Imagina que has tenido una semana muy dura y decides reservar el sábado para tomarte un merecido descanso. Sin embargo, justo ese día un amigo va a hacer una mudanza te pide que le ayudes. Si dices que sí, estás priorizando la generosidad y la cooperación; si dices que no, estás eligiendo el cuidar de ti mismo. Ninguna opción es correcta o incorrecta en sí misma, pero cada una refleja qué valores personales están guiando tu decisión en ese momento. Nuestros valores hablan del tipo de persona que somos o queremos ser y, como una brújula, nos ayudan a saber en qué dirección ir. Por eso es tan importante que los identifiquemos
Situaciones como la que os acabo de mencionar se repiten constantemente en el día a día. Tomamos decisiones sobre cómo usamos nuestro tiempo, con quién lo compartimos, a qué damos prioridad y qué dejamos en segundo plano. Todas esas elecciones, incluso las más pequeñas, van dibujando lo que es importante para nosotros, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
¿Qué son los valores personales (y qué no son)?
Los valores personales son los principios que orientan nuestras decisiones y nuestra forma de actuar en la vida. Reflejan qué nos importa de verdad, qué nos motiva y qué da sentido a lo que hacemos.
Funcionan como una referencia interna que nos ayuda a decidir qué priorizar cuando hay varias opciones posibles y a reconocer cuándo una elección va en la línea de lo que es importante para nosotros. Sin embargo, a menudo se confunden con otros conceptos como normas morales, rasgos de personalidad u objetivos concretos. Por eso, para tener claro qué son los valores también es importante aclarar qué no son.
- No son universales ni iguales para todo el mundo. Lo que para ti es innegociable, para mí puede ocupar un lugar secundario. Por ejemplo, para una persona la estabilidad puede ser un valor central en su vida, mientras que para otra la aventura o la libertad son mucho más importantes. Los valores están influidos por la propia historia personal, la cultura, la educación o el momento vital.
- No garantizan un bienestar inmediato. Actuar de acuerdo con los propios valores no asegura sentirse bien en el momento. A veces implica renunciar, exponerse o atravesar emociones difíciles. La diferencia es que, más allá de ese posible malestar, lo que haces tiene sentido porque está guiado por algo importante para ti y no únicamente por el deseo de aliviar una emoción incómoda.
- No son normas externas ni mandatos morales. No tienen que ver con hacer “lo correcto”, con cumplir con expectativas ajenas o con actuar según lo que otros consideran adecuado. Un valor es una elección personal, no una obligación. Ayudar siempre a los demás puede parecer algo valioso, pero si se hace solo por miedo a decepcionar, quizá no esté conectado con un valor elegido, sino con una exigencia interiorizada.
- No son etiquetas fijas sobre quiénes somos. Un valor no es una cualidad que te defina como persona de una forma permanente. Que la generosidad ocupe un lugar central en tu vida no significa que siempre te muestres generosa ni en el mismo grado. Habrá momentos en los que no puedas o no quieras actuar así, y eso no supone que ese valor haya dejado de ser importante para ti. A veces simplemente indica que, en esa situación concreta, estás priorizando otros valores igualmente legítimos, como el autocuidado, el descanso o la protección de tus propios límites.
- No son permanentes ni inmutables. Los valores pueden cambiar a lo largo de la vida. A veces cambia la prioridad que les damos y otras veces cambian los valores mismos, a medida que acumulamos experiencias, revisamos creencias o atravesamos momentos vitales importantes. Esto no es falta de coherencia, sino un un signo de adaptación y un mayor autoconocimiento.
- No son mandatos inquebrantables. Elegir un valor no implica exigirte cumplirlo siempre ni convertirlo en una norma rígida. Los valores no funcionan como reglas del tipo “tengo que” o “debería”, sino como orientaciones que ayudan a decidir. Habrá momentos en los que otros valores, límites o necesidades pesen más. Cuando un valor se vive como una obligación inflexible, deja de servir como guía y empieza a generar presión, culpa o autoexigencia.
- No son objetivos. Los valores no son metas que se alcanzan y se dan por cumplidas. No tienen un punto final ni se pueden tachar de una lista. Los objetivos, en cambio, sí son concretos y delimitados en el tiempo. Detrás de objetivos como mudarte de casa, cambiar de trabajo o ahorrar una cantidad determinada de dinero suele haber valores como la seguridad, la autonomía, el equilibrio o el cuidado de la familia. El objetivo puede lograrse o no; el valor es la dirección que da un significado a ese esfuerzo. Cuando un objetivo está alineado con un valor, incluso si no se alcanza, el camino recorrido sigue teniendo sentido.

Imagen de Freepik.
¿Por qué es importante identificarlos?
Conocer nuestros valores nos ayuda a conocernos mejor y a entender desde dónde estamos tomando nuestras decisiones. En concreto nos permite:
Tomar decisiones cuando ninguna opción es la ideal
Muchas decisiones no se toman entre algo bueno y algo malo, sino entre dos opciones que implican renunciar a algo importante para nosotros. Quedarte en un trabajo estable o arriesgarte a cambiar. Decir lo que necesitas, aunque incomode o callártelo para evitar tensiones. Cuando conoces tus valores es más fácil ver qué opción está más en la línea de lo que quieres cuidar en tu vida: estabilidad, libertad, conexión…
La decisión puede seguir siendo difícil, pero deja de ser tan confusa porque sabes desde dónde la estás tomando.
Entender por qué a veces hacemos “lo correcto” y aun así nos sentimos mal
¿Recuerdas el ejemplo con el que empezábamos el artículo? Imagina que finalmente decides echar una mano a tu amigo en lugar de descansar, como habías planeado. Cumples con lo que se espera de ti, le ayudas y, en general, todo va razonablemente bien. Sin embargo, al terminar el día, y pese a saber que has hecho lo correcto, te notas más irritable y con una sensación incómoda difícil de explicar.
Cuando tienes claros tus valores, puedes comprender que ese malestar no ha aparecido porque hayas tomado una mala decisión, sino porque al priorizar unos valores —como la generosidad o la cooperación— has dejado en segundo plano otros que también son importantes para ti, como el descanso o el autocuidado.
No se trata de haber fallado, sino de haber elegido. Y de reconocer y aceptar que incluso las decisiones coherentes con nuestros valores pueden tener un coste, porque toda elección valiosa implica renuncias.
Elegir cómo queremos vivir, más allá de cómo nos sentimos en cada momento
A menudo actuamos buscando sentirnos bien cuanto antes: evitar una discusión, no mover nada para no perder seguridad, adaptarnos para no generar problemas. A corto plazo esto puede aliviar, pero si es el único criterio que tenemos en cuenta, es fácil acabar viviendo de una forma que no encaja con nosotros.
Conocer nuestros valores nos da otro punto de referencia y nos orienta hacia quiénes queremos ser realmente. Por ejemplo, poner límites pese a que otros no lo entiendan, actuar con coherencia aunque no haya reconocimiento externo o priorizar el aprendizaje y el crecimiento aun cuando implique equivocarnos. Los valores no nos garantizan un bienestar inmediato, pero sí la certeza de estar viviendo de una manera que nos representa. Puede haber miedo o dudas, pero sabemos que estamos construyendo una forma de vida que tiene sentido para nosotros.

Imagen de cristina_gottardi para Freepik
Cómo explorar tus valores personales
Una vez aclarado qué son los valores personales y por qué es importante identificarlos, veamos cómo explorarlos en la práctica. A continuación, encontrarás varias propuestas para ayudarte a reflexionar. No es necesario probarlas todas ni seguir un orden concreto: puedes quedarte con las que te resulten más útiles.
1. Revisa tus objetivos
Un buen punto de partida es repasar los objetivos que te has marcado recientemente —o los que llevas tiempo persiguiendo— y preguntarte: ¿Para qué quiero conseguir esto?
Imagina que te has propuesto cambiar de casa. Si profundizas un poco más empezarán a aparecer los valores que hay detrás. Quizá te des cuenta de que lo realmente buscas no solo es la casa en sí, sino lo que asocias a ella: más calma, mayor seguridad, estar más cerca de personas que te importan…
Ahora que has ido un paso más allá de tu objetivo, reflexiona de qué maneras puedes empezar a actuar en coherencia con esos valores, aunque aún no lo hayas alcanzado. ¿Hay maneras de vivirlo ya, aunque el objetivo todavía no se haya cumplido?
Tal vez no puedas mudarte todavía, pero sí introducir más momentos de calma en tu día a día, proteger mejor tu espacio personal, pasar más tiempo al aire libre o cuidar la conexión con los tuyos de forma más consciente.
Este cambio de mirada te evitará poner tu vida en pausa hasta que todo encaje y permitirá que lo que es importante ya esté presente en tu realidad actual.
2. Observa las áreas de tu vida donde hay más malestar
Revisa ámbitos de tu vida como tus amistades, la pareja, la familia, el trabajo, el autocuidado, el ocio o la salud. ¿En cuáles notas más insatisfacción, frustración o una sensación de vacío que se repite?
Cuando una de estas áreas se convierte de forma habitual en una fuente de malestar, a menudo no es solo “que algo no funcione”. Puede ser también una pista de que hay un valor importante para ti que está quedando desatendido, como el descanso, la conexión, el reconocimiento, la autonomía, el crecimiento o el cuidado.
Por eso, más que quedarte solo en el “qué va mal”, puede ser útil preguntarte: ¿Qué es importante para mí en esta área que ahora mismo no estoy pudiendo atender?
3. Fíjate en alguien a quien admiras
A veces resulta más fácil identificar los valores importantes para nosotros cuando los vemos reflejados en la manera de actuar de otras personas, que cuando intentamos definirlos de forma general o teórica.
Piensa en alguien a quien admires o respetes, ya sea alguien cercano, una figura pública o incluso un personaje de ficción: ¿Cómo se comporta en situaciones difíciles? ¿Qué decisiones suyas te parecen valiosas o coherentes? ¿Qué hay en su forma de actuar que resuene contigo?
No se trata de ver qué tipo de persona es, sino de fijarte en qué conductas concretas aprecias: cuidar a otros sin anularse, poner límites con respeto, implicarse en lo que le importa aunque le cueste, mantener la coherencia incluso en el conflicto.
Aquello que admiras en su manera de actuar suele señalar aspectos que también son importantes para ti. Este ejercicio no busca modelos ideales, sino ayudarte a poner nombre a los valores que te importan y que quieres cultivar en tu propia vida.
4. Utiliza una lista de valores como apoyo (no como algo cerrado)
Llegados a este punto, un listado de valores puede resultarte útil para poner nombre a lo que ya ha ido apareciendo en los ejercicios anteriores. Aquí la clave está en reconocer cuáles son realmente importantes para ti, no en elegir “los correctos” ni en evaluarte.
Estos son algunos de los ítems que aparecen en una lista desarrollada por Russ Harris, psicólogo y formador en Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Puedes modificarla, añadir otros valores o usar solo los que tengan que ver contigo.
Según Harris, algunos valores personales habituales son:
- Autenticidad: ser genuino/a y fiel a mí mismo/a.
- Honestidad: ser sincero/a, veraz y coherente conmigo y con los demás.
- Cuidado / Autocuidado: ser cuidadoso/a conmigo, con los demás y con el entorno.
- Conexión: implicarme plenamente en lo que hago y estar totalmente presente con los demás.
- Compasión / autocompasión: tratar con amabilidad el sufrimiento propio y ajeno aprendizaje.
- Libertad / autonomía: elegir cómo vivir y respetar la libertad de los demás-
- Compromiso: implicarme de verdad en lo que hago.
- Justicia / equidad: actuar de forma justa conmigo y con los demás.
- Destreza: desarrollar y mejorar mis habilidades y aplicarme a ello plenamente.
- Coraje: persistir y seguir adelante ante el miedo, la amenaza o la dificultad.
- Responsabilidad: hacerme cargo de mis actos y decisiones contribución.
- Amor: actuar desde el amor y el afecto hacia mí y hacia los demás.
Puedes quedarte con cinco o seis y preguntarte, para cada uno, cómo se vería ese valor en acciones concretas en tu día a día
A partir de aquí, la clave no es “elegir bien”, sino observar cómo esos valores aparecen —o no— en tu vida cotidiana y qué espacio les estás dando.

Foto de Haewon Oh en Unsplash.
5. Ponlos a prueba en tu día a día
Por mucho que reflexionemos, hay valores que no terminan de aclararse hasta que los llevamos a la práctica. A veces creemos que algo es importante para nosotros, pero solo cuando lo traducimos en acciones concretas podemos comprobar si realmente lo es.
Elige un valor y reflexiona: ¿Qué acción concreta podría representar este valor hoy o esta semana? Algunos ejemplos que pueden ayudarte:
– Cuando lo que valoras es la conexión, puede ser escuchar con atención o escribir a alguien importante.
– En el caso del autocuidado, quizá respetar un descanso o decir que no a una demanda.
– Si el aprendizaje es importante para ti, dedicar tiempo a formarte o pedir feedback.
– Desde la honestidad, expresar con respeto algo que llevas tiempo callando.
– Desde la compasión, hablarte con menos dureza cuando te equivocas.
Después de llevar a cabo esa acción, observa qué ocurre. No tanto si te sientes bien o mal en el momento —puede haber nervios, incomodidad o duda—, sino qué sensación queda después. A menudo aparece una mezcla de dificultad y coherencia: no ha sido fácil, pero ha tenido sentido.
Este paso es clave, porque los valores no se confirman solo pensándolos, sino poniéndolos en práctica en la vida diaria. Además, permite ajustar: quizá descubras que ese valor no es tan central como pensabas, o que lo es más de lo que creías.
Clarificar nuestros valores personales no consiste en encontrar una respuesta definitiva ni en tenerlo todo claro. Es un proceso que se va ajustando a medida que vivimos, decidimos y revisamos qué lugar ocupan las cosas importantes en nuestra vida.
Y quizá eso sea lo más valioso: no vivir en piloto automático ni desde lo que “toca”, sino con una dirección más consciente, aunque no siempre sea cómoda.