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enero 2026

Cuando una tragedia despierta el miedo colectivo

Accidente de tren de Adamuz: cuando una tragedia despierta el miedo colectivo

Accidente de tren de Adamuz: cuando una tragedia despierta el miedo colectivo 1500 1000 BELÉN PICADO

Una semana después del accidente de tren de Adamuz, en Córdoba, muchos hemos notado cambios sutiles en cómo nos sentimos al viajar o al pensar en hacerlo: dudas que antes no estaban, una mayor inquietud, o una sensación de alerta repentina. Hay quienes se lo piensan más antes de subir a un tren, quienes viajan, pero con menos tranquilidad, y personas a quienes les vienen a la cabeza pensamientos que antes no aparecían: ¿y si vuelve a pasar?, ¿y si esta vez me toca a mí o a alguien cercano?

Estas reacciones no significan necesariamente que haya un problema psicológico ni que estemos exagerando. Tampoco implican que el tren haya dejado de ser un medio de transporte seguro. Lo que se ha visto alterado no es tanto la realidad objetiva como la sensación interna de seguridad, esa que suele mantenerse en segundo plano y a la que apenas prestamos atención hasta que algo la hace tambalear. Cuando ocurre una tragedia de este tipo, el miedo no afecta solo a quienes han estado directamente implicados ni se vive siempre de forma individual: también puede propagarse como una onda de impacto emocional y alcanzar a personas que no han tenido una relación directa con lo ocurrido.

En este artículo trataré de explicar qué nos ocurre a nivel psicológico cuando un suceso así impacta en la vida cotidiana y resquebraja esa sensación de confianza con la que funcionamos a diario.

Cuando lo que dábamos por seguro deja de serlo

Para muchas personas, coger un tren forma parte de lo cotidiano. Compras el billete, subes, te sientas y confías en que todo está bajo control. Es una confianza interiorizada, casi automática, que nos permite movernos y hacer planes sin vivir en alerta constante. Por eso, cuando ocurre un accidente grave, el impacto social no se queda solo en la conmoción por lo sucedido o la empatía con las personas afectadas. También aparece la incertidumbre: la pérdida de confianza en que ciertos sistemas funcionan de forma estable y fiable.

Cuando algo así sucede, esa sensación de seguridad se tambalea. Aquello que dábamos por seguro deja de sostenernos del mismo modo y la percepción de estabilidad cambia, aunque nuestra vida no se haya visto alterada de forma directa. Empiezan entonces a aparecer pensamientos que antes no estaban, como ese “podría haber sido yo”.

Foto de Adedotun Adegborioye en Unsplash.

La idea de que “ha sido algo puntual” ya no funciona

En muchos accidentes, nuestra mente intenta protegerse construyendo una explicación que reduce la amenaza: ha sido algo excepcional, una combinación poco probable de factores. Esa narrativa suele ayudar a que la alarma inicial baje y a que el miedo no se instale de forma duradera.

Sin embargo, en este caso, a lo ocurrido en Adamuz se sumaron otros accidentes ferroviarios en los días posteriores. Aunque las circunstancias, las causas y la gravedad no fueran las mismas, para la mayoría de las personas ese matiz importa menos que la sensación de repetición en un corto espacio de tiempo.

Cuando los hechos parecen encadenarse, la idea de excepcionalidad deja de funcionar como amortiguador emocional. La explicación tranquilizadora de “ha sido un caso raro que no volverá a ocurrir” pierde fuerza. Nuestro cerebro no se organiza solo a partir de datos objetivos, sino de patrones, y cuando algo parece repetirse, la confianza que sostenía la calma empieza a debilitarse.

A partir de ahí, la percepción cambia: la improbabilidad ya no protege del todo y la incertidumbre gana terreno. Incluso sin que el riesgo real aumente en la misma proporción, la mente empieza a procesar la información desde la sospecha más que desde la confianza.

Esa alarma interna que nos pone en alerta

Ante una amenaza percibida, el sistema nervioso activa de forma automática respuestas de protección. No espera a que pensemos ni a que comparemos datos o probabilidades. Su función no es analizar con calma, sino anticiparse. Por eso, tras un suceso como este, muchas personas notan una activación interna difícil de controlar: inquietud persistente, hipervigilancia, tensión muscular, dificultad para relajarse o pensamientos anticipatorios que aparecen sin buscarlos.

Estas manifestaciones no indican que algo esté funcionando mal. La dificultad suele aparecer al intentar gestionarlas, cuando tratamos de calmarnos únicamente a base de argumentos o explicaciones, como si comprender lo ocurrido fuera suficiente para que el malestar desaparezca.

Saber que el tren sigue siendo uno de los medios de transporte más seguros no siempre basta para tranquilizarse. De hecho, es frecuente que aparezca la idea de “sé que es seguro, pero no me siento seguro” . Esto no es una contradicción, sino la expresión de un desajuste habitual: lo que sabemos racionalmente y lo que sentimos físicamente no siempre avanzan al mismo ritmo. Podemos entender que el riesgo es bajo y, aun así, notar que el cuerpo sigue en alerta.

Para que esa activación vaya disminuyendo, hace falta tiempo y señales de seguridad repetidas que permitan comprobar que la amenaza no está presente de forma constante. Dar espacio a lo que se siente, sin forzarlo a desaparecer ni interpretarlo automáticamente como peligro real, forma parte del proceso de ir recuperando la calma.

Foto de Adam Custer en Unsplash.

Trauma vicario: sentir miedo sin haber estado allí

Ante sucesos como el accidente de tren de Adamuz, muchas personas se preguntan por qué se sienten inquietas, con miedo o en alerta si no han estado allí, no han perdido a nadie cercano y su vida cotidiana continúa, al menos en apariencia, con normalidad. “No debería afectarme tanto”, se dicen.

Sin embargo, no es necesario vivir una experiencia traumática en primera persona para que deje huella. Hablamos de trauma vicario para referirnos al impacto emocional que aparece al exponernos al sufrimiento ajeno, especialmente cuando podemos imaginarlo, sentirnos identificados o pensar que podría habernos pasado a nosotros.

Esto ayuda a entender por qué una tragedia puede afectar a personas que solo la han conocido a través de relatos, imágenes o testimonios, pero también a quienes han estado cerca sin ser víctimas directas: profesionales de emergencias, personal sanitario, equipos de rescate o voluntarios que han ayudado en las primeras horas. En muchos casos, además, ese impacto no se nota de inmediato, sino que aparece con el paso del tiempo.

El sistema nervioso no distingue con precisión entre algo experimentado en primera persona y algo visto o imaginado con mucha intensidad. Cuando una historia conecta con nuestra sensación de fragilidad o nos hace sentir que algo podría habernos pasado a nosotros, la reacción emocional puede activarse igualmente.

Esto no quiere decir que esas reacciones sean exageradas o desproporcionadas. Son respuestas ante una amenaza percibida, aunque haya llegado a través de lo que les ha ocurrido a otros. Comprenderlo ayuda a dejar de juzgar lo que sentimos y a darle un lugar dentro de una experiencia colectiva que nos ha afectado más de lo que quizá esperábamos.

Cuando el miedo empieza a condicionar las decisiones

Cambiar rutinas o evitar ciertas situaciones no siempre es una huida. Por ejemplo, hay personas que en los días posteriores al accidente han evitado coger el tren o lo han hecho con mayor tensión. Esta evitación puntual puede cumplir una función de ajuste: el sistema necesita tiempo para procesar lo ocurrido y recuperar algo de calma.

La dificultad aparece cuando evitar se convierte en la estrategia habitual. Poco a poco, el miedo empieza a condicionar qué se hace y qué no, por dónde se va o qué se pospone. A veces, sin darnos cuenta, el margen de elección se va estrechando.

Cada vez que evitamos aquello que nos genera ansiedad, el alivio es inmediato. Pero ese alivio tiene un coste: el cerebro aprende que realmente había algo peligroso de lo que huir. Con el tiempo, el miedo no se reduce, sino que se refuerza y puede extenderse a situaciones neutras que antes no generaban malestar.

Este proceso suele activarse con más facilidad en personas con antecedentes de ansiedad, experiencias traumáticas previas o una fuerte necesidad de control. En estos casos, lo que ocurre en el presente conecta con miedos anteriores que ya estaban ahí y que encuentran una nueva forma de activarse.

El peligro de la sobreexposición informativa

Tras una tragedia colectiva es natural querer entender qué ha ocurrido. El problema aparece cuando esa necesidad de saber se desborda y se convierte en una exposición constante a la información que termina pasándonos factura.

La repetición continua de imágenes, testimonios o análisis —especialmente a través de los medios y las redes sociales— hace que el suceso se mantenga activo en la mente. En estas condiciones resulta difícil que la sensación de alerta disminuya, porque el cerebro interpreta que el peligro no ha pasado.

Aquí entra en juego un mecanismo conocido como sesgo de disponibilidad. Tendemos a percibir como más probable aquello que tenemos más accesible en la memoria, sobre todo cuando va acompañado de una fuerte carga emocional. No es que el riesgo real aumente en la misma proporción, sino que nuestra percepción del peligro se intensifica y la capacidad de valorar con calma pierde fuerza frente a la emoción.

Esta sobreexposición informativa puede generar la impresión de que estamos haciendo algo para manejar la situación, pero a medio plazo produce el efecto contrario. La inquietud permanece, aumenta el cansancio emocional y se dificulta que lo ocurrido se vaya asimilando.

Informarse no es en sí perjudicial. Lo que desgasta es hacerlo de forma repetitiva, sin descanso y sin espacio para que la experiencia pueda ir integrándose.

sobreexposición informativa

El mito de la normalidad: no hay una forma correcta de reaccionar

Cuando ocurre algo así, no solo reaccionamos a lo sucedido, sino también a cómo creemos que deberíamos sentirnos. Surgen comparaciones con quienes parecen no verse afectados, con quienes expresan mucho miedo o con quienes no dicen nada. De ahí nacen expectativas sobre cuál sería una reacción “normal”.

No existe una única forma correcta de responder emocionalmente. Algunas personas sienten miedo intenso; otras solo inquietud; otras apenas notan nada. Hay quien se activa y quien se bloquea, quien necesita hablar y quien prefiere silencio. Ninguna de estas respuestas, por sí sola, indica fortaleza o debilidad: depende de la historia personal, de las experiencias previas y del momento vital. No todos partimos del mismo lugar.

El malestar suele aumentar cuando estas diferencias se convierten en motivo de juicio. Reprocharse sentir “demasiado” o “demasiado poco” añade una presión innecesaria que dificulta elaborar lo ocurrido. Reconocer la diversidad de reacciones permite transitar la experiencia con menos exigencia y más margen.

Cuándo pedir ayuda

Lo habitual es que, con el paso de los días, todo lo que se ha removido vaya perdiendo intensidad. El recuerdo sigue ahí, pero la inquietud disminuye y la vida cotidiana se va recolocando. A veces, sin embargo, esa intensidad se mantiene.

Puede ser un buen momento para pedir ayuda cuando el miedo no baja, cuando la alerta se mantiene o cuando empiezas a notar que el malestar ocupa demasiado espacio. Por ejemplo, si los pensamientos anticipatorios son constantes, el cuerpo no consigue relajarse, la evitación empieza a generalizarse a situaciones aparentemente neutras o empiezas a tomar decisiones desde el miedo.

También conviene prestar atención cuando el malestar interfiere de forma clara en el día a día: dificultad para viajar, problemas de sueño, irritabilidad persistente o una sensación de desbordamiento que no remite.

Buscar apoyo profesional no significa que estés reaccionando “peor” que otras personas ni que haya algo mal en ti. Significa, simplemente, que lo ocurrido ha sobrepasado tus recursos en este momento.

Pedir ayuda, en este contexto, puede facilitar que la alarma baje y que el miedo no se cronifique. Es una forma de cuidado y una manera de recuperar margen para que el miedo no acabe marcando el camino. (Si lo deseas, puedes ponerte en contacto conmigo. Estaré encantada de acompañarte en tu proceso)

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico 1500 841 BELÉN PICADO

 Hay abrazos apretados, delicados, largos, breves, formales o espontáneos. Los damos al saludar, al despedirnos, al celebrar algo importante o cuando queremos acompañar a alguien que está pasando por un momento difícil. En muchos casos surgen de forma espontánea, casi sin pensarlo, como una respuesta corporal al encuentro con el otro.

Cuando se da en un contexto de seguridad y consentimiento, un abrazo puede convertirse en una fuente importante de bienestar. Transmite cercanía, alivio, reconocimiento o pertenencia sin necesidad de palabras.

En los últimos años, la psicología y la neurociencia han empezado a prestar más atención a este gesto. Cada vez hay más investigaciones que muestran hasta qué punto el contacto físico desempeña un papel central en nuestro bienestar psicológico y cómo influye en la forma en que gestionamos el estrés, el malestar y la conexión con los demás.

Por eso, hablar de abrazos desde una perspectiva psicológica no consiste solo en decir que “son buenos”. Implica detenernos a entender qué comunican, qué funciones cumplen y cómo se viven desde el cuerpo, teniendo en cuenta el vínculo, el contexto y la historia personal de cada uno.

Qué ocurre en el cuerpo cuando el abrazo se da en un contexto seguro

Cuando un abrazo se da de forma segura y consentida, el cuerpo que lo recibe suele interpretarlo como una señal de calma. No es solo que alguien nos toque, sino que ese contacto se convierte, además, en la confirmación de que no hay peligro y de que, al menos por un momento, podemos ‘aflojarnos’.

En estas circunstancias, el organismo deja de estar en guardia. Se reduce la activación asociada al estrés y muchas personas notan cómo la respiración se vuelve más lenta, los músculos se relajan y aparece una sensación de alivio o descanso.

A nivel biológico, este tipo de contacto se ha relacionado con la liberación de oxitocina, implicada en el afecto, la empatía y la confianza, así como con la modulación de otros sistemas vinculados al estado de ánimo, como los relacionados con la dopamina y la serotonina. Ahora bien, esto no significa que un abrazo funciona como un interruptor químico capaz de tranquilizar automáticamente a cualquiera. No siempre basta con abrazar para que otro se relaje.

Lo que marca la diferencia es cómo se vive ese contacto. El mismo gesto puede resultar reconfortante para una persona y tenso para otra. Todo depende del vínculo, del momento y de si el cuerpo percibe que puede confiar. Por eso, más que hablar del efecto del abrazo, tiene sentido hablar de la experiencia del abrazo.

En esta línea, una amplia revisión de estudios publicada en Nature Human Behaviour concluyó que el contacto físico puede tener efectos positivos sobre el bienestar emocional y el estrés, pero también mostró que estos beneficios se asocian más al contacto frecuente y sostenido en el tiempo que a gestos puntuales. Es decir, un abrazo aislado no hace magia: lo que cuenta es que esa experiencia de seguridad se repita y se consolide en el vínculo.

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Historia personal y memoria corporal

Nuestra forma de vivir los abrazos se va construyendo poco a poco, a partir de experiencias corporales repetidas a lo largo de la vida. El cuerpo aprende antes que la mente y guarda memoria de cómo fue tocado, sostenido o respetado… y también de cuándo no lo fue.

Desde que nacemos, el contacto físico cumple una función clave en la organización emocional. A través de él, el sistema nervioso registra si la cercanía del otro calma o desborda. Cuando en los primeros años el contacto fue consistente, en sintonía y respetuoso, el cuerpo aprende a asociar el abrazo con alivio y seguridad. Si fue inconsistente, invasivo o estuvo ausente, esa misma cercanía puede vivirse como tensión o incomodidad. Por eso, algunas personas se ponen rígidas o se sienten incómodas al ser abrazadas, incluso sabiendo que la intención del otro es buena. No es una contradicción, sino la diferencia entre lo que la mente comprende y lo que el cuerpo ha aprendido con el tiempo.

A la historia personal se suman factores familiares y culturales. Hay entornos donde el contacto físico es habitual y otros donde se valora más la distancia corporal. Estas pautas no suelen enseñarse de forma explícita: se incorporan de manera implícita y acompañan a la persona en la vida adulta, influyendo en cómo vive la cercanía.

Funciones del abrazo

El abrazo no tiene un único significado ni cumple siempre la misma función. Su sentido depende del vínculo, del momento y de cómo es vivido por quien lo da y quien lo recibe:

  • Comunicación no verbal. Podemos transmitir mucho a alguien a través de un abrazo, incluso sin necesidad de hablar. A veces no hace falta decir nada para que el otro entienda “estoy contigo”. En otras ocasiones sí hay palabras, y el gesto lo que hace es reforzar ese mensaje. Al mismo tiempo, un abrazo también puede vivirse como un mero trámite social, dependiendo de quién lo da, quién lo recibe y en qué contexto ocurre.
  • Señal de vínculo y pertenencia. El abrazo también funciona como una forma de confirmar un vínculo. Aunque no estés explicando con palabras qué tipo de relación tenéis, el gesto deja claro que esa relación existe y es significativa. Es una manera corporal de decir “tú eres de los míos”. Por eso suele aparecer casi de forma automática en reencuentros, despedidas o celebraciones cuando hay un lazo especial. Y también por eso no abrazamos igual a todo el mundo: el abrazo marca cercanía, delimita pertenencia y señala quién está dentro del círculo de confianza.
  • Regulación emocional. Cuando una persona está desbordada emocionalmente, la cercanía de otro cuerpo puede ayudar a bajar un poco la intensidad. El abrazo no resuelve el problema que ha provocado esa desregulación, pero sí puede hacer que el malestar se lleve mejor. La emoción no desaparece, pero se vuelve más manejable y la persona deja de sentirse tan sola. 
  • Contención y acompañamiento. En momentos en los que no buscamos una respuesta, un consejo o que nos solucionen los problemas, un abrazo nos aporta contención y cubre esa necesidad de sentirnos acompañados. Aunque la situación que nos afecta siga siendo la misma, ese gesto permite transitar la emoción con algo más de calma y con menos sensación de soledad.
  • Reparación relacional. En relaciones donde hay confianza, un abrazo puede aparecer tras un conflicto como una forma de retomar la cercanía. No sustituye a las palabras, pero puede señalar corporalmente que el vínculo sigue disponible y que, pese al desacuerdo, la conexión no se ha roto. En esta línea, un estudio realizado en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), analizó qué ocurría cuando una persona que había tenido un conflicto interpersonal recibía un abrazo ese mismo día. El malestar no desaparecía de inmediato, pero en los días posteriores quienes habían recibido ese gesto mostraban una mejor recuperación emocional que quienes no lo habían recibido.
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¿Por qué a algunas personas no les gustan los abrazos?

Que a alguien no le gusten los abrazos es más habitual de lo que creemos y no está necesariamente relacionado con la frialdad o la falta de afecto. Hay distintos motivos por los que una persona puede sentirse incómoda con este gesto.

En algunos casos, el contacto no formó parte del lenguaje emocional cotidiano durante la infancia y el cuerpo no tuvo ocasión de aprender que la cercanía podía ser algo calmante o reconfortante. Al llegar la adultez, el abrazo puede vivirse como algo extraño, demasiado intenso o simplemente ajeno, no porque sea negativo, sino porque no resulta familiar.

En otras historias ocurre lo contrario: hubo contacto, pero fue invasivo o poco respetuoso con los límites. Abrazos impuestos, exigencias de cercanía emocional o gestos poco sintonizados pueden dejar una huella corporal de alerta. Desde ahí, evitar el abrazo no es un rechazo al afecto, sino una forma aprendida de protegerse.

También influyen las experiencias traumáticas. Para quienes han vivido situaciones de abuso físico o sexual, o contextos donde el cuerpo fue instrumentalizado, la proximidad corporal puede activar respuestas automáticas de peligro, incluso cuando la situación actual es segura. El cuerpo reacciona antes de que la mente pueda interpretar lo que está ocurriendo.

A esto se suman cuestiones sensoriales. Hay personas especialmente sensibles al tacto, a la presión o a la cercanía física, y para ellas un abrazo puede resultar demasiado intenso o incómodo. Esto se observa con más frecuencia en personas dentro del espectro autista, en personas altamente sensibles o en momentos de mucha sobrecarga emocional, cuando el cuerpo tolera peor los estímulos.

El momento vital también influye. Incluso quienes suelen disfrutar del contacto pueden rechazarlo en etapas de estrés, ansiedad, duelo o agotamiento emocional. Cuando el sistema nervioso está en modo alerta, la cercanía puede sentirse como una demanda más, no como alivio.

Por último, conviene tener en cuenta el contexto cultural y familiar. Cada entorno transmite, muchas veces sin decirlo, qué distancia es adecuada y cuándo. Lo que para unas personas es un gesto espontáneo de afecto, para otras puede vivirse como una invasión del espacio personal. Ninguna de estas formas es “mejor” que la otra: responden a aprendizajes distintos.

Desde esta perspectiva, que a alguien no le gusten los abrazos no indica un problema emocional ni una carencia afectiva. Habla, más bien, de una forma concreta de relacionarse con el cuerpo y con la cercanía. El cuidado, en estos casos, pasa por respetar esos límites y recordar que el afecto puede expresarse de muchas otras maneras.

Mitos sobre los abrazos que conviene desmontar

En torno a los abrazos circulan muchas ideas bienintencionadas, pero no siempre ajustadas a la experiencia real. Algunas de las más frecuentes son estas:

“Los abrazos siempre regulan”. Es cierto que, en determinados contextos, los abrazos se asocian a una mejor gestión del malestar emocional. Sin embargo, no regulan de forma automática ni universal. No es el contacto en sí lo que regula, sino cómo lo interpreta el sistema nervioso. El mismo abrazo que resulta calmante para mí, puede ser incómodo y activador para ti. Cuando no percibimos este gesto como algo seguro, puede generarnos tensión o el impulso de huir.

“En el dolor, abrazar es siempre lo mejor”. Ante el sufrimiento ajeno, muchas personas abrazan de forma impulsiva, a veces para aliviar su propia incomodidad frente al dolor del otro. Hay momentos en los que el contacto acompaña, y otros en los que una presencia atenta, sin recurrir al tacto, resulta más respetuosa.

“Si no te gustan los abrazos, algo te pasa”. Esta creencia patologiza lo que puede ser simplemente una preferencia o una respuesta corporal con sentido dentro de una historia personal concreta. No disfrutar del contacto físico no implica frialdad, carencia afectiva ni dificultad para vincularse. Puede estar relacionado con experiencias tempranas, con una mayor sensibilidad sensorial o, sencillamente, con la forma de ser.

“Hay una forma correcta de abrazar”. La idea de que existe una duración “correcta” o una manera estándar de abrazar reduce el gesto a una receta. No hay cifras mágicas ni fórmulas universales. Lo que marca la diferencia no es cuántos segundos dura ni la intensidad del contacto, sino la sintonía, el consentimiento y el contexto en el que se produce.

“Con un abrazo está todo dicho”. El abrazo puede acompañar una conversación difícil, pero no la sustituye. Cuando se utiliza como atajo para esquivar el conflicto, evitar reconocer el daño o eludir la incomodidad de poner palabras, este gesto puede resultar ambiguo o incluso invalidante. El contacto, por sí solo, no garantiza reparación.

“Abrazar siempre es una forma de cuidado”. El cuidado no está en el gesto, sino en la capacidad de leer al otro. Un abrazo puede ser profundamente cuidador cuando respeta los límites, el momento y la necesidad de quien lo recibe. Pero también puede resultar invasivo cuando se impone, no se pregunta o se ignoran las señales corporales del otro.

Cómo influyen los abrazos en nuestro bienestar psicológico

En definitiva, el abrazo puede ser una forma muy potente de conexión cuando es seguro, elegido y llega en el momento adecuado, pero pierde su valor cuando se convierte en obligación, consigna emocional o respuesta automática al malestar.

Cuidar el bienestar psicológico implica saber leer tanto el deseo de cercanía como la necesidad de distancia. No se trata de abrazar más, sino de hacerlo con conciencia y respeto, entendiendo que el verdadero cuidado no está tanto en el gesto en sí, como en la capacidad de escuchar al otro… y de escucharnos a nosotros mismos.

Referencias bibliográficas

Field, T. (2010). Touch for socioemotional and physical well-being: A review. Developmental Review, 30(4), 367–383.

Murphy, M. L., Janicki-Deverts, D., & Cohen, S. (2018). Receiving a hug is associated with the attenuation of negative mood that occurs on days with interpersonal conflict. PLOS ONE, 13(10), e0203522.

Packheiser, J., Hartmann, H., Fredriksen, K., Gazzola, V., Keysers, C., & Michon, F. (2024). The benefits of interpersonal touch: A meta-analysis. Nature Human Behaviour, 8(6), 1088–1107

Uvnäs-Moberg, K. (1998). Oxytocin may mediate the benefits of positive social interaction and emotions. Psychoneuroendocrinology, 23(8), 819–835.

Qué son los valores personales y por qué deberías conocer los tuyos

Qué son los valores personales y por qué deberías conocer los tuyos

Qué son los valores personales y por qué deberías conocer los tuyos 1536 1024 BELÉN PICADO

Imagina que has tenido una semana muy dura y decides reservar el sábado para tomarte un merecido descanso. Sin embargo, justo ese día un amigo va a hacer una mudanza te pide que le ayudes. Si dices que sí, estás priorizando la generosidad y la cooperación; si dices que no, estás eligiendo el cuidar de ti mismo. Ninguna opción es correcta o incorrecta en sí misma, pero cada una refleja qué valores personales están guiando tu decisión en ese momento. Nuestros valores hablan del tipo de persona que somos o queremos ser y, como una brújula, nos ayudan a saber en qué dirección ir. Por eso es tan importante que los identifiquemos

Situaciones como la que os acabo de mencionar se repiten constantemente en el día a día. Tomamos decisiones sobre cómo usamos nuestro tiempo, con quién lo compartimos, a qué damos prioridad y qué dejamos en segundo plano. Todas esas elecciones, incluso las más pequeñas, van dibujando lo que es importante para nosotros, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

¿Qué son los valores personales (y qué no son)?

Los valores personales son los principios que orientan nuestras decisiones y nuestra forma de actuar en la vida. Reflejan qué nos importa de verdad, qué nos motiva y qué da sentido a lo que hacemos.

Funcionan como una referencia interna que nos ayuda a decidir qué priorizar cuando hay varias opciones posibles y a reconocer cuándo una elección va en la línea de lo que es importante para nosotros. Sin embargo, a menudo se confunden con otros conceptos como normas morales, rasgos de personalidad u objetivos concretos. Por eso, para tener claro qué son los valores también es importante aclarar qué no son.

  • No son universales ni iguales para todo el mundo. Lo que para ti es innegociable, para mí puede ocupar un lugar secundario. Por ejemplo, para una persona la estabilidad puede ser un valor central en su vida, mientras que para otra la aventura o la libertad son mucho más importantes. Los valores están influidos por la propia historia personal, la cultura, la educación o el momento vital.
  • No garantizan un bienestar inmediato. Actuar de acuerdo con los propios valores no asegura sentirse bien en el momento. A veces implica renunciar, exponerse o atravesar emociones difíciles. La diferencia es que, más allá de ese posible malestar, lo que haces tiene sentido porque está guiado por algo importante para ti y no únicamente por el deseo de aliviar una emoción incómoda.
  • No son normas externas ni mandatos morales. No tienen que ver con hacer “lo correcto”, con cumplir con expectativas ajenas o con actuar según lo que otros consideran adecuado. Un valor es una elección personal, no una obligación. Ayudar siempre a los demás puede parecer algo valioso, pero si se hace solo por miedo a decepcionar, quizá no esté conectado con un valor elegido, sino con una exigencia interiorizada.
  • No son etiquetas fijas sobre quiénes somos. Un valor no es una cualidad que te defina como persona de una forma permanente. Que la generosidad ocupe un lugar central en tu vida no significa que siempre te muestres generosa ni en el mismo grado. Habrá momentos en los que no puedas o no quieras actuar así, y eso no supone que ese valor haya dejado de ser importante para ti. A veces simplemente indica que, en esa situación concreta, estás priorizando otros valores igualmente legítimos, como el autocuidado, el descanso o la protección de tus propios límites.
  • No son permanentes ni inmutables. Los valores pueden cambiar a lo largo de la vida. A veces cambia la prioridad que les damos y otras veces cambian los valores mismos, a medida que acumulamos experiencias, revisamos creencias o atravesamos momentos vitales importantes. Esto no es falta de coherencia, sino un un signo de adaptación y un mayor autoconocimiento.
  • No son mandatos inquebrantables. Elegir un valor no implica exigirte cumplirlo siempre ni convertirlo en una norma rígida. Los valores no funcionan como reglas del tipo “tengo que” o “debería”, sino como orientaciones que ayudan a decidir. Habrá momentos en los que otros valores, límites o necesidades pesen más. Cuando un valor se vive como una obligación inflexible, deja de servir como guía y empieza a generar presión, culpa o autoexigencia.
  • No son objetivos. Los valores no son metas que se alcanzan y se dan por cumplidas. No tienen un punto final ni se pueden tachar de una lista. Los objetivos, en cambio, sí son concretos y delimitados en el tiempo. Detrás de objetivos como mudarte de casa, cambiar de trabajo o ahorrar una cantidad determinada de dinero suele haber valores como la seguridad, la autonomía, el equilibrio o el cuidado de la familia. El objetivo puede lograrse o no; el valor es la dirección que da un significado a ese esfuerzo. Cuando un objetivo está alineado con un valor, incluso si no se alcanza, el camino recorrido sigue teniendo sentido.
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¿Por qué es importante identificarlos?

Conocer nuestros valores nos ayuda a conocernos mejor y a entender desde dónde estamos tomando nuestras decisiones. En concreto nos permite:

Tomar decisiones cuando ninguna opción es la ideal

Muchas decisiones no se toman entre algo bueno y algo malo, sino entre dos opciones que implican renunciar a algo importante para nosotros. Quedarte en un trabajo estable o arriesgarte a cambiar. Decir lo que necesitas, aunque incomode o callártelo para evitar tensiones. Cuando conoces tus valores es más fácil ver qué opción está más en la línea de lo que quieres cuidar en tu vida: estabilidad, libertad, conexión…

La decisión puede seguir siendo difícil, pero deja de ser tan confusa porque sabes desde dónde la estás tomando.

Entender por qué a veces hacemos “lo correcto” y aun así nos sentimos mal

¿Recuerdas el ejemplo con el que empezábamos el artículo? Imagina que finalmente decides echar una mano a tu amigo en lugar de descansar, como habías planeado. Cumples con lo que se espera de ti, le ayudas y, en general, todo va razonablemente bien. Sin embargo, al terminar el día, y pese a saber que has hecho lo correcto, te notas más irritable y con una sensación incómoda difícil de explicar.

Cuando tienes claros tus valores, puedes comprender que ese malestar no ha aparecido porque hayas tomado una mala decisión, sino porque al priorizar unos valores —como la generosidad o la cooperación— has dejado en segundo plano otros que también son importantes para ti, como el descanso o el autocuidado.

No se trata de haber fallado, sino de haber elegido. Y de reconocer y aceptar que incluso las decisiones coherentes con nuestros valores pueden tener un coste, porque toda elección valiosa implica renuncias.

Elegir cómo queremos vivir, más allá de cómo nos sentimos en cada momento

A menudo actuamos buscando sentirnos bien cuanto antes: evitar una discusión, no mover nada para no perder seguridad, adaptarnos para no generar problemas. A corto plazo esto puede aliviar, pero si es el único criterio que tenemos en cuenta, es fácil acabar viviendo de una forma que no encaja con nosotros.

Conocer nuestros valores nos da otro punto de referencia y nos orienta hacia quiénes queremos ser realmente. Por ejemplo, poner límites pese a que otros no lo entiendan, actuar con coherencia aunque no haya reconocimiento externo o priorizar el aprendizaje y el crecimiento aun cuando implique equivocarnos. Los valores no nos garantizan un bienestar inmediato, pero sí la certeza de estar viviendo de una manera que nos representa. Puede haber miedo o dudas, pero sabemos que estamos construyendo una forma de vida que tiene sentido para nosotros.

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Cómo explorar tus valores personales

Una vez aclarado qué son los valores personales y por qué es importante identificarlos, veamos cómo explorarlos en la práctica. A continuación, encontrarás varias propuestas para ayudarte a reflexionar. No es necesario probarlas todas ni seguir un orden concreto: puedes quedarte con las que te resulten más útiles.

1. Revisa tus objetivos

Un buen punto de partida es repasar los objetivos que te has marcado recientemente —o los que llevas tiempo persiguiendo— y preguntarte: ¿Para qué quiero conseguir esto?

Imagina que te has propuesto cambiar de casa. Si profundizas un poco más empezarán a aparecer los valores que hay detrás. Quizá te des cuenta de que lo realmente buscas no solo es la casa en sí, sino lo que asocias a ella: más calma, mayor seguridad, estar más cerca de personas que te importan…

Ahora que has ido un paso más allá de tu objetivo, reflexiona de qué maneras puedes empezar a actuar en coherencia con esos valores, aunque aún no lo hayas alcanzado. ¿Hay maneras de vivirlo ya, aunque el objetivo todavía no se haya cumplido?

Tal vez no puedas mudarte todavía, pero sí introducir más momentos de calma en tu día a día, proteger mejor tu espacio personal, pasar más tiempo al aire libre o cuidar la conexión con los tuyos de forma más consciente.

Este cambio de mirada te evitará poner tu vida en pausa hasta que todo encaje y permitirá que lo que es importante ya esté presente en tu realidad actual.

2. Observa las áreas de tu vida donde hay más malestar

Revisa ámbitos de tu vida como tus amistades, la pareja, la familia, el trabajo, el autocuidado, el ocio o la salud. ¿En cuáles notas más insatisfacción, frustración o una sensación de vacío que se repite?

Cuando una de estas áreas se convierte de forma habitual en una fuente de malestar, a menudo no es solo “que algo no funcione”. Puede ser también una pista de que hay un valor importante para ti que está quedando desatendido, como el descanso, la conexión, el reconocimiento, la autonomía, el crecimiento o el cuidado.

Por eso, más que quedarte solo en el “qué va mal”, puede ser útil preguntarte: ¿Qué es importante para mí en esta área que ahora mismo no estoy pudiendo atender?

3. Fíjate en alguien a quien admiras

A veces resulta más fácil identificar los valores importantes para nosotros cuando los vemos reflejados en la manera de actuar de otras personas, que cuando intentamos definirlos de forma general o teórica.

Piensa en alguien a quien admires o respetes, ya sea alguien cercano, una figura pública o incluso un personaje de ficción: ¿Cómo se comporta en situaciones difíciles? ¿Qué decisiones suyas te parecen valiosas o coherentes? ¿Qué hay en su forma de actuar que resuene contigo?

No se trata de ver qué tipo de persona es, sino de fijarte en qué conductas concretas aprecias: cuidar a otros sin anularse, poner límites con respeto, implicarse en lo que le importa aunque le cueste, mantener la coherencia incluso en el conflicto.

Aquello que admiras en su manera de actuar suele señalar aspectos que también son importantes para ti. Este ejercicio no busca modelos ideales, sino ayudarte a poner nombre a los valores que te importan y que quieres cultivar en tu propia vida.

4. Utiliza una lista de valores como apoyo (no como algo cerrado)

Llegados a este punto, un listado de valores puede resultarte útil para poner nombre a lo que ya ha ido apareciendo en los ejercicios anteriores. Aquí la clave está en reconocer cuáles son realmente importantes para ti, no en elegir “los correctos” ni en evaluarte.

Estos son algunos de los ítems que aparecen en una lista desarrollada por Russ Harris, psicólogo y formador en Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Puedes modificarla, añadir otros valores o usar solo los que tengan que ver contigo.

Según Harris, algunos valores personales habituales son:

  • Autenticidad: ser genuino/a y fiel a mí mismo/a.
  • Honestidad: ser sincero/a, veraz y coherente conmigo y con los demás.
  • Cuidado / Autocuidado: ser cuidadoso/a conmigo, con los demás y con el entorno.
  • Conexión: implicarme plenamente en lo que hago y estar totalmente presente con los demás.
  • Compasión / autocompasión: tratar con amabilidad el sufrimiento propio y ajeno aprendizaje.
  • Libertad / autonomía: elegir cómo vivir y respetar la libertad de los demás-
  • Compromiso: implicarme de verdad en lo que hago.
  • Justicia / equidad: actuar de forma justa conmigo y con los demás.
  • Destreza: desarrollar y mejorar mis habilidades y aplicarme a ello plenamente.
  • Coraje: persistir y seguir adelante ante el miedo, la amenaza o la dificultad.
  • Responsabilidad: hacerme cargo de mis actos y decisiones contribución.
  • Amor: actuar desde el amor y el afecto hacia mí y hacia los demás.

Puedes quedarte con cinco o seis y preguntarte, para cada uno, cómo se vería ese valor en acciones concretas en tu día a día

A partir de aquí, la clave no es “elegir bien”, sino observar cómo esos valores aparecen —o no— en tu vida cotidiana y qué espacio les estás dando.

valores personales

Foto de Haewon Oh en Unsplash.

5. Ponlos a prueba en tu día a día

Por mucho que reflexionemos, hay valores que no terminan de aclararse hasta que los llevamos a la práctica. A veces creemos que algo es importante para nosotros, pero solo cuando lo traducimos en acciones concretas podemos comprobar si realmente lo es.

Elige un valor y reflexiona: ¿Qué acción concreta podría representar este valor hoy o esta semana? Algunos ejemplos que pueden ayudarte:

– Cuando lo que valoras es la conexión, puede ser escuchar con atención o escribir a alguien importante.

– En el caso del autocuidado, quizá respetar un descanso o decir que no a una demanda.

– Si el aprendizaje es importante para ti, dedicar tiempo a formarte o pedir feedback.

Desde la honestidad, expresar con respeto algo que llevas tiempo callando.

– Desde la compasión, hablarte con menos dureza cuando te equivocas.

Después de llevar a cabo esa acción, observa qué ocurre. No tanto si te sientes bien o mal en el momento —puede haber nervios, incomodidad o duda—, sino qué sensación queda después. A menudo aparece una mezcla de dificultad y coherencia: no ha sido fácil, pero ha tenido sentido.

Este paso es clave, porque los valores no se confirman solo pensándolos, sino poniéndolos en práctica en la vida diaria. Además, permite ajustar: quizá descubras que ese valor no es tan central como pensabas, o que lo es más de lo que creías.

Clarificar nuestros valores personales no consiste en encontrar una respuesta definitiva ni en tenerlo todo claro. Es un proceso que se va ajustando a medida que vivimos, decidimos y revisamos qué lugar ocupan las cosas importantes en nuestra vida.

Y quizá eso sea lo más valioso: no vivir en piloto automático ni desde lo que “toca”, sino con una dirección más consciente, aunque no siempre sea cómoda.

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