Síndrome del salvador

Liberarse del victimismo y la queja constante es posible

La trampa del victimismo (II): Así puedes salir de la queja constante

La trampa del victimismo (II): Así puedes salir de la queja constante 1297 809 BELÉN PICADO

En el anterior artículo sobre la trampa del victimismo, conocíamos los factores que hay en la base de este comportamiento y algunas de sus características para aprender a identificarlo, tanto en nosotros como en otras personas. Así que en esta ocasión vamos a ver cómo salir de una actitud tan dañina y también cómo aprender a relacionarnos con personas que viven en una queja constante.

Porque, si seguimos encadenados a ese rol de víctima, el precio que pagaremos será muy alto. Sí, es posible que a corto plazo obtengamos ciertos beneficios a través de la queja y el lamento y consigamos la atención y el afecto que buscamos. Pero también tenemos que saber que acomodarse en esta actitud acabará paralizándonos y trayéndonos consecuencias muy negativas:

  • Aislamiento social. Por mucho que nos quieran, las personas que hay a nuestro alrededor se agotarán con nuestras exigencias, nuestra hostilidad y nuestros lamentos. Y al final acabarán alejándose, bien porque les echemos o bien porque se sientan manipuladas o se cansen de intentarlo todo para ayudarnos y nosotros no hagamos nada para mejorar nuestra situación.
  • Insatisfacción. Como no estamos acostumbrados a afrontar nuestros propios problemas o a buscar alternativas, viviremos permanentemente atascados en la frustración y la decepción, esperando que alguien venga a sacarnos de ahí.
  • Inestabilidad emocional. La falta de autocrítica, no querer ver la realidad o rechazar emociones que, aunque desagradables, son necesarias (enfado, tristeza, miedo…) impedirán que podamos conseguir una adecuada regulación emocional.
  • Abuso emocional. Si seguimos sin respetar los límites de los demás y exigiendo que se hagan cargo de nuestras carencias, acabaremos convirtiéndonos en personas tóxicas que solo saben comunicarse a través de la queja y la manipulación.
  • Inmovilidad. Cuando no hacemos otra cosa que quejarnos, sin hacer nada para cambiar nuestra situación, dejamos de avanzar y de crecer como personas. Y, desde esta inmovilidad, renunciamos además a la posibilidad de elegir la vida que queremos llevar, de convertirnos en la persona que deseamos ser.
  • Resentimiento. En muchos casos, la persona que cae en el victimismo crónico termina alimentando sentimientos como el odio o el rencor, que pueden desembocar en un victimismo agresivo. Es el caso de quien no se limita a lamentarse o a quejarse, sino que ataca a los demás, mostrándose intolerante e intransigente.

Escapar del victimismo y dejar atrás la queja constante

Qué puedo hacer para escapar del victimismo crónico y la queja constante

Si has sido capaz de verte reflejado o reflejada en alguna de las características que enumeré en el anterior artículo sobre la trampa del victimismo, enhorabuena. Acabas de dar el primer paso y, quizás, el más difícil: tomar conciencia. Aquí tienes algunas pautas para salir del «modo queja»:

  • Identifica tus necesidades. Para un momento e indaga en los posibles motivos que te han llevado a acomodarte en el rol de víctima. ¿Qué necesidades no satisfechas hay detrás de la queja y el lamento? ¿Necesito ser escuchada? ¿Quiero sentirme querido? ¿Busco que me presten atención? Te ayudará responderte a estas preguntas porque cuando nos damos cuenta de lo que queremos realmente, es más fácil expresarlo y pedirlo de forma abierta (en vez de hacerlo desde una posición manipuladora o victimista).
  • Mejora tus habilidades comunicativas. Practica la comunicación asertiva, aprende a expresar lo que quieres de forma más abierta y evita convertirte siempre en el protagonista de cualquier conversación. Y, por supuesto, dale un lugar importante a la escucha activa (del mismo modo que tú quieres desahogarte, los demás también lo necesitan). Todo esto va a suponer un esfuerzo extra, pero verás como el resultado merece la pena.
  • Detecta esos pensamientos que están fomentando el victimismo. Afirmaciones como «La vida no es justa conmigo», «Todo lo malo me pasa a mí» o «No le importo a nadie» son creencias irracionales y distorsiones cognitivas basadas en sobregeneralizaciones, pensamientos catastrofistas o predicciones sin una base realista. Esas ideas irracionales son las que a menudo acaban determinando nuestras emociones y decisiones y mediatizando nuestra relación con el mundo y con los problemas que van surgiendo. Para cambiar nuestro modo de interpretar esos pensamientos, antes tenemos que tomar conciencia de ellos y comprender cómo influyen en nuestros estados emocionales.
  • Presta atención a tu lenguaje. Las palabras pueden cambiar mucho el modo en que interpretamos la realidad. Olvídate de aquellas que implican obligación, como «tienes que…» o «deberías». Al fin y al cabo, nadie está obligado a satisfacer nuestras necesidades. Trata también de evitar términos categóricos o absolutos como «todos», «nadie», «nunca» o «siempre». Verlo todo en blanco y negro te llevará a tener una visión muy limitada de una realidad que está llena de colores y matices.
  • Reconcíliate con tus emociones. Esto implica aprender a reconocerlas y a expresarlas adecuadamente. En gran parte, la actitud victimista es el resultado de la incapacidad de aceptar emociones que pueden ser desagradables, pero también necesarias. Es el caso del enfado, la tristeza o el miedo. Igualmente necesario es mejorar nuestro vocabulario emocional. Los seres humanos somos capaces de experimentar más de cien estados emocionales y cuantos más podamos identificar, mejor podremos regularlos. Por ejemplo, en vez de limitarte al «Estoy mal», intenta ir un poco más allá: ¿Qué tipo de malestar es? ¿Decepción, enfado, tristeza, frustración, humillación…?

  • Entrena tu tolerancia a la frustración. Si consigues sostener la frustración que conlleva el fracaso te darás cuenta de que el hecho de no conseguir algo concreto no significa que seas un fracasado o seas menos valioso como persona. Cuando aprendas a relativizar y aceptes que, a veces, las cosas no salen como esperas, ya no necesitarás recurrir a la queja constante como mecanismo de defensa.
  • Busca la excepción. Al sobregeneralizar, la persona victimista da por hecho que absolutamente todo lo que le rodea es territorio enemigo. Para empezar a desmontar esta idea irracional, prueba  a hacer un análisis de la realidad que te rodea. ¿De verdad es todo tan malo o, quizás, haya algo mínimamente positivo por pequeño que sea? ¿Absolutamente todo el mundo está contra ti? ¿No hay ni una sola persona que no sea tu enemiga?
  • Un día sin quejas. Prueba a estar un día sin quejarte y observa cómo te sientes al final de la jornada. Quizás así te des cuenta de que tu sufrimiento no es tan grande como has percibido hasta ahora. En su libro Un mundo sin quejas, Will Bowen propone el reto de estar 21 día sin lamentarse. Su objetivo no es tanto dejar de quejarse por completo, como hacernos conscientes de las veces que lo hacemos y entender las consecuencias de vivir instalados en esta actitud.
  • Responsabilízate de tu vida. En vez de culpar a la mala suerte o a quienes te rodean de tus desgracias, aprende a aceptar que a veces las cosas simplemente no salen como queremos. Nadie tiene la culpa de que tengamos un mal día, pero sí soy responsable de mi actitud a la hora de afrontarlo. Otra forma de hacernos cargo de nuestra propia vida es comprender que el hecho de haber vivido en la infancia situaciones complicadas no justifica que sigamos instalados en el rol de víctima, amparándonos en lo injusta que ha sido la vida con nosotros. Como adultos, somos los únicos responsables de nuestras emociones, actitudes y comportamientos.
  • Aprende a diferenciar autocompasión de victimismo. Ser compasivo conmigo mismo y acoger mi dolor implica también hacerme cargo del mismo sin buscar responsables externos o culpables, al contrario de lo que ocurre si me quedo en el rol de víctima. La autocompasión es un acto de autocuidado que implica ser capaz de reconocerme, aceptarme y sostenerme en mis momentos de vulnerabilidad. El victimismo, por el contrario, es una forma de hacernos daño a nosotros mismos y a quienes nos rodean desde la negatividad y, en muchos casos, desde la hostilidad.
  • Pide ayuda. Si ves que tú solo/a no puedes salir de este lugar y que tu actitud está afectando a alguna parcela importante de tu vida, no dudes en buscar ayuda profesional. Iniciar un proceso terapéutico te ayudará a cambiar una posición pasiva y pesimista por una actitud activa y responsable que mejorará tu salud mental y emocional. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo y te acompañaré en el proceso)

¿Cómo me relaciono con una persona victimista sin caer en el síndrome del salvador?

Relacionarse con una persona que vive instalada en la queja constante no es tarea fácil, sobre todo para quienes están acostumbrados a funcionar desde el rol de salvador.

  • Ofrécele tu apoyo, pero sin asumir responsabilidades que no son tuyas. Valora hasta qué punto se trata de algo para lo que necesita ayuda o puede hacerlo por sí mismo. «Estoy aquí, te apoyo, pero no voy a hacerlo por ti. ¿Quieres que hablemos sobre cómo puedes solucionarlo?». Si nos dejamos llevar por el síndrome del salvador, no ayudaremos sino todo lo contrario. Resolver los problemas del otro impide que crezca como persona y le deja sin herramientas para afrontar los retos que vaya encontrando en su camino.
  • Conviértete en un experto en asertividad. Expresa cómo te sientes desde la honestidad. Y si hay algo que te molesta de su comportamiento, expónselo asumiendo que es posible que no obtengas la respuesta que te gustaría. De este modo, podrás salir indemne de su comunicación pasivo-agresiva. Por ejemplo, si alguien se enfada con nosotros porque esperaba que estuviésemos más pendientes de él, respetaremos su enfado y le ofreceremos hablar sobre cómo se siente, pero sin insistir demasiado. Dejaremos que sea él quien dé el primer paso y una vez que lo haya hecho, le escucharemos, pero también expresaremos nuestro punto de vista. Se trata de generar una relación de igual a igual, en lugar de una de cuidador y cuidado.
  • Evita ponerte en modo anti-víctima. Con frases como «Siempre se está haciendo la víctima» o «Me niego a tratar con quejicas» te estás poniendo en una posición de superioridad injusta y que no va a solucionar nada. Escucharle o validar lo que siente, no implica darle la razón si no la tiene. Además, aunque algunas de sus creencias sean irracionales, sus emociones son reales.
  • Favorece que pase de la pasividad a la acción. Anímale a que piense qué puede hacer para afrontar alguna situación o problema o para lograr un objetivo determinado. Incluso podéis pensar juntos en estrategias que han utilizado personas que se han enfrentado a lo mismo y han tenido éxito.
  • Refuerza sus logros. Valida sus esfuerzos independientemente de los resultados y felicítale por cada paso que da o cada obstáculo que supere. Eso sí, reforzando la necesidad de que se responsabilice de sus tareas.
  • Sé honesto contigo mismo/a. Si estás en una relación con una persona que recurre siempre al victimismo para obtener lo que desea, empieza por preguntarte y reflexionar acerca de vuestra forma de relacionaros y de tu parte de responsabilidad. ¿Es posible que algunas de tus conductas o actitudes estén fomentando y reforzando su comportamiento?
  • Establece límites. Si nada de lo que haces funciona y sientes que cada vez te está exigiendo más, si te sientes manipulado o te hacen sentirte culpable, toma distancia. Alejarte cuando ves que el otro no sale de su posición pasiva y victimista es una forma de cuidarte y no te convierte en mala persona.

Relacionarse con alquien que vive en la queja constante no es fácil.

Una última recomendación: «El circo de las mariposas»

«No puedo hacerlo» es una de las frases de cabecera de una persona que se ha dejado atrapar por el victimismo. Y justo lo que hace el cortometraje que os recomiendo es desmontar esa creencia que a veces asumimos como parte de nuestra identidad, cuando, en realidad, es un patrón aprendido. Y, por tanto, puede ‘desaprenderse’. En El circo de las mariposas, corto dirigido por Joshua Weigel, se muestra cómo funciona el victimismo y también cómo acabar con él.

Al principio de la historia, Will (Nick Vujicic), un hombre sin brazos ni piernas se muestra incapaz de aceptar su situación y de ver más allá de sus limitaciones, llegándose a definir como «un inútil». Esta creencia limitante se ve reforzada por quienes le rodean, que solo prestan atención a su discapacidad. Pero, por suerte, aparecerá en su vida el dueño de un circo (Eduardo Verastegui), que le ayudará a ver que, además de limitaciones, también tiene fortalezas. Will tendrá que hacerse responsable de su actitud y dejar a un lado su posición pasiva para centrarse en lo que sí puede hacer.

Es muy cierto que los traumas nos influyen, pero no tienen por qué definir quiénes somos. Haber vivido una situación dolorosa no significa que tengamos que convertir el rol de víctima en parte de nuestra identidad. Es más, podemos crecer a partir del trauma, convertirnos en mejores personas e incluso aprovechar esas experiencias para ayudar a otros que pasan por situaciones similares.

Detrás de la generosidad mal entendida hay un profundo anhelo de recibir.

Dar sin límites o la generosidad mal entendida

Dar sin límites o la generosidad mal entendida 2560 2314 BELÉN PICADO

Seguro que muchos conocéis a alguien que siempre es el primero en sacar la cartera para invitaros a una ronda de cañas, que cada vez que salís juntos se ofrece a llevaros en coche, que os agasaja con regalazos el día de vuestro cumpleaños o cualquier otro día del año o que se presta voluntariamente a todo. Quizás tú mismo o tú misma seas esa persona que siempre está dispuesta a dar sin recibir nada a cambio. Es verdad que la generosidad es una de esas virtudes que nos hacen ser mejores seres humanos, pero llevada al extremo también puede hacernos mucho daño. Porque la generosidad mal entendida lleva a quien la practica a acabar sintiéndose solo, triste y eternamente insatisfecho.

Nos han educado a base de repetirnos que, para ser un buen hijo, una buena amiga, esposa, compañero o vecino tenemos que dar, dar y volver a dar; incluso cuando estamos cansados, no tenemos tiempo, dinero o ganas. Es más, cuanto mayor sea nuestro sacrificio, más ‘valor’ tendrá nuestra generosidad. Sin embargo, lo cierto es que cuando damos sin límites y sin permitirnos recibir acabamos mental, física y emocionalmente exhaustos y también vacíos. Quizás sea el momento de sustituir la expresión «Es mejor dar que recibir» por «Es mejor dar y recibir».

Dar para que me quieran

Desde muy pequeña, Marta aprendió a hacer amigos a través de regalos materiales, de dejar copiar a sus compañeros en los exámenes o de hacer los favores que hicieran falta dejando a un lado sus propias necesidades. Tenía tanto miedo de no caer bien y de quedarse sola que estaba segura de que así la aceptarían. Hasta que se dio cuenta de que su generosidad no estaba dando los frutos que ella esperaba.

La ira y el resentimiento empezaron a acumularse en su interior, pero incapaz de aceptar que ella pudiera sentir esas emociones tan ‘negativas’, trató de enterrarlas. En lugar de reflejar su enfado, a menudo se mostraba dolida y triste por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de todo lo que estaba dando. Hasta que no pudo más y estalló, echando en cara a sus amigos todos los sacrificios que había hecho y seguía haciendo por ellos y lo poco que estaba recibiendo a cambio.

Ella esperaba que así cambiarían de actitud y la valorarían más, pero consiguió lo contrario. Le reprocharon que ahora les ‘pasase la factura’ de todo lo que había hecho, ya que había sido ella quien había elegido estar siempre disponible. Los amigos de Marta se aprovecharon de su inseguridad, pero también ella tuvo parte de responsabilidad en la situación.

El generoso compulsivo está convencido de que el único modo de recibir afecto es dar sin límite.

Qué hay detrás del generoso compulsivo

Detrás de un generoso compulsivo se esconde un anhelo profundo de recibir, del que no suele ser consciente. Al no reconocer esta carencia y, además, ser incapaz de pedir lo que necesita, la persona se convence de que la única manera de recibir el amor o la aceptación de los demás es dando sin límite. Y no recibir la respuesta esperada puede llevar a pedir, incluso a exigir a los otros, que respondan como mínimo en la misma proporción a esa generosidad que muchas veces incluso resulta abrumadora. De aquí al victimismo, al resentimiento y al reproche solo hay un paso.

Además, es muy habitual que en este dar sin límites vaya incluida una necesidad casi impulsiva de ayudar a los demás en un intento desesperado por sentirse imprescindible y valorado. A este comportamiento se le conoce como síndrome del salvador.

Con su dadivosidad, la persona intenta evitar el rechazo y busca constantemente la validación que ella misma no se da y el amor que ella misma no se tiene. «Si hago todo esto por ti y no espero nada a cambio, pensarás que soy una persona maravillosa y no me rechazarás. Si nuestra relación estuviera basada en un dar por igual, podrías verme más objetivamente y reconocer lo inferior o lo imperfecto que soy».

En ocasiones, en el fondo hay cierto grado de manipulación. Esto ocurre cuando alguien es demasiado generoso y, al mismo tiempo, se queja de serlo. Expresa constantemente su desilusión y decepción porque los demás no actúan como él (o como ella) y no agradecen lo suficiente su entrega.

Por otra parte, algunas de estas personas no solo viven para dar, sino que rechazan sistemáticamente lo que les ofrecen a ellos. Por ejemplo, cuando alguien quiere invitarles a cenar, insisten siempre en pagar. Esto también ocurre con los gestos no materiales. Si les decimos «Me gusta ese abrigo», la respuesta será: «¿En serio? Pero si es muy viejo». O si les decimos: «¡Qué bien te sienta ese corte de pelo!», una respuesta probable será: «¡Qué va, si estoy horrible». De este modo, con el paso del tiempo la persona va enseñando a los que le rodean a no regalarle jamás ningún cumplido. A fin de cuentas, un cumplido es un regalo, ¿y a quién le gusta que rechacen sus regalos una vez y otra vez?

Lo malo de ser demasiado desprendido

Elizabeth Gilbert, escritora estadounidense y autora del best seller Come, Reza, Ama, escribió un artículo en el que hablaba sobre su propia tendencia al exceso de generosidad: «Mi política general de actuación siempre ha sido: ‘Si es mío, no te preocupes: ¡Puedes quedártelo!’. A lo largo de los años, he regalado en exceso mi dinero, mis posesiones, mis opiniones, mi tiempo, mi cuerpo, mis emociones; lo que sea, lo he regalado. Daba todo lo que era capaz de dar, independientemente de que los destinatarios se sintieran cómodos recibiendo».

Pero lo que consiguió Gilbert fue lo contrario de lo que buscaba: «Regalar dinero a mis amigos era muy divertido. Hasta que dejó de serlo cuando, de repente, empecé a perder a algunos. Utilicé el poder de dar imprudentemente. Me metí en sus vidas con mi gran chequera y borré años de obstáculos de la noche a la mañana, pero en el proceso también borré sin quererlo años de dignidad. A veces, al interrumpir su vida de forma tan brusca, negaba a un amigo la oportunidad de aprender sus propias lecciones vitales a su propio ritmo. Y lo que es peor, a veces mi exceso de entrega hacía que los amigos se sintieran avergonzados y desnudos».

Aunque a todos nos gusta recibir regalos llega un momento en que puede resultar verdaderamente incómodo. Puede ocurrir que no pueda permitirme corresponder al mismo nivel de los regalos que recibo y en vez de gratitud experimente culpa. O, simplemente, no me apetece sentirme continuamente en la obligación de corresponder a un gesto de generosidad que no he pedido. Y es que muchas veces el generoso compulsivo da más de lo que el otro quiere recibir.

Ser demasiado generoso puede provocar incomodidad en quien recibe.

Generosidad y egoísmo, dos caras de la misma moneda

Se nos ha hecho creer que ponerse uno mismo en primer lugar es señal de egoísmo e, incluso, de ser mala persona. Pero es justo cuando nos ponemos en primer lugar cuando podemos ser más generosos. Porque no podemos dar lo que no tenemos. Si me permito cubrir mis necesidades y procurarme mi propio bienestar, estaré mucho más capacitado para dar al otro. Solo si somos generosos con nosotros mismos, sabremos serlo con los demás.

Ser generoso no significa dar sin parar y a cualquier precio. Ser generoso implica estar para los otros, pero estando primero para uno mismo desde un sano egoísmo. Y para conseguirlo hay que trabajar en el propio crecimiento personal, aprender a distinguir la verdadera generosidad del dar para recibir afecto, para evitar el rechazo o para huir de la sensación de soledad.

Mientras Marta, nuestra chica generosa del principio del artículo, siga convencida de que la única forma de ser feliz es que los demás la acepten y la quieran, seguirá dando de forma compulsiva. Y, en consecuencia, continuará atrayendo a su vida a personas que estarán con ella por interés y no por un cariño honesto y genuino. Los generosos compulsivos suelen tener especial facilidad para atraer a personas que solo saben recibir y que salen corriendo cuando quien tanto les ha dado empieza a pedir de vuelta.

Sin embargo, las personas en quienes la capacidad de dar están equilibrada con la de recibir no se sentirán atraídas por gente en exceso desprendida (como Marta), que no les permite desarrollar su parte más generosa.

Si somos lo suficientemente egoístas como para pensar primero en nosotros y cubrir nuestras propias necesidades de amor y aceptación, nos sentiremos plenos. Así, tendremos más para dar a otros y lo haremos de una manera más despreocupada, sin el ansia de que nos devuelvan nada.

Más que emociones contrarias, egoísmo y generosidad son dos caras de una misma moneda. Solo aceptando ambos sentimientos y eliminando la etiqueta de ‘negativo’ o ‘positiva’ podremos elegir cuál poner en marcha en cada momento. Practicar la generosidad aumentará nuestro bienestar siempre y cuando hacerlo sea nuestra elección y no una obligación.

La generosidad y el egoísmo son dos caras de la misma moneda.

Aprende a pedir y a recibir

Si eres de los que das sin límite, estas pautas pueden ayudarte:

  • Sé sincero contigo mismo. Pregúntate: ¿Por qué das tanto? ¿Para qué lo haces? ¿Qué esperas ganar? ¿Están satisfechas tus necesidades emocionales? ¿Regalas desde un corazón pleno? ¿O das para conservar tus amistades y ganarte el cariño de quienes te rodean? ¿Eres de los que haces donaciones a una ONG o prefieres que los destinatarios de tu generosidad sean personas conocidas que puedan expresarte su gratitud? Recuerda que el acto de dar porque quieres, eligiendo qué, cuándo, a quién y cómo hacerlo, es totalmente diferente a dar porque lo necesitas o sientes que debes hacerlo.
  • Primero tú. La primera persona con la que debes practicar la generosidad eres tú. Una vez que hayas cubierto tus necesidades, podrás dar sin sentir que el otro es responsable de llenar tu vacío a cambio de lo que le estás ofreciendo.
  • Pon límites e incluye el «no» en tu repertorio de respuestas. El hecho de dejar de dar a manos llenas no va a convertirte en una mala persona. Posiblemente cuando empieces a poner límites, algunos de los beneficiarios de tu exceso de generosidad se molestarán y desaparecerán. No dejes que eso te haga dudar de que estás haciendo lo correcto porque las personas que realmente te aprecian y te valoran seguirán a tu lado.
  • Aprende a pedir. Una buena forma de equilibrar la balanza entre el dar y el recibir es aprender a pedir. La generosidad no solo es dar; también es dejar espacio para recibir. Colmar de regalos a alguien o invitar siempre tú a cenar causa un desequilibrio en la relación que solo podrás volver a reajustar cuando dejes que los demás hagan también algo por ti.

El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites»

El síndrome del salvador: «Necesito que me necesites» 1920 1280 BELÉN PICADO

Seguro que todos conocemos a alguien sumamente servicial, que asume como suyos los problemas de la gente que le rodea o que siempre está dispuesto a dejar sus intereses en segundo lugar para ocuparse de que otra persona cumpla sus objetivos. Se trata de rescatadores natos que parecen tener un radar para detectar necesidades y problemas ajenos y que tienen una necesidad casi impulsiva de ayudar. Este comportamiento se conoce como síndrome del salvador o también como síndrome del caballero blanco.

Esta actitud de ayuda unilateral suele darse más en las relaciones de pareja, pero también puede verse en otro tipo de relaciones, sobre todo entre padres e hijos. Es el caso de la madre que hace la comida a diario para su hijo porque, si no, va a comer fatal (el muchacho en cuestión tiene 40 años y hace más de diez que ya no vive en casa). Otro ejemplo es el de los hijos que no dejan que sus padres hagan nada solos “porque ya están mayores” (aunque el padre o la madre puedan manejarse por sí mismos perfectamente).

A la mayoría de nosotros nos enseñaron de niños que hay que ayudar a los demás y eso está muy bien, sobre todo a la hora de vivir en sociedad. Sin embargo, también es importante entender que ese altruismo debe basarse siempre en la reciprocidad.

El 'salvador' tiene la urgente necesidad de ocuparse de las necesidades de los demás.

¿Cómo se crea un salvador?

El rol de salvador puede aparecer en la infancia como un mecanismo para equilibrar el sistema familiar.

Es habitual que la persona proceda de un hogar en el que no se atendieron sus necesidades afectivas. Por ejemplo, pudo pasar que el niño se viera obligado a asumir responsabilidades que no le correspondían, como cuidar de alguno de los padres o de sus hermanos (parentalización). Ese niño sintió que si se preocupaba y era solícito con las necesidades de las figuras de apego su amor sería correspondido e, indirectamente, con el paso del tiempo seguirá buscando relaciones que repitan el patrón. Por un lado, tratará de satisfacer su hambre de amor proporcionando afecto a quienes siente que lo necesitan. Por otro, a la hora de relacionarse tenderá a elegir personas emocionalmente inaccesibles (como lo fueron sus figuras de referencia), con la esperanza de que, con su entrega, la otra persona acabe cambiando.

Cuando me ocupo de tus necesidades, desvío la atención de las mías

Muchas de las actitudes disfuncionales que desarrollamos nos aportan una serie de ventajas de las que no somos conscientes, pero que existen. Y el impulso de vivir rescatando a los demás es una de ellas. El síndrome del salvador permite:

  • Ponerse por encima del otro. El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad mal entendida. Aunque la persona esté convencida de que solo busca el bien del otro, lo que está haciendo inconscientemente es ponerse por encima. Así se inicia un juego en el que, el rescatador, a medida que ayuda, va engrandeciéndose a la vez que hace pequeños a quienes pretende ‘salvar’, al no dejar que estos salgan adelante por sí mismos. Al mismo tiempo, paradójicamente, su orgullo le impide reconocer sus propias necesidades y pedir ayuda cuando la necesita.
  • Sentirse valorados. Uno de los motivos por los que no es fácil que el salvador renuncie a su rol es porque se resiste a no ser imprescindible. Y tiene su lógica porque para él es el único modo que conoce de sentirse visto y de dar sentido a su vida. El problema es que, al basar su autoestima en la respuesta del otro, si este en algún momento decide prescindir de su ayuda, se sentirá frustrado, poco valorado y muchas veces perdido.
  • Evitar mirar las  propias heridas. El salvador pone toda su energía en solucionar los problemas del otro, para no tener que detenerse a observar su dolor y responsabilizarse de él. A menudo no se atreve a enfrentarse a sus carencias y conflictos internos y prefiere volcarse en los del otro.
  • Tener el control. Los salvadores son excesivamente controladores. Para sentirse seguros necesitan que todo esté controlado, tanto situaciones como personas. Y como no se fían de la capacidad de otros para resolver sus problemas, prefieren encargarse ellos mismos. «Mientras el otro necesite mi protección, lo podré controlar. Además, como he creado en él la necesidad de que le proteja y le cuide no correré el riesgo de que me abandone».

El síndrome del salvador es consecuencia, en parte, de una generosidad malentendida.

Relaciones tóxicas

Hasta ahora hemos hablado de los salvadores, pero para que haya un salvador tiene que haber un salvado. Ambos tienen en común el no hacerse responsables de sus propias emociones, desembocando en relaciones tóxicas en las que hay una gran dependencia emocional y una acusada asimetría. Es decir, siempre se produce una desigualdad de roles.

El salvado suele tener una personalidad dependiente, con baja autoestima y poca seguridad en sí mismo. Una relación tóxica salvador-salvado es la que se establece, por ejemplo, entre el alcohólico y el familiar codependiente (Si te interesa, te invito a leer el artículo Codependencia y alcoholismo: dos caras de la misma adicción en este mismo blog).

Aunque ambos creen que el otro les dará lo que necesitan, esto nunca sucede. El salvador se dará cuenta de que no puede hacer nada por el otro, pues el vacío que intenta cubrir nunca se llena y el salvado siempre reprochará al salvador que nunca le va a dar lo que el necesita.

Con el tiempo, el resentimiento acabará adueñándose del ayudador compulsivo por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de los servicios prestados. Y como en muchos casos no se atreve a expresarlo verbalmente, acaba recurriendo al chantaje emocional, al victimismo o a la manipulación con la esperanza de obtener así el amor que cree que merece.

Lo primero, tomar conciencia

Si tu forma de ser se corresponde con las características de un salvador o una salvadora, estas pautas podrían servirte de ayuda:

  • Toma conciencia de este patrón de comportamiento. La capacidad de reflexión y la toma de conciencia es el primer paso para empezar a vivir nuestra vida en vez de dedicarnos a solucionar la de los demás. Pregúntate: ¿Desde cuándo tienes esa necesidad de sentirte indispensable? ¿Qué beneficios has obtenido? ¿Ha habido alguna etapa en tu vida en la que esta característica haya sido más evidente?
  • Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste. Es posible que las cosas no salgan como tú consideras que es lo correcto y que eso te genere cierta frustración. Pero es algo que debes aprender a sostener. El hecho de que otras personas no hagan las cosas como tú no significa que estén mal hechas. Solo que las hacen de modo diferente. Sin más. No pienses por ellas, deja que acierten (o se equivoquen). Y si alguien quiere tu ayuda, ya te la pedirá.

Aprende a confiar en el otro por mucho que te cueste.

  • Acostúmbrate a ocuparte de ti mismo. Ocuparse de uno mismo no es egoísta, como tampoco es un signo de generosidad querer solucionar la vida del otro. Lo único que estás haciendo es distraerte de tus propios problemas. Atrévete a mirar dentro de ti y sincérate: ¿Realmente crees que tu vida está tan resuelta que ya puedes dedicarte a arreglar la de los demás? ¿O en realidad necesitarías que te rescatasen a ti?
  • Aprende a decir “no”. Es muy posible que, si llevas tiempo ejerciendo de salvador o salvadora, la persona salvada se haya acostumbrado y no te ponga fácil renunciar a tu papel. Así que vas a tener que aprender a poner límites y mantenerte firme. Recuerda que tienes todo el derecho a pensar en ti y ponerte por delante.
  • Aprende a diferenciar empatía de simpatía. Suele considerarse al salvador como una persona empática y no es así. La empatía es la capacidad de ponernos en la piel del otro, acompañarlo y ayudarlo a solucionar sus conflictos a su manera, permitiéndole que crezca. La simpatía es la capacidad para solucionar los problemas de los demás desde nuestra propia perspectiva, es decir, desde la forma en que lo haríamos nosotros.
  • Cultiva la flexibilidad y la reciprocidad. Una relación sana siempre es flexible, unas veces apoyarás tú al otro y otras será el otro quien te ayudará a ti. Dice Bert Hellinger: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real, un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta ser tóxico”.

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