piensas y necesitas de manera clara, directa y respetuosa. No se trata de imponer tu voluntad, sino de comunicarte con honestidad, sin agresividad ni sumisión.

Cómo desarrollar la comunicación asertiva:

  • Exprésate abiertamente en lugar de esperar que los demás adivinen lo que necesitas. Por ejemplo, en vez de suspirar o poner mala cara cuando alguien no hace lo que esperabas, di con claridad: «Me gustaría que lo hiciéramos de esta manera».
  • Habla en primera persona. Comunica cómo te sientes sin culpar ni atacar. Es más efectivo decir «Me siento frustrada cuando llegas tarde porque valoro mucho nuestro tiempo juntos» que «Siempre llegas tarde y eso me irrita mucho».
  • Olvídate del sarcasmo y las indirectas. Evita responder con frases como «No te preocupes, ya lo hago yo… como siempre» y prueba con expresiones más directas: «Me gustaría que compartiéramos esta tarea para que no recaiga solo en mí».
  • Practica la escucha activa. La asertividad también implica saber escuchar. Presta atención a los sentimientos y necesidades de los demás y demuestra interés en su perspectiva.
  • Aprende a decir «no» sin culpa. No siempre es posible complacer a los demás sin descuidarte. A veces, es necesario priorizarte. Es válido decir: «Ahora mismo no puedo ayudarte con esto».

El objetivo de la comunicación asertiva no es ganar una discusión o tener la razón, sino construir acuerdos donde ambas partes se sientan escuchadas y respetadas. Además, la asertividad ayuda a que los demás comprendan exactamente qué necesitas o esperas, reduce la frustración y los malentendidos, y fomenta vínculos más equilibrados y satisfactorios.

Reformula los conflictos

Para muchas personas con un patrón pasivo-agresivo, el conflicto es una fuente de ansiedad, ya que lo perciben como una amenaza a la armonía en sus relaciones o, peor aún, como un riesgo de perderlas. Como resultado, evitan la confrontación a toda costa, lo que solo conduce a la acumulación de resentimiento.

Al igual que la ira, el conflicto tiene una inmerecida mala fama. Crecer en un entorno donde los desacuerdos se evitaban o, por el contrario, se resolvían de manera agresiva puede hacer que lo veamos como algo negativo o peligroso. Sin embargo, cuando aprendemos a reformular el conflicto como una oportunidad de crecimiento en lugar de como una amenaza, nuestra forma de afrontarlo cambia por completo. Antes de dar por hecho que un desacuerdo llevará inevitablemente a una discusión destructiva, pregúntate qué puedes aprender de la situación y de la otra persona o cómo podéis llegar a una solución beneficiosa para ambos.

Cómo transformar los conflictos:

  • Normaliza las diferencias. Es imposible estar siempre de acuerdo en todo. Un conflicto no significa que una relación esté en peligro, sino que puede ser una oportunidad para dialogar y encontrar soluciones de manera constructiva.
  • Exprésate con asertividad. En lugar de acumular malestar y expresarlo de modo pasivo-agresivo, verbaliza tu punto de vista con claridad y respeto, tal como mencioné en el anterior apartado.
  • Practica la empatía. No se trata solo de dar a conocer tu posición, sino también de comprender la perspectiva de la otra persona. Haz preguntas abiertas y muestra interés genuino por sus sentimientos.
  • Evita las excusas y ponerte a la defensiva. Si has cometido un error, reconócelo sin justificarte. Eso sí, recuerda que una disculpa sincera no solo consiste en decir «Lo siento», sino en demostrar con hechos que te importa cómo se siente la otra persona y que estás dispuesto a mejorar.
  • Sustituye la evitación por el afrontamiento. En vez de huir del conflicto o responder con sarcasmo y resentimiento, céntrate en encontrar soluciones. Puedes probar con «¿Cómo podemos resolver esto de una manera que funcione para ambos?».

Si se gestiona bien, el conflicto no es una amenaza, sino una oportunidad para mejorar la comunicación, reforzar la confianza y fortalecer nuestras relaciones.

Imagen de cookie_studio en Freepik.

Busca apoyo profesional si es necesario

Cambiar un patrón de comportamiento arraigado como el pasivo-agresivo no siempre es fácil y en ocasiones es necesario buscar apoyo profesional. A veces, el simple hecho de reconocer que actuamos de este modo no es suficiente para cambiarlo.

Un/a psicólogo/a te ayudará a…

  • Comprender el origen de tu conducta pasivo-agresiva y a explorar cómo las experiencias que viviste moldearon tu forma de interactuar con los demás.
  • Identificar los desencadenantes. Es posible que ciertos eventos o personas activen tu tendencia a la pasivo-agresividad sin que seas plenamente consciente.
  • Aprender nuevas formas de comunicación y adquirir recursos para expresar tus necesidades y emociones de forma clara y asertiva, sin necesidad de recurrir a la manipulación o la evasión.
  • Canalizar sentimientos como la ira y el resentimiento de una manera más adaptativa.
  • Sanar tus heridas del pasado. Si tu comportamiento pasivo-agresivo tiene raíces en tu infancia, la terapia te ayudará a comprender y procesar esas experiencias para que dejen de condicionar tu presente.

(Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en tu proceso)

Parece amor, pero no lo es. 15 señales para detectar una relación tóxica

Parece amor, pero no lo es: 15 señales para detectar una relación tóxica

Parece amor, pero no lo es: 15 señales para detectar una relación tóxica 1500 1000 BELÉN PICADO

«Sin ti no soy nada», «Te quiero más que a mi vida», «Tú eres la única persona que me entiende»… Frases como estas, que hemos escuchado una y otra vez, tienen poco de amor y mucho de dependencia emocional, pérdida de identidad y, en definitiva, de relación tóxica. Amar es una experiencia maravillosa cuando se construye sobre una base sólida de respeto mutuo, equilibrio y bienestar compartido. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro, ni todo lo que parece amor, lo es.

Detrás de emociones intensas, gestos románticos deslumbrantes o promesas que parecen demasiado buenas para ser verdad, suelen esconderse actitudes y comportamientos que, lejos de aportar felicidad, pueden hacer mucho daño. Saber reconocer estas situaciones a tiempo nos ayuda no solo a evitar relaciones dañinas, sino también a proteger nuestro bienestar emocional.

En este artículo, te doy 15 claves para identificarlas:

1. Demasiado, demasiado pronto

Cuando al inicio de una relación (o incluso sin que exista realmente una) alguien te ‘bombardea’ con declaraciones de amor, halagos desmedidos o regalos exagerados, es importante detenerse y evaluar la situación. Este comportamiento, conocido como love bombing (bombardeo de amor), busca generar una conexión emocional rápida y artificial, creando la ilusión de un vínculo profundo en muy poco tiempo. Aunque puede parecer romántico, suele estar motivado por una necesidad de control, ya que la persona intenta que te sientas en deuda o atrapado/a emocionalmente.

El amor genuino necesita tiempo para desarrollarse; cuando todo avanza demasiado rápido, es una señal de alerta.

2. «Solo tú puedes hacerme feliz»

Si tu pareja te hace sentir responsable de su felicidad o de su estado de ánimo, cargándote con un peso emocional que no te corresponde, es señal de una relación tóxica basada en la dependencia. «Sin ti no soy nada», «Si me dejas, no sé qué voy a hacer con mi vida», «Solo tú puedes hacerme feliz»… Aunque al principio expresiones como estas puedan parecerte una prueba de amor, en realidad reflejan una dependencia emocional tan insostenible como agotadora.

Imagina que estás teniendo un día difícil y necesitas tu propio espacio, pero tu pareja insiste en que atiendas sus emociones porque, de lo contrario, siente que la estás abandonando. Este tipo de comportamiento genera una dinámica en la que tus necesidades quedan relegadas a un segundo plano y terminas priorizando el bienestar de la otra persona constantemente. En una relación sana, cada uno es responsable de su propia felicidad y no necesita recurrir al chantaje emocional.

Relación tóxica

3. Celos disfrazados de amor

En una relación tóxica, los celos suelen interpretarse erróneamente como una demostración de interés o cariño, pero en realidad reflejan inseguridad y necesidad de control. Cuando alguien justifica su comportamiento posesivo con frases como «Me preocupo porque te quiero»  o «Si no me importaras, no estaría celoso», lo que está haciendo es disfrazar el control de afecto.

Este tipo de actitudes se manifiesta en una necesidad constante de saber dónde estás, con quién hablas o qué haces, llegando incluso a revisar tu teléfono o tus redes sociales sin tu consentimiento.

4. Comparaciones constantes

«Mi ex nunca me daba estos problemas», «Ojalá fueras más como tu amiga»… Cuando alguien te compara con otras personas de forma negativa, lo que realmente busca es minar tu autoestima y hacerte sentir insuficiente. Da igual que luego trate de suavizarlo con frases como «Te lo digo por tu bien, porque quiero que saques lo mejor de ti», intentando que creas que lo hace por amor. El daño ya está hecho.

En una relación sana, no deberías sentir que tienes que competir con el pasado o con otros para ser suficiente.

5. Detalles que no son tan generosos como parecen

El amor no se mide en favores ni debería basarse en un intercambio constante de pruebas de afecto. En una relación tóxica, estos gestos suelen ser una herramienta de manipulación. Si alguien espera que devuelvas cada muestra de cariño de manera desproporcionada o utiliza su «esfuerzo» como excusa para exigirte algo a cambio, no está actuando por generosidad, sino intentando condicionarte y ejercer dominio sobre ti.

6. Aislamiento disfrazado de exclusividad romántica

Una estrategia común en las dinámicas de control es alejarte de tu círculo social o familiar, no de forma directa, sino disfrazándolo de romanticismo o de protección. Frases como «No entiendo por qué necesitas salir tanto con ellos si me tienes a mí» o «Tu familia no te entiende como yo» pueden parecer inofensivas, pero en realidad buscan crear una dependencia emocional y aislarte poco a poco de tus redes de apoyo.

En una relación sana, tu pareja fomentará tu autonomía y te animará a mantener vínculos saludables con tus seres queridos, en lugar de restringirlos. En una relación tóxica, sin embargo, el aislamiento no es casual, sino una estrategia para ejercer control.

7. «Quiero pasar contigo todo el tiempo posible»

La idea de pasar mucho tiempo con la persona que amamos suele asociarse con una relación fuerte y comprometida. Sin embargo, cuando este deseo se convierte en una necesidad o exigencia constante y se interpreta como una prueba irrefutable de amor, es probable que termine derivando en una relación en la que se ignoran las necesidades individuales de cada miembro de la pareja.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando cada vez que quieres hacer algo sin tu pareja notas que se entristece, se molesta o insiste en acompañarte. Poco a poco, puedes empezar a sentirte culpable por querer tu propio espacio y, con el tiempo, acabar renunciando a él.

8. Promesas vacías

Cuando las palabras de alguien no coinciden con sus acciones, es una señal clara de manipulación y una dinámica frecuente en una relación tóxica. Esto incluye prometer cambios o compromisos futuros que nunca se materializan, como alguien que dice «Por ti voy a cambiar, te lo prometo», pero sigue repitiendo los mismos comportamientos dañinos.

Estas personas pueden hablar de construir un futuro juntos para mantenerte enganchado/a, pero sin dar pasos concretos en esa dirección. Este tipo de inconsistencia genera frustración y te deja en un estado de incertidumbre constante. Las relaciones saludables no se basan en palabras vacías, sino en acciones que respalden los compromisos.

9. «No soporto verte triste»

A primera vista, que tu pareja diga que no soporta verte triste puede parecer una muestra de empatía y amor. Sin embargo, si cada vez que expresas emociones como tristeza, enfado o miedo, su reacción es de incomodidad, impaciencia o incluso enfado, es probable es que termines reprimiendo lo que sientes para evitar conflictos y ahorrarte discusiones.

Si al intentar hablar de algo que te preocupa tu pareja cambia de tema, te dice que no quiere verte triste o te pide que «te animes» por él/ella, no está demostrando amor, sino evitando enfrentarse a tus emociones.

Imagen de Freepik.

10. La delgada línea entre la idealización y la devaluación

Al inicio de la relación o incluso antes, como parte de la conquista, esa persona que tanto nos gusta puede colocarnos en un pedestal, elogiándonos constantemente y haciéndonos sentir como si fuéramos lo mejor del mundo. Es normal que nos sintamos halagados e, incluso, que lleguemos a pensar que esta vez sí hemos encontrado el amor verdadero…

Sin embargo, antes de mandar las invitaciones de boda, respiremos y reduzcamos la velocidad. Sobre todo, prestemos atención a cómo evoluciona su actitud, porque, en algunos casos, esa fase de fuegos artificiales no tarda en ser reemplazada por una etapa de devaluación en la que comienzan a señalar nuestros defectos, a criticarnos o a compararnos negativamente con otras personas.

Por ejemplo, un día te dice que eres la persona más maravillosa que ha conocido, pero al día siguiente te reprocha que no eres «lo suficientemente atento/a». Este cambio abrupto generará confusión y te hará cuestionarte constantemente si estás haciendo algo mal. En una relación saludable no hay idealizaciones extremas ni cambios drásticos en el trato de un día para otro.

11. Una de cal y otra de arena

Esta estrategia es una versión de la anterior cuando la relación ya lleva un tiempo. Tu pareja te da una de cal y otra de arena: en un momento te pone por las nubes, te dice lo maravilloso/a que eres y lo feliz que es contigo y, en un abrir y cerrar de ojos, te culpa de todo, te tilda de exagerado/a y se burla de tu «exceso de sensibilidad».

Este patrón, conocido en psicología como refuerzo intermitente, es una de las razones por las que resulta tan difícil salir de situaciones de maltrato. Si, por lo general, tu pareja te critica, pero de vez en cuando, y de forma totalmente aleatoria, te dice algo bonito, es probable que te quedes enganchado/a, intentándolo todo para conseguir ese ‘premio’.  Al final, acabarás creyendo que, si cambias, la otra persona también lo hará.

(En este blog puedes leer el artículo “Luz de gas o gaslighting (I): Identifica si sufres este tipo de maltrato psicológico”)

12. Falta de coherencia entre palabras y hechos

Cuando alguien nos importa de verdad, siempre buscamos la coherencia entre lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos. Si una persona te dice que te ama pero actúa con desdén o indiferencia, está enviando mensajes contradictorios que no solo dañan la relación, sino también tu autoestima.

Imagina que tu pareja te pregunta por qué estás tan callado/a y, cuando te animas a compartir tus sentimientos con la esperanza de mejorar las cosas, te pone cara de «Ya estás otra vez con lo mismo…». Este tipo de interacción, en la que se transmiten al mismo tiempo dos mensajes opuestos —uno verbal y otro no verbal—, se conoce como doble vínculo y, cuando se hace de forma consciente, es una forma de manipulación muy dañina.

(En este blog puedes leer los artículos «Doble vínculo (I): La trampa emocional de los mensajes contradictorios» y «Doble vínculo (II): Cómo evitar sufrirlo y generarlo«)

13. «Solo yo puedo ayudarte»

En una relación tóxica es común que una persona quiera convertirse en tu única fuente de apoyo emocional, ignorando que necesitas tu propio espacio y que tienes otras relaciones significativas. Esto puede manifestarse con expresiones como: «Solo yo puedo ayudarte». Aunque al principio pueda parecer un gesto de interés, en realidad es una forma de aislamiento emocional que busca generar dependencia.

El amor sano te permite contar con múltiples fuentes de apoyo y no te hace sentir culpable por buscar consejo o compañía en otras personas. Si alguien insiste en que toda tu carga emocional debe recaer sobre él o ella, está ignorando la importancia de tu autonomía y bienestar.

Relaciones tóxicas

14. «Eres todo lo que necesito en la vida»

Si la persona con quien tienes una relación insiste en que le basta estar a tu lado para sentirse plena y en que no necesita disfrutar de otras áreas de su vida (amistades, aficiones), en realidad está colocando sobre ti una carga que no te corresponde.

Al principio, frases como «Eres todo lo que necesito en la vida» o «Si te tengo a ti, ya no necesito más» pueden parecer una hermosa declaración de amor y una forma de resaltar lo importante que eres para la otra persona. Sin embargo, cuando el amor se convierte en la única fuente de felicidad y de plenitud, la relación deja de ser un espacio de crecimiento mutuo para transformarse en dependencia emocional. Nadie debería llevar sobre sus hombros la responsabilidad absoluta de la felicidad de otra persona.

15. «Si me altero tanto contigo es porque me importas»

Los desacuerdos son normales y pueden ser una oportunidad para crecer juntos, siempre que se manejen con respeto y comunicación. Sin embargo, hay quienes defienden las discusiones constantes, las actitudes agresivas o incluso las faltas de respeto con frases como «Si me altero tanto contigo es porque me importas» o «Me enfado contigo porque quiero lo mejor para ti».

Este tipo de razonamientos, más propio de una relación tóxica, pueden hacerte creer que los conflictos frecuentes, los gritos y los reproches son una prueba de amor y pasión. Pero la realidad es que el amor no debería ser como una guerra continua ni como una montaña rusa emocional donde en un momento te sientes querido/a y al siguiente culpable o atacado/a.

Si alguien justifica las discusiones acaloradas o los arrebatos como una prueba de cuánto le importas, en lugar de esforzarse por mantener una comunicación respetuosa, no le creas. En el amor verdadero, el respeto nunca se negocia, por mucha pasión que haya en la relación.

En conclusión, el amor sano no duele, no se impone ni genera miedo. Si te has identificado con alguna de estas señales, recuerda que reconocer una relación tóxica es el primer paso para aprender a construir vínculos más saludables. basados en el respeto, la libertad y el bienestar mutuo.

POLÍTICA DE PRIVACIDAD

De conformidad con lo dispuesto en el Reglamento General (UE) Sobre Protección de Datos, mediante la aceptación de la presente Política de Privacidad prestas tu consentimiento informado, expreso, libre e inequívoco para que los datos personales que proporciones a través de la página web https://www.belenpicadopsicologia.com (en adelante SITIO WEB) sean incluidos en un fichero de “USUARIOS WEB Y SUSCRIPTORES” así como “CLIENTES Y/O PROVEEDORES”

Belén Picado García como titular y gestora del sitio web que visitas, expone en este apartado la Política de Privacidad en el uso, y sobre la información de carácter personal que el usuario puede facilitar cuando visite o navegue por esta página web.

En el tratamiento de datos de carácter personal, Belén Picado Psicología garantiza el cumplimiento del nuevo Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea (RGPD). Por lo que informa a todos los usuarios, que los datos remitidos o suministrados a través de la presente serán debidamente tratados, garantizando los términos del RGPD. La responsable del tratamiento de los datos es Belén Picado García.

Belén Picado García se reserva el derecho de modificar la presente Política de Protección de Datos en cualquier momento, con el fin de adaptarla a novedades legislativas o cambios en sus actividades, siendo vigente la que en cada momento se encuentre publicada en esta web.

¿QUÉ SON LOS DATOS PERSONALES?

Una pequeña aproximación es importante, por ello, debes saber que sería cualquier información relativa a una persona que facilita cuando visita este sitio web, en este caso nombre, teléfono y email, y si adquiere algún producto necesitando factura, solicitaremos domicilio completo, nombre, apellidos y DNI o CIF.

Adicionalmente, cuando visitas nuestro sitio web, determinada información se almacena automáticamente por motivos técnicos como la dirección IP asignada por tu proveedor de acceso a Internet.

CALIDAD Y FINALIDAD

Al hacer clic en el botón “Enviar” (o equivalente) incorporado en nuestros formularios, el usuario declara que la información y los datos que en ellos ha facilitado son exactos y veraces. Para que la información facilitada esté siempre actualizada y no contenga errores, el Usuario deberá comunicar, a la mayor brevedad posible, las modificaciones de sus datos de carácter personal que se vayan produciendo, así como las rectificaciones de datos erróneos en caso de que detecte alguno. El Usuario garantiza que los datos aportados son verdaderos, exactos, completos y actualizados, siendo responsable de cualquier daño o perjuicio, directo o indirecto, que pudiera ocasionarse como consecuencia del incumplimiento de tal obligación. En función del formulario y/o correo electrónico al que accedas, o remitas, la información que nos facilites se utilizará para las finalidades descritas a continuación, por lo que aceptas expresamente y de forma libre e inequívoca su tratamiento con acuerdo a las siguientes finalidades:

  1. Las que particularmente se indiquen en cada una de las páginas donde aparezca el formulario de registro electrónico.
  2. Con carácter general, para atender tus solicitudes, consultas, comentarios, encargos o cualquier tipo de petición que sea realizada por el usuario a través de cualquiera de las formas de contacto que ponemos a disposición de nuestros usuarios, seguidores o lectores.
  3. Para informarte sobre consultas, peticiones, actividades, productos, novedades y/o servicios; vía e-mail, fax, Whatsapp, Skype, teléfono proporcionado, comunidades sociales (Redes Sociales), y de igual forma para enviarle comunicaciones comerciales a través de cualesquier otro medio electrónico o físico. Estas comunicaciones, siempre serán relacionadas con nuestros tema, servicios, novedades o promociones, así como aquellas que considerar de su interés y que puedan ofrecer colaboradores, empresas o partners con los que mantengamos acuerdos de promoción comercial. De ser así, garantizamos que estos terceros nunca tendrán acceso a sus datos personales. Siendo en todo caso estas comunicaciones realizadas por parte de este sitio web, y siempre sobre productos y servicios relacionados con nuestro sector.
  4. Elaborar perfiles de mercado con fines publicitarios o estadísticos.
  5. Esa misma información podrá ofrecérsele o remitírsele al hacerse seguidor de los perfiles de este sitio web en las redes sociales que se enlazan, por lo que al hacerte seguidor de cualquiera de los dos consientes expresamente el tratamiento de tus datos personales dentro del entorno de estas redes sociales, en cumplimiento de las presentes, así como de las condiciones particulares y políticas de privacidad de las mismas. Si desean dejar de recibir dicha información o que esos datos sean cancelados, puedes darte de baja como seguidor de nuestros perfiles en estas redes. Además, los seguidores en redes sociales podrán ejercer los derechos que la Ley les confiere, si bien, puesto que dichas plataformas pertenecen a terceros, las respuestas a los ejercicios de derechos por parte de este sitio web quedarán limitadas por las funcionalidades que permita la red social de que se trate, por lo que recomendamos que antes de seguir nuestros perfiles en redes sociales revises las condiciones de uso y políticas de privacidad de las mismas.

BAJA EN SUSCRIPCIÓN A NEWSLETTER Y ENVÍO DE COMUNICACIONES COMERCIALES

En relación a la baja en la suscripción de los emails enviados, le informamos que podrá en cualquier momento revocar el consentimiento prestado para el envío de comunicaciones comerciales, o para causar baja en nuestros servicios de suscripción, tan solo enviando un correo electrónico indicando su solicitud a: belen@belenpicadopsicologia.com indicando: BAJA SUSCRIPCIÓN.

DATOS DE TERCEROS

En el supuesto de que nos facilites datos de carácter personal de terceras personas, en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 5.4. LOPD, declaras haber informado a dichas personas con carácter previo, del contenido de los datos facilitados, de la procedencia de los mismos, de la existencia y finalidad del fichero donde se contienen sus datos, de los destinatarios de dicha información, de la posibilidad de ejercitar los derechos de acceso, rectificación, cancelación u oposición, así como de los datos identificativos de este sitio web. En este sentido, es de su exclusiva responsabilidad informar de tal circunstancia a los terceros cuyos datos nos va a ceder, no asumiendo a este sitio web ninguna responsabilidad por el incumplimiento de este precepto por parte del usuario.

EJERCICIO DE DERECHOS

El titular de los datos podrá ejercer sus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición dirigiéndose a la dirección de email: belen@belenpicadopsicologia.com. Dicha solicitud deberá contener los siguientes datos: nombre y apellidos, domicilio a efecto de notificaciones, fotocopia del DNI I o Pasaporte.

MEDIDAS DE SEGURIDAD

Este sitio web ha adoptado todas las medidas técnicas y de organización necesaria para garantizar la seguridad e integridad de los datos de carácter personal que trate, así como para evitar su pérdida, alteración y/o acceso por parte de terceros no autorizados. No obstante lo anterior, el usuario reconoce y acepta que las medidas de seguridad en Internet no son inexpugnables.

CAMBIOS Y ACTUALIZACIONES DE ESTA POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Ocasionalmente esta política de privacidad puede ser actualizada. Si lo hacemos, actualizaremos la “fecha efectiva” presente al principio de esta página de política de privacidad. Si realizamos una actualización de esta política de privacidad que sea menos restrictiva en nuestro uso o que implique un tratamiento diferente de los datos previamente recolectados, te notificaremos previamente a la modificación y te pediremos de nuevo tu consentimiento en la página https://www.belenpicadopsicologia.com o contactando contigo utilizando la dirección de email que nos proporcionaste. Te animamos a que revises periódicamente esta política de privacidad con el fin de estar informado acerca del uso que damos a los datos recopilados. Si continúas utilizando esta página web entendemos que das tu consentimiento a esta política de privacidad y a cualquier actualización de la misma.

 

 
Nuestro sitio web utiliza cookies, principalmente de servicios de terceros. Defina sus preferencias de privacidad y / o acepte nuestro uso de cookies.