Sesgo de confirmación

Dos estatuas del David mirándose y señalándose mutuamente con gafas de sol, ilustración conceptual sobre el sesgo del punto ciego.

Sesgo del punto ciego: Por qué vemos antes los prejuicios de los demás que los nuestros

Sesgo del punto ciego: Por qué vemos antes los prejuicios de los demás que los nuestros 1536 1024 BELÉN PICADO

“¿Pero cómo puede ver las cosas así? Es increíble lo poco objetivo que es y la cantidad de prejuicios que tiene. Ni se da cuenta de que solo repite lo que oye por ahí o lo que piensa el resto. Menos mal que a mí eso no me pasa y que yo sí me paro a analizar las cosas con calma y saco mis propias conclusiones sin dejarme influir por nadie…”. Si alguna vez te has descubierto pensando algo parecido, es muy probable que hayas experimentado —sin saberlo— lo que en psicología se conoce como sesgo del punto ciego o punto ciego del sesgo, un fenómeno que nos hace creer que somos más objetivos, racionales y justos que los demás.

Nos gusta creer que nuestras opiniones nacen de un análisis sereno y personal, mientras que las de los otros nos parecen contaminadas por emociones, ideologías o influencias externas. Sin embargo, la ciencia nos dice algo muy distinto: nuestra forma de ver el mundo también está construida sobre sesgos cognitivos, esos atajos mentales que el cerebro utiliza para procesar la información a toda velocidad. El problema no es que existan —son herramientas evolutivas útiles—, sino que operan en una zona de sombra que nos impide ver nuestras propias distorsiones.

Todos tenemos sesgos y, sin embargo, vivimos con la ilusión de que a nosotros nos afectan un poco menos.

Qué es exactamente el sesgo del punto ciego

El concepto fue estudiado a fondo por la psicóloga social Emily Pronin y su equipo a principios de los años 2000. En sus investigaciones observaron un patrón muy llamativo: cuando se pedía a los participantes que evaluaran cuánto les influían a ellos distintos sesgos cognitivos frente a cuánto afectaban a otras personas, la inmensa mayoría se consideraba sistemáticamente “menos sesgada que la media”.

La expresión “punto ciego” se inspira en el funcionamiento del ojo humano. En la retina existe una pequeña zona carente de receptores de luz, un vacío en nuestro campo visual del que no somos conscientes porque el cerebro lo “rellena” automáticamente con la información del entorno.

Algo parecido ocurre con nuestros procesos mentales. Todos tenemos zonas ciegas en nuestra forma de pensar, distorsiones que no percibimos de forma directa. Al igual que el cerebro compensa ese vacío en la retina, nuestra mente completa esos huecos con explicaciones que refuerzan la idea de que nuestra interpretación de la realidad es razonable y está bien fundamentada. Por eso nos resulta tan sencillo señalar el prejuicio en el vecino, pero casi imposible reconocer el propio.

El núcleo del problema reside en cómo evaluamos las ideas. Cuando analizamos nuestras propias opiniones, lo hacemos “desde dentro”: tenemos acceso directo a nuestras intenciones, a los razonamientos que creemos haber seguido y a esa sensación reconfortante de estar siendo honestos. En cambio, cuando juzgamos a los demás, lo hacemos “desde fuera”. Como no podemos leer sus mentes, tendemos a explicar sus posturas fijándonos solo en factores externos: su ideología, sus intereses personales o su contexto emocional.

Esa asimetría crea una ilusión sutil pero poderosa: si considero mis pensamientos fruto de un razonamiento honesto, concluyo que son objetivos; si los tuyos me parecen influidos por tus circunstancias, los considero menos fiables.

Por eso la introspección no siempre es suficiente para detectar nuestros propios sesgos. Muchos operan de forma automática y no se experimentan como errores, sino como conclusiones que nos parecen completamente razonables. Incluso las personas más reflexivas pueden elaborar explicaciones muy sofisticadas para justificar sus creencias, sin darse cuenta de que también están influidas por determinados filtros. En definitiva, el problema no es que tengamos sesgos, sino la firme creencia de que nosotros somos la excepción a la regla.

Hombre tapándose un ojo con la mano y mirando de frente.

Para qué nos sirve

Para entender por qué el cerebro nos oculta nuestra propia falta de objetividad, conviene dejar de ver los sesgos como simples errores y empezar a verlos también como mecanismos de adaptación. Esta ceguera parcial no es solo un fallo de nuestro razonamiento; también nos ayuda a movernos por el mundo sin quedar atrapados en una duda constante sobre nuestras propias interpretaciones. Estas son algunas de sus funciones:

  • Preserva el autoconcepto y la imagen social. Todos mantenemos una idea positiva de nosotros mismos: nos gusta pensar que somos personas razonables, equilibradas y justas. Admitir hasta qué punto nuestros juicios están influidos por prejuicios o intereses personales supondría un golpe directo a nuestra autoestima. El sesgo del punto ciego actúa como un escudo que nos permite mantener esa narrativa de «persona sensata y coherente», algo vital para nuestra confianza interna y para la imagen que proyectamos ante los demás. En términos de supervivencia social, resulta mucho más útil mostrarse ante el grupo con una convicción firme que hacerlo con una duda constante sobre nuestra propia imparcialidad.
  • Reduce la disonancia cognitiva. También ayuda a aliviar la incomodidad que surge cuando nuestras ideas y nuestras acciones no encajan. Si detectáramos con facilidad nuestras propias contradicciones, muchas de nuestras creencias entrarían en conflicto con la realidad. Esta distorsión suaviza esa tensión: nos permite, por ejemplo, criticar en otra persona un comportamiento que consideramos egoísta mientras interpretamos una conducta muy similar en nosotros como algo “razonable” o “necesario” debido a las circunstancias. Al ocultar la incoherencia, el cerebro nos permite mantener la sensación de que nuestras opiniones y decisiones son siempre íntegras y objetivas.
  • Fortalece la cohesión grupal y sentido de pertenencia. El sesgo del punto ciego también refuerza los vínculos con “los nuestros”. Cuando percibimos nuestras opiniones como las únicas lógicas, tendemos a extender esa validación a quienes piensan como nosotros. Esto crea una burbuja de confianza mutua y consolida identidades colectivas. Al final esta visión compartida nos permite defender posiciones comunes frente a perspectivas externas que percibimos, de forma casi automática, como menos fiables o más manipuladas.
  • Facilita la toma de decisiones y ahorra recursos mentales. Analizar constantemente hasta qué punto cada uno de nuestros juicios está sesgado sería una tarea agotadora. El cerebro busca la eficiencia, y esta falta de conciencia sobre el sesgo simplifica nuestra vida diaria al permitirnos actuar con la convicción de que nuestras conclusiones son suficientemente razonables. Esta confianza —aunque sea una ilusión— nos facilita tomar decisiones con rapidez y avanzar sin quedar paralizados por una duda permanente sobre nuestra propia capacidad de pensar con claridad.
  • Mantiene la sensación de control y estabilidad. Al percibir nuestras interpretaciones como bien fundamentadas tenemos la sensación de que entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Si fuéramos plenamente conscientes en todo momento de hasta qué punto influyen nuestros filtros mentales, la realidad nos resultaría mucho más incierta y difícil de ordenar. Este mecanismo contribuye a mantener esa sensación de firmeza que nos permite interpretar el mundo con cierta coherencia y seguridad.

Un sesgo que alimenta la polarización y la radicalización

Cuando el sesgo del punto ciego entra en juego en temas que implican fuertes convicciones personales, lo que podría ser una simple diferencia de perspectiva se convierte en un mecanismo de confrontación. Si estamos convencidos de que nuestra interpretación es la única verdaderamente objetiva, cualquier desacuerdo deja de verse como un intercambio legítimo de puntos de vista y empieza a interpretarse como una señal de que el otro está mal informado, manipulado o, directamente, actuando de mala fe.

En ese momento, el debate se aleja del terreno de los argumentos y se desplaza hacia un cuestionamiento de la credibilidad personal. Ya no discutimos tanto sobre hechos como sobre quién es más racional o fiable. Como resultado, las posiciones se endurecen y el diálogo se vuelve cada vez más difícil, porque partimos de la base de que nuestra visión refleja la “verdad” mientras que la del otro está distorsionada.

Este problema puede intensificarse cuando nos movemos sobre todo en entornos donde la mayoría comparte nuestras mismas ideas. En estos contextos, las opiniones del grupo se refuerzan mutuamente y la sensación de estar en lo cierto se vuelve cada vez más sólida. Cuando esta inercia se prolonga, puede derivar en procesos de radicalización. Las críticas externas dejan de verse como una oportunidad de revisión y empiezan a interpretarse como ataques o como «pruebas» de que el otro bando está equivocado.

En el entorno digital actual, estas dinámicas encuentran un terreno especialmente propicio. Las redes sociales, a través de sus algoritmos, tienden a mostrarnos contenidos que encajan con nuestras preferencias previas. Cuando nuestras ideas reciben una confirmación constante, la ilusión de estar interpretando las cosas con total claridad puede reforzarse peligrosamente. Si a esto le sumamos que las posiciones contrarias suelen aparecer ante nosotros simplificadas o caricaturizadas, resulta casi inevitable percibirlas como irracionales o sesgadas.

Silueta de una cabeza sosteniendo una imagen de una multitud con banderas, ilustración sobre polarización y radicalización de ideas.

Imagen de Freepik.

¿Cuándo estás bajo el efecto del sesgo del punto ciego?

Aunque este fenómeno sea difícil de detectar en nosotros mismos, suele dejar huellas bastante claras en nuestro día a día:

  • En discusiones de pareja o familiares. Es frecuente sentir que nosotros estamos exponiendo argumentos razonables mientras la otra persona “se está poniendo histérica”, “es demasiado sensible” o “saca las cosas de contexto”. Nuestra mente interpreta nuestras opiniones como fruto del análisis y tiende a atribuir las del otro a su estado de ánimo o a sus prejuicios. Esta falta de autocrítica dificulta la resolución de conflictos y refuerza patrones de comunicación defensivos.
  • Cuando recibimos críticas en el trabajo. Si ante un comentario negativo lo primero que piensas es que quien te evalúa es injusto, parcial o “te tiene manía”, pero rara vez consideras que tus propias conclusiones también pueden estar sesgadas, es muy probable que esté actuando este mecanismo. El sesgo nos protege de sentirnos cuestionados o incompetentes, pero al mismo tiempo nos impide aprender de nuestros errores.
  • En debates sobre temas de actualidad. Muchos estamos convencidos de que nuestras opiniones se basan en hechos y razonamientos lógicos. Las posturas contrarias, en cambio, suelen interpretarse como el resultado de estar manipulados por los medios, la ideología o por intereses ocultos. Es la clásica sensación de: “Yo me informo bien y los demás están adoctrinados”.
  • Al consumir noticias o contenido de redes sociales. Cuando una información coincide con lo que ya pensamos, la consideramos valiente y bien fundamentada. Sin embargo, si contradice nuestras ideas, de repente nos volvemos muy hábiles para cuestionar la credibilidad de la fuente. En estas situaciones, el sesgo del punto ciego se combina con el sesgo de confirmación —nuestra tendencia a buscar solo información que nos da la razón— para crearnos una realidad a medida donde nuestra visión nunca se cuestiona.
  • En el juicio moral y la integridad. Nos resulta relativamente fácil detectar faltas éticas en los demás, pero interpretamos nuestras propias incoherencias como excepciones justificadas. Si alguien miente, nos parece falta de integridad; si mentimos nosotros encontramos una explicación que lo justifica: “era necesario”, “no tenía otra opción”, “era por un bien mayor”. Este contraste es una señal clara de que no nos medimos con la misma vara que al resto.

Dos personas sentadas frente a frente conversando y defendiendo puntos de vista distintos.

¿Qué podemos hacer para manejarlo? Pautas para convivir con nuestra «ceguera»

Aceptar que este sesgo es una pieza fija de nuestra maquinaria mental es el primer paso para restarle poder. No podemos eliminarlo, pero sí aprender a desconfiar de esa sensación de objetividad absoluta que a veces nos invade. Aquí tienes algunas pautas que pueden ayudarte a ajustar tu mirada:

  • Cuestiona tu sensación de certeza. Cuando sientas que tienes la razón de forma aplastante y que el otro está “obviamente” equivocado, detente. Esa seguridad total suele ser una buena pista de que tu punto ciego está a pleno rendimiento. En lugar de asumir que ves todo con nitidez, pregúntate qué información podrías estar pasando por alto.
  • Busca “espejos” externos. Como no podemos detectar nuestros propios sesgos solo mirando hacia dentro, necesitamos contraste. Cuando alguien de confianza te sugiera que estás siendo injusto o prejuicioso, intenta no ponerte a la defensiva de inmediato. Escucha su versión como una indicación de que quizá hay algo que no estás viendo.
  • Analiza la lógica del otro. En lugar de buscar qué prejuicio nubla el entendimiento de la otra persona, pregúntate: “¿Qué datos o experiencias tiene para que su postura le parezca tan lógica como a mí la mía?”. Este ejercicio ayuda a salir de la trampa de pensar que uno ve los hechos y el otro se inventa las cosas.
  • Observa con curiosidad el camino de tus razonamientos. Más allá de decidir si una idea es correcta o no, fíjate en cómo has llegado a ella: ¿Qué información estás priorizando? ¿Qué datos estás ignorando? ¿Qué emoción puede estar influyendo en tu interpretación? Desarrollar curiosidad por tus propios procesos mentales es el mejor antídoto contra la rigidez.
  • Matiza tus afirmaciones. Prueba a cambiar frases absolutas como “esto es así” por expresiones como “con la información que tengo ahora” o “me inclino a pensar que…”. Este pequeño cambio de lenguaje refleja mejor la naturaleza provisional de muchas creencias y reduce la ilusión de tener una visión infalible.
  • Haz de “abogado del diablo”. Si tienes una opinión muy firme, proponte encontrar tres argumentos sólidos a favor de la postura contraria. Si no eres capaz de hacerlo sin ridiculizar al otro bando, es muy probable que el punto ciego esté bloqueando tu capacidad de análisis.
  • Cultiva la humildad intelectual. Recordar que la mente no es una cámara que registra el mundo tal como es, sino un sistema que lo interpreta, ayuda a mantener cierta cautela respecto a nuestras propias certezas. No se trata de vivir en la duda permanente, sino de aceptar que todos —nosotros incluidos— estamos influidos por distintos sesgos.

Reconocer que todos tenemos un punto ciego es, quizás, el ejercicio de honestidad más necesario en los tiempos que corren. No podemos borrar los filtros con los que nuestra mente interpreta la realidad, pero sí podemos elegir no ser prisioneros de ellos. Al abrir la puerta a la posibilidad de que no somos tan objetivos como creemos, no solo nos volvemos más sabios, sino también más humanos y comprensivos con los sesgos de los demás. Porque la verdadera claridad mental no nace de creer que vemos todo, sino de saber exactamente qué es lo que no estamos viendo.

Referencias bibliográficas

Ehrlinger, J., Gilovich, T., & Ross, L. (2005). Peering into the bias blind spot: People’s assessments of bias in themselves and others. Personality and Social Psychology Bulletin, 31(5), 680–692.

Pronin, E. et. Al. (2002). The Bias Blind Spot: Perceptions of Bias in Self Versus Others. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(3), 369-381

Pronin, E. (2007). Perception and misperception of bias in human judgment. Trends in Cognitive Sciences, 11(1), 37–43.

Scopelliti, I., Morewedge, C. K., McCormick, E., Min, H. L., Lebrecht, S., & Kassam, K. S. (2015). Bias Blind Spot: Structure, Measurement, and Consequences. Management Science, 61(10), 2468–2486.

West, R. F., Meserve, R. J., & Stanovich, K. E. (2012). Cognitive sophistication does not attenuate the bias blind spot. Journal of Personality and Social Psychology, 103(3), 506–519

Comprar a ciegas: Sesgos cognitivos que nos llevan a gastar sin pensar (I)

Comprar a ciegas: Sesgos cognitivos que nos llevan a gastar sin pensar (I)

Comprar a ciegas: Sesgos cognitivos que nos llevan a gastar sin pensar (I) 1500 1000 BELÉN PICADO

Todos creemos que sabemos comprar y que quien se deja llevar por el impulso de gastar es el vecino. Pensamos que realmente adquirimos lo que necesitamos o queremos y que son los demás quienes caen en los «trucos fáciles» de los vendedores. Pero la realidad es que, como seres humanos que somos, todos ‘mordemos el anzuelo’. En las decisiones de compra, nuestro cerebro puede tomar ‘atajos’ que van a modificar nuestra percepción y a influir en que elijamos unas opciones y no otras. Se trata de sesgos cognitivos que nos llevan a comprar a ciegas y las empresas, que lo saben bien, los aprovechan para que gastemos más y más.

Antes de presentaros a esos ‘traviesos’ sesgos que muchas veces nos acaban liando y llevándonos a gastar dinero si apenas ser conscientes de ello, es importante saber que la fisiología del cerebro también tiene su parte de protagonismo. Desde el punto de vista fisiológico, además de la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que nos permite razonar a la hora de tomar decisiones, también influye, y mucho, el sistema límbico, encargado de las emociones, y lo que se conoce como el cerebro reptiliano que es la parte más instintiva y también la más primitiva. Pues bien, es justo al instinto y las emociones donde apuntan las carísimas campañas de marketing y publicidad que contratan las empresas para que consumamos más.

Qué son los sesgos cognitivos

Son atajos mentales que nuestro cerebro utiliza para procesar la información de manera más rápida y eficiente y no eternizarse procesando todos los datos que recibimos a diario. Sin embargo, aunque es cierto que nos ayudan a tomar decisiones más rápidas, también pueden sesgar nuestra percepción y llevarnos a interpretaciones erróneas y conclusiones incorrectas.

Como son muchos los sesgos cognitivos que influyen en nuestro comportamiento de compra y a todos nos conviene conocerlos bien, voy a dividirlos en dos artículos. Vamos con la primera parte:

Efecto ahora o sesgo de gratificación instantánea

Tendemos a dar más importancia a gratificaciones instantáneas o beneficios inmediatos en lugar de esperar para obtener mejores recompensas a largo plazo.

Una estrategia muy habitual que aprovecha este sesgo son las ofertas por tiempo limitado. Imagina que ves un anuncio que dice: «¡Oferta por tiempo limitado! ¡Compra ahora y ahorra un 50% en este increíble vestido!». Al enfocarte en el beneficio inmediato de obtener un descuento significativo, corres el riesgo de comprar sin pararte a pensar si realmente necesitas la prenda o si podrías encontrar una mejor oferta en el futuro o en otro establecimiento.

Efecto de arrastre o Bandwagon

El efecto de arrastre nos lleva a hacer algo solo porque mucha gente lo está haciendo. Básicamente, nos dejamos llevar por la creencia de que, si un gran número de personas está eligiendo o comprando algo, entonces debe de ser bueno. Aunque nos guste pensar que los influenciables son los otros, la realidad es que tendemos a confiar más en algo si sabemos que es popular entre los demás.

Este sesgo cognitivo está detrás de numerosas estrategias, como incluir en la web de la empresa testimonios y reseñas positivas de otros clientes para que nos sintamos inclinados a comprar su producto porque es popular y valorado por mucha gente. El riesgo es que nos dejemos ‘arrastrar’ y acabemos comprando algo que quizás a nosotros no nos resulte tan útil.

Por otra parte, cada vez son más las firmas que publican en sus redes sociales fotos y vídeos de influencers o personajes famosos utilizando su producto, lo que hace más probable que muchos quieran probarlo también.

Sesgo de escasez o de urgencia

Se basa en la idea de que percibimos los productos o servicios como más valiosos (aunque no lo sean) cuando creemos que son escasos o que se están agotando rápidamente. Esta urgencia por adquirirlos antes de que se acaben puede llevarnos a tomar decisiones demasiado rápidas sin pensarlo mucho y sin detenernos a evaluar si realmente lo necesitamos.

Imagina que estás en un portal de viajes buscando alojamiento en una ciudad determinada y quieres evaluar diversas opciones. De pronto, encuentras un hotel que te agrada. En principio, tenías intención de seguir mirando, pero hay un mensaje que dice «¡Solo quedan 2 habitaciones!». El temor a que se agoten puede impulsarte a tomar una decisión rápida y pagar la reserva, aun cuando es posible que haya otros alojamientos que se adapten mejor a tus necesidades.

Otros ejemplos muy habituales son las ediciones limitadas de algunos productos y las ventas por liquidación.

Los sesgos cognitivos nos llevan a comprar a ciegas y las empresas, que lo saben, los aprovechan para que gastemos más.

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Sesgo de autoridad

Tendemos a confiar y a seguir las opiniones de personas o figuras que consideramos expertas en determinado campo.

Cuando una empresa utiliza el sesgo de autoridad para influir en los consumidores, generalmente lo hace a través de testimonios o recomendaciones de expertos reconocidos en el ámbito relacionado con su producto. Por ejemplo, una compañía de productos para el cuidado de la piel puede contratar a un dermatólogo famoso para respaldar y recomendar sus artículos. De este modo, aprovecha el prestigio y la credibilidad del especialista para persuadir a los consumidores de que el producto es efectivo y confiable.

Efecto gratis

Cuando nos ofrecen algo gratis, nos sentimos atraídos por la oportunidad de obtener algo sin tener que gastar dinero. Las empresas son conscientes de este sesgo cognitivo y lo utilizan de manera bastante efectiva en sus estrategias de marketing. Por ejemplo, es común ver promociones del tipo «Compra dos unidades y llévate la tercera gratis» o «Consigue una muestra gratuita». Estas ofertas nos hacen sentir que estamos obteniendo un beneficio adicional sin incurrir en ningún costo extra.

Sin embargo, aunque la idea de conseguir algo gratis resulte muy tentadora, no tenemos que olvidar que, como decía mi abuelo, «nadie da duros por pesetas»:

  • Muchas veces esos productos gratuitos son de baja calidad o no se ajusten a tus necesidades reales.
  • No son pocos los casos en los que, para aprovechar una oferta gratuita, nos vemos obligados a gastar más dinero en otros productos o servicios complementarios.
  • Al ofrecer muestras gratuitas o períodos de prueba sin coste, lo que buscan algunas empresas es generar lealtad a la marca. Y una vez que estés ‘dentro’ es posible que te resulte más difícil cambiar a una opción diferente o abandonar la suscripción. Esto puede llevar a gastos continuos y compromisos a largo plazo con los que no habías contado.

Efecto señuelo o Decoy Effect

El efecto señuelo aparece cuando el vendedor presenta un producto de un modo determinado con la intención de influir en la decisión del consumidor. Se utiliza como estrategia para hacer que una opción parezca más atractiva en comparación con otras disponibles.

Spotify está ofreciendo una suscripción individual por 9,99 euros, un paquete duo para dos personas por 12,99 euros y un pack familiar para seis personas por 14,99 euros. En el caso de las parejas, la escasa diferencia de precio entre la segunda y la tercera, en comparación con el servicio que ofrece cada una, va a aumentar las posibilidades de que se decidan por el paquete familiar aunque no lo necesiten, que es justo lo que la compañía quiere. El señuelo sería el pack intermedio.

Este sesgo cognitivo se utiliza también en algunos restaurantes en los que se ofrecen diferentes opciones de menú, en establecimientos donde se ofrecen diversos tamaños de bebida, en agencias de turismo que ofrecen diferentes opciones de paquetes turísticos, etc. Si no estamos atentos al señuelo, acabaremos gastando más de lo que teníamos previsto.

Efecto anclaje

Ocurre cuando una persona toma decisiones basadas en una referencia inicial (puede ser un número, un precio u otra información relevante) que influye en su percepción y en su valoración de otras opciones posteriores.

Si lo aplicamos a la conducta de compra, el ancla sería el precio inicial de un producto. A partir de ahí y en función de ese precio valoraremos posibles cambios posteriores que haga el vendedor. Si encontramos una camiseta en cuya etiqueta indica que su precio es 50 euros, pero luego se acerca la dependienta y nos dice que está rebajada a 30 euros, nos parecerá mucho más barata que si, de entrada, nos dicen que cuesta 30 euros, aun cuando este último precio siga siendo más alto que el que tiene en otros comercios cercanos.

La trampa está en que podemos acabar comprando un producto de forma impulsiva e irracional, sin investigar otras opciones o sin comprobar si está más barato en otros establecimientos.

Esa estrategia es muy utilizada en los programas de teletienda, en los que se presentan productos con precios iniciales altos para luego ir rebajándolos o, incluso, añadiendo otros objetos. Por un lado, podemos tener la sensación de que estamos obteniendo una oferta especial o un producto de alta calidad a un precio asequible. Sin embargo, en realidad, el precio de descuento puede seguir siendo más alto que el precio real del mercado para ese producto. Además, es muy fácil que el hecho de estar enfocados en el precio nos distraiga de otros aspectos importantes, como la calidad, las características o la utilidad real del producto.

Los sesgos cognitivos influyen en las decisiones de compra.

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Efecto Peltzman

Tendemos a asumir más riesgos o a adoptar comportamientos imprudentes cuando nos sentimos más seguros. Este sesgo cognitivo se basa en la idea de que cuando se ponen en marcha medidas de seguridad o se reducen los riesgos en una situación determinada, las personas se inclinan a relajarse más y a tomar decisiones menos prudentes.

¿Cómo aprovechan las empresas este sesgo? Por ejemplo, destacando las características de seguridad o las garantías de lo que ofrecen. En un concesionario de automóviles, es muy posible que el vendedor resalte la tecnología avanzada y cada uno de los elementos de seguridad de cierto modelo. De este modo, el comprador sentirá que conduciendo ese coche irá mucho más seguro y se mostrará más dispuesto a comprarlo, incluso si su precio es mucho más alto que otros modelos similares en el mercado.

La trampa en este caso radica en que si tomamos decisiones basadas únicamente en una sensación de seguridad o en la percepción de mayor protección podemos pasar por alto otros factores igualmente importantes, como el precio, la calidad u otras características específicas del producto que nos están ofreciendo.

Aversión a la pérdida

Por lo general, preferimos evitar pérdidas que arriesgarnos a obtener ganancias equivalentes.

Tenemos un ejemplo bastante habitual en la posibilidad de devolución de un artículo con reembolso garantizado de lo que hemos pagado. Con esta estrategia, las empresas buscan reducir o eliminan el temor a la pérdida y que los consumidores se sientan más seguros al comprar un producto porque saben que si no están satisfechos, podrán recuperar su dinero. La realidad es que luego, en la práctica, no te lo ponen tan fácil y muchos acabamos quedándonos con la compra solo por no complicarnos la vida.

FOMO o Miedo a perderse algo

En lo que respecta al comportamiento de compra, este sesgo está estrechamente relacionado con la aversión a la pérdida. El FOMO o «Fear of Missing Out» (miedo a perderse algo) se refiere al temor que a perder una oportunidad única o a quedarnos fuera de una experiencia que consideramos valiosa.

Algunas empresas ‘avivan’ este miedo avisando de que tienen un stock limitado y quedan muy pocas unidades, mostrando cuántas personas están en ese momento viendo el mismo producto que nosotros, o con cronómetros de cuenta atrás avisando de que el tiempo pasa y si no compramos nos quedaremos sin el producto o el servicio.

(Si te interesa, puedes leer en este mismo blog el artículo FOMO (I): Qué es y cómo saber si me está amargando la vida)

Efecto Dunning-Kruger

Según este sesgo, las personas con habilidades limitadas o conocimientos insuficientes sobre un tema tienden a sobrevalorar su competencia. Es decir, creen erróneamente que son mejores o más capaces de lo que realmente son.

Los bancos, por ejemplo, aprovechan el Efecto Dunning-Kruger cuando quieren ‘colocar’ ciertas opciones de inversión a sus clientes. Aunque se trata de productos financieros que son muy arriesgados y complejos, ellos los presentan de manera que parecen sencillos de manejar y con un alto rendimiento. Esto puede hacer que los potenciales inversores confíen de más en sus propios conocimientos y habilidades y pasen por alto el verdadero riesgo de la operación, con el consiguiente peligro de llegar a perder mucho dinero.

Sesgo de confirmación

Tendemos a focalizar nuestra atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar, desvalorizar o dar menos importancia a la que las contradicen.

Trasladado al ámbito del consumo, si tengo preferencia por determinada marca de ordenadores, cada vez que encuentre reseñas tenderé a prestar más atención a los aspectos positivos y a ignorar o minimizar los negativos. Y también es muy posible que, cuando me encuentre con información o testimonios sobre otras marcas, me enfoque en lo negativo y descarte rápidamente cualquier cualidad positiva.

El problema está en que puede limitar mucho nuestra capacidad para obtener una visión completa y objetiva de un producto o servicio y llevarnos a decisiones sesgadas y a perder oportunidades que podrían ser más beneficiosas o adecuadas para nuestras necesidades.

Efecto halo

Ocurre cuando nuestra percepción de una persona, producto o marca se ve influida por una característica o cualidad que nos llama la atención.

Aquí voy a ponerme yo como ejemplo. Imagina que estás buscando una psicóloga a través de internet y llegas a mi web por casualidad. Nadie te ha hablado de mí, no sabes cómo trabajo, pero resulta que te encanta la web. Te habrás dejado llevar por el efecto halo si, a partir de este detalle, generalizas tu buena impresión y das por hecho mi profesionalidad o mi buen hacer como terapeuta sin siquiera haber asistido a una sesión. Lo racional sería que concertaras una cita, asistieses a algunas sesiones y comprobaras por ti mismo o por ti misma si soy el tipo de profesional que buscas.

Este es el motivo también por el que algunas firmas eligen a personajes famosos y atractivos para anunciar sus artículos o servicios. Porque, sin ser conscientes, proyectaremos la belleza, el carisma o el atractivo de la persona en eso que está promocionando y que la empresa quiere vender. En el caso de George Clooney y Nespresso, por ejemplo, la firma buscó una figura reconocida y admirada buscando transferir la imagen positiva del actor hacia el producto.

Nespresso aprovecha el efecto halo eligiendo a George Clooney para que promocione su producto.

Nespresso aprovecha el efecto halo eligiendo a George Clooney para que promocione su producto.

El problema está en que podemos acabar realizando compras impulsivas, sin fijarnos en aspectos tan relevantes como la calidad real del producto o si realmente lo necesitamos.

Heurístico de categorías

Nuestro cerebro tiende a agrupar las cosas en categorías para hacer más fácil el procesamiento de la información. Por ejemplo, si vemos un objeto con ruedas y motor, lo categorizamos como un coche sin tener que pensar en cada detalle específico.

En lo que se refiere al comportamiento de compra, muchas empresas captan la atención del público presentando sus productos de manera que se ajusten a categorías específicas que resulten atractivas para los consumidores. Por ejemplo, si una compañía quiere vender un nuevo tipo de bebida energética, puede promocionarla como una bebida deportiva que mejora el rendimiento físico. Al hacerlo, están aprovechando la categoría de «bebida deportiva» que ya tiene una asociación positiva en la mente del público.

(La segunda parte de los sesgos cognitivos que nos llevan a tomar malas decisiones de compra la tenéis aquí)

Referencias bibliográficas

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Barcelona: Random House Mondadori, S.A.

Ruiz, J. (2018). Todos somos clientes. ¿Qué nos induce a comprar? Descubriendo la mente del comprador con el neuromarketing. Madrid: Pirámide

El efecto Forer explica por qué creemos en el Tarot y los horóscopos.

El efecto Forer o por qué creemos en los horóscopos y el tarot

El efecto Forer o por qué creemos en los horóscopos y el tarot 1920 1280 BELÉN PICADO

¿Habéis completado alguno de los tests de personalidad que aparecen en revistas y diversas webs y os habéis sentido totalmente identificados al leer los resultados? O quizás habéis sentido que ciertos horóscopos parecen hechos justo para vosotros. Incluso es posible que alguien os haya hablado de un o una tarotista que es infalible y acierta en todas sus predicciones… Si vuestra respuesta es afirmativa, es altamente probable que hayáis caído bajo el influjo del efecto Forer.

Este sesgo cognitivo, conocido también como falacia de validación personal, falacia de validación subjetiva o efecto Barnum, se produce cuando aceptamos generalizaciones que podrían resultar válidas para cualquier persona, como si fueran descripciones fiables y detalladas de nuestra personalidad. En realidad, se trata de descripciones repletas de vaguedades lo suficientemente genéricas como para aplicarse a una amplia gama de personas. Este fenómeno no solo afecta a los test on-line, a los horóscopos o las diferentes técnicas de adivinación. También está presente en otros ámbitos como las redes sociales, la publicidad e, incluso, la política.

¿Por qué se le llama efecto Forer?

El nombre de este sesgo cognitivo se debe a Bertram R. Forer. En 1948 este psicólogo estadounidense llevó a cabo un experimento con un grupo de estudiantes universitarios. Primero, les entregó un test de personalidad  para que lo completaran. Una vez que terminaron, dio a cada uno el resultado de su cuestionario y les pidió que lo puntuasen según lo acertado que fuese en una escala de 0 (muy pobre) a 5 (excelente). La media de las puntuaciones fue 4,26. Es decir, cada estudiante creía que «su descripción» se ajustaba mucho a la realidad.

Lo que no sabía ninguno es que todos habían recibido el mismo análisis (se les reveló una vez que evaluaron el texto). De hecho, dicho análisis era el resultado de una recopilación que Forer había realizado de frases extraídas de diferentes horóscopos. Esta es la traducción del texto que les entregó:

«Tienes necesidad de ser aceptado por los demás y buscas que te admiren; sin embargo, tiendes a ser muy crítico contigo mismo. Aunque tienes algunas debilidades en tu personalidad, generalmente logras compensarlas. Tienes una capacidad increíble que no has convertido en tu ventaja. Disciplinado y autocontrolado en el exterior, tiendes a preocuparte y ser inseguro en tu interior. A veces tienes grandes dudas sobre si has tomado la decisión correcta o si has hecho lo adecuado. Prefieres cierta cantidad de cambio y variedad y te sientes insatisfecho cuando te acorralan las restricciones y limitaciones. También te enorgulleces de ser un pensador independiente, no aceptas lo que digan los demás sin pruebas satisfactorias. Pero has descubierto que es poco sabio ser muy franco y revelarte a ti mismo ante los otros. A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que en otras ocasiones eres introvertido y reservado».

Si os fijáis, el texto en realidad serviría para describir prácticamente a cualquier persona.

Este estudio se ha repetido en varias ocasiones y con resultados muy similares. Curiosamente, se trata de un efecto universal porque dichas investigaciones se han realizado en diferentes culturas y lugares geográficos.

Os pongo otro ejemplo. A continuación, transcribo las predicciones de la semana del 30 de agosto al 5 de septiembre para mi signo, que he encontrado en la web de una conocida tarotista:

«Pierdes demasiadas energías pensando en inconvenientes y problemas. Afortunadamente, el Cuarto Menguante de la Luna se va a llevar las decepciones y los sinsabores para que no te quedes anclado al pasado. Los buenos aspectos de Venus, el planeta del amor, favorecen tu vida sentimental, y vas a comenzar a notar más estabilidad y serenidad en tus relaciones afectivas».

Teniendo en cuenta que desconocéis cuál es mi signo, ¿alguno de vosotros os sentís identificado con lo que se dice? Seguro que sí.

Los horóscopos están repletos de vaguedades que favorecen el efecto Forer.

¿Por qué es tan fácil dejarse llevar por el efecto Forer?

  • Descripciones llenas de vaguedades. La ambigüedad es una de las principales características de este tipo de descripciones, lo suficientemente vagas como para que alguien, al leerlas, pueda aplicárselas a sí mismo. A esta ambigüedad ayudan diferentes factores, por ejemplo, abusar de expresiones como «a veces» o «quizás»: «A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que en otras ocasiones eres introvertido y reservado». Esta frase, incluida en el texto de Forer, se puede aplicar a casi todo el mundo, pero cada persona la leerá interpretándola para sí misma. Además, al igual que esta frase, la mayoría presenta dos opciones, así que es fácil que estemos de acuerdo con alguna de ellas. Y si hay imprecisiones o ‘huecos’ en lo que nos dicen, ya nos encargamos nosotros de completarlos. De este modo, convertiremos una explicación vaga e inconsistente en una descripción sorprendentemente exacta.
  • No nos llevamos bien con la incertidumbre. Muchas personas recurren al horóscopo, al tarot o a otras modalidades adivinatorias cuando están atravesando una crisis o una etapa de inestabilidad. Buscan ‘certezas’ que mitiguen su incertidumbre y les dé cierta percepción de control sobre sus vidas. Y cuando encuentran una información con varias interpretaciones atenderán con mayor probabilidad a la que confirma su creencia y descartarán las demás. Caemos así en otro sesgo cognitivo, el sesgo de confirmación, que consiste en la tendencia a focalizar nuestra atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar o dar menos importancia a la que las contradice.  Aunque solo sea por un breve lapso de tiempo, es muy tentador tener la sensación de que podemos saber lo que nos va a pasar (e, incluso, evitarlo o cambiarlo).
  • Preferimos lo positivo. En las predicciones siempre hay un equilibrio entre aspectos positivos y negativos, pero se remarcan más las cualidades o experiencias positivas, algo que a nuestro ego le encanta. Y es que tendemos a aceptar afirmaciones sobre nosotros en función del deseo que tengamos de que sean ciertas. En realidad, si las estimamos positivas o suficientemente halagadoras, lo de menos es que sean más o menos exactas. A menudo, nos identificamos más con lo que deseamos ser que con lo que verdaderamente somos. En el caso de las personas con baja autoestima, sin embargo, hay una mayor tendencia a fijarse en las descripciones negativas.
  • Nos gusta ser protagonistas. El hecho de que tanto las descripciones como las predicciones estén redactadas en segunda persona consigue que tengamos la sensación de que se trata de algo personalizado ‘solamente’ para nosotros.
  • Tanta gente no puede estar equivocada. Hay otro sesgo cognitivo muy asociado al Efecto Forer, el sesgo de disponibilidad. Según este ‘atajo mental’ estimamos que algo es más probable que ocurra por el hecho de ser más común o habitual. Si preguntas a 100 personas si creen que la alineación de los planetas influye en su día día y 80 te dicen que sí, es probable que te plantees que podrían tener razón.
  • El peso de la autoridad. Si, además de todo esto, quien nos ofrece la descripción o hace la predicción tiene cierta autoridad para nosotros, el Efecto Forer tendrá aún más peso. A esto contribuye el hecho de que el ‘don’ de la adivinación solo está reservado a unos pocos. Y, por supuesto, también atribuimos una mayor notoriedad a quien hace la predicción cuando aparece en los medios de comunicación. «Si sale en la tele, significa que debe de ser muy bueno».
  • Tenemos memoria selectiva. Nuestro cerebro necesita seleccionar las experiencias que vamos a recordar y en el caso de las predicciones, va a recordar los aciertos y coincidencias y a desechar los errores. Por eso, solemos quedarnos con la información que se adecúa a nosotros y olvidarnos el resto.

El efecto Forer en las redes sociales, la publicidad y la política

El mundo de las predicciones (horóscopos, tarot, quiromancia, etc.) no es el único ámbito que se beneficia del efecto Forer. Las redes sociales también aprovechan este fenómeno. Quién no ha visto en Facebook alguno de esos supuestos tests de personalidad que te invitan a averiguar qué país representa mejor tu personalidad o cómo eres según las letras de tu apellido.

Otro campo que saca mucho partido de este sesgo cognitivo es la publicidad. Los departamentos de marketing de muchas empresas crean continuamente mensajes que buscan conectar con las aspiraciones, los deseos o valores de su «cliente ideal» o de su «público objetivo», pero que en realidad solo están diciendo lo que el usuario quiere escuchar. Y, al final, todos recibimos el mismo correo y con las mismas sugerencias ‘pensadas solo’ para cada uno de nosotros («Esta oferta está hecha exclusivamente para ti»).

Otro entorno donde es común el efecto Forer es en la política, especialmente en época de elecciones. Los políticos buscan conseguir el apoyo de los ciudadanos dirigiéndose a ellos con adjetivos positivos, mensajes genéricos y propuestas vagas que responden a los deseos de la mayoría.

No caigas en la trampa y entrena tu pensamiento crítico

¿Y qué hacemos para evitar caer en este sesgo cognitivo? En primer lugar, leer e informarse sobre él. Si sabemos lo que es y aprendemos a reconocerlo, será mucho más difícil que «nos la den con queso». Antes de hacer un test de personalidad, en una revista o en internet, recuerda que la información que encontrarás será muy relativa y limitada, pues hay muchos factores que influyen en nuestro carácter.

Y, muy importante, desarrollemos nuestro pensamiento crítico para no creer todo lo que nos dicen. Asimismo, es importante entrenar nuestra tolerancia a la incertidumbre, aceptar que no podemos controlarlo todo y, mucho menos, el futuro.

Si te apetece echar un vistazo a tu horóscopo o acudir a que te echen las cartas por entretenimiento, adelante. Pero no lo utilices como un método para tomar decisiones o controlar lo que va a pasar porque solo acabarás convirtiéndolo en una obsesión.

Y «Si hay algo que te inquieta, te atormenta, te perturba…», como remarca en su publicidad la famosa tarotista de cuya web saqué la predicción de mi horóscopo, por favor, mejor acude a un psicólogo.

(Por cierto, soy Acuario)

Los sesgos cognitivos pueden llevar a una persona a incumplir las medidas contra el coronavirus.

¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus?

¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus? 2560 1707 BELÉN PICADO

Desde que se decretó el estado de alarma debido a la COVID-19, la mayor parte de la población ha cumplido con el confinamiento, primero, y con las normas establecidas para la desescalada, después. Sin embargo, también se han producido casos en los que se han ignorado las medidas preventivas para evitar el contagio. Aglomeraciones, situaciones en las que no se respeta la distancia de seguridad, personas sin mascarilla, etc. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué incumplimos las medidas contra el coronavirus?

Desconexión moral

¿Por qué personas que son responsables en otros ámbitos transgreden determinadas normas? El psicólogo canadiense Albert Bandura desarrolló el concepto de «desconexión moral» para explicar algunos mecanismos que utilizamos con objeto de desconectarnos moralmente de determinadas situaciones. O dicho de otro modo, para hacer cosas que no están bien sin sentirnos mal. Esto nos ayuda a justificar hechos que pueden ser perjudiciales para los demás y así no dañar nuestra autoimagen.

Bandura describe ocho mecanismos de desconexión moral para justificar nuestra conducta cuando esta va en contra de nuestros principios éticos y morales:

  • Justificación moral. Si me convenzo a mí mismo de que lo que voy a hacer sirve a una ‘causa mayor’, será mucho más fácil llevarlo a cabo, aun cuando sea una conducta moralmente reprochable. En el caso de los llamados ‘policías de balcón’, no se sienten mal al increpar e incluso insultar a otras personas que ven en la calle. Justifican su actitud, asumiendo que están contribuyendo a combatir el coronavirus aunque, en realidad, no conocen los verdaderos motivos de las personas a las que increpan.
  • Etiquetado eufemístico. Hay acciones que cambian mucho dependiendo de qué palabras utilicemos para referirnos a ellas.
  • Comparación ventajosa. Realizar comparaciones entre el propio comportamiento y otro considerado mucho peor. Si exagero la inmoralidad de algo que ha hecho otra persona, mi conducta no parecerá tan grave (aunque también sea reprochable).
  • Desplazamiento de la responsabilidad. Consiste en atribuir toda la responsabilidad de los propios actos, o gran parte de ella, a otras personas o situaciones. Una muestra de este mecanismo sería echar la culpa de la situación en la que estamos a las autoridades, aunque yo salga a la calle sin mascarilla y sin respetar la distancia de seguridad.

La difusión de responsabilidad puede llevarnos a incumplir medidas como mantener la distancia de seguridad.

  • Difusión de la responsabilidad. Es parecido al anterior, pero en este caso en vez de echar toda la culpa a otro o a otros, se asume una pequeña parte de responsabilidad a la vez que también se extiende por todos los miembros del grupo o de la sociedad. Así se elude la responsabilidad personal. «Sí, es verdad que no me he puesto la mascarilla, pero hay mucha gente que no se la pone».
  • Distorsión de las consecuencias. Los daños causados por una conducta se ignoran, malinterpretan o minimizan, evitando así activar nuestra propia autocensura. «Tampoco va a pasar nada porque nos demos un abrazo para saludarnos. La gente exagera».
  • Deshumanización. Se ignoran los atributos y características que otorgan ‘humanidad’ a una persona, lo que disminuye el nivel de empatía hacia ella. Esto facilita que se reduzca, e incluso se elimine, la sensación de malestar si nos portamos mal con ella o le hacemos daño. Durante la pandemia este mecanismo ha estado detrás de actitudes racistas, como la paliza que dos hombres propinaron a un joven estadounidense de ascendencia china el pasado marzo.
  • Atribución de la culpa. Mecanismo relacionado con el desplazamiento de responsabilidad y la deshumanización. Se basa en hacer de la víctima la principal responsable de que se haya cometido un acto dañino contra ella.

Sesgos cognitivos

Ante situaciones que generan miedo y ansiedad, como las que estamos viviendo a causa de la COVID-19, nuestra mente tiende a dejar la lógica de lado y actuar de forma más impulsiva. La culpa la tienen los sesgos cognitivos, unos resortes que el cerebro activa de forma automática y que llevan a hacer juicios inexactos e interpretaciones irracionales.

  • Sesgo de confirmación. Tendemos a focalizar la atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar, desvalorizar o dar menos importancia a la que las contradice. Este atajo, además, hace que en momentos de crisis como al actual las posturas se extremen. Si creo que el Gobierno está tomando decisiones equivocadas respecto a la gestión de la pandemia, daré más credibilidad a los medios y las opiniones que confirman lo que pienso, lo que confirmará aún más mis creencias.
  • Efecto anclaje. Dar mucha importancia a la primera información que se recibe y tomarla como punto de partida (ancla), descartando otras, a la hora de tomar una decisión definitiva. Al principio de la pandemia se equiparó el coronavirus con una gripe. Esto funcionó como ancla y desde entonces se ha tendido a tomar como referencia la gripe, e incluso el número de muertos que esta produce al año, para compararla con la COVID-19. De este modo, muchas personas minimizan la gravedad y restan importancia a no seguir las normas.
  • Sesgo de optimismo. Creencia errónea que nos lleva a pensar que nosotros tenemos menos posibilidades de sufrir desgracias que otros. En el caso del coronavirus, este sesgo me hará creer que tengo menos posibilidades de enfermar y, si enfermo, los síntomas serán leves. Por tanto, es muy posible que no haga caso de recomendaciones como mantener la distancia de seguridad.
  • Sesgo de la ilusión de control. Este sesgo hace referencia a la tendencia natural del cerebro a creer que puede controlar o, al menos, influir en casi cualquier evento, incluso en los que son totalmente aleatorios. Tomamos ciertas medidas, aunque no sean efectivas o no estén recomendadas, porque eso nos hace sentir que tenemos cierto control y, de paso, reducimos la ansiedad que nos produce la incertidumbre (¿Os acordáis de la compra compulsiva de papel higiénico al principio de la pandemia?).

Hay coductas que, pese a no ser efectivas, aumentan nuestra sensación de control sobre la situación.

  • Sesgo de suma cero. Tendencia a pensar que la ganancia de uno se produce necesariamente a costa de la pérdida de otro y viceversa. El que tú dispongas de medidas de protección y otros no, no significa necesariamente que tú no vayas a contagiarte y ellos sí. Todos podemos perder (y todos podemos ganar si somos responsables).
  • Efecto Bandwagon o efecto de arrastre. Hacer o creer cosas porque muchas otras personas también las hagan o las crean. El acopio de papel higiénico también se correspondería con este sesgo.
  • Sesgo de endogrupo o favoritismo endogrupal. Se trata de la tendencia a favorecer o valorar de manera más positiva comportamientos, actitudes o preferencias de los miembros del grupo propio, aunque implique perjudicar a quienes están fuera de ese grupo. Este sesgo es especialmente peligroso porque puede desembocar en racismo y exclusión.

La libertad es inseparable de la responsabilidad

La responsabilidad y los valores morales se van interiorizando desde la niñez. Según Lawrence Kohlberg, psicólogo estadounidense, el desarrollo moral se va asentando a medida que la persona va creciendo y aprendiendo.

Hasta los 9 años, el niño solo juzga los hechos según cómo le afecten a él. Al principio, solo piensa en las consecuencias inmediatas y obedece para evitar el castigo. Poco a poco, empieza a evitar hacer trampas en los juegos, por ejemplo, aunque solo para que no se las hagan a él. A medida que llega la adolescencia, ya se empieza a pensar en el bien compartido. Sin embargo, todavía no se actúa por propia convicción, sino para ser aceptado en el grupo. En esta fase, además, hay una orientación a la autoridad. Lo bueno y lo malo viene de una serie de normas que se perciben como algo separado a los individuos.

El desarrollo moral se completa cuando la persona adquiere principios morales propios y actúa según los mismos. Es el momento en que tomamos conciencia de que más allá de las normas impuestas en la sociedad o de nuestro propio interés, está el interés común, el altruismo y la solidaridad.

Está bien que queramos libertad, pero no debemos olvidar que la libertad es inseparable de la responsabilidad (o debería serlo). Y ser responsable conlleva preocuparnos por cómo afectan nuestras acciones a los demás. Debemos actuar de la forma adecuada más allá de que así lo dicten las normas, de que otros lo vean o de que nos feliciten por ello.

«La libertad significa responsabilidad. Por eso, la mayoría de hombres le tienen tanto miedo» (George Bernard Shaw)

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Nuestra decisión de voto no es tan reflexiva como creemos

Tu mente te miente: Así influyen las emociones y los sesgos cognitivos en tu decisión de voto

Tu mente te miente: Así influyen las emociones y los sesgos cognitivos en tu decisión de voto 4000 2667 BELÉN PICADO

La mayoría consideramos el acto de votar no solo un derecho, sino también un acto reflexivo y deliberado que refleja nuestros valores e ideas políticas. Pues bien, no es tan simple. En la toma de decisiones, incluida la de elegir a uno u otro candidato, influyen otras variables que distan mucho de ser reflexivas. Ni la experiencia del candidato, ni el programa político ni su capacidad de liderazgo… Lo que inclina la balanza hacia uno u otro son las emociones, eso sí, aderezadas con unos cuantos sesgos cognitivos.

Las emociones mandan

Según Drew Westen, autor del libro El cerebro político: El papel de la emoción en decidir el destino de la nación, las emociones que más influyen en los votantes a la hora de depositar su papeleta en la urna son el odio, la esperanza y el miedo, especialmente esta última.

El miedo ha sido nuestro salvavidas evolutivo porque nos ayuda a reaccionar ante las amenazas que como especie hemos ido encontrando. Y ese es el resorte que salta en un lugar del cerebro llamado amígdala cuando un candidato alude en su discurso a los principales temores que tenemos los seres humanos. Estos miedos son a que amenacen nuestra integridad física, a que esté en riesgo el acceso a los recursos para subsistir y a que se ponga en peligro el modo de vida al que estamos acostumbrados. Si se relacionan estos miedos subconscientes con preocupaciones actuales (paro, delincuencia…) y se incluye alguna alusión a la inmigración, por ejemplo, el sistema de alerta salta.

Esa celeridad con que se pone en marcha el circuito del miedo es una ventaja evolutiva, pero se convierte en problema si se activa cuando no lo necesitamos. En este caso, perdemos la capacidad de analizar circunstancias en las que no hace falta tanta rapidez y sí una reflexión objetiva. Así que, a la hora de votar, menos amígdala y más reflexión.

Las emociones tienen la última palabra a la hora de votar

El poder de los sesgos cognitivos

A lo largo de nuestra vida manejamos tanta información que nuestro cerebro necesita atajos para no eternizarse procesando los datos que recibimos. Esos atajos nos ayudan a pensar y a tomar decisiones de modo más rápido, pero también aumentan el riesgo de hacer interpretaciones erróneas. ¿Y cómo podemos evitar que nos influyan? Conociendo qué son y cuáles son sus características. Si sabemos cuándo nos pueden afectar los sesgos cognitivos también podremos neutralizarlos o, al menos, conseguir que nos afecten lo mínimo posible.

  • Sesgo de confirmación. Tendemos a focalizar nuestra atención en la información que confirma nuestras creencias y, de forma paralela, a ignorar, desvalorizar o dar menos importancia a la que las contradice. Esto explicaría por qué damos más credibilidad a un medio de comunicación que está en la línea de nuestra forma de pensar. Otro ejemplo: Si hay corrupción en nuestro partido político nuestro cerebro buscará la manera de quitarle importancia, pero si los corruptos son los del partido rival, aunque sea de forma puntual, encontraremos el modo de magnificar el delito.
  • Correlación ilusoria. Consiste en considerar que dos hechos están relacionados aunque no tengamos ninguna prueba que lo demuestre. Este sesgo, que está en la base de los prejuicios, es el que nos lleva a sobreestimar la proporción de comportamientos negativos en grupos relativamente pequeños. Vamos a ver un ejemplo: Según una encuesta internacional  (International Social Survey Programme), el 50,3 por ciento de los españoles creen que los inmigrantes “hacen que aumente el índice de criminalidad».  Sin embargo, según los últimos datos disponibles, pertenecientes a 2017 y elaborados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), los delitos cometidos por extranjeros son un 23,1 por ciento, es decir, ni un cuarto de todos los que se cometen en España. Esto significa que los españoles cometen tres de cada cuatro.
  • Efecto Forer o Barnum. Este sesgo se da cuando aceptamos generalizaciones que podrían resultar válidas para cualquier persona, como si fueran descripciones fiables y detalladas de nuestra personalidad. Además de ser muy utilizado por videntes y en horóscopos, también es un recurso muy habitual en los discursos de los políticos. Estos buscan conseguir el apoyo de los ciudadanos dirigiéndose a ellos con adjetivos positivos, mensajes genéricos y propuestas vagas que responden a los deseos de la mayoría.

El efecto Barnum es un recurso muy utilizado por los políticos

  • Efecto anclaje. Dar mucha importancia a la primera información que se recibe y tomarla como punto de partida (ancla), descartando otras, a la hora de tomar una decisión definitiva. El problema es que el ancla tiene una influencia desproporcionada y el ajuste a la información posterior tiende a ser muy insuficiente. Es habitual que los políticos recurran a menudo a cifras que parecen haber contrastado, pero no siempre es así. A veces, si se sabe que un dato será más alto, se anuncia una previsión más baja y el resultado final en comparación parecerá mejor.
  • Efecto halo. Consiste en trasladar una cualidad particular que nos llama la atención en alguien a toda la persona, incluidas características que no conocemos. Numerosos estudios han encontrado que una persona considerada atractiva también suele ser percibida como inteligente, amable, generosa y honesta. Una de estas investigaciones, realizada por Rolfe Daus Peterson y Carl L. Palmer en 2015, concluyó que las personas que nos resultan físicamente atractivas suelen parecernos también más capaces y persuasivas, por lo que tendemos a seguir sus consejos.  Estudios aparte, solo hay que ver al séquito de asesores de imagen que acompañan a los principales líderes políticos… Respecto al efecto halo, uno de los sesgos cognitivos más habituales, os recomiendo el artículo ¿Por qué preferimos a los políticos atractivos? publicado por El País.
  • Sesgo de autojustificación. Si te equivocas en una decisión tienes dos opciones: asumirlo o buscar una justificación para no admitir el error y evitar posibles remordimientos. Esto último sería el sesgo de autojustificación y tenemos un ejemplo muy claro en las explicaciones de José María Aznar tras avalar ante la opinión pública la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar la Invasión de aquel país en 2003. Años después, justificaría su decisión explicando que la tomó «por convicción atlantista, porque convenía estratégicamente a España y por un elemental sentido de la reciprocidad política: no se puede pedir ayuda a un amigo y luego, cuando ese mismo amigo te la reclama, negársela».
  • Efecto Statu quo. Representa el temor a perder lo que se tiene, a ir a peor. O, como dice el refrán, “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. A menudo, los partidos que están en el gobierno elaboran su estrategia en base a este sesgo cognitivo. Este efecto también explica por qué las formaciones políticas que defienden cambios radicales no terminan de convencer.
  • Efecto Bandwagon o efecto de arrastre. Creer que algo es cierto porque la mayoría también lo piensa. Este sesgo les viene muy bien a los políticos para imponer sus programas. En el caso de las encuestas electorales, muchos deducen que el político que las encabeza es el mejor, aun sin haber leído sus propuestas. Lo mismo ocurre en el caso de los candidatos que los medios de comunicación proclaman ganadores antes de las votaciones.

El efecto de arrastre consiste en creer algo solo porque la mayoría lo cree

  • Sesgo de coste irrecuperable. Tendencia a sobrevalorar aquello en lo que hemos invertido más tiempo y esfuerzo. En política esto se traduciría en una mayor reticencia a cambiar el sentido de nuestro voto cuando llevamos muchos años votando lo mismo.

Ser conscientes del poder de nuestras emociones y de las trampas que nos juega la mente nos ayudará a no dejarnos llevar por ellas. Comprueba en qué sesgos cognitivos sueles caer y recopila toda la información posible sobre las propuestas de los distintos partidos. También te vendrá bien escuchar a personas que piensan diferente, con atención y sin juzgar. Si consideramos el mayor número de opiniones sobre un tema, tanto a favor como en contra de nuestras creencias, podremos crearnos nuestro propio juicio.

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