Tengo 57 años. Sobre la cifra no hay discusión posible; sobre lo que significa, parece que sí. Según mi tía, que tiene 80, todavía soy joven. Para mi amiga Sandra, hace tiempo que pertenecemos al club de las mujeres maduras, mientras que su hijo de 20 años discrepa y nos ve directamente como unas señoras mayores. Y luego está mi sobrino Sergio, que acaba de cumplir 10 y ni siquiera necesita categorías intermedias: según él, soy «muy vieja». Con semejante abanico de opiniones, es inevitable preguntarse cuándo empieza la vejez.
¿Quién tiene razón? ¿Hay realmente una línea que marque con claridad el paso de una etapa a otra? Y, si es así, ¿cuándo cruzamos esa frontera?
Si planteáis esta cuestión a personas de diferentes generaciones encontraréis respuestas muy dispares. Pero también observaréis una tendencia bastante clara: los más jóvenes suelen situar la vejez antes, mientras que quienes tienen más años tienden a colocarla más tarde. Y es que, a medida que cumplimos años, también vamos retrasando el momento en que creemos que empieza esta etapa. Es como si la vejez tuviera la curiosa capacidad de alejarse de nosotros a medida que nos acercamos a ella.
Lo único que indica con exactitud la fecha de nacimiento son los años que hemos vivido. Sin embargo, una edad concreta no basta para determinar si hemos cruzado ese límite invisible. ¿Qué tenemos en cuenta, por tanto, para considerar que alguien es viejo y por qué esa frontera cambia tanto de una persona a otra? En este artículo vamos a intentar aclararlo.
Y, por cierto, que nadie se me enfade por utilizar tanto la palabra «viejo». No la empleo con intención despectiva, sino porque es justamente la etiqueta que estamos intentando entender. «Anciano» o «tercera edad» tienen otros matices, así que prefiero no recurrir a estos términos solo por evitar repeticiones.
No tenemos una sola edad
Mis 57 años indican algo muy concreto: el tiempo que ha pasado desde que nací. Pero esa cifra no explica si mi organismo ha envejecido más o menos de lo esperable para mi edad, ni tiene por qué coincidir con la que yo siento o con la que los demás me atribuyen. Son dimensiones diferentes que a veces van de la mano y otras no tanto. Precisamente para poner un poco de orden en estas diferencias, podemos hablar de distintos tipos de edad:
- Edad cronológica. Corresponde al número exacto de años transcurridos desde que nacimos. Es la referencia que solemos utilizar en la vida cotidiana y para establecer determinados criterios legales, administrativos o demográficos, pero por sí sola no nos dice cómo se encuentra físicamente una persona ni qué capacidades conserva. Dos personas que comparten el mismo año de nacimiento en su documento de identidad pueden presentar estados de salud y niveles de actividad totalmente diferentes.
- Edad biológica. Tiene que ver con el estado fisiológico de nuestro organismo. A diferencia de la edad cronológica, la biológica no avanza necesariamente al mismo ritmo en todas las personas, ya que intervienen aspectos como la genética, los factores ambientales, el estado de salud o el estilo de vida. De ahí que podamos encontrar a personas de cincuenta años con un deterioro físico apreciable y a personas de setenta que conservan una buena capacidad funcional.
- Edad subjetiva o autopercibida. Se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos en relación con nuestra edad cronológica. Yo puedo tener perfectamente claro cuántos años he cumplido y, aun así, sentir que tengo muchos menos o, por el contrario, verme mayor. Esta percepción, además, cambia a medida que vamos sumando años y experiencias.
- Edad percibida por los demás. Es la edad que otros nos atribuyen a partir de nuestra apariencia y de señales externas como los rasgos faciales, la forma de movernos, el estilo de vestir o la manera de interactuar con el entorno. Es, como suele decirse coloquialmente, «la edad que nos echan», y puede coincidir con la cronológica o situarse por encima o por debajo de ella.

Envejecer no es lo mismo que ser viejo
Otra clave para entender por qué una cifra dice tan poco sobre nosotros es distinguir entre envejecimiento y vejez. Aunque ambos conceptos están relacionados con el paso del tiempo, no significan lo mismo. Envejecer es un proceso natural y continuo que tiene lugar a lo largo de toda la vida, mientras que la vejez abarca una etapa específica de ese recorrido, concretamente la última. Por eso, una persona puede llevar décadas envejeciendo sin que por ello deba considerarse vieja.
A pesar de esta distinción, como sociedad seguimos buscando un número exacto que delimite ese periodo. Un caso claro son los 65 años, una barrera muy asociada a la jubilación que ha acabado funcionando como referencia para situar el inicio de la vejez. Pero una cosa es fijar un punto de corte por necesidades administrativas y otra muy distinta que esa norma defina un momento vital. De hecho, la edad de jubilación varía según el país y se modifica con el tiempo: en España, por ejemplo, se está retrasando de forma progresiva.
Frente a esta visión tan rígida, algunos demógrafos han propuesto una alternativa: en lugar de contar únicamente los años que ya hemos vivido —la llamada edad retrospectiva—, plantean que nos fijemos en los que previsiblemente nos quedan por vivir. Es lo que se conoce como edad prospectiva, un concepto desarrollado para incorporar los cambios en la longevidad al estudio del envejecimiento y que sitúa habitualmente el umbral de la vejez cuando a una persona le quedan, de media, 15 años o menos según la esperanza de vida de su entorno.
Desde esta perspectiva, a medida que aumenta la longevidad, también se desplaza la frontera que marca el comienzo de la vejez. Por eso, alcanzar los 65 años hoy no tiene el mismo significado que a mediados del siglo pasado. Cumplir esa edad ya no implica entrar en el invierno de la vida, sino alcanzar un punto en el que, por término medio, todavía quedan muchos años por delante.
La frontera móvil de la vejez
La tendencia a alejar el horizonte de la vejez conforme sumamos años no es solo una impresión. Un amplio estudio internacional realizado por la consultora Ipsos con más de veinte mil participantes de 32 países, lo confirma: los menores de 35 años situaban el inicio de la vejez a los 62; el grupo de 35 a 49, lo elevaba a los 66, y los de 50 a 74 lo retrasaban a los 71. En España, atendiendo a la media general, esa frontera se colocaba todavía más tarde: a los 73 años.
Las diferencias entre países muestran, además, que esta frontera no depende únicamente de la edad de quien responde: también influyen la cultura y las ideas que cada sociedad tiene sobre lo que significa envejecer.
Incluso, la percepción individual va cambiando con los años. En un estudio longitudinal realizado por Markus Wettstein y su equipo, se observó que los participantes retrasaban progresivamente la edad en la que situaban el comienzo de la vejez, a medida que sumaban años. De media, por cada cuatro o cinco años cumplidos, alejaban aproximadamente un año ese momento.
Es decir, nuestro punto de referencia se mueve con nosotros. Una edad que observada desde la juventud asociábamos con el declive de la vida adquiere un significado muy distinto según vamos acercándonos a ella.
Esto no significa necesariamente que estemos negando el paso del tiempo. Una posible explicación desde la psicología es que tendemos a posponer la etiqueta de «viejo» para proteger nuestra propia autoimagen. Si además lo asociamos con deterioro, dependencia o pérdida de capacidades, resulta comprensible que nos cueste reconocernos dentro de esa categoría. Por eso, la vejez siempre parece empezar unos pasos más allá de donde nosotros nos encontramos.

¿Por qué nos sentimos más jóvenes de lo que somos?
A medida que cumplimos años y avanzamos en la edad adulta, solemos vernos más jóvenes de lo que marca el calendario. En esta percepción influyen varios factores:
- El grado de autonomía en el día a día. Poder desenvolvernos por nosotros mismos, mantener nuestras rutinas y seguir realizando las tareas habituales alimenta y refuerza la sensación de vitalidad. Por el contrario, la aparición de una enfermedad o una limitación física puede hacernos sentir mayores de la noche a la mañana, especialmente si nos obliga a renunciar a actividades que antes realizábamos sin esfuerzo.
- La brecha entre expectativas y realidad. Muchas veces nos sentimos más jóvenes porque el presente se parece poco a lo que habíamos imaginado. En la juventud es fácil asociar los 60 o los 70 años a una etapa con la vida más limitada, en parte debido a los estereotipos sobre la vejez. Sin embargo, al llegar a esas edades, muchas personas comprueban que pueden seguir activas, viajar, aprender cosas nuevas, iniciar relaciones o descubrir nuevos intereses.
- El estado de salud y el bienestar. La edad subjetiva guarda una relación directa con cómo nos encontramos física y psicológicamente. Quienes se sienten más jóvenes tienden a registrar mejores indicadores de salud y un mayor bienestar. De hecho, la neurociencia ha hallado diferencias en la estructura cerebral de estas personas, como un mayor volumen de materia gris en algunas regiones y una edad cerebral estimada menor.
En realidad, la salud y la edad subjetiva se retroalimentan: encontrarnos bien nos inyecta energía y, al mismo tiempo, sentirnos jóvenes nos ayuda a mantener ese bienestar.
Ese momento en que empezamos a ser viejos en la mirada de los demás
Hay momentos en los que una persona no se siente especialmente mayor hasta que el entorno empieza a tratarla como tal. Ocurre cuando nos llaman por primera vez «señora» o «señor», nos ceden el asiento en el autobús o alguien bastante más joven da por hecho que algunas actividades «ya no son para nuestra edad». Son pequeños gestos cotidianos que sorprenden porque chocan de frente con la forma en que nos sentimos por dentro.
Esto tiene que ver, en parte, con la categorización social, un proceso mental por el que agrupamos a las personas a partir de determinadas características. Una de ellas es la edad: distinguimos, por ejemplo, entre jóvenes, personas de mediana edad y personas mayores. Cada una de esas categorías lleva asociadas ciertas ideas sobre cómo son, qué capacidades tienen o cómo se comportan quienes pertenecen a ella. Por eso, cuando alguien nos incluye en ese último grupo, entran en juego también las expectativas asociadas a él.
Esa mirada externa puede acabar influyendo en la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Si escuchamos una y otra vez mensajes como «a tu edad», «no te conservas mal para los años que tienes» o «eso ya no te pega», es posible que terminemos interiorizándolos y empecemos a renunciar a determinadas actividades, a descartar opciones o a dudar de nuestras propias capacidades.
Cuando la etiqueta de «persona mayor» pesa más que las características individuales, corremos el riesgo de dar por hecho que la persona tendrá dificultades para aprender, que necesitará ayuda o que ciertas decisiones ya no le corresponden. Ahí es donde entramos en el terreno del edadismo, un conjunto de estereotipos, prejuicios y formas de discriminación basados en la edad que pueden traducirse en sobreprotección, infantilización o limitaciones injustificadas de la autonomía.

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Entonces, ¿cuándo comienza la vejez?
Después de todo lo anterior, la respuesta es clara: no existe una edad universal que marque el inicio de la vejez. Podemos saber con exactitud cuántos años tiene una persona, pero esa cifra no nos dice por sí sola cómo ha envejecido su organismo, qué autonomía conserva, cómo vive ella misma su edad ni cómo la perciben quienes la rodean. La edad cronológica es perfectamente cuantificable; lo que resulta mucho menos preciso es el significado que le atribuimos.
Las cifras resultan útiles para establecer criterios administrativos, estudiar poblaciones o fijar determinadas normas, pero se quedan cortas cuando pretendemos utilizarlas para describir la experiencia individual. Eso explica por qué mi tía, Sandra, su hijo y Sergio pueden partir del mismo dato —mis 57 años— y llegar a conclusiones tan distintas.
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